La noche •Capítulo 9•

Mi estimado Raúl:

Cuando leí tu mensaje por primera vez, no alcanzaba ni a imaginar el nido de serpientes que se oculta, con total impunidad, tras las puertas de esa discoteca que fue tu infierno personal en la tierra. Ahora, después de pasarme días observando con atención a los variados monstruos que la habitan durante la noche, puedo hacerme una mejor idea de todos los horrores que debiste sufrir.

Desde que supe de ti, las voces no han cesado de gritar ni un momento en mi cabeza, exigiéndome que derrame sobre la tierra la sangre envenenada de tus enemigos. Donde quiera que estés, espero que puedas presenciar como todas las injusticias perpetradas a tu joven persona están siendo juzgadas y castigadas con una firme mano de hierro y bajo la afilada hoja de mi cuchillo.

Esta noche ha muerto otro de los nombres de tu lista: el transportista español que distribuía la droga de los mafiosos rusos. He decidido comenzar siguiendo un orden de menor a mayor importancia porque me reservo para el final el indescriptible placer de asesinar a los monstruos más despreciables de los que jamás haya tenido conocimiento. Es por eso que vivo en un estado permanente de excitación, así como de impaciente anticipación por el gozo que aún está por llegar. Eso me mantiene centrado y con la vista fija en mi objetivo.

En tu mensaje me explicabas las tendencias sádicas del camionero, todo lo que te había hecho a ti y cómo lo habías visto golpear a una prostituta hasta la muerte. Pues bien, yo mismo he podido confirmar con mis propios ojos que tus acusaciones eran ciertas e incluso se quedaban cortas al describir toda la podrida inmundicia que corría por las venas de ese despreciable ser, quien solamente era merecedor del peor de los destinos: la muerte.

No me costó mucho localizarlo rondando el polígono de Los Ángeles en busca de una nueva víctima a la que subir a su camión. Lo vi recoger a una joven rumana y emprender la marcha hacia un lugar discreto para dar rienda suelta a sus más bajos instintos. Entonces, los seguí a una distancia prudencial. No quería que él me descubriese antes de tiempo y arruinase toda la diversión. Siempre he disfrutado del delicioso ritual del acecho, me gusta tomarme mi tiempo y alargar la tensión todo lo posible, ya que esa espera hace mi recompensa mucho más dulce y satisfactoria.

Cuando estacionó el voluminoso vehículo, aguardé a que estuviese distraído con su desdichada presa para que no me viese acercarme. Un poco más tarde, al encaramarme en el lado del conductor, lo vi golpeando con saña a esa pobre chica que lloraba con amargura y trataba sin éxito de parar sus puñetazos con súplicas. Abrí la puerta de repente y le asesté el primer cuchillazo en la espalda. El desalmado emitió un inhumano grito de dolor y la mujer aprovechó para salir huyendo. La dejé ir, no era a ella a quien quería, y además estaba seguro de que jamás me delataría ante las autoridades, ni siquiera a su chulo, porque todas las prostitutas de Madrid saben que yo soy su silencioso protector. La afilada hoja de mi cuchillo se clavó por segunda vez en su cuello, firmando así su sentencia de muerte. Y yo reí y susurré tu nombre, Raúl.

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