La noche •Capítulo 10•

Álex salió del servicio de caballeros con una sonrisa bobalicona en los labios, la cual creía que no podría quitarse en bastante tiempo. Su experiencia con Joseph le había parecido sublime. No se trataba solamente de que el sexo hubiese sido espectacular, sino que también sentía una conexión muy fuerte con el nigeriano y tenía la impresión de que era correspondida. Además, había algo en aquel hombre, en esa forma tan melancólica de mirar, que lo impulsaba a querer reconfortarlo y protegerlo para mitigar su pena e impedir que le sucediera algo malo. Por esa razón lo había abrazado al terminar, porque le pareció que necesitaba consuelo y él se sintió incapaz de negárselo. Sabía que se estaba equivocando al cruzar esa línea y que debía corregir el rumbo para no cometer un grave error que seguramente no le perdonarían, pero cada vez que recreaba esos ojos oscuros y afligidos en su mente, su determinación por mantener las distancias con Joseph flaqueaba. Aun así, era muy consciente de que debía realizar un mayor esfuerzo por intentarlo porque no podía permitirse esa clase de distracciones en su situación.

Álex estaba cruzando por delante de la barra principal para volver a su tarima cuando Yarik lo abordó a mitad de camino. El semblante totalmente carente de emociones del ruso le produjo escalofríos. No le parecía un hombre feo, no lo era en absoluto, pero había una frialdad en su forma de escrutar a los demás que le daba un cariz casi inhumano y provocaba un miedo irracional a cualquiera que fuese el objeto de su atención. El gogó tragó saliva, incómodo y nervioso, y aguardó a que el gerente de la Sala Inferno hablase:

—Acompáñame. Hay alguien que quiere conocerte. —Echó a andar sin volverse a comprobar si el otro iba detrás de él.

Álex respiró con cierto alivio porque al principio había pensado que el ruso sabía lo de su desliz en el baño e iba a echarlo. Y estaba seguro de que no le resultaría nada fácil explicar por qué lo habían despedido tras una sola noche en la discoteca. Bastante intrigado por lo que podría encontrarse, lo siguió por las escaleras hasta el piso superior y ambos atravesaron la zona de descanso, con vistas a la pista de baile, hasta un lujoso reservado.

Se trataba de un espacio amplio, amueblado con un enorme sofá de cuero negro, varios sillones a juego y una mesa auxiliar hecha de madera maciza de roble. Todo estaba colocado de cara al ventanal, como si de una gigantesca pantalla de televisión se tratase. La iluminación era muy tenue para mantener el efecto espejo de la cristalera y procedía de una única lámpara, ubicada sobre la mesita. Gracias al grosor del cristal, la ruidosa música de la discoteca y las voces de los juerguistas les llegaban amortiguadas, igual que ecos lejanos.

En aquel reservado solamente había un hombre de unos sesenta años, quien miró a Álex con interés desde el amplio y confortable sofá en el que estaba sentado. Sostenía una copa de balón en una mano y un puro habano en la otra, el cual desprendía un olor fuerte y penetrante que se había apoderado de toda la estancia. A simple vista, aquel individuo no parecía tener nada de especial: era de estatura baja, más bien entrado en carnes y con una cara muy común, pero había algo enfermizo en su expresión que le revolvió el estómago nada más verlo y despertó todas sus alarmas. Yarik entró detrás de él, cerró la puerta y se quedó allí de pie, bloqueando la salida con su cuerpo. A Álex no le pasó inadvertido el hecho de que lo estaban acorralando y sintió una pequeña punzada de temor.

—¡Por fin nos conocemos! —exclamó Viktor con una euforia demasiado exagerada para lo banal de la situación—. Pero ¡no seas tímido, muchacho! Pasa y ponte cómodo.

Álex obedeció, tomando asiento en uno de los sillones más alejados del sofá que ocupaba su anfitrión, y se lo quedó mirando con una expresión de desconcierto. Tenía el descorazonador presentimiento de que la felicidad que sentía por su encuentro con Joseph estaba a punto de esfumarse de la peor forma posible. Guardó silencio y esperó.

—¡Oh, pero qué maleducado soy! Seguro que ahora mismo te estarás preguntado quién demonios es este hombre que te habla con tanta familiaridad, ¿verdad? Mi nombre es Viktor, soy el dueño de la Sala Inferno y otras cuantas discotecas más que tengo desperdigadas por Madrid. —Lo cual era cierto, aunque omitió el pequeño detalle de que las utilizaba como tapaderas para blanquear el dinero de otros negocios menos honrados y mucho más lucrativos—. Pero debo confesarte que esta es, sin lugar a dudas, mi favorita por lo aislada que está durante casi todo el año. Y, sobre todo, ¡porque fue una auténtica ganga! Su anterior propietario estaba completamente arruinado.

—Encantado, señor.

El ruso estalló en sonoras carcajadas antes de que el chico pudiese decirle su nombre. Tampoco importaba demasiado porque él ya lo sabía, al igual que otros muchos detalles de su vida personal. Su risa desagradable resonó por todo el reservado, poniendo de los nervios al español, hasta que se terminó tan rápido como empezó y, en su lugar, únicamente quedó una mueca malvada en su boca que aspiraba a ser una sonrisa. Cuando volvió a hablar, lo hizo de forma seria y lapidaria:

—Verás, Álex, te he hecho llamar porque hoy vas a salir de aquí con solo dos opciones.

—¿Perdón?

—¡No me interrumpas cuando estoy hablando! —le gritó, y el español dio un respingo en su asiento, sobresaltado—. Como iba diciendo, tienes dos opciones: la primera te dará dinero y la segunda…, bueno…, la segunda creo que será mejor que la veas por ti mismo —añadió, tendiéndole un sobre grande de color marrón.

Álex recogió el sobre con manos temblorosas y se dispuso a abrirlo para averiguar lo que había dentro, intuyendo que no se iba a encontrar nada bueno. Al hacerlo, vio un puñado de fotografías. Contrariado, levantó la vista y le dedicó una expresión interrogativa a su jefe, quien curvó aún más las comisuras de los labios y le hizo un gesto con la mano para animarlo a que las observara con más detenimiento. El gogó inspiró profundamente y se dispuso a obedecer. Tras acercar las instantáneas a la única lámpara de la habitación para poder distinguir algo, no le costó demasiado reconocer la casa y a las mujeres que salían en ellas. Volvió a centrar su atención en el ruso porque suponía que aquellas imágenes no eran más que una parte de lo que pretendía decirle.

—Son tu madre y tu hermana, ¿verdad? —preguntó Viktor, burlón—. Dos auténticas bellezas, si me permites el atrevimiento.

—¿Qué… qué coño quiere de mí?

—Sigue pasándolas, todavía no has llegado a lo mejor.

Álex hizo lo que le pidió. Las siguientes instantáneas eran muy similares a las tres que había visto primero. En ellas, aparecían las dos mujeres con ropas diferentes y en lugares distintos, lo que parecía indicar que llevaban siguiéndolas desde el mismo día de su entrevista en la Sala Inferno. Sin embargo, de pronto, se encontró con una imagen tan macabra y enfermiza que la bilis se le subió a la garganta: un cadáver, golpeado y mutilado salvajemente, que yacía sobre un espeso mar de sangre. Álex soltó las fotos como si estas quemasen en sus manos y se tapó la boca para tratar de contener las náuseas y no vomitar allí mismo, porque algo le decía que un hombre que coleccionaba recuerdos de sus víctimas descuartizadas no se mostraría demasiado comprensivo con él si echaba la cena sobre el impoluto suelo del reservado. No pudo reprimir un quejido de espanto que salió de lo más profundo de su ser y que se quedó muy corto para describir el horror que sentía.

—¿Ya has acabado? —inquirió Viktor con diversión.

—¡Por Dios, sí! Dígame qué quiere de mí y terminemos de una maldita vez con esto.

—¡Qué curioso! El último se nos puso a llorar y a suplicar como una menopáusica histérica, pero tú pareces bastante entero, dadas las circunstancias —apuntó—. Lo que deseo es que hagas lo que yo diga, vayas a donde yo diga y folles con quien yo diga. A cambio, ellos te pagarán una buena cantidad de dinero por tus servicios. Nosotros nos quedamos un porcentaje, por supuesto.

—¿Quiere que me prostituya? —Le dedicó una larga mirada de incredulidad.

—Bueno, prostituir es una palabra muy fuerte. Tómatelo como una transacción mercantil.

—Y si no acepto, matará a mi familia, ¿es eso?

—Si no aceptas, mataré a tu familia. Si me desobedeces, mataré a tu familia. Si intentas engañarme, mataré a tu familia. Si acudes a la policía, mataré a tu familia. Si tratas de huir, mataré a tu familia. Si no llegas puntual a alguna de tus citas con los clientes o ellos se quejan de ti, mataré a tu familia. No obstante, antes de matarlas, pienso divertirme bien a fondo con ellas durante horas, ¿te ha quedado claro?

—Sí —respondió en un leve murmullo con la voz entrecortada.

—¡Buen chico! Y ahora quítate ese trozo de tela ridículo y ponte de rodillas en el suelo. Necesito calcular cuánto vales antes de ofrecerte a nadie más.

Álex tuvo la sensación de que las piernas no lo sostenían cuando trató de levantarse del sillón para obedecer la orden de aquel hombre despreciable. Estaba asustado, muy asustado. No sabía bien qué era lo que le esperaba exactamente y eso no hacía más que acrecentar su tensión. Experimentó el fuerte impulso de echar a correr y no detenerse hasta que estuviese muy lejos de esos monstruos sin escrúpulos, pero se recordó que no podía hacerlo. Había demasiado en juego y no debía titubear ahora. De modo que reunió todo el valor del que disponía en su menudo cuerpo para bajarse los shorts hasta los tobillos, sacárselos y arrodillarse sobre el frío suelo de aquel claustrofóbico y oscuro lugar. Cerró los ojos un par de segundos e inspiró hondo para infundirse valor. Lo primero que vio cuando volvió a abrirlos fue la sonrisa desquiciada de Viktor mientras se acercaba a él.

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