La noche •Capítulo 8•

Joseph se refrescó la cara, apoyó las dos manos sobre el lavabo del servicio de caballeros y se quedó observando su propio reflejo en el espejo. Apenas pudo reconocer al hombre que le devolvía la mirada. Tenía el mismo rostro y llevaba un uniforme igual, pero parecía agotado y hastiado del mundo, como si estuviese harto de luchar y quisiera darse por vencido de una vez por todas. Pero Joseph no se rendía, nunca se rendía, así que no podía ser él. Excepto porque tal vez sí lo era. Se recordó que todo ser humano tenía un límite y quizá había rebasado el suyo por fin. Era posible que su tope fuese pasarse casi tres horas torturando a un hombre inocente, matarlo y arrojar su cuerpo inerte al interior del maletero de un coche para que otros se deshicieran de la basura.

¿Cuántas vidas podía quitar antes de romperse para siempre? ¿Cincuenta? ¿Cien? ¿Doscientas? ¿Esas muertes tenían siquiera algún sentido? El empresario había perecido sin poder decirles algo que no sabía y rogando clemencia por la hija a la que dejaría huérfana. Pero ¿por quién suplicaría Joseph cuando llegase su día? No tenía a nadie, estaba solo. Jacob había muerto ahogado en el Estrecho siete años atrás. Jacob…, su Jacob, ¿qué pensaría de él si viese en lo que se había convertido? Seguramente lo aborrecería casi tanto como él se odiaba a sí mismo. Una vez más, invocó el lema que había regido su vida durante los últimos dos años para tratar de ahuyentar los remordimientos que lo atormentaban, pero este comenzaba a desgastarse y estaba perdiendo el poder sedante sobre su conciencia.

La puerta del servicio se abrió de repente, sobresaltándolo e interrumpiendo sus lúgubres reflexiones. Instintivamente, modificó la postura y se puso su habitual máscara de impasibilidad, la cual relajó un poco al reconocer al recién llegado. Tenía que admitirlo: ese mocoso blanco era como un soplo de aire fresco en medio de toda la podredumbre de aquel lugar, paseándose tan campante dentro de unos ridículos mini shorts plateados, cubierto de purpurina de la cabeza a los pies y con aquellos rizos rubios que enmarcaban una cara angelical.

A Joseph le sorprendió mucho darse cuenta de que el simple hecho de verlo mitigaba un poco su tristeza. Tuvo la extraña sensación de que aquel chico poseía un aura mágica a su alrededor que irradiaba oleadas de felicidad a cualquiera que estuviese cerca de su influjo; casi parecía que desprendiese una luz propia e iluminase el camino de las almas descarriadas como la suya. Durante unos segundos que le parecieron eternos, los dos hombres se miraron en silencio, comunicándose lo mucho que se gustaban el uno al otro sin necesidad de palabras, hasta que el africano se sintió incómodo por estar compartiendo un momento tan íntimo con un desconocido y dijo la primera tontería que se le pasó por la cabeza para relajar el ambiente:

—Pareces una jodida hada del bosque. —Le dedicó una sonrisa socarrona para enmascarar su turbación.

—¿Quieres ver mi varita mágica? —repuso el gogó con picardía mientras jugueteaba con el piercing de su ceja.

Álex había hablado de forma impulsiva, sin detenerse a pensar, y al momento se dio cuenta de que estaba cometiendo un grave error, que lo que iba a hacer suponía una absoluta irresponsabilidad por su parte. Pero no se retractó. Había algo en la mirada de Joseph, en esos ojos que desprendían una tristeza infinita, que lo atraía irremediablemente hacia él y le provocaba el fuerte impulso de querer consolarlo y protegerlo hasta que la felicidad regresase de nuevo a aquel hermoso rostro.

Además, ya lo habían acusado en muchas ocasiones de ignorar los límites y actuar siempre como un completo descerebrado. Y, por una vez, tenía ganas de hacer honor a su fama, que por otro lado no era del todo inmerecida. Porque aquel dios de ébano lo atraía y excitaba tanto que, cuando lo tenía cerca, era incapaz de pensar con claridad y concentrarse en su trabajo. Necesitaba aliviar urgentemente la fuerte tensión sexual existente entre ellos para poder recuperar la compostura, y no estaba dispuesto a desaprovechar esa oportunidad que se le presentaba. Si tenía que arrepentirse, ya lo haría más tarde.

La desvergonzada proposición de Álex cogió por sorpresa a Joseph, ya que por su aspecto lo había tomado erróneamente por un mocoso ingenuo y poco experimentado. No pasó mucho tiempo hasta que el desconcierto inicial fue sustituido por una abrasadora oleada de calor que sacudió todo su cuerpo, e inevitablemente una incipiente erección comenzó a formarse dentro de sus pantalones. La reacción del africano no pasó inadvertida para el gogó, quien clavó su hambrienta mirada en la abultada entrepierna al tiempo que se humedecía los labios con la punta de la lengua.

A Joseph ese gesto no le pareció nada ingenuo ni inocente, sino más bien una descarada y premeditada provocación. Entonces se dio cuenta de que lo había subestimado: quizá fuese un mocoso, pero sabía muy bien lo que quería y cómo conseguirlo. Y ese descubrimiento no hizo más que amplificar su deseo. Aun así, si eso hubiese sucedido en cualquier otro momento, seguramente lo habría rechazado sin dudar porque sabía muy bien lo que les ocurría a los chicos jóvenes que Viktor marcaba como juguetes, y él siempre había tratado de mantenerse al margen para evitarse problemas. Pero esa noche algo cambió. Lo ocurrido en el almacén le estaba afectando más de lo normal, provocando que volviese a pensar en la muerte de Jacob y en lo solo que lo había dejado. A Joseph le entraron ganas de reírse con amargura por lo simple que podía llegar a ser a veces, puesto que ya había decidido que iba a acostarse con aquel pobre crío porque estaba cachondo y se sentía solo, a pesar de que sabía que no debía.

Sin mediar palabra, Joseph avanzó hasta quedarse frente a Álex. Sus dos manos se aferraron con fuerza a los bíceps del español y clavó su mirada en aquellos ojos lujuriosos que lo invitaban a perderse en ellos y olvidar todos sus reparos. Lo empujó con todo su cuerpo hacia el interior de uno de los cubículos y, sin perder tiempo, cerró la puerta y giró el cerrojo para evitar interrupciones no deseadas. Tras lamer lentamente los labios del gogó, arrancándole un gemido con aquella morbosa caricia, bajó la tapa del váter y lo empujó por los hombros hasta que este quedó sentado sobre el sanitario. Después, se abrió la bragueta, sacó su miembro ya complemente hinchado y endurecido y se lo plantó delante de la boca.

—Soy Álex, por cierto.

—Joseph.

—Encantado, Joseph —murmuró sin apartar su mirada hambrienta de aquella larga y gruesa barra de carne negra.

Álex había fantaseado con ese encuentro desde la primera vez que lo vio en la discoteca, pero ni en sus sueños más tórridos podría haber imaginado un pene tan magnífico y perfecto. Casi parecía que hubiese sido creado a medida para enterrarse en la garganta de alguien más. Y, sin duda, Álex estaba muy contento de que esa vez fuese la suya. «¡Gracias, Dios!», se regocijó antes de dar el primer lengüetazo. Al instante, un sabor intenso y salado invadió sus papilas gustativas. Inspiró profundamente y un penetrante olor varonil se apoderó de su olfato, encendiéndolo en el acto. Alargó el brazo y empuñó con firmeza aquel portento de la naturaleza, al tiempo que su lengua volvía a la carga y con la otra mano tanteaba la musculosa cadera del negro. Rodeó el glande, jugó unos instantes con el frenillo y después subió a todo lo largo del tronco, siguiendo el camino marcado por una fina vena.

De repente, los dedos de Joseph se enredaron en sus rizos, aferrándose y tirando de ellos con brusquedad para obligarlo a levantar la cabeza. Sorprendido, Álex solo acertó a dejar escapar un leve quejido antes de que la gruesa polla del negro atravesase sus labios entreabiertos y, de un empujón, le llenase la boca. Sin soltarle el pelo, volvió a arremeter con un rápido movimiento de cadera y consiguió enterrarse hasta la garganta del español. No se retiró de inmediato, sino que se mantuvo allí hasta que el otro comenzó a agitarse porque no podía respirar. Retrocedió varios centímetros, permitiéndole tomar una bocanada de aire, y volvió a clavarse sin previo aviso. Una y otra vez. Sin tregua ni compasión.

Joseph estaba completamente fuera de sí. Todos sus remordimientos, pena, frustración y excitación se habían fusionado hasta formar un sentimiento nuevo, un anhelo desesperado, que lo ocupaba todo y dominaba sus actos, volviéndolo más agresivo y autoritario de lo que solía ser. En algún lugar de su mente, la casi inaudible voz de su conciencia le recriminaba que cometía un terrible error al usar al pobre chaval de ese modo tan rastrero y le recomendaba que pusiese fin de inmediato a aquel despropósito mientras aún estuviese a tiempo. Casi le hizo caso, pero la placentera sensación que le proporcionaban los labios apretados del gogó alrededor de su necesitado miembro lo disuadió de ello, y se convenció de que Álex no parecía nada incómodo o molesto ante el trato que le estaba dando, sino más bien todo lo contrario. «Mientras sea consentido no tiene nada de malo —se justificó—, no lo estoy violando porque él también quiere. Yo no soy como esa escoria rusa».

Álex dejó caer los brazos laxos a sus costados, permitiendo que su amante ocasional siguiese arremetiendo implacable contra su boca. No recordaba haberse sentido jamás tan excitado haciendo una mamada como lo estaba en aquel preciso instante. Su polla, dolorosamente dura, presionaba fuerte contra la tela plateada de sus pequeños shorts, rogando por un poco de atención. No obstante, decidió que no haría nada al respecto hasta que el otro se lo pidiese, o se lo ordenase. Estaba disfrutando horrores con aquel juego de poder que Joseph había iniciado y se sentía más que dispuesto a mantenerse en su papel sumiso el tiempo que hiciese falta. Los ojos de uno bajaron y los del otro subieron hasta que sus miradas se encontraron a medio camino. Tras un profundo gemido, Joseph le dedicó una morbosa sonrisa, le soltó el pelo y se retiró de su boca. Después, lo agarró por debajo de las axilas y tiró de él hasta ponerlo de pie.

—Me gusta fuerte y profundo. Puedes ahorrarte los miramientos conmigo —le comunicó el nigeriano mientras se daba la vuelta.

En un último atisbo de sentido común, Joseph había llegado a la conclusión de que era más recomendable hacerlo de esa forma porque estaba demasiado alterado y temía que pudiera lastimar al crío si era él quien lo penetraba. No solía ser violento en la cama, pero, tras el incidente del almacén, su mente se encontraba atestada de pensamientos amargos que le provocaban una profunda rabia y no creía que pudiese controlarse. Además, sabía que ya bastante mal lo iba a pasar el pobre en cuanto los rusos le pusiesen las manos encima y él no quería ser su primera experiencia desagradable en aquel lugar. De modo que se bajó los pantalones hasta las rodillas, arrastrando con ellos la ropa interior, separó un poco las piernas, se inclinó todo lo que aquel reducido cubículo le permitía y apoyó las manos a ambos lados de la puerta, esperando a que el español diese el siguiente paso.

—Me he dado cuenta —murmuró Álex, sonriente.

El gogó se quedó bastante sorprendido y quizá un poquito decepcionado con el cambio de actitud de su amante. A decir verdad, hubiese estado más que encantado de recibir ese descomunal pene en su trasero y aguantar estoico sus envites, como lo había hecho con la boca. Pero no iba a ser él quien se quejase, porque la otra opción tampoco le disgustaba demasiado. Tener a aquel monumento a la masculinidad para su disfrute, de cualquiera de las formas posibles, sería una auténtica delicia y un buen modo de resolver de una vez por todas esa fuerte tensión sexual que los sobrevolaba a ambos. Tal vez así sería capaz de dejar de soñar despierto con ese cuerpo de ébano y volver a concentrarse en lo importante.

No perdió tiempo y separó las oscuras nalgas para escupir entre ellas. Tras liberar su miembro y embadurnarlo con su propia saliva, lo dirigió a la entrada de Joseph. Lo rodeó por la cintura con un brazo y comenzó a presionar. «Así que fuerte, profundo y sin miramientos, ¿eh? Muy bien», pensó más que dispuesto a devolverle el mismo trato que el negro le había dado a su garganta. Con el primer empujón, se enterró hasta la mitad y Joseph dejó escapar un leve suspiro. Al segundo, se la clavó entera y los quejidos fueron más fuertes y agonizantes. Cuando comenzó a entrar y salir de él sin pausa ni cuidado, estos casi se volvieron sollozos de desesperación. Sin embargo, no le pidió que parase en ningún momento, por lo que el otro siguió embistiéndolo, maltratando su culo y llenando el reducido espacio con el sonido que hacían sus cuerpos al chocar.

El nigeriano apoyó la frente contra la puerta del cubículo, cerró los ojos, apretó los puños y se mordió el labio inferior hasta casi hacerse sangre para reprimir los gritos de placer. Según su opinión, Álex podía ser un niñato demasiado ingenuo y travieso para su propio bien, pero debía admitir que tenía una buena herramienta entre las piernas y sabía cómo usarla a la perfección. Porque no solamente le estaba dando una de las cabalgadas más intensas y frenéticas de su vida, sino que además se empleaba a conciencia por estimular su próstata para que él también lo disfrutase. Cuando la mano del gogó le rodeó el pene y comenzó a masturbarlo, Joseph notó que las rodillas le temblaban y sus piernas se volvían tan inestables que temió que dejaran de sostenerlo y acabara por desplomarse en el suelo.

—Más fuerte —dijo en un tono de voz que sonaba más como una súplica que como una orden—. Ya estoy cerca.

Álex resopló y esbozó una sonrisa maliciosa, pero no se hizo de rogar y aumentó aún más el ritmo hasta tal punto que, con cada empujón, parecía querer incrustar al africano contra la puerta. Al mismo tiempo, la mano con la que lo estimulaba comenzó a subir y a bajar por toda la envergadura del hinchado miembro de una forma salvaje y enardecida. Por toda respuesta, recibió una serie de gruñidos inconexos y un chorro caliente y viscoso que se deslizó entre sus dedos. El cuerpo de Joseph tembló de la cabeza a los pies, como si fuese el epicentro de un terremoto, y su esfínter apretó de una manera tan fuerte y deliciosa al español que provocó que perdiera todo el autocontrol del que había estado haciendo gala hasta ese momento y se viera arrastrado sin remedio hacia el vórtice del orgasmo. A partir de ahí, Álex no tardó ni veinte segundos en derramarse en el interior del negro. Embistió un par de veces más, lo rodeó por la cintura con los dos brazos, pegó su pecho a la espalda del otro y después se quedó muy quieto mientras trataba de recuperar el aliento.

Los músculos de Joseph se fueron relajando bajo el abrazo de su amante y la tensión que había estado cargando sobre sus hombros, fruto de todos sus dilemas morales, comenzó a disiparse hasta que únicamente quedó una profunda e inusitada serenidad. En otras circunstancias, el nigeriano habría dado por finalizado el encuentro y salido del servicio de caballeros sin tan siquiera mirar atrás, pero algo que no supo muy bien cómo calificar lo retuvo allí más tiempo del que consideraba estrictamente necesario. Permitió que Álex continuase estrechándolo entre sus brazos durante algunos minutos, calentándolo y erizándole la piel al notar su respiración en la nuca, y mientras lo hacía se sintió reconfortado como no lo había estado en muchos años. Por esa razón, tuvo unas ganas terribles de protestar cuando, al cabo de un rato, el pecho del chico se separó de su espalda y le sacó su miembro ya flácido del culo. Pero no dijo nada. Sabía que no podía.

—Si por mí fuera, me quedaría contigo toda la noche, pero, por desgracia, tengo que regresar a mi tarima de inmediato si no quiero que me despidan nada más empezar —le explicó Álex.

El nigeriano se dio la vuelta a tiempo para ver como el español se subía aquellos ridículos pantaloncitos. Le dedicó una mirada cargada de confusión porque no entendía bien qué era lo que acababa de pasar durante ese inesperado abrazo y el otro le devolvió una gran sonrisa a cambio. Después, se puso de puntillas y depositó un breve beso en los labios del negro. Esa no sería la única vez que Álex desconcertase a Joseph. Pronto iba a descubrir que aquel chaval de aspecto inofensivo era una auténtica caja de sorpresas.

—Ha sido un placer conocerte, Joseph. —Le guiñó un ojo, se lavó las manos y salió del servicio.

El africano se sintió tentado de ir detrás de Álex para advertirlo de que, si no abandonaba aquel lugar de inmediato, algo terrible iba a sucederle, pero no lo hizo. Se convenció de que el mocoso no era asunto suyo y de que un polvo esporádico en un cuarto de baño público no lo convertía en su responsabilidad. Tenía que pensar en sí mismo y preocuparse de sobrevivir. Además, sabía perfectamente que no era una buena idea interponerse en los planes de sus jefes: todo aquel que lo intentaba acababa muerto. La triste realidad era que Álex ya no tenía escapatoria y a él no le quedaba más remedido que asumir que, para la próxima vez que lo viese, ya habría perdido por completo su felicidad juvenil, así como esa sonrisa pícara que tanto le gustaba. Estaba destinado a marchitarse y corromperse, como todo lo que tocaban los rusos. «Triste, pero inevitable», se dijo. Agachó la cabeza unos segundos, inspiró hondo para tratar de deshacer el nudo de su garganta y después se subió la ropa interior y los pantalones. Él también tenía que volver al trabajo.

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