En la sangre •Capítulo 4•

Los monstruos se esconden tras sonrisas amables

 

Debía haber sido un día especial. Su día. Su fiesta. La llevaban planeando varios meses. Ese era el día en el que se convertiría en hombre y luciría la túnica viril de sus mayores. Debía haber sido un día especial.

Los adornos habían sido retirados y allí donde debía haber bailarines y músicos, había un coro de plañideras y los cuerpos de sus padres. Ni siquiera los afeites y perfumes del embalsamado podían enmascarar el otro olor, el que se extendía por debajo, sutil e insistente: la putrefacción.

Akron se mordía las uñas, era el séptimo día de vela, al día siguiente todo acabaría. Sus padres, ambos, serían enterrados. Y él… él seguiría con su vida, más solo y más adulto. El futuro le asustaba, pero en ese momento solo quería que todo acabara. Enterrar a sus padres y poder llorar su pérdida en la intimidad de su habitación, lejos de las miradas de todos aquellos que venían a presentar sus respetos, que lo miraban y se cuestionaban si estaba a la altura de lo que se esperaba de él. Estaba cansado de palabras vacías. Estaba cansado de sentirse tan solo y rodeado de tantísima gente.

Domine. —Kira lo tocó en el hombro con delicadeza, sacándolo de sus pensamientos. La esclava había sido siempre como una segunda madre para él—. Debería descansar y comer algo.

—Tengo que atender a las visitas —respondió por inercia. Era lo mismo que había dicho las otras veces.

—Ellos comprenderán —insistió con suavidad—. Su hermano y la señora Aurelia vendrán más tarde, necesitaréis todas vuestras fuerzas cuando ellos lleguen.

Odiaba reconocerlo, pero Kira tenía razón. La visita de su hermano era una cosa y, en cierto modo, le producía alivio. Cuando Quinto llegara, sabría que la carga era compartida y que podía quedarse en un discreto segundo plano. Pero Aurelia era harina de otro costal.

La primera mujer de su padre lo odiaba, de una forma simple y visceral, como si todos los problemas de su vida hubieran sido cosa suya. Y quizá, indirectamente, así había sido. Su padre había abandonado a Aurelia, una patricia hija de una de las familias más antiguas de Roma, por su madre, una esclava doméstica llegada desde Illyria a una temprana edad. Los hechos habían sucedido poco después de su nacimiento y probablemente los había precipitado. Y a pesar de que su padre había volcado sus esfuerzos en alejarlo de todo eso, era consciente de que había sido un escándalo que había hecho temblar los cimientos de la sociedad romana.

Durante años, el pater familias se había negado a hablar con su hermano menor, aunque no había llegado al punto de desheredarlo. Probablemente la distancia y el largo tiempo transcurrido durante sus campañas en la Galia habían suavizado la relación entre ambos. Sabía que su tío los había perdonado hace años, pero para muchos de los hombres que estaban en el patio en ese momento, él nunca había dejado de ser el hijo de una esclava.

Pero ahora, su tío, el pater familias, había caído en desgracia y había arrastrado con él a su familia.

Se rumoreaba que la muerte de su padre no había sido tan accidental como podía aparentar y que su propia vida corría peligro. Pero no allí, no mientras estuviera rodeado de gente que lo apuñalaría por la espalda mientras le sonreían de frente.

¿Estaba preparado para eso? Lo dudaba. Dudaba que alguien pudiera estar preparado nunca.

La oferta de Kira era tentadora, demasiado tentadora. Sentía que podía ponerse a llorar en cualquier momento y esa era una muestra de debilidad que no podía permitirse, no ante esos hombres, no ante nadie. Así que asintió en silencio y siguió a la mujer a través de los pasillos, despachando visitantes con una simple inclinación de cabeza.

Solo un momento, nada más. Un respiro. Algo de… libertad.

Sin quitarse la ropa se tiró en el lecho y se abrazó al cojín. Las ganas de llorar se acentuaron y aprovechó que estaba solo para dejar que las lágrimas fluyeran por sus mejillas mientras una vocecita, la del niño que se resistía a crecer, le repetía una vez y otra que todo era una pesadilla, todo tenía que ser una pesadilla, no podía estar pasando en realidad.

Cerraría los ojos y, cuando los abriera, su mundo permanecería en su sitio, sus padres llegarían de Herculano y la fiesta podría celebrarse, tal y como estaba planeado.

Cuando abriera los ojos, la pesadilla se desvanecería.

 

 

Lo primero que sintió cuando abrió los ojos fue… dolor. Un dolor lacerante que recorría su cuerpo y lo amenazaba con incrustarse en sus huesos si intentaba moverse. Después se dio cuenta de que apenas podía hacerlo. Se sentía muy débil. Bajó de nuevo los párpados y, cuando los volvió a abrir, la cama había desaparecido y volvía a estar tirado en el suelo de la habitación del sótano, en el camastro que compartía con Dafnis.

¿Cómo había llegado hasta allí? No recordaba nada desde…

Akron dibujó una mueca de dolor y se cubrió el rostro con las manos. Tomó aire, una y otra vez, hasta que el molesto hormigueo que se había formado en su nariz empezó a disiparse. No iba a llorar. Aquella noche, en Roma, antes de partir, había llorado todo lo que se podía llorar en una vida. Ya no le quedaban lágrimas.

Entonces se percató del vendaje que rodeaba su muñeca. ¿Qué parte de todo aquello había sido real? A la luz del día era difícil creerlo. Quizá no fuera más que un ardid de su mente enajenada por el vino.

Pero la herida de la muñeca era real…

—¿Estás despierto? —Akron giró la cabeza. Hierón estaba sentado a su lado y sonreía—. Bien, llegamos a pensar que no lo harías nunca. Dafnis se pondrá furioso al ver que no estaba aquí cuando sucedió —comentó—. Lleva tres días sin moverse de tu lado.

—¿Tres días? —quiso decir, pero la lengua se le pegó al paladar y eso no fue exactamente lo que pronunció. Tenía la boca muy pastosa.

—Tres días —asintió—. Tenías que ver a Pulvio, estaba hecho una furia. No es buena idea mezclar bárbaros y novatos. No, no, no. —Se apresuró a detenerlo cuando vio que Akron hacía ademán de incorporarse—. Créeme, sé de qué te hablo, ponte de lado y no tengas prisa por sentarte.

Akron apretó los puños, pero decidió que no tenía sentido discutir. Se estiró de costado y se apoyó en el codo para incorporarse un poco. Tenía mucha sed y todavía le daba vueltas la cabeza.

—No tengas prisa por levantarte —dijo el joven mientras le tendía un vaso con agua que Akron agradeció—. Estabas bastante mal. Habías perdido mucha sangre.

—¿Dónde están los otros? —preguntó Akron. Lo que menos quería era recordar una vez y otra lo que había pasado.

—Dafnis trabajando y Mael se marchó a buscar a Ptolomeo cuando diste signos de despertar.

—¿Ptolomeo?

—No sé si lo conoces. ¿Bajito, regordete, con poco pelo? Es un esclavo que ejerce de secretario de Pulvio. También se ocupa de curarnos cuando hay contratiempos como el tuyo.

«¿Contratiempo?», Akron no pudo disimular una mueca de dolor. Hierón no parecía preocupado o molesto; de hecho, parecía encontrar la situación divertida. ¿De qué se extrañaba? Era un esclavo, lo que había sucedido solo era un… «Gaje del oficio».

—No le des demasiada importancia —continuó—. A todos nos ha pasado alguna vez. Eso sí, Pulvio ya ha dicho que, como te vuelva a suceder, te hará dormir con el olisbos[1] más grande que encuentre metido en el culo. Y si es necesario te pondrá dos. Sus palabras, no las mías —añadió enseñando la palma de las manos indicando que no tenía nada qué ver en el asunto.

—Genial —masculló Akron para sí.

—La verdad es que nos asustaste un poco —admitió bajando el tono de voz—. Es difícil pensar que arriesgamos la vida en lo que hacemos. Y… Seth no parecía de esos. Nunca había hecho nada así antes. —Hierón frunció el ceño—. ¿Qué pasó, Akron? ¿Qué es lo que fue mal?

Akron cerró los ojos y se echó de nuevo. ¿Qué había ido mal? Era un poco difícil de explicar.

—Al principio todo iba muy bien —murmuró en voz baja, aunque sabía que Hierón lo estaba escuchando. «Iba bien, ¿verdad? Pero entonces… Y entonces…». Alzó la mirada y contempló al esclavo—. Yo estaba demasiado tenso y él acabó por perder la paciencia —mintió. Pero era lo que todos esperaban oír y, desde luego, era más sencillo que decir la verdad. Fuera cual fuera.

—¿Dónde está? —exclamó una voz conocida, y no pasó un segundo antes de que un cuerpo menudo se arrojara a sus brazos. Akron no pudo reaccionar y el muchacho lo abrazó con fuerza.

—Dafnis, suéltalo. —El joven de piel oscura agarró el cuerpo de su amigo y tiró de él intentando separarlo. Pero Dafnis negó con la cabeza sin separarse una pulgada, hundiendo el rostro en la curva del cuello y el hombro. Hierón miró a Akron y lo interrogó con la mirada, la pregunta era clara: ¿quería que lo apartara por la fuerza? Akron negó en silencio y acarició la mata de rizos plateados.

—Estoy bien —le dijo en un susurro—. Tranquilo.

Todavía tuvo que pasar un largo rato hasta que el joven decidiera aflojar su presa con los ojos enrojecidos.

—Lo siento —dijo con voz ahogada—. No creí que él fuera… Nunca antes…

—No fue culpa tuya —replicó Akron, frunciendo el ceño. ¿Eso era lo que le pasaba a Dafnis? ¿Se sentía culpable?

—En realidad lo más probable es que fuera culpa tuya —espetó Mael sin ningún miramiento. El galo acababa de llegar y estaba acompañado por otro esclavo. Un hombre de avanzada edad que había visto alguna vez rondando a Pulvio. Bajito, regordete y calvo, supuso que ese era el hombre del que le había hablado Hierón—. Te lo dije, las estatuas no le gustan a nadie. Pero eso le enseñará a no dejarse seducir por los novatos.

—¡Cállate! —exclamó Dafnis fuera de sí—. No puedes culpar a Akron por estar nervioso. ¡Pero él lo sabía! No debió…

—Deja de defender a tu mascota —se burló—. Deberías estar contento, Seth no volverá a llamarlo. Así que a más tocamos los demás.

—¡Pues todo para vosotros! —replicó Akron alzando la voz.

Sin esperar una respuesta, se giró contra la pared ignorando las punzadas de dolor que venían de su baja espalda. Si por él fuera, los habría echado a todos a patadas y habría recuperado el silencio y la soledad. Pero, por supuesto, no estaba en condiciones de exigir nada, y lo sabía.

—Ojalá no vuelva a verlo nunca más —murmuró para sí al sentir la fría mano del miedo atenazando su corazón.

No era humano, no podía serlo. Se le pasó por la cabeza la idea de advertir a sus compañeros, pero ¿por qué? Ellos no parecían sentir que corrían ningún peligro, y lo más probable es que así fuera. Solo era él. Era algo que había en él lo que lo había desencadenado todo.

«Y si no… ¿qué habría pasado?». Probablemente que ahora podría sentarse sin acordarse de toda su genealogía.

Pero estaba vivo, y debía recordar que hubo un momento en que dudó que pudiera seguir así.

—Akron. —Dafnis lo llamó con suavidad, pero él lo ignoró; no quería girarse—. Akron, este es Ptolomeo, tiene que tratar tus heridas.

Estaba vivo. ¿Le había dejado vivir o se había ido y era algo que había sucedido sin más? ¿Volvería a buscarlo?

—Akron —insistió el joven con amabilidad.

—Quizá deberíais marcharos —dijo otra voz, una que no reconoció. Debía de ser Ptolomeo—. Os llamaré cuando haya terminado.

—¡Maldito crío! —oyó que protestaba Mael antes de irse.

 

 

—No sé qué demonios ves en él —protestó Mael. El galo cerró la puerta del diminuto habitáculo con un golpe seco—. ¿Es culpabilidad?

Seth se vio obligado a asentir, sí, la culpa tenía un gran papel en todo eso. Se sentó en el pequeño camastro. Ese fornice era mucho menor que el que había ocupado días antes, pero tampoco había pagado para darle la utilidad que tenía. Pulvio se había negado en redondo a darle información sobre el muchacho, así que Seth se había visto obligado a recurrir a otros medios para conseguir la información.

—¿Dices que ya está consciente? —preguntó sin prolegómenos—. ¿Ha contado algo de lo que sucedió?

—¿Por qué iba a hacerlo? —exclamó el joven, su enfado era evidente.

La primera vez que lo había llamado, poco después del incidente con Akron, Mael se había presentado solícito y dispuesto, pero él lo había rechazado. Solo buscaba información, nada más. No le habría costado nada complacer al muchacho, pero después de lo sucedido no se veía con ánimos de sexo.

Necesitaba quitarse la imagen de la sangre de la cabeza.

—Ha estado tres días inconsciente, pensé que se lo preguntarías —replicó Seth. Después de todo, le había pedido que lo hiciera.

—Ya lo hizo Hierón. Akron dijo que él estaba tenso y que tú perdiste la paciencia, nada más. Lo que todos suponíamos. ¿Por qué? ¿Tenía que haber dicho otra cosa? ¿Pensaste algún juego divertido y salió mal? —bromeó Mael—. Prueba a jugar conmigo, yo no me rompo con facilidad.

La expresión del galo no dejaba lugar a dudas. Seth sonrió y negó con la cabeza.

—¿Cuándo crees que se reincorporará? —preguntó.

—¿Quién? ¿Akron? —Mael lo miró contrariado y se encogió de hombros en un gesto de desdén—. No lo sé. Depende de Pulvio y… de si está muy roto. Ya sabes, algunos empiezan a llorar y ya no sirven para nada más.

—¿Te pareció que él era de esos? —preguntó con cierta preocupación.

Mael dudó un momento antes de responder, al final negó con la cabeza.

—No —reconoció—. Me enfurece porque es como una estatua. Como si no sintiera. Al principio creía que estaba paralizado por los nervios, el miedo o lo que fuera. Ahora no sé qué pensar. Es como si faltara algo. Como si… como si fuera de piedra. Creo que no siente como tú o como yo. No creo que llore o se rompa. No por esto.

—¿No siente? —Seth frunció el ceño, esa no era la impresión que se había llevado aquella noche.

—No siente —continuó Mael—. De hecho… el único momento en el que ha mostrado algo parecido a ira ha sido cuando ha dicho que esperaba no volver a verte.

Seth no pudo evitar soltar un gañido al escuchar sus palabras. Torció el gesto, ¿cómo iba a sacar algo del chico si ni siquiera podía acercarse a él?

—Si quieres encontrarte con él… espera a la próxima fiesta —le aconsejó. Seth alzó la cabeza sorprendido. ¿Le estaba ayudando?—. Para entonces ya debería estar recuperado, al menos físicamente. En la fiesta no podrá escapar de ti, no sin ponerse en evidencia. Y si pagas lo suficiente, podrías llevártelo de nuevo. Aunque dudo que Pulvio esté contento con la idea.

—¿Y tú? —preguntó extrañado—. ¿Estarás contento con la idea?

—Me deberás dos favores —replicó el galo—. Aunque puede que me olvide si empiezas a pagarlos.

 

 

Pulvio frunció el ceño al ver entrar al joven, pero se ocupó de suavizar la expresión. Ptolomeo le había dado su diagnóstico y, tal y como se esperaba, no era demasiado bueno. Tres semanas… Tres semanas era demasiado tiempo.

—Jacinto… —suspiró en voz alta.

El joven mantuvo la cabeza gacha aunque sus ojos se alzaron un momento, lo justo para ver su expresión y volver a concentrarse en el suelo. Sus labios habían perdido el color y su piel tenía la tonalidad traslúcida del arroz mojado. A duras penas podía mantenerse en pie.

—Tres semanas —dijo el leno—. Eso es lo que mi querido Ptolomeo dice que tardarás en recuperarte por completo. Creo que exagera, la verdad. Dice que tienes algún tipo de miasma que afecta a la sangre. Solo así se explica que estés hecho una mierda por un incidente sin importancia. ¿Te ha pasado alguna vez algo parecido? —preguntó con cierto temor. El chico había sido comprado sin garantía y una enfermedad de ese tipo podía echar a perder la mercancía sin haber comenzado a sacarle partido.

—No, domine —respondió el muchacho.

—¿Nunca?

—No, domine —repitió de nuevo.

—¿Y lo que ha sucedido? —Pulvio estaba extrañado, pero quería creer que lo que decía su Jacinto era la verdad. ¿Podía confiar en él? Si tenía un miasma, tal y como había dicho Ptolomeo, podía morir en cualquier momento. De ser así, resultaría una muy mala inversión.

—No… no lo sé, domine.

Pulvio asintió con la cabeza y se levantó de su asiento.

—Bien, no volveremos a sacar el tema, ¿vale?

Cogió el objeto que había encargado y que le habían traído unas horas antes. Estaba bastante satisfecho con el resultado de un encargo tan poco habitual, pero Hipatia tenía razón y el artesano que le recomendó había sido rápido y diestro.

—Esto es un regalo para ti —dijo el leno. Jacinto lo miró sorprendido, primero a él y luego al enorme olisbos que le ofrecía.

Las manos del muchacho temblaron cuando lo cogieron.

—No quiero que se vuelva a repetir lo de esta vez, quizá tenía que haberte conseguido uno antes, pero mis otros chicos no amenazaron con morirse por ser mal follados —se explicó con sorna—. Estarás tres semanas enteras en las que no podrán utilizarte, podríamos hacer que te estrenaras de nuevo para la próxima fiesta, ¿no? Un regreso triunfal.

Jacinto tragó saliva y agachó la cabeza.

—Sí, domine —supuso que había dicho, porque apenas había despegado la barbilla de la clavícula.

—De todas formas, acompañarás a los chicos en sus servicios, seguirás aprendiendo, pero esta vez participarás algo más —continuó—. Arrodíllate.

Jacinto lo miró sin comprender y Pulvio tuvo que hacerle un gesto para que se moviera. El joven titubeó antes de postrarse de rodillas ante él. El leno se agachó para estar a su altura y le sujetó la barbilla.

—Un nuevo paso en tu instrucción, querido Jacinto. Vamos a sacar partido a esa preciosa boca tuya. —Pulvio se incorporó y se arremangó la toga, sujetándosela hasta la cintura. Su polla estaba expectante y latía anticipando lo que iba a suceder. Vio miedo en los ojos del muchacho, en la forma en la que intentaba contener sus nervios mordiéndose el labio. Eso le excitó más aún—. Empieza. Cuidado con los dientes y recuerda lo más importante: pase lo que pase, no vomites.

 

 

Estaba mareado, muy mareado. Había asistido a Hierón con uno de sus clientes, pero por fortuna había sido un trabajo sencillo y apenas había tenido que hacer más que observar y ayudar con el estrigilo[2]. El tipo en cuestión ya se había marchado y Akron se tomó la libertad de apoyarse en la pared a descansar y cerrar los ojos mientras el caldarium giraba a su alrededor.

—¿Estás bien? —le preguntó Hierón mientras escurría el agua de su primitivo peinado—. Sé que no está bien que lo diga yo, pero… estás demasiado blanco.

—Es… es el miasma —mintió, usando la misma explicación que había dado Ptolomeo.

—Tienes que ir con Mael —le recordó el esclavo.

—Lo sé, lo sé. Solo quiero descansar un rato. Es el vapor y… el humo, me estoy mareando. Necesito aire fresco.

—Métete en la piscina del frigidarium si necesitas refrescarte —insistió Hierón—, pero no puedes permitirte faltar.

—Lo sé —gruñó Akron alzando la mirada. Sabía que no tenía derecho a ponerse enfermo, pero todavía estaba débil. No hacía ni una semana que se había levantado de la cama y habría dado cualquier cosa por quedarse en ella.

—Quizá deberías comer algo —le aconsejó su compañero—. Apenas comes nada.

—Todo lo que como lo vomito.

—¿Todavía estás con eso? No deberías darle tanta importancia. Yo no se la doy. Como mínimo, aquí te encuentras pollas limpias. —Sacudió la cabeza y las docenas de gruesas trenzas que la adornaban restallaron contra su espalda levantando una miríada de diminutas gotas.

—Cállate o vomitaré de nuevo —le advirtió y, como para darle la razón, una arcada trepó por su garganta y lo dobló en dos. Hierón se rio y le propinó un golpe seco en la espalda.

—Eres un exagerado. ¿De qué casa rica saliste?

—Qué importa —replicó con sequedad—. Ahora estoy aquí.

—Con lo remilgado que eres para según qué cosas, me extraña que todavía no hayas vomitado encima de un cliente —se burló.

Akron apretó las mandíbulas y no contestó. Cada vez que tenía que hacer un servicio, entonaba su letanía y dejaba la mente en blanco. Todo iba a pasar, lo sabía y eso le consolaba, solo tenía que aguantar. Nada más. Seguir adelante cada día.

Tomó aire y, a pesar de que todavía podía sentir cómo el suelo de la habitación se balanceaba a sus pies, se obligó a levantarse.

—Vamos a por el siguiente —dijo.

Aguantar, solo tenía que aguantar.

 

 

—¡Quítamelo! ¡Quítamelo! —gritó.

Despertó empapado en sudor y con la respiración entrecortada, Dafnis estaba sentado ante él con la angustia tatuada en sus ojos grises.

—¡Haz que se calle y vuelva a dormir! —protestó Mael desde su lado de la habitación—. Aquí hay gente que mañana trabaja de verdad y no se queda mirando.

—Sí, ya voy —murmuró el joven que estaba a su lado.

Al lado del galo, Hierón dormía plácidamente llenando con sus ronquidos la quietud de la noche.

Akron se sintió avergonzado. Se llevó una mano al rostro y se encontró las mejillas empapadas. ¿Lágrimas?

—¿Estás bien? —preguntó Dafnis. El roce de su mano sobre el hombro le provocó un nuevo sobresalto y su corazón reinició la carrera—. Akron —lo llamó con suavidad. Había preocupación en su voz, y parecía sincera.

—Estoy bien —consiguió decir cuando la respiración se normalizó—. Solo ha sido una pesadilla. Nada más.

—¿Todos bien? ¡Genial! ¡Ahora, dormid de una puta vez! —gruñó el galo de nuevo y pegó un codazo a su compañero de lecho. Este se revolvió inquieto y durante unos instantes dejó de roncar, pero el silencio no duró mucho.

—Hazle caso —dijo Dafnis recostándose a su lado—, deberías intentar dormir.

—Sí… —Akron asintió y ocupó su lugar junto al muchacho del cabello plateado.

—Cuando era pequeño tenía pesadillas todas las noches. —Dafnis rompió el silencio con un murmullo—. Eran monstruos que venían a buscarme y me hacían cosas horribles. Lloraba a mi madre y a mis hermanos, pero a ellos no les importaba. Si me atrapaban a mí, no les comían a ellos. Era… sacrificable, supongo. Recuerdo los monstruos, pero lo que más miedo me daba era la expresión en el rostro de mi madre. Pasado el tiempo, comprendí que los monstruos no son tan malos.

La historia del muchacho le encogió el corazón; sin embargo, Akron tragó saliva y negó con la cabeza. No, no iba a sentir lástima. Entendía lo que pretendía Dafnis, pero no era para él, esa no era su historia. Ese no era su destino. Él volvería a donde debía estar y dejaría todo eso atrás. Todo.

—He visto monstruos —dijo, y al cerrar los ojos la imagen del ser con cuernos y ojos rojos acudió a su mente. No apartó la mirada, lo recordaba todo. ¿Un fauno? Podía ser, qué importaba. Había visto monstruos, sí, y ese monstruo había estado a punto de matarlo. Recordó cuando lo tiró sobre la cama, cuando sujetó su cabeza contra el colchón, cuando… Akron frunció el ceño y negó con la cabeza apartando la imagen de sus recuerdos—. He visto monstruos que se esconden tras sonrisas amables y sé lo que pueden hacer. Pero esta vez no es su culpa —reconoció—. Esos monstruos no están en mis pesadillas, en ellas solo hay hombres.

 

 

En esta ocasión no había corona de laureles. Pulvio se había decidido por la vid, y hojas de parra decoraban su cabeza como si fuera un pastor. De príncipe a pastor, una forma sutil de recordarle que había caído.

—Casi, casi —suspiró Dafnis tras dibujar los bucles que empezaban a insinuarse en sus sienes—. En un par de meses podremos empezar a hacer algo con tu pelo. ¿Nervioso?

Akron no contestó, miró la imagen distorsionada que le ofrecía el espejo de bronce y de nuevo se encontró con alguien a quien no reconocía. ¿Nervioso? Las ranas de su estómago amenazaron con trepar por su garganta. ¿Nervios? No, era terror en estado puro. Su expresión debía ser bastante elocuente si el muchacho creyó necesario tranquilizarlo.

Dafnis apretó sus manos con fuerza.

—¿Es por Seth? —dijo en un susurro. Akron agachó la cabeza y asintió. Ese… ser quería su sangre. ¿Qué le impedía tomarla de nuevo?—. No te preocupes, Seth no repite nunca dos veces seguidas con el mismo. Creo que lo hace para que no nos encariñemos con él ni nos creamos especiales.

—Me gustaría creerte —dijo, y si todo hubiera ido como tenía que ir lo más probable era que estuviera deseando entrar en ese ciclo de encuentros alternados. Pero Seth no buscaría su deseo, no. Había dejado bien claro que eso ya no le importaba.

—Le das demasiada importancia —insistió Dafnis—. Sé que debió ser muy doloroso, pero no tiene por qué ser así, ¿vale? Si te relajas lo verás todo diferente. Fue la primera vez, una mala impresión, pero… míralo de otra forma; peor no puede ir, ¿no?

—Le doy demasiada importancia. —Akron no pudo evitar un gañido histérico ante tal afirmación.

—De todas formas, Pulvio no dejará que se acerque a ti después de lo de la última vez —lo consoló.

—Oh, sí que lo dejará si le paga lo suficiente. Malditos bárbaros… —masculló—. Deberían ser ellos los esclavos y no nosotros.

—Que no te oiga Pulvio hablar así —le advirtió el muchacho—. Puede que fueran bárbaros, pero ahora son ciudadanos romanos, o al menos su dinero lo es y, al fin y al cabo, es lo que importa. Cualquier domine te haría azotar por mucho menos. Pulvio no es de esos, pero… —Dafnis tragó saliva y dejó la frase en el aire.

Akron frunció el ceño.

—¿Pero qué? —preguntó—. ¿Qué pasa con los castigos de Pulvio?

—Digamos que son tan efectivos que nunca más necesitas ser castigado. Aprendes la lección.

Un escalofrío recorrió su cuerpo ante tal afirmación.

—Os… os he visto desnudos a todos —dijo— y no he visto marcas. No puede ser tan grave si no os deja cicatrices. ¿No?

Dafnis sonrió.

—Eres terriblemente ingenuo, Jacinto. Sí que deja cicatrices, pero no las puedes ver. Te deja cicatrices aquí —Dafnis se palmeó el pecho— y aquí —dijo, llevando sus dedos a las sienes—. Son castigos que te cambian. Espero que no tengas que verlo nunca. Oye, si tienes miedo de Seth lo que tienes que hacer es buscarte rápido otro cliente —dijo, cambiando de tema.

El cambio en la conversación lo cogió desprevenido y tuvo que repetir mentalmente todo lo que el muchacho le había dicho antes de poder responder.

—¿Otro cliente?

—Deberías ir directamente a por Livio o Veleyo, los dos estaban interesados en ti la última vez. Si me das a escoger prefiero a Livio, puede ser un poco… duro, pero Veleyo es peor, créeme.

—No parece mala idea —admitió—. ¿No se enfadará Mael?

—Déjale libre a Seth y será el catamita más contento de la casa. Acabo de pensar que… —Dafnis palideció—. Oh, mierda. Ve a por Veleyo, ¿vale?

—Me acabas de decir que me centre en Livio.

—Ya, pero si tú te vas con Livio… hay muchas posibilidades de que Veleyo me vuelva a escoger a mí y lo odio. ¡Pesa mucho! Cualquier día moriré aplastado por su barriga gorda. —El rostro del muchacho era una expresión exagerada de sufrimiento, más cómica que real, y consiguió arrancarle una sonrisa. Dafnis también sonrió y se alzó de puntillas para darle un beso en los labios—. Ve directamente a por el edil —le susurró al oído—, conserva tu sonrisa y caerá rendido a tus pies.

 

 

Casi le pareció ver un resplandor desafiante en la mirada del muchacho cuando cerró la puerta del fornice. Seth apretó las mandíbulas y masculló una maldición. Con pasos largos y rápidos atravesó la estancia sin preocuparse demasiado por el resto de comensales.

—Pulvio —llamó con voz firme. El leno se giró con cara de circunstancias.

—Me disculpan un momento, caballeros —dijo y se despidió de sus interlocutores con su mejor sonrisa—. Maese Seth, espero que sea importante. Esos hombres son…

—Quiero a Jacinto —le espetó sin dilaciones—. Esta noche.

Pulvio se arregló la toga con parsimonia, tomándose su tiempo para contestar.

—El muchacho ya está ocupado —informó con suavidad—. Si quiere a alguno de los otros chicos…

—Esperaré —insistió.

El leno lo miró de arriba abajo.

—Nuestro edil ha pagado por un servicio completo —informó—, terminará cuando él lo decida.

—Esperaré —insistió de nuevo.

—Podría ser bien entrada la madrugada, le recomiendo encarecidamente que escoja a otro de los muchachos. Además, como pudo comprobar, Jacinto es joven y muy inexperto, la última vez estuvo indispuesto demasiado tiempo. No puedo arriesgarme a que vuelva a suceder. No es rentable.

—No es rentable ¿eh? —repitió Seth, pensando deprisa—. ¿Y si fijamos una fianza? Si cuando termine Jacinto está bien, recupero mi dinero; si no, tendrá cubierto todo el periodo de convalecencia.

—Podría resultar una solución satisfactoria —se vio obligado a admitir Pulvio—. En cualquier caso, no pienso apresurar al edil. Deberá esperar. Quizá podría tomar a otro de los muchachos mientras tanto…

—No es necesario —dijo, cogió uno de los vasos de vino que repartían los sirvientes y se dirigió a la pared. Tomó asiento en uno de los bancos de mármol y alzó su copa hacia el leno—. Esperaré —repitió, aunque seguramente no podía oírlo—. Esperaré lo que haga falta.

 

 

«No vomites». Las palabras de Pulvio volvían a su cabeza una vez y otra y centró casi todos sus esfuerzos en mantener el contenido de su estómago en su lugar.

«Todo quedará atrás, solo tienes que aguantar». Las de su hermano le insuflaban esperanzas, la promesa de un futuro sin pasado.

«Entierra tu alma en un sitio oscuro donde no llegue nadie. Donde nadie la encuentre». ¿Quién le había enseñado ese poema? No lo recordaba. Su madre lo había recitado alguna vez, pero no sabía si había sido idea suya. Pero tal y como decía, Akron había escondido su alma en un sitio profundo y oscuro.

El edil no había quedado satisfecho con él, pero no le importaba demasiado. No tenía que hacerlo bien, solo tenía que aguantar, otro día, y otro más, y los que fueran necesarios. Aguantar y mantener su alma escondida a buen recaudo.

—No sé qué esperaba —masculló Livio mientras se colocaba su túnica—. Para serte sincero, estoy un poco decepcionado, pero supongo que era de esperar, sabiendo tus antecedentes y tu falta de experiencia.

Akron murmuró una disculpa vacía y se tomó su tiempo en localizar su ropa. El edil, en cambio, parecía tener prisa por abandonar la cámara.

No importaba. Nada importaba, pero… ¿por qué entonces sentía tanto asco?

«Yo no soy así —protestó para sus adentros—. ¡Yo no soy un esclavo! No debería hacer cosas de esclavo».

Esa forma de pensar era absurda y lo sabía. Claro que lo sabía. Sería un esclavo mientras fuera Akron, mientras llevara ese collar de bronce alrededor del cuello. Hasta entonces, sería un maldito esclavo sin honor ni voluntad.

Al menos había conseguido evitarlo. Lo había visto en la fiesta del atrio, pero apenas habían cruzado miradas. Akron se había apresurado en convencer al edil y, tal y como había dicho Dafnis, no le había resultado muy difícil.

Claro que… Livio se había marchado bastante decepcionado.

¿Qué demonios esperaba que hiciera? Se había dejado hacer de todo, no había protestado y había sido servicial. ¿Qué más querían?

La fiesta había pasado, no habían aparecido monstruos y su sentido del honor estaba más dañado que su trasero.

Esa noche no habría ningún monstruo.

 

 

Ya apenas quedaban invitados y los pocos que quedaban estaban demasiado ebrios para marcharse a ningún lado. Sentado en un banco, con la peluca en una mano y la copa de vino en la otra, uno de los romanos amenizaba la velada con una cantinela etílica mientras una muchacha intentaba por todos los medios que bajara la voz y la acompañara. Debía de ser el servicio de recogida de borrachos. ¿Qué haría Pulvio con ellos? No era que le importara realmente, pero llevaba tanto tiempo sentado sin moverse, viendo el deplorable espectáculo, que entretenerse elucubrando diferentes teorías era un entretenimiento nada desdeñable.

Sabía que podía esperar a que se hiciera de día y aun así nada le garantizaba que el edil abandonara esa habitación hasta bien entrada la mañana. Pero Seth confiaba en que no fuera así. Se suponía que era un hombre respetable, con obligaciones que atender y una mujer que le esperaba en casa. No, seguramente no tardaría.

Casi como para dar razón a sus palabras. La puerta del fornice se entreabrió y el edil de Vorgium la abandonó a paso ligero sin dirigir la vista a lo que dejaba a su espalda. Seth se levantó como impulsado por un resorte, se cruzó con Livio, que le dedicó una mirada desdeñosa, y se apresuró a entrar en la habitación cerrando la puerta a su espalda.

El chico estaba desnudo, se estaba atando el subligatum cuando Seth irrumpió en la habitación. Akron se sorprendió al verlo y dio un respingo; al hacerlo, la tela se escapó de sus manos y acabó en el suelo, pero el muchacho no se molestó en recogerla. Se quedó allí, de pie, mirándolo fijamente con sus ojos de color turquesa.

Seth avanzó hacia él, pero no había dado un paso que el joven, aprovechando la oportunidad, se escabulló por un lateral con la intención de llegar hasta la puerta. Seth reaccionó con rapidez, lo interceptó y lo aprisionó contra la pared, con tal de evitar una nueva tentativa de huida.

El pecho de Akron subía y bajaba violentamente. Estaba temblando.

Seth relajó un poco la presa y aflojó la presión que ejercía contra sus muñecas.

—¿Me tienes miedo? —preguntó.

Akron al principio no dijo nada, pero no necesitaba hacerlo. Asintió con la cabeza. Claro que le tenía miedo. Seth esbozó una sonrisa torcida que no tenía nada de feliz.

—¿Crees que te voy a matar? ¿Que a eso he venido?

Una nueva pausa y una afirmación silenciosa.

Claro que lo pensaba.

—¿Y… ya está? —se sorprendió—. ¿No vas a pelear? ¿O a llorar? ¿No vas a suplicar que no lo haga?

—¿Serviría de algo? —preguntó el muchacho. Su voz tembló, pero su mirada no se desvió lo más mínimo.

Seth frunció el ceño, iba a ser difícil convencerlo de que no quería hacerle ningún daño. No le gustaba hacerlo, era como… hacer trampa. Siempre había creído que sus dotes de persuasión y su encanto natural podían ablandar el corazón del más duro, pero ese chico estaba aterrorizado y no podía culparlo. No podía hacerlo.

La sangre del esclavo todavía circulaba dentro de él, sentía la magia vibrando por sus venas. Perder un poco, en esa ocasión, no sería un sacrificio demasiado grande.

—No quiero hacerte daño —dijo y desplegó parte de su encanto para influir aún más en el muchacho. Pero Akron respondió con una sonrisa torcida y un gesto de desdén.

No le creía.

Aun así, seguía desafiándolo con la mirada. Seth descubrió sorprendido que eso lo encendía, lo encendía mucho. Esa noche había llegado con la idea de hablar con el joven, asegurarse de que estaba bien y conseguir sonsacarle toda la información, nada más. Y después de eso salir de allí y olvidarse del asunto. Pero cada vez veía más claro que eso no iba a ser posible, y tampoco le importaba demasiado.

«Conquístalo, sedúcelo, haz que te abra su corazón y que te lo cuente todo. Averigua lo que esconde y lo que lo hace especial». Esa había sido la idea de su hermano, quizá debiera de hacerla suya.

Cerró los ojos y se acercó más. Su pecho temblaba bajo su cuerpo, podía notar la violencia con la que su corazón golpeaba la sangre, su tórax al detenerse cuando retuvo la respiración. Se acercó aún más, necesitaba sentirlo más cerca. Bajo su piel corría un río de lava.

—Puedo sentirlo —murmuró a su oído—. Tu sangre está llena de… chispas. Como el aire antes de una tormenta. Me llama…, no puedes entender cuánto me llama. —Como respuesta a sus palabras, el corazón de Akron empezó a latir más rápido, más fuerte, y su respiración se volvió corta y superficial—. Lo siento —dijo Seth al comprender lo que pasaba—, no pretendía asustarte.

Se alejó unos centímetros, pero, aunque suavizó la presión que ejercía, no soltó su presa. Eso no iba a funcionar.

—Necesitas un baño —se le ocurrió de repente al percibir el velado aroma del sexo reciente—. Hueles a él. Apestas.

Akron frunció el ceño sin comprender.

—Necesitas un baño —repitió Seth.

Y, sin darle tiempo a reaccionar, lo agarró por la muñeca y salió de la habitación con pasos rápidos arrastrando al muchacho completamente desnudo que corría, más que caminaba, y se esforzaba por mantener el equilibrio detrás de él.

—¿Qué haces? —exclamó Akron con un leve matiz de histeria en su voz.

Seth no le contestó.

Atravesaron los salones casi desiertos. No quedaban más que los esclavos de servicio terminando de recoger los restos de la fiesta. Los últimos invitados ya habían abandonado el lugar, aunque quizá quedara alguno en los fornici. Recorrieron el pasillo hasta llegar a la zona de baños y una vez allí, sin contemplaciones, empujó al joven a la piscina más grande de todas.

—¡No! —intentó gritar antes de caer, pero Seth no mostró piedad y lo arrojó. No se molestó en disimular la risa. El rostro del joven al comprender lo que iba a suceder había sido memorable y tenía su expresión grabada en la mente.

Akron se incorporó dentro del agua y boqueó para recuperar la respiración. Después frunció el ceño y se giró hacia él.

—¡Maldito bárbaro! —exclamó fuera de sí, golpeó la superficie con un gesto airado y levantó una cortina de gotas—. ¿Te parece divertido? ¡Joder! ¡No tiene maldita la gracia! ¡Si tienes ganas de joderme, tú mismo, no es que pueda escoger! ¡Pero no soy un puto bufón!

Seth se acuclilló al lado de la piscina sin dejar de reír. «No siente», había dicho Mael. «Y una mierda no siente», pensó. Iba a añadir algo más cuando vio que el muchacho se callaba.

Akron parecía haber visto un fantasma. Su rostro perdió todo el color y se apresuró a agachar la cabeza. Seth se giró y vio a Pulvio a su espalda. El leno no había perdido detalle de lo sucedido.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí —afirmó Seth sin borrar la sonrisa—. Jugaba con Jacinto. A lo mejor hemos hecho demasiado ruido.

—Bien —dijo sin variar la expresión de su semblante. Miró a Akron, que se mantenía dentro del agua con la cabeza gacha—, proseguid, mas… procurad no alzar la voz. Esta sala tiene mucha resonancia y tengo a varios invitados durmiendo en las habitaciones.

—Sí, domine —contestó Akron.

—No se preocupe, seremos discretos —respondió Seth acentuando aún más su expresión burlona—. Vamos, Jacinto, vayamos a una de esas piscinas pequeñas.

—Será mejor, sí —dijo Pulvio asintiendo con la cabeza—. Recuerde nuestro trato, venga a verme cuando haya terminado.

—No debería esperarme despierto —replicó Seth.

—Oh, no lo haré, Ptolomeo se ocupará de ello. Tiene instrucciones precisas al respecto. Buenas noches, maese Seth.

—Buenas noches, maese Pulvio —repitió emulando a su interlocutor, no sin cierta dosis de sorna que no fue apreciada o, al menos, eso supuso él. Mantuvo la sonrisa hasta que lo vio alejarse y entonces volvió a centrar su atención en el muchacho.

El rostro de Akron no dejaba lugar a dudas; le odiaba. Chispas furiosas centelleaban desde sus ojos verdes, ¿o eran azules? Qué más daba. Seth se mordió el labio inferior y le tendió la mano para ayudarlo a salir. El joven miró la mano con desconfianza, pero la cogió y se impulsó para salir del agua.

—¿Sabes? Pensé que ibas a tirarme —comentó ayudándolo a incorporarse.

—Ya, se me pasó por la cabeza —reconoció Akron—. Pero eso solo agravaría mi castigo.

—¿Castigo? —Seth frunció el ceño.

—De verdad no tienes ni idea de cómo funcionan las cosas, ¿verdad? —Akron se cruzó de brazos y esperó una respuesta, pero Seth no sabía a qué se refería. Al final suspiró y agitó la cabeza—. Acabemos con esto —murmuró y se dirigió a la piscina privada.

Seth lo siguió y dejó que el chico corriera las cortinas delimitando el espacio y dotándolo de cierta intimidad. Y de oscuridad. La luz provenía de la docena de lámparas de la estancia central, pero ese pequeño rincón había sido relegado a la penumbra que se había acentuado al cerrar los telones.

—¿Dónde…? —Seth se quitó la capa y la dejó en sus manos, buscando con la mirada un sitio para colgarla—. ¿Dónde pongo mi ropa?

Akron estaba encendiendo una de las lámparas de aceite. La llama empezó a bailar dando luz a la oscuridad, y arrancando sombras y destellos al cuerpo del muchacho.

—¿Nunca has estado en los baños? —preguntó el joven.

—Me baño, si es eso lo que quieres insinuar —se defendió Seth—. Tengo una enorme bañera en mi casa, pero no, nunca he usado estas instalaciones más allá de las habitaciones.

Akron no dijo nada, cogió un taburete plegable que había contra la pared y lo extendió.

—Normalmente, dejas las ropas antes. Pasas por el apodyterium para dejar la ropa y lavarte un poco si estás demasiado sucio. Sobre todo los pies. Después, pasas al frigidarium de agua fría, donde acabas de tirarme —incidió con retintín—. Pasas por el tepidarium, la habitación que acabamos de dejar, para aclimatarte y después venimos al caldarium, la piscina de agua caliente. Pero tú has decidido empezar por el final.

—Creo que voy a tener que tomar notas para la próxima vez, ¿los romanos lo hacéis todo tan complicado? —se burló.

Akron no respondió. Le cogió la capa de las manos y la colocó encima del taburete. Seth lo dejó hacer sin dejar de mirarlo. Akron parecía concentrado en su trabajo. Tras la capa fueron las cadenas; una a una, lo fue despojando de ellas con cuidado, y las dispuso por separado encima de la tela para evitar que se enredaran entre sí. Fue igual de meticuloso con los brazaletes de cuero y metal, y le preguntó con la mirada si debía de hacer lo mismo con los anillos. Seth negó con la cabeza, no era necesario.

Entonces, la atención de Akron se centró en su cinturón. Sus manos temblaban mientras desabrochaba la hebilla. ¿Era de frío, de miedo, tal vez? ¿Nervios? Seth no lo sabía.

—¿Por qué tiemblas? —le preguntó.

—¿Acaso importa? —respondió él. El cinturón se reunió con el resto de sus prendas en el pequeño taburete.

Dejó que el joven cogiera su camisa y tirara de ella para quitársela. Al asomar la cabeza sus miradas se cruzaron. Seth no lo pensó mucho y lo besó. Quería hacerlo, llevaba queriendo hacerlo desde que entró en aquella habitación.

Akron no lo rechazó, pero tampoco incentivó el contacto. Cuando Seth se separó tenía un regusto agridulce en los labios.

—No… no puedo quitarte las botas —dijo Akron, parecía inquieto. Seth lo miró sin entender qué estaba diciendo. El muchacho le señaló los pies—. Te quitaría las botas, pero no puedo hacerlo si no estás sentado. ¿Quieres que vaya a buscar otra silla? Iré a buscar otra, seguro que hay una en la otra piscina y…

Seth lo detuvo antes de que se marchara. Lo cogió del antebrazo y lo hizo retroceder. Su piel estaba muy fría, sus labios también temblaban. Quizá no eran nervios, después de todo.

—Estás helado —dijo el bárbaro—. Métete en el agua, ahora me reuniré contigo.

Akron asintió y lo obedeció. Una expresión de alivio se dibujó en el rostro del muchacho cuando el agua caliente trepó por su piel. Seth se quitó las botas con un par de movimientos y los pantalones le siguieron en otro par más. Después los arrojó al montón de ropa en un gesto negligente que contrastaba con el cuidado que había utilizado el esclavo. Pero no le importaba que se mojaran, eso era lo de menos. Lo único que quería era meterse allí dentro, con él.

La caricia del agua caliente lo recibió provocándole un ronco gemido de placer. ¿Por qué no había ido antes a disfrutar de las instalaciones? ¿Por qué se había limitado a las fiestas del leno pudiendo gozar de todo lo que ofrecía cualquiera de los otros días?

Akron estaba en la parte más profunda de la piscina y esperó a que Seth se reuniera con él. Había cogido una esponja y la estrujaba en un gesto compulsivo.

—¿Quieres que…? —Al joven le costaba hablar. Se llevó una mano a la frente y sacudió la cabeza—. ¿Quieres que te limpie?

Seth le quitó la esponja de la mano.

—¿Y si lo hago yo? —preguntó.

Akron asintió y lo dejó hacer. Seth cogió la esponja y la restregó por el pecho del joven con más o menos gracia. El silencio era incómodo. No sabía qué hacer. Por primera vez en su extensa vida no sabía cómo abordar la situación.

—Ya no… ya no eres virgen. —Seth arrugó la nariz y cerró los ojos al sentir los puñales turquesas que lo atravesaban. No, no tenía que haber dicho eso.

—¿Vas a matarme? —lo sorprendió Akron—. ¿Vas a beberte mi sangre?

—Shhh. —Seth le pidió con un gesto que bajara la voz—. No voy a matarte y no quiero beberme tu sangre. En realidad… —Dudó un momento—. En realidad sí quiero beberme tu sangre, pero no puedo hacerlo, si lo hiciera no podría parar. Y no quiero matarte. ¡De verdad! —insistió—. Nunca… nunca quise hacerte daño, lo juro. Sé que es difícil que me creas, pero… lo que pasó la otra vez fue un accidente. Lo que te dije entonces era cierto, yo quería hacerlo bien y quería que tú lo pasaras bien. Pero nada fue como esperaba.

Akron agachó la cabeza y no dijo nada. Pero parte de la hostilidad que había mostrado en todo momento se había disipado. No toda, no, pero una parte sí. Quizá empezaba a creer que su vida no corría peligro.

—¿Cómo han sido… los otros? —preguntó en un intento vano de romper la tensión entre ellos; quizá el tema escogido no había sido el más afortunado. Un vistazo al rostro del muchacho le indicó que, en efecto, tampoco había acertado en esa ocasión.

—Estoy consciente —replicó Akron con frialdad—. Y no voy a morirme desangrado. —Seth esbozó una mueca de dolor cuando sus palabras lo golpearon—. Es raro, ¿sabes? Estuve bastante mal, pero… Todos dan por supuesto que fue culpa mía. Ptolomeo dice que tengo un miasma en la sangre, que ya lo ha visto en otros chicos. Podrías haberme matado y no se habrían enterado —dijo con un gañido nervioso—, todo sería mi enfermedad. Nadie sabe que estuve a punto de morir desangrado.

Seth asintió con la cabeza.

—Lo sé, es por… —Buscó la mano de Akron y la levantó. Tal y como se imaginaba, su pañuelo seguía allí, mojado y arrugado, pero seguía casi igual a como lo había dejado él, vendando la incisión de la muñeca. Akron abrió los ojos, sorprendido, casi como si fuera la primera vez que lo veía—. Es por el pañuelo. Un pequeño truco, nadie repara en él si no se lo muestras. El pañuelo tapa la herida y… para ellos no hay más heridas que las otras.

—Yo lo vi… —murmuró Akron—, pero no le di importancia. Y sabía lo de la herida, pero nunca me paré a mirarla y…

—Debería estar casi cicatrizada —dijo Seth, retirando el vendaje con cuidado. Al hacerlo, apareció una línea blanquinosa que casi atravesaba la muñeca como una delgada filigrana de plata. Aún se veían zonas más rosadas donde el cuchillo había clavado más hondo. Dolía. Puede que a Akron no le doliera, pero a Seth sí le dolía, le recordaba lo que había sido capaz de hacer—. ¿Qué recuerdas de aquella noche? —preguntó.

—Te vi… diferente —respondió con voz trémula—. Eras un…

—Un monstruo, lo sé —lo interrumpió, no quería escuchar esas palabras de su boca.

—Iba a decir un fauno —dijo Akron con suavidad—. Fue lo que me pareciste. ¿Puedo quedarme con el pañuelo? —preguntó—. La cicatriz se ve demasiado y prefiero que sigan sin hacer preguntas.

Seth miró el trozo de tela, cogió la muñeca del muchacho y se lo ató con cuidado.

—Lo habría hecho, de verdad —murmuró casi para sí. «Si tuviera tiempo te enseñaría mil formas de tocar el cielo, y llegaría el día en que tú me suplicaras que te follara». Seth alzó la cabeza, sorprendido—. Tengo tiempo. Ahora tengo tiempo. Todavía puedo hacerlo.

—No te entiendo.

—¡Te enseñaré mil formas de tocar el cielo! Lo haré, Akron, ya lo verás —dijo con una sonrisa confiada—. Y llegará el día en el que tú me suplicarás que te folle.

Akron parpadeó confuso y empezó a reír. Sus carcajadas resonaron por todo el habitáculo, pero no había nada de alegre o feliz en su risa. Esa risa estaba teñida de amargura y desesperación.

—¿Suplicarte? ¿Para qué quieres que te suplique? —Sus palabras eran duras—. Soy un esclavo, Seth. Pero tú no sabes lo que significa, crees que sí pero no lo sabes. Significa que lo que yo quiera no importa. Significa que no tienes que pedirme perdón, que no tienes que limpiarme, que no tienes que intentar seducirme ni… besarme. Lo coges, lo tomas, lo tiras. Justo como hiciste cuando eras un fauno. Soy res[3], eso soy yo. ¿Quieres que te suplique? Dime que quieres que te suplique y te suplicaré.

—¡No quiero eso! —exclamó el bárbaro. El joven temblaba y ahora estaba seguro de que no tenía nada que ver con la temperatura—. No quiero eso.

—Entonces… ¿qué quieres de mí? —preguntó Akron—. Cualquiera de los otros chicos estaría deseoso de ocupar mi lugar. Si no quieres mi sangre, ¿qué es lo que quieres de mí?

«Haz que te abra su corazón y que te lo cuente todo. Averigua lo que esconde y lo que lo hace especial».

—Quiero que me dejes intentarlo —dijo con voz suave—. Quiero que me dejes hacerlo a mi manera. Tienes razón, hay muchas cosas que no entiendo y no sé lo que es ser un esclavo, tampoco creo que lo sepas tú, pero sé lo que siento contigo y quiero que tú sientas algo parecido. Y, no me malinterpretes, quiero follarte, quiero follarte toda la noche, pero quiero que tú también lo quieras, quiero que me lo pidas.

—Eso no va a pasar otra vez —dijo Akron negando con la cabeza—. Ya lo hice, ¿te acuerdas? ¿Te acuerdas de cómo acabé yo?

Seth agachó la cabeza y frunció el ceño, tenía un recuerdo confuso de lo que había sucedido aquella noche. Más que borroso, era como si le hubiera sucedido a otra persona y él no hubiera sido más que un mero espectador. Lo que había dicho, lo que había hecho, lo que había sentido… pertenecían a otro. Sabía que no era cierto y que intentar disculparse era absurdo. Después de todo, en aquella ocasión había sido él, sin ataduras, sin lastres; había sido él sin la engañosa capa de humanidad que abotargaba sus sentidos e impregnaba su corazón de sentimientos que no eran del todo suyos. Como en ese momento, ¿de verdad sentía la culpa y los remordimientos por lo que había sucedido o solo era la burda imitación que le proporcionaba la piel?

Fuera como fuera, dolía.

—Lo conseguiré —insistió, y se esforzó en sonreír—. Que sea difícil no es más que un aliciente, Akron. Lo conseguiré.

—Lo dudo —replicó con desdén y lo miró con una superioridad que parecía imposible en alguien que había nacido esclavo. Fue un simple gesto, la forma de alzar la barbilla y echar los hombros hacia atrás. Había algo en Akron que no tenían los otros chicos. No conseguía saber qué era y quizá eso fuera exactamente lo que estaba buscando.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.

La pregunta lo cogió desprevenido y alzó las cejas sorprendido.

—Sabes mi nombre.

—No, sé el nombre que te puso tu madre. Me llamó la atención tu forma de usar las palabras, entonces reconociste que no era tu nombre.

—Ahora lo es —repuso, usando un tono de voz tan cortante que podía haber agrietado el mármol. Era evidente que no pensaba contestarle.

Seth suspiró. Normalmente era fácil, en las otras ocasiones había conseguido siempre lo que quería y eran ellos los que lo buscaban. Claro que ellos no habían visto sus cuernos ni pezuñas, ni habían estado a punto de morir desangrados. Debía reconocerlo, en esa ocasión no iba a ser fácil. Ni siquiera lo había sido de entrada.

Alzó la mano con suavidad, no quería hacer gestos bruscos y, sin embargo, el movimiento sobresaltó al muchacho, que hizo el amago de retroceder, aunque no lo hiciera. Siguió el movimiento y apoyó la palma contra su mejilla. Akron temblaba de nuevo. Su cabello había capturado lágrimas de agua que se escurrían por su cuello y resplandecían ante el brillo intermitente de la lámpara de aceite.

Con una sutil firmeza se acercó a su rostro y lo besó. No fue un beso tosco, ni pasional, fue cálido, casi superficial. Era consciente de que si Akron no llevara ese collar alrededor del cuello no estaría ahí en ese momento, huiría de él tanto como pudiera. Era como un gato callejero. Un movimiento brusco y lo perdería. No, tenía que avanzar poco a poco, sin gestos ásperos. Con trabajo y paciencia lo tendría comiendo de su mano.

—Creo que ya estás lo bastante limpio —dijo apartándose de él. Se acercó al borde de la pequeña piscina y salió de ella tomando impulso con los brazos—. Volvamos al dormitorio.

Akron lo miró extrañado antes de asentir.

—Sí, claro —dijo a media voz—. Espera un momento, iré a buscar un lienzo para que te seques.

Akron salió por las escaleras y desapareció tras la cortina. Seth no tuvo tiempo de echarlo de menos porque enseguida apareció de nuevo con una toalla entre las manos.

—Ven —le ordenó con suavidad. Seth esbozó una sonrisa torcida. Seguro que el joven no era consciente de lo tajante que podía resultar al hablar. Pero el galo no dijo nada, se limitó a obedecer mientras el muchacho procedía a secarlo con cuidado.

—Déjame a mí —replicó arrebatándole la prenda para secar al chico. Akron lo dejó hacer, pero a Seth le pareció distinguir un gesto de hastío—. ¿Algún problema? —preguntó mientras pasaba el lienzo por el cuerpo desnudo del muchacho. No iba a negar que disfrutaba con ello; de hecho, tampoco pensaba disimularlo.

—¿Te burlas de mí? —preguntó Akron.

La pregunta lo cogió de improviso.

—¿Por qué dices eso?

—No eres un esclavo y yo no soy un domine. ¿Por qué haces esto? ¿Es una especie de broma?

—Si fueras un esclavo bajarías la mirada y dejarías que hiciera lo que quisiera. Burlarme, follarte o secarte con una toalla, eso es lo de menos. En vez de eso, replicas y me cuestionas —observó. Akron bufó y apretó las mandíbulas y, por primera vez en toda la noche, desvió la mirada—. No sé tu secreto, Akron, y no voy a hacer nada para averiguarlo. Me lo dirás tú mismo, antes de lo que te imaginas. Sigues temblando.

—Tengo frío —dijo, y puede que no mintiera.

Seth le pasó la toalla por los hombros y dejó que se abrigara con ella. Él se limitó a ponerse la camisa, cogió los pantalones, las botas y los brazaletes, y se colocó las cadenas alrededor del cuello en una fracción del tiempo que había empleado Akron para quitárselas. Con las manos ocupadas, contempló la capa de piel que quedaba en el taburete. Algunas gotas de agua habían quedado atrapadas en el pellejo blanco, pero no se había mojado más que eso. Dejó las botas en el suelo y cogió la capa.

—¿Si no tienes frío, dejarás de temblar? —preguntó, y usó la gruesa capa de piel para abrigar el cuerpo del esclavo.

—Gracias —dijo este en un susurro inaudible. Entrecerró los ojos y torció el cuello para permitir que su rostro se hundiera un poco en el suave pellejo.

A Seth casi le pareció distinguir una sonrisa, pero eso no era posible. ¿O sí? El galo sonrió confiado; tenía una idea. No era lo que había pensado, pero nada estaba saliendo como había pensado.

Nada más llegar al fornice, Seth se apresuró a dejar la ropa encima del banco, tal y como había hecho la vez anterior. Akron pareció resistirse a ceder la capa, aunque al final la dejó junto al resto de las prendas.

—Échate en la cama —ordenó Seth.

—¿Cómo prefieres que me coloque? —preguntó el joven.

—Como estés más cómodo —dijo el bárbaro sin darle importancia mientras se despojaba de la camisa que acababa de ponerse—. ¿Prefieres el lado derecho o el izquierdo?

—No entiendo. —Y era verdad. En sus ojos turquesas nadaba la duda entre remolinos de confusión.

Seth se metió dentro de la cama y palmeó el sitio a su lado para que Akron entrara también. Esperó a que el esclavo estuviera bajo los cobertores para apagar la lámpara de aceite. Solo quedaba una pequeña palmatoria sobre la mesita y la luz de la luna que se filtraba a través de los cortinajes.

—¿Prefieres que me gire? —preguntó con voz trémula.

—Como te sea más cómodo, Akron, no puedo dormir por ti —dijo con fingida indiferencia, aunque sabía que el esclavo estaba desconcertado.

—¿Dormir? —repitió extrañado.

Seth se incorporó sobre sus codos para hablar con el joven. Esbozó una sonrisa conciliadora. No era mucho lo que podía ofrecerle, pero sabía que era algo que quería. Quizá más adelante llegara lo otro.

—Recordé tu expresión cuando te hundiste entre los cojines la primera vez —le explicó—. Se veía que echabas de menos una cama de verdad, un colchón de lana y una manta de calidad que sea suave y abrigue. Supongo que la cama de un esclavo es diferente, ¿no?

Akron tragó saliva y asintió.

—Entonces aprovéchalo y duerme. Es lo que más deseas en este momento y yo tendré otras ocasiones para hacer que me desees más que al colchón —dijo, y sopló la vela.

Cuando la oscuridad se adueñó de la estancia le pareció escuchar un murmullo que venía de su lado de la cama.

—Buenas noches a ti también —respondió.


[1] Dildo.
[2] Herramienta romana para el aseo.
[3] En latín, nada.

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