Ocho mil kilómetros •Capítulo 9•

9
Confianza

 

Arian balanceaba el pie derecho al ritmo de la música que escuchaba a través de los auriculares. Era una canción pop de una de esas boy bands tan de moda, un tema pegadizo que invitaba a bailar. Usaba el reproductor de música de su teléfono móvil, el cual revisaba desde hacía rato.

No se podía decir que pasara desapercibido. Un chico como él, apoyado a solas en la barandilla que impedía el paso entre la acera y la calzada de una transitada avenida, con esa melena naranja y el ligero ritmillo que seguía con su cuerpo mientras masticaba chicle, atraía más miradas de las necesarias. Y más, desde luego, de las que el mismo Arian era consciente, no solo por lo concentrado que estaba en mirar las redes sociales, sino porque le importaba poco o nada recibirlas.

Tan desconectado estaba de su entorno, que no percibió la proximidad de alguien más hasta que uno de los auriculares se desencajó de su oreja.

—¡Hola, guapo! —saludó la recién llegada.

Rose rivalizaba con él en cuanto a llamar la atención. En su caso, el tono tostado de piel era más que suficiente para resaltar entre una población casi exclusiva de piel pálida, y a eso debía sumar la tupida cabellera rizada.

En cuanto alzó la vista, Arian se incorporó de un salto y la abrazó a modo de saludo, de tal forma que Rose debió encogerse un poco debido a la diferencia de altura.

—¿Qué tal la semana? —preguntó ella tras separarse—. ¿Mucho lío con las clases?

—Un poco sí. Bueno, me estoy esforzando a tope con los kanji y eso.

—Si necesitas ayuda, avisa, ¿eh?

—¡Claro! Aunque siempre acabo llamando a Matsu. Además, vivimos cerca, así que lo tengo más a mano.

—Eso es cierto, pero si lo pillas ocupado o algo…, que no te dé apuro. Bueno, ¿vamos?

Arian asintió y ambos emprendieron el camino hacia el cine en el que habían reservado entradas.

Desde que se conocieran un tiempo atrás, habían hecho muy buenas migas. Tanto fue así, que empezaron a quedar a solas bastante a menudo.

No tenían nada en contra de los otros chicos, pero aquella tarde se habían sentido en cierto modo incómodos al excluirlos de su conversación sin pretenderlo, por lo que no tardaron en intercambiar números de teléfono e iniciar esa amistad paralela en la que solo ellos dos participaban.

Hablaban en inglés, intercambiaban anécdotas de sus respectivos países de origen y, sobre todo, experiencias en común vividas en el que ahora era su hogar. Y la compañía mutua los aliviaba, aunque fuera por unas horas, de los entresijos de la cultura que, les gustase o no, tenían que adoptar como propia. Fue así que descubrieron en el otro un gran apoyo y sus encuentros, al menos durante los primeros meses después de conocerse, se repitieron con asiduidad.

Llegaron incluso a confundir las cosas, pero solo les bastaría un beso para darse cuenta de que no era aquello lo que buscaban el uno en el otro.

Sucedió sin más esa tarde en el cine. Estrenaban una película de animación que Rose tenía muchas ganas de ver y Arian accedió a acompañarla más por pasar un rato con ella que por interés real en el filme. Por eso se sorprendió al encontrarse absolutamente enganchado al argumento de la película. Era una historia romántica y tierna contada con una gran sensibilidad. Tanto era así que, a mitad, ambos acabaron con las manos entrelazadas y derramando lágrimas de emoción.

Arian se sintió muy bien en ese momento. Tenía ciertos problemas últimamente, problemas que nada tenían que ver con las clases ni con su nueva vida. Estaba confundido, indeciso. Y Rose estaba allí, a su lado, acariciándole los nudillos y dejándole apoyar la cabeza en su hombro.

Creyó que Rose lo ayudaría a deshacer su embrollo mental, que su amistad sincera empezaba a transformarse en algo más. Así que la besó.

A oscuras en la sala de cine mientras ambos protagonistas se encontraban a la luz del crepúsculo, Arian la miró a ella un segundo y ella se inclinó hasta deshacer la distancia. Bastó un beso superficial que apenas duró dos segundos para que ambos supieran que no era eso lo que querían.

No volvieron a repetirlo en toda la película. Tampoco se soltaron las manos. Y decidieron abordar el tema con tranquilidad nada más abandonar la sala, antes de que algún malentendido surgiera y pusiera en peligro su amistad.

—Rose, antes, yo… —titubeó Arian.

—Está bien, no pasa nada —atajó ella, antes de que el chico dijera nada más.

Pero sí que pasaba. Arian suspiró y meneó la cabeza.

—Pero… ¿te parece bien? ¿Querías que te besara?

—La verdad, no lo sé. En ese momento sí que quería, pero ahora…

Ya no se tomaban de las manos. Arian había guardado las suyas en los bolsillos mientras evitaba mirarla a los ojos. Tenía las mejillas encendidas y Rose no se mostraba mucho más cómoda tampoco. Dejaron que pasara el tiempo sin aventurarse a hablar más hasta que ella decidió dar el primer paso.

—Mira, creo que esto hay que aclararlo lo antes posible.

—Sí, yo también. ¿Quieres…, vamos a alguna parte?

—Sí, vamos a cenar. Mejor que estar aquí plantados.

Arian rio con timidez. Eso era cierto: seguían en la entrada del cine, de pie el uno frente al otro y con un evidente nerviosismo.

Así que decidieron aparcar la conversación por el momento y trasladarse a un sitio en donde pudieran encontrarse más cómodos. Se decantaron por un local poco concurrido, un restaurante con poca variedad en la carta y precios muy asequibles. Allí, sentados a una mesa y con varios platos ante ellos, abordaron al fin el tema, y fue Rose, de nuevo, quien tuvo la primera palabra.

—Bueno, pues…, antes que nada, Arian, creo que lo mejor será ser sinceros. Dime lo que sea, que no te dé miedo herir mis sentimientos, ¿vale? Prometo no enfadarme por nada. ¿Y tú?

—También lo prometo —replicó él, en parte aliviado por contar con la libertad de hablar sin tapujos y en parte nervioso por no saber si ambos podrían cumplir lo prometido.

—Entonces…, ¿yo te gusto? —abordó Rose sin más.

Arian dudó unos instantes. Necesitaba pensar bien sus palabras y comunicárselas de la mejor manera posible, lo cual era muy difícil en su situación, pues ninguno de los dos idiomas en los que podían comunicarse era su lengua materna.

Al final, y porque era el que más usaba últimamente, se decantó por el japonés.

—Me gustas, pero no en ese plan, aunque creía que sí.

Rose respiró aliviada.

—Menos mal.

—¿Deduzco que yo no te gusto a ti?

—Hemos prometido no enfadarnos, ¿eh? —le recordó, y Arian supo que iba a decir algo que no le gustaría—. A mí me gusta otra persona.

—¿Y por qué me has besado? —quiso saber él, un poco molesto por lo que acababa de descubrir.

—Porque… no quiero que me guste esa persona. Es… un gilipollas, es un bruto y no se toma nada en serio.

—Ni que hablaras de Touya —rio Arian, algo menos molesto ahora que sabía que el problema de Rose tenía cierto parecido con el suyo propio.

Y la expresión de la chica, con una mirada de soslayo cargada de cierta tristeza, le hizo ver que, con su conjetura dicha en broma, había acertado de pleno.

—¡Touya! ¿Te gusta de verdad? —Rose asintió—. Pero si es buen tío.

—Ya, es buen tío, pero parece que para él todo es un chiste y…

—Te da miedo que a ti te vea igual, ¿verdad?

—Exacto.

—Guau —se asombró Arian—. ¿Quién lo diría? Os pasáis el día picándoos.

—Lo sé. Lo hago para disimular, la verdad. No quiero que se me note, ¿sabes?

—Pues tampoco te pases disimulando. ¿Cómo se dice eso…? Those who fight, want each other[1].

Arian se echó a reír tras pronunciar la frase, que había dicho en inglés al no saber si la traducción al japonés sería literal, mientras Rose se afanaba en pellizcarle el brazo una y otra vez. Pararon al darse cuenta de que eran objeto de algunas miradas incómodas.

—No te pases un pelo conmigo, pelirrojo.

Las risas bajaron de volumen y ambos volvieron a centrarse en la comida y en la conversación. El ligero mosqueo de Arian había pasado, sustituido ahora por cierto sentimiento de camaradería hacia Rose.

—Pero, oye, inténtalo con él.

—No sé, Arian. Es que no me da miedo que no me corresponda, sino…

—Que lo haga, ¿verdad?

Rose asintió.

—Sé lo que es.

Y con esas palabras, daba otro pasito más hacia la aceptación de algo que no quería ver. Se comió un trozo de pollo a la parrilla y se bebió casi la mitad de su vaso de refresco ante la atenta mirada de su amiga, que esperaba algo más de información.

—No, no, no —dijo esta al darse cuenta de que Arian no tenía intención de acabar con su curiosidad—. Ahora hablas.

—No tengo nada de qué hablar —rio él.

—Y una mierda, tú me ocultas algo.

Lo señaló con el pinchito del que acababa de sacar su última pieza de pollo y gesticuló con él.

—Habla ahora o te dejo hecho un colador.

La amenaza, lejos de resultar intimidante, arrancó más carcajadas a Arian. Pero sabía bien que, por mucho que afrontaran todo aquello como algo humorístico, no solo Rose no iba a dejarlo en paz, sino que tenía la oportunidad perfecta para empezar a abordar el problema.

Se aclaró la garganta, terminó lo que le quedaba de refresco e hizo una seña a la camarera para que le trajera otro. Solo entonces y con un aire más serio, miró a Rose a los ojos.

—Venga. Esto te lo digo en confianza y te pido que no se lo digas a nadie, ¿vale? Por favor. Ni a Hasegawa, ni a Saeda, y mucho menos a Touya o a Matsu.

—Mis labios están sellados —prometió Rose, con un dedo sobre ellos y otro trazando una cruz sobre el corazón.

—Y ni una risita, ¿eh?

—¿Quieres disparar ya, pesado?

—Está bien, está bien. —Arian tomó aire, lo aguantó en los pulmones y lo dejó salir de golpe—. Tal vez no sea todo lo heterosexual que yo creía.

 

Con el nuevo curso ya avanzado, la Universidad de Kioto era un hervidero de alumnos y profesores que llenaban paseos, jardines, bibliotecas y aulas por igual. Ni tan siquiera el intenso y pegajoso calor estival era razón suficiente para detener el ajetreo; a lo sumo, las numerosas zonas verdes se veían un poco más desprovistas de transeúntes, pues estos preferían el agradable frescor del aire acondicionado que trabajaba a pleno rendimiento en el interior de todas las cafeterías del campus.

La Facultad de Letras, a la que Matsubara asistía, no se encontraba lejos de la entrada, con su característica torre del reloj; solo a un paseo hacia el norte y en medio del campus principal. En épocas de menos bochorno, solía frecuentar junto a sus amigos el jardín situado detrás del edificio. Sin embargo, desde que las temperaturas comenzaran a subir, se habían hecho asiduos a la cafetería central, en la Escuela de Informática y Ciencias de la Energía. Pasaban allí largas horas perdidos entre cafés, infusiones y libros y se sentían mucho más cómodos estudiando y compartiendo apuntes entre el bullicio que en el silencio de la biblioteca de su facultad, por lo que, quitando momentos en los que necesitaban una dosis extra de concentración, siempre acudían a aquel lugar.

Tiempo atrás, durante las primeras semanas de carrera, ya había hecho dos amigas: Mariko Hasegawa y Chiho Saeda fueron las primeras en acercarse a él. Hasegawa, dos meses mayor que Matsubara, era una chica extrovertida, risueña y sociable. Desde el primer día ella y Matsubara habían conectado de alguna forma, pues tenían personalidades bastante afines, al menos superficialmente. De hecho, pronto empezaron a correr rumores en su curso acerca de ellos y se les llegó a atribuir el mérito de ser la primera pareja que surgía en esa promoción. No iba muy desencaminada la cosa, ya que Hasegawa se había declarado antes de las primeras vacaciones de verano, declaración que, por supuesto, Matsubara había rechazado. Y al contrario de lo que cabría pensar, el incidente no hizo sino afianzar su amistad: ella comprendía que había sido demasiado repentino y más tarde se dio cuenta de que sus sentimientos no habían sido tan profundos como creyera en un principio.

Saeda, por otro lado, era completamente opuesta a Hasegawa. Extremadamente tímida, callada y distante, le costaba muchísimo abrirse a los demás y empezar a tomarles confianza. Hasta en el físico eran diferentes: era bastante bajita, de rostro redondo y formas algo rectas, mantenía su pelo liso y largo siempre recogido en una cola baja y acudía a clases con ropa cómoda y funcional. Por el contrario, Hasegawa era un poco más alta y aún lo parecía más al llevar unos buenos tacones. Siempre usaba faldas o vestidos cortos, se maquillaba discretamente y se arreglaba el pelo con algunas mechas o reflejos. No podía negar que destacaba y, de hecho, Saeda se sentía cómoda a su lado porque sabía que todas las miradas iban hacia su amiga y a ella la dejaban en paz. Estaban juntas desde la secundaria y, aunque a ojos ajenos podía parecer que Hasegawa se aprovechaba de las comparaciones para ganar popularidad, jamás dejaba que nadie ignorara a su amiga o le hiciera el vacío.

A mediados del primer curso se les unió Yoshiike Touya, atraído precisamente por la belleza de Hasegawa, pero aquella fue una apreciación que solo Matsubara y Saeda captaron. Era bromista hasta el punto de resultar desagradable en ocasiones, pero muy noble, y su forma de tratar de conquistar a Hasegawa era a base de pincharla continuamente. Matsubara tenía la certeza de que acabarían juntos, pero ese momento no llegaba nunca y se pasaban el día discutiendo por tonterías; a veces podían resultar extenuantes.

Luego llegó Rose. Era la única del grupo que no compartía carrera ni edad con ellos, pues estudiaba Magisterio y era un año mayor. Las chicas habían hecho buenas migas con ella en el club de baloncesto al que asistían cada tarde, pues, al parecer, Rose era la única que no encajaba con el resto de compañeras de curso. Allí pocas estaban dispuestas a aceptar a una extranjera como igual y eso había molestado mucho a Hasegawa, que en cuanto comenzó a vislumbrarlo quiso ofrecerle su amistad. Ella la aceptó ya no por la dificultad de socializar en un entorno tan cerrado, sino porque la afinidad con ella y con Saeda se hizo patente desde el primer momento y, aunque el humor de Rose era mucho más afilado y estridente, les había caído muy bien.

Ese era el pequeño y dispar grupo de Matsubara, en el cual él no era sino una pieza más del puzle que se mantenía unido muy en parte gracias a Hasegawa. Por supuesto, tenía más amigos y entablaba conversación casi con cualquier compañero de su clase, pero todos iban y venían, mantenían otras amistades o ya tenían pareja. Con quienes más a gusto estaba, con quienes más sentía que podía abrirse, aunque nunca fuera del todo, era con aquellos cuatro, Rose incluida a pesar de haber llegado la última. Hasegawa, Saeda y Touya siempre contaban con su presencia, se apoyaban en él en los estudios, puesto que era quien mejores notas sacaba, y hasta lo convirtieron en confidente en más de una ocasión.

Así, con Rose incorporada por parte de las otras dos chicas, y Arian recién llegado gracias a Matsubara, el grupo aumentó a un total de seis.

La curiosidad que el noruego había despertado en ellos hizo que sus conversaciones se centraran en torno a él después del día en que lo conocieron. Aquella tarde, Matsubara había visto cómo intercambiaba el teléfono con Rose y al día siguiente, en la universidad, se lo pidieron las otras chicas; no se pudo negar a pesar de haberlo intentado. Ese interés por Arian no le despertó celos, pero sí cierta incomodidad porque sentía que sus temores iban a cumplirse: que después de ampliar su círculo de amistades, se daría cuenta de que había más personas con las que se sentía a gusto y eventualmente su relación se enfriaría. Sin embargo, conforme el tiempo fue transcurriendo, empezó a darse cuenta de que se había equivocado.

Después de la primera velada entre cafés, Arian volvió a acompañarlos en todas las ocasiones en que pudieron encontrarse fuera de la universidad, incluso en aquellas a las que, por tener que ayudar en la clínica de sus padres, Matsubara no podía acudir; sin embargo, la relación de ambos no cambió tal y como él temía. Siguieron prácticamente inseparables, con sus encuentros dos o tres veces a la semana, si es que los estudios lo permitían, y sus largas charlas desde la aplicación de mensajería. Por eso, cuando recibió la noticia, apenas pudo creérsela:

—Arian y Rose están saliendo juntos.

Matsubara, Hasegawa, Saeda y Touya comían en la cafetería acostumbrada; los jueves Rose no podía acompañarlos al tener un horario diferente, por lo que el grupo ese día se reducía de nuevo a ellos cuatro. Cuando Hasegawa dio la noticia, a Matsubara se le cayó el tenedor de la mano con sus espaguetis a medio enrollar.

—Eso creo —continuó entonces la muchacha al ver la cara de estupefacción de sus compañeros, sobre todo de los dos chicos—; ayer me contó que habían quedado un par de veces y se la ve, no sé…, radiante.

De repente, Matsubara perdió todo el apetito. No sabía qué le dolía más: que Arian hubiera comenzado a salir con alguien o que no se lo hubiera contado él en persona. Aunque le comían los celos, tuvo que reconocer que era lo normal, que tarde o temprano habría de olvidar a aquella chica de Noruega y encontrar el amor donde ahora tenía su vida. Debía resignarse a ello, pero ¿y su confianza? No lograba entender por qué no había corrido a llamarlo para darle la noticia.

—Tadaji, ¿estás bien?

La pregunta lo devolvió a la realidad. Matsubara ladeó el rostro para ver a una Hasegawa algo preocupada.

—Sí, sí. Estoy bien —respondió, aunque no sonó muy convincente—. Es que me ha sorprendido, es todo.

—¿No te ha contado nada Arian? —preguntó Saeda.

—No, por eso.

La atención varió entonces hacia Touya, que no solo no se había pronunciado, sino que continuaba comiendo como si no hubiera oído nada.

—¿A ti tampoco te ha dicho nada Rose? —le preguntó Hasegawa. El muchacho se encogió de hombros.

—¿Por qué debería? No somos muy amigos.

—Sí que lo sois, siempre estáis pegados el uno al otro —replicó ella.

—Peleándose —puntualizó Saeda con una risita.

Y tenía razón: Touya y Rose parecían no ser capaces de relacionarse si no era lanzándose puyas el uno al otro. Desde el día en que se conocieran, el chico ya le había puesto el apodo de «la monja negra» mientras que ella, por venganza, había comenzado a llamarlo «enano». Esto molestaba a Touya muchísimo más que a ella su propio mote porque era bien cierto que a su lado él parecía mermado: no en vano solo le llegaba a la altura de los hombros.

—Pues ¿sabéis qué? Que creo que a Touya le gusta Rose —se aventuró a decir Hasegawa.

Y tal vez no fue muy desencaminada porque la reacción del chico fue meterse tal bola de espaguetis en la boca que apenas fue capaz de masticar.

—¿¿Gustarme?? ¿¿Esa gigante con el pelo de estropajo?? No digas tonterías, Hasegawa.

—Pues yo creía que sí —opinó Saeda.

—Y yo —agregó también Matsubara, tratando de dejar a un lado su propia incomodidad.

Al fin y al cabo, él también hacía tiempo que lo sospechaba y, en esos momentos, se apoderó de él cierta compasión hacia Touya guiada por la empatía. Solo sintió no tener el consuelo del apoyo mutuo por las razones evidentes.

—Pues no, para nada. No me gusta. Ni pizca.

Tanta insistencia confirmó a los otros tres que sentía exactamente lo contrario a lo que decía, pero ninguno quiso seguir hurgando en la llaga. Al fin y al cabo, ni siquiera estaban seguros de que la relación entre Arian y Rose fuera tal, así que no tenía caso seguir ahondando en el asunto; tendrían oportunidad de asegurarse preguntando a los implicados directamente ese fin de semana. Y confirmar que Arian tenía novia no iba a ser precisamente el mejor regalo para Matsubara.

 

El cumpleaños de Matsubara era a mediados de julio, cerca de las vacaciones de verano. Y ese año concretamente era especial: cumplía la mayoría de edad y, aunque no había demasiadas cosas que quisiera hacer y que marcaran la diferencia, era consciente de que aquella era una ocasión única en la vida y no quería desaprovecharla. Hacía ya varias semanas que sus amigos habían planeado una cena al aire libre en una de las muchas terrazas junto al río Kamo. Hasegawa se había encargado de reservar mesa para ocho en un restaurante que se ajustara al presupuesto de cada uno, que no era poco ya que todos menos Saeda provenían de familias acomodadas en mayor o menor medida, y a esta le prestarían algo entre todos para que no faltara. Al fin y al cabo, los cuatro eran una piña desde hacía ya más de un año. Los otros asistentes serían Rose y Arian, por supuesto, y dos chicos más que solo sus compañeros de carrera habían visto en alguna ocasión anterior: Takeda y Akio. Ambos habían ido a la misma clase que Matsubara durante la secundaria superior y era con los únicos con quienes todavía mantenía contacto.

Casi todos fueron puntuales y los más rezagados —Rose y Touya— aparecieron con apenas diez minutos de retraso, cada uno por su lado y deshaciéndose en disculpas.

Desde la charla que tuvieran en la universidad, Matsubara no se había atrevido a preguntar nada a Arian acerca de Rose. Al principio fue porque sentía estar invadiendo demasiado su intimidad, luego fue porque, aunque se lo negara a sí mismo, quería ver si su amigo era capaz de contárselo: lo estaba poniendo a prueba. Pero Arian no la había mencionado ni una sola vez, ni tan solo cuando algunos días después habían vuelto a quedar a solas. Y aquello había hecho que desarrollara cierto resentimiento hacia él que no quiso hacer patente esa noche, por lo que Matsubara se comportó como siempre, le presentó a sus dos antiguos compañeros de instituto y se mantuvo como de costumbre a su lado, sin conseguir dejar de prestar atención, aunque fuese durante unas horas, al comportamiento que mantenía con Rose.

Y nada parecía evidenciar que la relación existiera de verdad: no solo no habían llegado juntos, sino que, tras los pertinentes saludos, quizás algo más cálido el de ellos dos que el del resto, ambos se mezclaron con el grupo sin juntarse más de lo necesario. Ni siquiera se sentaron cerca.

El restaurante era de decoración bastante tradicional, iluminado de forma tenue en el interior y con farolillos y luces de colores en la terraza, donde ellos habían elegido estar. El ambiente para cuando llegaron era muy animado, se escuchaba el leve murmullo de las conversaciones de varios grupos que, como ellos, habían decidido disfrutar de la maravillosa vista nocturna del río y del tradicional barrio de Gion, al otro lado del mismo. Habían preparado para ellos dos mesas con bancadas; no hubo suerte y no pudieron hacerles sitio junto a la baranda con el río a sus pies, pero la vista seguía siendo inigualable y el ambiente agradable y fresco gracias a la brisilla que corría, a pesar del calor pegajoso y húmedo tan característico en época estival.

En un momento tuvieron ante ellos todo tipo de platos, algunos para compartir y algunos individuales, dispuestos alrededor de una parrilla encendida en la que todos iban cocinándose su propia carne. Arian demostró ser un completo desastre con los palillos. Entre Matsubara y Hasegawa consiguieron enseñarle de forma medianamente decente, pero el chico acabó pasando más hambre que apuro y terminó por pedir un tenedor ante la risa de los demás.

Aun así, la velada fue divertida y agradable, inmortalizaron el momento con sus respectivos teléfonos móviles entre bocado y bocado y entregaron a Matsubara varios regalos que, después de soplar las velas y contrario a lo acostumbrado, abrió allí mismo a petición general: sus compañeros de clase hicieron fondo común junto a Rose para conseguirle un par de zapatillas de lona de edición limitada para su colección, con la Union Jack plasmada en toda la superficie; Akio le llevó la última novela de Murakami, autor al que Matsubara era aficionado; Takeda, por su parte, le hizo entrega del CD de un grupo que ambos escuchaban en secundaria y que, tras muchos años inactivo, había vuelto a grabar en estudio ese mismo año.

Todos aquellos presentes estuvieron muy bien y Matsubara los agradeció con total sinceridad. Sin embargo, tal vez por lo especial que era Arian para él o porque en tan poco tiempo era quien más había llegado a conocerlo, fue el suyo el que más ilusión le hizo. Matsubara no supo qué le había sorprendido más, que tomara ese riesgo con su regalo al ir a un terreno claramente personal o que recordara un episodio que, para él, había sido completamente intrascendente.

Por eso, al ver el chaleco doblado primorosamente en el interior de la bolsa, supo que para Arian no había pasado desapercibido el hecho de que no dejara de darle vueltas a la prenda durante mucho tiempo: era el mismo que, el día que Arian y los demás se conocieron, Matsubara había admirado a través del cristal de un escaparate.

—No tendrías que haberlo comprado, era carísimo.

—¡Tonterías! Te gustaba, ¿no? ¡Pruébatelo!

—¡Sí, Tadaji! Es chulísimo —coincidió Hasegawa.

Matsubara se lo puso sobre la camisa blanca que había elegido para la ocasión. Era de manga corta y aspecto informal, y lo cierto era que junto con los vaqueros y sus zapatillas color caqui, el chaleco no desentonaba en absoluto.

—¡Ey, estás guapísimo! —sentenció Rose, que andaba un poco achispada tras varias cervezas.

Matsubara tampoco estaba mejor, mareado con solo un botellín. Pero ya podía beber alcohol de manera legal y prácticamente lo habían obligado a probarlo.

—No es para tanto, le queda bien y ya está, no te emociones, monja —discutió Touya.

—Tú te callas; está guapo y punto. Déjatelo puesto.

Aún necesitó un empujoncito más por parte de Arian, que solo tuvo que confirmar la opinión de Rose para que Matsubara no se lo quisiera quitar en lo que quedaba de noche. Y, solo por si acaso, Arian le insistió varias veces más en lo bien que se veía, con su consiguiente azoramiento, del cual, esperaba, todos culparían al alcohol.

Poco más tarde del momento en que recogió sus obsequios fue cuando, seguramente animada por las risas, por el ambiente distendido y porque la conversación comenzaba a tocar temas de índole más personal, Saeda mencionó a su novio, un novio del cual solo Hasegawa había oído hablar hasta la fecha. La sorpresa, a excepción de Akio y de Takeda, fue generalizada.

—¿Desde cuándo tienes novio, Saeda? —le preguntaba Rose tan emocionada como si hablara de sí misma.

La chica empequeñeció tanto que parecía que de un momento a otro iba a caer a través de un agujero en el suelo y solo quedaría de ella el recuerdo.

—D-desde el mes pasado —tartamudeó muy bajito—. Nos conocimos en un foro, es de Osaka. Ya os lo presentaré.

—Yo lo vi una vez, es un otaku pero es buen chico.

—¡No lo llames así, Hasegawa! Le gusta mucho la astronomía, eso es todo.

—Solo era para picarte, tonta. La verdad es que se les ve bien juntos.

—Me alegro un montón por ti, Saeda —le dijo entonces Matsubara.

Siempre le había parecido una chica dulce y buena, pero su extrema timidez le hacía muy difícil relacionarse con la gente.

—¿Quién iba a decir que serías la primera del grupo en tener pareja? —preguntó Rose al cabo, sin acritud.

Aquella frase habría captado poderosamente la atención de Matsubara de no ser porque, con su segundo vaso de cerveza, la tenía bastante dispersa. No llegó a entender el sentido implícito ni tuvo tiempo de procesar la información porque sus amigos del instituto habían reaccionado al unísono como si quisieran defenderse de algo:

—¡Nosotros sí que tenemos novia!

—Bueno, tú lo que tienes es un ligue detrás de otro —le recriminó Akio a Takeda en clave de humor, y este se encogió de hombros.

—Pero cuentan como novias. Eh, ahora que recuerdo, Tadaji, ¿qué fue de Hirano?

Ese nombre sí que hizo saltar todas sus alertas.

—No sé, ¿qué fue de ella? —preguntó a su vez el aludido, sin querer que se le notara hasta qué punto le perturbaba la pregunta.

—¿Seguís saliendo?

—No, claro que no, cortamos antes de terminar el instituto.

—Pues qué pena, se notaba que estaba coladita por ti y además era guapísima. Y yo que os imaginaba casados y con dos o tres críos…

—¡No digas tonterías, Akio! ¿Matsu, casándose?

Arian se llevó una patada bajo la mesa por aquel comentario, y no fue la escasa fuerza de la misma sino la sorpresa por haberla recibido en ese contexto lo que hizo que plantara sus profundos ojos en la expresión de reproche de Matsubara.

—Pero…

—No, Arian.

El chico hizo un nuevo intento de abrir la boca, su expresión de repente endurecida, y obtuvo un nuevo gesto pidiendo silencio. Y ante la estupefacción del resto de comensales, que no entendían qué demonios acababa de pasar, se levantó sin decir una palabra más, dejó sobre la mesa su parte para pagar la cuenta y se dirigió a la salida sin despedirse.

El silencio cayó como una losa durante los siguientes segundos y fue roto solo por Touya y su humor siempre desmedido, que preguntó abiertamente qué bicho le habría picado. Se llevó una buena colleja por parte de Rose.

—Perdonadlo —habló al fin Matsubara, que aún buscaba en su mente no solo una excusa válida para Arian, sino una explicación medianamente lógica a sus palabras—, a veces se enfada por tonterías que ni yo entiendo. Ya se le pasará, hablaré con él.

Sin embargo, aunque nadie le dio mayor importancia, Rose sí parecía molesta.

—¿Por qué no ahora? ¿Por qué no vas a hablar con él ahora, antes de que se vaya?

—No, mejor cuando se le pase el mosqueo. Si le pregunto ahora por qué ha sido, seguramente me mandará a la…

—¡No seas cobarde! —lo interrumpió ella—. ¿De qué tienes miedo? Si has dicho algo que le moleste será mejor que le pidas disculpas ahora, aunque te eche la bronca, que no cuando ya se haya olvidado.

Matsubara pasó la vista a su alrededor y vio miradas incómodas entre los demás. Iba a negarse definitivamente, pero las otras dos chicas apoyaron tímidamente a Rose y, más por obligación que porque realmente quisiera enfrentarse a él, acabó levantándose de un salto. Ignorando que todo daba vueltas a su alrededor, salió a la carrera del restaurante.

Consiguió dar con él con relativa facilidad: una melena como la suya era fácil de avistar incluso de noche. El viento, aunque soplaba cálido, lo golpeó en la cara en su carrera y lo despejó de esa bruma etílica que le mantenía los sentidos aletargados. Al darle alcance lo llamó un par de veces y acabó cogiéndolo de la muñeca al ver que Arian lo ignoraba. En ese momento, el chico se dio la vuelta y lo encaró con la rabia impregnada en cada una de sus facciones.

—¡No se lo has dicho, Matsu! ¡No lo saben!

—¡Pues claro que no lo saben! Tú eres el único y prefiero que siga siendo así.

—¡Pero son tus amigos!

—Precisamente por eso, no quiero perderlos.

—Pero…

Arian se soltó del agarre con una sacudida y emitió un gruñido desde lo más hondo de la garganta.

—Arian, compréndeme —trataba de defenderse Matsubara.

Todo volvía a darle vueltas. Se sujetó la cabeza para intentar estabilizarse, pero aquello no disuadió a su amigo.

—Es algo muy íntimo y no sé cómo se lo van a tomar. ¿Y si no lo aceptan?

—¡Ellos te quieren y te respetan! ¡Merecen que confíes en ellos!

—¡Confío en ellos! —se defendió.

—¡Pues no lo parece!

Ambos habían levantado la voz y, a su alrededor, las personas que pasaban se apartaban unos centímetros haciendo comentarios al respecto. Aquello empezaba a avergonzar a Matsubara.

—Arian, baja la voz, por favor —le pidió, y con ello solo consiguió avivar su enfado.

—¡No quiero! Los amigos de verdad te aceptan como eres; tú los ayudas y los apoyas, nunca los has traicionado, pero les estás mintiendo, Matsu.

—No les estoy mintiendo, solo oculto cosas.

—¡Es lo mismo! ¡Debes decírselo!

El apuro, sumado a las dos cervezas y a la repentina invasión de su zona de confort que estaba perpetrando Arian, hizo que poco a poco la ira también aflorara en él.

—No se lo voy a decir, Arian. Ni ahora ni nunca, ¿oyes?

—¿Eso significa que seguirás mintiéndoles? No lo merecen.

—No, pero ¿qué más da? —Matsubara también comenzaba a levantar la voz—. No quiero mostrar más esa parte de mí, no estoy preparado, y empieza a cansar que tú te empeñes en sacarla a la fuerza. ¡Deja de atosigarme tanto! ¿Sabes? No tendría que habértelo contado.

No era sincero, y se arrepintió nada más haberlo dicho porque la expresión de Arian pasó en segundos de furibunda a decepcionada. Los ojos se le empezaban a humedecer.

—Sabes que necesitabas contarlo y que te sentiste bien —le reprochó.

—Preferiría no haberlo hecho. Llegaste y pusiste mi vida patas arriba. Yo estaba bien en mi armario, lo tenía cerrado y me había tragado la llave, pero tú forzaste la puerta, Arian. Puede que me aliviara confesarlo por primera vez, pero desde entonces he cambiado.

—¡A mejor!

—¡No! ¡No es verdad! ¡No soy mejor persona, ni peor! La única diferencia es que cada vez quiero más cosas que no puedo tener.

—¿Y qué cosas? —le preguntó Arian.

Sus palabras sabían amargas y se diluían con las lágrimas que había comenzado a derramar: lágrimas de pura rabia. Pero Matsubara no pudo responder a esa pregunta sin implicar sus sentimientos hacia él. Sentimientos que aun en ese momento le estaban quemando por dentro. Ante su silencio, Arian continuó:

—¿No te das cuenta de que guardarlo dentro te está haciendo daño?

—¡Por tu culpa! Si no te lo hubiera dicho…

Pero no llegó a terminar la frase. Algo en aquellos ojos aguamarina le hizo sentir miserable. Al fondo de la rabia que parecía empezar a consumirlo, Arian lo miraba con una profunda decepción mezclada con dolor, más dolor del que Matsubara jamás habría creído ser capaz de causarle.

—¿Sabes qué? —dijo, y esta vez sí bajó la voz con tal resentimiento que Matsubara hubiera preferido que siguiera gritando—, mereces seguir pasándolo mal. Eres un amargado y un reprimido, y no eres capaz de ver lo mucho que preocupas a los demás. Prefieres centrarte en la autocompasión porque es lo fácil. Al final no eres más que un cobarde.

Después de aquellas palabras, Arian se dio media vuelta y continuó su camino mientras los viandantes más descarados que se habían parado a cierta distancia dejaban ya de prestarles atención. Matsubara se quedó plantado en mitad de la calle, más hundido de lo que jamás hubiera querido reconocer, viendo cómo su amigo se alejaba.

Porque sabía que, aun dichas sin sentirlo, guiadas por el enfado y no por la sinceridad, aquellas palabras vertidas a borbotones no eran sino la más cruel de las realidades. Porque sabía que, muy a su pesar, Arian tenía toda la razón del mundo.

 

[1] Los que se pelean, se desean.

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