Ocho mil kilómetros •Capítulo 10•

10
El chico del bar

 

Idiota. Idiota, idiota, idiota. Era la única palabra que repetía Arian en su mente, una y otra vez, como un mantra de esos que cantan los sacerdotes de por allí. «Matsu es el más idiota de entre todos los idiotas». Eso definía, más o menos, la discusión que acababan de mantener.

Y a cada paso que daba para alejarse de él, se sentía más y más frustrado. Frustrado porque odiaba ver la falta de confianza que su amigo tenía con todos los demás y consigo mismo.

No, había algo más.

Había algo que Arian no podía definir dentro de toda esa amalgama de sentimientos que lo empujaban a caminar sin rumbo entre callejuelas repletas de gente. Algo más fuerte que un simple sentimiento de impotencia. Se conocía a sí mismo, sabía que casi no era capaz de controlar sus impulsos cuando estaba enfadado, pero lo de aquella noche se pasaba de la raya.

Lloraba; no había dejado de hacerlo desde que le gritó a Matsubara cuatro verdades que no eran tan verdad. Y no podía parar. No importaba cuántas veces se secara las lágrimas con movimientos cargados de furia, no importaba cuántas veces sorbiera por la nariz ni cuántas mascullara insultos en noruego, todos dirigidos a él. Las lágrimas no cesaban.

—¿Qué coño me pasa? —gimió para sí, también en su idioma materno.

La gente lo miraba. Todos esos japoneses que nunca echaban cuenta de la vida de los demás lo miraban y se apartaban porque él era diferente, porque caminaba a contracorriente y no guardaba bajo llave lo que sentía y pensaba. Estaba harto del doble rasero con el que medían todo, era agotador no saber nunca qué les pasaba por la cabeza.

Y él, que creía que Matsubara era diferente, que luchaba contra viento y marea para mostrarse al mundo tal y como era.

—¡Mentira! ¡Mentiroso!

Ni siquiera fue consciente de que había vuelto a hablar en voz alta.

 

Hacía casi una hora que caminaba sin descanso y se acababa de dar cuenta de que no tenía ni idea de dónde estaba. Había dejado atrás las calles atestadas y ahora no se veía a un alma por allí. Nadie a quien preguntar indicaciones porque, la verdad, estaba completamente desorientado. Tampoco es que le asustara mucho.

Además, agradecía el silencio y la tranquilidad. Así podía pensar con más calma y eso fue justo lo que hizo. Pensar. Pensar y nada más. Se detuvo entre la luz que proyectaban dos farolas y, cansado, se dejó caer al suelo hasta sentarse con la espalda apoyada en un muro.

Ya no lloraba, pero a las lágrimas las había sustituido una profunda sensación de vacío. Revivió una y otra vez la pelea con Matsubara y, cada vez más, se daba cuenta de que se había excedido. No debía ser para tanto, o sí, pero ¿qué le importaba a él? Era su vida, eran sus decisiones y él no pintaba nada en todo ello.

Eso era lo que más dolía. Acababa de darse cuenta de que, al final, para Matsubara, no era más que otro amigo de su reducido grupo. Un amigo al que, una vez y guiado por la oportunidad del momento, le contó un secreto. Eso no significaba nada.

Pero quería que significase. Le hubiera gustado saber que aquella noche lejana Matsubara se abrió a él no porque compartir un secreto lo aliviara en cierto modo, sino porque quería sentar las bases de algo que se tornara especial. Algo más allá de la amistad.

«¿Qué puede haber más allá de la amistad?», se preguntó. Y lo sabía, pero no quería verlo. No quería aceptarlo.

En su mente apareció un recuerdo no demasiado lejano. ¿Cuánto hacía de aquello, dos años? Sí, más o menos. Casi no se acordaba de su cara, pero sí de la sensación que lo embargaba cada martes y jueves cuando se acercaba la hora de su clase particular de Matemáticas. La adoración con que atendía las explicaciones de Hugo; la calidez que le llenaba el pecho cuando se acercaba más de la cuenta para señalarle alguna fórmula mal aplicada o algún paso mal dado en las ecuaciones; lo poco que lograba concentrarse en su presencia.

Pasó mucho tiempo creyendo que su profesor le gustaba de veras. Luego, cuando se marchó, ya no supo si lo que sentía era eso o simple admiración hacia él como persona. A sus catorce años, en plena adolescencia, tenía tal lío en la cabeza que no sabía si fijarse en chicos, en chicas o en ninguno. Y luego se olvidó de ello y encontró novia.

Ahora se daba cuenta de que lo que sentía por Matsubara era muy parecido a lo que Hugo le había provocado. Más intenso, quizás, más exigente. Pero muy parecido. Y no quería malinterpretar sus sentimientos; no quería volver a confundir admiración con amor, si es que fue eso lo que le pasó con el profesor. Por aquel entonces se sirvió de las redes para encontrar su propia sexualidad y, si bien encontraba atractivo un cuerpo masculino, no le provocaba nada bajo los pantalones. Unas curvas generosas, por el contrario…

Ahora, con casi diecisiete años, sabía que unas pocas fotos o vídeos subidos de tono no llegaban ni de lejos a una experiencia real.

—¿Y si…?

Una idea se empezó a forjar en su mente. Algo que nunca había hecho y que nunca pensó en hacer. Una incursión en un mundo que desconocía por completo y al que sabía que no debía entrar a solas. Pero la prudencia era menos que la resolución que empezaba a fraguarse en su pecho.

No actuaba movido por la curiosidad, al menos no por completo. Actuaba movido por la ira que aún no lo abandonaba y por lo frustrante que resultaba saber que no podía pedirle ayuda a Matsubara para despejar todas sus dudas. Eso sería cruel e insensible. Por el contrario, aunque en ese país todo el mundo pretendía aparentar lo que no era, estaba seguro de que había muchos a quienes no les importaría servir de conejillo de indias.

 

El lugar no parecía muy sórdido, al menos desde fuera. Un par de ficus flanqueaban la entrada y una pizarra anunciaba algunas especialidades del establecimiento sin demasiadas florituras. Dentro, la música chill out acompañaba a algunas conversaciones en voz modulada y al tintineo del hielo y los vasos de cristal.

No fue sencillo encontrarlo. De unas cuantas búsquedas en japonés a través del navegador de su smartphone tuvo que pasar a buscar en inglés. Al final dio con una dirección en un blog y se dirigió hacia allí sin estar demasiado seguro; suerte que el aparato contaba también con GPS.

Se trataba de un establecimiento pequeño en la segunda planta de un estrecho edificio, con una larga barra y algunas mesas al fondo. Ni siquiera estaba muy lleno a esas horas. Había un par de asientos altos ocupados y una de las mesas, nada más. Un hombre de mediana edad, ataviado con camisa blanca, chaleco, pantalones negros y mandil hasta las rodillas, servía una copa mientras le dedicaba unas palabras a alguien que Arian no veía; seguramente otro empleado que lo oía desde la trastienda.

Ocupó una banqueta, la más cercana a la entrada. Empezaba a pensar que no había sido buena idea: los del fondo estaban algo acaramelados y los demás eran mayores e iban a lo suyo. Y eran feísimos. Se sentía fuera de lugar, pero tampoco quería irse: no le apetecía volver a casa.

—¿Qué te sirvo?

El camarero llamó su atención. Se había perdido un poco en sus pensamientos y, al levantar la vista, lo vio justo frente a él. No le quitaba el ojo de encima y le hizo sentir incómodo. Frunció el ceño; por los pliegues alrededor de sus ojos y el cabello salpicado de blanco, Arian le calculaba alrededor de los cincuenta años. Ni en sueños se iba a ir con ese vejestorio, así que más le valía dejar de mirarlo tanto.

—Una cerveza —pidió.

Intentaba que no se le notara la incomodidad y, sobre todo, la edad.

El camarero lo miró de arriba abajo. «No va a colar», pensó. Y acertó.

—¿Cuántos años tienes?

—Veinte.

Lo dijo rápido y sin pensar. Justo la edad legal para beber alcohol; eso lo delató, o tal vez fueron sus mejillas encendidas y su mirada huidiza.

—Y yo quince —ironizó el hombre—. Vamos, déjame ver tu carnet.

—… No lo llevo encima. Oiga, le digo que tengo veinte y solo quiero una cerveza e irme a casa.

Sacó el monedero y dejó un billete sobre el mostrador. Serviría para pagar la bebida y eso era lo único que quería, no es que pretendiera sobornarlo ni nada parecido. Pero el gesto pareció ser interpretado así, ya que el empleado arrastró el billete por la superficie de vuelta hacia él.

—No puedes estar aquí, chico.

—¿Hay algún problema?

Desde su izquierda, un muchacho se les acercó con una bolsa colgada al hombro. Era mucho más joven, puede que no llegara a los veinticinco. Llevaba el pelo liso y largo hasta la base del cuello y una ligera ondulación sugería que lo había llevado recogido hasta hacía un momento. Vestía unos vaqueros algo rotos y una sencilla camiseta negra y adornaba su muñeca derecha con un par de accesorios de hilo.

—Otro crío que quiere curiosear —informó el barman, como si él no estuviera delante.

Arian hizo un mohín.

—Le he dicho que tengo…

—A mí no me parece tan crío —interrumpió el recién llegado.

—Ni se te ocurra.

Arian alzó las cejas y cruzó la mirada con el muchacho, que permanecía de pie junto a él. A decir verdad, era bastante atractivo.

—Te diré una cosa —se dirigió a Arian con una sonrisa conciliadora; sexy, en cierto modo—: mi jefe es el tío más cabezón sobre la faz de la Tierra. Si dice que no te sirve, no te sirve.

Terminó la frase y, sin dudar ni un momento, le rodeó los hombros con un brazo. El camarero le dirigió un gesto severo.

—Pero acabo de terminar mi turno y podría acompañarte a otro sitio donde no te pidan el carnet.

Arian no era tonto. Le bastaron unos pocos segundos para darse cuenta de la clase de miradas que ese chico le lanzaba y sabía muy bien que esa proposición era de todo menos sincera. El gesto de advertencia que el hombre tras la barra le lanzó a su empleado lo confirmó.

—¡Es menor, por el amor de Dios! —exclamó.

—Él dice que no lo es. De todas formas, no es asunto tuyo, ¿verdad?

Estrechó aún más su agarre y lo cierto fue que a Arian no le resultó desagradable. Tampoco la tentación de acompañarlo. Imaginaba que sería él quien abordara a algún chico y resultó ser al revés, pero daba igual. Era un total desconocido y parecía no tener escrúpulos a la hora de intentar ligar con él; a lo mejor no le importaba si al final el asunto resultaba un fiasco total.

Arian saltó de la banqueta al suelo y no dijo nada: solo se acercó a la salida. No lo vio, pero el muchacho hizo un gesto obsceno a su espalda para así dejar claro que esa noche no se iría a dormir solo. Y el barman los observó más que contrariado mientras salían de allí.

Vivía a unas pocas manzanas, en el ático de un edificio de seis plantas. No esperaba que lo llevara de copas; tampoco lo pretendía. Por el camino intercambiaron algo de información. Arian le confesó su edad y eso no supuso ningún problema para él, que decía tener veinticuatro años. Le contó a grandes rasgos que mantenía una relación abierta con su jefe, aunque este no estaba muy conforme. Que era ingeniero pero que le gustaba el trabajo en el bar y que una vez conoció a un noruego. Le dijo su nombre, pero Arian ni lo recordaba.

De pie en mitad del salón, perdió la vista a través del ventanal desde el cual se veía el río Kamo flanqueado por luces de colores. Desde la cocina se oyeron los pasos de su anfitrión y el sonido de dos vasos al ser llenados.

—Ey, ¿sigues aquí?

Su voz lo sobresaltó. Le tendió una bebida ambarina cuyo aroma le hizo arrugar la nariz.

—Puedo llevarte a casa, si quieres —ofreció. Arian meneó la cabeza.

—No, estoy bien.

—Pues tienes pinta de perdido.

Se encogió de hombros. Miró de nuevo el contenido de su vaso y alzó la vista cuando el dueño del mismo efectuó un brindis suave. Este alzó el suyo antes de dar un buen trago sin dejar de mirarlo a los ojos. Arian hizo lo propio. Sucumbió a ese juego de seducción sin pararse a pensarlo y, antes de darse cuenta, lo tenía a escasos centímetros. Eso lo puso nervioso.

—No eres gay, ¿verdad?

—No…, no lo sé —admitió.

Su acompañante le apoyó la mano que sujetaba el vaso sobre el hombro y dejó descansar en su cintura la que le quedaba libre.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

Le miró los labios. Estaban muy cerca y besarlos no era algo que le pareciera descabellado. Apetecible, más bien. Eran bastante generosos, tenía la boca grande, pero, en conjunto, no parecía desproporcionada.

Titubeó sin saber qué responder. Su indecisión no pareció frenar al más mayor, sino todo lo contrario. Y cuando le deslizó la mano desde la cintura para cogerle el vaso, Arian dejó que se lo llevara sin quejarse.

—Oye, no he…, antes…

Lo dijo un poco sin pensarlo y porque estaba nervioso. ¿Y si no le gustaba? ¿Y si le gustaba? El muchacho alzó las cejas.

—¿Eres virgen?

—No, pero con un chico…

Carraspeó. No le gustaba mostrarse tan inseguro, aunque así era como se sentía ahora mismo.

—En realidad, yo… quería probar a ver —confesó al fin.

—Entonces, ¿qué soy, una especie de experimento?

Arian asintió.

—¿Te molesta?

—Qué va. Solo espero que salga bien.

Dejó los vasos en el suelo, junto al sofá, y le cogió ambas manos. Mantenía una mirada seductora que estaba logrando muy bien su propósito.

—Eres mi tipo, ¿sabes? —le comentó—. Llamas mucho la atención.

—Gracias, supongo —murmuró Arian al tiempo que el otro le cogía algunos mechones de pelo entre los dedos.

—Ey, no pretenderás denunciarme luego, ¿eh?

Negó con fuerza. ¿En qué cabeza cabría? Y, para que le quedara claro, dio un paso hacia él. Vale, parecía todo un experto en el arte del ligoteo, pero estaba dando demasiados rodeos y Arian comenzaba a impacientarse. No tenía toda la noche. Así que se precipitó hasta deshacer toda la distancia.

Fue un beso breve y tímido. Juntaron los labios apenas unos segundos antes de que Arian se separara y se los tocara con la punta de los dedos. Aún conservaba el calor y no le pareció nada mal.

Alzó la vista unos segundos. Su acompañante estaba sorprendido, pero sonreía de medio lado, complacido sin duda. Y hubo algo en esa sonrisa que reavivó la llama de la ira, apagada hacía rato. Ahí estaba él, todo indecisión y timidez cuando nunca se mostraba así, y ese como-se-llame sonreía con suficiencia, como si se creyera el rey del flirteo.

Lo había seducido porque Arian quería dejarse seducir, ni más ni menos. Y llevaba tratándolo como a un crío desde el primer momento. Bien, pues iba a demostrarle que no lo era.

Se echó sobre él literalmente. Lo rodeó con ambos brazos y le plantó otro beso. Nada de a tientas para ver si le gustaba: un beso en condiciones y con lengua. Tampoco es que fuera un experto, pero tuvo su tiempo para perfeccionar la técnica en Noruega. Y solo le bastaron unos segundos para descubrir que si él besaba bien, su anfitrión lo hacía mejor.

Eso lo hirió en el orgullo. No lo conocía, pero ya podía tacharlo de presuntuoso. ¿Y qué era eso de una relación abierta con el viejales de su jefe? Seguro que el pobre hombre bebía los vientos por él y tenía que verlo marcharse a menudo con jovencitos como Arian. A lo mejor se equivocaba, pero, en esos momentos y en mitad de una cruenta batalla de dientes y lenguas, esa teoría le parecía de lo más acertada.

Vale, sí, puede que estuviera bueno, pero era un idiota. «Tan idiota como Matsu».

Algo chocó contra sus pantorrillas. Arian se separó y miró hacia atrás; acababa de darse cuenta de que se había dejado empujar hasta el dormitorio y lo que había chocado con él era la cama: baja, con una estructura de madera alrededor del colchón con sábanas de color verde.

Debió asustarse, pero no lo hizo. No se arrepentía, quería que sucediera y salir de dudas de una vez por todas, porque acababa de pensar en Matsubara mientras besaba a un tío y aún no sabía qué demonios significaba eso.

 

Estaba desnudo y sudado. Tenía la vista nublada e intentaba mantenerse a la altura de su improvisado amante, algo que, por supuesto, no conseguía. Lo engulló hasta la garganta; Arian no era capaz de devolverle el favor sin sentir las arcadas. Pero no era asco, para nada: le gustaba. Le parecía sexy lamer ese pedazo de carne y los gemiditos que provocaba al hacerlo. Pero claro, no es que pudiera concentrarse demasiado en ello.

Dio un respingo. Algo húmedo le rozó tras los testículos y debía de ser su lengua porque hacía rato que su sexo no recibía ninguna clase de atención. El segundo respingo llegó cuando le rozó más atrás, justo en el ano. Se apartó de forma inconsciente.

—Hm, ¿no eres pasivo? Porque yo tampoco.

—¿Pasivo? ¿Quieres que…?

Volvió a sonrojarse. No era una opción que hubiera contemplado y ahora se sentía estúpido.

—Podemos llegar a otra solución —se apresuró a ofrecer el otro.

—No hace falta.

Arian habló antes de pensar y se mordió la lengua de inmediato. Estupendo: le estaba ofreciendo su culo virgen a un completo extraño cuando en realidad era a Matsubara a quien quería…

Sacudió la cabeza. «A la mierda», pensó, y lo empujó un poco para poder mirarlo.

—Pero no tengo condones.

—Descuida, que yo sí.

No pudo ocultar que aún dudaba, pero asintió al final.

Respiraba con fuerza, boca abajo sobre la cama y con un completo desconocido metido entre sus nalgas. Se sentía vulnerable así, con las rodillas hincadas sobre el colchón y el pinchazo que no lo dejaba disfrutar de la experiencia. Y eso que su amante era muy cuidadoso.

Lo había preparado bien con los dedos, había usado una buena cantidad de lubricante y lo había penetrado despacio, pero al final dio igual porque dolía como mil demonios.

Ni los besos repartidos en su espalda ni las caricias en su entrepierna hacían que la experiencia resultara placentera. Era como tener un hierro candente metido en las tripas y la postura no ayudaba tampoco. No tenía el control, él no decidía el tiempo ni la fuerza, ni podía ver la cara de su amante para, al menos, regocijarse en el hecho de que estaba disfrutando.

Era humillante.

Se revolvió y consiguió que, con un gruñido, saliera de él. Cerró con fuerza los ojos por el coletazo de dolor que le subió por la columna en cuanto apoyó el trasero en la cama.

—¿No te gusta?

Arian meneó la cabeza.

—Duele —se limitó a explicar, aunque iba más allá de eso.

Y se planteó dejarlo por imposible y asumir que no, que definitivamente no le gustaban los hombres, pero ahí estaba aquel chico, con la cara roja por el esfuerzo y una poderosa erección no satisfecha enfundada en látex de color amarillo. Y, de repente, sintió ganas de volver a probar, pero a su modo.

Buscó a tientas el lubricante, un tubo metálico que había quedado abandonado entre las sábanas y que goteaba, puesto que su propietario no lo había cerrado bien. Lo miró, tímido pero resolutivo, y se llevó atrás sus propios dedos bien embadurnados de gel. Su compañero de cama se limitó a observar con paciencia y sonrió al verlo ponerse a horcajadas sobre él.

Lo sujetó de la cintura para ayudarlo, aunque no hacía mucha falta en realidad. Arian, con el ceño fruncido y la frente perlada de sudor, se empaló muy lentamente ayudado de una mano y con la otra en su abdomen como punto de apoyo. Lanzaba gemiditos breves cada vez que bajaba un poco. Lo hizo a empujones muy cortos y su amante empezó a desesperarse tanto que no pudo evitar alzar las caderas para entrar hasta el fondo; eso casi le arrancó un grito.

—Lo… siento —jadeó.

Arian tenía los ojos cerrados con fuerza y la respiración agitada. Le clavó las uñas en la piel y se le humedecieron las pestañas. Él no se daba cuenta, pero estaba adorable.

Se mantuvo ahí hasta que se acostumbró. Ahora era mejor; las tornas habían cambiado y era el mayor quien estaba a su merced. Ahora él marcaba el ritmo. Metió los pies bajo los muslos del otro: así lo mantenía inmóvil y no podría volver a empujarse en su interior si él no quería. Y tentado estuvo de apartarle las manos cuando le volvió a coger la cintura; si no lo hizo fue porque aún no se veía capaz de quitar las uñas de su piel.

—Ah, por favor.

Entreabrió los ojos. No estaba seguro de si lo había imaginado, pero solo necesitó ver la cara de su amante para darse cuenta de que no era así. Había sido real y estaba desesperado porque seguramente su cuerpo quemaba por dentro, estaba apretado y no le permitía moverse ni un ápice, lo cual debía resultar frustrante. Si fuera él el que estuviera en su lugar y Matsubara…

Se levantó un poco. El otro dejó escapar todo el aire de los pulmones y volvió a intentar empujar. No se lo permitió.

Era mejor a su ritmo. Aún dolía, pero podía soportarlo mejor ahora que él decidía cuándo y cómo moverse. Y, qué demonios, empezaba a resultarle muy excitante el poder que ejercía sobre ese chico. Él, a quien estaba claro que consideraba un crío, le estaba haciendo jadear y murmurar algo entre dientes que no alcanzaba a comprender. Y estaba duro como una roca.

El mismo Arian lo estaba. Su erección se había recuperado poco a poco con cada nuevo movimiento y a pesar del dolor que no remitía. Aunque ahora era un dolor sordo y molesto, poco más.

A sus oídos llegaron nuevos jadeos, más fuertes. Tenía un timbre de voz muy masculino; el pecho plano le subía y le bajaba al ritmo de cada uno de ellos y Arian lo encontraba de lo más atractivo. Sí, justo aquello era lo que buscaba.

Dejó que lo masturbara mientras él aún mantenía el control. Y con los ojos cerrados se empezó a rendir al placer, relajó las piernas y le permitió ahondar en su interior, ignorando las repetidas punzadas y centrándose solo en lo bueno. Abrió la boca y dejó escapar su aliento cuando los dedos se tensaron en torno a su sexo.

¿Cómo sería tenerlo a él tocándolo de esa forma? ¿Tendría Matsubara los dedos más suaves? Los de ese camarero estaban un poco callosos, pero no resultaban muy ásperos. ¿Gemiría él igual o por el contrario sería de los que guardaban silencio? No era el caso de su compañero actual: el camarero respiraba tan fuerte que casi podía oírle vocalizar cada exhalación. La voz de Matsubara era grave, a lo mejor sonaba parecido, aunque apostaba a que le daría vergüenza ser tan ruidoso.

Le permitió removerse bajo él y, con esa libertad, el chico del bar se incorporó y lo ayudó a ponerle las piernas alrededor de la cintura. Arian dejó que lo sostuviera, pero seguía marcando el ritmo y recibió el beso con la boca abierta y los brazos enredados a su espalda. Casi no podía pensar y lo único que acudió a su mente fue un nombre.

—… Matsu…

—¿Eh?

—¡Sigue, sigue!

Casi sucumbió a la sensación de vértigo cuando se vio empujado hacia atrás. Fue una suerte que el colchón siguiera bajo él. Volvieron a intercambiarse los papeles: Arian estaba de nuevo abajo, con las piernas enganchadas a su cintura y la entrada aún invadida. Pero esta vez era diferente; esta vez estaban cara a cara y su amante lo besaba una y otra vez, le respiraba en los labios y se bebía su saliva. Y Arian ya no sabía cómo besar o si quería recuperar el control. Solo sabía que algo tenía ahí dentro que le hacía disfrutar como un loco y que, fuera lo que fuese, quería hacérselo a Matsubara.

El orgasmo llegó con algo parecido a un chillido agudo que salió de su garganta y que, si no hubiera estado tan excitado, le habría avergonzado. Y no es que el sonido del mayor fuera tampoco muy digno; en cualquier caso, Arian pudo presenciarlo en primer plano y lo notó tensarse en su interior, apretado hasta que se dejó caer sobre su cuerpo, tan cansado como él mismo.

Ponerse en pie casi le hizo arrepentirse de todo. Sin el «casi». Le dolía todo el cuerpo y no podía caminar bien, pero era muy tarde y no quería quedarse a dormir. Lo que quería era ir a casa, darse un buen baño y pensar en todo lo que había sucedido desde la hora de la cena.

Tuvo que apartarle el brazo a su fugaz conquista que, adormilado, lo retenía junto a su cuerpo. Ahora estaba boca abajo en el centro de la cama y seguía desnudo. Respiraba con tranquilidad y sonreía.

—¿Te vas? —le preguntó con voz perezosa—. No hace falta, quédate.

—Prefiero volver a casa —anunció Arian al tiempo que buscaba su ropa.

Se limpió los restos de semen con unos cuantos pañuelos; se sentía sucio y pegajoso.

El otro se incorporó al fin y lo observó mientras se vestía. Guardó silencio un momento hasta que Arian se empezó a abrochar la camisa y solo entonces alargó una mano hasta tirar de él. Arian se dejó abrazar.

—¿Y si me das tu teléfono? Podríamos repetir.

No necesitó pensarlo ni dos segundos, la respuesta estaba clarísima:

—No vamos a repetir.

Una señal acústica proveniente de sus pantalones le hizo apartarse con suavidad. Desbloqueó la pantalla y sus labios se estiraron ligeramente al leer el mensaje.

«Supongo que ya estás durmiendo».

—Vaya, pues parecías disfrutar de lo lindo. Es una pena que al final sí que seas hetero.

—No, no es eso.

Arian levantó la vista del aparato después de teclear una respuesta breve y sonrió.

—Es que estoy enamorado de otro.

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