Ocho mil kilómetros •Capítulo 4•

4
La caja de Pandora

 

La confesión arrancada a voz en grito más hacia sí mismo que hacia el resto del mundo había supuesto una tremenda liberación. El alivio de un peso que Matsubara llevaba cargando sobre los hombros demasiado tiempo desde que, en su primer año de secundaria superior, se rindiera a una evidencia que guardaría en el más absoluto de los secretos.

Por aquel entonces ya se había encontrado más de una vez a sí mismo mirando atentamente en dirección contraria a la que, en teoría, debía mirar: a sus compañeros en el club de natación, a los chicos de segundo que jugaban al fútbol mientras él y los demás de su curso daban vueltas a la pista del instituto en su clase de Educación Física, al universitario que atendía la cafetería a tiempo parcial para pagarse los estudios y que a él le parecía demasiado guapo como para no fijarse.

Al principio, tales distracciones le parecían lógicas y excusables: un vientre más fibroso que el suyo, un bañador reglamentario tal vez demasiado apretado, unos ojos verdes y unos rasgos mestizos difíciles de pasar por alto…; para él, todo aquello solo era fruto de la curiosidad, no de una atracción palpable. Aunque tal curiosidad se fuera acentuando semana tras semana y aunque el chico de la cafetería empezara a cerrarle el estómago más veces de la cuenta con sus guiños y sus comentarios de doble sentido, el por entonces confundido Matsubara no concebía que fuera diferente a nadie en forma alguna. Tal vez en su altura por encima de la media, en su dificultad para encontrar calzado de la talla adecuada o en la seguridad y determinación con que afirmaba lo claro que tenía su futuro como estudiante de Psicología, frente a la indecisión a ese respecto del resto de sus amigos y compañeros. Sí, eran diferencias pequeñas y lógicas, pero nada más.

Incluso siguió negándose a la evidencia el día que encontró una carta en su casillero. Escrita con pulcra caligrafía en un papel color verde manzana, la remitente de la misiva se identificaba como Hirano. Matsubara supo quién era: la chica del segundo pupitre de la segunda fila, la de las dos coletas bajas que siempre llevaba pendientes en forma de pastelito. La que compartía con él la limpieza del aula los jueves y viernes. La que le prestó los apuntes de inglés aquella vez que se lesionó jugando al baloncesto y tuvo que perder una clase en la enfermería. No le sorprendió apenas la confesión que relataban aquellas letras redondas y cuidadas, pues si hacía memoria, la chica le prestaba más atención que las demás. Y era guapa, simpática y bastante popular entre su grupo de amigos y fuera del mismo. ¿Podía aspirar a más? Sí, sí podía. Pero en aquella primavera tardía aún no sabía realmente a qué aspirar o qué necesitaba en su vida además de libros y buenos amigos. Por eso subió a la azotea a la hora a la que Hirano le rogaba acudir. Por eso urdió la mentira más grande que había salido de sus labios en sus cortos quince años: «Tú también me gustas». Y por eso se sintió terriblemente desolado, angustiado y vacío cuando, más por cumplir con un tópico demasiado trillado ya entre páginas de mangas y capítulos de animes que por deseo propio, tomó la mano de la chica con las mejillas arreboladas mientras el viento con olor a flores les revolvía el pelo.

Vivió esa mentira hasta el verano. La compañía de Hirano le era agradable; resultó ser excelente cocinera y detallista hasta el extremo, algo que demostraba a diario con las deliciosas fiambreras de comida que preparaba para él; buena conversadora y mejor compañera de compras. Mucho era lo que tenía en común con ella a excepción de lo más importante: la atracción. Se dio cuenta durante una tarde de junio, justo en la misma azotea donde comenzaron su insulsa historia de amor; la misma tarde en que Matsubara se juró que no volvería a mentirse a sí mismo.

Las clases ya habían terminado y, como cada viernes, a ambos les tocaba limpiar el aula. Matsubara se encargaba de los cristales, Hirano de los pupitres y sus otros dos compañeros de tarea, del suelo y la pizarra. Fuera, las chicharras les taladraban los oídos sin cesar con su molesto chirrido. Corría una brisa fresca con olor a hierba recién cortada que agitaba las cortinas y aliviaba el tremendo bochorno que hacía dentro del edificio. Pocos alumnos quedaban ya en todo el instituto, salvo los encargados de la limpieza y aquellos castigados a clases de repaso por algún maestro más severo que acalorado, al que no parecía importarle el perderse una tarde en casa con la compañía del ventilador y de una cervecita bien fría. Aún quedaba más de un mes para las vacaciones de verano, pero podían sentirlas en la punta de los dedos desde que llegara el calor, intenso y pegajoso.

Matsubara observó el trabajo que acababa de terminar. No es que tuviera muy buena mano para limpiar cristales, pero al menos había conseguido hacer desaparecer las huellas de dedos y las marcas de gotas provocadas por la ligera llovizna de esa misma mañana. Se secó la frente con el antebrazo, su camisa remangada a la altura de los codos y la chaqueta descansando en el respaldo de su silla. Miró a través de las ventanas que acababa de limpiar, observando desde ahí el laberinto de tejados y terrazas que se extendía frente a él, los cerezos diseminados por todo el patio de entrada y el cielo azul, con algunas nubes que pasaban despacio hacia el este. De repente, sintió unas ganas tremendas de subir a la azotea y quedarse allí tomando el aire sin más. Olvidarse de las preocupaciones, de los exámenes, de su novia, de sus amigos y hasta de sí mismo. Sí, era justo lo que quería hacer y no veía por qué había de evitarlo.

Ni siquiera dijo nada antes de salir corriendo con el buen humor grabado en el rostro, y ni se volvió al escuchar a Hirano llamándolo desde la puerta del aula. Subió los escalones de dos en dos y corrió hasta la verja que delimitaba el borde de la terraza. Estaba solo por completo, y esa soledad era justo lo que necesitaba. Tomo aire hasta llenar los pulmones, se estiró con los brazos sobre la cabeza y dejó escapar todo ese aire en un suspiro largo antes de tumbarse en el suelo, cerrar los ojos y dejar la mente en blanco.

—¿Tadaji?

Una voz femenina, conocida para él, lo sacó de su ensoñación. No se había quedado dormido, pero sí relajado hasta el punto de desconectar por completo de todo cuanto había a su alrededor y del tiempo que había transcurrido. Matsubara abrió un ojo para encontrar a su novia sentada sobre los talones junto a él.

—¿Estás bien?

—Sí, claro. Me apetecía subir aquí a tomar el aire —explicó él al tiempo que se incorporaba.

No lo habría hecho de haber calculado bien la distancia porque, una vez apoyado sobre las palmas de las manos, quedó a escasos centímetros de la muchacha. El sonrojo de ella fue más que notable, y también la expresión cándida al apartar la cara y bajar la vista.

—Te he estado mirando un rato —confesó ella, y Matsubara no supo qué contestar al respecto—. Estabas muy guapo.

El silencio volvió a caer sobre ellos dos, pesado. Matsubara no se atrevía a moverse y Hirano no quería hacerlo. Así dejaron pasar varios segundos demasiado largos antes de que la chica tomara la iniciativa de volver a levantar la mirada y cruzarla con la de él.

—Me gustas mucho.

¿Qué decir con respecto a eso? Estaba seguro: no podía responder de igual modo porque ella no le gustaba. Ni un poco. Era una gran amiga, buena chica y buena compañera. Pero no, no estaba enamorado de ella. Y su expresión, poco a poco demudada en una desolación palpable, anunciaba que ya lo sospechaba desde hacía tiempo. Tal vez desde siempre. Aun así, obstinada en obtener de su novio un cariño que nunca le había demostrado por lo que ella creía que sería timidez, se inclinó un poco más y cerró los ojos en espera de algo.

Matsubara sabía el qué. Observó atentamente su gesto tierno, sus mejillas algo sonrosadas, sus labios finos y de aspecto suave, las pestañas largas. Cualquier chico de su edad ya estaría derretido frente a esa carita de entrega absoluta, pero a él solo podía formársele un nudo en la boca del estómago ante la perspectiva de lo que estaba por suceder. Aun así, noble hasta el punto de responsabilizarse por la decisión errónea de forzarse a corresponderla, aquella que tomara la pasada primavera, sabía lo que se esperaba de él y lo hizo.

Ladeó el rostro, estiró un poco más la espalda y, sin cerrar los ojos, dejó que sus labios y los de ella se encontraran en un primer beso torpe y tímido.

Entonces lo supo.

Supo que era inútil huir de sí mismo. Que no eran esos labios complacientes los que él quería probar sino tal vez algunos más rudos. Que no eran unos brazos suaves y delicados los que ansiaba rozar y que no quería encontrar una cintura estrecha y unos pechos blandos bajo la camisa del instituto. Que era gay y no podía —ni quería— hacer nada para remediarlo.

No se lo confesó a Hirano. Sería un secreto que se llevaría a la tumba si era necesario y ella era, precisamente, quien menos debía saberlo. Solo le contó la verdad a medias de que no sentía nada por ella y se llevó una buena bofetada, bien merecida por otro lado después de haberle quitado su primer beso para nada. Lamentó sinceramente hacerle tanto daño, pero sabía que era lo mejor. Alargar aquella relación falsa no habría hecho sino aumentar el dolor de la separación, que por otro lado debía llegar tarde o temprano.

Nuevamente a solas bajo el sol de junio, con la mejilla aún pulsándole donde la chica le había estampado la mano antes de salir corriendo con lágrimas en los ojos, Matsubara se sintió tan perdido que no supo ni con qué pie empezar a caminar para seguir adelante con su vida. Y es que asumir que era homosexual era difícil, pero vivir con ello iba a ser prácticamente imposible.

Pero pudo hacerlo. Pudo guardar su secreto bajo llave y seguir siendo el mismo estudiante que había sido, el mismo adolescente social y feliz que trataba de no hacer demasiado caso de las miradas punzantes del chico de la cafetería.

Por eso, cuando gritó al mundo a plena voz que le gustaban los chicos, Matsubara no supo hasta qué punto estaba abriendo la caja de Pandora. Un secreto como aquel conllevaba más de lo que habría podido imaginar. Conllevaba una represión autoimpuesta, una disciplina férrea que se había obligado a mantener y que jamás, ni una sola vez, se había resquebrajado. Ni tan solo con aquel chico mestizo que le vendía bollos de carne y batidos de chocolate al tiempo que lo desnudaba con la mirada. Pero a la primera fisura, aquella coraza empezó a caerse a trozos irremediablemente hasta dejarlo con el alma desnuda y fría. Y lo que empezó como la más grande de las liberaciones, terminó por convertirse en la más cruda de las desolaciones cuando comprendió que de poco servía aceptarse a sí mismo sin reservas si de todos modos su corazón continuaría con el mismo anhelante vacío de siempre. Solo tuvo que responder una simple pregunta para darse cuenta:

—¿Por qué no tienes novio, Matsu?

—Porque el chico que me gusta no me corresponde.

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