Ocho mil kilómetros •Capítulo 11•

11
Comida basura

 

Llevaba más de dos horas dando vueltas en la cama sin conseguir conciliar el sueño. El calor era horrible, el sudor se le pegaba a la piel como una molesta película, no entraba ni una pizca de viento desde la ventana y el estómago revuelto no ayudaba en absoluto. Pero lo que más le perturbaba no era ni el calor ni los retazos de la primera borrachera de su vida, sino la conversación que había conseguido que toda la noche se fuera al traste.

Al principio se había enfadado con Arian y trató de enfocar sobre él toda la rabia que era capaz de concentrar, pero al quedarse a solas después de despedirse abruptamente de sus amigos y durante el largo camino a casa, que prefirió hacer a pie para poder despejarse, empezó a pensar seriamente en lo sucedido y no se sentía nada bien. Comprendía sus motivos, comprendía que no tenía intención de forzarlo a ser de ninguna manera y que quizás él era el único que realmente se daba cuenta de la lucha interna que mantenía desde antes de aquella confesión en un parque, confesión que Matsubara hizo porque quiso sin que nadie lo coaccionara ni presionara de ningún modo. Era él y solo él quien había elegido ese camino y, lejos de reprocharle a Arian que le tendiera la mano para recorrerlo con algo de ayuda, debió habérselo agradecido. Pero, en lugar de eso, le gritó cosas que no sentía.

Observó la pantalla de su smartphone mientras abría y cerraba el menú de aplicaciones de forma automática, sin pensar realmente en lo que estaba haciendo. Dejó transcurrir el tiempo, varios minutos en los que mantuvo la mente tan en blanco como fue capaz hasta que, sin guiarse en realidad por la lógica o la consciencia, entró en la aplicación de mensajería y abrió la conversación con Arian.

«Supongo que ya estás durmiendo».

Al escribir ese único mensaje no tuvo la esperanza de obtener contestación inmediata. Ni tardía, porque tras su pelea tenía dudas sobre si Arian querría volver a dirigirle la palabra. Por eso, cuando sintió el aparato vibrar entre sus dedos y mostrar el icono de notificación en la parte superior de la pantalla, aún tardó unos segundos en reaccionar. Sintió un escalofrío al acceder a la aplicación de mensajería y encontrarse un escueto «no» que hizo que la temperatura de la habitación bajara un par de grados. No sintió decepción, sin embargo, teniendo en cuenta que había esperado que no le respondiera en absoluto.

Aún tardó unos minutos en volver a escribir, en el transcurso de los cuales no apartó la vista del móvil. Y se imaginó a Arian en la misma situación, decidiendo quién de los dos daría el primer paso.

«He sido un idiota, perdóname».

Aguantó la respiración durante unos segundos hasta que sintió que le faltaba el aire y luego vació los pulmones muy despacio para volver a aspirar mientras esperaba una respuesta. Pero entonces vio que el estado de Arian cambiaba: había cerrado la aplicación, así que dio por hecho que no aceptaba sus disculpas y soltó el aparato sobre la mesilla. Cerró los ojos, decidido a intentar de nuevo conciliar el sueño, aunque supo de antemano que no podría.

Casi media hora después, el ruido de la vibración del móvil sobre la superficie de madera le hizo incorporarse de un salto para poder leer el nuevo mensaje:

«Perdóname tú a mí, no tenía que haber dicho esas cosas».

«Pero tenías razón en todo», tecleó Matsubara rápidamente. Eran casi las tres de la mañana y la poca modorra que sentía a pesar de su desvelo se había evaporado por completo. Bajó los pies de la cama y se quedó allí sentado, observando el aviso de que su interlocutor estaba escribiendo un nuevo mensaje.

«¡No! No eres un amargado ni un reprimido ni un cobarde. No lo decía de verdad, Matsu, es porque estaba enfadado, pero tú tienes razón, no tengo por qué meterme tanto en tu vida».

«¿Sabes qué?». Matsubara tardó un poco en volver a escribir, lo que necesitó para poner en orden sus pensamientos. «Ambos tenemos razón. Puede que te hayas metido en mi vida, pero en el fondo te agradezco que lo hicieras. Sí que soy un reprimido aunque digas que no, pero quiero que eso cambie. Lo estoy intentando, de verdad. ¿Me seguirás ayudando, por favor?».

La respuesta de Arian llegó en forma de muñequito sonriente. Era muy aficionado a usar aquellos iconos que en ocasiones expresaban mucho mejor los pensamientos que no conseguía plasmar en palabras.

«¡Claro! Pero sin obligarte a nada. Aún creo que hoy me he pasado, me he enfadado mucho al ver que no puedes abrirte a tus amigos. Estoy seguro de que les dará igual porque sigues siendo tú, gay o no».

«Es verdad. Arian, lo he estado pensando y sí que se lo voy a decir. Pero me gustaría que estuvieses conmigo».

«¡Estaré! Te lo prometo».

Matsubara sonrió con esa promesa. Sentía su pulso de repente acelerado; no era algo que hubiera decidido justo en ese momento, sino que el tema era uno de tantos que le habían rondado la cabeza desde su pelea, y en el que más le daba la razón a pesar de haberle contradicho en su momento.

«Matsu, ¿nos veremos mañana?».

«No lo sé, algo me dice que voy a estar de resaca. Pero me gustaría, hay más cosas de las que te quiero hablar».

Eran cosas que también recordaba y que no quería abordar por escrito. Cosas que sin razón aparente le había ocultado pero que merecía saber. Cosas relacionadas con cierto reencuentro en la piscina de su barrio.

«Es verdad, menuda borrachera», y el mensaje llegó de nuevo acompañado por un gracioso iconito.

«No vuelvo a beber alcohol en la vida».

«Eso ya me lo dirás la próxima vez que salgamos todos».

Matsubara acabó riéndose para sí al leer el mensaje de Arian y, cuando se calmó, sus carcajadas se transformaron en una sonrisa de alivio.

«Oye, deberíamos dormir», le sugirió. «No sé a ti, pero a mí mis padres me hacen estar en pie a las nueve como muy tarde».

«A mí no, pero estoy cansado de todas formas. Y me parece que ahora sí que podré dormir».

La sonrisa de Matsubara se ensanchó al darse cuenta de que el desvelo de su amigo se debía exactamente a la misma razón que el propio. Fue una tontería, pero eso le hizo sentir aquella conexión que parecían tener en ocasiones.

«¿Seguimos siendo amigos?».

«Claro que sí, Matsu. Te quiero mucho».

Si hubieran estado juntos en ese momento y aquellas palabras las hubiera oído de los mismos labios de Arian, Matsubara no habría sabido reaccionar. Se habría quedado clavado en el sitio sin saber qué decir ni cómo interpretarlo. Pero en la soledad de su cuarto acabó meneando la cabeza y reconoció que aquel chico no tenía remedio. Así, sin tenerlo delante y con la seguridad de poder dar rienda suelta a sus pensamientos, fantaseó en secreto con un sentido completamente distinto al que estaba seguro que Arian había querido darles.

No borraba la sonrisa de su cara cuando, con el corazón aún acelerado, abrió una de tantas fotografías que se habían hecho juntos: una de las pocas en las que Arian no salía haciendo el payaso. Observó bien la imagen, deslizó los dedos por el contorno de su rostro y anheló poder hacer lo mismo frente a frente, con el Arian de verdad. Y, por primera vez, formuló en voz alta unas palabras que, a esas alturas, creía que no le diría nunca:

—Yo también te quiero.

 

No supo qué le sorprendió menos aquella mañana: si el punzante dolor de cabeza que lo recibió nada más abrir un ojo, sumado a su estómago revuelto y la boca pastosa y con mal sabor, o la cara de profunda decepción que puso su madre al ir a despertarlo pasadas las ocho y media y verlo en ese estado. Sin embargo, no hubo ni una sola palabra recriminatoria, solo su semblante serio mientras abría las cortinas y su tono frío y monótono mientras le decía que bajara a desayunar.

Los domingos la clínica solo permanecía abierta para urgencias. Normalmente los doctores Tadaji se turnaban semana tras semana para atenderlas y para realizar los pocos trámites administrativos que estas provocaran, ya que su recepcionista descansaba ese día. Hacía menos de una semana desde que se despidiera Sayu, dispuesta a dedicarse por completo a su vida de recién casada, y la nueva recepcionista era algo mayor y menos amable. A Matsubara no le había caído muy bien, claro que apenas había tenido ocasión de conversar con ella. Pero, al igual que la anterior, su día libre era el domingo y cuando el chico ya suponía que esa semana le tocaba a la doctora Tadaji ir a trabajar, se encontró con una desagradable sorpresa:

—Desayuna rápido y vístete, hoy te quedas tú en la recepción.

—¿¿Hoy?? Mamá, tenía planes y además tengo una resaca que…

—No haber bebido tanto —lo interrumpió ella mientras recogía la ropa que Matsubara había dejado sobre el escritorio la noche anterior—. Si ya eres mayor de edad para emborracharte, lo eres también para aceptar más responsabilidades. Tu padre y yo hemos decidido que a partir de ahora tendrás que ganarte la paga semanal trabajando.

—Como si antes no fuera así —murmuró Matsubara tras levantarse de mala gana.

Era cierto: si varias tardes por semana acudía a echar una mano con los pacientes, y algo le decía que eso no iba a cambiar, ahora tendría que pasar buena parte de cada domingo allí haciendo guardia y eso no le gustaba un pelo.

—No me repliques, jovencito. Siempre estás haciendo lo que te da la gana; por un día a la semana que trabajes no te va a pasar nada.

—Sí, mamá —tuvo que conceder.

En realidad tenía mucho más que replicar, pero, como de costumbre, no podía ni quería crear nuevos enfrentamientos.

—Ah, eso no me lo laves, por favor —pidió al ver que también iba a coger el chaleco que le regalara Arian—, está limpio y quiero ponérmelo.

Su madre meneó la cabeza una vez más y salió de allí contrariada. Ya sabía él que no iba a aprobar ese complemento, pero por suerte la imposición paterna aún no había llegado al límite de elegir también su ropa.

Una vez a solas de nuevo, se entretuvo un poco más masajeándose las sienes para tratar de aliviar el intenso dolor, buscó ropa limpia y, antes de dirigirse a la ducha, escribió a Arian para contarle la nueva situación y disculparse por no poder quedar con él finalmente.

 

Si existía una palabra que definiera a la perfección los acontecimientos de esa mañana, solo podía ser «sopor». Se había leído ya un par de veces las dos revistas científicas de la sala de espera y varios capítulos del libro que le habían regalado sus amigos la noche anterior. Había ordenado las fichas nuevas que aún estaban sin archivar, servido té cuatro o cinco veces y conversado educadamente con casi todos los pacientes; incluso recibió un par de felicitaciones por su cumpleaños y una caja de pastelillos hechos a mano por una de las visitantes asiduas, la señora Ota, la cual, según todos los trabajadores de la clínica sospechaban, iba allí no por encontrarse enferma, sino porque estaba sola y aburrida. Y ni siquiera estaban teniendo mucho trabajo, por lo que encontrar algo que lo mantuviera despierto resultaba una ardua tarea.

Por eso, cuando las puertas automáticas se abrieron algo después de las once y dejaron paso a esa cara pecosa que ya conocía bien, con su rebelde cabellera sujeta en una tosca coleta y esos grandes ojos mirándolo todo como si jamás hubieran pisado aquella recepción, Matsubara sintió que su día mejoraría sustancialmente.

Arian saludó alegremente como si menos de doce horas antes no se hubieran gritado con acritud en mitad de la calle, se acercó al mostrador tras el cual se amparaba Matsubara con su bata blanca impoluta y unas notables ojeras y, una vez dejados sobre el mismo los dos vasos de café que portaba, se inclinó y lo besó en la mejilla.

Matsubara se quedó sin habla. Literalmente. Se rozó la zona con los dedos, como si de algún modo el beso hubiese dejado una marca palpable y quisiera constatar así que había sucedido, que era real. Era la segunda vez que algo así ocurría y la primera llegó a interpretarla como una pequeña broma; esa vez no sabía cómo. Porque además había llegado justo cuando no tenía pacientes esperando. Estaban solos a excepción del médico de guardia, que estaba en su consulta y, por tanto, para Matsubara el gesto tomaba tintes más íntimos de lo que para su gusto resultaba cómodo.

Ya iba a preguntarle a qué se había debido cuando Arian, sin cambiar su semblante, le plantó uno de los vasos de café delante de la cara.

—Toma, seguro que te hace falta —dijo, aún sosteniendo el enorme recipiente con el logotipo verde de una famosa cadena de cafeterías.

—Gracias, Arian —tartamudeó, sin reponerse todavía de la impresión.

Aceptó por fin el vaso y lo destapó con cuidado. De inmediato el olor a café le inundó las fosas nasales y le hizo olvidar momentáneamente que su corazón aún latía acelerado.

—¿Te aburres mucho? —preguntó Arian. Su amigo asintió con la cabeza al tiempo que vaciaba un par de sobres de edulcorante en la bebida—. Me quedo a hacerte compañía si quieres.

Matsubara no dudó en aceptar la propuesta. Desde su conversación a altas horas de la madrugada había querido volver a verlo, seguir hablando y seguir sincerándose con él, pero sobre todo sentir su compañía sin más. Que le alegrara las horas como siempre solía hacer. A veces sentía que no necesitaba nada más de él y a veces sentía que lo necesitaba todo, pero después de su pelea ya se daba por satisfecho con su sola presencia.

Se dedicaron a charlar durante las siguientes horas. Jugaron por turnos con la consola portátil que Arian se había llevado, se reiteraron las disculpas que ya se dedicaran por la noche por escrito, comieron una ración de yakisoba que Arian amablemente fue a comprar y se hicieron mutua compañía en los ratos en los que Matsubara no tenía que atender a los ocasionales pacientes. En general, ese domingo estaba siendo muy flojo y lo cierto era que lo agradecía, porque si bien el dolor de cabeza era ya historia, no así el cansancio y el malestar que acusaba desde primera hora de la mañana.

Cuando, a las seis de la tarde, Matsubara echaba el cerrojo después de despedirse del doctor Ogura, apenas podía creérselo. Estaba tan cansado que tenía la sensación de haber trabajado corriendo de un sitio a otro mientras que Arian lucía como una rosa. Lo envidió por ello.

—De verdad, gracias por pasar el día aquí —insistió una vez más. Era la tercera o cuarta vez que se lo decía y Arian siempre daba la misma respuesta: no le había importado hacerlo—; aun así tengo que compensarte de algún modo. ¿Te invito a cenar?

—Vale, pero, de verdad, no hace falta.

—Insisto. ¿Has traído la moto? Vamos si quieres al centro y buscamos algún sitio.

Arian acabó cediendo. Al fin y al cabo y tal como aseguró, así podían pasar un rato más juntos, lo cual complació y perturbó a partes iguales a Matsubara, que desde el momento en que le plantara aquel beso en la mejilla no había podido evitar notarlo más cercano que nunca.

Tras algo más de un cuarto de hora de trayecto sobre la Vespa amarilla propiedad de Arian, terminaron paseando por el Nishiki, el tradicional mercado que se extendía a lo largo de toda una calle cubierta, entre puestos de dulces típicos, especias, pastas o verduras. Y cuando el hambre empezó a apremiar ambos salieron de allí y buscaron algún sitio con comida menos convencional. Se decantaron finalmente por un nuevo burger que llevaba abierto menos de un mes.

Ya sentados con sus respectivas bandejas y comida más que suficiente para saciarse, Matsubara suspiró de alivio al saber que ese día terriblemente largo llegaba a su fin.

—Cansado, ¿eh?

—No sabes cuánto —respondió a la pregunta de Arian mientras sorbía su refresco como si llevara todo el día sin beber.

—¿Vas a tener que trabajar todos los domingos? —quiso saber este.

—Eso me temo. Son «responsabilidades que vienen con la mayoría de edad» —citó, recordando las palabras que su madre le había dicho por la mañana, y resopló desganado—. Siendo así tal vez debería buscarme un trabajo a tiempo parcial, aunque reconozco que el de la clínica incluso me viene bien. No me coincide con los horarios de la universidad y siempre que haya poco ajetreo puedo aprovechar para estudiar.

—Entonces no busques nada, ¿no? Aunque yo sé que te fastidia que te lo hayan impuesto así tus padres, ¿a que sí?

—Exacto.

Matsubara se dio por vencido y se encogió de hombros. No tenía más remedio que reconocer que, impuesto o no, ese empleo le venía bien.

—Oye, Matsu —lo llamó al cabo Arian mientras le robaba con total naturalidad un trozo de pollo rebozado—, lo que me dijiste anoche, ¿sigues pensando igual? ¿Hablarás al final con tus amigos?

Este asintió con la cabeza y se apresuró a tragar lo que estaba masticando antes de responder.

—Sí, estoy decidido. Aunque no sé si les interesará o no saberlo, pero supongo que es una parte importante de mí.

—Claro que sí. Además, ¿te imaginas la cara que pondrían si un día aparecieras de la mano de algún chico? —Arian se rio suavemente tapándose la boca con la mano.

—Como si eso fuera a suceder alguna vez. Me daría mucha vergüenza, Arian. Además, eso es en caso de que alguna vez tenga novio y me parece que no tiene pinta. ¡Ah!

Al finalizar la frase y dar un bocado a su hamburguesa, se le terminó manchando de salsa toda la comisura de los labios; en ese momento se dio cuenta de que no tenían servilletas.

—Mira cómo te has puesto.

Ni corto ni perezoso, Arian lo limpió con el pulgar y se lo llevó a la boca para chuparlo. Para colmo, Matsubara hubiera podido jurar que lo miraba a los ojos en todo momento, pero el gesto fue tan fugaz que no tuvo tiempo de confirmarlo, aunque sí de quedarse bloqueado momentáneamente para luego levantarse como un resorte y dirigirse al mostrador evitando sonrojarse más de lo que ya estaba.

Cuando regresó con algunas servilletas en la mano, se le había pasado un poco el bochorno, pero no dudó en vaciar su vaso de refresco para así tener que volver a levantarse para rellenarlo. Al terminar y sentarse una vez más, Arian lo observaba con las cejas alzadas y, para su suerte, no hizo ningún comentario al respecto.

—Y ¿por qué te daría vergüenza ir de la mano de tu novio? Si tuvieras, que tendrás aunque digas que no.

—¿Me lo preguntas en serio? ¿Dos chicos cogidos de la mano? Eso aquí no está bien visto, Arian.

—Entonces, ¿los homosexuales no se demuestran cariño en público?

—Ni siquiera los heterosexuales. La sociedad es…, bueno, bastante celosa de su intimidad y al mismo tiempo muy cuidadosa de mantener las formas.

—¿Nunca has pensado que podrías estar equivocado? —le preguntó Arian, y él lo miró curioso, queriendo saber a qué había venido aquello. Acto seguido, el chico señaló con la cabeza hacia el mostrador—. Llevo un rato fijándome y no pueden negar que salen juntos.

Se refería a dos de los trabajadores: uno era el encargado, el mismo que le había dado a Matsubara las servilletas cuando había ido a buscarlas; un chico rubio con el pelo largo y rizado sujeto pulcramente en una cola baja y ojos verdes que, a pesar de ser claramente extranjero, hablaba un perfecto japonés con acento de la capital, y otro con el uniforme de relaciones públicas, mucho más bajito, con el pelo negro y corto y una gran sonrisa plasmada en la cara. Justo en ese momento el encargado parecía estar dándole indicaciones al otro chico y, mientras lo hacía, le hablaba bastante cerca y con una mano sobre su brazo. El más bajito asentía sin dejar de sonreír y, cuando el otro dejó de hablar, se miraron un segundo a los ojos y este último le dedicó un guiño antes de separarse.

—¿Tú crees? —quiso confirmar al terminar de presenciar la escena. Era cierto que daban ese aspecto, pero Arian podía estar equivocado—. Tal vez solo sean buenos amigos.

—Eres poco observador —le recriminó entonces él—: llevan dos anillos iguales. Yo creo que no solo salen juntos, sino que están comprometidos de alguna forma.

—¿Comprometidos? No digas sandeces. No te creo, Arian.

—¿Quieres apostar algo?

—¡Claro que no! Me parece de muy mal gusto cotillear así sobre la vida de los demás.

—Como quieras, pero sigo diciendo que esos dos tienen algo.

Matsubara se empeñó en seguir negándolo, aunque se quedó pensativo en el mismo momento en que Arian dejó el tema y no pudo evitar lanzar alguna que otra mirada cada vez que veía al bajito acercarse al mostrador.

—Lo tengan o no, la verdad es que parecen muy compenetrados. Me gustaría algo así para mí —fantaseó en voz alta, y al darse cuenta trató de disimular sorbiendo una vez más su refresco.

—Deberías buscar a alguien, Matsu —sugirió Arian al verlo tan taciturno—. Aunque te guste otra persona…, déjate querer un poco. Con veinte años ni siquiera has besado a un chico y seguro que habría miles dispuestos a hacerlo.

—Sobre eso…

De repente, Arian había sacado aquel tema que Matsubara aún no sabía cómo abordar sin que pareciera que se excusaba ante él, aunque así fuera en realidad, y es que por alguna razón incomprensible se veía en la necesidad de hacerlo; a pesar de no tener ningún tipo de compromiso para con él, sentía que no había sido fiel a sus sentimientos hacia Arian, aunque este desconociera su existencia.

Lo observó con curiosidad.

—¿Has besado a un chico? —preguntó, directo y conciso.

Matsubara asintió con la cabeza.

—Más que eso.

—¡Matsu! —Arian miró a un lado y a otro, cuidando que no hubiera oídos indiscretos alrededor, antes de volver a fijar la vista en él. Su semblante parecía algo más serio—. ¿Lo has hecho?

—¡No, no! No llegamos…, fue un completo desastre, lo reconozco, pero, bueno, pude, ehm…, experimentar algo, ya sabes.

Y dado que tenía la vista clavada en sus patatas fritas no pudo percibir el fugaz fruncimiento de cejas que apareció en el rostro de Arian. Este tampoco lo hizo muy patente antes de tomar la palabra de nuevo.

—Pero entonces, ¿tú y él…?

—Nada, no se va a repetir —quiso aclarar Matsubara—. ¿Te acuerdas de aquel chico del que te hablé, el que atendía la cafetería de mi instituto? —Arian asintió—. Pues me lo encontré en la piscina un día, a principios de mayo y, bueno…, se acordaba de mí. Pero no sé, Arian, no te diré que no me pareció atractivo, pero no me gusta más allá del físico. No me sentí del todo bien.

—¿Prefieres hacerlo con alguien que te guste de verdad?

—Claro, ¿tú no?

—Sí, también lo prefiero. Aunque, la verdad…, quise intentarlo no hace mucho.

Aquella fue una revelación insólita para Matsubara. Jamás habría pensado en Arian como alguien que se rindiera al sexo por el sexo, pero al fin y al cabo no podía reprocharle nada cuando él mismo había estado a punto de caer en la tentación y muy seguramente lo habría hecho de no ser su primera vez. Y en ese pensamiento recordó a su amiga y lo que sospechaban todos los demás del grupo.

—¿Con… Rose?

—Nos besamos, nada más —explicó tras asentir con la cabeza—. Los dos nos dimos cuenta de que no nos gustábamos de esa manera.

No dijo más y Matsubara tampoco quiso saberlo. Bastante le dolía ser consciente de la indiferencia que Arian sentía hacia su breve escarceo con Ichiro para indagar sobre qué habían hecho exactamente.

Una nube de pesimismo se formó en su cabeza e hizo todo lo posible porque no se le notara: no quería que Arian empezara a hacer preguntas. Pero en ese momento ni siquiera recordó que era mucho más posible que Rose saliera con Touya que con él, y en lugar de eso no pudo evitar empezar a darle vueltas una y otra vez a la idea de que tarde o temprano Arian acabaría escapándosele de las manos, si es que alguna vez había estado a su alcance.

Tal vez si tuviera el valor suficiente, si se atreviera a declararse algún día podría al menos pasar página y empezar a plantearse el olvidarlo, porque con esa presión constante que sentía en el pecho cada vez que Arian estaba cerca no podía seguir.

A lo mejor no estaría mal buscar a Ichiro un día, terminar lo que empezaron y quitarse de una vez por todas esa ansiedad, aunque fuera con un alivio rápido e insulso.

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