Montañas y tacones lejanos •Capítulo 3•

—Hemos encontrado algunas cascadas de hielo y también corredores en paredes rocosas… Antes de colocar los tornillos en el hielo, hay que visualizar…, es importante saber reconocer el hielo, o sea, su calidad… Si el hielo es duro y bueno, bien, pero si es malo, o si colocas el tornillo en una bolsa de aire…

—Vale, eso es muy técnico, creo que no hace falta que te enrolles tanto con los tornillos. Y estás mirando al suelo otra vez, Iván. Procura mirar a la cámara. —Era Yogui el que hablaba, su cámara, o más bien su sombra de lunes a viernes durante ocho horas—. Venga, ¿vamos otra vez?

—Hoy hemos escalado el pico del Aspe… En esta época del año está cubierto de nieve y hielo en algunas partes…, así que… podemos… podemos… Joder, me he perdido…, lo siento.

—Tranquilo, tú ve hablando y luego lo arreglo en la edición.

—Menos mal que lo arreglas todo en la edición… Esto se me da fatal…

—Le vas pillando el tranquillo. Venga, ¿seguimos?

Llevaban dos meses emitiendo el programa en YouTube e Iván seguía sin poder construir una frase completa sin atascarse o hacer gestos innecesarios. Yogui le caía bien, un tío de unos treinta con complejo de adolescente, melena negra necesitada de un corte de pelo, que vestía siempre con vaqueros ajustados y camisetas con textos absurdos, con ese rollo friki de quien solo sabe hablar de lo que le interesa, lo cual se reducía a películas y series televisivas. Era un catálogo andante de datos innecesarios sobre nombres de actores secundarios, episodios de series antiguas, anécdotas de rodajes y otras noticias por el estilo. Le había costado acostumbrarse a la idea de que una cámara filmara todos sus pasos, controlar las ganas de esconderse o echarse a reír; aunque no le importaba tener que pasar el día con Yogui, era una novedad refrescante con respecto a la disciplina militar de su entrenamiento y tenía una paciencia infinita con la inexperiencia de Iván. Lo que peor llevaba era tener que hacer el resumen de la jornada al final del día. No sabía hablar ante una cámara, se sentía forzado, ridículo, balbuceaba y se quedaba en blanco. Por suerte el realizador conseguía hacer milagros con su poca gracia de comunicador, y tras doscientas tomas fallidas se las ingeniaba para sacar algunos minutos en los que no parecía un completo idiota.

—Me voy, tío —anunció Yogui estrechándole la mano con fuerza. Habían conseguido terminar el episodio de la jornada—. Buen fin de semana, nos vemos el lunes.

Recogió sus bártulos rápidamente y se esfumó. Iván sospechaba que tenía tantas ganas como él de librarse del programa. Se quedó aún un rato observando cómo se alejaba el cámara y recordó que él también había salido escopetado los viernes cuando hacía el curso de acceso en Baeza, con prisa por aprovechar el fin de semana junto a Ramiro. Unas veces en Madrid, otras en Jaén, exprimiendo el tiempo que les quedaba juntos sin poder quitarse los ojos o las manos de encima un segundo.

Caminó despacio hacia su dormitorio; ya casi no quedaba nadie, la mayoría aprovechaba los días libres para ir a ver a la familia, o al menos salir de allí y pasar un buen rato hasta el domingo por la noche. Iván solía quedarse para estudiar la carrera que llevaba cursando a distancia desde que terminara el instituto. Tampoco tenía muchas más opciones. La estación de esquí de Candanchú en el Pirineo central de la provincia de Huesca, al norte de España, estaba a unas seis horas en coche de su pueblo en Cantabria. Pero él no tenía coche, y el viaje entre autobuses y trenes demoraba casi un día entero, lo que hacía absurdo plantearse visitar a su familia, y el fin de semana se le hacía eterno en la escuela de montaña.

Recorrió el estrecho pasillo casi en penumbra hasta llegar al dormitorio que compartía con otros tres aspirantes con la esperanza de que estuviese vacío. Pero no hubo suerte, Esteban aún estaba con Iker jugando a las cartas, así que se detuvo allí el tiempo justo para cambiarse de ropa.

La peor parte de llevar a Yogui a cuestas era que el resto de sus compañeros o bien procuraban mantenerse fuera del foco de la película o, por el contrario, le gastaban bromas para que hiciera el ridículo ante la cámara, lo que en los dos casos le hacía quedarse un poco al margen del grupo. Ya era bastante malo el origen dudoso de su entrada en el centro de montaña —que se hubiese incorporado fuera de plazo y recién salido de la academia resultaba sospechoso sin duda— a pesar de que Iván había vuelto a conseguir una de las tres puntuaciones más altas en las pruebas de acceso. Solían llamarlo «superstar», al menos a su cara, porque sabía que a sus espaldas el mote era «el enchufado».

Aquel año habían entrado veinte aspirantes; alguno que hacía el curso por segunda vez, otros que llevaban años intentando pasar las pruebas de acceso y solo una mujer, de quien los compañeros bromeaban diciendo que tenía más testosterona que todo el resto juntos. Muchos se habían quedado fuera a pesar de su preparación y sus años de servicio. Por más que Iván tuviese el título de guía de montaña y acreditación más que suficiente como espeleólogo, solo tenía veintidós años, era un novato que no llevaba ni un año de servicio, y para muchos quedaba claro que no se merecía estar allí.

A pesar de todo, aquello le gustaba. Principalmente porque ahí se había perdido ese ambiente de régimen militar tan propio de las fuerzas armadas con el que no se sentía identificado. Seguía habiendo jerarquías y disciplina, pero se acercaba más a una disciplina deportiva, algo a lo que sí podía acostumbrarse. El constante trabajo en equipo y los instructores expertos creaban una atmósfera de compañerismo nada competitiva, liderados por un capitán al que solo cabía elogiar.

El capitán Mosqueira había comenzado su carrera como militar, con los cascos azules, sirviendo en zonas de conflicto antes de pasarse a la Guardia Civil, y desde hacía diez años lideraba el cuerpo de intervención en montaña. A Iván le cayó bien desde el primer día. No se parecía en nada a sus anteriores comandantes. El tono suave con el que se dirigía a los aspirantes, su voz calmada y cercana; era más un maestro que un jefe. Un líder, pero a la vez un miembro más del equipo, que se manejaba como nadie en los terrenos hostiles y de quien sabía que tenía mucho que aprender.

Iván volvió a salir al exterior a pesar del frío para hacer la llamada que llevaba deseando hacer desde primeras horas de la mañana. No había mucha privacidad dentro de la escuela. El edificio, que recordaba a una vieja estación de tren, había sido una antigua aduana, y seguía conservando ese aspecto de oficina de correos. Una edificación blanca, camuflada entre la nieve que las quitanieves amontonaban a sus puertas para revelar una única carretera que los separaba dos horas como poco de algún rastro de civilización. Tenía la distribución escueta de los puntos de montaña. La mayor parte de su actividad la hacían en el exterior, por lo que el centro solo servía para guardar el material y guardarlos a ellos con lo indispensable: unas cuantas habitaciones, comedor, un aula, los servicios y el área de ocio. Así que Iván recurría a la soledad de las montañas para encontrar un poco de intimidad.

El tono de llamada se repitió unas cinco veces en su teléfono, y cuando al fin escuchó su voz al otro lado del auricular, una ola de alivio lo invadió, sus pulmones volvían a recuperar su capacidad para cumplir su función, y un día más el miedo a que él pudiera no contestar se evaporaba.

—Hola. —Por alguna razón, hablar con Ramiro se había convertido en un acertijo incomprensible, y le costaba tanto como hablar ante la cámara. Lo puso al día sobre las actividades de la jornada, como si él se hubiese interesado. Preguntó por los amigos comunes, él le habló de la nueva colección que Richi estaba haciendo para la firma de Tony, e Iván fingió interesarse por los detalles. Tenía las manos y la nariz congeladas, y empezaba a dar patadas con sus botas para que no se le entumecieran los pies, pero no quería que la conversación terminara. De golpe la atmósfera de la conversación se oscureció.

—Iván. Se supone que nos estamos tomando un tiempo, no funciona si me llamas todos los días. —Y hubiese dado lo mismo que alguien en ese momento lo arrojara con fuerza hacia la nieve. El golpe lo dejó aturdido. No supo qué decir, permaneció en silencio mientras sus ojos amenazaban con traicionarlo. El silencio se prolongó, se escuchaban solo las respiraciones rozando los altavoces, hasta que él lo rompió—. Bueno, oye…

—No, espera… No cuelgues aún, por favor… —suplicó. Seguía sin tener palabras que pudieran arreglarlo, pero se aferraba a esa llamada que era el único hilo que aún los unía, temiendo que al cortar la conversación quedaría insalvable—. ¿No quieres que te llame?

—No es eso…, solo… —quedaba claro que a él también le costaba e Iván no se lo iba a poner fácil— dame un poco de tiempo, ¿vale, Iván?

—Está bien… —Otra vez silencio—. Te echo de menos…

Siguieron los suspiros.

—Lo sé… —dijo. Pero no hubo un «yo también» como otras veces.

La conversación terminó, y al quedarse a solas con el silbido del tiempo, sintió cómo su mundo empezaba a resquebrajarse. Cerró los ojos, el frío empezaba a colársele en los huesos. Sabía que debía entrar, pero el dolor físico de alguna forma amortiguaba el dolor que le apretaba el centro del pecho, como un puño que estrangulaba su voluntad. Supo que no iba a aguantar y entró con urgencia en busca de un poco de privacidad para desmoronarse.

En el pasillo se cruzó con Mariola, la única aspirante femenina; ella le dijo algo, pero Iván no podía parar a charlar, así que siguió andando con urgencia hasta los servicios. Por suerte no había nadie, se metió en uno de los cubículos y cerró la puerta con pestillo. Se hizo un ovillo sobre la tapa del retrete justo a tiempo para el momento en el que sus ojos se vieron invadidos por un río de lágrimas incontenibles. Permaneció allí un rato, no sabría decir cuánto, dejando que el dolor se extinguiera, intentando llorar en silencio. Había tan poca intimidad en una academia militar que el único lugar en el que podía llorar a gusto era sentado sobre un retrete, y esa misma idea volvía a conmoverlo por lo patético que resultaba.

Cuando al fin se animó a salir, el baño seguía en silencio y en las ventanas ya solo se veía la noche oscura. Se enjuagó la cara inflamada con agua fría y se dirigió con la mirada baja hacia su dormitorio. Ahora reinaba el silencio, los que se tenían que ir ya se habían marchado, y los que quedaban seguramente estarían ya en sus habitaciones. Se alegró al comprobar que ahora su cuarto estaba vacío, seguramente Iker y Esteban habían bajado al pueblo como solían hacer cada viernes. Compartía habitación con los más jóvenes, repartiéndose en dos literas, la habitación era poco más. Aprovechó la soledad para tumbarse en la cama de abajo y leer un rato, intentando apartar su mente de la conversación con Ramiro y de la idea de no volver a hablar con él.

Alguien llamó a su puerta y no se molestó en esperar a que contestara. Tras la puerta semiabierta asomó Mariola.

—¿Va todo bien?

—Sí, ¿por qué?

—No lo sé… No parecías muy bien hace un rato. —Ella entró, sin que él la invitara, y se sentó en la cama de enfrente—. Tienes mala cara. ¿Qué ha pasado?

—No es nada, en serio. Gracias por preocuparte… —Quería que se marchara y lo dejase solo, pero ella no parecía convencida, así que intentó sonreír para convencerla—. Estoy bien…, no es nada… —Pero mientras lo decía sus ojos volvieron a traicionarlo.

—Es duro, ¿verdad?

—¿Qué? ¿Esto? No, qué va… Está bien…, no es eso…

—No dejes que te desmoralicen. Antes de que llegaras tú era yo el blanco de sus bromas, así que al menos a mí me caes muy bien…

Iván al fin consiguió sonreír.

—Bueno, me alegra ser útil…

—Anda, vamos a mi habitación, así nadie nos molestará.

No esperó a que él contestara, lo agarró del brazo como si fuese un niño pequeño y tiró de él. Mariola tenía su propio dormitorio, todo para ella sola, un lujo justificado pero envidiado por los demás.

—¿No te vas este finde? —preguntó él intentando desviar la conversación de su estado de ánimo.

—Quería estudiar… y eso en mi casa es imposible. Tú te quedas siempre, ¿verdad? ¿Y eso?

—No tengo a donde ir… Bueno, no…, es que mi casa está lejos…

Mientras hablaban, ella se puso a revolver en su armario y sacó una botella de pacharán.

—Anda, tómate una copa —dijo mientras la servía.

—No suelo beber…, bueno, quizás hoy me venga bien…

Ella se sirvió otro vasito y se sentaron, él sobre la cama y ella en una silla enfrente de él.

—Dime que no estás llorando por una chica.

Iván soltó una carcajada desganada al oírla.

—Algo así… —admitió. Empezaron a hablar de las relaciones a distancia, de la academia, de las dificultades para pasar las pruebas, las relaciones con el grupo, de las oposiciones, sus motivos para aplicar al cuerpo de montaña y todas aquellas cosas que siempre rondaban las conversaciones de quienes están sumidos en la dinámica estresante de un proceso de selección. El licor y la conversación le vinieron bien, y al menos pudo dejar de pensar en la llamada de Ramiro. Aunque como las conversaciones tienden a ser circulares, acabaron aterrizando en el mismo punto del que habían partido.

—Pues, la verdad, me alegro de que mi novio y yo rompiéramos meses antes de que me presentara. Una cosa menos de la que preocuparme —afirmó ella con rotundidad.

—¿Novio? ¿Tú no eras lesbiana?

—¡Los tíos tenéis una idea muy limitada de cómo debe comportarse una mujer! En cuanto nos veis sin tacones y bolsos a juego nos descatalogáis como féminas.

—No, no… —se ofendió él—, tú dejas que todo el mundo crea que lo eres…

Ella le susurró:

—No se lo cuentes a los demás, prefiero que sigan pensando que lo soy. Así me tratan como a uno más. —Y los dos rieron con complicidad.

—Pues yo sí lo soy —dijo con naturalidad.

—¿El qué?

—Gay.

Ella hizo un gesto de sorpresa que rápidamente cambió por una sonrisa.

—Te lo tienes muy callado…

—Yo también prefiero que me traten como a uno más.

—Ya, hay mucho gilipollas por ahí suelto… ¿Así que tienes un novio en Madrid?

—Eso espero… —Y siguieron hablando hasta bien entrada la noche sobre el amor y los compañeros, aderezando la charla con licor, dulces y bizcochuelos que Mariola guardaba como un tesoro en su armario.

—Vale, ¿a quién te follarías? —preguntó ella algo más ebria.

—No, no…, no voy a pensar en ninguno de ellos en esos términos… Además estoy enamorado…

—Oh, eso ha sido muy cursi. Ni que estar enamorado te impidiera mirar a otros tíos…

—¿Y tú?

—Mmm… Al capitán. —El capitán era un hombre que se cuidaba, aunque de forma discreta, seguramente se teñía, pues a pesar de rondar los cincuenta no se le veía una sola cana. Pelo negro, bien peinado y reluciente, rostro rectangular con cierto aire a galán de película en blanco y negro. Espaldas de culturista, con una cintura estrecha, iba siempre impecable, con el uniforme perfectamente encajado marcando unos brazos sobredimensionados y un culo perfecto. Siempre con gesto serio, pero de trato afable, tenía, además, la habilidad de poder escalar y meterse en cuevas o entre el barro sin sudar una gota ni despeinarse.

—Hostia, el capitán…

Ella empezó a reírse.

—Tú también te has fijado…

—¡Como para no fijarse!

Y entre risas y licor afrutado la noche se desvaneció lentamente, dándole al fin un respiro a Iván.

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