Malos deseos, dulces mentiras •Capítulo 3•

Su madre había telefoneado ya tres veces, y seguía postergando devolverle la llamada. Sabía que preguntaría una semana más si pasaría el domingo a comer a la casa familiar, la misma en la que había crecido Víctor y en la que seguían reuniéndose todos los miembros cada fin de semana. Hacía casi un mes desde su última visita. No le importaba ver a sus padres, al contrario, se alegraba de que aún estuvieran sanos, vivos e independientes, y siempre se decía que debía visitarlos con más frecuencia mientras fuese posible. Lo que evitaba era encontrarse con su hermano mayor, su mujer y sus tres hijos que, en los últimos años, habían acaparado por completo las reuniones familiares. Era difícil competir con los nietos, y los domingos eran un pavoneo constante que giraba en torno a los pequeños, sus hazañas y los sermones de «mejor padre del año» de su hermano, que inevitablemente acababan en un «tú no lo entiendes, no tienes hijos», dirigido al inválido familiar en el que se había convertido Víctor para el resto de su familia por ser el único sin descendencia. Y luego estaban las discusiones políticas, ese empeño de su hermano por convencerlo de que sus ideas, fuesen cuales fueran, eran un despropósito y de que debía volver al buen camino, a la obviedad de su verdad. Volvió a postergar la llamada a su madre. Quizás podía hacerles una visita sorpresa entre semana y evitarse así el engorro familiar.

Hacía también más de un mes de su última relación sexual —¿cuándo había empezado a llevar la cuenta?—. Lo más parecido a un encuentro sexual había sido una ecografía endorrectal para revisar su próstata: alegrías de pasar de los cincuenta. Debería salir el fin de semana, volvió a pensar. Se decía lo mismo cada fin de semana y luego se encontraba inventando mil excusas para quedarse en casa. Y es que las últimas veces que había salido habían sido bastante decepcionantes, principalmente porque, tras el esfuerzo de socializar y su empeño forzado por flirtear, había acabado volviendo solo a casa. También internet se había vuelto decepcionante: demasiados contactos, demasiada información, demasiadas conversaciones iniciadas que dibujaban una incógnita o caían al vacío bruscamente, y solo le dejaban un regusto a fracaso permanente. Cuando conoció a Miki creyó que al fin las tornas cambiaban, un chico joven y guapo que se interesara por él no era lo habitual; si no hubiese sido por el detalle del dinero… Aunque Miki también había acabado por convertirse en algo cómodo.

Y su cabeza había vuelto a navegar hasta Miki y se preguntó dónde estaría, habían pasado tres semanas desde aquel incidente con su novio. Imaginó que se habría marchado a Francia, como había mencionado. Le había dado el dinero para el billete, le había dado algunos contactos de abogados penalistas y se había vuelto a ofrecer para ayudarlo en lo que pudiese con el tema de su novio, aunque lo cierto era que se había alegrado de no volver a saber de ellos.

Estuvo a punto de ignorar la última llamada que llegaba al teléfono de su despacho, justo cuando se proponía salir, imaginando que sería su madre. Era, en cambio, un número desconocido; dudó unos instantes y finalmente contestó.

—¿Diga?

—¿Víctor Andrade? —La voz de una mujer se escuchó en su auricular—. ¿Es usted pariente o conocido de Malik Jara? Nos consta su teléfono como número de emergencia en la Seguridad Social…

Miki.

—Sí, lo conozco. ¿Ha pasado algo?

—Señor, lamento informarle de que Malik Jara ha muerto…

Dejó de escuchar en ese momento, volvió a sentarse lentamente en la silla giratoria de su despacho con el murmullo de la voz femenina en el auricular, que seguía explicando algo que acabó por convertirse solo en un eco lejano.

—Perdón —dijo recuperando la atención al cabo de unos instantes—. ¿Cómo ha muerto?

—Ahogado, señor.

—¿Ahogado? ¿En Madrid?

Ella suspiró un momento.

—El cadáver fue hallado en un depósito de agua.

¿Un depósito de agua? Aquello no podía ser un accidente. Ella seguía hablando, algo acerca de la familia de Miki. Víctor volvió a interrumpirla.

—¿Están seguros de que es él? No tenía documentación…

—Bueno, encontramos su cartera, llevaba una tarjeta de la Seguridad Social y algunos recibos que ayudaron a su identificación… Señor Andrade, ¿sabe cómo localizar a su familia? —dijo como si llevara un rato insistiendo en la pregunta.

—No, lo siento…, no lo conocía tanto, solo… —¿Solo qué? Solo era un amante ocasional, imaginaba que tenía más. ¿Por qué habría dejado su número de teléfono como referencia?

—Verá, nadie ha reclamado el cuerpo, se va a proceder a hacer un entierro social, pero, bueno, quise hacer un último intento por encontrar a alguien que lo conozca. Es una lástima que nadie sepa que has muerto…

—Disculpa, ¿de dónde llamas?

—Cabo Lara, de la comisaría de Torrelodones. El cuerpo se encontró aquí en un depósito de agua de una planta de reciclaje…

—Y ¿se sabe cómo llegó allí?

—Tenía un contenido muy elevado de drogas en sangre, no está claro si murió por una sobredosis o por la caída al agua; las dos cosas ocurrieron casi simultáneamente…

—Podría ser un asesinato…

La mujer calló un momento, luego le aseguró:

—Se ha descartado esa posibilidad.

—¿Descartado? ¿Por qué? No era un drogadicto…, jamás lo vi tomar alcohol siquiera…

—Lo siento, señor, no estoy a cargo de la investigación, solo intentaba buscar a algún familiar, alguien que se haga cargo del entierro…

—Está bien —concedió al fin—, yo me hago cargo.

Tras colgar el teléfono, permaneció un rato sentado con la mirada perdida y se descubrió pensando que ahora tenía una buena excusa para evitar la comida familiar, y acto seguido se odió a sí mismo por su frivolidad.

Miki había pedido su ayuda, él se la había negado para evitarse las molestias, y ahora estaba muerto. No sabía nada de él, dónde vivía, quiénes eran sus amigos, si tenía familia. Tan solo conocía a ese novio de cuya existencia no había sabido hasta hacía apenas unas semanas, un novio cuyas palabras volvían a su mente: «Convence a Miki para que se largue antes de que sea demasiado tarde». Demasiado tarde… Ya era demasiado tarde y él no había hecho nada.

Al menos, pensó, podría llorarle. Pero ni siquiera eso. Pasó el viernes gestionando un entierro sencillo al que solo asistiría él, y en todo el día no fue capaz de derramar una sola lágrima por aquel joven alegre que había sido su amante durante casi un año.

 

 

El sábado por la mañana se acercó a la cárcel de Alcalá Meco, a donde había sido enviado Gael en régimen de prisión preventiva. Si no podía hacer ya nada por Miki, al menos podía intentar hacer algo por su novio.

Una vez más la presencia poderosa de Gael al entrar en la sala de reuniones lo dejó desarmado. Esta vez, sin embargo, el gesto del joven era muy distinto. Los ojos hinchados y enrojecidos, el gesto inflamado. Estaba claro que ya conocía la noticia.

—Lo siento mucho, Gael.

—¿Lo sientes? ¿De veras? ¿Por qué no se fue?

—Creía que lo había hecho. Le di el dinero para que se marchara…, no sé qué ha podido pasar…

—¡Está bastante claro lo que ha pasado!

Víctor se inclinó hacia la mesa, acercándose al joven.

—¿Crees que su muerte no ha sido accidental?

—¿Es esa la forma políticamente correcta de decir que lo quebraron? Claro que lo han matado, le dije que se esfumara…, puta’madre, y no me hizo caso. —Se quedó un instante meditando antes de añadir—. Es una advertencia.

—¿Para qué? ¿De quién?

—Para que me declare culpable.

—Pero ¿quién haría eso?

—Yo qué sé, quien sea que quiera cargarme el muerto.

—¿Y tu abogado? ¿Qué dice?

—Que mejor me declaro culpable, que igual así me rebajan la condena…

El joven seguía siendo esquivo, soltando información a cuentagotas; así no iban a avanzar nada.

—Explícame lo que está pasando, deja que te ayude a resolver esto.

Gael soltó algo parecido a una sonrisa sarcástica, aunque su rostro estaba demasiado desencajado para que el gesto fuese descifrable.

—Ya qué importa. Lo único que quería era que Miki estuviera a salvo, ahora ya me importa un carajo. —Y por su rostro se deslizó una solitaria lágrima que sus ojos no consiguieron contener mientras aquel rostro hermoso, con el labio inferior tembloroso, libraba una batalla con sus emociones. Y ahí estaba la fragilidad que había echado en falta cuando lo conoció, la vulnerabilidad de quien sí podía llorar por Miki, porque lo amaba.

Quiso salvarlo, pero Gael se marchó una vez más rechazando su ayuda, ignorando el interés que ya no era fingido; y tal vez tuviese razón, porque sentía que les había fallado a los dos estrepitosamente.

 

 

El lunes por la tarde tuvo lugar el entierro en el cementerio de Vallecas. Víctor permanecía de pie a solas frente al pequeño nicho de granito gris en una pared cubierta de nichos de granito semejantes, en el que el nombre grabado de Malik Jara dejaba la única constancia de su paso por el mundo. Cuando llegó al tanatorio, el cuerpo ya había sido incinerado; se habían dado prisa por reducir a cenizas el cuerpo de aquel joven desconocido. Víctor había comprado una corona y dos ramos: la corona a nombre de su familia, uno de los ramos a nombre de Gael, el otro de su parte. Al menos su tumba no parecería tan olvidada.

Una mujer joven, con el pelo castaño atado en una coleta, se acercó y se quedó de pie a su lado. No había contratado un servicio religioso, tal vez Miki fuese musulmán, no lo sabía. A Víctor le extrañó la presencia de aquella joven, y ella no tardó en percatarse.

—Eres Víctor, imagino. Cabo Lara —se presentó ella—, hablamos por teléfono.

Se saludaron, ella había traído un pequeño ramo de flores silvestres, seguramente confeccionado por ella misma.

—¿Cómo es que has venido?

—Imaginé que no vendría nadie más. Me pareció tan triste…, ya sabes.

Quedaron en silencio mientras el sepulturero terminaba de cerrar el nicho con la lápida gris. Luego dejaron los ramos al lado, y ya no había nada más que hacer; y por un instante se arrepintió de no haber contratado un servicio fúnebre completo para que aquello no pareciese únicamente un trámite.

—¿Puedo invitarte a un café? —ofreció a la joven.

Media hora después estaban en la avenida de la Suerte sentados en una cafetería.

—Se dieron prisa en incinerar el cuerpo.

—Ya, bueno, se dieron prisa con todo… —murmuró ella entre dientes.

—¿A qué te refieres?

—Nada…, cosas mías.

—No crees que fuera un accidente, ¿verdad?

—Bueno, no diría tanto… Yo llevo poco tiempo en la comisaría, y no es que tengamos muchos casos como este en Torrelodones, así que supongo que esperaba que hubiese un poco más de acción. Bueno, no quiero decir que sea divertido, ni nada de eso, solo que…, bueno, creía que se haría una investigación más a fondo…

—Y ¿qué pasó exactamente?

—El caso se cerró en cuanto se identificó el cadáver, perdona, el cuerpo, o sea, tu amigo. —Se la notaba novata, torpe, y tal vez por lo mismo entusiasta—. La Guardia Civil lo tenía fichado y, pues, nada, en cuanto los resultados de la autopsia revelaron el alto consumo de drogas…

—Solo que Miki no se drogaba, eso lo tengo claro. Ni tabaco ni alcohol, nada, jamás lo vi tomar nada más fuerte que un vaso de leche.

—Oh. —Y los dos guardaron silencio. Quizás pensando a la vez en la parte del relato que conocían y tratando de decidir sobre la conveniencia de compartirlo—. ¿Os conocíais mucho?

—Bueno, quizás no tanto.

—A veces no tenemos ni idea de la vida secreta de las personas…

—Entonces ¿por qué crees que se precipitaron en cerrar el caso?

Ella volvió a dudar antes de hablar.

—Por las muelas del juicio. Aún no le habían salido y eso… es raro, normalmente salen entre los quince y los veinte años. La estructura ósea era estrecha, más infantil, quizás…

—Bueno, Miki era menudo.

—Y, además, para acceder al depósito de agua hay que subir por una escalera de mano de más de tres metros, totalmente vertical; no pinta como algo que uno haga accidentalmente, más aún si está borracho y drogado, ¿no te parece?

—¿Cómo lo encontraron?

—Una inspección rutinaria. Aunque fue una suerte, no debía llevar ahí demasiado tiempo; si hubiese estado meses, por ejemplo, el cuerpo habría estado hinchado y realmente descompuesto… ¡Mierda! No debería haber dicho eso, lo siento… Pero, escucha, no me hagas caso, soy una novata, y una con muchas ganas de dárselas de CSI. Hay gente con mucha más experiencia que yo, y si han pensado que no había nada más que investigar, seguramente sea así. No quiero que vayas a rayarte pensando en esto…, hablo demasiado, lo siento.

Charlaron un rato más, de banalidades, ella preguntó por Miki y él habló con cariño del joven sin profundizar mucho en la naturaleza de su relación. Solo por dedicar unos minutos a recordar al chico alegre y apasionado que se había ido demasiado pronto.

Caminando a solas por la ciudad ociosa más tarde de vuelta a su casa, se preguntaba si Miki habría sido consciente aquel día de que iba a morir unas horas después. Cuando uno es joven no piensa en la muerte, no realmente. Sabes que es ley de vida que todos mueran al final, pero vives tu vida sin contar con ello. Tal vez sea necesario, una forma de supervivencia, pues la vida puede resultar absurda si sabes que vas a morir. También él se había sentido eterno de joven, invencible; de hecho, no había sido consciente de la posibilidad real de la muerte hasta dos años atrás. Víctor fue al médico por unas molestias al orinar, le hicieron una ecografía y se descubrió un bultito en la próstata; el médico sugirió realizar una biopsia. La prueba salió negativa y solo hubo que tratar una infección, y, aunque ahora debía hacerse chequeos regulares para controlar los niveles de PSA, no había un riesgo inminente. Sin embargo, recordaba a la perfección aquellos días previos durante los cuales la posibilidad de una enfermedad terminal se materializó. La muerte nunca antes había formado parte de las opciones, jamás se había planteado la posibilidad real de morir ni de que el fin de la vida no fuese algo efímero y lejano que le ocurría a otros. Su sentido de la vida había cambiado por completo desde entonces, ahora veía su vida solo como un largo peregrinaje hacia la muerte, una muerte que cada día que pasaba, cada día que volvía a despertar, estaba un poco más cerca.

La caminata a casa había sido larga. Al salir de la oficina había cogido un taxi para ir al cementerio, pero a su vuelta, y a pesar del frío, su estado de ánimo lo llevó a perderse por las calles de la ciudad, entre transeúntes, olores varios y luces que despertaban las calles resistiéndose a la nocturnidad. Cuando se acercaba a su portal el cansancio por el largo trayecto comenzaba a hacer mella en su cuerpo. Pero entonces una silueta entre sombras llamó su atención, y la trayectoria de Víctor se detuvo en seco debatiéndose con la irrealidad de aquella aparición que se acercaba tímidamente hacia la luz para revelar algo que parecía imposible.

—¿Miki?

En breve subiremos el siguiente capítulo.

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