Lecturas

Esperamos que disfrutéis con los relatos que nuestros autores han preparado especialmente para compartirlos con vosotros.

Relatos independientes

Corintia

Cuento de Entretiempo

Mi primer recuerdo de ti fueron franjas de colores.

El parque por el que volvía a casa era tan extenso que nunca me había molestado en acercarme a la valla. La ocultaba una arboleda espesa, la tierra siempre estaba removida y húmeda, yo era tan poco curioso…

Sofía Olguín

El novio de mi hermano

Me pasé todo el vuelo a Buenos Aires imaginando cómo sería el novio de mi hermano. Estaba seguro de que sería como sus novias: mujeres espectaculares, de curvas pronunciadas, labios voluptuosos, cabello largo teñido de rubio y, por definición, algo frívolas y superficiales, lo cual no les quitaba que fueran (o no) buenas personas. A veces pienso que mi hermano decidió probar suerte con los hombres por culpa de esas mujeres.

Corintia

El príncipe en el palacio de turmalina

El príncipe Aari abrió sus ojos dorados antes de que llegaran los ayudas de cámara. Sigiloso, se deslizó fuera del lecho, corrió hasta el gran ventanal y salió a la terraza aún en penumbra. A pesar de que era la pieza más elevada de palacio, la alcoba solo se llenaba de claridad cuando el sol alcanzaba su cenit, pero a él no le importaba. Vestido con un simple faldón hasta los pies descalzos, la cabellera serpenteando en oscurísimos regueros sobre el suelo, escapaba cada mañana y alzaba la vista hasta el único trozo de cielo que le era dado contemplar desde la niñez.

Relatos relacionados con nuestros antritos

Judit Caro

Deseos ocultos

No sabía cuánto tiempo llevaba esperando. Lo mismo pudiera haber sido una hora, o tres. Era de noche y solo había una farola en ese tramo de la calle, pero aun así permanecí oculto entre las sombras bajo el portal del viejo local vacío y en alquiler que quedaba justo enfrente.

|Este relato está relacionado con la novela Slave, de Judit Caro|

Judit Caro

Y todo sigue

No veo nada. No puedo moverme.

Bueno, no es que no pueda, es que no debo. Ni quiero. Es mi deseo y mi deber obedecer todas y cada una de las órdenes de mi Amo. De lo contrario, él podría sentirse decepcionado y yo no soporto que ocurra eso. Eric lo ha hecho francamente bien durante los últimos cinco años.

|Este relato es de acceso exclusivo para los lectores de Slave, de Judit Caro|

Bry Aizoo

El alquimista eterno

«Las cosas no se hacen solas», le había dicho su asistente personal haciendo gala de un mal humor muy poco habitual en ella. Algunas veces, se olvidaba por completo de que Liu-Xin era humana. O algo así.

Clauzade reclinó la cabeza hacia atrás y se hundió aún más entre los cojines de su amplio sillón. Con movimientos lentos y pesados, se llevó la larga pipa a la boca y tomó una enorme bocanada dejando que el vapor cargado de opiáceos llenara bien sus pulmones antes de exhalar de nuevo, proyectando el humo en una serie de perfectos anillos que se desvanecieron lentamente.

|Este relato es de acceso exclusivo para los lectores de Fantasía a cuatro manos, de Bry Aizoo|

Corintia

Ya sabes que te quiero

Tras un rodaje de tres meses en el sur de España, con visitas meteóricas de un Kei inmerso en una gira de conciertos, Nathan regresó a la casa que habían comprado a orillas del río, a una milla del apartamento de Leonardo. El jardín era minúsculo y el tamaño limitado de las habitaciones había obligado al músico a montar su estudio en la buhardilla, pero las vistas al puente compensaban todo lo demás. Por las noches solía quedarse a oscuras, asomarse al mirador y asistir al espectáculo ofrecido por la imponente estructura iluminada, con la ocasional embarcación de recreo cuajada de luces cruzando bajo sus arcos de piedra. Era su rincón privado, suyo y de Kei, el espacio en el que, por primera vez en su vida, aspiraba a echar raíces. Era su lugar especial.

|Este relato es de acceso exclusivo para los lectores de La otra versión del Trío, de Corintia|

Corintia

PARA EXTENDER LAS ALAS:
En las alturas

—¿Rafael?

—¿Mìcheal?

Aquellos dos nombres hicieron eco en los oídos de Rafael Cienfuegos. Fue como escuchar una hermosa, pero incomprensible historia que alguien hubiera estado susurrando durante mucho tiempo y que, de repente, las palabras cobraran sentido; fue mejor que los brazos que lo rodeaban, mejor que el sexo.

Oscuridad, y silencio.

|Este relato es de acceso exclusivo para los lectores de Para extender las alas, de Corintia|