Y todo sigue •Slave•

Este relato es un regalo de Judit a todos sus lectores y es posterior a la novela Slave. No lo leas antes de haber terminado ese antrito si no quieres tragarte un pedazo de spoiler.

Judit Caro

Y todo sigue

CHRIS

No veo nada. No puedo moverme.

Bueno, no es que no pueda, es que no debo. Ni quiero. Es mi deseo y mi deber obedecer todas y cada una de las órdenes de mi Amo. De lo contrario, él podría sentirse decepcionado y yo no soporto que ocurra eso. Eric lo ha hecho francamente bien durante los últimos cinco años.

Aún recuerdo la primera vez que le traje aquí; su expresión cautelosa aunque interesada, sus dudas y su inseguridad, sus leves celos hacia Logan y lo que él consideraba la amenazante ventaja que mi viejo amigo poseía con respecto a mí. Le aseguré que Logan y yo jamás habíamos sido amantes y, como siempre, él me creyó. Para mí, Logan era… ¿Cómo explicarlo? Como una especie de padre. Y de hermano mayor. Y de mejor amigo. Solo que lo que yo hacía con él no era propio de vínculos familiares ni amistosos. Logan me había enseñado a no reprimirme, ni a sentirme culpable a causa de ciertos deseos inconfesables que, de cara al público, a mis dieciséis años me hacían sentirme como una especie de retorcido monstruo pervertido. Ahora que ya he cumplido los veinticinco, estoy terminando mi período como becario en los laboratorios del CSI de Nueva York y mi tutor de la universidad me comunicó ayer, complacido y orgulloso, que los jefazos de criminalística habían decidido contratarme sin lugar a dudas para que formara parte del equipo. Cuando se lo dije a Eric, me besó hasta dejarme sin aire e insistió en que me merecía una velada «especial». Para la mayoría de la gente, algo así incluye una cena romántica, vino, rosas, música clásica y un jacuzzi lleno de espuma. Para nosotros, quiere decir que estaremos en una habitación no apta para mentes conservadoras, con muy poca (o ninguna) ropa, rodeados de ese halo oscuro y místico que nos introduce tan perfectamente en nuestros papeles. La voz grave y calmada de Eric dándome órdenes y la mía, baja y respetuosa, prometiéndole que las acataré sin rechistar, gimiendo y jadeando quedamente de vez en cuando. Pero no os equivoquéis: Eric es muy atento conmigo. Sé perfectamente que el vino y los pétalos de rosa nos estarán esperando cuando lleguemos a casa. Por ahora, debo esperar.

Entregarme en cuerpo y alma al hombre que lo es todo para mí.

No sé cuánto tiempo llevo arrodillado en el frío suelo de piedra, con los ojos vendados y completamente desnudo. En esta ocasión, Eric lo ha preferido así. La puerta se abre a mis espaldas, escucho sus pasos y cómo la cierra otra vez, poniéndole el seguro para que nadie nos moleste. Solo el saber que está ahí, tan cerca aunque no pueda verlo ni tenga permitido tocarlo, hace que toda mi piel se erice por la anticipación. En mitad de aquel precioso silencio incluso temo que se escuchen demasiado los acelerados latidos de mi corazón.

—Buen chico —me saluda mi Amo acariciándome el cuero cabelludo con las yemas de sus dedos. Es tan embriagador. No puedo evitar inclinar la cabeza hacia atrás para tratar de ampliar el contacto, pero él se da cuenta enseguida y retira su mano para darme un flojo toquecito de advertencia en el hombro.

Reconozco enseguida su fusta preferida. Casi siempre suele utilizarla para corregir mi postura, advertirme de que me estoy propasando o guiarme cuando, como ahora, se me ha privado de la visión. La fusta es un objeto elegante, suave y aterrador. Las escasas ocasiones en que me ha disciplinado con ella no las he olvidado.

—En pie, Chris —me ordena al cabo de unos segundos.

Obedezco, por supuesto, y me quedo inmóvil con las piernas ligeramente abiertas, las manos entrelazadas a la espalda y la cabeza baja. Mi Amo comienza entonces su inspección habitual, paseando tranquilamente alrededor de mí. De vez en cuando puedo sentir alguna leve caricia del cuero en mi espalda, en mi abdomen o en mis brazos, y tengo que morderme los labios para contener un culpable suspiro de placer. Eric finaliza el examen dándome un suave beso en el hombro, señal de que está muy complacido con mi buen comportamiento.

—¿Qué haré contigo hoy, pequeño? —susurra junto a mi oído, en un tono amenazante y juguetón—. Dime, Chris. ¿Deseas algo en especial?

—Cualquier cosa que a mi Amo le complazca.

Su suave risa me indica que no ha conseguido engañarme, y lo sabe. ¿Atreverme a exponerle mis deseos? Jamás. Cuando estoy con mi Amo lo único que quiero es realizar los suyos. Él es lo único que anhelo.

—Buena respuesta —aprueba con una gentil caricia en mi mejilla—. En ese caso, voy a inmovilizarte. Sube al potro.

Eric me ayuda a colocarme sobre el aparato, boca arriba y con las piernas elevadas. Antes de comenzar a atarme se cerciora de que estoy aceptablemente cómodo, y entonces restringe el movimiento de mis extremidades con nudos fuertes y precisos y manos expertas y hábiles, tal y como Logan le enseñó. Luego manipula una serie de poleas que elevan aún más mi pelvis y dejan mis piernas obscenamente abiertas. Esa posición me hace saber que, con toda seguridad, tiene pensado utilizar nuestros juguetes. Aunque el Justine cuenta con su propio, generoso y variado arsenal de artefactos sexuales, perfectamente limpios y esterilizados, ambos preferimos utilizar los que hemos traído en la mochila. Manipulando otra polea, mis manos quedan estiradas por encima de mi cabeza, de forma que solo puedo agarrarme a la fina cuerda para intentar paliar cualquier sensación. Eric no suele amordazarme, y no es porque a veces yo no grite hasta que probablemente asustemos a los vecinos, sino porque le encanta oírme suplicar.

Por más.

Siempre por más.

Ahora está comprobando los nudos, por si estos fuesen demasiado fuertes y llegaran a dañarme la piel. Lo sé porque está canturreando una canción de Nickelback.

—¿Así está bien, Chris? —me pregunta para cerciorarse del todo.

—Sí, Señor —contesto con docilidad.

Las cuerdas estiradas me producen una ligera incomodidad, una deliciosa sensación de indefensión y sometimiento. Me gusta tanto sentirme así.

Eric se aleja otra vez, y enseguida escucho el inconfundible sonido de la cremallera de nuestra mochila al ser abierta. Privado de la visión, mis otros sentidos se agudizan al máximo. Siento, escucho y huelo, saboreo a mi Amo con todo mi ser. Le gusta crear expectación, y esa es una de las lecciones que mejor ha aprendido de Logan. Atado, obscenamente expuesto y deseoso de complacer, cada segundo en el potro se me antoja una hora entera. Él lo sabe y, deliberadamente, me obliga a esperar. Es una retorcida forma de tortura al igual que pueden serlo los azotes, las pinzas de cocodrilo o la cera caliente. Una sutil e inesperada caricia en mi rodilla es suficiente para hacerme suspirar.

—Eres tan sensible —dice Eric con un divertido ronroneo—. Me encanta la forma en que te deshaces cada vez que te toco.

Sus dedos son demasiado suaves, extraños. Adivino que debe haberse puesto unos guantes de látex. Va describiendo pequeños círculos concéntricos cada vez más hacia el interior. Comienzo a sentir un agradable hormigueo en la parte baja de la espalda cuando alcanza la hendidura entre mis nalgas, recorriéndola de arriba abajo con su grueso pulgar. Cada vez que roza el apretado anillo de músculo, que se contrae hambriento bajo aquella suave estimulación, tengo que hacer verdaderos esfuerzos por no gemir en voz alta. Antes de comenzar la sesión, Eric me ha dejado claro que debo permanecer en absoluto silencio a menos que tenga que responder a sus preguntas.

—Ya sé que estamos celebrando tu reciente incorporación al CSI, Chris, pero creo conveniente recordarte que tú y yo aún tenemos un pequeño asunto pendiente. El otro día cometiste una falta, ¿verdad?

—Sí, Señor —reconozco, apenado y avergonzado.

—¿Y qué fue lo que hiciste mal, chico descarado?

—Yo estaba preparando la cena para los dos, Señor, cuando llegaste a casa después de un largo turno guardia. Dijiste que querías relajarte y disfrutar de tu sumiso, así que me apresuré a complacerte y empecé a desnudarme, tal y como es mi deber. Tuve un descuido al respecto de tus normas, Señor, y no recordé que no debo llevar ropa interior en tu presencia.

—Así es, Chris.

—Lo siento mucho, Señor, y te ruego que me perdones. Te prometo que voy a intentar no volver a fallarte.

De repente siento parte del peso de Eric sobre mí, aplastándome contra el cuero acolchado del potro. No esperaba aquel contacto tan repentino y enérgico, por lo que el pulso se me acelera de forma automática. Noto que va desnudo de cintura para arriba, y a juzgar por la aspereza que siento en mi pelvis debe llevar unos cómodos y sencillos pantalones vaqueros.

—Jamás me has fallado, Chris —me asegura en un murmullo, su cálido aliento resbalando en mis labios—. Me has entregado tu cuerpo y tu voluntad, que son sagrados para mí. Poder poseerte por entero es un orgullo, un privilegio y un placer. Ser tu Amo y Señor me satisface más que nada en el mundo. Nunca lo olvides.

Asiento, con un fuerte nudo en la garganta. Sus palabras me han devuelto la confianza que había perdido en mí mismo, impulsándome a querer superarme porque ansío ser perfecto. Necesito ser perfecto para él.

—A pesar de todo entiendes que he de castigarte, ¿no es así?

—Sí, Señor.

—Sabes que no toleraré que te saltes mis normas sin que haya consecuencias. Empezaremos con unos azotes. Ya conoces el procedimiento habitual, aunque hoy añadiré algo especial acorde con la ocasión.

—Como desees, Señor.

Escucho un débil «plop», identificándolo enseguida con el tapón del tubo de lubricante. El gel se esparce entre mis nalgas de forma eficiente y práctica. Doy un pequeño respingo cuando Eric introduce el dedo índice en mi interior, empujando lenta pero profundamente y sin detenerse. Lo mueve de dentro hacia afuera unas cuantas veces, aunque está claro que su intención es la de mantenerme lo más apretado posible. Después, desliza entre mis piernas algo largo y no demasiado grueso, aunque sí bastante pesado. Está muy frío y sé inmediatamente lo que es. Ambos elegimos juntos aquel juguete por su último cumpleaños. La joyería íntima ha resultado ser un ambicioso descubrimiento. Cuando Eric lo coloca a su gusto y conveniencia, me da una floja palmadita en las nalgas.

—No lo dejes caer.

Es más fácil decirlo que hacerlo, sobre todo porque intuyo lo que viene a continuación. El juguete es una especie de plug cónico fabricado en acero de la mejor calidad, cuyo extremo termina en una preciosa gema cristalina que lleva grabada en oro una letra E. Mi Amo puede ser un auténtico sádico cuando quiere. Mi posición, el peso del juguete y el lubricante se combinan para hacer que resbale constantemente hacia abajo, cumpliendo religiosamente la ley de la gravedad. Y si no quiero ganarme otro castigo tengo que tensar las piernas y mantener las nalgas apretadas para retenerlo en donde mi Amo lo ha colocado con tanto esmero. Lo malo es que, con el trasero en tensión, los azotes escuecen mucho más que si tuviese los músculos relajados.

—Definitivamente, me encanta ese juguete —comenta Eric mientras lo manipula con delicadeza, como si estuviese atándole algo en el extremo—. La forma en que asoma entre tus piernas, luciendo mi inicial, es simplemente preciosa.

Lamento confesar que, a estas alturas, temo que ya ostento una gloriosa erección. No me está permitido correrme sin permiso de Eric y, como se supone que estoy recibiendo un castigo, será mejor que me concentre en otra cosa si quiero evitar el desastre. Me estremezco bruscamente, con desesperación y placer a partes iguales, cuando mi Amo desliza un anillo en la base de mi polla y ata un fino cordel alrededor de mis testículos. Esta incómoda constricción me hace soltar un quejido, además de la cuerda que está unida al plug y que, en caso de que este resbale hacia abajo, me proporcionará un doloroso tirón de bolas que no olvidaré durante días.

—Calma, Chris —me indica Eric al darse cuenta de que he empezado a respirar demasiado deprisa—. Relájate. Así, muy bien.

Me acaricia la cara, dando delicados toques a mis mejillas. Sabe muy bien cómo ayudarme a superar mis temores, porque en su espléndido orgullo de Dominante también está la plena confianza en mí. Al contrario de lo que me sucede a mí mismo, Eric nunca duda de mis limitaciones. Espiro, inspiro. Espiro, inspiro. Espiro, inspiro…

—Dime cómo te sientes, Chris.

—Bien, Señor. Estoy preparado.

—Tus palabras de seguridad —exige, como siempre hace en cada sesión.

—Amarillo para bajar la intensidad. Rojo para detenerlo —recito dócilmente. Cuando Eric aprendió lo suficiente como para establecer una relación D/s con la debida seriedad, ambos decidimos utilizar un código sencillo que nos permitiera comunicarnos sin confusiones.

—Continuaremos entonces. Voy a utilizar el látigo corto.

Tal y como su nombre indica, es un instrumento de mango rígido parecido a una fusta, pero con el extremo acabado en varias tiras de cuero que pueden infligir mucho daño dependiendo de cómo se las maneje. Un pequeño nudo en el final de cada tira garantiza el escozor adecuado. He de reconocer que Eric se ha vuelto todo un experto con él. Mi Amo se toma su tiempo antes del primer azote y, como si quisiera suavizar el respeto que le tengo a aquel endemoniado instrumento, comienza a acariciar perezosamente mi abdomen con las tiras de cuero.

—Me gustaría que repasáramos tus posturas, Chris, al tiempo que te administro el castigo.

Como no es una pregunta, no debo contestar. Solo me limito a asentir en silencio mientras pienso que la cosa no hace más que mejorar por momentos. Con los ojos vendados, todos los estímulos parecen multiplicarse por cien. Las cuerdas que me inmovilizan, clavándose ligeramente en mi piel. El plug insertado en mi interior, mis bolas y mi polla hinchadas, palpitantes y adoloridas. La incuestionable autoridad de Eric. Mi propia rendición.

Puede que suene extraño, pero me siento mucho más vivo que nunca.

—Postura tres —dice Eric.

Al fin empezamos.

 

ERIC

Si tuviese que resumir esta imagen con una sola palabra, creo que no existiría ninguna capaz de describir lo que siento. Él es mío. Tan sumamente mío que a veces me aterra. Poseer este increíble poder sobre otra persona significa un precioso regalo, a la par que una enorme responsabilidad. Chris confía ciegamente en mí. Fallarle es lo último que haría. Pero miradlo, joder. Cómo su cuerpo desnudo tiembla levemente sobre el potro, aguardando el castigo. Cómo su esfínter se contrae de forma constante bajo el peso del juguete que yo mismo he colocado en su interior. Cómo el muy descarado está luchando contra sus propios instintos para no correrse y desobedecerme.

Es tan hermoso.

Me apetece atormentarlo un poco más.

—Postura tres —le indico, en orden aleatorio para que le resulte más difícil.

—En pie, con las piernas abiertas y ligeramente inclinado hacia delante. Las manos a la espalda a menos que el Amo exprese su deseo de querer realizar una inspección, en cuyo caso he de separarme las nalgas y permanecer inmóvil —contesta Chris sin titubear.

Lo ha recitado perfectamente, tal y como esperaba. Un rápido giro de muñeca me sirve para descargar el primer azote en el interior de sus muslos. Chris emite un ronco quejido y tensa la mandíbula, pero esas son las únicas manifestaciones de su incomodidad. Mi pequeño masoquista tiene un aguante fuera de lo normal.

—Postura siete —continúo.

—Arrodillado, con las manos y la cara en el suelo y las caderas en alto. Rodillas separadas. Para cuando el Amo… ¡¡Ugh!!

Este azote tampoco se lo esperaba. Las tiras se han enroscado ligeramente, alcanzando su trasero. Le habrá dejado un intenso picor. Contrae todo el cuerpo en un brusco espasmo, de forma que el juguete penetra más profundo y le arranca un sorprendido jadeo. Respira de forma errática, y su piel de porcelana se ha cubierto de sudor. Pero ni con esas se olvida de cuál es su deber.

—Para… para cuando el Amo… desee… utilizarme o… castigarme…

—Buen chico —apruebo satisfecho.

Cuatro posturas y nueve azotes después, Chris está visiblemente alterado. La venda que cubre sus ojos está ligeramente humedecida, todo su cuerpo se estremece a simple vista y sus piernas ya tiemblan con violencia por el continuo esfuerzo de retener el juguete. Sus muslos, pecho y trasero lucen un intenso color encarnado, y la piel inflamada desprende calor debido a los recientes golpes. El último azote, el más flojo de todos, va directo a su húmedo sexo. Chris se retuerce, ahoga un quejido y solloza en voz alta. Dejando el látigo sobre una mesa, me acerco a él y le acaricio suavemente el torso, las piernas y las caderas. Chris se relaja paulatinamente aflojando su agarre sobre las cuerdas que lo retienen, y se adentra aún más en su subespacio para intentar controlar su agitada respiración.

—Buen sumiso —le felicito con tono cariñoso—. Lo has hecho muy bien. Creo que ahora te mereces una recompensa.

—Lo que le plazca a mi Señor —susurra él, sometiéndose una vez más a mis deseos.

Procurando no rozar demasiado su polla, le desato el cordel de sus testículos y le retiro el anillo que comprimía su erección. Veo que Chris se muerde el labio para evitar quejarse por la sensación, y es entonces cuando decido apiadarme un poco y empezar a cosquillear en su húmedo sexo con mis dedos. Un ronco jadeo por su parte es suficiente para darme a entender que le gusta. Sin embargo, aún tengo guardada una pequeña treta y estoy deseando sorprenderle. Me posiciono entre sus piernas abiertas, con mi furiosa erección presionando sus sensibilizadas partes íntimas incluyendo el juguete. Chris gimotea impotente al sentir cómo este se hunde aún más profundo, y todo su cuerpo está tan extremadamente sensible que ya debe estar rozando sus límites. Sin dejar de describir lentos círculos con mis caderas, me inclino sobre mi chico para invadir su boca. Mis labios y mi lengua son inmediatamente recibidos por los suyos, ávidos y desesperados, hambrientos y posesivos. Es como si Chris quisiera devorarme. Todo nuestro mundo se reduce únicamente a aquel contacto sucio, primitivo y desordenado. Chris comienza a jadear contra mis labios hinchados, retorciéndose entre las cuerdas para incrementar la fricción. El juguete rozando su próstata está volviéndole loco.

—¡Amarillo! —lloriquea con la voz entrecortada, rompiendo súbitamente el contacto—. A… Amarillo, Señor.

Ambos sabemos perfectamente que ha estado a punto de correrse.

—Está bien, Chris —lo tranquilizo incorporándome para dejarle espacio—. Ahora respira profundamente, eso es… Estoy aquí, a tu lado. ¿De acuerdo?

—Sí, Señor.

Mientras Chris se relaja de nuevo, compruebo rápidamente los nudos para cerciorarme de que ninguno le está provocando un corte de circulación. Calculo que han sido necesarios unos cinco minutos para que al fin le bajara un poco la erección. Chris se siente tan sumamente bien en su subespacio que casi parece adormilado, incluso. Sé muy bien que está cansado, pero es hora de volver a la acción.

—¿Recuerdas cuál es la norma ocho, Chris?

—Sí, señor.

Por supuesto que la recuerda. Su memoria prodigiosa no solo le sirve para estudiar.

—Recítala.

—Cuando el Amo crea conveniente azotarme, es mi obligación contar el número de azotes que recibo de él, y dar las gracias por mi castigo.

—Muy bien. Así pues, ¿cuántos azotes te he dado, pequeño?

Se me escapa una sonrisa triunfante cuando le veo titubear, porque por una vez al fin he conseguido pillarle. El ejercicio de repasar las posturas mientras recibía mis latigazos tenía como único objetivo intentar distraerle.

—He recibido doce azotes, Señor, y te los agradezco —contesta finalmente.

Mi sonrisa se ensancha, orgullosa y satisfecha por su absoluta devoción hacia mí. Ha acertado, como siempre. Y la verdad es que no esperaba menos de él. Pero aún quiero forzarle a pasar otra prueba.

—Error, Chris. Han sido once azotes.

No se lo traga, porque sabe que tiene razón. Pero es tan buen sumiso que jamás va a osar llevarme la contraria.

—Sí, Señor. Siento mucho no haber estado atento. Aceptaré gustoso el castigo que decidas.

No puedo evitarlo, y me echo a reír. He rodeado el potro hasta situarme detrás de su cabeza, de modo que hundo mis dedos en sus negros cabellos como la seda y me entretengo acariciándole afectuosamente entre ellos, como si fuese un niño.

—Eres un listillo, ¿lo sabes?

Chris no me contesta, porque no debe hablar. Pero su tímida sonrisa no me pasa desapercibida. Mi corazón se acelera y mi pecho parece encogerse.

Por el amor de Dios, de qué manera necesito a ese hombre.

—Abre la boca, pequeño. Prepárate para recibir tu recompensa —le ordeno con la voz enronquecida.

Chris obedece al punto, echando la cabeza hacia atrás. Me bajo ligeramente los pantalones para liberar mi erección, que va directa a su complaciente cavidad. A diferencia de él, yo no tengo que reprimirme y mis jadeos inundan la habitación. Su habilidosa lengua acaricia mi glande y cosquillea en la hendidura; me balanceo y me muero por llegar hasta el fondo de su garganta. Chris no es capaz de metérsela toda, pero poco le falta. Me chupa de una manera que casi me vuelve animal. El final está cerca, pero quiero que nos corramos juntos porque se lo ha merecido con creces.

Con mi mástil bien ensalivado y erguido, me dirijo a su orificio posterior. Chris gimotea un poco cuando le retiro el plug, que se ha encargado de dejarlo bien lubricado y dilatado para lo que viene a continuación. Le penetro con facilidad a pesar de que mi polla es bastante más gruesa que el juguete, y tan solo el sentir su esfínter tan deliciosamente estirado aprisionando mi carne es suficiente motivo para ver las estrellas a través de mis párpados cerrados. Cuando ya estoy dentro del todo, decido retirarle la venda a Chris. Quiero que me mire a los ojos mientras lo estoy follando.

Fuera, dentro, fuera otra vez. Le embisto haciéndole rebotar sobre el potro, perdiéndome en sus rasgados iris esmeraldas. Pequeños gritos se escapan desde sus labios entreabiertos. Atado, apresado y abierto, recibiendo mis incesantes estocadas sin poder hacer nada por evitarlo. De todas formas, aunque estuviera libre él no haría nada por resistirse. Yo soy su dueño y él es mío.

Mío. Mío.

Solo mío.

—Puedes correrte, mi amor —consigo jadearle en el último momento.

Su orgasmo es intenso, casi devastador. Es como una ola gigante que lo arrastra todo a su paso y lo deja varado en el limbo, entre la inconsciencia y el mundo real, exhausto, satisfecho y vencido, marcado por el hombre que lo ama incondicionalmente más allá del sentido común. Mi propia liberación me sorprende con la guardia baja, y me veo obligado a aferrarme a las caderas de Chris mientras gruño contra su boca y apoyo mi sudorosa frente sobre la suya. Cuando han pasado los primeros efectos y creo que mis piernas serán capaces de sostenerme, desato rápidamente los nudos para liberarlo.

—Te tengo, Chris. Te tengo… —alzándolo entre mis brazos, camino cargando con él hasta un sofá. Logan lo puso ahí para que los clientes del Justine pudieran relajarse tras los intensos ejercicios.

Acomodando a Chris en mi regazo, contemplo embelesado su hermoso rostro níveo y le acaricio la húmeda frente con mis labios.

—¿Cómo te encuentras? ¿Demasiado intenso?

—Ha sido increíble, Señor —responde sin abrir todavía los ojos—. Gracias, muchas gracias.

—Bien —una sonrisa boba adorna mi cara mientras, tras asegurarme de que Chris está en el Paraíso, me permito disfrutar un poco de mi propio placer—. Entonces, la sesión ha terminado.

 

CHRIS

—Dylan dice que no se pueden tener dos padres —refunfuña Adam desde los asientos posteriores de nuestro coche.

El niño ha pasado la tarde en casa de Drew, ayudándole a ordenar todos los trastos de pesca que almacena en el garaje. Aprovechando que teníamos que recogerlo, Eric y yo nos hemos quedado a cenar allí.

—Bueno, pues tú los tienes, ¿no es así? —le contesto volteándome en el asiento. Veo su cara pecosa un tanto arrugada por el enfado y no puedo evitar sonreír. Acaba de cumplir nueve años y ya es todo un hombrecito.

—Dice que es lo que piensa su padre. Que dos… dos… —Adam hace una pausa incómoda, no queriendo pronunciar la controvertida palabra «maricones»—. Dice que dos hombres no pueden quererse ni tener hijos, que eso es asqueroso.

—Seguro que ese gilipollas no me lo dice en la cara, por si le parto la suya —gruñe Eric dando una curva algo más brusca de lo normal.

—¡Eric! —le regaño frunciendo el ceño, pues no quiero que Adam piense que hay ciertas cosas que deben solucionarse a base de puñetazos.

—¡¿Qué?! —protesta mi pareja, ofendido—. ¡Ese tío es un maldito homófobo!

—Y tú ya tienes veintinueve años para andar cogiendo pataletas, así que conduce y calla —le espeto con severidad.

Farfullando imprecaciones entre dientes, Eric se concentra de nuevo en la carretera.

—Adam, cariño —comienzo a decirle al niño con delicadeza—. Ya sabes que hay personas que no piensan como nosotros, pero no por eso quiere decir que tengan razón. Vas a conocer a mucha gente con ideas diferentes, y lo mejor que puedes hacer es respetar las creencias de cada uno. Dylan piensa eso porque es lo mismo que piensa su padre, y eso es lo que le ha enseñado. Del mismo modo, nosotros te hemos enseñado que cualquier familia en la que exista amor es una familia tan buena como cualquier otra.

—A mí me gusta nuestra familia —exclama Adam con fervor—. Me gusta tener dos padres, y me gusta tener al tío Drew y a la tía Shawn, y me gusta tener a Brie los fines de semana. ¿Cuándo se va a quedar para siempre con nosotros?

Ugh. Eso es un asunto muy delicado. Miro a Eric de soslayo y este se encoge de hombros, porque aún no le han llegado noticias del departamento de protección al menor. Desde que decidimos presentar la solicitud de adopción, estamos inscritos en el régimen de padres de acogida y solo nos dejan tener a la bebé durante los fines de semana.

—Aún tenemos que esperar, Adam.

—¿Creéis que cuando sea mayor, Brie querrá jugar conmigo a la pelota?

Eric y yo sonreímos a la vez.

—Seguro que sí.

Poco después llegamos al tranquilo barrio residencial donde compramos nuestra casa, una cómoda planta baja sin demasiados lujos con un gran jardín para que Adam pudiese corretear a sus anchas. Hay un todoterreno negro aparcado frente a nuestro garaje, y Eric frunce el ceño en cuanto lo ve.

—Es DiMaggio —me susurra refiriéndose a su jefe, el capitán del cuerpo de policía.

—Espero que no haya pasado nada —contesto poniéndome un tanto nervioso.

Eric detiene el coche en la acera, casi tan inquieto como yo. Mientras me bajo y ayudo a Adam a desabrochar su cinturón, observo cómo mi novio y el capitán DiMaggio están discutiendo algo en voz baja.

—¿Podéis acercaros, Christopher? —escucho que me llama el hombre.

Pasando un brazo por los hombros de Adam, ambos nos reunimos con Eric.

—Buenas noches, capitán —le saludo estrechándole la mano.

—Me alegro de verte, Christopher… Oh, y a ti también, Adam. Creo que estás más alto desde la última vez.

—Buenas noches, capitán DiMaggio —le saluda este, demasiado formal.

El hombre se echa a reír y le da un golpecito en la nariz. Adam me mira disimuladamente poniendo los ojos en blanco, pues está en esa etapa en la que odia que le «traten como a un crío». Al ver que sobreviene un tenso silencio provocado por la incertidumbre, el visitante carraspea sonoramente y nos observa con repentina seriedad.

—Bueno, lamento venir tan tarde pero creo que el asunto no podía esperar. El juez de menores ya ha tomado una decisión.

A mi lado, Eric se tensa al instante y me agarra fuertemente de la mano. Aún recuerdo aquella noche infernal, en la que llegó destrozado a casa después del tiroteo y me contó, con lágrimas en los ojos, cómo había encontrado a esos pobres niños desangrados. Y la bebé… «Si la hubieras visto, Chris… Tiene unos rizos pelirrojos preciosos, y unos ojos verdes iguales que los tuyos. La tuve en brazos todo el tiempo, y se me quedó dormida como si me conociera. Toda su familia asesinada y ella se ha quedado sola. Luego ha venido una chica de los servicios sociales a llevársela, y cuando le he preguntado lo que iban a hacer con ella me ha contestado que de momento su tutela queda bajo el Estado. La pequeña incluso se ha puesto a llorar cuando se la he dado».

Yo mismo estoy aguantando la respiración.

Luchar por Brie no ha sido nada fácil. Otras parejas presentaron también una solicitud de adopción, parejas heterosexuales que fueron mucho mejor consideradas que nosotros. Hemos tenido que pasar multitud de entrevistas con psicólogos y asistentes sociales, hasta el punto en que a veces Eric y yo teníamos la impresión de que estaban tratando de demostrar que teníamos alguna clase de perversión sexual, y que no éramos aptos como padres solo por el simple hecho de ser hombres. Pero lo que nadie puede poner en duda es la carita de felicidad que pone Brie cada sábado que Eric la recoge del centro tutelar. Sus palmitas y sus grititos se escuchan en toda la manzana.

—Tengo entendido que mañana es el cumpleaños de Brie, ¿no es así? —pregunta amablemente el jefe de Eric.

—Es pasado mañana —lo corrige este—. Cumple dos años.

—¿Dos años ya? Seguro que teníais pensado hacerle una gran fiesta.

—Queremos llevarla al zoo —le explica Eric, con la voz ligeramente temblorosa—. Le gustan mucho los animales, debe tener como treinta peluches distintos y… Bueno, luego queríamos comer con la familia y los amigos aquí en casa.

—En ese caso, la verdad es que me gustaría que me invitarais para celebrarlo —el capitán DiMaggio abre la puerta trasera del todoterreno, donde puede verse una sillita infantil. Brie está profundamente dormida, con su chupete preferido torcido hacia un lado. Cuando Eric y yo nos quedamos boquiabiertos, el hombre toma a la niña y se la tiende a Eric—. Enhorabuena, papás.

—¿En serio? —balbucea este, aupando a Brie como si no pudiera creérselo.

—Completamente. El juez ya ha firmado los papeles. La niña es vuestra.

—¡Muchas gracias! —le digo al capitán, estrechándole nuevamente la mano.

Los siguientes minutos los dedicamos a abrazarnos y besarnos, incluyendo a Adam y a nuestra nueva hija. Con tanto jaleo Brie acaba por despertarse y, en cuanto ve a Eric, se pone a tirarle del pelo y a hacer pedorretas. Tras despedirnos del capitán e invitarle formalmente a la fiesta de cumpleaños/bienvenida de Brie, tomamos la bolsa con las cosas de la niña y entramos en casa.

—Toma, cógela —me ofrece Eric, con una sonrisa imborrable.

Brie se muestra entusiasmada por venir a mis brazos, balbuceando un alegre «¡Chis!». Tras reírme y besarla en la naricilla respingona, me quedo mirando a Eric con la sensación de que ya nada puede ser aún más perfecto.

—Mañana tenemos que comprar un montón de cosas —dice, feliz.

—¿Quieres que vaya al garaje a por la vieja cuna de Adam?

—Mmm… Puede dormir con nosotros solo por esta noche.

—Pues pronto empiezas a malcriarla —le contesto riéndome y besándole en los labios.

Eric consigue pescar a un esquivo Adam y alzarle en brazos a pesar de sus protestas.

—¿Y tú qué dices, campeón? ¿También quieres dormir esta noche con nosotros?

—¿Puedo ver la tele del cuarto? —negocia nuestro hijo, interesado.

—Vale, pero solo un rato.

—¡Pues voy a darme una ducha y ponerme el pijama!

Adam salta al suelo y desaparece por el pasillo mientras Eric y yo hacemos lo propio y nos turnamos para vigilar a Brie. Por último, aseamos y cambiamos a la niña antes de meternos en la cama, con ella en medio muy entretenida en aporrearnos alternativamente con su peluche de cebra. Adam aparece corriendo cinco minutos después, besa a su hermana y se tumba panza abajo a los pies de la cama para concentrarse en un nuevo programa de Nickelodeon. Un silencioso Eric me coge de la mano para entrelazar nuestros dedos. Sé que ahora mismo no puede hablar, y sus ojos empañados lo atestiguan. Son demasiadas emociones juntas, y aún ahora a veces le cuesta manejarlas. Está pensando en que tiene una familia maravillosa, lo que siempre deseó y que, por desgracia, nunca conoció cuando era niño. Sonriéndole, me llevo su mano a los labios para besarle en el dorso.

—Te quiero —le susurro articulando las dos palabras con mis labios.

—Te quiero —me corresponde él, de la misma forma.

Yo pienso en cómo me salvó. En cómo apareció en mi vida en el momento en que yo mismo me la estaba destrozando. En cómo podría seguir viviendo sin él.

Aunque mañana acabemos discutiendo por el color de la cuna.

FIN

Si flipaste con Slave y te van las emociones muy muy fuertes, este antrito es para ti

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