La savia de los dioses •Capítulo 2•

A AMBOS LADOS DEL ESPEJO

 

En el pequeño claro había un espejo. El objeto en sí era absurdo en aquel marco de hojas y ramas, pero el ferviente deseo de atravesarlo lo impulsó a aceptar su aparente irrealidad. Era crucial reunirse con su yo del otro lado, volver a hacerse uno con él. Aspiró hondo y se precipitó contra la superficie reflectante entre gritos de alarma, con la vaga impresión de dejar atrás un círculo de sangre.

No emergió en una tormenta de esquirlas de vidrio, sino en medio de árboles espesos, como si el escenario hubiese permanecido inalterado. El lamento de las voces aún resonaba en sus oídos. No, no eran varias voces, era una sola; lo supo al distinguir sobre la claridad del fondo la silueta encogida de Caradhar, al oír gemidos de dolor cuya intensidad decrecía a medida que se aproximaba a la inconsciencia. Navhares casi voló hacia él, presa de una angustia que no había experimentado en años. ¡Caradhar! ¡Ya voy! ¡Ya voy!

Abrió los ojos, sobresaltado por los latidos furiosos de su propio corazón. Un sueño, solo ha sido un sueño. A punto estuvo de volcar la hamaca y quedarse colgando del ruedo de su túnica. Desde su poco elegante postura —una rodilla hincada en el suelo de tablas, un brazo encajado en el entramado de cuerdas— observó los alrededores y recordó que había dormido en una plataforma suspendida. Huecos en las hojas le permitieron vislumbrar la de la rama contigua, sobre la cual dos figuras emitían los típicos sonidos quedos de los amantes que no desean ser descubiertos. Eran Caradhar y Sül. Las manos del antiguo Darshi’nai mantenían a raya las de su compañero, empeñadas en no permitirle trenzarse la melena, y luego contraatacaban sumergiéndose en la camisa de este y sacando a la luz retazos de piel. Sus rostros estaban tan próximos que se perdían el uno en el otro; sus labios se unían en besos esporádicos. Aunque Navhares no soportaba esa intimidad, la curiosidad malsana siempre acababa imponiéndose. Mientras espiaba la escena, inmóvil, no llegó a percatarse de que otros ojos se entretenían a su costa.

—¡Mira quién despertó! —El inesperado saludo de Vira lo sobresaltó y propició que se enredase aún más en la hamaca. El joven hubo de soportar la vergüenza de ser rescatado a tirones de su prisión de cuerdas—. Y con ganas de ejercicio, además. Te pasa por ser un cabezota y llevar esos trapos tan elegantes para desplazarte en carruaje y tan poco prácticos para moverte por el bosque. Anda, ponte esto.

Le lanzó un jubón y unos pantalones de color alazán mucho más discretos.

—Mis ropas están bien, gracias.

—Querías impresionar a Caradhar presentándote con tus mejores galas y ya lo has hecho. Ahora sé obediente y cámbiate o terminarás tropezando, colgando de una rama y ondeando al viento igual que un pendón de Casa Elore’il. El desayuno te aguarda.

—¿Pretendes quedarte ahí mirando? —El graznido de Navhares exudó irritación y bochorno a partes iguales.

—Te salvas porque tengo hambre, chiquillo. No tardes.

Lo primero que hizo el muchacho después de que Vira cruzase la pasarela fue comprobar si Caradhar los había escuchado, pero la plataforma contigua estaba desierta. Los pormenores de su sueño acudieron a él mientras suspiraba y se cambiaba, pavorosos en su nitidez. Tras meditarlo un buen rato resolvió no contárselo a su padre. No pretendía inquietarlo, y menos aún cuando ignoraba si aquello llegaría a ocurrir. Él iba a estar a su lado a todas horas; no permitiría que nada lo hiriese.

En el campamento provisional carecían de espejos, así que no podía juzgar qué tal le sentaban aquellas prendas tan rústicas. El camino de vuelta sobre la estructura de madera y cuerdas volvió a robarle el aliento. Poco le faltó para besar con alivio el grueso tronco del árbol al poner los pies en la construcción principal, cuyo centro ocupaba un círculo de asistentes muy similar al del día anterior.

—Vaya, sí que tenías piernas debajo de esas aristocráticas túnicas. —En la boca de Vira, llena de torta de miel y bayas, aún quedaba espacio para una pequeña chanza. Navhares intentó lisiarlo con la mirada—. ¿Qué? No está mal comportarse como un plebeyo de tanto en tanto. Te divertirías más.

—Deja de mortificarlo. —La aparición de Caradhar, seguido por el guía, hizo aflorar una sonrisa a los labios del muchacho—. Navhares, Savran quiere presentarte a alguien.

—Lamento darte tan poco tiempo para reponerte —se disculpó este—, pero nuestros hermanos del norte carecen de él. ¿Has recuperado fuerzas?

—Estoy bien. Quería daros las gracias por vuestra ayuda al cruzar los túneles bajo las montañas. El ahogo era tan insoportable… Sin la calma que me inspirasteis no lo habría conseguido.

—Hijo mío, yo no hice tal cosa, el acceso a tu mente me ha estado vedado hasta ahora. Tampoco Vira me comunicó tus dificultades, así que no era consciente de que me necesitases.

—Fui yo. —Todos se giraron hacia Caradhar—. Es una sensación normal para un tejedor novato, con toda la energía mágica que fluye por esas cavernas. Yo también la sentí la primera vez que las crucé.

—¿Tú? —Vira compuso una mueca escéptica. Hasta Sül, quien escuchaba en segundo plano, arqueó una de sus puntiagudas cejas—. Espera… ¿Quieres decir que puedes proyectarte en Navhares a tanta distancia? ¿Como en un fulcro?

—¿Qué hay de raro en eso? Nuestra afinidad ha afianzado el vínculo.

—Algo de raro sí que hay porque tú ya tienes un fulcro, amigo —señaló a Sül con el pulgar—, y eres muy jovenzuelo para haberte trabajado el segundo. ¿Cuándo sucedió?

—Supongo que tan pronto puso un pie en Dervarn.

—Entonces, ¿ahora estás siempre en mi cabeza?

Los ojos de Navhares brillaron ante la perspectiva. Un instante después despidieron una diminuta chispa de horror: algunas de sus ensoñaciones no eran aptas para ser compartidas, mucho menos con su principal protagonista.

—Tu privacidad será siempre tuya —lo tranquilizó el guía, adivinando sus pensamientos—. Además, aprenderás a utilizar con propiedad la vía abierta con tu padre. Sin embargo, las lecciones habrán de esperar. Sentémonos con los otros.

Al unirse al círculo, el joven argailiano se permitió estudiar de reojo a Caradhar durante un buen rato. Le gustaba contemplarlo sin razón alguna, simplemente para comprobar si se habían producido cambios en el que, a su juicio, era el semblante más bello de ambos mundos élficos. Para gran alivio suyo, la imagen se correspondía con la que atesoraba en su memoria y en sus sueños, llena de juventud, serenidad y una incipiente sabiduría que se manifestaba en pequeños detalles. Se había dejado crecer la melena; los mechones que flanqueaban sus mejillas caían hasta más abajo de su cinto. Sorprendió entonces el ademán de Sül para liberar unas hebras rojas prendidas del mismo y el ligero roce afectuoso del dotado. Navhares se vio forzado a admitir, no sin cierto fastidio, que el antiguo Darshi’nai sí poseía un aire diferente, y que con su entrada en la edad adulta había ganado nuevo atractivo.

La sutil mordacidad en la mirada de Vira le dio a entender que estaba siendo más transparente de lo aconsejable. Se obligó entonces a concentrarse en los rostros que el día anterior viera de pasada. En la sección de Dervarn se sentaban sus mentores y dos tejedores desconocidos; guardaespaldas, según le había susurrado Vira. En cuanto a la representación del otro clan, la componían media docena de individuos cuyo aspecto era marcadamente más marcial que el de sus parientes. Para su sorpresa, había otros dos más —uno de ellos una elfa— con el pelo rapado y las orejas derechas tachonadas de adornos. Los tres llevaban hojas cortas cruzadas sobre el cinto, protecciones flexibles en brazos y piernas y un insólito calzado con refuerzos en las punteras y los laterales. Sus jubones dejaban entrever unas bandas que trepaban por el lado derecho de sus abdómenes, les surcaban los hombros y descendían por sus espaldas. Ignoraba si tal decoración estaba pintada o tatuada en la carne. Ante aquella guerrera más alta y ancha que él, Navhares comprendió que las costumbres de los Silvanos compartían pocas similitudes con las de los elfos de ciudad.

La figura central pertenecía a un enorme tejedor de edad indefinida, moreno y con penetrantes iris corinto que lo observaban todo desde unas cuencas pintadas de idéntico color. El efecto era inquietante. Aunque destilaba una presencia innegable y, a diferencia de sus guardaespaldas, vestía igual que un Silvano cualquiera, su aura era diferente a la de Savran: belicosa, como sugerían las dos varas al cinto y su oreja derecha agujereada.

El líder de los norteños respondió al escrutinio con el suyo propio. Un vidente de sangre mezclada no era un espectáculo corriente.

—Navhares, me siento honrado al presentarte a Kaledias, guía de los elfos de la planicie de Dallankor. —Savran abrió el diálogo—. Kaledias, ya estás al tanto de los lazos de parentesco que unen al consorte de la Senniam de Argailias con Caradhar.

—¡Afortunados de vosotros, un vidente hijo de un tejedor dotado! —bramó el aludido. Su voz cavernosa no desentonaba con el resto de su persona—. Veinte miserables anillos que ha engordado el árbol de su nacimiento y ya con dos críos. Absurdo pero bien hecho, muchacho. ¿Han manifestado el talento?

—Es un placer conoceros, Kaledias, y aún no.

La franqueza de aquel elfo se apartaba un largo trecho de los estándares de comportamiento habituales entre su gente. Navhares echó mano de su adiestramiento diplomático para no vacilar ni mostrarse apabullado.

—Tiempo habrá para ello, bien lo saben las tres deidades. ¡Y para tener más! Sabemos y aceptamos que a Dervarn le nacen más tejedores que a ninguna otra comunidad. En la planicie siempre serán bienvenidos los hermanos de allá, por si algún día os animáis tú y los tuyos a fabricar algún mocoso extra.

—Eh… nunca había oído hablar de una planicie en Dallankor. —Mantener la compostura ante semejante desparpajo comenzaba a complicarse.

—Ni tú ni ningún otro argailiano, ya que la ocultan los picos de las montañas y los árboles. Es inaccesible, salvo para nosotros. ¿Me dicen que has soñado con nuestras cavernas? Algo notable. No tengo constancia de que ningún vidente extranjero lo haya hecho antes, aunque, claro, hacía décadas y décadas que no me topaba con uno; el tiempo transcurrido desde que el nuestro se reunió con sus ancestros. Es un desperdicio dejarte encerrado con los blasfemos de Therendas. Si te alejases de toda la ponzoña alquímica de las ciudades, los dioses serían aún más generosos contigo. ¿Ya notas el poder de la savia pura? ¿Has tenido nuevas visiones?

—Nada importante, en realidad —mintió—. Ni siquiera estoy seguro de saber qué es esa savia pura.

—A pesar de ser un gran estudiante y poseer un prometedor talento, la formación de Navhares se ha visto limitada por sus deberes en palacio —intervino Savran—. Tengámoslo presente para no exigir de él más de lo razonable. Además, acaba de incorporarse a esta asamblea y no está al corriente de lo ocurrido en vuestra tierra.

—De acuerdo, de acuerdo. —El líder norteño levantó su copa de madera, que fue rellenada de vino color rubí—. No me agrada extenderme sin necesidad, así que resumiré y tú me pararás si te pierdes, ¿de acuerdo? Dallankor ha sido morada del clan desde el inicio de esta era, allá por el tiempo en que nuestras tres deidades protectoras nos soltaron en medio de sus arboledas para que aprendiésemos a ser un pueblo civilizado. Vuestros mapas argailianos indicarán que el macizo es compacto; lo que no habrán descubierto los cartógrafos es la meseta a la que rodea. Únicamente mi pueblo conoce los caminos que serpentean entre montañas y los túneles de acceso excavados en la roca. Nuestro contacto con los humanos ha sido mínimo. ¿Qué iba a sacarse de bueno de esa panda de peludos y corruptos salvajes? Hum, olvidaba que tu gente está a partir un piñón con ellos. En resumen, nuestra planicie, picos y cavernas siempre han estado a salvo de sus zarpas depredadoras. Hasta ahora.

»Los rastreadores de las villas humanas asentadas a nuestros pies debieron afinar sus narices. Instados por Misselas y otras ciudades al sur del Lamedaek, han descubierto grietas que descienden hasta el subsuelo bajo las montañas. Los torturados de la Gran Blasfemia fueron los primeros en notarlo. Estaban nerviosos con el movimiento que percibían en los niveles superiores, a ras del suelo. Cuando despejamos algunos túneles y subimos a echar un vistazo, ya era tarde: decenas de condenados alquimistas picaban las paredes. Culpa nuestra, lo admito. No aprendimos de Ummankor, nos creímos inexpugnables, nos volvimos confiados…, y la sucia marea humana penetró en nuestro santuario, sin dejarnos más opciones que callar y consentir o exterminarlos a todos. Y no somos animales como ellos ni deseamos revelar nuestra existencia. Nos mantuvimos al margen, sí, igual que hicisteis vosotros, aunque ha sido la prueba más dura que ninguno recordamos haber afrontado.

Aun con su voz ronca e impaciente discurso, Kaledias sabía comunicar. Navhares sospechó que usaba su habilidad empática para hacerlo, pues no le costó lo más mínimo visualizar el macizo de Dallankor, las extensas masas de árboles y las rutas secretas en sus laderas. Los veía con la nitidez de su sueño premonitorio, el cual se convirtió en una pequeña pieza superpuesta a ese panorama general.

—Los torturados de la Gran Blasfemia ¿son las abominaciones? —se atrevió a preguntar.

—Abominaciones… Sí, así las llaman los humanos. Procuramos que no se involucraran, ¡hasta que ya no lo soportaron más! —Posó la copa en el suelo con un golpe seco—. Corrientes subterráneas inundan los corredores donde hincan sus picos. Pocos días bastaron a esos mezcladores de pociones, después de horadar pozos de achique y hacer explotar paredes, para contaminar el agua sagrada. La savia pura, muchacho.

—La savia…

Los iris de Kaledias, fijos en Navhares, refulgieron en sus pequeños remansos blancos. Su dedo índice derribó la copa, de manera que el vino formó un charquito en torno a la misma. La imagen desenterró recuerdos de sus lecciones sobre lo que se custodiaba en lo más profundo de Ummankor: la laguna de color corinto, la piedra translúcida donde dormía la divinidad que teñía el líquido. Savia.

—Los torturados, incapaces de prevenir la corrupción, lanzaron aullidos que helaban la sangre —prosiguió el Silvano norteño—. Unos pocos atacaron a los invasores, mataron y murieron; el resto se congregaron en torno al tesoro de nuestro santuario para defenderlo. Y entonces el sarcófago… vibró. Yo estaba allí, lo vi con mis propios ojos. La superficie del agua se anilló con ondas cada vez más amplias que surgían de la piedra, hasta que sobre esta apareció la primera grieta. Y luego otra y otra más, mordiendo en ella, ahuecando el espacio en torno al cuerpo atrapado dentro. ¡Y yo te digo que el dios se movió y parpadeó antes de volver a cerrar los ojos!

»Así que ahí lo tienes, muchacho, eso es lo que nos ha traído aquí. Los dioses han despertado.

El asombrado Navhares comprendió el silencio reverente del resto de los congregados en la plataforma, por más que ya conociesen la historia. Hasta él, el más joven e ignorante, estaba al tanto de su importancia: tras siglos y siglos de silencio, la fuente del talento había dado señales de vida.

—Jamás habría imaginado que lo que vi en mi sueño desembocaría en algo así —confesó. Luego añadió, tras notar algunas miradas de soslayo—: Sé que pensáis que quizá debiera haberlo predicho o haber recibido más visiones útiles, pero yo no…

—Nadie piensa eso, hijo mío. —Savran le palmeó el hombro—. Hemos de conformarnos con lo que las deidades acceden a enviarnos, y es obvio que ahora no pretendían ponernos sobre aviso, sino presentar los hechos consumados.

—Habrá que concluir que así es —se lamentó Kaledias—. Lástima, deseaba que fueran generosas y llenasen la cabeza del vidente con sus mensajes. En fin, no perdamos la esperanza, quedan días por delante antes de que se produzcan más cambios.

—¿No hay novedades hoy?

—Ninguna. El dios no ha vuelto a abrir los ojos y apenas se mueve, como si estuviese de nuevo dormido. Las grietas son un poco más anchas, eso es todo. Ah, y los condenados alquimistas siguen contaminando el agua. Nuestros tejedores trabajan creando contenciones para aislar los corredores invadidos, aunque no es fácil. Cuesta vencer el impulso de cortar el problema de raíz.

—Eso no solucionaría nada. Nuestra única arma es el sigilo, bien lo sabemos.

—O lo era hasta ahora. Hum, ¿y qué haréis vosotros? ¿No tembláis de miedo? Dejadme adivinar: estáis deseando volver a Ummankor y comprobar qué se cuece allá abajo.

—¿A qué os referís? —inquirió Navhares.

—Kaledias da a entender que lo que sucede en su territorio bien podría repetirse en el nuestro.

La explicación de Savran selló el silencio sobre aquel grupo de elfos que se esforzaban en desentrañar los designios de las deidades. El muchacho argailiano tuvo, al fin, su oportunidad de llenar el estómago y disfrutar de un rato tranquilo con Caradhar. Este escuchaba mucho más que hablaba, pero esa atención calmada era todo cuanto Navhares precisaba para desahogarse. Lo puso al corriente de su vida en palacio, de sus últimas intervenciones en calidad de consejero del Sennim; le contó los progresos de su hija pequeña en el aprendizaje de la cultura antigua, evitando mencionar el total desinterés que mostraba su hermano; trató de puntillas su despedida de Corail y el hecho de que la dama estuviese al tanto de su treta para ausentarse de la ciudad. Esta confidencia —más que cualquier otra— modeló en las facciones del dotado un minúsculo rictus de inquietud que Navhares pasó por alto. Si había alguien experto en ocultar sus emociones, ese era Caradhar.

Horas más tarde, los asistentes al encuentro volvieron a reunirse. Todos aguardaban a que los guías declarasen su postura, pues Kaledias deseaba regresar sin más demora; temía que algo le sucediese al dios y él no estuviese allí para presenciarlo. Durante el transcurso de la que era su cena de despedida, el norteño vació varias copas —para no poseer el Don, su resistencia a la embriaguez era notable— y confesó sus intenciones a Savran.

—Mañana al amanecer regresaremos a nuestra tierra. ¡Puestos a no dormir, pensando en humanos y dioses, prefiero hacerlo en mi cama! ¿Qué habéis decidido al respecto? ¿Nos acompañaréis para verlo en persona? Os puedo prometer un viaje más raudo y descansado de lo que imagináis —añadió, de manera enigmática.

—Al igual que vosotros, opino que los míos me necesitarán más que nunca en esta época delicada. Por otro lado, he de consultar con nuestros bibliotecarios; quizá en algún estante polvoriento se halla la explicación al fenómeno. Ahora bien, no os dejaremos partir sin ofreceros asistencia. Caradhar es uno de mis fulcros y un habilísimo telépata y empático a pesar de su juventud. Está preparado para ir con vosotros junto con su compañero Sül y para servirme de intermediario con Dallankor. ¿Querrás unirte a ellos, Vira? Les vendrá bien tu experiencia.

Savran no hacía tal ofrecimiento a la ligera. De la convivencia de aquellas jornadas pasadas había aprendido que el clan tenía en alta estima a los guerreros, y a Vira le sobraban aptitudes. A diferencia de Sül, el talento corría por sus venas.

—¿Un viaje raudo y descansado al refrescante norte? Estoy a vuestra disposición —el interpelado se inclinó con fingida solemnidad—, si bien he de confesar que no me fascina la idea de sentarme en primera fila cuando las deidades hablen. Ah, qué diantres, los cautelosos no se divierten. Confío en que me buscaréis un sustituto digno para escoltar a Navhares de vuelta a Argailias.

—Ahora que lo mencionáis, la visita de un vidente sería todo un acontecimiento —insinuó Kaledias—. Por las tres deidades, estaremos más que satisfechos de extenderle nuestra hospitalidad al muchacho.

—No. —La tajante réplica de Caradhar levantó más de una ceja—. Quizá sea peligroso y él no debería estar aquí. Aunque no lo aparente, es demasiado joven para involucrarse. Regresará con Savran.

—¿Peligroso? —logró articular un airado y decepcionado Navhares—. Me acompañará un poderoso grupo de tejedores. No entiendo por qué soy lo bastante mayor para cumplir con mis deberes en Argailias y no para prestar ayuda en un asunto tan importante.

—Tú mismo lo has mencionado, por tu posición en la ciudad. No está en tu mano ausentarte un largo periodo de tiempo sin levantar sospechas.

—¡Pero no es…! No es justo. —El joven empleó sus lecciones de diplomacia para moderar su temple—. He pasado años encerrado en palacio, esforzándome, siendo útil. Son los dioses quienes pretenden que tome parte en esto o no me habrían mandado el aviso.

—Ahora estás en tierra pura; si has de soñar, lo harás también aquí. Además, nuestro vínculo es muy fuerte. Me comunicarás cuanto sea de relevancia.

—Mi conexión con Savran se interrumpió. ¿Quién nos garantiza que eso no sucederá con la nuestra?

—Me arriesgaré.

La conversación prosiguió en el plano telepático mientras el resto de los elfos se dispersaban para organizar la partida. Al menos, eso intuyó Vira al notar como buscaba Navhares la mirada de su padre, su creciente desengaño y la manera en que bajaba la cabeza. La paternidad era un mal negocio, pensó. Por suerte para él, y por más que le tocase hacer de niñero de tanto en tanto, no entraba en sus planes padecerla.

Pasó las siguientes horas escuchando recomendaciones del guía —el único que le prestaba algo de atención en medio de los preparativos— y echando vistazos subrepticios a aquel trío de llamativos guerreros. Al caer la noche, cuando ya se había buscado una hamaca en una rama aislada para dormir unas cuantas horas, recibió una visita inesperada: Navhares.

—Para llegar aquí has tenido que cruzar un par de pasarelas muy empinadas. Sí que te morías por verme. ¿Qué sucede? ¿Vienes a despedirte del tío Vira antes de que parta a lo desconocido?

—No eres mi tío.

—No hace falta que pongas esa cara de asco. Y que conste que tengo sobrinos mayores que tú. ¿Qué buscas entonces?

—Esperaba… que me ayudases a convencer a Caradhar para que me deje ir con vosotros al norte.

—¡Esta sí que es buena! Has estado haciéndole la pelota a él y a Savran y, como no te ha servido de nada, yo soy tu último recurso, ¿eh?

—¡Sabes que debo estar con el grupo, que es la voluntad de los dioses! —El joven se arrodilló junto a la hamaca—. ¡Si no lo pensases, no me habrías traído contigo! ¡Admítelo!

—Eh, eh, ¿qué más da lo que piense? No soy tu padre ni tu mentor ni me corresponde a mí decidir el nivel de riesgo al que has de enfrentarte. Además, ¿por qué presupones que estoy de acuerdo contigo? A lo mejor te traje para no escuchar tus quejidos.

—¿Quejidos? ¡No me estaba…! Tú siempre te burlas, pero sé que, en el fondo, eres un elfo serio y comprometido que desea lo mejor para su… para nuestro pueblo. A ti te escucharán, Savran confía en ti. Y, si no funciona, solo has de echarme una mano para poder seguiros a escondidas. Una vez allí no me forzarán a volver. —Se acercó un poco más para compensar la diferencia de altura entre ambos—. No puedo quedarme fuera de esto.

El Silvano arqueó las cejas ante la resolución de aquellos ojos. También —y eso lo desconcertaba mucho más— ante la escasa distancia que los separaba. ¿Cuándo se había vuelto tan atrevido el chico? Las manos flanqueándolo, el cuello estirado hacia él, los labios separados… Al leer su lenguaje corporal y descifrar su significado, la intriga y el encanto dieron paso a una sonora carcajada. Fue el turno de Navhares para asombrarse.

—Fascinante, estás aprendiendo a usar tu hechizo de atracción. —La sonrisa de Vira se extendía hasta las puntas de sus orejas—. Herencia familiar, por lo que veo.

—No entiendo.

—Intentas manipular mis emociones. Nivel de principiante, aunque no voy a quitarte méritos. Lástima que, como suele decirse, yo ya estoy más que de vuelta mientras tú emprendes tu primera ida.

—¡Yo no intento manipular nada!

—Ah, ¿no?

Dado que estaban tan próximos, a Vira le bastó inclinarse un poco para rozar los labios del muchacho; este reaccionó saltando hacia atrás hasta quedar tendido sobre la dura madera. Aún boqueaba de ira cuando su risueño acompañante le ofreció ayuda para levantarse. La única concesión a la dignidad que se permitió fue rechazarla de un manotazo.

—No te tortures, chiquillo, suele surgir espontáneamente las primeras veces. Ya aprenderás a controlarlo. Permíteme un consejo: no empieces nada que no estés dispuesto a terminar o te meterás en un lío. El problema de despertar entrepiernas es que suelen pedir algo a cambio.

—¡Eso que sugieres es repugnante! ¿Por quién me tomas? Jamás he pretendido tocar a nadie, aparte de… —Se mordió la lengua. Vira sabía que no se refería a su esposa, según delataba su mueca sarcástica—. No vas a hacer lo que te he pedido, ¿verdad?

—Aunque quisiera, sería muy optimista confiar en mi capacidad de manipular a un telépata del nivel de tu padre. Resígnate por ahora, sé buen chico y obedece. Ya te llegará la oportunidad de convertirte en un aventurero de los bosques. ¿Quieres que te preste el hombro para cruzar las pasarelas?

El zapateo irritado de Navhares al marcharse arrancó una nueva sonrisa del Silvano. Sí, era mejor así, por más que simpatizara con sus aspiraciones. Algo le decía que se avecinaban tiempos difíciles y era preferible enfrentarse a ellos sin tener que llevar a cuestas a un noble joven e inexperto. Además, lo intrigaban esos guerreros norteños.

Volvió a acomodarse en su lecho de tiras de cuerda. La tentadora perspectiva de meter la nariz en las desconocidas tierras de Dallankor le ofreció un buen tema de reflexión durante el escaso tiempo que tardó en quedarse dormido.

Al amanecer, las plataformas estaban vacías, ya que la práctica totalidad de los elfos se habían congregado en el pequeño claro entre los árboles para intercambiar adioses y últimos mensajes. Los Silvanos de Dervarn iban envueltos en sus capas de viaje y llevaban las manos vacías tras haber colocado su equipo a lomos de los caballos; los norteños, en cambio, no se habían molestado en cubrirse y cada uno cargaba con su propia mochila. Navhares los observó desde lo alto, preguntándose si iban a viajar a pie. Al distinguir entre ellos la cabellera roja escoltada por la larga trenza negra lo embargó una insufrible sensación de fracaso. ¿Por qué siempre lo dejaba atrás? ¡Qué estúpido había sido al creer que llegaría mucho más lejos! Ni siquiera estaba allí por elección de Caradhar, sino gracias a que Vira había aceptado llevarlo a remolque. Y ahora todos iban a marcharse sin él.

Como si adivinase su presencia, el rostro del dotado se alzó hacia su plataforma y le hizo señas para que bajase. De nada sirvieron su abrazo ni sus promesas de que pronto se reunirían, y no en la ciudad, sino en Dervarn. Él era un mero adorno del primer círculo de Argailias. Él era… ¿Qué era? Ni Maede, ni Sennim, ni vidente. Aprendiz de todo, maestro de nada.

—¿Es prudente usar ese hechizo? —se oía decir a Vira entre el grupo de viajeros—. ¿No sería más sensato regresar a caballo? La cantidad de energía que consume ha de ser desorbitada, y más para transportar a un grupo tan numeroso de personas. ¿Cómo lo mantendrá el lanzador sin desfallecer por el esfuerzo?

—El truco consiste en canalizar esa energía de varios usuarios —respondía el guía norteño—, aunque la complejidad se incrementa asimismo. Por fortuna, contamos con el tipo de tejedor idóneo para semejante proeza, ¿no es cierto, Caradhar?

—¿De qué están hablando? —Navhares aprovechó para interrogar a su padre—. ¿Y por qué no vais a cabalgar hasta allí?

—El viaje es duro y los pasos de montaña que hay que cruzar son accidentados. Aparte de que su guía no quiere demorarse más, intuyo que tampoco confían tanto en nosotros como para mostrarnos de buenas a primeras el camino hasta su hogar, un camino que han ocultado durante generaciones. Los elfos de Dallankor cuentan con un hacedor de portales. Utilizaremos la magia para desplazarnos.

La capacidad de abrir portales era un talento muy raro entre los tejedores. Abrir un acceso a un destino en una localización remota requería un fulcro o un buen conocimiento del terreno, aparte de un desmesurado aporte de la energía que circulaba por el cuerpo del mago. Era arriesgado atravesar un portal, sobre todo por la posibilidad de quedar atrapado en la dimensión usada de atajo si su hacedor perdía el sentido.

—¡Eso suena muy peligroso! —protestó el muchacho—. Y todo por ahorrarse un par de días o por no ser francos con vosotros.

—Lo hemos estudiado con Kaledias, puedo sustentar el hechizo prácticamente con mis propios medios. No olvides que poseo el Don y que mi capacidad de sanarme me hace mucho más resistente.

—Pero…

—Te prometo que nos irá bien. Espérame y sé prudente.

Lo besó en la sien antes de regresar junto al guía norteño y confirmarle que estaba preparado. Dos grupos se congregaban en el espacio despejado entre los árboles, uno de ellos integrado por Kaledias, dos de sus acompañantes, los tres guardaespaldas de las orejas adornadas, Sül, Vira y el dotado mismo. A una señal de este, el guía se concentró para comunicarse con su fulcro en Dallankor e iniciar el proceso.

Una lámina se materializó en el centro del claro. Si bien al principio era una simple forma nebulosa que permitía ver a través de ella, sus contornos se fueron definiendo de manera gradual hasta convertirse en algo similar a un espejo; un espejo flotando en el aire sin nada que lo sujetase, con la superficie distorsionada por ocasionales destellos argénteos. La sensación de familiaridad de la escena fue tan intensa que Navhares permaneció en trance un largo rato, contemplando el reflejo de los viajeros. Solo salió de él cuando la guerrera del cabello corto dio un paso al frente, cruzó el umbral mágico y se hizo una con su doble bajo el borde del falso espejo; aún continuó siendo visible al otro lado durante unos instantes mientras se alejaba hasta perderse entre los troncos de los árboles. La fueron siguiendo el resto de sus compañeros.

Después de que desaparecieran Kaledias y Sül, la figura de Caradhar fue la única en pie ante el portal. El muchacho reparó entonces en sus facciones extremadamente concentradas, en lo mucho que debía estar esforzándose para alimentar el prodigio. No dudó en adelantarse a sostenerlo, pero el dotado se las arregló para avanzar sin ayuda. Aún tuvo fuerzas para volverse y dedicarle una diminuta sonrisa antes de hacerse pequeño en su destino.

Al distinguir su propia imagen aislada ante él, el joven vidente revivió su sueño con tanta precisión que los sentidos casi llegaron a engañarlo: Caradhar encogido, gimiendo de dolor lejos de su alcance, en tierra extraña. Aquel era el momento, su premonición se estaba cumpliendo…, ¿y él iba a permanecer de brazos cruzados? El grito de alarma de Savran llegó muy tarde. Cuando la energía de la lámina plateada comenzaba a debilitarse, Navhares aspiró hondo, cerró los ojos y la atravesó.

La magia se desvaneció como una pompa de jabón. Testigo de la temeridad del muchacho, sobre la hierba del claro brilló un mechón de pelo que el portal le había cercenado al cerrarse a sus espaldas. La brisa arremolinó los cabellos hasta componer un perfecto círculo rojo, del más puro color de la sangre.

 

La primera sensación que experimentó al parpadear fue ahogo por falta de aire, y luego dolor; un dolor comparable, imaginaba, a ser drenado de su esencia vital a través de una herida en el pecho. El malestar apenas duró un instante, aunque lo dejó lo bastante desconcertado para no poder discernir si el escenario era o no el mismo, dado que seguía rodeado de árboles. Pronto se dio cuenta de que estaba en otro claro distinto. Los troncos crecían tan apretados que no dejaban pasar los rayos del sol. La escasa luz penetraba desde una abertura al fondo de un corredor natural, y varias figuras la bloqueaban. Una, en concreto, acaparó toda su atención: un elfo ovillado en el suelo, cuyo débil lamento le llegaba amortiguado por las voces solícitas de las otras siluetas oscuras. Tras sacar el pequeño puñal que guardaba en su bota, se precipitó hacia el caído.

—¡Caradhar! ¡Ya voy! ¡Ya voy! ¿Qué te sucede? ¿Qué le habéis hecho?

Sül, arrodillado junto a Caradhar en actitud protectora, no prestó atención al muchacho salvo para lanzarle una mirada asesina cuando trató de tomar el control de la situación. La actitud de Vira fue la más sensata durante la crisis; restablecido el contacto con Savran, posó las manos en el cuello del dotado y sirvió de vehículo a los poderes restauradores del guía. No consiguió restablecerlo por completo, mas sí lo suficiente para acelerar su propia regeneración. Acto seguido, aferró la muñeca de Navhares y lo apartó del grupito sin hacer caso a sus protestas.

—Guarda ese alfiler —bisbiseó—. Te unes a la fiesta sin permiso, amenazas a nuestros anfitriones… Cualquier crío de por aquí podría darte una paliza con una mano atada a la espalda, y yo me estoy planteando calentarte el trasero con las dos.

—¿Cómo te atreves a decirme eso? ¡Tuve una premonición! Soñé que hacían daño a Caradhar al llegar aquí ¡y no me he equivocado! Ellos…

—Has sido tú quien le ha hecho daño, maldito idiota. Al cruzar, has desestabilizado su dosificación de energía. Además, lo has forzado a seguir alimentando el hechizo y a controlar al lanzador para que el portal no te partiera en dos al cerrarse. —Tironeó de su mechón mutilado y le arrancó un quejido de dolor—. Eres un mocoso irresponsable. La culpa es mía por sacarte de Argailias creyéndome que habría algo más de sensatez en ese cerebro tuyo del tamaño de una avellana.

La contundencia de Vira dejó pálido y mudo al muchacho. No quería creérselo. Tras desobedecer a su padre precisamente para que la ominosa visión del futuro no se cumpliese, había logrado justo lo contrario, y todo por no saber interpretar las señales. El noble que era, el Maede criado entre siervos que no toleraba las faltas de respeto tuvo que tragarse su orgullo. Le quedaba mucho por aprender. Caradhar había sufrido por su culpa.

—Yo no sabía… Yo… —balbuceó.

—Cierra la boca o te entrará algún insecto. En fin, ya que no cabe la posibilidad de enviarte de vuelta de una patada, bien podríamos ser educados con nuestros nuevos amigos. Sigámoslos. Y cuídate bien de pestañear sin permiso.

En la penumbra de aquella extraña prisión de árboles, el avergonzado Navhares percibía el reproche silencioso de los norteños y la ira de Sül. También la actitud apaciguadora de Caradhar, ya en pie, asegurándole que estaba mejor y pidiéndole que no repitiese jamás algo tan temerario. Se habría arrodillado a suplicar perdón en el acto si los elfos locales no los hubiesen apremiado para continuar hasta el extremo del corredor natural. El borbollón de luz lo cegó al salir a terreno abierto. Hubo de esperar a que sus ojos se acostumbrasen a la claridad antes de enfocarlos en el paisaje y contener una exclamación de asombro; donde había esperado encontrar más árboles, plataformas, casas y elfos camuflados entre la vegetación, lo recibió una vastísima alfombra de hierba que brillaba bajo el sol con el más vivo color esmeralda. Lo que habría tomado por una pradera debía ser, en realidad, otro claro, pues las distantes copas de los árboles los rodeaban por todos lados, si bien era tal su amplitud que pocos habrían sabido definir tal espacio. Con todo, lo más impresionante fue distinguir aún más allá, recortados contra el azul del cielo, los picos de las montañas del macizo.

Dravde seva nudhia —proclamó Kaledias en un dialecto peculiar, con el abrupto acento del norte—. Bienvenidos a Dallankor.

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