La savia de los dioses •Capítulo 1•

VIENTOS DEL NORTE

 

—La diplomacia es un talento vital para una noble. Te permitirá componer un segundo rostro, uno que muestre solo lo que tú desees mostrar.

—¿Un segundo rostro? ¿Como una máscara?

—Aún mejor, ya que nadie se dará cuenta de que lo llevas y se ajustará a lo que tu oponente espere ver en ti. Una última pregunta: ¿qué se hace al recibir al embajador de un principado aliado, como Varemethe o Nithadia?

—Se mide la proximidad de acuerdo con su… relevancia. Con los aliados más cercanos nos mostraremos más accesibles para que puedan presentarnos sus respetos.

—Excepto…

—Excepto… Eh… ¡Excepto si son regiones sometidas por un tratado de paz! En cuyo caso hemos de mantener la distancia y evitar el contacto.

—No vaciles al responder, son cuestiones que has de manejar con soltura. Tampoco varíes tu tono al hacerlo; no estás tomando parte en un concurso.

—Sí, mi respetada abuela.

—Muy bien. Y ahora saluda al consorte de la Senniam con corrección.

La interpelada se inclinó ante el único espectador de su clase de protocolo, le tomó la mano y se la llevó a la frente. Solo entonces la voz de su examinadora perdió la rigidez que la había caracterizado hasta entonces. La lección había terminado.

—Muchos cuentos y salidas al jardín y no los suficientes libros de texto. Pero creo que haré de ti una Maediam digna de nuestra Casa. ¿No lo crees así, hijo mío?

—Estoy seguro, mi respetada madre.

La respetada madre y abuela se ajustó la manga del vestido y apartó un mechón rojo de su mejilla. A pesar de sus títulos, Corail de Elore’il seguía siendo una elfa joven que en absoluto aparentaba tener descendencia hasta el tercer grado. Acarició con cariño la cabeza de su pretendida nieta, obedeció la petición muda de los ojos de su pretendido hijo y abandonó la estancia. En cuanto se quedaron solos, el adulto miró a todos lados con actitud conspirativa, apartó una cortina, husmeó tras algunos muebles y luego regresó junto a la pequeña, quien a duras penas aguantaba la risa ante la seriedad que su padre ponía en la tarea. Era un juego privado de ambos, buscar Darshi’nai ocultos en las habitaciones. Tras concluir su inspección, abrió los brazos; la elfa saltó hacia ellos olvidando las formalidades, como habría hecho cualquier crío de nueve años.

—¡Padre, qué bien que me hayan permitido venir! —exclamó, estrujándolo—. ¡Me moría de ganas de verte!

—Lamento haberme perdido celebrar el solsticio contigo, Lessa. Traigo un regalo para compensarte: te he mandado copiar e ilustrar las historias de cuando la diosa encendió las luces del cielo. Vas a ser la primera de Argailias en conocerlas.

Navhares estudió a su preciosa hija Deilessa, con su larga cabellera casi nívea y los ojos de color corinto heredados de él. Era afortunada, había recibido de Corail más mimos y atenciones que ningún otro miembro de la familia. Sin embargo, eso no significaba que su vida fuese fácil: el aprendizaje también robaba a la heredera de Elore’il más tiempo que a todos los demás jóvenes nobles y pasaba largas temporadas aislada de los suyos. Cuando tenía la suerte de visitar a sus padres, aprovechaba cada instante de intimidad al máximo, sobre todo si se trataba de Navhares. Su madre, la Senniam, nunca se sacudía del todo la estricta etiqueta de palacio; su padre, en cambio, no dudaba en saltarse el protocolo siempre que daban esquinazo a los testigos molestos. Después de todo, era un joven de veintiún años, aún un niño para los estándares élficos. Un niño que había tenido que crecer demasiado deprisa.

—¡Ya me he aprendido el mapa completo del continente! —El orgullo vibraba en la voz de la pequeña—. ¡Y los nombres de los Maedai de todas las Casas!

—¿De todas?

—De… ¡casi todas! Y de los principales nobles y consejeros de Therendanar.

—Muy bien. La Maediam de Elore’il es una dama aplicada, responsable y culta. ¿Y la elfa Deilessa? ¿Qué ha hecho ella estos días? —Le hundió la nariz con el índice, maniobra que siempre era recompensada con una risita aguda.

—Me he leído todos los relatos que me trajiste, todos. Los he escondido en el anaquel de mapas viejos. Y ya sé más palabras de la antigua lengua, y he practicado la caligrafía, y…

—¿Has terminado de decorar el campo de batalla en miniatura, futuro dominio de tu dragón?

—¡Sí, y hay una cueva para que pueda esconderse a dormir! Aunque, hum, el tuyo sigue siendo más grande y más bonito.

El juguete favorito de Deilessa era un dragón mecánico que su padre le había hecho traer de Therendanar, una joya de la artesanía humana para la que disfrutaba diseñando escenarios. Era su tesoro, lo que no impedía que codiciase la pieza aún mejor que Navhares conservaba en sus aposentos. Este la censuró con una mirada crítica.

—Ya te he dicho muchas veces que no es correcto desprenderse de los regalos, y ese me lo entregó alguien muy importante. Para merecerlo tendrías que convertirte en la elfa más sabia, la más justa, la más encantadora y la que mejor supiera contener la risa.

—¿Contener la risa?

Dio comienzo una batalla de cosquillas que fue perdida de antemano por la chiquilla, a tenor de sus escandalosas carcajadas. Cuando notaron que la puerta se había abierto y tenían público ya era tarde para esconder las túnicas arrugadas, los mechones de pelo enredados y las mejillas rojas. El recién llegado era un muchachito guapo y elegante cuyas vestiduras lucían un blanco inmaculado. Su melena —tan clara como la de ella— y facciones serenas revelaban el parentesco materno. El tono de sus iris era menos intenso que el de Deilessa y Navhares, pero sus destellos de color corinto no carecían de fuerza. Chispeaban incluso entonces, a pesar de toda la frialdad que le inspiraba aquella escena.

—Mi respetado padre… Hermana —saludó, muy compuesto—. Es poco digno comportarse así en palacio. Confío en que no se repita.

Ella aterrizó en la alfombra, alisó a manotazos su atuendo y, ya de frente ante su hermano, estiró el cuello para besarle la mejilla. Él no se movió ni manifestó interés alguno en que lo tocase; era obvio que esperaba un saludo formal, según atestiguaba su ceja enarcada hasta media frente. A Deilessa le fascinaba la autonomía que parecían disfrutar ambas cejas —las suyas subían y bajaban a la vez— y su pericia al componer muecas de desdén sin apenas mover músculos. Tras acallar a base de mordiscos en la lengua un comentario al respecto, se limitó a hacer una reverencia, el saludo público de los Maedai ante el Sennim heredero.

—Mereios, ¿no vas a besar a tu hermana? Difícilmente atentaremos a la dignidad si nadie nos ve.

—Nuestro último encuentro fue hace poco, dos semanas. No veo la necesidad.

Navhares ahogó un suspiro. Consideraba un fracaso personal que su primogénito, quien aún no había cumplido los once años, ya se condujese con la rigidez de su cargo. Él era su padre y eso debía contar para algo, pensaba, por más que la educación en palacio estuviese a cargo de su familia política. Sin embargo, era tan difícil… Ser el consorte de la Senniam, tener hijos, hacer de ellos niños felices y futuros gobernantes… Y todo cuando él mismo era un chiquillo desencantado de Argailias cuyo corazón estaba lejos.

—Padre, hay algo de lo que quisiera hablaros. —Mereios decidió ignorar a su hermana—. En breve comenzará mi instrucción militar con el maestro de armas veterano.

—¿Qué? Eres muy joven para eso. —Era cierto; los nobles elfos solían iniciar su entrenamiento en la adolescencia, a los veinte o veinticinco años.

—Pero no hay paz en el norte y mi respetado abuelo tiene una edad avanzada. Cuando sea Sennim habré de estar más preparado que nadie, tanto en las artes teóricas como en la práctica, y ya que vos seguís repitiéndome que renuncie a fortalecerme con las fórmulas de Elore’il, tendré que hacerlo con mi propio esfuerzo.

Aquella era una cuestión que Navhares ya había discutido con su hijo en varias ocasiones sin que sus pobres argumentos lograsen convencerlo. Era lógico: en torno al chico, todo el Distrito de los Nobles utilizaba filtros y pociones mientras ellos se abstenían de aprovechar la maestría del mejor laboratorio de la ciudad. Por desgracia, poco podía hacer su padre para que entendiese los auténticos motivos, pues Mereios era aún demasiado joven para escuchar que poseía sangre de tejedores y que la alquimia la contaminaría.

—Decidme entonces cuándo accederé a la voz de mando.

—Aquí no la necesitas.

—Vos la usasteis durante un tiempo, me lo han dicho.

—Después de mi boda. Espera a casarte para volver a pedírmela.

—Algún día seré el Sennim. No os atreveréis a negármela entonces.

Tan similar a él en su infancia… Aquello fue más de lo que Navhares alcanzó a soportar. Sus ojos se convirtieron en dos rendijas implacables.

—Tú te convertirás en el Sennim, cierto, pero yo seguiré siendo tu padre. Consumir esas estúpidas pociones es uno de los pocos aspectos de tu educación que dependen de mí, y yo te digo que ninguno de nosotros se envenenará con ellas. Y será así porque Deilessa y tú me importáis y pretendo lo mejor para vosotros.

La tensión era tan palpable que la niña empezó a tironear del encaje de su manga hasta rasgarlo para ocultar su incomodidad. Por suerte para todos, Mereios se avino a cambiar de tema.

—Al menos me enseñaréis estrategia, ¿no, padre? Todos hablan sobre lo acertado de vuestro parecer a la hora de desplazar tropas, defender posiciones y anticipar movimientos. Sorprendí a mi instructor comentando que ignoraba quién os había formado. Ni los consejeros ni el maestro de armas veterano de Elore’il tienen la excelencia de los de palacio.

—Eso es… fruto de mis lecturas y de la intuición. —Navhares se maldijo en su fuero interno. Detestaba mentir a sus hijos—. Llegarás a ser un gran estratega; mucho mejor que yo, que no pasaré de consejero.

—Sí, yo también lo creo. Al fin y al cabo, solo sois el consorte de mi respetada madre. Por cierto, el Sennim está reunido con el consejo y quiere veros.

—Iré enseguida. ¿Charlarás con Deilessa mientras estoy fuera?

—Me ofrecí a venir a avisaros, eso es todo. Tengo mejores cosas que hacer que perder mi tiempo de lecciones con una niña pequeña. Si me disculpáis.

El antiguo Maede de Elore’il observó con desaliento como se alejaba su hijo, seguido a cierta distancia por la sombra de su dotado personal. Su soberbio, su distante hijo… Un golpecito en el brazo dirigió su atención a otro rostro mucho más cálido.

—Estaré bien, padre. Leeré un libro, pasearé por el jardín o haré un dibujo de lo estirado que se vuelve Mereios cuando se pone a hacer de Sennim. Se le da muy bien lo de llevar la máscara.

—¿Qué máscara?

—Oh, lo que me estaba enseñando la abuela. Porque eso es lo que hace, ¿no?, practicar diplomacia escondiendo su cara amable debajo de la de sorber medicina amarga. Bueno, no tardes, ¿eh?

El ingenio, la picardía y el guiño de aquellos ojos tan similares a los suyos devolvió el buen humor a Navhares. Tras despedirse con un beso acudió a la llamada de su suegro, decidido a abreviar su ausencia al máximo. Las oportunidades de pasar un buen rato con su hija no se presentaban a menudo.

La antesala del Consejo carecía de ventanas que aligerasen la pesada atmósfera creada por la veintena de candelabros y los muebles recargados. El sillón del gobernante de Argailias presidía una mesa ovalada con dieciséis asientos menos ostentosos, destinados a los consejeros. Cruzando las puertas del fondo se accedía a una amplísima estancia donde tenían cabida representantes de todas las Casas nobles, si bien únicamente se empleaba en épocas más conflictivas o durante algunos eventos solemnes. Navhares saludó con una reverencia, aceptó las de los allí presentes y ocupó uno de los dos huecos libres.

—Ah, Navhares, bienvenido. —Fue el Sennim quien tomó la palabra—. Discutíamos la sorprendente retirada de las restantes tropas de la coalición del norte. Los barcos han despejado las orillas del río Lamedaek y hace tiempo que no se descubren rastreadores en los pasos de montaña que bordean Ummankor. Once años de ataques directos, ocupación de ciudades y escaramuzas y, de repente, todo está tranquilo. ¿Será el final de la guerra o una pequeña calma antes de la tempestad?

El interpelado estudió los otros semblantes vueltos hacia él; lo contemplaban con diversos grados de avidez, incluyendo un par de desganados escépticos. Hacía tiempo para idear alguna pregunta razonable antes de responder a la que había formulado su señor. Y para aparentar interés.

—¿Cuántos días han transcurrido desde los últimos reportes de actividad?

—Tres semanas —indicó uno de los consejeros—. Ya no queda ninguna ciudad que no se haya avenido a firmar el tratado de paz y a reanudar cordiales relaciones con nosotros y nuestros aliados. Sus ejércitos se han sometido a supervisión; negociamos compensaciones.

Navhares paseó la vista por el mapa desplegado en la mesa. El gran río Lamedaek servía de frontera natural a Misselas, el más septentrional de los principados en conflicto. Más allá y hacia el oeste se extendían varias leguas de bosque antes de alcanzar el macizo de Dallankor y las ciudades al otro extremo del continente, en su mayoría comunidades consideradas bárbaras hasta no hacía mucho a las que solían llamar, despectivamente, los bravíos. Era un hecho que los misselanos habían forjado alianzas con ellas para que tomasen parte en la contienda.

—Además, los barcos se han retirado —prosiguió el consejero—, lo que indica que los bravíos habrán declinado colaborar con Misselas. ¿Enviamos exploradores a cruzar los bosques para confirmarlo?

—Lo considero prudente. Respecto a los pasos de montaña, ¿es cierto que están despejados? Tenía entendido que se había llegado a prender en ellos a algún Sombra norteño.

—A menos que sus Darshi’nai hayan perfeccionado sus artes hasta el extremo, las cavernas del valle vuelven a estar bajo nuestro dominio incontestado.

—¿Qué deducís de todo esto, mi vanim? —El último participante en el diálogo representaba a los escépticos que veían más allá de la irrelevancia de tales preguntas—. ¿Nos ofreceréis una de vuestras agudas deducciones?

—Da la impresión de que la lucha por Ummankor se ha vuelto tan laboriosa que ya no les merece la pena.

—¿Así de sencillo? ¿Han desistido?

—Por ahora. Habrán encontrado nuevos intereses en otros lugares, intereses que les compensarán renunciar a la zona. O que quizá les sirvan para reanudar los ataques más adelante, quién sabe.

—¿Qué intereses? ¿Qué lugares?

Navhares clavó los ojos en el consejero inquisitivo.

—¿Y cómo voy a saberlo? Vos dirigís a los espías. Que hagan su trabajo.

 

 

El joven elfo recorrió a paso de desertor el camino de vuelta a las habitaciones donde lo aguardaba su hija. Detestaba esas reuniones de militares y estadistas intrigantes. No sentía la más mínima inclinación por la política ni por las armas, y todo cuanto sabía lo había aprendido obligado por las circunstancias. Era ignorante, aunque ese detalle tan obvio para él no lo era tanto para los consejeros de palacio, ya que sus conjeturas siempre apuntaban en la dirección correcta.

Todo se remontaba a cuatro años atrás, a una época en la que se estaban produciendo bastantes bajas entre los alquimistas y aprendices que trabajaban en Ummankor. Las muertes, achacadas en principio a las abominaciones, pasaron a ser tan numerosas y a dejar tantos cuerpos detrás que hubo que rendirse a la evidencia: las criaturas de las cavernas se llevaban los cadáveres, no podía ser obra de ellas. Los enemigos habían dado con una manera de infiltrarse. La sugerencia de Navhares de buscar y neutralizar un paso de montaña en un área donde a nadie se le habría ocurrido mirar, desechada al principio, fue puesta en práctica por algunos rastreadores, quienes localizaron un acceso que los norteños habían estado utilizando. Dado que el joven fue asaetado a preguntas, dejó pasar mucho tiempo antes de volver a abrir la boca. No obstante, los ataques continuados a las caravanas de alquimistas que viajaban al norte, ocurridos varios meses después, lo preocuparon lo suficiente para que aconsejase a su suegro reforzar la vigilancia de varias poblaciones consideradas seguras hasta entonces. Los ataques cesaron.

Y así transcurrieron los meses, entre prudentes recomendaciones que cada vez eran escuchadas con más respeto y menos recelo. Nunca faltaban los incrédulos. El yerno del Sennim era aún un niño de veintiún años, y si su asesoramiento daba en el clavo debía ser porque alguien se lo susurraba a espaldas de todos. Estaban en lo cierto… y equivocados.

Navhares era un vidente. En sus sueños se le revelaban retazos del futuro, visiones oníricas cuyas imágenes aprovechaba para asesorar a los suyos. Por más que la dependencia de las pociones para paliar los efectos de su maduración repentina hubiera mermado su talento, la sangre de tejedores recibida de su padre era fuerte. La década de tutelaje secreto impartido por los guías de Dervarn —Tirsseil y Savran— había obrado el resto: ellos le habían enseñado a recordar las escenas, a distinguir las aleatorias de las posibles, a interpretarlas cuando carecían de claridad. En aquella época daba sus primeros pasos para forzar determinados eventos dentro de sus sueños y no depender del azar, aunque sus logros eran pobres. Los videntes legendarios se formaban desde la niñez, su sangre era pura, su dedicación exhaustiva; él vivía ahogado por la alquimia, lejos de la fuente de su poder, cargado de deberes mundanos, enfrentado a una familia que no entendía por qué negaba a sus hijos y a sí mismo las ventajas de las pociones. Se sentía abandonado en una encrucijada, el único elfo en Argailias consciente de dos herencias que tiraban de él en dos direcciones muy diferentes.

La segunda bienvenida de su hija ahuyentó los sombríos pensamientos. Su alegre, su inteligente hija… Pronto le contaría la verdad sobre sus ancestros y ella lo entendería, incluso se llenaría de orgullo. Al mirar sus iris de color corinto se preguntaba si desarrollaría algún talento mágico igual que había hecho él. Y si así era, ¿qué sucedería? ¿Participaría de su soledad en un entorno donde todos habían olvidado a los tejedores? ¿Sería obligada, como Maediam de Elore’il que era, a servir de puente entre ambos mundos, a obligarlos a recordar? La responsabilidad era enorme para una niña tan pequeña.

Ni siquiera quiso pensar en la de su hijo mayor. Le resultaba abrumador.

Ya en sus aposentos privados —cumplidos sus deberes para proveer el trono de palacio y el sitial de la Casa, hacía mucho que no frecuentaba la alcoba de la Senniam—, Navhares hurgó entre sus libros y extrajo un ensayo sobre lengua silvana camuflado bajo la cubierta de un libro de viejas canciones. Le gustaba empaparse de la cultura de sus parientes, los Silvanos. Disfrutaba imaginando que compartía cosas con él, allá en los bosques del oeste.

—Cama solitaria, lectura para caer en coma al primer párrafo… Pero qué poco envidio tus aficiones, chiquillo.

Navhares saltó al sonido de aquella voz surgida de la nada. Una serie de franjas negras se materializaron a toda rapidez en el aire antes de componer la alta, atrayente y decididamente viril figura de un elfo con muy pocos complejos para lucirla.

—¡Vira! —Tras la sorpresa inicial, las facciones del joven se iluminaron—. ¿Y Caradhar?

—Con todo el dolor de mi corazón te comunico que vengo solo. No, miento, mi orgullo herido me impide compadecerte tanto —matizó ante la decepción que siguió a la brillante sonrisa—. Celebro verte, Navhares. Mis más cálidos saludos a ti también, Navhares.

—Ah… No es que no me alegre de verte, es que… hace varias semanas que no sé nada de él. Y puedes ahorrarte el sarcasmo, de eso tengo de sobra por aquí.

La relación del Silvano y el argailiano, establecida a lo largo de diez años de contactos furtivos, era, cuando menos, complicada. Vira, escolta de los guías y de Caradhar, se había mantenido desde el principio en un segundo plano mientras estos aliviaban la dependencia del joven y lo ayudaban a desarrollar su valioso talento de vidente, un don tan raro que apenas un puñado de elfos lo manifestaba en cada generación. Tras el distanciamiento inicial, habían empezado a intercambiar algunas frases, inspiradas la mayoría por la curiosidad de Navhares hacia los talentos de combate del extranjero. Para desgracia del muchacho, Vira jugaba con ventaja —ya lo sabía todo sobre él—, y su ligera condescendencia no pasaba desapercibida. El Silvano fue colocado con prontitud en la misma categoría que Sül, eterno compañero de Caradhar: en la de los males ineludibles.

—Encantadora tu pequeña, por cierto. No se parece mucho en carácter a su hermano. ¿Estás convencido de que los dos son tuyos?

—¡Claro que son míos, cómo te atreves! —ladró Navhares, quien, para diversión de Vira, siempre caía en tales provocaciones—. ¿Has estado espiándonos?

—No por gusto, créeme. Simplemente, soy muy respetuoso y no deseaba interrumpir vuestra intimidad. Puestos a elegir, habría preferido darme una vueltecita por los burdeles de la Zanja antes que vigilar el juego de dos nenitos.

—¡No soy un nenito! ¡Y tú eres… eres…! ¡Estomagante! Por si estabas pensando hacerlo en el futuro, te prohíbo que te acerques a mi hija. ¡A saber qué indignidades le enseñarías!

—Serénate, los nenitos y las damas están muy a salvo de mí. ¡Qué genio! Y eso que hoy has disfrutado de buena compañía. ¿Tanto te desagrada que tu papá no se haya presentado?

—¿A qué has venido? —El humor de Navhares se enfrió. La mención de su parentesco con Caradhar solía causar ese efecto.

—A controlar tus progresos. A aplicarte tu tratamiento. A comprobar si has tenido sueños estos últimos días.

—A mis sueños puede acceder Savran a través de mi mente y el tratamiento ha de aplicármelo él en persona. ¿Cómo vas a hacerlo tú?

—Oh, eso… He roto mi conexión anterior y he construido una nueva. Ahora soy el fulcro del guía, sus preciadas manos y su preciado cerebro. Ábrete la túnica.

—¿Qué? ¿En serio te vas a ocupar del ritual? —Un nuevo desengaño al considerarse relegado se pintó en su rostro—. ¿Y por qué he de abrirme la túnica? Savran se limita a sujetar mi brazo.

—Savran va a purificar tus pulmones a distancia y el procedimiento será más sencillo cuanto mayor sea la proximidad a estos. Agradece que no tenga que meterte las manos por el gaznate y estrujarlos en directo.

Convertirse en el fulcro de un elfo con el talento —en un conducto para su magia— era un proceso que llevaba años. Lo mismo sucedía para romper un vínculo y establecer otro, contando además con la limitación de que pocos alcanzaban a sustentar más de uno. Solo tejedores poderosos como el guía se valían de dos o tres fulcros a la vez, y Vira había accedido a ser uno de ellos, su contacto con Argailias.

Navhares se soltó los cierres del cuello con desconfianza y expuso su pecho a las palmas de Vira, que se acomodaron sobre sus pectorales. La purificación era un ritual arriesgado y penoso: implicaba una transferencia de sangre infectada al sanador a través del contacto, sangre que este hacía suya y purgaba en su interior. Dado el peligro que las dos partes corrían, la una por la pérdida y la otra por la contaminación, se practicaba en reducidas dosis y de manera muy extendida en el tiempo. Navhares sabía todas esas cosas y por eso se sorprendió al convertirse en paciente de aquel Silvano de lengua tan afilada; la magia remota era la de Savran, pero el cuerpo expuesto era el de Vira. Un sacrificio, a su pesar, digno de reconocimiento.

—Gracias —musitó, dolorido, cuando la sesión hubo finalizado—. No tenías por qué prestarte a ello. Podría haber esperado.

—Bah, figúrate, me ha servido de excusa para darme una vuelta por Argailias. Dervarn anda escasa del tipo de esparcimiento que me agrada. Para tu tranquilidad, te diré que quienes esperabas no han acudido porque se celebra una ineludible reunión de clanes, no porque pretendiesen darte esquinazo. Escuché la sugerencia que acabas de regalarle a tu querido suegro sobre los norteños. Has tenido un sueño premonitorio, ¿eh?

—Hace cinco o seis noches. Yo… no se lo habría contado si no me hubiesen convocado al consejo. No hasta obtener el beneplácito del guía, al menos, aunque mi cabeza ha estado muy silenciosa estos días y no he logrado pedírselo. Si estabas allí, habrás comprobado que no les conté mucho.

—Ahora que lo mencionas, el principal motivo por el cual me he presentado aquí es que Savran ha experimentado ciertas dificultades para acceder a tu mente. Daba la impresión de que lo estuvieses bloqueando a propósito.

—¿Yo? ¡Si nunca he sabido cómo hacerlo!

—Las cosas se ignoran hasta que se aprenden. De acuerdo, hemos establecido que el bloqueo no ha sido voluntario. ¿De qué trataba ese sueño?

—Estaba en unas cavernas y mis ojos eran los de un alquimista. No lo supe al principio, apenas distinguía sombras a la luz de un candil y mis propios pies pisando con cuidado sobre las rocas de un túnel que descendía. Después mi vehículo bajó la vista a su cintura y descubrí la bolsa que suelen llevar los alquimistas en sus expediciones, con ese pequeño martillo sobresaliendo, y supe. Notaba la humedad del suelo, el tacto rugoso de la piedra bajo la mano con el mitón. Mucho más abajo me detuve… se detuvo, iluminó la pared y tomó su martillo. La luz caía sobre vetas grises y nódulos brillantes dispersos, que él… o ella, era una elfa…, que ella extraía con ayuda de su herramienta. Imaginé que estaba en Ummankor, pues ya lo he visitado antes en sueños y conozco lo que hacen allí, si bien me resultó extraño. El corredor estaba lleno de agua. No, no era agua, era un líquido oscuro que lo inundaba todo, y yo sabía que en Ummankor no trabajaban en áreas medio sumergidas. Es decir, en realidad no lo sabía yo, sino mi vehículo. Ella llenó un saquito de escamas grises, se escucharon chapoteos aproximándose… Más alquimistas acudieron y hablaron a gritos, igual de entusiasmados, y se felicitaron por el descubrimiento, y tomaron medidas para construir un pozo y una extraña máquina para achicar el líquido.

»Ignoro si esto ocurrió después o si no ha ocurrido aún. Pero lo hará, ¿verdad? Hay otras cavernas similares y los norteños las han localizado. Por eso se han retirado de la contienda, porque ya no les hace falta luchar por lo que pueden conseguir con facilidad lejos de Ummankor.

Vira se acarició el labio inferior mientras ponderaba la información. Por una vez no se asombró tras escuchar los presagios del muchacho; aparentaba buscar las palabras adecuadas para responder.

—Lo que me has contado sí que sucedió —dijo al fin—. Hace cuatro días, para más señas, y sin faltar detalle. En un laberinto de túneles bajo la cordillera al norte de los bosques del río Lamedaek, lo que vosotros llamáis tierra de bravíos.

—¿Qué? ¿Cómo…? ¿Cómo podéis saberlo si es tan reciente?

—El asunto es de la máxima urgencia. En la actualidad no contamos con ningún contacto activo en esa zona, ni telépatas ni fulcros, así que uno de los descubridores abrió un portal para comunicárnoslo. ¿Sabes la energía que consume un hechizo de portal, siquiera para transmitir unas cuantas frases? No, qué vas a saber… En definitiva, Savran me envió a verte no bien se enteró, y yo le he dado poca tregua a mi pobre caballo y a mi no menos pobre trasero para obedecer. Ahora él, Caradhar y los demás andarán a medio camino del Lamedaek para reunirse con quienes nos pusieron al corriente.

—¿Quiénes son esos? ¿Y por qué es tan urgente? ¿No es positivo para nosotros? La guerra ha acabado, al menos por ahora.

—Podría señalar un par de inconvenientes en tu razonamiento. Para empezar, ¿quién te dice que los misselanos y compañía no van a volver a presentar batalla en cuanto abastezcan sus laboratorios? Y con mucha más fuerza. Estos años de escaramuzas quizá sean una anécdota comparados con lo que nos depare el futuro.

—Nosotros también nos prepararemos. Aconsejaré al Sennim que refuerce nuestros ejércitos, que entrene luchadores con técnicas Darshi’nai. Y me tienen a mí. —Alzó la barbilla con determinación—. Mis visiones les ayudarán. Me esforzaré, pronto habré aprendido a reconducirlas.

—Muy bien, chico seguro de ti mismo. Otra cosilla: ¿te has preguntado por qué esas cavernas son igual de valiosas para sus alquimistas que Ummankor para los vuestros? ¿Qué crees que custodian en sus entrañas?

—Pues… La materia prima para las pociones más valiosas, como la voz de mando.

—¿Que es originada pooor…?

Las mejillas de Navhares palidecieron.

—¿Quieres decir que hay abominaciones? ¿Que una de vuestras… deidades duerme allí?

Nuestras deidades.

—Nuestras, de acuerdo. ¿Es cierto, entonces? ¿Hay otros Silvanos a su cuidado?

—¿Quién supones que tejió el portal?

—No lo entiendo. Si es tan importante, ¿por qué mi talento no nos ha avisado con antelación? Un día nada más… ¿La magia que fluye de las deidades no habría querido ser utilizada para impedir que descubriesen su escondite?

—Por no hablar de que el guía y tú habéis estado incomunicados. El resultado de la suma de esas circunstancias es que tu visión se ha convertido en el aviso de un mero hecho consumado.

—No, no lo entiendo —repitió Navhares, sujetándose las sienes. La angustia por su aparente fracaso, por perder lo que lo vinculaba a Caradhar, se apoderó de él—. ¿Mi poder ya no sirve para nada?

—Tómatelo con calma, chiquillo, dudo que sea eso. No soy un experto, pero ¿y si los dioses pretendían que sucediese? ¿Y si no debíamos entrometernos?

—¿Por qué iban a desear algo así?

—Eso es lo que nuestros clanes han de establecer. Por lo que Savran dejó caer, tal vez estén ocupados una buena temporada. Tendrás que ser paciente hasta que se reanuden sus visitas.

—¿Paciente? Ya llevo mucho tiempo siendo paciente. ¿No debería involucrarme más? Durante esta década apenas he pisado el exterior de la ciudad, jamás he conocido la tierra de mis antepasados. ¿No es el momento justo para que me permitáis ir a Dervarn? —La mirada teñida de desilusión de Navhares chispeó con un repentino entusiasmo—. Caradhar está allí y quizá sea peligroso. Quiero ayudarlo.

—Peligroso, ¿eh? Razón de más para no dejar que te acerques a diez leguas a la redonda. Tu padre me mataría. No, miento: me obligaría a matarme yo. Con una cucharilla, para prolongar la agonía.

—Pero mi talento puede ser útil. Si la conexión con Savran está interrumpida, me necesitarán a su lado.

—La mía no lo está, soy su fulcro. Y yo estoy aquí, ejem.

—Vosotros siempre decís que la energía mágica fluye mucho más pura en los bosques. ¿Quién sabe lo que sería capaz de soñar sin las interferencias de la ciudad y del agua contaminada? ¡Tenéis que dejarme experimentarlo!

—Vamos a ver, eres el consorte de la Senniam y el padre de los gobernantes venideros de palacio y de Casa Elore’il. Sería interesante que me explicases cómo sacarte de Argailias sin provocar un peliagudo conflicto político. Por no hablar de tus deberes paternos.

—¿Y mis deberes…? —Se mordió la lengua antes de pronunciar filiales—. Mis otros deberes con Caradhar. Mereios es inteligente, está hecho para su futuro título. En cuanto a Deilessa… Bien, Corail se hace cargo de su sucesora con un mimo que me ha asombrado. Aquí no soy imprescindible. Para ausentarme simplemente he de comunicar que voy a pasar una temporada de retiro en el Templo de la Luna, meditando y agradeciendo la paz a la diosa. El tiempo dedicado a honrarla es sagrado, nadie se atrevería a perturbarlo. Y ahora que no hay frentes abiertos, en palacio me lo permitirán.

—Me lanzas respuestas para todo, ¿eh? No vamos a discutir ahora, duérmete como un niño bueno y veremos si tienes otro de esos sueños. Hablaremos por la mañana.

—Navhares, me resulta difícil creer que pretendas enclaustrarte en el templo. Tú nunca has manifestado una especial tendencia a la espiritualidad.

Tras conseguir el beneplácito de su suegro, el joven presentó sus deseos ante Corail. El trámite fue mucho menos sencillo; su supuesta madre lo conocía mejor que su familia política.

—Comprendo que para ti sea complicado aceptarlo. Después de todo, es imposible que mis motivos sean los mismos por los que tú acabaste allí. —La ironía hacía referencia al único embarazo de la dama.

—¿Has de mostrarte cruel? A veces eres tan digno hijo de tu padre que me asustas. —La réplica fue una buena venganza, pues su evidente ambigüedad sacó al muchacho de sus casillas—. ¿Cuántos días planeas aislarte?

—No es asunto tuyo. Un par de semanas, puede que más.

—Ah, sí que es asunto mío. Tiene algo que ver con Caradhar, ¿cierto? Pretendes buscarlo o ir con él. No te sobresaltes; te conozco, te he criado y sé que en todos estos años desde su desaparición habéis mantenido algún tipo de contacto. Podría obligarte a hablar. Ya no haces uso de la voz de mando desde que te sobrevinieron esos peligrosos escrúpulos que yo, loados sean los dioses, no he sufrido. Podría hacerlo, pero quiero que me lo cuentes por propia voluntad. —Lo aferró por el antebrazo y acercó los labios a su oído—. Es mi hijo, tengo derecho a saber dónde está.

—No, no lo tienes ni lo tendrás, como averiguarás si intentas algo así conmigo. —Tragó saliva. Aun con la disciplina mental adquirida gracias al duro entrenamiento, era difícil retar a un usuario de la poción—. Se encuentra a salvo en un lugar mejor para él.

—¿En un lugar al que ni los Darshi’nai acceden? ¿Y por qué siempre se esfuma sin dejar rastro? ¿Por qué tú sigues siendo parte de su vida y a mí me ha dejado de lado?

—Porque tú conseguiste lo que deseabas, un trono y un sitial para tu estirpe. A mí solo me queda eso y el cariño con cuentagotas de mi hija.

—¿Crees que el prestigio ha sido mi única aspiración? He enmendado mis errores, mi familia es lo que más me importa. Mi familia al completo, Navhares.

—¿Sabes qué es lo más gracioso? Que, a diferencia del resto, Caradhar es feliz. Se las arregla de maravilla, madre, no es preciso que te preocupes por él. Ni por mí.

—¿Y de qué forma pretendes… llevar a cabo lo que sea que estés planeando?

—Eso corre de mi cuenta. Voy a despedirme de Deilessa. Y te repito que no te metas.

Uno de los momentos más emocionantes en la vida de Navhares fue la madrugada de su salida de Argailias. La aventura comenzó al abandonar su estancia de retiro en el Templo de la Luna y sus bien vigilados muros con un simple saquito de equipaje, para luego deslizarse fuera de la muralla de la ciudad burlando las miradas penetrantes de los vigías. Atrás dejaba a Niliara, la Darshi’nai, ocupando su lugar en el templo. Por fortuna, los elfos en periodo de meditación no hablaban con el clero ni con los sirvientes, y muchos no dejaban ver su rostro; suplantarlo era una misión sencilla para una Sombra entrenada. Aunque el subterfugio no convencía a Vira, pocas alternativas había a su disposición, al menos hasta que un nuevo vigilante Silvano llegase a la ciudad.

Dos caballos los aguardaban a él y al obrador de la escapada milagrosa allá donde daba comienzo la franja de hierbas altas en los márgenes del camino del sur. La noche cálida ocultó su carrera, su posterior trote a la zona de los túmulos y su partida por el sendero entre los árboles del Bosque de la Antigua Raza. La oscuridad fue absoluta hasta que el Silvano estimó que estaban lo bastante lejos para encender una lámpara. Entonces se avino a devolverle las riendas de su montura al muchacho —hasta ese instante había guiado él a los dos animales— y le ordenó que se pegara a su trasero —literalmente— en tanto alcanzaban un área segura. Navhares no llegó a ofenderse, fascinado como estaba por tan brutal desafío al protocolo y por la incredulidad ante su buena suerte. Después de esperar tanto, al fin le permitían reunirse con Caradhar. Era su sueño hecho realidad, por más que se materializase a las órdenes de aquel elfo irrespetuoso que debía tener ojos de búho, dado lo bien que se las arreglaba para avanzar en pos de una luz tan mezquina.

Tras cuatro jornadas muy duras para alguien poco acostumbrado al ejercicio, Navhares distinguió la primera plataforma, la primera pasarela, el primer edificio abrazado a un majestuoso tronco de árbol, y ahogó una exclamación. No era lo mismo contemplar Dervarn en visiones que adentrarse en su naturaleza singular con los ojos bien abiertos y el deseo desbordado de una década. El entramado de construcciones atrapó su vista en las alturas, hasta el punto de que casi olvidó comprobar por dónde pisaba y quién lo estudiaba a su vez: una multitud de elfos con vestiduras pardas y verdes —varios de ellos con las marcas de la magia en sus iris o cabellos— se habían asomado para ver pasar a la segunda generación de la mezcla de sangres, al vidente arrebatado de su pueblo por culpa de los azares del destino. Acostumbrado a las multitudes, el joven no se sintió intimidado, si bien tampoco llegó a entender a qué se debía tal interés. No era consciente de su singularidad. Para no abrumarlo, el guía nunca había insistido en la trascendencia de su talento ni en lo que le habría aportado a su gente de desarrollarse entre ellos.

Disfrutó de poco descanso. Fue conducido a uno de los edificios más amplios, invitado a asearse y a alimentarse, y saludó después a algunos de los notables de Dervarn: la guía Tirsseil, el llamado Padre y un elfo a quien no conocía pero del que había oído hablar y vislumbrado en sueños, Lioges. El hermano de Vira tejió un hechizo de restauración para aliviarlo de las molestias del viaje. Igual que Caradhar en el pasado, Navhares lo encontró diplomático y de trato agradable —muy diferente a su hermano—, aunque había algo en él que le inspiraba desconfianza. El joven no tuvo que esforzarse mucho para entender que el sentimiento eran simples celos.

Mas las visitas se manifestaron y desvanecieron con la rapidez de un diente de león en un vendaval. Atrás tendrían que quedar las maravillas de la misteriosa Dervarn por el momento; su viaje debía continuar hacia el norte, al punto intermedio donde los clanes celebraban ya su encuentro. Vira se reabasteció a toda velocidad, lo instó a que vistiera ropas más apropiadas para el camino —sin éxito— y se cercioró de que su reemplazo en Argailias llevase a cabo su tarea. No estaba de buen humor; Padre lo había sermoneado durante una hora sobre la absurda decisión de arrastrar tras de sí a un delicado y valioso muchacho de ciudad y exponerlo a los riesgos del bosque. Para huir del atosigamiento, el Silvano prácticamente lanzó a Navhares sobre la silla del caballo, sin darle oportunidad de cumplir las reglas básicas de la cortesía.

Lo último que atrajo la atención del joven antes de partir fue una pequeña figura encaramada al alféizar de una ventana baja. Se trataba de un niño elfo de corta edad —la misma que Deilessa— con la melena y los ojos de un intenso color corinto, quizá más brillante de lo común. Pese a la distancia, no era difícil distinguirlos, pues lo atravesaban con un descaro imposible de pasar por alto. Navhares se estremeció. No había visto jamás a aquel chiquillo; para él, rebuscar en los recuerdos implicaba hacerlo en ambos mundos, el de la vigilia y el onírico, y estaba convencido de que no habría olvidado aquellas hermosas facciones infantiles. Sin embargo…

Ante él se desarrolló una escena inesperada. Una mano soltando unos dedos más pequeños. Un rostro femenino, radiante y audaz, que se giraba con desdén. La familiar mirada roja de su padre, fija en otra más próxima al suelo, y esa curva sutil que era la marca de sus sonrisas. «Hola. Has crecido», silabeaba, más que pronunciaba, la voz de este. Y todos los elementos de ese escenario se superponían unos a otros, se aceleraban o ralentizaban de manera desmedida, y sus contornos quedaban envueltos en una confusa neblina. Navhares sacudió la cabeza y parpadeó reiteradas veces hasta que logró volver a centrarse, evitando por los pelos perder el equilibrio sobre su montura. Ni el niño ni nada de cuanto había presenciado estaban ya allí.

No se paró a meditar si aquello había sido un delirio o la intrusión de otro telépata en su mente. Se concentró en la grupa del animal que trotaba ante él, en la trenza oscura que ondeaba sobre la espalda de su jinete. Pronto estaría con Caradhar. Las respuestas a sus dudas dejaron de tener tanta importancia.

Los Silvanos conocían rutas secretas que atravesaban las montañas y los bosques sin desvíos ni rodeos. El tramo subterráneo no fue del agrado de un Navhares poco acostumbrado a la sensación de ahogo de los túneles; por más que aspirase, parecía que el aire no le llenaba los pulmones. Presa del pánico, se detuvo.

Ninguno de los argumentos de Vira lo convenció para continuar. Cuando este ya se planteaba usar un sutil toque de empatía —o la pura fuerza física—, el muchacho recuperó el aplomo con varias inhalaciones profundas y reanudó su avance sin decir una palabra. El Silvano no se engañaba: un cambio tan drástico de actitud solo podía provenir de una fuente externa, la de los poderes telepáticos de Savran. Sin embargo, no experimentó la típica sensación que recorría su cuerpo cuando el tejedor remoto al que servía de fulcro lo estaba usando. Era extraño.

Al otro lado de los túneles de roca los esperaban más arboleda y más horas de trote silencioso. Y al fin, cuando ya Navhares se sostenía sobre la silla a base de pura testarudez, las señales de un vigía camuflado entre las ramas los condujeron a una zona despejada entre troncos centenarios. El campamento no era visible desde el suelo, así que el joven hubo de esforzarse para localizar las escalas y las plataformas provisionales dispuestas sobre las ramas. Agotado como estaba, no protestó al ser prácticamente izado en volandas a la más amplia de todas.

Un grupo de Silvanos sentados en círculo giraron sus rostros hacia los recién llegados; los ojos cansados de Navhares distinguieron entre ellos el de Savran, con su gesto siempre amable. El segundo que llamó su atención pertenecía a un elfo con aspecto de guerrero, acuclillado detrás del guía. Su atuendo ajustado, al estilo del de Vira, ya destacaba entre las capas y capuchas verdes de los presentes, pero lo que admiró al muchacho fue el cortísimo cabello que lucía. Nunca antes había visto a uno de su raza con la nuca al descubierto, y los singulares adornos metálicos que atravesaban su oreja derecha de arriba abajo sobresalían más en aquella cabeza despejada. Aunque Vira disimulaba mejor su curiosidad, también echó un buen vistazo —según comprobó Navhares— al exótico personaje.

Por fortuna para el joven, la ronda de presentaciones al corro de asistentes duró poco y no se requirió de él que hablase en público. Un encapuchado le hizo señas para que lo siguiese a otra plataforma a través de una pasarela de vértigo. El desconocido tuvo que arrancar sus dedos de las bamboleantes cuerdas que se resistía a soltar tras la odisea; una risita nada disimulada acompañó la maniobra.

—Tranquilo, Navhares. No van a tomarse la molestia de subirte aquí para luego dejar que te estampes contra el suelo. —La capucha cayó, revelando la negra trenza y los rasgos de Sül—. Te has salido con la tuya para fugarte de Argailias, ¿eh?

Una segunda figura le salió al encuentro, el rojo de su melena la nota de color más rabiosa de todo aquel escenario arbóreo. A pesar del cansancio, la expresión del muchacho se iluminó.

—¡Caradhar!

El dotado celebró con una de sus discretas sonrisas la llegada de su hijo. Abrió los brazos, le asió las sienes con gentileza y mantuvo sus frentes unidas durante el tiempo que este se tomó para abrazarlo. A Navhares siempre le costaba dejarlo ir. Era como si no aceptase la realidad de su presencia y necesitase aferrarlo entre sus dedos para evitar que se desvaneciese.

—Caradhar… Te esperé durante muchos días.

—Tranquilo. Ya hablaremos después, ahora descansa.

—Pero… ¡Pero tengo mucho que contarte! He soñado y he visto Dervarn y…

—Y apenas despegas los párpados. No me voy a ningún sitio. Duerme.

Lo empujó hacia un singular artefacto de cuerdecitas flexibles, colgado de una rama, que hacía las veces de hamaca. Resultaba complicado subirse y guardar la compostura con su larga túnica argailiana; Sül volvió a dejar escapar un bufido burlón.

—Dime una cosa, solo una —rogó Navhares sin desasirle la mano—. ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué ha sucedido?

Caradhar no respondió. Con todo, una voz desconocida resonó en los oídos del joven. No procedía de este ni del guía; era una visión de duermevela, los últimos pensamientos lúcidos de una mente cansada antes de cruzar al reino de la inconsciencia.

Los dioses han despertado.

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