La noche •Capítulo 12•

Un poco más calmado, Yarik volvió a entrar en la discoteca, pidió una botella de vodka en la barra, desechó el vaso que le ofreció la camarera y, tras darle un largo trago, se la llevó consigo al reservado de Viktor. La escena que allí se encontró no le sorprendió ni un poco debido a que ya estaba bastante familiarizado con los retorcidos pasatiempos de su jefe. Aunque la mayor parte de las veces se rehusaba a participar por los malos recuerdos que estos evocaban en él, ya había cedido a la tentación en más ocasiones de las que le gustaba reconocer. «Soy un bastardo alcohólico y degenerado, como mi padre», se reprochó antes de caminar hacia Álex, quien permanecía de rodillas en el centro de la habitación, con las manos atadas a la espalda, completamente desnudo y con el miembro de Viktor bien enterrado en su boca. Se detuvo al lado de este último y se bajó la cremallera del pantalón.

—¿Te unes a nosotros, Yarik? ¡Fantástico! —le espetó Viktor con una amplia sonrisa de satisfacción en la cara—. Este mariconazo es un maestro comiendo polla.

—Eso ya lo veremos —repuso, tirando con una violencia desproporcionada del pelo de Álex y encajándole la suya hasta la garganta.

El español se atragantó y tosió al tiempo que una punzante sensación de temor recorría su cuerpo. Aquello no se parecía en nada a su encuentro con Joseph en el servicio de caballeros. El negro había estado controlado en todo momento, usando solo la fuerza necesaria para convertir aquel juego de dominación en algo excitante, sin que llegase a resultar desagradable y asegurándose de que su amante ocasional también se divertía. Pero esos hombres eran dos perturbados agresivos y peligrosos, no les preocupaba hacerle daño y aún menos que Álex lo disfrutase. Solamente buscaban reafirmar su pobre masculinidad humillando a otra persona más débil. En cualquier momento, las cosas podrían salirse de madre y terminar muy mal para él. Además, sabía que con los brazos inmovilizados le resultaría muy complicado defenderse.

Se recordó que debía mantener la cabeza fría porque si quería sobrevivir a aquella noche, tendría que mostrarse débil y sumiso o ellos lo verían como una amenaza y actuarían en consecuencia. Respiró hondo y volvió a tragarse el pene de Yarik mientras forcejeaba discretamente con las ataduras de sus muñecas para aflojarlas. Viktor le había inmovilizado los brazos con una corbata, pero no parecía que hubiese hecho un nudo demasiado seguro porque el gogó podía notar cómo cedía un poco al tirar. Supuso que seguramente el vor no lo consideraba ningún peligro real para él, sino que toda aquella parafernalia de atarlo obedecía más a satisfacer un morbo enfermizo de sentirse superior, y por eso no se había esmerado nada a la hora de amarrarlo. En cualquier caso, ese descuido le venía muy bien a Álex porque, tras ejercer un poco de presión, consiguió desapretarla lo suficiente como para poder sacar una mano en caso de que fuese necesario. También le hubiese gustado cerrar los ojos para evadirse de la asquerosa agresión que estaba sufriendo, pero le pareció más prudente mantenerse con la guardia alta por si se veía obligado a defenderse. Toda precaución era poca en una situación así.

De repente, la polla de Viktor golpeó su mejilla y una mano le sujetó la cabeza, tirando enérgicamente de esta para reclamar su cuota de atención y obligarlo a abandonar el miembro de Yarik, que rápidamente fue sustituido por el de su jefe. Álex podía notar cómo unos finos hilos de saliva, mezclados con el fluido preseminal de los dos rusos, se iban escurriendo por la comisura de sus labios, empapándole la barbilla y el cuello. Ante la espantosa experiencia, una oleada de emociones negativas se amontonó en su mente, dominando cada uno de sus pensamientos, pero había una que destacaba sobre todas las demás por ser la más fuerte e intensa que había experimentado en toda su vida: repulsión. Una repulsión tan profunda que le revolvía el estómago y lo hacía sentir enfermo mientras notaba cómo ese nauseabundo falo se abría paso en su boca. Se esforzó por mantener a raya las arcadas y continuó chupando, sabía que si se negaba las consecuencias podrían ser terribles.

Tras pasárselo varias veces, como si de una pelota de ping-pong se tratase, los rusos se pegaron más el uno al otro y una mano, que Álex no alcanzó a distinguir a quién pertenecía, agarró aquellas dos barras de carne y las dirigió a su boca. El español sabía muy bien lo que venía a continuación, no era la primera vez que realizaba aquella práctica, pero nunca lo había hecho bajo tanta presión. Separó los labios hasta el límite de su capacidad, casi notando cómo se le desencajaba la mandíbula. Los otros penetraron en él muy despacio, llenándolo por completo, para después empezar a entrar y a salir por turnos mientras uno de ellos lo sujetaba firmemente por la nuca para que no pudiese retroceder. Ambos suspiraban satisfechos, reían por lo bajo y bromeaban sobre las impresionantes tragaderas de su nueva mascota. A la humedad de la saliva, el gogó sumó la de sus lágrimas, aunque no estaba seguro de si se debían al esfuerzo o a la rabia, o quizá fuese una mezcla de las dos cosas.

Poco después, no satisfechos con los turnos, los dos comenzaron a arremeter contra él al mismo tiempo hasta que Álex volvió a atragantarse y tuvieron que soltarlo por miedo a que les mordiese en medio de un ataque de tos. Viktor lo agarró de los rizos y tiró de su cabeza hacia atrás, lo observó con una sonrisa enfermiza dibujada en la cara, le escupió en la boca y después le propinó un fuerte bofetón. Al momento, una intensa sensación de euforia recorrió el cuerpo del vor, provocándole incluso más placer que los favores sexuales que estaba obteniendo a la fuerza. No había nada que le produjese más satisfacción que tener a esos niñatos españoles a su merced para hacer con ellos lo que quisiese siempre que le apeteciese. Era su pequeña venganza personal. «Puedo follármelo todas las veces que me dé la gana, puedo alquilarlo a otros, puedo matarlo… Incluso puedo comérmelo si quiero. ¡Su vida me pertenece!», pensó, complacido. Intercambió una breve mirada de diversión con Yarik y después volvió a centrar toda su atención en el gogó para lanzarle una de sus amenazas habituales:

—Esta noche vas a saber lo que se siente cuando te joden dos hombres de verdad, maricona.

«¿Dos hombres de verdad? ¿Dónde?», se preguntó Álex, lleno de asco. Y tuvo que realizar un esfuerzo titánico para no decir en voz alta lo que estaba pensando porque ambos le parecían los seres más rastreros que había tenido la desgracia de conocer en mucho tiempo. Sabía que era más seguro y sensato guardar silencio, pero aun así no pudo evitar que sus ojos se llenasen de un rencor mal disimulado que hizo gracia a Viktor y provocó indiferencia en Yarik. Sin embargo, cuando vio las expresiones lascivas en sus agresores y comprendió lo que se disponían a hacer a continuación, la rabia fue sustituida casi en su totalidad por el miedo y su determinación de tratar de mantener la calma flaqueó.

Álex ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar antes de que Yarik lo levantase del suelo a toda prisa y lo inclinase sobre el reposabrazos del sofá, hundiéndole la cara en el asiento y dejando su culo en pompa. Acto seguido, dos manos se aferraron con brusquedad a sus nalgas para separarlas y un escupitajo se deslizó entre ellas. No pasaron ni cinco segundos hasta que advirtió cómo un dedo impaciente se iba abriendo paso en su interior, entrando y saliendo unas cuantas veces antes de que se le sumase un segundo y luego un tercero. Los notó doblarse como garras, separarse y volver a juntarse, e incluso percibió leves e intencionados roces en ese punto estratégico que tanto enloquecía a los hombres, hasta que inevitablemente su esfínter comenzó a relajarse, traicionando así al resto de su cuerpo. Al español le sorprendió un poco que se tomasen tantas molestias para prepararlo en medio de una violación, aunque fuese de forma apresurada, pero no iba a protestar por ello.

A Yarik no le preocupaba lo más mínimo si Álex sufría o disfrutaba con lo que estaba a punto de hacerle porque lo único que le había importado siempre era la obtención de su propio placer. No obstante, se consideraba un hombre práctico y sabía por experiencias pasadas que si intentaba penetrar un ano sin lubricación ni preparación de ningún tipo, el resultado sería muy desagradable: únicamente obtendría una fuerte resistencia, sangre en abundancia y dolor para ambos. Por eso prefería tomarse un par de minutos en cubrir el molesto pero necesario trámite de dilatar a sus víctimas antes de tirárselas, de esa forma se evitaba los inconvenientes y podía concentrarse en satisfacer sus necesidades sin estar constantemente preocupado por terminar cubierto de sangre y otros fluidos nada apetecibles.

Álex desconocía las motivaciones de Yarik, pero aunque las hubiera sabido no habría supuesto una gran diferencia porque, en vista de que no había forma alguna de poder evitar lo que estaba a punto de pasarle, agradecía infinitamente que al menos tratase de hacer las cosas un poco más fáciles para él. O eso pensaba antes de que los dedos fueran sustituidos por algo mucho más largo y grueso, una barra candente que se abría camino dentro de él, perforándolo, estirándolo y llenándolo tan rápido que Álex tuvo la sensación de que iba a partirlo en dos. Gritó de dolor y el intruso redujo la velocidad, pero no se detuvo hasta que llegó al fondo. Álex notó cómo el pecho de Yarik se pegaba a su espalda, al tiempo que apoyaba los brazos a ambos lados de su cara.

—Estaba equivocado contigo. Pensaba que no durarías ni dos días aquí, pero ahora creo que quizá puedas aguantar más que el último —le susurró al oído, echándole el aliento que apestaba a vodka—. Eres el primero que intenta desatarse y además lo has logrado con bastante facilidad. ¿Pensabas que no me había dado cuenta? —añadió en un murmullo para que solo Álex pudiese escucharlo. Este se quedó boquiabierto y sin palabras.

—Corta ya los arrumacos y las carantoñas, que no estás con tu novia —protestó Viktor, impaciente—, o hazme un sitio en ese culo.

Yarik no respondió, pero volvió a incorporarse, sujetó a Álex por la cintura con las dos manos y comenzó a arremeter contra su trasero sin compasión, pero preocupándose más de lo habitual por rozar su próstata. Consideraba que el chico se merecía una pequeña recompensa después del temple que había demostrado. Sabía que tarde o temprano acabaría igual de mal que los otros y no le quitaba el sueño porque, como la mayoría de la gente, Álex no le inspiraba ninguna empatía y solo lo veía como un instrumento para obtener placer. Sin embargo, aquel chaval le despertaba cierta curiosidad por la sangre fría que parecía tener, y eso tampoco era frecuente. Desde el mismo momento en que se dio cuenta de que estaba tratando de aflojar el nudo que le inmovilizaba los brazos, intuyó que había algo más de lo que se distinguía a simple vista y quiso saber qué era.

El gogó se mordió el labio y reprimió, fastidiado, un gemido de placer. Lo último que deseaba era disfrutar aquello, pero debía reconocer que Yarik podía resultar bastante persuasivo cuando se lo proponía. Por primera vez desde que había entrado en el reservado, se permitió a sí mismo bajar la guardia y cerrar los ojos para concentrarse en los recuerdos de su encuentro con Joseph, imaginando que era el africano quien estaba detrás de él, clavándole aquella magnífica polla de ébano. Eso lo ayudó a relajarse bastante. Sin darse cuenta, dejó de contener sus jadeos, que fueron volviéndose más escandalosos a medida que el otro apuraba sus arremetidas. Ni siquiera llegó a ser plenamente consciente del momento en el que Yarik se corrió en su interior y Viktor tomó su lugar, penetrándolo y embistiéndolo de una forma mucho más violenta, porque para entonces ya estaba al borde de su propio orgasmo. El viejo no duró demasiado cuando notó las salvajes contracciones de su ano, que lo apretaban como un puño.

—¡Este es el mejor fichaje que has hecho en tu vida! —exclamó Viktor, completamente satisfecho—. Vamos a ganar mucho dinero con él. —Se subió los pantalones y abandonó el reservado con una sonrisa de oreja a oreja.

—Él es mayor, no aguantaría dos asaltos seguidos sin sufrir un ataque al corazón —dijo Yarik fríamente mientras terminaba de deshacerle las ataduras ya flojas y lo ayudaba a incorporarse—, pero yo todavía no he terminado contigo. Esta noche voy a partirte el culo tantas veces que mañana no podrás ni andar.

Álex se quedó callado y con los ojos muy abiertos, tratando de decidir si aquellas amenazas lo asustaban o lo excitaban. Aunque le pareciese un ser despreciable, no podía negar que tenía cierto atractivo físico a su favor, y además ya le había demostrado ser bastante habilidoso en aquellos menesteres. Al mismo tiempo, notó cómo un líquido viscoso y caliente se deslizaba entre sus muslos y le goteaba por las piernas. «Al menos tengo toda la lubricación que necesito para eso», se dijo con ironía, y permitió que el otro lo agarrase de las muñecas y lo arrastrase hasta el sofá, donde se había sentado, para colocarlo sobre él a horcajadas.

—A diferencia de Viktor, a mí no me gustan las estatuas sumisas —anunció, sujetando su propio miembro erecto a modo de invitación.

Álex asintió y descendió muy despacio para clavarse aquella barra de carne hasta la empuñadura. Le entró sin ninguna dificultad debido a lo dilatado que estaba su esfínter y a toda la lubricación extra que albergaba en su interior, pero aun así notó cierta molestia fruto de los asaltos anteriores. Al gogó no le cabía ninguna duda de que al día siguiente le iba a doler el culo de lo lindo y tuvo que reprimir un resoplido de frustración. Se apoyó en el respaldo del asiento para darse impulso y comenzó a subir y a bajar lentamente por toda la envergadura del pene de Yarik.

—A pesar de tu apariencia, no eres un mocoso asustado, has tenido el control de la situación desde que entraste por esa puerta —le espetó el ruso de repente.

—No sé a qué te refieres —protestó mientras volvía a descender—. Habéis hecho conmigo todo lo que os ha dado la gana.

—Yo creo que sí lo sabes. —Lo sujetó con firmeza por debajo de los muslos y comenzó a marcarle el ritmo—. E, inevitablemente, eso provoca que me haga muchas preguntas sobre ti. Empezando por si hay algo de cierto en todo lo que me contaste durante tu entrevista de trabajo.

—Fuiste tú el que mintió en la entrevista, no yo.

—Por tu bien, espero que estés diciendo la verdad o no será mi polla lo único que te atraviese.

—¿Cuándo podré irme?

—Ya veremos.

Álex jadeó cuando Yarik levantó las caderas al tiempo que él bajaba, haciendo que sus cuerpos chocasen con fuerza a medio camino. Le dolía un poco, sí, pero también le gustaba y eso era lo que más le molestaba de todo. Porque estaba sufriendo una violación y odiaba que su cuerpo lo traicionase. Soltó ese resoplido que había estado conteniendo y apretó los párpados, dispuesto a dejar que su mente vagase de nuevo hacia Joseph para aferrarse a un recuerdo agradable en medio de esa nefasta experiencia.

Yarik estudió detenidamente el rostro del gogó. Este había vuelto a cerrar los ojos y, a pesar de que continuaba cabalgándolo como le había exigido, parecía concentrado en algo más, como si su cuerpo siguiese allí, pero su cabeza ya hubiese volado muy lejos. No podía culparlo por tratar de evadirse en una situación como esa cuando él mismo había estado pensando en otra persona todo el tiempo. Las jóvenes facciones de Álex y su físico más bien menudo le recordaban al Evan adolescente que solía montarlo sobre el viejo y sucio sofá de su casa mientras el bastardo degenerado de su padre miraba y bebía hasta desmayarse. No, no había elegido esa postura por casualidad. A pesar de la vergüenza que le producía, la imagen de su hermano desnudo sobre su regazo era el único recuerdo feliz que conservaba de aquella época. Evidentemente, Álex no era Evan, pero sería lo más lejos que Yarik se permitiese llegar de lo que de verdad quería.

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