La noche •Capítulo 1•

La noche tiene muchos matices diferentes. Algunas caras amables y otras terribles. Puede ser el escenario perfecto para la diversión sin fin, las ardientes pasiones o los crímenes más atroces. A menudo, las personas que la habitan también resultan oscuras, engañosas, contradictorias, capaces de las peores y las mejores cosas. Porque el ser humano es el monstruo más cruel y maravilloso que existe.

Cuando la noche cae sobre la ciudad, con su inmensa capa negra cubierta de estrellas, salimos los monstruos. No sé por qué he usado esa palabra. En realidad, no me gusta nada. Prefiero pensar que solo soy otro de los muchos cazadores nocturnos que deambulamos por la implacable selva de asfalto, ocultándonos entre las sombras, haciendo de la oscuridad nuestra mejor aliada, acechando entre las penumbras y preparándonos para saltar sobre nuestra siguiente presa. Y, sin embargo, eso no es del todo cierto. Sé que no soy uno más, incluso tú que apenas has comenzado a leerme ya lo intuyes. Lo que me diferencia del resto es que yo estoy en lo más alto de la cadena alimentaria: soy un depredador que caza depredadores, un monstruo que solamente disfruta cuando se alimenta de otros monstruos.

¡Oh, ni siquiera puedes llegar a imaginar ni remotamente la magnitud y la intensidad que alcanza mi placer! Mejor para ti, créeme. No te gustaría ver el mundo a través de mis ojos. No quieres descubrir que aun cuando estás cómodo y caliente en tu cama sigues siendo una presa para las bestias de ahí fuera, que cualquiera de ellas podría entrar en tu casa y borrar tu existencia sin que le supusiese ningún esfuerzo. Porque si lo supieses, jamás recuperarías la tranquilidad ni podrías volver a conciliar el sueño.

Pero no te equivoques conmigo, ten muy presente que no hago esto porque quiera. La pura verdad es que nunca tuve otra opción, no se me permitió elegir. Soy lo que soy porque la naturaleza o la sociedad, o ambas, así lo han querido. Sé que tú no me entiendes. ¿Cómo podrías? No eres un habitante de la noche. Como mucho, un visitante, un turista, que a veces se pasea por nuestro mundo para poder satisfacer su curiosidad o su absurdo apetito de diversión, ajeno al peligro que corre, feliz con su ignorancia. Tú no verás llegar a los monstruos hasta que ya sea demasiado tarde, y por eso te envidio y compadezco a la vez.

Esta noche por fin pude salir de caza. Hacía semanas que había elegido a mi siguiente presa. Siempre soy muy meticuloso a la hora de seleccionarlos; prefiero tomarme mi tiempo para seguirlos y asegurarme de que he encontrado a la persona adecuada. La espera es una dulce tortura que convierte ese momento cumbre, en el que el filo de mi cuchillo les desgarra la garganta y su cálida sangre empapa mis manos, en una intensa explosión de placer para todos mis sentidos.

Como de costumbre, me sentía muy impaciente e inquieto mientras lo acechaba a una distancia prudencial para no ser descubierto antes de tiempo. Deseaba con toda mi alma que intentase escapar. ¡De verdad que me gusta perseguirlos!, hacerles creer que pueden huir de mí, dejar que se confíen. Y, al fin, aparecer de entre las sombras, acorralarlos y contemplar sus ojos llenos de terror mientras les arrebato la vida. Eso me hace sentir bien. Pienso en sus víctimas, en toda la sangre que manchaba las manos de aquel monstruo, y se me abre el apetito. Los asesinos tienen una fragancia especial, casi obscena, eso me excita y me pone duro sin remedio.

Me resultaba gracioso que pareciese tan feliz. No sabía que su alegría desaparecería muy pronto, iba a arrancársela en cuanto entrase en aquel oscuro y aislado callejón. Era la noche en la que él perecería y ni siquiera podía imaginárselo aún. Cuando nos quedamos los dos solos, llegó mi momento. Dejé de ser sigiloso porque quería que escuchase mis pasos al acercarme a él por detrás, que sintiese el miedo al saber que iba a morir y un sudor frío recorriese su espalda. El hombre me miró con recelo. Desconocía quién era yo o a qué había ido allí y sin embargo ya me temía. Algo en mi aspecto lo inquietaba, y no lo culpo. Antes de que pudiese reaccionar, ya me había abalanzado sobre él para hundir mi acero en sus entrañas. Al principio intentó oponer resistencia, pero fue inútil. Su cuerpo quedó tan vacío como lo estaba su conciencia.

Nadie podría culparme si supiesen todo lo que yo sé, las atrocidades que le vi cometer con mis propios ojos. Todavía llevaba el olor de sus víctimas impregnado en la ropa cuando lo encontré; esas pobres niñas inocentes a las que violó y asesinó… ¡Oh, él sí que era un monstruo!, uno más degenerado y cruel que yo.

Odio mi naturaleza, ser lo que soy, hacer lo que hago, pero no tengo otra opción. Necesito cazar y matar para acallar las voces. Jamás me siento saciado y siempre quiero más. Intento convencerme a mí mismo de que ellos merecen morir: esos seres despreciables que asesinan sin ninguna necesidad… ¡Los odio! Ellos sí que pueden elegir y han escogido terminar con la vida de personas inocentes. Aun así, no puedo evitar sentirme culpable y triste. Nunca podré parar, siempre estaré solo.

La Policía Nacional, la Policía Local y la Guardia Civil buscan a un terrible criminal que caza y degüella a sus víctimas cuando cae la noche. «Asesino en serie», me llaman. Si supiesen que estoy haciéndoles un favor al limpiar las calles de los verdaderos monstruos: aquellos que matan, torturan y cometen todo tipo de atrocidades contra los de su propia especie… Creo que si comprendiesen lo que hago realmente, me darían las gracias. Pero no importa. No es reconocimiento lo que busco. Yo solo quiero que las voces se detengan.

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