«Fast Food» Capítulo 2

Kei 1 – Tsunamis 0

 

Pero Kei no era una persona que se rindiera fácilmente. Si bien la conversación con su madre terminó con la victoria de parte de ella, no había nada, ni una sola cosa, por la que el muchacho no peleara. Así había sido desde que era un crío. A base de pataletas, siempre acababa consiguiendo el juguete que quería. De más mayor empleó la técnica de hacerse pesado hasta aburrir y, desde su adolescencia hasta el momento, había continuado con aquella obsesión de salirse con la suya a base de perseverancia y de hacer promesas que no podía cumplir. No iba a ser aquella la primera vez en mucho tiempo que se diera por vencido antes siquiera de intentarlo. No cuando el asunto, según los estándares de Kei, era el más importante de su vida.

Su plan maestro comenzó horas después de la infructuosa charla con la señora Tsunami. Kei había descartado desde el inicio implicar a su padre; bien sabía que su respuesta, tanto si le pedía quedarse a vivir en Tokio como si le decía que quería teñirse de rubio y tatuarse todo el cuerpo, iba a ser la misma: «Pregúntale a tu madre». Así que se adelantó a dichas instrucciones y, en efecto, le preguntó:

—Mamá, ¿me dejáis quedarme aquí? —dijo mientras toda la familia cenaba con la televisión de fondo.

—¿Qué? ¿Pero no te he dicho esta tarde que ni hablar?

—Bueno.

Estaba claro que, a pesar de todo, la señora Tsunami estaba la mar de contenta con el inminente cambio de vida porque, de lo contrario, ya habría visto venir a su hijo. Nadie en esa familia se creía que Kei diera su brazo a torcer tan pronto. O nunca en absoluto.

—Mamá. Quiero quedarme en Tokio.

—No, Kei.

—Vale. Buenas noches.

Aquel segundo intento había llegado justo antes de irse a dormir. Kei ya conocía la respuesta que iba a obtener, así que no había problema: no había hecho más que empezar.

Volvió a insistir al día siguiente, en el desayuno. A media mañana envió un SMS a su madre con la misma pregunta. De nuevo a la hora de comer, a media tarde, en la cena… Veinticuatro horas después de su segunda negativa, la señora Tsunami empezaba a ponerse nerviosa y Kei supo que podía pasar al plan B.

La frecuencia de sus peticiones aumentó, así como el estorbo de las mismas. Kei se aseguraba de no dejar que transcurrieran más de dos horas entre una tentativa y la siguiente e intentaba encontrarse lo más alejado posible de su madre para poder reiterarse a voz en grito. No contento con eso, comenzó a alargar sus baños, los cuales tomaba con la puerta entreabierta y acompañaba de molestos canturreos acerca de cuánto deseaba quedarse en aquella ciudad, lo desdichado que sería si regresaba a Osaka o lo bonita que sería su historia de amor con Surette.

Una semana después, decidió acompañar su táctica con notas adhesivas distribuidas por toda la casa y ocultas en los lugares más inverosímiles: en el interior de la tapa del inodoro, en todos los armarios de la cocina, en el televisor y hasta en el cajón de la ropa interior de la buena mujer que, para ese momento, ya tenía un tic nervioso en el ojo y gritaba a Kei antes de que este abriera la boca.

El día que apareció una torre de Tokio inflable en mitad del salón, tan alta como el propio Kei, fue el día de su victoria. Y, aunque su madre estaba más que dispuesta a otorgársela para ese momento, fue Mia la que la propició ya que, por supuesto, su hermano se había asegurado de fastidiarla a ella también.

—¡Kei, te juro que como digas «Tokio» una vez más…!

—Tokio, Tokio, Tokio, Tokio…

—¡Mamá!

—¡Basta, vosotros dos! ¿Qué tenéis, cinco años? ¡Dios mío!

—Quiero quedarme aquí —remató Kei, que no podía ocultar una sonrisa.

—Mamá, por favor, que se quede.

—Ya está decidido: no.

—¡Pero yo no quiero irme!

—¡Y yo no quiero que se venga! —agregó Mia—. Como tenga que aguantar un solo día más al cansino este, me corto las venas.

—Pues no voy a parar hasta que me dejéis quedarme. Y seguiré en Osaka, no pienso rendirme.

—Kei, te juro que… —La señora Tsunami hizo un alto en su frase, sin duda a punto de convertirse en una seria amenaza de muerte. Prefirió morderse un nudillo para tranquilizarse—. ¿Si te digo que sí pararás, por favor, de dar por…?

—Puede.

—Mamá, que se quede —intervino de nuevo Mia, que ya estaba desesperada—. Te juro que, si no nos lo llevamos, limpiaré mi habitación todas las semanas. ¡Y fregaré siempre los platos!

La mujer, que enviaba miradas furibundas tanto a su hijo como a la enorme torre inflable en su salón, frunció el ceño y se cruzó de brazos en un gesto de profunda concentración. Kei sonrió como un bendito. Pensaba cumplir su promesa si lo arrastraban a Osaka, sabía que su madre y su hermana lo tenían muy claro, así que la perspectiva de librarse de semejante incordio diario más la de trabajar menos —aunque, estaba seguro, Mia solo cumpliría su parte del trato en la primera semana— debía resultarle, a la fuerza, atractiva.

No se equivocó.

—Por más ganas que tenga ahora mismo de tirarme de un puente, no te creas que te vas a salir con la tuya así como así, jovencito —amenazó la mujer, y le clavó a Kei un contundente dedo en mitad del pecho—. Quiero algo a cambio y no me basta con dejar de oírte día y noche. —A Kei le brillaron los ojos y asintió con un enérgico vaivén de cabeza—. O mejoras tus notas o nada. Y búscate un empleo porque no pienso enviarte un solo yen. Si de aquí a que nos tengamos que mudar sigues viviendo del cuento y no he visto, por lo menos, un siete en tus notas, te llevo yo misma de la oreja si hace falta y te callo de un sopapo. ¿Estamos? ¡Y llévate esa cosa de mi salón!

Así, con el sabor de la victoria en el paladar, Kei decidió que, aunque con condiciones, su madre ya le había dado lo que él ansiaba y pudo descansar al fin.


Tres semanas después y a falta de un par de días para la fatídica fecha, Kei ya empezaba a comprender que no tenía más remedio que resignarse.

Con tal de cumplir con una de las condiciones, empleó la mayor parte de su tiempo libre en estudiar a fondo. Los primeros exámenes dieron resultados satisfactorios, sí, pero a cambio de eso había descuidado por completo la otra condición, la de conseguir un empleo. Y no le resultaba nada fácil; no tenía la más mínima idea de cómo acceder al mundo laboral y, desde luego, su familia no estaba por la labor de echarle un cable. Estaba claro que su intención era llevárselo lejos de ese rubio de ojos verdes y lo iban a conseguir. Tuvo que aceptarlo el día en que se dio cuenta de que todas sus cosas ya estaban organizadas en cajas de cartón con su nombre escrito con rotulador permanente, revistas guarras incluidas.

—Y yo que pensaba que no tendría que aguantarte más —se quejó Mia aquella tarde cuando, malhumorada, terminaba de llenar su última maleta—. Si lo llego a saber le pido a mi jefe que te enchufe en la cafetería.

—Claro, sobre todo porque me vería perfecto con una faldita de criada —se burló Kei. En esos momentos su hermana trabajaba disfrazada de sirvienta en una cafetería, con su faldita negra, su delantal con encajes y hasta una cofia.

—Bueno, hermano, más marica no puedes ser. Yo creo que con un poco de maquillaje estarías monísima.

—Vete al cuerno, ¿quieres?

No cabía duda de que Kei estaba de mal humor. En otras circunstancias habría contraatacado haciendo mención a su edad, a la cantidad de maquillaje que ella misma necesitaba para ocultar las arrugas —que no tenía, pero se aseguraba de mencionarlas a menudo para acomplejarla— o a la cara que pondrían sus clientes de descubrir que tenía unos cuantos años más de los que intentaba aparentar. Pero, en lugar de eso, se limitó a dejarla con la palabra en la boca y a salir de allí para tomar el aire.

A lo mejor, que se pusiera de su parte al principio no fue más que otra de sus retorcidas formas de joderle la vida, porque raramente Kei lograba acabar con la paciencia de su hermana que, por lo general, se limitaba a largarse para no tener que oírlo. ¿Qué podía ser mejor que verlo hundido? Pues verlo hundido después de un atisbo de esperanza. Desde luego, si estaba en lo cierto, aquella podría considerarse la obra maestra de Mia. Maldita fuera mil veces.

Al salir de casa no se le ocurrió otro lugar al que acudir más que al Mega. Al fin y al cabo, no estaba seguro de si podría ir por allí en los dos días que quedaban y quería despedirse de él. Aunque fuera en secreto y sin confesarle que había alguien con el alma partida en dos a quien nunca volvería a ver. Pero cuando llegó al local, se dio cuenta de que ni siquiera podría intentarlo: el pequeño salón que precedía a la línea de cajas estaba a rebosar de gente y, antes de que pudiera evitarlo, una de las empleadas, que vestía un uniforme diferente al de todos los demás, le indicó con amabilidad qué cola era la más corta. Pero a él no le interesaba esperar menos, le interesaba llegar a la caja donde, con su inmaculada sonrisa de siempre, atendía el chico de sus sueños.

Al final se resignó a ser atendido por otra empleada, a dos cajas de distancia. El extranjero ni reparó en su presencia, pero, al fin y al cabo, ¿por qué iba a hacerlo? Kei no era más que otro de los muchos clientes que acudían allí a comer. Seguramente aquel rubio despampanante veía tantas caras cada día que no recordaría la suya de una vez para otra y, si así fuera, tampoco le daría más importancia que a las demás. Para él, Kei era lo mismo que una hormiguita en un terrario: nada.

Esta vez, eso sí, los nervios no lo traicionaron y solo pidió un helado de fresa, su favorito. Y dado que lo último que quería era volver a casa para ver la cara de autosuficiencia de su hermana, decidió quedarse por allí un rato.

La planta inferior, donde estaba el mostrador, no tenía mesas; se trataba de un espacio abierto y sin más asiento que tres banquetas altas junto a una repisa, las cuales estaban ocupadas en ese momento, así que ascendió al piso superior y buscó un sitio libre junto a una de las ventanas. Allí se quedó, con su helado y sintiéndose miserable, durante casi una hora. Y solo cuando empezó a pensar que se veía ridículo con esa cara larga frente a un vaso ya vacío, decidió hacer de tripas corazón y volver a casa.

Ya se guardaba el manga que había estado leyendo a ratos (siempre solía llevar uno en la mochila, por si se presentaba la ocasión) cuando alguien captó su atención al subir los últimos escalones hasta esa planta. Era él. Parecía tener prisa al llegar, pero una vez arriba se detuvo en seco y barrió el lugar con la mirada hasta detenerse en el último lugar que Kei imaginaba que buscaría: su mesa. Sin embargo, eso fue todo. Una vez que sus miradas se cruzaron el empleado no hizo nada que indicara en lo más mínimo que su presencia allí le era relevante y, sin más, se dirigió hacia un armario al fondo de la sala.

De todas formas, Kei tampoco esperaba nada diferente. Ese cruce de miradas debió ser algo casual, pero, aunque ya tenía intención de irse, decidió esperar un poco más. Su enamorado había sacado unos trapos y spray de limpiador del armario y se afanaba en dejar cada mesa lista para la próxima oleada de clientes. Una tras otra, fue repasando cada superficie mientras Kei lo observaba en secreto hasta que la cercanía lo obligó a disimular un poco y volver a centrarse en el grueso tomo que antes leía.

Cuando llegó hasta él, el corazón le dio un vuelco. Estaba allí, a unos centímetros, limpiando la mesa de al lado sin saber que su sola presencia le impedía respirar.

«¡Dile algo, vamos!», se decía a sí mismo, pero de su garganta no salía más que el aire, y con bastante dificultad. Entonces levantó la vista justo a tiempo de ver esos ojos verdes clavados en él. Kei dio un respingo y el extranjero, lejos de sorprenderse, le dedicó una sonrisa luminosa. No hubo palabras entre ellos; y justo en el momento en que Kei creyó haber reunido el valor suficiente para un simple «hola», su cuerpo actuó solo y, antes de poder evitarlo, echó a correr lejos de allí.

No había salido aún del restaurante ni había dejado de recriminarse mentalmente su ridículo comportamiento, cuando algo lo hizo parar en seco un segundo antes de traspasar el umbral: un póster que no estaba ahí una hora antes, al llegar él.

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Actuó sin pensar, movido más por inercia que por una decisión consciente, y ni siquiera fue capaz de entender las posibles consecuencias de los últimos sucesos hasta que, más tarde y en la intimidad de su cuarto, observó la solicitud de empleo sobre la mesa junto a unos cuantos bolígrafos.

No solo podría conseguir empleo: sería allí mismo, en el Mega, junto a aquel que, sin saberlo, era la única razón de que, a dos días de su traslado definitivo lejos de allí, aún se resistiera a irse.

Convencer al fin a su madre fue más sencillo de lo que pensaba y ni siquiera tuvo que volver a echar mano de la infalible técnica Tsunami. Solicitud de empleo en mano, se deshizo en mil y una promesas sobre sus notas, su alimentación, el debido mantenimiento de la vivienda, sus horas de sueño y mil cosas más de esas que solo preocupan a las madres y que los hijos suelen olvidar cinco minutos después de ser advertidas.

Dos días más tarde, la familia Tsunami cargaba un camión de alquiler con varios muebles y las pertenencias de todos sus miembros menos uno: el menor de los cuatro.

—Tienes nuestros teléfonos, sabes que puedes llamarnos en cualquier momento.

—Sí, mamá.

—¡Pero no nos llames solo cuando necesites algo! Acuérdate de tu madre de vez en cuando.

—Que sí.

—¿Sabes dónde están los papeles del seguro? ¿Los teléfonos de emergencias?

—¡Mamá, que no voy a quemar la casa!

—Ay, hijo, no me quedo tranquila. Prométeme que te cuidarás.

—Te lo prometo.

Con lágrimas en los ojos, la señora Tsunami abrazó a su hijo pequeño por última vez ante la resignación de este, al que no le hacía ni pizca de gracia la situación. Ya era mayorcito para esas cosas, pero su madre no parecía entenderlo ni siquiera cuando había vecinos curiosos asomados a la terraza, pendientes de quién se mudaba y quién no.

Tras algunas palabras de su padre mucho más breves, y los últimos comentarios mordaces de Mia, Kei observó el camión y el coche familiar desaparecer calle arriba.

Y aunque aún nada era definitivo porque todavía esperaba la llamada del Mega tras entregar la solicitud junto a la autorización paterna, un buen presentimiento le recorría cada fibra. Algo bueno iba a pasar, estaba seguro.

Su vida amorosa, otra vez, estaba a punto de empezar.

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