En la sangre •Capítulo 2•

Estatuas y flores

 

—Quítate la ropa y métete en el agua —le cuchicheó Mael con una voz áspera que contrastaba ferozmente con la que había empleado, apenas un instante antes, con el cliente.

El edil aguardaba expectante, acomodado en el interior de la piscina de agua caliente. Era un hombre de mediana edad y rasgos fuertes. Las canas apenas habían comenzado a clarear su oscuro cabello. Parecía alguien que cuidaba su físico con una eficiencia que rozaba la vanidad.

El galo, que ante todos respondía al nombre de Ganímedes, se despojó de su exigua ropa y se sumergió en la piscina con pasos firmes, lentos y sinuosos.

—Espero que no os importe que Jacinto nos acompañe. Es nuevo. Tiene que aprender los detalles del oficio.

—¿Los dos? ¿Sin recargo? —El hombre se rio a carcajadas—. Claro, por qué no. Todo sea por una buena causa.

Akron obedeció las instrucciones de Mael. Y se metió en la bañera sin más prenda que la argolla de bronce que todavía pendía de su cuello. El agua caliente trepó por sus piernas cuando se adentró en ella y se detuvo a la altura de su cadera. Imitó a su compañero y se arrodilló en el fondo embaldosado dejando que llegara hasta los hombros.

El cliente observó cada gesto que hizo desde que se despojó de la ropa, y siguió con la mirada cómo el agua escalaba por su cuerpo sin ocultar la fascinación que sentía. Akron notaba el peso de esos ojos oscuros, empañados en deseo, recorriendo su piel, y un escalofrío cruzó su columna. Tuvo que concentrarse en respirar y seguir avanzando. Todas y cada una de las fibras de su cuerpo lo impelían a salir corriendo. No apartó el rostro cuando el desconocido que tenía delante le paseó el pulgar por los labios. Tampoco apartó la mirada.

—Me gusta tu boca… Sí…, reconocería estos labios en cualquier parte. ¡Pulvio, viejo cabrón! —El cliente empezó a reír a carcajadas—. Estuve a punto de comprarte en la subasta de ayer, pero tu domine me ganó por la mano. Entonces me quedé con las ganas de morder esa boca.

Lo agarró con brusquedad de la argolla de metal y lo obligó a ir hacia delante, hacia su pecho.

—Vamos a instruirte bien —comentó, y se relamió anticipando lo que vendría a continuación.

Sin dejar de sujetar con una mano el aro, la otra desapareció bajo el agua. Akron dio un respingo involuntario cuando notó la presión en su entrepierna.

—Te gusta esto, ¿verdad? —El aliento del edil olía a vino—. Seguro que se te pone dura con solo imaginarte mi polla en tu culo. ¿Verdad, Jacinto?

El agua se derramó en grandes cantidades por el suelo de la habitación. Un movimiento brusco y los dedos se deslizaron. La mano que antes agarraba el collar por su garganta, ahora lo hacía por la nuca y tiraba de él obligándolo a arquear la espalda. Akron se vio obligado a emplear sus fuerzas en sujetar el aro de bronce para poder respirar.

—Relájate, Jacinto —dijo su cliente con una sonrisa burlona, Akron sintió su aliento cálido en la oreja—. En verdad tienes mucho que aprender, ¿eh? ¿Cómo puedes estar tan tenso?

Akron cerró los ojos con fuerza y, de nuevo, hizo acopio de voluntad para no salir corriendo. Sabía lo que iba a suceder con él cuando cerraron ese collar alrededor de su cuello. Había intentado hacerse a la idea, decirse a sí mismo que había destinos peores y probablemente así fuera. No, no podía huir y no podía negarse. No, ya no. Solo le quedaba… aguantar.

«La tormenta no te hará daño. El fuego no te hará daño. El acero no te hará daño».

Los versos vacíos del estúpido poema se formaron ante él y Akron se agarró a ellos como un náufrago se agarraría a un trozo de madera.

—¡Maese Livio, por favor! —exclamó Mael. El galo estaba agarrado al brazo del edil y lo instaba a que soltara su presa—. ¡No puede tocarlo, son órdenes del domine!

—¡Apártate, esclavo! —masculló Livio golpeando al joven. Mael no hizo gesto alguno para impedir la agresión.

—Por favor —repitió de nuevo con la mirada baja y voz suplicante—. Mi domine no me perdonará si permito que suceda. Tomadme a mí en su lugar. Por favor, noble Livio —dijo con un susurro jadeante; y con un gesto contenido que no podía ser fruto de la casualidad, alzó la vista lo justo para dejarla caer de nuevo.

Livio soltó su presa y se centró en Mael. Akron se frotó el cuello dolorido.

—Ven aquí, Jacinto —le ordenó sin mirarlo. Los ojos del edil no se separaban del rostro del galo, pero se las arregló para agarrar la mano del muchacho—. Puede que no pueda tocarte, pero no vas a quedarte al margen. Quieres que aprenda, ¿verdad? —replicó antes de que Mael pudiera decir nada—. Pues ya sabes lo que quiero, Ganímedes. ¿Cómo era aquel jueguecito que hacías con Dafnis?

—Por supuesto.

Mael sonrió al edil antes de darle la espalda. Al hacerlo, quedó enfrentado a él, a escasos centímetros. Akron dio un paso atrás, pero el galo no lo dejó apartarse, le sujetó el rostro y lo besó.

—Ni se te ocurra retroceder —siseó con voz arisca mientras mordisqueaba el lóbulo de su oreja—. Imítame y observa bien, novato. Y no te corras demasiado pronto.

Su cuerpo se movía con una cadencia sinuosa, como impulsado por una música de compases primigenios que resonaban en algún lugar. Cada músculo se estremecía con el ritmo exacto, haciendo una onda perfecta que se extendía, contagiosa. Casi sin darse cuenta, Akron empezó a escuchar esos mismos tambores. Las mismas ondas amenazaban con extenderse por su piel.

Mael cogió sus manos y las guio a su propio cuerpo, marcando el recorrido que debían seguir las caricias. Hizo que dibujaran sus pectorales, que recorrieran su abdomen y permitió que se perdieran, que apenas rozaran aquello que el agua solo insinuaba. El galo era la seducción personificada. Sabía exactamente hasta dónde llegar para incitarlo a buscar más. Akron devolvió los besos con torpeza y se sorprendió al descubrir que su organismo reaccionaba y las sensaciones amenazaban con separarlo de la realidad. Tal era el talento de su compañero que se vio buscando unos labios, dibujando caminos en el cuerpo sin necesidad de la guía. Cuando fue consciente de eso, se detuvo. ¿Qué estaba haciendo?

El galo percibió sus dudas y arrastró de nuevo sus manos, forzando la presa. Otro par de manos acariciaron su pecho. Unos ojos oscuros lo observaban tras una cortina de cabello pelirrojo; era Livio. La expresión en su rostro hablaba de placer, deseo y hambre. No dejó de mirarlo un instante, se afianzó en su hombro y clavó las uñas en él mientras con la otra mano se guiaba hacia el interior de Mael.

Ganímedes gimió cuando el edil irrumpió en su cuerpo, y se hundió de nuevo en la boca de Akron, ahogando los gemidos en un húmedo beso. Cerró los ojos ante el fervor de la acometida y los abrió sorprendido al notar una nueva presencia en su boca. El edil había decidido unirse y redoblaba las embestidas al galo mientras hundía la lengua en su garganta.

Akron se planteó en perspectiva lo que estaba sucediendo. Livio se estaba follando a Mael, tal y como había dicho, pero de alguna forma, sentía que él también lo estaba haciendo. Frunció el ceño, confundido, incapaz de discernir algo en la borrosa amalgama de sensaciones. Su cuerpo reaccionaba, eso estaba claro, pero… ¿estaba disfrutando? Le habría gustado decir que no; de alguna forma, eso le habría hecho sentirse mejor.

No debieron ser demasiados embates, pero Akron vio cada uno ralentizado por la perspectiva. Quería guardarlo todo. Los labios entreabiertos de Mael, el sudor que perlaba la frente de Livio, la curva que hacía el cuello del galo cuando echó la cabeza hacia atrás y el sonido, el golpeteo rítmico de los tambores, de las caderas al acoplarse, de los jadeos… Se sorprendió al descubrir que sus propios sonidos se habían unido al coro de percusión y viento.

Los ritmos se aceleraron, los jadeos se intensificaron y un grito gutural salió de la garganta del edil cuando alcanzó el clímax. Mael se derrumbó sobre los brazos de Akron, entre sofocos, agotado.

Akron contempló el cuerpo tembloroso de su compañero. Y se encontró frustrado por su propio deseo insatisfecho. Demasiado real para poder ocultarlo y demasiado cercano para poder negarlo.

—¿Estás bien? —preguntó con un leve matiz de preocupación.

—A mí no, idiota —le gruñó Mael con disimulo. El galo negó con la cabeza y apretó la mandíbula antes de sonreír de nuevo y dirigirse al legado—. Confío en que haya quedado complacido, Maese Livio.

—Tú siempre me complaces, Ganímedes, lo sabes bien —dijo ocupando de nuevo el asiento principal en la cabecera de la piscina—. Jacinto tiene mucho que aprender, pero algo me dice que será un buen alumno.

Jacinto asintió y bajó la cabeza, avergonzado por sentimientos que no podía identificar. ¿Lo avergonzaba su falta de experiencia? Sí, se avergonzaba de eso. Pero también persistía otra vergüenza. Se quedó con la mirada fija en la superficie ondulante de la bañera, bajo ella su miembro endurecido recuperaba poco a poco la normalidad. Estaba sumido en sus propias cavilaciones cuando una esponja se estrelló contra su pecho sacándolo de ellas.

—¡Jacinto! —lo llamó Mael con un tono jovial demasiado exagerado para ser auténtico—. No hemos terminado.

El galo había cogido otra esponja y la pasaba con cuidado por el brazo del legado.

—Tiene mucho que aprender —repitió Livio, divertido—. Ven aquí, Jacinto. Quiero que me bañes tú. —Akron asintió en silencio y avanzó con torpeza. Mael se apartó para dejarlo hacer su trabajo—. Tienes que ser cuidadoso, muchacho, quiero que todo quede muy limpio.

 

 

—¡Eres un maldito idiota! —exclamó Mael golpeándolo en el pecho con un dedo.

—Ey, Mael, cálmate —dijo Dafnis en tono conciliador, saliendo en su defensa—. Solo es nuevo, todos tuvimos que aprender, ¿recuerdas?

Akron se llevó las manos a la cabeza y no dijo nada. Tampoco sabría qué decir para arreglar las cosas.

—¡El imbécil de Livio me golpeó por su culpa! No tiene ni puta idea de lo que hace. Es como una maldita estatua que se queda ahí, mirando, y esperando a que otros le saquen las castañas del fuego. ¡No digas nada! ¿Para qué ibas a decirlo? ¿Para qué ibas a abrir la boca y decir algo? ¡Algo! ¡Cualquier cosa!

Mael estaba furioso y Akron no acababa de entender por qué. En cuanto Livio se marchó, Ganímedes borró su sonrisa y Mael mostró sus dientes.

—Lo siento —dijo Akron, tampoco era que pudiera hacer mucho más—. N-no sé qué es lo que he hecho mal.

—Eres una puta estatua. ¿Cómo le explico a una estatua cómo debe moverse? Se supone que tienes que despertar deseo y no debería serte difícil, pero una mirada tuya baja la libido de cualquiera. ¿A qué demonios juegas? ¿Quién te crees que eres?

—Estás siendo poco razonable —dijo Hierón—. Akron es un crío, es normal que esté aterrado. El miedo paraliza a cualquiera. ¿Cómo te sentías tú cuando llegaste aquí?

Mael gruñó alguna cosa ininteligible y se llenó el vaso de vino.

—La próxima vez os tocará a vosotros —les advirtió—. A ver cómo conseguís que los clientes se sientan seducidos por él cuando no pueden tocarlo. Es una puta estatua.

Akron pensó en sentarse en la mesa, pero no tenía ganas de compartir el espacio con el galo y este tampoco parecía entusiasmado por la idea. Así que dejó para otro momento el comer algo y se fue al rincón donde había dormido. No había pasado ni un minuto cuando Dafnis se sentó a su lado. Parecía que habían dividido los trabajos de conciliación y Hierón se ocupaba de Mael.

—¿Tan mal ha ido? —preguntó el joven. Era de complexión menuda. No debía ser mucho mayor que él, pero parecía más pequeño. Tenía una presencia casi infantil que debía resultar muy atractiva a muchos de los clientes.

—Al parecer sí —dijo Akron. Se encogió de hombros, no tenía muchas ganas de hablar del asunto—. No, no lo sé. Pensaba que él me iba a… —Todavía le faltaban las palabras para referirse al acto en sí.

—Pero no lo hizo. Y no lo hará nadie hasta que Pulvio quiera. Supongo que para la próxima fiesta.

—La próxima fiesta… —repitió—. ¿Qué pasará entonces?

—Supongo que te subastará —respondió Dafnis—. Lo suele hacer con los nuevos, pero… Bueno, suele inventarse una historia y alaba alguna virtud hasta que todos quieran poseer esa virtud. Pulvio es un gran vendedor. En tu caso eres la manzana de oro: un juguete sin estrenar. Quiere potenciar eso, y venderlo. Así que, tras la fiesta, pues… serás estrenado. Y después serás uno de nosotros, entonces tendrás tus propios clientes y trabajarás más.

—¿Cómo fue? —se atrevió a preguntar. Dafnis le miró sin comprender—. Tu primera vez, ¿cómo fue?

—Oh… —Dafnis se había puesto nervioso—. No… no soy un buen ejemplo. Mi madre me prestaba a cualquiera que le pagara unas monedas. Creo que la primera vez fue con ocho años o así.

—¿Ocho años? —Akron miró al joven. Este se mordía el labio inferior con nerviosismo, pero no vaciló al hablar.

—Te dije que no era un buen ejemplo. El tipo apestaba a vino y… pesaba mucho. No tendría que hablarte de esto —exclamó—. Te pondré más nervioso. Aquí la gente no es así —dijo, cambiando de tema—, de verdad. En realidad, la mayoría de las veces el trabajo es aburrido. Te limitas a poner buena cara y a contar hasta diez, no duran mucho más.

Ambos se rieron del comentario.

—De hecho, hay veces que llegas a creer que es el mejor trabajo del mundo —dijo Dafnis exagerando una mueca de placer—. Entonces disfrutas lo que haces y… gozas. Sale natural y rezas a Venus para que dure mucho.

—Entonces… ¿te gusta tu trabajo?

—Ya te he dicho, solo a veces, pero no hay nada de malo en que me guste mi trabajo, ¿no?

—Supongo —asintió Akron, pero no podía sentir lo mismo. Quizá para el joven era un gran sitio, pero ese no era su lugar. No podía serlo. Esa no podía ser la vida que le esperaba.

«Te encontraré, solo… solo sobrevive. No importa lo que tengas que hacer. Eso quedará atrás cuando te encuentre. Porque lo haré, ¿me oyes?».

Las palabras de su hermano lo reconfortaban y le dolían al mismo tiempo. Estaba tan centrado en ellas que apenas escuchó las que dijo Dafnis.

—Pero hay días malos, Akron, y no quiero asustarte, pero temo por ti. ¿Sabes lo que hacen muchos niños cuando consiguen un juguete nuevo?

 

 

El reflejo borroso del espejo le devolvía una imagen que no reconocía. Le decían que era él, y… no podía ser de otra forma. ¿Cuánto hacía que no se miraba en un espejo? La última vez que lo había hecho era otra persona, con otro nombre. Desvió la mirada, incómodo.

—¿El maquillaje es necesario? —preguntó sin alzar la voz. Había conseguido mantenerse alejado de los polvos que blanqueaban el rostro de Dafnis, pero Pulvio había insistido en llenar de kohl sus ojos.

—Así se verán todavía más azules, o verdes, lo que sea —exclamó, entusiasmado por la idea—. Haced algo con su pelo y con… con todo —dijo agitando las manos justo antes de desaparecer—. Lo dejo en vuestras manos. Quiero ver al auténtico Jacinto.

Y Dafnis había oscurecido sus ojos y sonrojado sus mejillas.

—Estás guapísimo, Jacinto —le susurró con tono juguetón.

Desde su llegada a la casa de baños, Dafnis había sido lo más parecido a un amigo. Hierón era amable y serio, siempre conciliador, y Mael… Mael rebosaba pasión, para lo bueno y para lo malo. Era irascible y vanidoso, pero era el mejor en la casa, el más solicitado. Dafnis era menudo y solía representar el papel de niño taimado, jugaba con él, provocándolo todo el rato, casi como si de verdad lo encontrara atractivo. Quizá porque era el único que no cambiaba de nombre, era difícil separarlo del papel que interpretaba ante los clientes y, en ocasiones, no dudaba en tratarlo como a uno, coqueteando descaradamente. Solía besarlo, de hecho buscaba cualquier excusa para hacerlo. Esa ocasión no fue la excepción. Dafnis lo besó en la boca y se alejó mordisqueando su labio inferior.

—Déjalo estar —le advirtió Akron apartándolo con el brazo.

—No te enfades —se rio el joven—. Tenía que aprovechar, cuando te pinte los labios no podré besarte.

Cogió una cucharilla de polvo rojo y le añadió unas gotitas de aceite. Revolvió la mezcla con cuidado hasta formar una pasta anaranjada. Se notaba que no era la primera vez que hacía eso.

—Tienes unos labios preciosos, Jacinto —dijo mientras los untaba con la mezcla—. Todos querrán besarlos.

—¿Ahora soy Jacinto? —preguntó. Apretó los labios y acabó de esparcir el ungüento.

—Sí, ahora eres Jacinto, hasta que acabe la noche. Y cada vez que subas esas escaleras. Allá arriba viven Ámpelos y Ganímedes y Jacinto —dijo—. Solo Dafnis es siempre Dafnis. Tengo que hacer algo con tu pelo —exclamó cambiando de tema y borrando todo rastro de melancolía de su rostro. Si sufría por algo, no lo mostraría.

—¿Qué le pasa a mi pelo? —inquirió Akron. Llevaba el pelo corto, al estilo patricio.

—Vas peinado como ellos, ¡es horrible! —exclamó—. Daría cualquier cosa por tener una peluca ahora mismo. Una de grandes bucles dorados.

—¿Dorados? —sonrió a su pesar. El joven siempre conseguía arrancarle una sonrisa con sus gestos exagerados, sus muestras cariñosas y su palabrería sin fin.

—El mejor pelo del mundo, tras el mío —dijo Dafnis y agitó sus suaves rizos de color platino.

—Consígueme una peluca rubia a mí también —bromeó Hierón. El muchacho de piel oscura no se había maquillado como sus compañeros, pero se había esparcido aceites que conferían a su cuerpo un brillo áureo y arrancaba destellos a cada uno de sus músculos. Normalmente llevaba el cabello recogido, pero en esa ocasión lo llevaba suelto en una trabajada melena de mechones apelmazados, gruesos como un dedo. Dafnis le había comentado, entre susurros, que Ámpelos no siempre ejercía de catamita, y que algunos de sus clientes buscaban en él algo más activo—. Creo que una melena rubia me quedaría muy bien.

—Ja, ja, muy gracioso —gruñó el esclavo—, pero tengo la difícil tarea de convertir esto —lo señaló con un gesto exagerado— en el amante favorito de Apolo.

—Uno de ellos —murmuró Akron encogiéndose de hombros—. Jacinto solo es un nombre en una lista interminable de amantes muertos por su culpa.

—¡Mira! Por fin el nuevo dice algo con sentido —dijo Mael, que hasta ese momento se había mantenido al margen, ocupado en su propio aseo—. Los amantes de los dioses, dice Pulvio, pero la verdad es que, como ellos, somos completamente prescindibles. Ese es nuestro encanto. Pero por suerte, los clientes no necesitan esperar a que muramos para escoger a otro.

—¡Oh! Sois tan románticos —suspiró Dafnis agitando la cabeza con desdén.

—Es bueno que sea consciente de esas cosas —replicó el galo—. Hasta esta noche has sido especial, Jacinto, pero mañana serás uno más. Y si los clientes no te reclaman, no tardarás en acabar en una caupona de mala muerte.

—¿Cómo no van a reclamarlo? —exclamó el joven—. ¿No lo has visto?

—Puede que sea guapo, pero no sabe moverse. Por muy mono que sea, a nadie le gusta follarse a una estatua sin sangre en las venas. Puede que hoy paguen la novedad, pero mañana pagarán la experiencia y él no tendrá ninguna de las dos.

 

 

La luna estaba completamente redonda. Era un pensamiento absurdo en un momento así, pero su luz iluminaba el centro del jardín y rivalizaba con las lámparas y las velas que los criados de Pulvio se habían afanado en colocar.

En una esquina había una orquesta y los sonidos de los timbales, las liras y los flautines se alzaban rompiendo la quietud de la noche y ejerciendo de banda sonora del rumor de las conversaciones y las risas.

Cuando ellos hicieron su aparición, los invitados de su domine hacía tiempo que estaban allí, agasajados con los aperitivos y el vino que brindaba su anfitrión. Las mujeres de Pulvio no hacía mucho que habían llegado. Eran fáciles de reconocer, belleza y exotismo en estado puro que hacían las delicias de los comensales. Un par de ellas se colocaron cerca de la orquesta y empezaron una danza que pronto captó la atención de más de un curioso.

Dafnis no se separaba de su lado. Le había colocado diversos brazaletes y una cinta dorada en la frente; Akron llevaba tanto metal encima que el aro del cuello parecía parte de su atuendo. Quizá era la intención del joven, que no paraba de moverse. Parecía inquieto.

—¿Estás nervioso? —le preguntó en voz baja.

—Estoy aterrado —le confesó con una mueca—. ¿Y tú? ¿No estás nervioso?

—Creo que… —¿Estaba nervioso? No exactamente. Sentía cierta insensibilidad que empezaba a resultarle familiar. La sensación de estar en otra parte, observando desde la distancia. Adormecido. Pero no podía decirle eso a Dafnis—. Sí, supongo que estoy nervioso.

—¡Pues no tienes que estarlo! —exclamó el esclavo—. Bebe vino, nadie te dirá nada; de hecho, lo más probable es que te ofrezcan. No lo rechaces. Te ayudará a relajarte. Recuerdas lo que te he dicho, ¿verdad? Pase lo que pase tú…

—… Relájate y cuenta hasta diez —concluyó.

—O hasta cien —replicó Mael a su espalda—. No deberías ser su niñera, Dafnis, tú también tienes trabajo que hacer.

Dafnis frunció el ceño ante la interrupción y agitó una mano en su dirección.

—Ya, ya, vete a agitar el culo por ahí y déjanos tranquilos, ¿quieres? Pulvio me ha dicho que no me separe de él. Supongo que para espantar a los moscones —comentó.

—O para follártelos como consolación —contestó el galo con maldad.

—Imbécil —gruñó y puso los ojos en blanco. Suspiró antes de seguir con su explicación—. Estas fiestas son… diferentes al resto de trabajos que has visto hasta ahora. Aquí se trata de ser agradable, atractivo… Tienes que captar a los clientes para que después pregunten por ti. Significa jugar bien tus cartas, saber a qué cliente tienes que hacer más caso, cuál necesita una motivación extra… Todo es rápido y discreto; por eso los rincones con cortinas y triclinios. Pero antes de que acabe la noche, normalmente hay un cliente que paga más o… no sé. Siempre hay uno con el que vas al fornice y no puedes irte hasta que él no se ha ido. No sea que siga necesitando tus servicios. En ocasiones tienes que contar hasta mil —comentó con una mueca amarga—. Pero a veces la fiesta acaba tarde, tu cliente especial tiene prisa y no deja de ser un trabajo rutinario más. No te preocupes.

No se preocupaba, pero los intentos de Dafnis por elevar su moral solían tener el efecto contrario. Pero ¿qué creía que iba a pasar? Llevaba tanto tiempo temiendo ese momento que ahora que lo tenía delante casi no podía creerse que fuera a suceder. ¿Nervios? Tal vez. Pero también impaciencia. Quería hacerlo, quitárselo de encima, decirse a sí mismo que no era para tanto y seguir con su vida y aguantar, porque al final a eso se reducía todo. A aguantar. Que pasaran los días y que su hermano le encontrara. No tenía que gustarle, no tenía que aprender, solo tenía que… aguantar.

—Te apuesto lo que quieras a que Livio pujará por ti —le dijo señalando con disimulo al edil, que estaba enfrascado en una conversación con Pulvio.

—Pensaba que Livio era cliente de Mael.

—¿Y qué? En un trabajo como el nuestro la fidelidad no existe. No tiene sentido ser celoso.

—Lo sé —dijo, agachando la cabeza. No había pretendido decir eso, pero tampoco quería buscarse problemas con el galo, y este parecía celoso por naturaleza. O, como mínimo, bastante territorial.

—Oh, no, también ha venido Veleyo —le informó Dafnis, y señaló con un gesto indeterminado a un hombre del tamaño de un buey con el rostro empolvado y una peluca de rizos rubios, como la que quería su amigo minutos antes—. Tiene muchísimo dinero y es… aburrido y desagradable. Tiene tendencia a emborracharse y quedarse dormido encima de ti. Y… te está mirando —dijo disimulando una mueca.

Akron estudió al tipo en cuestión. Sus ropas eran caras y cada uno de sus dedos estaba engalanado con un anillo, en alguno llevaba dos. También se había maquillado y llevaba el rostro tan blanco como Dafnis, con dos redondeles rojizos casi perfectos en sus mejillas. Alzó la copa en su dirección y sonrió ampliamente antes de dar cuenta de ella.

—¿Qué haces? —exclamó Dafnis tirando de su brazo. Akron lo miró sin comprender—. No los mires directamente. ¿En qué estás pensando?

—L-lo siento —dijo Akron, y se reprendió a sí mismo. No conseguía hacerlo, era consciente de que debía mantener la cabeza gacha, pero algo más fuerte que él lo impelía a alzar la mirada. Incluso con la cabeza gacha, no pudo evitar alzar los ojos para estudiar el mundo que lo contemplaba.

Y se encontró con unos ojos que lo miraban directamente.

No era romano. Ni siquiera se tomaba la molestia de intentar parecerse a uno; sin embargo, anillos, cadenas y una capa de fino armiño hablaban de posición y dinero. Tenía una barba cuidada, una melena oscura que caía por sus hombros y unos ojos que no se habían desviado ni un centímetro y lo contemplaban ávidos de curiosidad. Al percibir su atención, el desconocido dibujó una sonrisa.

Akron frunció el ceño.

—¿Quién es? —preguntó, incapaz de desviar la mirada.

—¿Quién? —Dafnis se giró y al reconocer al extraño individuo se sonrojó de tal manera que ni todo el polvo blanco del mundo lo habría podido disimular—. Mierda, Akron, deja de mirarlo —susurró, tirando de su hombro para desviar su atención—. Es uno de los hermanos. El otro debe de estar cerca. —Giró la cabeza escudriñando entre la multitud—. Aquel de allí, el rubio de las melenas junto a la fuente de vino. Ese es el hermano, pero él prefiere a las mujeres. El moreno, en cambio, suele preferirnos a nosotros. —Dafnis temblaba, preso de una curiosa excitación. No eran nervios, no, era otra cosa.

Akron contempló al hermano que le había señalado y que en ese momento conversaba con una de las mujeres de Pulvio. A ella se la veía encantada, pero era difícil saber si su reacción era natural.

—¿Recuerdas que te dije que algunas veces este trabajo es lo mejor que hay? —murmuró Dafnis con voz temblorosa—. Pues es él. Te acabo de decir que los celos no tienen sentido en este mundo, pero siempre siento celos de quien acaba con él.

—Estás exagerando —dijo Akron. No le cabía en la cabeza que eso pudiera ser posible.

—Él es… es diferente —musitó, ignorándolo por completo—. Es como si solo se sintiera complacido si tú estás complacido. Supongo que es una cuestión de orgullo, pero… te trata como se trataría a un amante, no a un esclavo. Me puede hacer mil cortes si quiere, es un fetiche ridículo, un mínimo precio que hay que pagar, pero el premio lo merece. Oh, sí.

—¿Cortes? —Akron alzó la voz sin querer.

—Es una tontería y… y no podemos hablar de ello, pero… —le hizo un gesto para que se agachara y le susurró al oído— te hace un corte y lame tu sangre. —Akron no ocultó una mueca de desagrado y sorpresa ante la confesión del joven—. Solo es un corte superficial, en el hombro normalmente, y la lame, pero… es casi como un beso, una caricia. No duele y no deja señal. De hecho es… excitante a su manera —dijo, mordiéndose el labio inferior—. El corte desaparece en un par de días como si nunca hubiera estado allí. Puede que sea algo raro, pero de verdad, lo que sucede después lo compensa con creces.

—Pero… ¿por qué lo hace? —preguntó, intrigado.

—Quién sabe. —Dafnis se encogió de hombros—. A lo mejor le excita el sabor de la sangre. Oh, mierda —gruñó—. Nuestro dulce Ganímedes se ha lanzado directo a por él.

Era cierto, Mael se había acercado al desconocido llevando consigo un ánfora de vino y en ese momento mantenía una conversación cordial. Era la primera vez que lo veía coquetear abiertamente. Parecía dominar el arte de las miradas esquivas que nunca se alzaban más de lo debido.

—¿Por qué no vas tú? —preguntó Akron, era evidente que su amigo se moría por acercarse.

—Órdenes de Pulvio, ¿recuerdas? No puedo alejarme de tu lado. A este paso me tocará quedarme con Veleyo —murmuró para sí.

Casi como respondiendo a las silenciosas plegarias del esclavo, su domine se acercó a ellos.

—Ve, Dafnis, ya cuido yo de nuestro Jacinto.

Pulvio parecía satisfecho y lucía la mejor de sus sonrisas. Le acercó una copa de vino mientras su amigo aprovechaba la oportunidad para escabullirse y dedicarse a lo suyo. El hacer bien su trabajo le permitía escoger a los clientes que vendrían después. Quizá fuera la única forma que tenían de incidir en su destino. Akron lo siguió con la mirada, pero, casi sin darse cuenta, sus ojos volvieron a cruzarse con los del desconocido.

—Estás llamando la atención —dijo su domine sin dejar de esbozar su amplia sonrisa—. Eso es bueno, pero no podía ser de otra forma. Jacinto —dijo, repitiendo el nombre que le había dado—. ¿Sabes? Jacinto era un príncipe. Pero eso ya lo sabías, ¿verdad? Después de todo, eres un chico bien educado. Me han empezado a llegar ofertas por ti; son bastante generosas, pero confío en que el precio se duplique en la subasta.

Akron engulló el contenido de su copa de un solo trago. Los nervios habían empezado a hacer mella en él. El estómago se agitó inquieto al recibir el preciado líquido. No había comido nada desde el desayuno. Dafnis se lo había desaconsejado, pero no habría sido necesario que lo hiciera ya que su apetito había hecho lo que él ansiaba y se había dado a la fuga.

—¿Nervioso? —preguntó Pulvio con una sonrisa condescendiente. Akron asintió en silencio—. No tienes por qué estarlo. Mis clientes saben valorar mis propiedades y las cuidan bien. Y esta noche te puedes permitir ser todo lo torpe que quieras. Será parte de tu encanto. Sin embargo, mañana… mañana será otro cantar, pero… hablaremos de ello mañana.

 

 

Las visitas a la casa de baños solían tener un sabor agridulce, Seth lo sabía muy bien, pero se habían convertido en una rutina de la que era difícil escapar. La luna brillaba en el cielo, completamente redonda, en un cielo sin nubes. Una agradable novedad tras una semana de intensas lluvias. Incluso a él, que estaba hecho a esa tierra, le resultaban tediosos tantos días seguidos con el cielo plomizo y una humedad que calaba hasta los huesos. Pero esa noche la lluvia solo era un recuerdo en forma de aroma a tierra mojada.

La pesada presencia de su hermano apoyándose sobre sus hombros le hizo desviar la vista de la luna.

—Te veo un poco taciturno —comentó este tendiéndole un vaso de vino.

Seth lo cogió y agitó su contenido. Se tomó su tiempo en responder. ¿Taciturno?

—Aburrido, más bien —suspiró.

—¿Sí? —Oz frunció el ceño—. Eras tú el que quería venir.

—Me gusta la fiesta —dijo—. Estaría de fiesta todas las noches. Pero no es la fiesta el motivo que nos trae aquí, ¿verdad?

—No voy a tener esa discusión —dijo su hermano mayor clavándole un dedo en el pecho—. Busca a un chico, pásatelo bien y haz lo que tengas que hacer. Lo único que necesitamos es tiempo. Pásatelo bien, Seth. Olvida por un momento, por esta noche, y pásatelo bien.

—Es lo que hago cada luna llena —replicó.

—Pues sigue haciéndolo. —La voz de Oz había alcanzado el tono exacto del que no quiere seguir con la discusión, y cualquier muestra de retomarla sería tomada como una agresión. Seth asintió con la cabeza y dio un sorbo a su vaso—. Tampoco es como si te estuviera pidiendo algo que no quieres hacer.

—Quiero hacerlo —admitió.

—Ahora voy a ir al otro lado del salón, donde están las muchachas, y puede que pida dos para esta noche —dijo—, me siento generoso. Tengo mucho amor para dar.

Seth sonrió y agitó la cabeza mientras veía a su hermano desaparecer en dirección a las mujeres. No tardó en estar rodeado por ellas. ¿Por qué no iba a estarlo? Era un amante atento y pagaba bien, poco importaba que no fuera un romano de la capital. Eran ciudadanos, después de todo.

Se apoyó en la columna y tendió el vaso hacia un sirviente para que se lo volviera a llenar. Pulvio siempre hacía que sus chicos fueran los últimos en llegar, quizá porque su oferta no era tan abundante como la femenina y, sin embargo, siempre estaban solicitados. Miró de reojo al anfitrión, el leno conversaba animadamente con el edil y se giró para señalar a los muchachos que acababan de entrar en el atrio.

«Ganímedes, Ámpelos y Dafnis», se dijo «O Mael, Hierón y Dafnis». Debía de ser el único de aquella casa que sabía sus nombres. Siempre lo hacía, en la intimidad del fornice siempre les pedía que le dijeran su nombre real. Pocas cosas tenían más poder que un nombre y Seth protegía con celo ese poder.

Había un chico nuevo. Seth lo miró con curiosidad. Si algo había que alabar a Pulvio era su buen gusto con los hombres. El nuevo era joven, quizá demasiado, pero tenía el rostro de un dios cincelado en mármol, como las estatuas que decoraban ese mismo jardín. Llevaba el cabello corto y parecía oscuro, pero las antorchas arrancaban destellos dorados a sus mechones. Con la distancia que los separaba, no podía ver el color de sus ojos, pero podía percibir como su mirada recorría la sala sin ningún pudor.

Seth sonrió divertido al ver como su curiosidad era malinterpretada por un obeso ricachón que alzó la copa hacia el muchacho. Este se apresuró a bajar la cabeza con el rostro enrojecido mientras recibía algo que parecía una reprimenda de Dafnis.

Y entonces sus ojos se cruzaron con los del chico nuevo. Y se encontró dos luces de color turquesa mirándolo sin parpadear. Había algo magnético en su mirada. Algo que le hizo abandonar su copa y prestar atención. Hacía mucho tiempo que eso no le pasaba.

Seth sonrió y decidió que le gustaba la nueva adquisición.

—Maese Seth. —Mael se interpuso en su campo de visión con una sonrisa y un ánfora de vino. El joven podía permitirse una confianza con él que no brindaba a los otros clientes, de eso estaba seguro.

—Ganímedes —respondió con una sonrisa y le tendió la copa para que se la llenara—. Hace mucho desde nuestro último encuentro. ¿Todo bien por aquí?

—Como siempre —dijo el joven bajando la mirada.

Seth conocía ese jueguecito, le gustaba es jueguecito, pero en esa ocasión no estaba seguro de querer jugar.

—Veo que hay novedades —dijo y señaló con la cabeza al chico nuevo. No se le escapó el gesto de Mael, apretando las mandíbulas, y casi pudo oír el rechinar de sus dientes. Sin embargo, su voz fue toda miel al responderle.

—Jacinto, es… nuevo. Muy nuevo y supongo que algunos lo consideran un aliciente. —Quedaba claro que él no compartía esa opinión, pero era evidente que el chico había despertado el interés de muchos. Casi todos los ojos miraban de forma directa o indirecta al muchacho que se mantenía apartado hablando con Dafnis—. Hoy es la novedad, pero mañana será el novato que no sabe hacer bien su trabajo.

—Es un chico extraño —dijo Seth casi sin pensar—. No sé qué es, pero tiene algo diferente.

En esa ocasión Mael no fue demasiado diestro al ocultar su desprecio.

—Lo que tú digas —murmuró el catamita con amargura—. Disculpa mi atrevimiento, maese Seth, no pretendía ser descortés —se apresuró a añadir, recuperando la actitud servicial.

—No tienes derecho a quejarte —replicó divertido—. La última luna estuve contigo, sabes que nunca repito dos veces seguidas. Deberías buscar el favor de otro cliente más apropiado.

—Nunca se sabe cuándo será la excepción —dijo, encogiéndose de hombros, pero la sonrisa había vuelto a su rostro—. Si te interesa Jacinto, debes seguir a Pulvio. —Hablaba con susurros, solo para él, le señaló con un gesto disimulado a su leno que en ese momento atravesaba la estancia seguido de cerca por el muchacho—. Ha estado toda la semana tentando a los clientes, esta noche lo subastará. Si de verdad estás interesado, prepara tu dinero, te saldrá caro.

—¿Por qué me ayudas? —preguntó—. Me ha parecido entender que no te gustaba Jacinto.

—Y no me gusta. Pero tú sí, y ahora me debes un favor. Espero que lo recuerdes en la próxima luna.

 

 

Pulvio tenía que contenerse para no frotarse las manos antes de tiempo. Esa noche pensaba amortizar su inversión. El muchacho le había costado setenta denarios. Demasiados, sí. Por ese precio podría haber comprado dos como él. Sin embargo, no lo había hecho. Sabía lo que se jugaba y no estaba asustado. Livio se había interesado en el chico y ya había ofrecido la generosa cifra de cinco denarios; no estaba mal, pero Pulvio había amagado una sonrisa y se había disculpado. Esperaba que al menos Veleyo ofreciera un poco de guerra. Con algo de suerte, esa noche esperaba sacar diez, quizá quince.

Se giró para contemplar de nuevo al muchacho. Desde luego el físico no le fallaba. Y era joven, lo que le garantizaba unos cinco años, como mínimo, para hacer crecer las ganancias a su costa. Esa noche solo sería la primera de muchas.

Pero merecía empezar por todo lo alto.

Pulvio se dirigió a la zona de baños. En el centro, la enorme piscina de agua fría estaba rodeada por columnas; y las piscinas menores, de agua caliente, se disponían alrededor de la central como los pétalos de una flor. La mayor parte de la actividad de la casa de baños sucedía alrededor de esas ocho piscinas menores. Las cortinas se cerraban delimitando el espacio y salvaguardando la intimidad de los que estaban dentro. En ese momento, dos de las cortinas estaban echadas.

Pulvio indicó a uno de los sirvientes que llenara la copa de los comensales.

—La mayoría ya conocéis a la nueva joya de la casa de baños. El mismísimo amante de Apolo —dijo, acompañando sus palabras con cierto toque teatral. La acústica del lugar amplificaba su voz—. Un joven doncel, completamente puro —continuó—. Al menos, por ahora.

Un auditorio de risas ebrias coreó sus palabras

Jacinto bajó la cabeza, más cohibido que respetuoso, eso seguro. Pulvio apretó las mandíbulas. Habían pasado casi dos semanas desde que el muchacho llegara a la casa y no había sido capaz de hacer que mantuviera la cabeza gacha. Al menos, había conseguido quitarle la absurda manía de cubrirse el cuerpo abrazándose a sí mismo. No, los brazos a los lados. Y, si le resultaba difícil, debía cogerlos en la espalda, tal y como los tenía en ese momento.

—Déjate de cuentos, Pulvio —atajó Livio—. Cinco denarios.

—¿Solo? —exclamó haciéndose el ofendido—. Ten en cuenta que lo que vendo no se puede revender. Solo hay una, una vez. ¿Cinco monedas por ser el único y memorable? ¿Cuántas veces te han ofrecido la posibilidad de estrenar la mercancía?

—Más de las que crees —se rio el edil—. Casi todas las putas son vírgenes.

Más risas. Pulvio se vio obligado a sonreír y asintió en silencio mientras esperaba a que las risas se atenuaran.

—Ya, pero… ¿cuántas veces es verdad?

—Según ellas, siempre.

Más risas, más espera, más asentimientos silenciosos. Pulvio era un hombre paciente y sabía que el edil estaba jugando con él, haciéndole perder el tiempo a propósito, devaluando, si podía, su mercancía. Pero eso no iba a suceder.

—¿Y según tú? —preguntó—. ¿Cuántas veces lo son ellas? ¿Crees que lo que te ofrezco es lo mismo? ¿Crees que te estoy engañando?

En esa ocasión Livio no dijo nada.

—¿Crees que mi Jacinto es auténtico o no? —preguntó con inocencia—. Has estado con él. ¿Crees que miento?

—No —se vio obligado a reconocer—. No creo que mientas. Mi oferta sigue en pie, Pulvio, cinco denarios.

—¡Siete! —exclamó otro de los invitados.

—¡Ocho!

—¡Nueve!

El rostro de Livio se contrajo en una mueca de rencor.

—Quince denarios y es mucho más de lo que vale tu chico —dijo.

—Dieciséis —dijo Veleyo. El obeso mercader se había mantenido al margen hasta ese momento, era el único que podía rivalizar directamente con el bolsillo del edil.

—Dieciséis… —repitió Pulvio con una sonrisa de satisfacción.

—¡Veinte! —gruñó Livio.

—Veintiuno. —Veleyo parecía contrariado, pero no pensaba dejarse ganar fácilmente.

—¡Veintidós!

—Veintitrés. —Cada contraoferta del empolvado mercader estaba acompañada de una risita despectiva que no hacía sino enfurecer al edil y empujarlo a subir la cifra.

—¡Treinta denarios! —dijo una voz grave desde el fondo de la sala.

¡Treinta denarios! Eso era un escándalo. Ni en sus sueños más temerarios habría creído que alguien pagara tanto por una noche con el muchacho. Pero… era uno de esos hermanos bárbaros. Ni siquiera había sido invitado a la subasta; sin embargo…, treinta denarios era mucho dinero.

Cuando el Imperio forzó la paz, muchos de los caudillos locales que apoyaron la causa recibieron el cargo de civitas. Los hermanos eran un claro exponente de cómo las buenas decisiones en el momento adecuado podían encumbrar hasta al más animal de los hombres. Sus compañeros eran vendidos como esclavos que ellos mismos compraban para que sirvieran en sus casas.

Pero las órdenes del Imperio eran una cosa, la legalidad era una cosa y lo que sentían sus ciudadanos era otra bien distinta. La mayoría de sus compatriotas no veían con buenos ojos a estos nuevos romanos y su fortuna siempre era objeto de más de una intriga.

—¡Treinta denarios! —repitió el galo alzando la voz, abriéndose paso entre la pequeña y escandalizada multitud de respetables ciudadanos.

Su melena, su barba, hasta su atuendo era una clara burla a la moda de su nueva patria. Pero el armiño de la capa y el oro que engalanaba sus ropajes hablaban de dinero, y sus denarios eran los mismos que los de cualquier romano.

—¡No puedes permitirle que…! —empezó a protestar Livio—. Es un bárbaro.

—A los ojos del Imperio es un ciudadano. Treinta denarios, Livio —replicó Pulvio—. Si los igualas el chico es tuyo.

Por un instante, casi llegó a creer que el edil igualaría la oferta, pero el romano negó con la cabeza y se echó a un lado.

—Haz que mañana se lave bien antes de verme —replicó mientras se alejaba con un dramático gesto de desdén, en voz lo suficientemente alta como para que fuera escuchada por todos los allí presentes—. ¡Con agua de rosas! Lo que sea necesario para eliminar todo rastro de ese animal.

Jacinto observaba con evidente curiosidad al ganador de la subasta. Este hizo caso omiso del comentario del edil. Si se sintió herido, no lo demostró. Avanzó con el paso firme y la cabeza alzada del que se sabe vencedor.

Pulvio le hizo un gesto y lo apartó de la multitud. Necesitaba hablar con él a salvo de oídos curiosos y, en ese momento, toda la sala deseaba captar el máximo de información sobre el curioso individuo.

—Maese Seth, se llama Seth, ¿verdad? ¿Qué clase de nombre es Seth? —se extrañó.

—Es el diminutivo de un nombre largo y difícil de pronunciar —respondió con un tono de voz pausado que contrastaba con el histerismo que se estaba adueñando del romano.

—No importa. Estamos hablando de treinta denarios, ¿verdad? —cuchicheó Pulvio—. Treinta monedas romanas.

—Pueden ser monedas romanas u oro, lo que prefieras —dijo el bárbaro mostrando su sonrisa, aunque no lo miraba a él mientras hablaba. Él y su adquisición intercambiaban un tenso duelo de miradas.

Tuvo ganas de resoplar y golpear al chico para que bajara la cabeza, pero su cliente no parecía molesto. De hecho, parecía cautivado por ello.

—Supongo que, por ese precio, el vino estará incluido —comentó.

—Sí, claro —asintió el leno e hizo un gesto a uno de los sirvientes—. Lleva una jarra del mejor vino al fornice principal. Y algunos dátiles, también. Espero que sepáis lo que estáis pagando, Maese Seth. Jacinto es… inexperto.

—Bueno, será cuestión de hacerlo memorable para que adquiera experiencia.

Se inclinó un poco y extendió una mano a Jacinto, para indicarle que lo acompañara. El joven titubeó, pero no vaciló.

—Ve con él y esmérate —le advirtió Pulvio antes de que desapareciera con el bárbaro—. Ya te han explicado el truco, ¿no? Habrá aceites en la cámara, intenta que los use. Relájate y cuenta hasta diez, ¿de acuerdo? No es para tanto, ya lo verás. Pronto aprenderás a disfrutarlo.

El rostro de Jacinto estaba lívido y sus manos temblaban, aun así demostraba mucha más entereza que algunos de los chicos que habían pasado por allí. Pero no era para tanto, y ellos mismos lo reconocían más adelante.

Treinta monedas… Nunca más podría ganar tanto por el chico, pero pensaba amortizarlo bien.

Pensaba amortizarlo de muchas formas.

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