El Don encadenado •Capítulo 3•

LOS BRAZOS DE UN AMANTE, LOS BRAZOS DE UNA MADRE

 

La Maediam Corail era una visión digna de ser pintada: el rostro reclinado en una mano perfecta, las mangas de finísima gasa que apenas velaban el bien torneado brazo, los hombros cubiertos por una multitud de pequeñas trenzas entretejidas con hilos de plata… Nadie habría desaprovechado la oportunidad de mirarla a placer, tanto como lo permitieran las formas. De hecho, cuando Caradhar acudió aquella mañana a sus departamentos privados, Nestro ya estaba allí, dedicado a tan agradable tarea. No iba a reprochárselo. A pesar de la diferencia de edad, él mismo encontraba a aquella elfa irresistible.

Cuando el dotado se hizo notar, al maestro de armas no le costó nada volver la cabeza y darle la bienvenida con una sonrisa complacida. A diferencia de su primer encuentro, el muchacho no interrumpía nada; su presencia duplicaba el número de cosas hermosas que disfrutar en la habitación.

—He aquí a tu pupilo, Nestro. —La dama señaló una silla al recién llegado—. ¿Sus habilidades marciales son dignas de tu maestría?

—Lo serán cuando termine con él, os lo garantizo. Aunque he de decir que no carece de cualidades innatas para blandir la espada. —Los ojos de Nestro chispearon. Caradhar entendió al punto que no se refería a ese tipo de espada.

—Celebro oírlo. Por mi parte, sospecho que todo cuanto hace es anhelar los laboratorios de Llia’res.

—Sobre eso no puedo hacer nada. ¿Es cierto, muchacho? ¿Prefieres rodearte de brebajes malolientes que… cruzar hojas conmigo?

—No alcanzo a ver para qué me servirá.

—Ya te ha sido explicado. Entre las obligaciones de la guardia personal del Maede está garantizar su seguridad.

—Garantizar su seguridad… Ni siquiera he sido llamado ante él. Además, sé que tiene otros dotados a su servicio que no han recibido mi mismo entrenamiento.

—Los nacidos y criados en la Casa no han de probar su lealtad. Sé paciente. Mi marido no es confiado ni amigo de pasearse en público, tendrás que aprender a ganarte su favor.

—Me sorprende que Llia’res aceptase dejar marchar al chico —terció Nestro—. Un pobre maestro de armas como yo es una cosa. Ahora bien, un dotado… Mi vaiam Corail es, sin duda, muy persuasiva.

—Por supuesto, mi hermano también está interesado en mantener una buena relación entre las dos Casas. No sé si me estás halagando o censurando. —Arqueó las cejas en fingido reproche. Aquel gesto tan familiar en ella se le antojó al aludido más atractivo que de costumbre, no supo por qué.

—Pongo mi cabeza a vuestra disposición si alguna vez me atrevo a censuraros, mi vaiam. —El maestro de armas la inclinó con exquisita cortesía—. Sabed que sería el último en criticar esta o cualquier otra decisión que hayáis tomado en el pasado.

Caradhar asistió al intercambio de frases con curiosidad. La deferencia inicial de Nestro a la Maediam estaba ahora entrelazada con pequeñas alusiones a la debilidad que sentía por el dotado, lo que empujó a este a preguntarse si sus actividades nocturnas no se habrían vuelto demasiado obvias. Al despedirse, Nestro hizo una nueva reverencia y se llevó la mano de la dama a la frente.

—¿Siempre de mi lado? —preguntó Corail.

—Siempre.

Haciendo gala de una gran audacia, el elfo la retuvo durante un lapso tan largo que escapaba al decoro.

Mientras se alejaban por el patio interior, el dotado rompió el silencio con una sencilla pregunta:

—¿Os acostáis con ella?

El aludido parpadeó, tomado por sorpresa. Costaba trabajo acostumbrarse al carácter tan crudo y directo del muchacho. Cuando reaccionó, decidió contraatacar con su mejor tono burlón.

—Vaya, vaya, no nos andamos con rodeos. ¿A qué viene ese interés? ¿Celoso a morir? Y, si es así, ¿por ella o por mí?

—No, es simple curiosidad.

Nestro chasqueó la lengua, ligeramente frustrado. Crudo, directo… y sincero, a menos que fuese un actor brillante.

—La Maediam es muy hermosa, sí, pero también es una dama sobre cuya honorabilidad no se puede arrojar una sombra. Es mejor que recuerdes eso, Caradhar, no se lo insinúes a nadie más. Por lo que a mí respecta, he de admitir, con cierto embarazo, que no frecuento otras camas estos días. Mis jóvenes muchachas acabarán por darme por perdido, ¿sabes? Tú agotas todas mis energías.

»Es por ello justo, supongo, que yo pretenda agotar todas las tuyas.

 

—El brazo más estirado, la pierna más adelantada, la espalda más recta. Mal, mal, mal.

La noche estaba al caer y en la sala de entrenamiento solo había un puñado de elfos practicando. La mayoría eran novatos. Aquellos que disfrutaban la ¿suerte? de contar con un mentor recibían un entrenamiento más exhaustivo, pero los instructores tenían sus propias obligaciones que atender durante el día, así que las clases extras debían encajarse en sus huecos libres. Tal era el caso de Nestro. Resultaba admirable que le quedase ímpetu para dedicar aquellas veladas a su nuevo pupilo…, sin contar lo que solían hacer aún más tarde.

El elfo era un maestro exigente que no dejaba nada a medias. Si se iba a ocupar de adiestrar al joven, los dos se emplearían a fondo, y más habría de valerles a aquellos delgados brazos ser capaces de sostener un arma. Y durante semanas, y a pesar de las protestas de Caradhar, se cercioró de que así fuera.

—Lanzas la estocada como un niño de pecho, así no atravesarías ni un pichón. He visto damas remilgadas en el comedor clavar el tenedor con más energía que tú. No, no, te lo advierto: si dejas caer la espada, la ira de los dioses no será nada en comparación con la mía. —La sala se fue vaciando mientras Nestro seguía gritando órdenes y haciendo comentarios sarcásticos—. No está mal esa pose, te alabaría el esfuerzo si fueses cojo y manco. Y ahora supongamos que conservas los dos brazos y las dos piernas…

Se acercó a Caradhar para corregirle la posición del tronco. Este casi dejó caer la espada ante la rudeza con la que fue sacudido.

—Esto os encanta, ¿verdad? —masculló, la boca fruncida en una mueca cínica.

Nestro miró alrededor; solo quedaban ellos dos. Visiblemente más relajado desde su posición a la espalda del joven, con los dos brazos derechos estirados en paralelo, acarició la muñeca que sujetaba y deslizó la otra mano desde la esbelta cintura al vientre, introduciéndola bajo las ropas. Algunos cabellos rojos se habían soltado de la cinta y estorbaban el camino de sus labios hacia el cuello. Tras apartarlos de un soplido, besó y mordisqueó con pasión; la suficiente para dejar marcas rojas que desaparecieron enseguida.

—Deberías probar a tutearme, al menos en privado. Y por supuesto que me encanta. Cuando empezamos te advertí que iba a hacer de ti un espadachín decente, y aquí —palpó el bíceps y los abdominales del joven— han brotado músculos que no se notaban antes. Si me vas a colocar siempre en el extremo que recibe —la mano sobre el vientre se coló bajo la cintura de sus calzas— este es el único lugar que me queda para reivindicar mi fuerza.

Para satisfacción de Nestro, la respiración del dotado se tornó más agitada. Atrás había quedado aquella idealización suya —que duró poco más de unos segundos— de un Caradhar delicado al que podría manejar igual que a una amante jovencita. A veces se avergonzaba cuando rememoraba la forma que tenía de dominarlo en el lecho. Dónde habría aprendido aquel condenado chico todo aquello y por qué no le permitía hacerle lo mismo siquiera una vez, solo los dioses lo sabían. Jamás hablaba de sus anteriores experiencias; cualquier tentativa de sacar el tema desembocaba en un silencio hosco o una huida descarada. A decir verdad, su fortuna era igual de pésima al abordar otros aspectos de su vida pasada, lo que convertía al dotado en el peor conversador con el que se había topado. Bien, quizá algún día cambiara de idea. Esperaría.

—Ugh, ¿debo entender que la clase ha concluido por hoy?

El brazo de la espada se le rindió y Caradhar la apoyó en el suelo. Nestro no respondió, sino que le arrancó la cinta del pelo con los dientes y sepultó el rostro en sus cabellos. El aroma de los dotados era dulce, diferente al del resto de los elfos; así lo había escuchado siempre y así era con él. También conocía otras leyendas, como aquella que afirmaba que la sangre con el Don dominaba la voluntad de quien la bebía. Aspiró con deleite y lamió la piel de su nuca y de sus hombros.

—Estoy cubierto de sudor. Deberías… esperar a que tomase un baño.

—¿A quién le importa? Hmmm, hueles y sabes mejor que nadie con quien haya estado, es increíble. ¿Me has dado tu sangre a escondidas y ahora soy tu esclavo?

—Eso es…, ah…, un mito.

La mano dentro del pantalón aceleró el ritmo. La que sujetaba su brazo se deslizó hacia la zona por encima de los muslos y comenzó a juguetear a su alrededor, hasta que Caradhar lanzó un gemido ahogado, se estremeció y soltó el arma, que rebotó en la piedra con un retumbante sonido metálico. Nestro aguardó unos segundos a que su respiración se calmara.

—Has dejado caer la espada. —Sonreía—. Ahora tendré que pensar en un castigo horrible y vergonzoso.

Era el lugar más extraño para un encuentro con un miembro de una Casa noble. No obstante, allí estaba Caradhar, ante una puerta sucia y despintada en uno de los callejones exteriores de la Zanja. Por suerte para él, no había tenido que revolotear solo hasta el centro de aquella telaraña de proscritos y criminales. Hasta el más inconsciente habría comprendido el peligro de acudir allí sin un guía local.

Tras comprobar que el puñal de su bota estaba en su sitio, golpeó según la señal convenida. La puerta se abrió al instante, desvelando un amplio recibidor, un corredor decorado con elegancia, una fina cenefa de frescos y candelabros de bronce. El contraste con la miserable fachada era tan brutal que le costó creer que no se había movido de la peor parte de la ciudad. Fuera como fuese, el entorno no le ofreció ninguna pista sobre la identidad del misterioso dueño, así que se limitó a seguir a la persona que le había franqueado la entrada; una elfa, a juzgar por la silueta bajo la túnica encapuchada.

Lo hicieron esperar en una pequeña sala sin ventanas ni tapices, aunque arreglada con idéntico gusto. La misma elfa de la puerta lo siguió poco después con una bandeja de bebidas. Llevaba la capucha bajada y Caradhar pudo contemplar su delicado rostro mientras le llenaba una copa de vino. Extraño sitio para una chica así, pensó. Poco imaginaba que la otra ocupante de la vivienda estaría aún más fuera de lugar que ella: precedida por el susurro de la seda al deslizarse, la Maediam Corail en persona hizo su aparición en la estancia. Caradhar posó la copa antes de levantarse. Corail le regaló una de sus sonrisas de miel, tomó asiento junto a él en el diván de brocado y tiró de su mano para que la imitase.

—Mi vaiam…

—Mi querido Caradhar, me alegro de que hayas localizado la casa sin percances.

—¿La nota en mi escritorio citándome aquí era vuestra? ¿Por qué? Esta zona es peligrosa.

—Cierto, pero cuenta con una ventaja que no existe en Elore’il, la privacidad completa. Es mi escondite secreto, mi refugio. Aquí podremos hablar sin que nadie nos escuche. Por cierto, revela mucho de tu carácter el que acudieses a la cita de alguien desconocido. Eres curioso y osado, cualidades que me hacen apreciarte aún más.

Le ofreció de nuevo la copa. Al sujetarla, sus dedos se rozaron, manteniendo el contacto el tiempo suficiente para que el joven notase la suavidad de su piel. Ella no pareció ofenderse; sus párpados cayeron de una manera que mostraba a todas luces lo cómoda que le resultaba tal intimidad. Ligeramente turbado por aquel ambiente, Caradhar la vació y volvió a llenarla. Aunque el alcohol no intoxicaba a los dotados y él ni siquiera podía saborearlo, seguía conservando la propiedad de infundir ánimos.

—¿De qué queréis hablarme?

—De muchas cosas. De tu estancia en la Casa, en primer lugar. ¿Te tratan todo lo bien que te mereces? ¿Eres feliz?

Caradhar le lanzó una mirada vacía, como si no entendiese por qué su señora habría de molestarse en llevárselo a un rincón secreto para hacerle semejante pregunta. Sabiendo que se esperaba de él alguna respuesta convencional, musitó:

—Supongo que sí.

—¿Hay algo que eches de menos y que esté en mis manos ofrecerte?

—Mis estudios de alquimia. Me dijisteis que tuviese paciencia, pero ya han pasado muchas semanas y nada ha cambiado. De hecho, esta es mi primera salida autorizada de Elore’il desde que estoy allí.

—¿Te sientes un prisionero?

—Me gustaba acompañar a los aprendices en las visitas a Therendanar. Solo es una jornada de viaje.

—Es natural que Elore’il limite tus movimientos, eres un recién llegado demasiado valioso. Oh, mi pobre muchacho… —El roce sobre los dedos se trasladó a la mejilla. Para ello, Corail acortó distancias en el diván—. Te prometo que usaré mi influencia para conseguir que te envíen fuera muy pronto. Entretanto, procuraremos hacerte la vida más fácil. Aunque no todo ha sido tedioso, ¿no es cierto? He oído que Nestro y tú habéis desarrollado cierto grado de proximidad.

—¿Hay algún problema con eso?

—En absoluto, querido, si es lo que deseas. Cultivar la… amistad entre varones nunca ha estado mal visto en los círculos nobles. Siempre y cuando, claro está, se guarde un poco de afecto para las muchachas. ¿Te gustan las chicas?

—Sí.

—Me alegra oírlo. —Corail apartó una hebra rebelde del rostro del dotado—. Dime, ¿qué tipo de chicas te atraen?

Estaban tan cerca que sus rodillas se tocaban y el aliento cálido de la elfa bañaba sus labios. En medio de la oleada de señales, ante aquella mirada inequívoca, cabía una única interpretación: que ella lo deseaba y lo había atraído a aquel agujero apartado para tenerlo sin peligro de testigos. Caradhar estaba seguro; le sobraba experiencia previa salvo en el apartado de preliminares, que nunca se había extendido tanto. ¿Y por qué no dejarse llevar? Era cautivadora y hermosa, tan hermosa…

Cuando, ya sin más razonamientos, se inclinó y terminó de salvar la distancia entre ambos, Corail interpuso la mano en su camino. Era suave, pero dejaba claro que no pasaría de ahí.

—Aun con todo el afecto que has llegado a inspirarme, más que ningún otro elfo de Argailias, no podemos tomar esa senda.

—¿Es porque estáis casada? El Maede no lo sabrá por mí.

—No, no es eso.

—¿Entonces por qué me habéis citado aquí? ¿Por qué no queréis continuar ahora?

—Hay algo que debo contarte. Te ruego que escuches hasta el final y lo entiendas, porque la diosa sabe que es lo más trascendental que he confesado a nadie en mi vida. ¿Recuerdas cuando me conociste? Te dije que llevaba mucho tiempo interesándome por ti, cosa bien cierta ya que no era nuestro primer encuentro, ni mucho menos. Yo te tuve en brazos el día que naciste. —Aspiró hondo, aliviada por la pequeña mentira piadosa—. Soy tu madre.

Las cejas rojas del dotado casi se tocaron ante lo que consideraba una broma incomprensible. Retrocedió hasta su extremo del diván y trató de buscar una explicación en los rasgos de la Maediam. Al no hallar ninguna, se levantó y replicó, con su voz más átona:

—Os burláis.

—Acababas de nacer, yo era una chica soltera con apenas tu edad. Habría sido un escándalo para Llia’res y el fin de todas mis expectativas, así que lo oculté y arreglé que te criasen en la Casa. A pesar de nuestra separación, nunca he dejado de velar para que no te faltase nada. Y ahora… Ahora estás conmigo. Juntos de nuevo para conocernos, para forjar un vínculo irrompible.

—Nunca habéis dejado de interesaros y velar. —Sus palabras sonaron tan gélidas que fue imposible distinguir si encerraban resentimiento o ironía. Tras ajustarse las ropas, alcanzó la puerta de la sala—. Prefiero no creeros. Es la hora de mi entrenamiento, regresaré a Elore’il.

—¡Caradhar! Sé que es difícil y no te pido que lo aceptes al instante, pero medítalo. Escúchame, perdóname, dame una oportunidad. Todos estos días juntos…, ¿no sentiste que había algo especial entre nosotros? Por favor, no te vayas así. —Lo alcanzó e intentó, inútilmente, retenerlo. Suspiró—. Esperaré, esperaré el tiempo que haga falta. Solo ten una cosa presente: no debes contárselo a nadie, a nadie en absoluto. Si el rumor llegase a oídos del Maede, yo estaría perdida y tú también.

»He puesto mi vida en tus manos. Te ruego que valores lo mucho que significas para mí.

Ni un grito, ni un reproche antes de su salida. Después de semanas de estudiar al reservado e indiferente muchacho, la falta de reacción no habría debido tomar a Corail por sorpresa. Pero ese vacío tan completo… Había renunciado a otros medios, como la seducción o la promesa de riquezas, para ganárselo. Había arriesgado lo indecible confiándole la verdad. Había dejado atrás la seguridad de Elore’il, la protección de sus guardaespaldas, para que nadie más averiguase su secreto. ¿Sería capaz su hijo, que no manifestaba ninguna lealtad hacia nadie, de mostrarse leal con ella? Poco podía hacer, salvo confiar en su instinto y ser paciente.

Revivió con inquietud el rostro de Caradhar al partir, luchando por recordar si sus ojos solían estar tan fríos y desprovistos de interés. Aunque no fue consciente entonces, el gesto no era nuevo entre ambos: era la misma mirada que ella le dedicara la noche de su alumbramiento.

Para los aspirantes a la guardia de Casa Elore’il había llegado el momento de realizar su primera misión de campo, un paso decisivo en la consecución del rango y la armadura oficial. Caradhar se las había arreglado para formar parte del grupo. No era nada común que un dotado fuera incluido en esas expediciones y el hecho despertó suspicacias entre algunos altos rangos, pero nadie se atrevió a poner pegas al visto bueno del maestro de armas. El joven no se hacía ilusiones al respecto: si bien le habría gustado creer que el permiso se debía a sus propios méritos, sabía que era la Maediam quien estaba detrás de todo, tal vez en un intento de recuperar su confianza. No había vuelto a hablar con ella tras la revelación de la Zanja, aparte de una entrevista fugaz y saldada con monosílabos; habría podido decirse que la dama —su madre— respetaba su periodo de reflexión y lo sobornaba con la anhelada salida que tantas semanas llevaba esperando. Era incapaz de sentir agradecimiento. Se sometía a aquello por ganarse un margen de libertad y el rango que le hiciese digno de acceder a los laboratorios, pero, si la Maediam poseía influencias, ¿por qué no las usaba para acortar su camino hasta ellos? ¿Quién le aseguraba que no le estaba mintiendo, que lo obligaba a dar aquel rodeo por motivos mezquinos? Por lógico que fuese aceptar sus limitaciones —no ayudaba a su prestigio la falta de herederos—, le resultaba difícil creer nada que viniese de ella.

Tampoco se había despedido de Nestro con el mejor de los ánimos. El maestro de armas persistía en interrogarlo sobre el enfriamiento de su relación con Corail, sobre el pasado, sobre amantes y otras cuestiones que no le concernían. Hablaba demasiado y él no era un conversador ni quería aprender a serlo, le bastaban las simples y satisfactorias veladas en la cama. Durante la última noche, el sexo había degenerado en reproches sobre su afición a cerrar las piernas y la boca, hasta acabar con el humor de ambos. Abandonar Elore’il en aquella expedición iba a ser un alivio, al menos por el momento.

En un agostado valle entre Therendanar y los territorios élficos, rodeado de montañas por el norte y por el oeste, se agazapaban algunas de las consecuencias vivientes de la rotura del tejido mágico y de la Gran Blasfemia. Según había quedado registrado en algunas crónicas, los primeros experimentos que Therendas y sus discípulos perpetraron sobre los tejedores de hechizos, cuando los alquimistas aún se movían a tientas en la oscuridad, dieron como fruto terribles abominaciones, criaturas que habían perdido su condición de personas para convertirse en poco más que monstruos. Los horrorizados humanos pusieron gran empeño en ocultar sus fracasos, la mayoría de las veces haciéndolos desaparecer bajo una hoja de carnicero o en un horno con la puerta sellada. Algunos de aquellos seres, sin embargo, escaparon con vida de los laboratorios subterráneos. Cómo llegaron hasta el valle, se multiplicaron y corrompieron la red de cavernas que constituían las entrañas de los picos a su alrededor seguía siendo un enigma hasta entonces.

Años y años de práctica alquímica habían convertido el lugar en una especie de vertedero a donde iban a parar los experimentos fallidos y los desechos. Por alguna razón desconocida, las abominaciones nunca lo abandonaban, así que humanos y elfos se limitaban a emplazar destacamentos de guardia en sus respectivas zonas de influencia, allá donde estaban montados los laboratorios de campaña. El pueblo llano rehuía la zona, conocida como el valle de Ummankor, y hablaba de aquellas tierras con temor supersticioso.

Casa Elore’il tenía asimismo su propia parcela en Ummankor e investigadores trabajando allí. Ante la falta de noticias de uno de los destacamentos, se habían enviado exploradores, cuyos informes reportaron la pérdida total de los efectivos. Ese fue el motivo de que se organizase una nueva expedición, integrada por los aspirantes y cierto número de veteranos, para recuperar los cadáveres y todo el material posible. Su Gran Alquimista había hecho gran hincapié en el material.

El emplazamiento estaba desierto. Los cuerpos muertos de varios elfos yacían en el suelo del laboratorio de campaña, entre viales rotos, libros deshojados y retorcidas piezas de metal. Los jóvenes guardias —Caradhar incluido—, los oficiales y los alquimistas emprendieron las tareas de amortajar los cadáveres y recolectar objetos útiles. Aunque el dotado había recibido la orden de permanecer con los civiles, aprovechó el caos para fisgonear entre los restos, iniciativa que vio premiada con el hallazgo de un pequeño cofre camuflado bajo una capa pegajosa de sustancias corrompidas y trozos de vidrio. El sello del cierre, un ser mitológico compuesto por partes de diferentes animales, le resultó familiar desde un principio; no tardó en identificar el escudo de armas personal del Gran Alquimista. Su instinto entró entonces en juego y le susurró que debía hacerse con ello. Tras cerciorarse de que nadie lo observaba, se acercó a la pila y escamoteó el cofre deslizándolo en el interior de su armadura.

Las labores de rescate se completaron en demasiado poco tiempo, un indicio claro de que otros grupos habían podido adelantárseles. Carecían, por desgracia, de diplomáticos para interrogar a otras Casas y a los humanos sin hacer acusaciones descaradas de robo; era más prudente esperar a recibir refuerzos antes de crear un posible conflicto, además de alejar de allí a los jóvenes. Caradhar fue uno de los más frustrados por la decisión. Llevaba oyendo hablar de Ummankor desde la infancia y no se le había pasado por la cabeza que regresaría a Argailias sin haberse adentrado en las cavernas, visitado los lugares de extracción o visto, siquiera de lejos, una de las míticas abominaciones. Durante el camino de vuelta a lo largo del llano no dejó de mirar atrás, a las colinas que iban creciendo en altura hasta convertirse en un macizo pavoroso. En su mente práctica, toda aquella roca estaba desperdiciada si lo verdaderamente valioso descansaba en el subsuelo.

Su desilusión no fue compartida por Nestro, quien lo recibió en Elore’il con el alivio de haber dejado atrás varias jornadas de desvelos. Ummankor se cobraba vidas cada año. Si le quedaba resentimiento por la fría despedida, no lo demostró en absoluto: en cuanto cayó la noche, el maestro de armas se precipitó en su dormitorio, lo aprisionó contra el colchón como solía y lo cubrió de caricias feroces antes de rendirse y darle la espalda. Sin una simple frase de bienvenida. Sin una sola palabra.

Caradhar aún estaba despierto cuando lo sorprendió la madrugada. Nestro, en cambio, había caído exhausto tras repetidos intentos de recuperar el tiempo perdido. Al contemplar su rostro en calma, reflexionó sobre aquel recibimiento silencioso que tanto contrastaba con las semanas previas de parloteo sobre hazañas marciales o conquistas. Era mucho mejor así. Saber que quizá era el hijo bastardo de su admirada señora, que había robado algo perteneciente al Gran Alquimista, enterarse de su vida hasta entonces, ¿en qué habría de beneficiarlos? Sacudió la cabeza y se acomodó. Compartir intimidades únicamente servía para meter a la gente en líos, por eso no lo había hecho nunca con nadie. Los amantes iban y venían, los problemas tendían a permanecer. Nestro y él se cansarían tarde o temprano y solo le quedaría esa Maediam enredadora, más bella de lo conveniente, que había elegido aquel momento para revelarle su parentesco. No era ningún ingenuo, sabía que debía tener un motivo.

Siempre lo tenían.

 

Justo cuando Caradhar se rendía al sueño, Corail atendía en su salón privado a su particular visitante misterioso de la voz profunda.

—¿Cómo está? —preguntaba ella sin molestarse en saludar, jugueteando al descuido con su colgante de plata—. ¿Se desenvolvió bien en Ummankor? ¿Se expuso a algún peligro?

—Mi agente me ha reportado que la zona estaba tranquila y bien defendida. No llamó la atención sin necesidad ni se comportó de manera inapropiada. Excepto…

—¿Excepto?

—Poca cosa, se quedó con algo que encontró entre los restos. Ordenaré que registren sus pertenencias para averiguar qué es.

—Déjalo estar. Es joven, tiene derecho a ocultar algún que otro secretillo. Y dime, ¿qué está haciendo ahora?

—Durmiendo. Con el maestro de armas, según es su costumbre.

—¿De qué suele charlar con Nestro? ¿De qué charla con cualquiera, en realidad?

—Ya os respondí a eso, ni es un gran orador ni se le da bien escuchar. No suele relacionarse con nadie, menos aún desde que tiene compañero fijo de cama. Responde a las preguntas de sus profesores y poco más.

—Hmmm. ¿Y eso no ha cambiado en estos últimos días?

—No. Debería preocuparos más otro asunto: vuestras reuniones habituales con esos dos han acabado por llamar la atención del Maede. Algo que traerá consecuencias.

—Sí, supongo que no te falta razón. ¿Qué me aconsejarías al respecto?

—Creo que es evidente: mantener las distancias.

—Ah. —El colgante se soltó y le resbaló entre los dedos. No llegó a tocar el suelo, pues su acompañante lo interceptó a medio camino con velocidad casi antinatural y se lo devolvió—. Mucho me temo… que eso no entra en mis planes.

—Os arriesgáis sin necesidad.

—Lo arriesgado es quedarse quietos y esperar a ver cómo desaparece todo.

—Aún no entiendo en qué puede ayudaros él. Dejad que yo me ocupe, pensaré en algo.

—No te he pedido que pienses, no esta vez. Tu problema y el mío es que sueles olvidar que a mí también se me da bien hacerlo.

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