El Don encadenado •Capítulo 4•

LAS ARMAS SE ENVAINAN

 

La luz que decaía apenas proyectaba sombras en la habitación en penumbra. Comenzó a llover; pesados goterones de agua repiquetearon contra las vidrieras. Caradhar se tomó su tiempo para llegar a la cama, se despojó de la armadura muy despacio, pieza por pieza, y formó una pila ordenada sobre la silla. Después se sentó y desabrochó su camisa de cuero, un cierre de metal tras otro, con una calma enervante. El espectáculo de las gotas golpeando las piezas de vidrio rojo, gris e incoloro capturó su mirada. Podría haberla posado en el techo o en la pared. Podría haberse asomado al cielo o al abismo y poco habría importado, ya que no veía lo que le presentaban las pupilas.

Rememoraba aquella jornada con el cuerpo y la mente embotados, sin sensaciones. Sin ofrecer nada al mundo salvo el hálito apagado de su respiración.

A los dos días de su regreso de Ummankor, Caradhar se ausentó del entrenamiento y se deslizó en su dormitorio con la intención de examinar su botín, la caja con el sello del Gran Alquimista. Sus deberes y la proximidad de Nestro se lo habían impedido hasta entonces. A pesar de sus precauciones, casi fue sorprendido en medio de la tarea por la llegada del mismo maestro de armas, quien, tras abrir la puerta de forma teatral, se reclinó en la jamba con una sonrisa orgullosa en los labios y una jarra de vino viejo en la mano. Si la expresividad del dotado hubiera sido la común entre los mortales, el recién llegado se habría ofendido al leer contrariedad en su gesto; dado que no era el caso, proclamó:

—Felicidades, antiguo aspirante: tu vuelta de Ummankor de una pieza, a pesar del conflicto, te ha añadido méritos a ojos de los oficiales. Que conste que no lo dudé ni un segundo. Es decir, tu esgrima es penosa, pero seguro que has desarrollado una increíble agilidad para salir corriendo cuando las cosas se ponen feas. —Al notar el ceño fruncido del joven, el maestro de armas sonrió con picardía y se aproximó para besarle el cuello—. Sabes que bromeo. Me tomo muy en serio todo lo que hago, no dejaría que te pusieras en peligro si no confiase en tu habilidad. ¿Que por qué te llamo antiguo aspirante? Porque has dejado de aspirar, te van a conceder un puesto en la guardia. Tal vez debiéramos celebrarlo.

—No hice nada especial. Pero tal vez debiéramos, sí. ¿Por qué no vamos a tu cuarto? —Las manos de Caradhar, más osadas, se colaron en la parte trasera de las calzas de Nestro—. Tu cama es el doble de grande, estaremos más cómodos.

Los labios del maestro de armas se inmovilizaron durante unos segundos sobre el cuello del joven. Luego lanzaron un suave gruñido.

—Uno de estos días perderé la paciencia y te haré pagar con creces la audacia de esos dedos tuyos. No hay necesidad de recorrer el frío pasillo cuando ya estamos aquí. Basta con que corramos el cerrojo.

—Casi no hemos vuelto a vernos en tus aposentos. Tiemblas ante la idea de que alguien abra tu puerta y se encuentre a Nestro, el maestro de armas, ofreciéndole la espalda a alguien como yo.

—Sí, tienes razón, me resultaría embarazoso que se hiciera público que una cosita de tu tamaño me pone a cuatro patas cuando le apetece. Por otro lado, también sé que muchos me envidiarían por disfrutar la posesión exclusiva de esa hermosa cosita pelirroja, así que, si eso es lo que quieres, dejemos la puerta abierta y las cortinas descorridas. Que cualquier curioso sepa a qué nos dedicamos los dos.

Semejante convencimiento hizo que Caradhar se resignara. Había planeado arrastrar a Nestro a su cuarto, agotarlo y regresar de puntillas para continuar con sus investigaciones; tales perspectivas se desvanecerían ahora en una larga jornada de sexo. Tampoco era tan mal cambio, si consideraba que la caja seguiría ahí cuando terminase. Sin apartar la mirada, deslizó las manos intrusas fuera de sus ropas y dijo:

—Échate sobre el estómago, empezaré los preparativos. Y no abras la boca salvo cuando yo te lo permita. Y… puede que sea mejor correr el cerrojo.

Nestro sonrió con extrema satisfacción.

 

Caradhar apenas dispuso de tiempo en los días que siguieron. Al séptimo todo quedó paralizado, pues Elore’il celebraba el juramento de lealtad de las nuevas incorporaciones a la guardia personal del Maede. Los jóvenes elfos y elfas se erguían con orgullo en la sala de armas, llevando su primera librea tricolor oficial. La postura no era optativa, a decir verdad: las ropas eran tan rígidas que doblarse en ellas era un desafío. Desde su puesto en la fila de afortunados, el dotado observaba de reojo la estancia, engalanada para el evento con pendones y escudos en las columnas de madera, alfombras de junco —para representar el ambiente espartano donde debían formarse los soldados—, soberbias armaduras pertenecientes a los antiguos señores y panoplias con armas de gala. En cierta manera, su marcialidad le recordaba más a la de los humanos que a la que solían expresar otras Casas nobles, o al menos eso creía; en Llia’res no hacían tanta ostentación bélica. Era en el lugar de honor, la tribuna con el sitial del Maede, donde esa severidad militar quedaba interrumpida: alfombras y tapices rojos y negros, muebles de oscuras maderas exóticas con incrustaciones de plata, colgaduras… Habría podido decirse que Killien no se incluía a sí mismo en la larga fila de antepasados guerreros, y, por lo que murmuraban sobre sus aficiones hedonistas, posiblemente fuera cierto.

La entrada del Maede en carne y hueso puso fin a las meditaciones del dotado. Venía rodeado por su guardia y seguido de cerca por su consorte, Corail, cuyo atuendo estaba a la altura de la magnificencia requerida por la ocasión. Sin poder evitarlo, Caradhar dirigió su mirada a la dama y encontró que su belleza se había atemperado en cierta medida. ¿O era que ya no podía dirigir hacia ella sus deseos porque compartían sangre? Una cierta repulsa se había unido a la atracción natural que le inspiraba, un sentimiento que no sabía interpretar y, cosa extraña para él, lo desconcertaba. Durante unos segundos, sus ojos se encontraron. Corail apartó entonces la vista, con un pretendido interés en ajustar los pliegues de su manga.

La atención del joven pelirrojo se centró entonces en Killien, el temido Maede a quien contemplaba por primera vez. Su figura delgada y su porte no se le antojaron impactantes, dado que no poseía ningún rasgo significativo aparte del cabello y los ojos muy claros. No obstante, era obvio que sus acompañantes —Corail incluida— caminaban sobre ascuas, pendientes de satisfacer al instante el más mínimo de sus deseos. El contemplar a su presunta madre en semejante actitud le hizo arquear las cejas. O bien era una actriz consumada o algo en la persona de Killien provocaba ese efecto, puesto que no concebía una vertiente tan sumisa en la personalidad de la altiva Corail.

Tras un paréntesis de discursos vacíos y monocordes durante los que el Maede, hundido en su sitial, exudó tedio desde las puntas de las orejas a los pies, este decidió acercarse a los nuevos guardias y examinarlos uno por uno. El tiempo se detuvo; todos los sonidos se apagaron para los intimidados jóvenes, salvo la voz de su señor.

—Bienvenidos. Vuestro capitán os ha concedido una valoración positiva en vuestra primera misión, a pesar de que no habéis logrado completar las tareas de salvamento en el mejor interés de nuestro laboratorio. —Rio entre dientes—. Un objetivo de dos. Yo diría que no es un gran éxito y que el capitán se excede en generosidad, pero a mí me gusta formarme mis propias opiniones, así que he venido a comprobar en directo qué material tenemos aquí. Y para empezar… Para empezar quiero que os postréis y me juréis obediencia, en prueba de vuestra lealtad a la Casa Elore’il.

Como movidos por una fuerza irresistible, todos los guardias hincaron la rodilla en tierra y humillaron la cabeza. Caradhar reaccionó medio latido más tarde, mordiéndose los labios por quedar atrás en la perfectamente ejecutada coreografía. Espió a sus compañeros por el rabillo del ojo. La falta de expresividad en sus rostros, la postura humillada y rígida… Había algo antinatural en todo aquello y no lograba distinguir el qué. En cualquier caso, bastó para complacer al Maede, que volvió a su asiento y dio orden de avanzar al siguiente evento del programa, los combates de exhibición.

El duelo no era el punto fuerte del dotado. Temió hacer un mal papel mientras observaba las hábiles evoluciones de las dos primeras parejas, pero cuando llegó su turno de salir al centro y comprobó quién era el oponente que le había tocado en suerte, sus temores se desvanecieron. Impetuoso, obvio en sus ataques, aquel muchacho tendía a dejar un flanco al descubierto durante las peleas, así que era cuestión de paciencia y astucia guiar sus movimientos en una determinada dirección para explotar esa debilidad. Ante una victoria tan sencilla, se preguntó si su emparejamiento había sido algo más que casual, si ciertas influencias —Corail, Nestro— no habrían tenido que ver con ello. La idea fue olvidada con rapidez; aunque hubiera sido cierta, ¿por qué habría debido importarle? No iba allí para buscar honor, sino acceso al laboratorio.

Con los duelos completados, el espaldarazo del capitán a los nuevos defensores habría debido ser el broche de la jornada, pero Killien tenía otros planes. Volviendo la vista hacia su consorte, preguntó:

—Querida mía, concedámonos un poco más de diversión. Por favor, señaladme cuál de estos jóvenes es el blanco de vuestro interés.

Para desmayo de Caradhar, Corail apuntó hacia él sin titubear. El Maede hizo una señal al capitán y le susurró algo al oído. La respuesta debió serle grata, ya que se acercó al dotado con una amplia sonrisa, lo tomó por el mentón para que alzase la cara y lo estudió con ojos burlones. Caradhar no se engañaba al respecto: Killien estaba al tanto de su procedencia y de la parcialidad que su esposa dispensaba a los miembros de su antigua Casa. La petición había sido un mero golpe de efecto.

—Así pues, tú eres mi nuevo tesoro, el dotado con el que la familia de mi respetada esposa ha tenido a bien obsequiarme —prosiguió—. He oído que Nestro te ha entrenado en persona. Veamos si lo ha hecho con eficacia o si se ha guardado demasiados trucos para sí. Ya sabes, para impedir ser superado por su discípulo. Para nuestro entretenimiento, enfrentaos sin armaduras, tan solo con un par de espadas de honesto acero. Dadnos un buen espectáculo.

El Maede se acomodó en su sillón mientras Caradhar y Nestro dejaban caer sus protecciones, elegían sus espadas y las blandían para comprobar su balanceo. La ojeada nerviosa del elfo más veterano se desvió de su pupilo a su reverenciada Corail, detalle que no pasó inadvertido a Killien. Humedeciéndose los labios repentinamente resecos, Nestro hizo un gesto a su contrincante y ambos tomaron posiciones.

Al principio cruzaron espadas con cautela y a distancia, en una calmada evaluación de sus respectivos temples. Para Caradhar resultaba difícil disimular cuán frustrado estaba. Su mentor, mucho más experimentado que él, conocía cada una de sus habilidades y limitaciones. Tarde o temprano le vencería, lo que supondría iniciar su carrera en la Casa con una derrota, y el Maede lo sabía. ¿Su única intención era humillarlos a ambos? La perspectiva no lo complacía en absoluto.

Entonces se percató de que Nestro no estaba poniendo toda el alma en el combate. Fuera cual fuese la causa —influencia de su madre o iniciativa propia—, Caradhar decidió seguirle el juego. Al fin y al cabo —se dijo— no es más que una exhibición. Aumentó la intensidad de sus ataques y aventuró un par de mandobles que pasaron rozando la piel del elfo de más edad, quien luchaba a la defensiva. Dado que el joven comprendía que su pericia no era suficiente para desarmar al contrincante con métodos convencionales, trató de usar la fuerza, la velocidad y una maniobra inesperada: balanceando la espada con toda la potencia de que era capaz, asestó un fuerte golpe a la hoja de su rival para hacerle perder parte de su agarre; luego la rotó en sentido contrario e impactó cerca de su empuñadura. Nestro soltó el arma, trastabilló y cayó sobre una rodilla. No bien su cuello recibió la amenaza del filo de Caradhar, los dos elfos se volvieron hacia su vanim.

Era fácil suponer que el maestro de armas se había dejado ganar. En cualquier caso, los labios de Killien se retorcieron en una sonrisa tan desagradable como la mirada triunfal que dedicó a su consorte.

—Bonita escena, mi dotado. En cuanto a ti, Nestro, qué decepción, de rodillas ante un crío sin experiencia. No me apetece entrar en detalles sobre si lo has hecho adrede o has perdido tu toque. De una forma u otra, has dejado de serme útil, así que, muchacho —ordenó, volviéndose a Caradhar—, ofréceme una prueba de tu futura obediencia. Mátalo.

Por un momento, el ganador buscó la confirmación de Corail, cuyos puños estaban tan crispados sobre los reposabrazos que los nudillos se le habían teñido de blanco. Bajó entonces la vista a Nestro, a su mano extendida en actitud suplicante. Sus ojos temerosos y resignados expresaban muchas cosas; contaban todo un mundo de sentimientos… que el dotado no sabía leer. Vaciló.

—¿No… me has… oído?

La furia contenida que destilaba la voz de Killien sacudió la mente de Caradhar y la hizo trabajar a toda velocidad. Era cierto que el Maede poseía un singular dominio sobre las voluntades, según atestiguaba el comportamiento de todos aquellos elfos. Ahora bien, cualquiera que fuese su secreto, no ejercía ningún efecto sobre él. Podía elegir negarse a ejecutar la orden, apartar la hoja, recibir él el castigo. Podía decepcionar a Corail, la supuesta madre, y arriesgar su vida. Su instinto de supervivencia se sobrepuso a las demás consideraciones al seccionar, con un rápido movimiento de muñeca, el cuello de Nestro.

Lo vio retorcerse, ahogado en su propia sangre, con las manos tratando de taponar inútilmente la herida. Se obligó a mirar porque sabía que el gesto era lógico y complacería al Maede, y así fue testigo de cómo exhalaba su último aliento en aquella hipnótica marea roja. Tras apartarse un poco para que la sangre no empapara sus botas, dejó caer el arma entre él y el Maede y se inclinó.

La sala contaminada con un cadáver había dejado de ser un lugar grato. Antes de abandonarla, sin esperar siquiera a los espaldarazos, el gobernante de Casa Elore’il susurró unas pocas palabras a Corail:

—Deberías saber que tengo oídos en todas partes, querida mía. No toleraré en mi Casa a nadie que no me sea leal sobre todas las cosas, ni siquiera por fidelidad a mi bella esposa. A nadie.

La lluvia seguía repiqueteando contra los cristales. Por la mente de Caradhar desfilaron imágenes mudas: sirvientes en la tarea de apartar un cadáver; el espaldarazo junto a una estera bajo la que se filtraban manchas oscuras; camaradas que lo rehuían para atontar su miedo en vino mientras él se retiraba, en solitario, a su cuarto… Alzó una mano, la colocó ante la vela y distinguió una pequeña mancha roja sobre el dorso. La sangre de Nestro.

Fuera, la tormenta ganaba intensidad. El elfo bendecido con el Don se preguntó si habría debido sentir algo tras su primera muerte. Concentró su energía en el pecho, casi deseando experimentar algún tipo de dolor, de presión. De calor.

Nada.

Con el destello de un relámpago, una chispa de luz se reflejó en sus ojos rojos. Por un instante semejaron estar vivos.

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