El Don encadenado •Capítulo 2•

LAS ARMAS DEL MAESTRO

 

A diferencia de su época en Llia’res, donde siempre se buscaba algo que hacer, la vida parecía discurrir despacio para Caradhar mientras en torno a él todo se movía deprisa. En aquella disciplinada organización diaria de sirvientes, soldados y funcionarios, a nadie le sobraba tiempo para detenerse y encomendarle alguna tarea o intercambiar unas palabras. A veces tenía la impresión de que no lo veían o, mejor dicho, de que estaban entrenados para no verlo, como si una entidad invisible hubiese dado órdenes de que era una pieza suelta y no debía contarse con ella hasta que le asignaran un hueco. Poco importaba con quién intentara hablar o en qué parte de la Casa intentara colarse: la mayoría de las veces recibía una frase corta por toda respuesta o era devuelto a las zonas comunes sin más comentarios. Corail fue la única persona con la que conversó de veras durante las ocasiones en las que fue convocado. Y no era que echase de menos las charlas banales, pues socializar nunca había sido su pasatiempo favorito; era la inactividad lo que le hacía añorar su antiguo puesto en Llia’res. ¿Divertirse? ¿Acaso la Maediam sabía lo que le pedía?

Por suerte para él, no tardó en descubrir que las noches eran muy diferentes en Elore’il. Cuando desaparecía la luz, el ánimo de la Casa se volvía más receptivo con ayuda de los barriles de la bodega. Fue su oportunidad de conocer a algunos de sus habitantes, como había sugerido la Maediam. Y de divertirse de la única manera que conocía.

 

La melena de la elfa era espesa y aterciopelada. Al estar tumbada boca arriba sobre la cama, con la cabeza colgando desde el borde, formaba una cortina castaña que llegaba hasta el suelo e invitaba a sus dedos —cuando no estaban entretenidos con sus pechos— a acariciarla. En contraste, la curva ladina de su sonrisa dotaba a su rostro de una curiosa apariencia de depredador debido a la posición invertida. Al colocarse de costado para encararla, encontró un par de ojos clavados en él.

—Todavía eres un chiquillo. ¿Dónde están tus músculos? —se burló ella, estudiando su cuerpo desnudo de arriba abajo—. ¿Y se supone que vas a formar parte de los guardianes del Maede? Pues ya puedes rogarle a Nestro que se emplee a fondo contigo.

El joven se arrastró hacia la mesa central de su habitación y sirvió dos copas de vino espumoso, cosecha especial de Therendanar. Lo cierto era que el reproche le había sentado regular. Tenía en la punta de la lengua recriminarle a esa descarada que aquello no le había importado hacía un ratito, cuando aún se retorcía gimiendo de placer debajo de él, pero se contuvo. También reprimió sus ganas de dejarla sin beber. De vuelta en el lecho de sábanas revueltas, le tendió una copa; ella se giró sobre el vientre e hizo honor a la invitación.

—Mmmm, ¡hace cosquillas! —Tras vaciarlo de dos tragos, sostuvo el recipiente en alto para que se lo rellenara—. Así que eres un dotado. Nunca había tenido a nadie con el Don al alcance de la mano, y menos en la cama. ¿Puedo? —La elfa rebuscó entre las ropas tiradas en el suelo, pescó una insignia de bordes afilados y, sin esperar permiso, hincó una de sus puntas en el costado de Caradhar. Para su asombro y deleite, la herida se cerró casi al momento—. Vaaaya… Sí que funciona rápido.

—No soy insensible al dolor —se quejó él, con el ceño fruncido.

—Ha sido un cortecito diminuto, no seas crío. Y dime, ¿qué estabas haciendo cerca del laboratorio a la hora en la que los chiquillos se van a dormir? Dotado o no dotado, si no hubiésemos dado contigo antes que los guardias del cambio de turno, ahora estarías en poder del capitán, explicándole tu bonita historia. Y el capitán es famoso por su falta de paciencia y su ilimitado mal genio. Tienes suerte de que Nestro no te asesinara después de dar la cara por ti. ¿Cómo has conseguido engatusarlo? Ah, espera, ya lo recuerdo: tú eras de la misma Casa que él, ¿verdad? Por respeto a las antiguas lealtades preferirá no dejarte lisiado. Habla, ¿qué esperabas encontrar? El laboratorio está totalmente prohibido. Un chico como tú nunca tendría posibilidades de colarse.

Un instante de silencio, al fin. Caradhar miró a su alrededor y pasó revista a los acontecimientos de la noche. Su primer encontronazo con el maestro de armas tras el regreso de este había sido lamentable. No hacía falta ser un genio para leer en los ojos oscuros de Nestro lo mucho que lo irritaba lidiar con críos fastidiosos, pero ya nada podía hacerse. Tampoco sentía especial interés por agradarle. Lo importante, meditaba, era mejorar sus habilidades de sigilo para que no lo pillaran la próxima vez que rondase el laboratorio. Estuvo tan cerca… Justo al otro lado de la estancia circular con los frescos y bajando unas escaleras, como había supuesto desde el principio. Algo más de tiempo y se las habría arreglado para echar un vistazo.

Acabó aceptando que había tenido suerte; de todas las personas que podrían haberlo descubierto, aquellas dos eran las únicas que no habrían de delatarlo ni tomar represalias. La chica, una miembro de la guardia a la que conociera tres o cuatro días atrás, se había encaprichado con él. En cuanto a Nestro, Caradhar creía que respetaría las órdenes de la Maediam y, por tanto, pasaría por alto la falta. Por el momento les había dicho que se quitaran de su vista mientras concluía su informe, y eso era lo que habían hecho.

En ningún lugar se especificaba que tuviesen que esperar por separado. O vestidos.

—Sentía curiosidad —se decidió a confesar, al final, Caradhar—. Aún no he conocido al Maede, pero he oído cosas sobre él, cosas que solo pueden explicarse con la ayuda de la alquimia. Quería echar un vistazo al lugar donde debe trabajar uno de los alquimistas más poderosos de Argailias.

—Nadie que aprecie su vida trata de colarse en el laboratorio sin previa invitación. Créeme, chico: si quieres llegar a adulto, te guardarás muy bien de provocar al Maede. Imagina, se dice que mantiene una guardia personal por puro protocolo, porque es capaz de defenderse muy bien sin ayuda. Hay algo en sus palabras, en su presencia… No sé, el hecho es que nadie ha desobedecido una orden directa suya o emprendido ataques personales contra él. —En la voz de la elfa había un toque de orgullo y también de temor—. Nadie.

—Entonces son ciertos los rumores. Pero eso ha de ser obra de una fórmula, no algo innato. El Gran Alquimista posee mucho talento.

—Mejor no preguntes ciertas cosas por ahí o tendrás una experiencia desagradable. Aunque estás en lo cierto, es la mano derecha de nuestro Maede. —La sonrisilla enigmática que acompañó a esta frase resultó incomprensible para Caradhar.

—Y ese poder suyo, ¿me afectará a mí también?

—Puedes apostar a que sí. Tiene una especie de… aura que te embota los sentidos. Vamos, que si me ordenara ponerme a cuatro patas, ¡lo haría sin pestañear!

—No me cabe duda.

Ante la evidente perversidad del comentario, la elfa vació su copa con un bufido y se la arrojó al joven, quien la esquivó con facilidad. Ella se arrodilló sonriendo con lascivia, su barbilla húmeda debido al vino que se derramaba por la comisura de su boca. Caradhar interceptó con la lengua el líquido rosado hasta que su rostro acabó hundido en piel y cabello suaves.

—¿Te gusta mi perfume, chiquitín? Nestro me lo regaló. Dijo que volvería loco a cualquiera de mis amantes.

—Y no has perdido el tiempo en correr a probarlo con otro —afirmó alguien, con sarcasmo, desde la puerta en penumbra. Era el maestro de armas.

El recién llegado echó el cierre y caminó despacio hacia los otros dos mientras se despojaba de la capa y los guantes. A la altura del lecho, alzó el rostro de la joven y la besó con toda la naturalidad del mundo. Ella respondió a la caricia con un roce de la lengua, sin cubrir su cuerpo desnudo. Resultaba obvio que no la incomodaba aquella situación, ya que comenzó a desatarle el tahalí para luego continuar con los costados de su armadura. En cuanto a Caradhar, tampoco se molestó en hacer concesiones a la modestia. Se limitó a observar la escena desde un revuelto nido de sábanas, con las piernas despreocupadamente separadas y una expresión de indiferencia que estaba lejos de sentir; nada solía delatar sus reacciones salvo un ligero arqueo de cejas. Meditaba sobre el motivo de esa visita. ¿Castigarlo por su infracción? ¿Sermonearlo? ¿Vengarse por pillarlo en la cama con la chica? Porque esos dos habían compartido intimidad antes, no cabía duda. Fuera como fuese, Nestro no llevó su familiaridad más allá. Cuando se vio libre de las correas, retrocedió hasta una silla y se acomodó en ella.

—Y bien, ¿qué tenemos aquí? —preguntó—. El rondador de espacios fuera de los límites (cuya vigilancia me robará horas de sueño si no quiero que deshonre nuestra Casa madre) intimando con una de mis guardias.

—Si planeáis echármelo en cara, no sabía que hubiese algo entre ella y vos.

—No, apuesto a que no te lo ha dicho. Pero esa es una cuestión secundaria, nunca me he tenido por alguien celoso. Mi intención al venir era meterte en cintura respecto a la estupidez de esta noche. Por la diosa de la Luna que no esperaba toparme con… esto.

Cuando los ojos de Nestro se pasearon por la estampa que componían los dos jóvenes, su determinación de poner firme al protegido de Corail sufrió un ligero revés; o una ligera alteración, más bien. Poco le había atraído la perspectiva de convertirse en niñero, por sagrada e ineludible que una orden de la Maediam fuese para él. Ni le interesaban los críos ni solía fijarse en otros elfos varones. Pero ese joven dotado… Lo último que habría esperado era encontrárselo exhibiendo su desnudez sin una pizca de vergüenza, después de haberse acostado con su propia amante. Y por los dioses que era hermoso. El cuerpo todavía adolescente, de deliciosa ambigüedad salvo por la contundente prueba de su sexo, la larga melena roja sobre la piel pálida, los iris de fuego, aun en su aparente indiferencia… Su escrutinio quizá fue demasiado obvio, puesto que sus miradas se cruzaron. Para sorpresa de Nestro, Caradhar no apartó la suya.

—Observo que mi muchacha se ha ocupado bien de ti —añadió con brusquedad, disimulando su fascinación con un viaje a la mesa para servirse su propia copa de vino—. No habría esperado otra cosa. Sueles ser muy hospitalaria, mi pequeña desvergonzada.

—No estás enfadado, ¿verdad? Tú siempre me has dicho que no debemos desaprovechar las oportunidades.

—Claro que no. Ahora bien, soy una persona curiosa y me gustaría saber qué estabais haciendo antes de que yo llegase. ¿Qué te ha dado este chiquillo tierno para preferirlo antes que a un guerrero como yo?

—¡No lo prefiero! ¿Por qué habría de preferirlo si puedo… teneros a los dos?

La muchacha sonrió con malicia y tanteó entre las piernas de Nestro. Aunque los avances no parecían molestarlo, el maestro de armas sujetó su mano indiscreta.

—Acabo agotado después de un viaje y un largo día de trabajo, en su mayoría por culpa del chaval de ahí detrás. Y, cuando al fin quedo libre para relajarme, me encuentro con que la bonita dama en cuyo regazo iba a hacerlo se ha escapado para jugar, a mis espaldas, con el problema pelirrojo en cuestión. No, no estoy de humor para compartir lecho con dos inconscientes. Pero os doy mi permiso para que continuéis. Adelante.

Caradhar enarcó las cejas, extrañado por escuchar semejante petición en lugar de gritos o un estallido de reproches. Aún lo desconcertó más ver como la sonriente elfa hundía el rostro entre sus piernas para volver a afilar el arma que ya la había atravesado dos veces. Te paseas bien estirado con tu uniforme, actúas muy digno ante la Maediam, ¿y en realidad eres un pervertido al que le gusta mirar?, se preguntó, con una ojeada pasajera al observador.

Si la situación llegó a incomodarlo, el instante pasó muy rápido. Él no era recatado en el dormitorio; de hecho, consideraba entretenido y excitante contar con semejante público, y tardó muy poco en volver a alzarse en todo lo alto de su gloria. Tomando a la elfa por la barbilla, pasó la lengua a lo largo de sus labios. Luego la hizo volverse, tiró de sus caderas hacia él, apuntó entre sus muslos abiertos y se tomó su tiempo penetrándola, poniendo buen cuidado en que Nestro no se perdiera detalle de su inmersión en las sedosas paredes que ambos habían disfrutado. Cuando comenzó a empujar, lo miró sin pudor entre los mechones desperdigados de sus cabellos. Escudaba su rostro tras la copa de vino, pero Caradhar poseía la experiencia necesaria para saber que su actuación no lo dejaba indiferente. Se fijó entonces en su ingle, en el claro abultamiento de la tela que la cubría. La visión lo impulsó a inclinarse sobre su pareja y embestir con más fuerza, su melena trazando un patrón de líneas rojas sobre la espalda expuesta. La joven hundió la cara entre las sábanas y gimió con deleite.

—De acuerdo, me ha quedado muy claro a qué os dedicabais —admitió Nestro no bien los otros dos cayeron, jadeantes, sobre el colchón. Su voz sonaba algo enronquecida por el vino—. Debe ser maravilloso ser tan energético. Pero ahora, querida, he de pedirte que me permitas tener una charla con el nuevo miembro de la Casa. La disciplina no cede ante la diversión.

La expresión de Nestro ahogó las protestas en la garganta de la elfa, que se vistió con desgana y abandonó la habitación. El maestro de armas acudió de nuevo a trabar la puerta. No recuperó, sin embargo, su silla junto a la cama, sino que se dejó caer al lado de Caradhar.

—Tienes mucha experiencia para ser un chiquillo tierno, ¿eh? ¿Me equivoco al suponer que ella no es la primera visitante de este dormitorio?

—No soy un chiquillo, ni tierno. Lo que haga al margen de mis deberes no debería importarle a nadie, la Maediam me dio permiso para divertirme. ¿Acaso vos no actuáis igual? ¿O solo os agrada mirar?

Alargó el brazo para terminarse un resto de vino de la copa. Nestro interceptó el movimiento, devolvió el recipiente a la mesita y lo contempló desde lo alto. Ofrecía la imagen más tentadora, con las mejillas sofocadas y los brazos y piernas flexionados en una pose que le confería una engañosa fragilidad. Con sus obligaciones de mentor, ¿estaría incluido el estipendio de probar un poco de lo que custodiaba? Tentativamente, tomó un mechón de sus cabellos rojos y lo enrolló alrededor de su índice. El joven no retrocedió en absoluto, sino que contraatacó desabrochando el chaleco y la camisa del militar. Su torso, esculpido a golpes de espada, era amplio, definido, una sucesión de cordilleras bronceadas que ostentaban con orgullo las cicatrices obtenidas en combate. Encarnaba las carencias de su propio cuerpo; carencias que, de manera paradójica, lo hacían más atractivo a los ojos de Nestro. Al abrirle las cintas de las calzas y frotar la erección recién liberada, el maestro de armas reaccionó sujetándole la muñeca y manoseando su vientre y sus caderas, como si el gesto le hubiese dado vía libre para ponerle las manos encima.

—Os agrada algo más que mirar, entonces. ¿No decíais que estabais agotado? —Sacudió el antebrazo prisionero—. ¿Vais a impedirme tocaros?

—Llevo mucho rato observándote, muchacho. No necesito más estímulos.

Enlazó la esbelta cintura y la atrajo hacia sí. Sus manos se pasearon por la piel inmaculada y se enredaron en sus cabellos. Pronto se les unieron los labios, curiosos por probar el sabor de esa boca que había estado disfrutando la muchacha. La besó, hambriento, su cabeza inclinándose de un lado a otro para acceder a cada rincón, su mente eludiendo el hecho de que se estaba dejando llevar. Durante un diminuto instante de cordura, se apartó y murmuró:

—¿Qué vas a contarle a la Maediam si te pregunta?

—Con quién me acuesto es cosa mía.

—Entonces, ¿estás a punto otra vez para…? —Nestro espió el abdomen de su compañero y constató que una nueva erección se alzaba sobre él. Sonrió con alivio—. Por las tres deidades, ¿hay algo más sorprendente que la vitalidad de un dotado?

Volvieron los besos, el ardor de un aliento que quemaba. A Caradhar se le erizó el vello de la nuca al experimentar el intenso contacto de aquellas palmas a lo largo de su espalda, entre las nalgas, sobre su entrada…

Su reacción fue violenta e inesperada.

—No, eso no se lo permito a nadie —negó con rotundidad, sujetándole, ahora él, las muñecas. Al percibir la decepción del maestro de armas, trató de suavizar el golpe con un frotamiento de su pelvis. Nestro se estremeció—. He dicho que no os dejaré seguir por ahí, pero no tenemos por qué parar. Si queréis, puedo hacéroslo yo a vos.

El elfo más maduro no daba ningún crédito a sus oídos y muy poco a su cordura. ¿Estaba aquel jovencito delgado, que apenas le llegaba a los hombros, sugiriendo lo que creía que estaba sugiriendo?

—Chico, ¿en serio piensas que voy a dejar que me la metas? —Su sonrisa se tornó en una mueca sardónica.

—Lo tomáis o lo dejáis, no tenéis elección. Os gustará, ya lo veréis. Nadie se ha quejado de mi experiencia.

Nestro perdió las ganas de burlarse. La situación le parecía irreal, como si fuera una muchacha la que estuviese sugiriéndole que se colocara a cuatro patas. Volvió a plantar las manos sobre los glúteos de Caradhar y lo miró con lujuria.

—¿Y quién va a impedirme coger, simplemente, lo que quiero?

El joven frunció el ceño y se revolvió, en un intento de escurrirse de aquel abrazo. Parecía tan rabioso que Nestro se temió que lo delatase ante la Maediam, que la fascinación del momento se fuera al traste. Que la hermosa criatura se apartase y no lo dejara acercarse nunca más. Y él estaba tan excitado… Condenado crío —pensó—, ¿qué estás a punto de obligarme a hacer?

—¡No, espera! Lo… lo probaré, lo haremos a tu modo. Eso sí, te lo advierto: pararemos en cuanto te lo pida y, si te equivocas y no me agrada, me aseguraré de que no vuelvas a sentarte en una semana. Y esto es una promesa.

Caradhar arqueó los labios; amenazar con secuelas físicas a un dotado no resultaba nada intimidante. Nestro se dio cuenta de su desliz y se mordió la lengua. Con todo, sus palabras lograron el efecto deseado, pues el chico se relajó, lo empujó con suavidad sobre el colchón y se instaló entre sus piernas.

—Os gustará —repitió.

Le recorrió a besos todo el camino sobre el pecho —donde resonaba su corazón furioso— hasta el vientre, ofreciéndole una prueba de las otras habilidades de su lengua. Cuando la respiración de Nestro se volvió ensordecedora y sus manos se perdieron en la cabellera roja, el dotado se humedeció el índice y lo deslizó dentro de su apretado túnel posterior. El maestro de armas gruñó y abrió de golpe los ojos, aunque volvió a cerrarlos enseguida. Su quejido no tardó mucho en teñirse de tintes más sensuales.

 

El amanecer estaba próximo cuando Nestro se vistió con reluctancia y recorrió el camino de vuelta a sus habitaciones. Su despedida había sido desafiante: «Hoy habré dejado todo mi aliento en tu almohada, lo acepto. Disfruta el aroma de la victoria mientras seas capaz, que otro día te tocará morderla a ti». Tenía que aceptar la derrota con gracia, considerando que Caradhar había cumplido su promesa. Con todo, quizá se habría inclinado menos hacia la deportividad de saber que el muchacho no planeaba permitirle cambiar posiciones.

En la piel del joven y en sus sábanas flotaba, ciertamente, el olor al perfume de sus compañeros de cama. Poco significaba aquello para él, dado que no podía disfrutar de ese aroma ni de ningún otro; carecía por completo del sentido del olfato.

Nadie lo sabía. No era el tipo de confidencia que se confesara a un amante después de pasar una tórrida noche juntos.

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