Solo a un beso de ti •Capítulo 2•

Christian había quedado con la agencia en la entrada de la casa. Llegó media hora antes de su cita, tenía ganas de estar un momento a solas en el lugar, esperando que la intimidad acallara sus escasas reticencias. Bajó del todoterreno negro, que había comprado poco antes de su viaje, en la dirección que le había marcado el GPS. Le había costado un par de días localizar la casa de sus abuelos, aquella en la que vivieron toda su vida, y en la que Christian y su hermano Lucas habían pasado los domingos y muchas tardes de su infancia. El jardín frontal estaba lleno de escombros y maleza, la fachada de cemento y piedra, enmohecida y descolorida por el paso del tiempo. Aun así, la reconoció en cuanto la vio. El viejo portón de madera, la casa de dos plantas con su tejado empinado y la pérgola que coronaba el camino de entrada, donde en el pasado había crecido una parra de la que él y su hermano solían recoger uvas y de la que ahora solo quedaban algunas ramas secas. Dio una vuelta intentando mirar hacia dentro por las ventanas, ennegrecidas por el abandono; supuso que la madera de los ventanales debía estar podrida. Fue a la parte de atrás, al terreno en el que un día sus abuelos cultivaron su propio huerto. Quedaban algunos árboles, olivos, robles y encinas que aguantaban el paso del tiempo, ya no había ni rastro del columpio de madera que construyó su padre, ni de la caseta del viejo labrador cuyo ladrido cansado volvió al instante a su memoria. A pesar del aspecto decadente de la antigua casona, no pudo evitar sonreír al verse ahí; tenía tantos recuerdos de aquel lugar, recuerdos de lo que sentía que habían sido los mejores años de su vida. Cuando su madre era joven y fuerte, su padre formaba parte de su vida y era la persona a la que más admiraba en el mundo.

—¿Hola? ¿Christian? —Una voz femenina interrumpió sus pensamientos, y se giró para descubrir a una mujer sonriente, como de su edad, menuda, de pelo largo y rubio a base de mechas, que parecía pedir permiso con la mirada—. Perdona, ¿te he hecho esperar?

—No, llegué antes, quería echar un vistazo…

—No te acuerdas de mí, ¿verdad? —Christian volvió a observarla con detenimiento intentando averiguar qué se le escapaba—. Soy Patricia Serrano, estábamos en el mismo curso, pero yo estaba en la clase paralela…

—Ah, sí… Eras la delegada de curso, ¿verdad?

—Sí… Vaya, sí que te acuerdas. Fue hace tanto tiempo… —Ella sonrió con timidez—. A ti sí que te recordamos por aquí. —Y volvió a reír nerviosa con una risa que mostraba todos sus dientes hasta las encías y que parecía querer controlar como si la avergonzara—. No tenemos muchos famosos locales…

—¿Famoso? No…, no soy famoso… —Y no lo dijo con falsa modestia, realmente nunca había encontrado su trabajo especialmente interesante, era algo fácil que dependía poco de su talento. Él era únicamente el objeto de trabajo para el ingenio creativo de los que lo rodeaban: los diseñadores, los fotógrafos, los publicistas, incluso los empresarios. Lo suyo… lo suyo era conveniente, nada más.

—¡Venga ya! —lo contradijo ella volviendo a reír con esa mezcla de pudor y descaro descontrolado—. Estás en todas partes, hay un anuncio con tu foto en una valla publicitaria en la carretera, justo antes de entrar al pueblo…

—Eso me han dicho… —Y quiso poder obviar el tema—. Bueno, ya no trabajo tanto; de hecho, me estoy retirando más o menos…, por eso quería ver la casa…

—Era de tus abuelos, ¿verdad? Lo recuerdo. Nadie se ha interesado por esta casa en mucho tiempo, está en muy mal estado…, pero supongo que si estás pensando en reformarla, es una buena inversión, es un terreno estupendo…

Y la conversación al fin continuó por el camino que él pretendía. Patricia le mostró la casa; realmente no le hacía falta verla, tenía claro que pensaba comprarla, lo que aún no sabía era qué haría con ella. Dieron una vuelta por todas las habitaciones hasta la parte de atrás, a la pequeña finca que la rodeaba.

—Christian Peña, quién lo iba a decir, con lo trasto que eras en el colegio… —Media hora más tarde salían de la casa, y Patricia volvía a sonreír nerviosa. Los dos se sintieron más cómodos desviando la conversación a ese pasado común que los unía en algún lugar efímero de la memoria.

Continuaron un rato recordando batallitas del colegio. Christian se había marchado a los trece años, cuando acababa de terminar primaria. Aún recordaba la rabia que le dio no entrar al instituto con sus compañeros de siempre.

—¿Quién sigue por aquí? —preguntó él con nostalgia de aquel pasado perdido.

—Bueno, muchos… Tú eras muy amigo de Rafa, ¿verdad? Tiene un taller de coches en la ciudad, Nieves también sigue por aquí, se casó y se fue a Vigo, pero volvió con sus hijos cuando se separó… y ¿te acuerdas de Cristina Núñez? Se casó con Santi…

—¿Con el Piñas? ¿En serio?

Y escuchar aquellos nombres de nuevo fue como un viaje extraño al pasado. Parecía todo tan lejano, como si hubiese vivido veinte vidas desde entonces, y a la vez lo recordaba de forma tan vívida. No había vuelto a ser aquel crío que hacía trastadas, que pasaba las tardes con los amigos jugando al balón o montando en bici o quedando en la parada de autobús por la noche para charlar, mangando alguna cerveza de casa de sus abuelos para sentirse más adulto, más hombre. Una época en la que no existían las preocupaciones y todos los elementos que componían su vida parecían permanentes, incorruptibles, con una certeza que no había creído posible cuestionar: sus padres juntos, sus abuelos vivos, su madre sana… Su mundo cambió por completo al llegar a Madrid y la confianza ciega en las certezas cotidianas dejó de formar parte de su realidad. Aquel crío de pueblo tuvo que desaparecer y aprender a asumir el rol de adulto antes de tiempo. Nunca más volvió a sentirse niño.

—Oye, seguro que les encantaría verte… Si quieres puedo organizar una pequeña reunión y quedar un día…

—Sí, claro, eso me encantaría. —Y ella volvió a reír como una adolescente, y Christian se preguntó si era eso lo que buscaba, el motivo por el que había vuelto, reencontrarse con ese pasado que quedó mutilado.

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