Slave •Capítulo 7•

7. Física elemental

 

Cadenas.
Las que me atan a ti.

 

CHRIS

—¿Chris?

Decidí hacerme el dormido y, por si acaso, arrebujé aún más la cabeza bajo el grueso cobertor, ocultándome por completo.

—Voy a entrar, Christopher. —La autoritaria voz de mi tío sonaba levemente amortiguada tras la puerta.

Cumplió lo dicho y escuché el picaporte. A través de una fina rendija percibí el potente chorro de luz que entró a mi cuarto desde el pasillo. La imponente silueta de Rusell Coldstone se recortaba en sombras bajo el dintel de la puerta.

—¿Qué demonios ocurre, sobrino? Tienes a la pobre Berta a punto de darle un ataque. Dice que no has salido del cuarto desde ayer por la tarde, ni siquiera para comer.

—No es nada, tío Rusell.

—¿Te encuentras mal, estás enfermo?

—No.

—¿Ha ocurrido algo en la facultad?

—No.

Sentí un notable peso aplastando una de las esquinas del colchón, y la mano de mi tío se posó con torpeza sobre mis piernas encogidas por encima del cobertor.

—Por favor, Chris. Sabes que puedes contármelo todo.

Casi me lo creí. Saqué la lengua y me lamí a conciencia el pequeño corte que todavía tenía en el labio inferior. Aquella bofetada me había dolido en el alma, y confieso que aunque fuese mezquino le guardaba rencor.

—No es nada, en serio. Me apetece estar solo —insistí.

—Estamos preocupados.

—Pues ya os he dicho que estoy bien —contesté, quizá más bruscamente de lo que había pretendido.

—Tan terco como tu padre. —Suspiró, y se puso en pie nuevamente para salir de mi habitación.

No sentí remordimientos.

La puerta se cerró suavemente y regresó la oscuridad. Estaba muy a gusto bajo las mantas, en mi refugio particular. Parecía un adolescente traumatizado por su primer amor fallido, pero no podía decirle a nadie que tres supuestos clientes habían abusado de mí. Se hubiesen reído en mi cara, teniendo en cuenta a lo que me dedicaba. Incluso el viernes había ido a la universidad, como un día cualquiera. Las clases y los ejercicios me distrajeron un poco, pero en cuanto llegué a mi casa tuve que meterme en la cama porque ya no podía más. Sabía perfectamente que aquella horrible experiencia había marcado un antes y un después.

Pero no, no me moriría. El tiempo todo lo cura.

Mi teléfono móvil empezó a sonar. Hacía un par de días que me llamaba un número extraño, pero ni se me había pasado por la cabeza la remota posibilidad de contestarle. Dejé que se hartara y, tras cerca de un minuto, al fin se paró. Suspiré aliviado y pensé seriamente en cambiar de teléfono. Estiré la mano para alcanzarlo de mi mesilla de noche y apagarlo, pero entonces vibró en mi mano anunciando alegremente que acababan de enviarme un mensaje. Lo introduje a regañadientes en mi pequeño ecosistema de ropa de cama, y vi que era del mismo número que no paraba de molestarme. ¿Y si era una broma? ¿Y si eran ellos para seguir con el chantaje? La sola idea ya me producía náuseas y estuve a punto de borrarlo en ese mismo instante.

Creo conveniente recordaros que soy masoquista en grado alarmante. Lo abrí.

«Tengo que hablar contigo, chinito. Eric».

Me quedé perplejo. Forcé la vista para volver a leer la pantalla iluminada, pues sin las gafas me costaba bastante poder distinguir las palabras.

—Eric… —murmuré.

«Eric».

«Eric».

«¿Dónde estás?».

Con dedos temblorosos conseguí escribirle una respuesta, pero entre eso y que no veía ni jota estuve seguro de que no pulsé correctamente todas las teclas.

Me llegó otro mensaje.

«O sales tú, o entro yo».

El corazón empezó a latirme con demasiada fuerza. Abandoné de un salto la cama, busqué las gafas en mi mochila y volví a contestarle, con la visión en óptimas condiciones.

«Espérame en el parque que hay detrás de mi casa».

Por suerte no llevaba puesto el pijama. Me quité de nuevo las gafas, me calcé a toda prisa las zapatillas de deporte y cogí una sudadera enorme de andar por casa. Salí disparado en dirección a las escaleras. No solo había conseguido averiguar mi número de teléfono, sino que encima había tenido la arriesgada desfachatez de ir a buscarme a mi propia casa.

Se iba a enterar ese imbécil.

Recorrí el vestíbulo esperando ver aparecer a Marley para meter las narices en mis asuntos, pero nadie me puso trabas y salí de la casa dando un fuerte portazo. Bordeé los setos del parque apartándome las ramas a indignados manotazos y entré por fin en el jardín.

Allí estaba Eric, tan radiante y seguro de sí mismo. Se dio la vuelta al escuchar mis airados pasos y, ya desde lejos, esbozó esa irresistible sonrisa que me sacaba de quicio. Era tan guapo que simplemente el mirarlo me hacía daño. No fue la entrada digna y ofendida que había planeado, porque no llevaba las gafas y de los nervios acabé tropezando con el borde de uno de los parterres. Siempre tan caballeroso, Eric se adelantó enseguida y me cogió entre sus brazos, evitándome un espantoso ridículo. Me aferré a él con todas mis fuerzas y le maldije en silencio.

¡¿Cómo se atrevía?!

¡¿Qué derecho tenía él a irrumpir de aquella manera en mi miserable vida?!

Traté de tragarme el insoportable nudo que me oprimía la garganta, pero hice un ruidito raro y Eric me apretó contra su pecho como si quisiera fundirme con él.

—Ya está, Chris, estoy aquí —me susurró al oído—. No pasa nada…

Escondí la cara en su cuello y rompí a llorar.

 

ERIC

—Gracias —dijo Chris con la voz congestionada, cuando le tendí un kleenex.

Miré hacia otro lado mientras se sonaba la nariz y se limpiaba las lágrimas, respetando aquel momento de intimidad. Estábamos sentados en uno de los bancos de piedra, justo enfrente de dos grandes abetos. Me pregunté si los vecinos tendrían por costumbre ponerles luces en Navidad.

—¿Mejor? —le pregunté pasados un par de prudenciales minutos.

—Lo siento —se disculpó con aire avergonzado—. No quería montarte una escena.

—No seas tonto. —Le guiñé un ojo y sonreí con aire maléfico—. Además, así he podido sobarte un buen rato.

Se sonrojó, y a mí me dieron unas insoportables ganas de comérmelo.

Chris se quedó nuevamente en silencio y bajó la vista, sin saber qué decir. Llevaba el pelo despeinado y revuelto como si acabase de saltar de la cama, y una sudadera vieja dos tallas más de la suya. Se le veía delgaducho, pálido y ojeroso, como era habitual en él. La palabra hermoso nunca sería suficiente. Una vez amainados sus complejos sentimientos, fue más consciente del frío que hacía allí fuera y empezó a temblar. Me quité inmediatamente la cazadora e, ignorando sus abochornadas protestas, se la pasé por los hombros y lo cubrí con ella. Yo llevaba un grueso jersey de lana y una camisa interior, así que no se me congelaría el culo demasiado pronto.

—No hacía falta —insistió contrariado—. No me trates como a una chica.

—Si fueses una chica no me gustarías tanto —le recordé divertido.

Hizo ademán de ir a quitarse la cazadora, pero entonces le sobrevino un repentino estornudo y pareció pensárselo mejor. Volvió a sonarse la nariz y me observó con reproche. A duras penas conseguí aguantarme la risa.

—Ah, espera —le dije de pronto inclinándome hacia él—. Tienes una cosa en la cara…

Conseguí engañarle y, sin que él se lo esperara, le planté un decidido beso en la boca. Se puso tenso al instante, apoyándome sus manos sobre el pecho como si de un momento a otro me fuese a empujar. Alcé una mano a mi vez y le acaricié suavemente la nuca, tranquilizándole, hasta hacerle comprender que yo jamás pretendería hacerle daño ni aprovecharme de él. Chris fue cediendo poco a poco y se atrevió a entreabrir ligeramente los labios, soltando despacio el aire que había retenido en sus pulmones. Aquella reacción tan positiva y la deliciosa calidez de su aliento me animaron a ir más allá. Saqué la punta de la lengua y le acaricié los labios, sintiendo incluso la aspereza del pequeño corte. Besé la herida con delicadeza y respiré su mismo aire, alimentándome de él. El corazón parecía funcionarme a saltos irregulares, hasta que en uno de ellos se quedó atascado en mi garganta. Sin poder contenerme ni un segundo más, le cogí la cara con ambas manos y le metí la lengua hasta el fondo de la boca. Chris gimió arrebatado por la sorpresa, y me agarró del jersey para que no se me ocurriera alejarme. No lo habría hecho por nada del mundo. Al principio nuestras lenguas se tocaron y se exploraron mutuamente, fundiéndose en una cadenciosa danza inventada. Los segundos pasaban y el beso pasó a convertirse en algo hambriento y egoísta, del todo insuficiente. Atraje a Chris hasta sentarlo a horcajadas encima de mí, sin separarnos ni un instante. Me rodeó el cuello para poder mantener el equilibrio, y yo le agarré por las nalgas y apreté su terso trasero hasta que pude sentir en mi abdomen su incipiente erección.

Se separó de forma brusca, jadeando exhausto. Aspiró ruidosamente un par de veces, aunque no parecía abarcar mucho aire. Vi que se llevaba una mano al bolsillo izquierdo de su pantalón, sacaba una especie de pequeño tubo plastificado y se lo llevaba a la boca. Se acurrucó en mi regazo mientras se recuperaba, con la cabeza apoyada en mi hombro. Giré levemente el rostro y lo besé en el puente de la nariz.

—¿Tienes asma?

—Sí. Me afecta sobre todo cuando me canso mucho o me pongo nervioso.

—Hum, así que te pongo nervioso…

—No seas tan creído —gruñó, y se vengó regalándome un pequeño mordisco en el cuello.

Lo abracé, frotando mi mejilla contra la suya. Yo me había afeitado esa misma mañana, pero Chris no, y me excitó la áspera sensación de una mandíbula fuerte y puramente masculina. No sabía si era el mejor momento para sacar el tema, pero tras las intensas emociones derivadas de nuestros mutuos sentimientos, aún latía un incombustible rescoldo de preocupación. Tampoco quería forzarlo a hablar, porque era muy reservado. Su reacción al encontrarse conmigo me había dejado un amargo sabor en la boca y, por muchas ganas que tuviera de verme, sabía que sus lágrimas no habían sido precisamente de felicidad.

—¿Chris? —Lo sentí moverse un poco y me miró, aún recostado en mi hombro—. A lo mejor no es muy oportuno decirte esto, pero me gustaría que supieras que si tienes algún problema puedes contarme lo que sea.

—¿Lo dices por lo de antes?

Anda que no era listo.

—Estoy preocupado, la verdad. ¿Tu tío se ha pasado de la raya?

—No. Perdió los estribos en la comisaría, pero me trata bien.

—¿Vives con él?

—Sí.

No quise preguntarle por sus padres, porque me imaginaba que los habría perdido y que por eso vivía con un familiar. Aún tenía los ojos un poco enrojecidos, y las pupilas le brillaban. Comencé a frotarle cariñosamente la espalda, desde la nuca hasta el principio del trasero. Me sonrió agradecido y se acurrucó aún más contra mí. Me dio la horrible impresión de que no debía estar acostumbrado a recibir demasiadas muestras de afecto.

—Si alguien te hace daño, dímelo y lo mataré.

Chris se rio, por fin, amortiguando aquel maravilloso sonido contra el grueso tejido de mi jersey.

—Estás loco.

«Por ti», quise decirle, mas me mordí la lengua por miedo a resultar demasiado ridículo. Era cierto que apenas nos conocíamos, pero en la última semana Chris había estado ocupando la mayor parte de mis pensamientos… y no precisamente los más inocentes.

—Me gustaría que siguiéramos viéndonos.

—La verdad es que fue un buen polvo… —convino él.

—Dios, sí —afirmé sin recato, aunque no era exclusivamente eso lo que yo quería de él—. Follaremos un montón, hasta caer desmayados, pero yo me refería a hacer otro tipo de cosas.

Creo que me malinterpretó, porque de pronto se puso serio y abandonó mi hombro para sentarse derecho y mirarme a la cara. Durante un leve, un fugaz instante, vi el temor reflejado en su rostro, como un viejo conocido que hubiese vuelto para atormentarlo.

—¿Qué clase de… cosas? —tanteó, inseguro.

—Pues ir al cine, a cenar, a dar una vuelta… Todo lo que te apetezca. Tengo pensado mimarte en exceso y consentirte demasiado.

Chris dejó entrever una débil sonrisa de alivio, pero no abandonó aquel gesto triste que tanto me inquietaba. Jugueteó un poco con mi pelo, nervioso, y se mordió de forma inconsciente el labio inferior. No tenía ni remota idea de lo tremendamente erótico que se veía cuando hacía eso.

—Todo eso está muy bien, Eric, y me encantaría, pero a fin de cuentas nadie quiere salir con alguien como yo.

—¿Guapo, inteligente, sexy y divertido?

—Y puto —me recordó con demoledora franqueza.

Sobrevino un mutismo incómodo, y ni siquiera mi experimentada labia fue capaz de secuestrar unas pocas palabras para paliar la tensión del momento. Los minutos se hicieron eternos hasta que ya no pude seguir soportando el silencio.

—Supongo que no vas a dejarlo. —Suspiré con resignación.

Negó lentamente con los ojos empañados.

—¿Y si te dijera que no me importa? —insistí sin pararme a pensar.

—No te creería.

Lo abracé de nuevo, buscando sus labios a tientas atraídos por los míos como un poderoso imán. En aquellos momentos, tan solo ansiaba sentirle, rodear su delgado torso para estrecharlo posesivamente contra mí, frotar sus perfectas nalgas hasta que de mis manos tan solo saliese fuego. Me hundí profundamente en su boca, ya que no podía hacerlo en su cuerpo. Me detuve cuando advertí que empezaba a faltarle el aire. Chris jadeaba emitiendo pequeñas nubes de vaho caliente y, debido al frío, tenía sonrosadas ambas mejillas y la punta de la nariz.

—Quiero estar contigo —le susurré.

 

CHRIS

¿Era un sueño? ¿Una broma? Casi estuve a punto de mirar a mi alrededor para intentar descubrir alguna cámara oculta. Tenía muchos complejos, inseguridades y una autoestima destrozada, por eso me costó un mundo asumir que Eric hablaba completamente en serio.

Me rodeaba con sus fuertes brazos, devoraba ansiosamente mi boca y yo sentía su sexo duro y excitante palpitando hambriento debajo de mí. Me derretía cada vez que me tocaba, liberándome cuando fue imprescindible la urgente necesidad de respirar.

—¿Estás… seguro? —le pregunté, jadeando entre densas vaharadas de aliento candente.

—Sí. —Una gran sonrisa iluminó su rostro travieso—. Tú y yo somos como los polos opuestos, que se atraen sin remedio. Ya lo dice la química.

—Eso es física elemental, burro —le corregí enarcando una ceja.

—Pues eso.

Lo besé en la nariz, aunque lamenté el verlo un poco borroso por culpa de no haberme puesto las gafas. Eric, juguetón, me pellizcó el trasero y me lanzó un inesperado ataque de despiadadas cosquillas. Me retorcí inmediatamente sobre él, en medio de fuertes resoplidos y agónicas carcajadas.

—¡No, para! ¡Para!… ¡Eric, que no puedo más!

—Yo sí que no aguanto más —me reveló señalándose sin pudor alguno la abultada entrepierna—. Cuando te has puesto así, a frotarte desesperadamente contra mí… Joder, casi me corro.

—¡No seas vulgar! —le reñí, acompañando mis palabras de un manotazo afectuoso.

—No me digas que no lo harías aquí mismo, Chris.

—¡¿Con el frío que hace?! Creo que se te encogería hasta desaparecer.

—Hum… Pero siempre puedo meterla en lugares más calientes…

—Seguro que te apetece ponerte a cavar un hoyo a estas horas.

—Tengo uno aquí —aseguró, y sentí su dedo presionando lascivo en aquella sensible parte.

Se me escapó un vergonzoso jadeo. Eric se inclinó hacia delante, susurrándome obscenidades contra el filo de mi boca.

—Me muero por follarte, Chris, por tumbarte en el suelo y clavarte mi polla hasta hacerte gritar de placer.

—Y yo me muero por que lo hagas.

—¿Mañana?

—Mañana. ¿Todo el día?

—Iba a proponerte una velada romántica, pero tu sugerencia es infinitamente mejor. Nos comeremos mutuamente y dejaremos la cena para otra ocasión.

—Tonto. —Me eché a reír.

No sabría explicar exactamente cómo me sentía, pero de pronto el negro pareció dejar de ser mi color. Eric era como una luz brillante al final del túnel. ¿Era feliz, acaso? Aquella palabra me inspiraba demasiado respeto, aunque imaginé que, si no era exactamente eso, estaría bien cerca. Eric miró la hora en su reloj de pulsera, analógico, fluorescente y deportivo.

—Tengo que irme, Chris, antes de que cierren el metro. Pero que conste que yo me metería encantado en tu cama después de drogar a tu tío para que no escuchase nuestros gemidos.

Ambos reímos de nuevo y volvió a besarme, atento y lujurioso, antes de ponerse en pie sin aparente esfuerzo cargando conmigo en los brazos. Enrosqué las piernas alrededor de su cintura y me abracé a su cuello para no caerme hacia atrás, pegándome como una lapa. Busqué su boca con voracidad, le di un buen repaso y, ya satisfecho por mi parte, estiré las piernas para bajar al suelo.

—Mañana —murmuré de forma tímida, sin poder borrar aquella sonrisa idiota que parecía haberse quedado a vivir en mi cara.

—Ni lo dudes.

Le devolví la cazadora y Eric me apresó hábilmente por la muñeca, atrayéndome hacia él. Juntamos nuestros labios en un inocente beso de despedida. Es ridículo, lo sé, porque ni siquiera me rozó con la lengua.

Me estremecí de los pies a la cabeza.

Hasta aquí la lectura gratuita de los primeros capítulos de Slave. Somos malos y sabemos que te has quedado con ganas saber cómo sigue la excitante relación que está surgiendo entre Eric y Chris, así que ya sabes: pásate por nuestra tienda. wink

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