«Slave» Capítulo 6

6. Tabú

 

Dolor.
Otra manera de sentirme vivo.

 

ERIC

—¿Chris?

Fue una pregunta retórica (y estúpida), porque estaba claro que era él. Llevaba un chándal con distintas tonalidades de grises y un grueso abrigo azul eléctrico, acolchado e impermeable. Me miraba en silencio con sus rasgados ojos verdes. Comprendí enseguida que estaba un poco nervioso, rígido, sin moverse de donde estaba. Le señalé el sitio libre que había a mi lado en el banco de madera. Chris dudó unos instantes, pero acabó sentándose con la espalda apoyada en la pared.

—Hola —me dijo simplemente.

Aquello era demasiado surrealista.

—¿Qué haces aquí?

—Supongo que lo mismo que tú.

—Lo mío fue un malentendido, y estoy intentando solucionarlo.

—Pues entonces te deseo suerte.

Sobrevino otro silencio forzoso y Chris apartó la vista para fijarla en el lado contrario, como si de pronto hubiese encontrado algo tremendamente interesante en un puñado de barrotes oxidados. Su actitud era claramente hostil.

Por el amor de Dios, si aquella misma tarde habíamos follado.

Alcé el dedo índice y le acaricié suavemente el cuello, desde la mandíbula hasta el principio del abrigo. Sentí como daba un respingo y me miraba de nuevo, sonrojándose un poco. Era el ansiado momento de mi venganza.

—Te he llamado unas cuantas veces, ¿sabes?

Sus pálidas mejillas enrojecieron aún más, captando al instante mi sutil indirecta.

—Lo siento, pero no quería complicaciones —admitió al fin.

—¿Follar conmigo te supone un problema?

Su franca respuesta me sorprendió:

—En cierto modo, sí.

—Ah, claro —dije con ácido sarcasmo—. Es porque no tengo el suficiente dinero para pagarte.

No me devolvió una airada respuesta. Apretó los labios, que se le pusieron blancos, se cruzó de brazos y bajó la mirada. Me dio la impresión de que parecía estar más triste que otra cosa. Si Chris se prostituía, por la razón que fuese, la verdad es que yo no era quién para juzgarlo. Puse mi mano sobre una de las suyas y le apreté los dedos en un cariñoso gesto conciliador. Arisco e implacable, Chris me apartó enseguida al sentir el contacto.

—Perdona —me disculpé, un poco por todo en general.

Siguió ignorándome, con la vista clavada en sus carísimas zapatillas de deporte. Calculé que debían haber costado lo mismo que todos mis zapatos juntos, incluidas las chanclas de la ducha. No parecía encontrarse demasiado bien. Dentro de la comisaría hacía un poco de calor, pero no me había quitado la cazadora por pura gandulería. Al contrario que yo, Chris se arrebujaba en su abrigo como si tuviera frío. Me di cuenta de que temblaba un poco.

Admito que se me pasó por la cabeza la enloquecida idea de abrazarlo.

—Chris…

Unos pasos me interrumpieron, cuando un policía se acercó a la celda y me tendió mi teléfono móvil a través de los barrotes. Lo miré extrañado, pues me lo habían requisado junto con mi cartera y las llaves de mi apartamento.

—Dice que es tu padre, quiere hablar contigo —me aclaró el guardia.

Lo cogí enseguida.

—Dre… Eh… ¿Papá? —rectifiqué, justo a tiempo.

—¿Qué demonios has hecho ahora, Eric? —La impertérrita voz de Drew denotaba impaciencia—. Shawn dice que hace un rato llamaste a casa para hablar conmigo, pero yo había salido con Jerry a jugar una partida de cartas. Le dejas el recado de que te llame urgentemente y, cuando lo hago, resulta que me contesta la policía y me explican que te han detenido. ¿Se puede saber por qué?

—No es lo que parece —me defendí, utilizando aquella grandiosa excusa—. Iba dando una vuelta por Queens y me abordó una prostituta en mitad de la calle. No era más que una cría. Hablamos un poco y al final le di diez dólares para que me dejase tranquilo.

—Y supongo que alguna patrulla os vio y supuso que acababas de tirártela.

—Exacto.

—¿Han presentado cargos?

—Aún no. He tratado de explicárselo todo y están buscando a la chica para que corrobore mi versión, pero dudo mucho de que sea tan tonta como para dejarse pillar por la poli. Además, sabes que tengo antecedentes —le recordé bajando la voz.

—Solo a ti se te ocurre semejante estupidez, niñato —me reprochó Drew soltando un resignado suspiro—. En fin, voy a hacer un par de llamadas y te soltarán sin más consecuencias en menos de una hora.

Sonreí sin poder evitarlo. El mafioso de mi jefe tenía contactos útiles hasta debajo de las piedras.

—Gracias.

—Vete directo a casa, ¿me oyes? He llamado allí y he tranquilizado a la pobre Morgan, que ya empezaba a pensar que te había pasado algo.

—Sí, mamá —canturreé con sorna.

—Mañana ya te daré el correspondiente sermón en mi despacho.

Oh yeah, me muero de ganas. Nos vemos mañana, entonces.

Colgué el teléfono y se lo devolví al policía, que me observaba desconfiado. Luego volví al banco y me senté nuevamente junto a Chris, procurando acortar las distancias de una manera discreta y elegante. Lo bueno es que él se había colocado casi en el mismo extremo, por lo que no tenía escapatoria posible salvo la de tener que levantarse si quería alejarse de mí.

No lo hizo.

—¿Van a venir tus padres a por ti? —le pregunté de pronto, pues no me gustaba la idea de que se quedase allí solo.

Me contestó vagamente tras unos vacilantes segundos. Seguía sin querer mirarme.

—Supongo que vendrá mi tío.

—¿Te has metido en un lío muy gordo?

Asintió distraído, sumido en sus propios pensamientos. ¿Dónde diablos estaba aquel Chris descarado, orgulloso y desafiante? Casi prefería verlo enfadado en lugar de tan apático, y en aquel mismo instante tomé una arriesgada decisión. Chris continuaba con la cabeza vuelta hacia el otro lado, así que lo tuve fácil. Me incliné hacia su cuello y le besé suavemente detrás de la oreja, porque sabía que le gustaba.

Chris se encogió inmediatamente como un resorte, reaccionando de una maldita vez. Vi un fugaz e impreciso destello en sus ojos y sus manos agarraron con sorprendente fuerza las gastadas solapas de mi cazadora.

—¡¿Eres gilipollas?! ¡¿Qué coño te crees que estás…?!

Vale, no lo pensé.

Lo tenía demasiado cerca, con los revueltos cabellos negros cayéndole de forma descuidada por la pálida frente. Sus ojos verdes refulgían de indignación, respiraba agitado y eso me hizo recordar ciertas cosas. Me fijé en sus labios húmedos, entreabiertos, y le cogí la cara con ambas manos. Me había quedado con tantas ganas aquella tarde que supe que ya no habría nada capaz de detenerme.

Simplemente lo hice.

 

CHRIS

Me besó.

Así, tal cual, sin ni siquiera pedirme permiso.

Recuerdo aquellos labios violentos y ávidos ardiendo contra mi boca. Traté de apartarme, al menos eso es lo que me gusta pensar. Su lengua entró en mí como una voraz serpiente de fuego, abrasándolo todo a su paso. Fue inesperado, sucio y forzado. Fue una vil traición, un injusto asalto.

Fue lo más maravilloso de aquel catastrófico día.

Creo que gemí, como en un susurro, sintiendo que Eric me invadía con todo su ser. Tenía los ojos cerrados y la cabeza me daba vueltas, o a lo mejor era el mundo lo que había empezado a girar. De forma inconsciente me apreté contra él, acariciándole osadamente con mi propia lengua. Eric cogió aire de forma urgente sin salir de mi boca y, al comprobar que yo ya no iba a oponer resistencia, deslizó una mano hacia mi nuca y comenzó a frotarme suavemente con sus dedos. Mentiría si dijese que no me temblaron las piernas.

Y todo eso por un simple beso.

Dejé de sentirlo y abrí los ojos ante aquel repentino vacío. Eric me sonreía.

—Lo siento, tropecé —dijo de manera nada convincente.

«Pues tropieza otra vez».

Era consciente de que me había quedado mirándole como un bobo.

Eric alzó el índice y me lo puso sobre los labios, dibujando lentamente su contorno. Mi saliva humedeció su dedo y, de forma provocativa y sensual, se lo metió en la boca para poder chuparlo. Creeréis que estoy loco si os digo que en aquel mismo instante deseé con todas mis fuerzas que me estampase contra los barrotes de la celda y se pegase a mi espalda para follarme como una bestia hasta que ya no pudiéramos más.

—Eric —susurré, y me incliné hacia delante para devolverle el beso.

Antes siquiera de llegar a rozarlo, me detuve bruscamente al escuchar unas voces.

—Por aquí, señor Coldstone.

Algo pesado y frío se instaló en mi estómago cuando desperté del sueño y fui nuevamente consciente de donde estaba. Sentí que Eric me cogía una mano y esa vez sí agradecí el agradable contacto, pero tuve que mirarlo con una silenciosa disculpa en mis ojos y apartarme forzosamente de él. Mi tío y un par de guardias entraron en ese mismo momento y, mientras hablaban entre ellos, uno de los policías se acercó a la celda y empezó a abrir la puerta.

—Ya puedes salir, jovencito —informó dirigiéndose a mí.

Quise mirar a Eric para poder despedirme, pero no me atreví. Mi tío Rusell, que desde luego no había perdido el tiempo en venir a buscarme, parecía abarrotar la estancia con su autoritaria presencia y su elegante abrigo de piel. Me fijé en que incluso llevaba unos guantes negros para protegerse del frío, pero se estaba quitando el de la mano derecha con estudiada parsimonia. Pronto adivinaría el porqué.

—Ven aquí, Christopher —exigió en tono gélido y cortante.

Comprendí al instante que mi tío no es que estuviera cabreado, sino que, de haber podido, hubiese reducido a cenizas el mismísimo infierno. Aquella calma tan fría precedía siempre a una tormenta de proporciones descomunales. A mi edad yo ya había dejado de temer sus violentos ataques de ira, pero no olvidaba que, debido a las circunstancias, Rusell seguía teniendo un enorme poder sobre mí. Me arriesgaba sobremanera cada vez que llamaba por teléfono a escondidas, pero el presentarme en la cárcel para armar un escándalo había sido un magnífico suicidio. Sin otra alternativa posible, le obedecí. La gente solía decir que mi tío tenía los nervios de acero, cosa que quedó patente cuando alzó despreocupadamente la mano y me soltó una bofetada con todas sus fuerzas.

Sentí una súbita explosión de dolor en la mejilla. La fuerza del golpe me partió el labio y me hizo girar bruscamente la cabeza en la misma dirección. Apreté los dientes debatiéndome entre la rabia y la vergüenza, pero decidí ser prudente y no levanté la mirada del suelo ni una sola vez. Sabía perfectamente que no era solo mi orgullo lo que estaba en peligro. Cerré los ojos y me limpié un poco de sangre que tenía en la barbilla con el dorso de la mano.

—¡No te pases ni un pelo, cabrón!

El indignado grito de Eric resonó a mis espaldas y, aunque nadie le prestó la menor atención, para mí tuvo el mismo efecto que un reconfortante abrazo. Ni siquiera sabía si volvería a verlo.

—Vámonos —ordenó mi tío, dándose la vuelta.

—¡Chris!

«No lo mires. No lo mires. No lo mires…».

No iba a hacerlo de todas maneras, pero mi tío gruñó impaciente y me agarró del brazo arrastrándome con él. Recorrimos las dependencias policiales hasta que llegamos a la recepción, intercambió unas tensas palabras con el calvo y salimos afuera. Marley nos esperaba con el sobrio coche negro que mi tío utilizaba para ir a trabajar. Nada más verme la sangre y el labio partido, Marley me dedicó una nauseabunda sonrisa.

¿Sabéis esas ocasiones en que metéis la pata hasta el fondo y ya nada de lo que hagáis a posteriori puede empeorar la situación? Yo había desobedecido a mi tío en lo único en lo que no debí hacerlo, así que, ya que estaba, decidí terminarlo bien. Y acabé explotando, porque odiaba a aquel lameculos metomentodo.

—¡¿De que te ríes, gilipollas?!

—¡Christopher! —me amonestó mi tío desde la puerta contraria—. ¡Entra en el coche o te vuelvo a cruzar la cara!

Me asaltó la tentadora idea de escaparme, aunque solo fuese por ver la cara de imbéciles que ponían. Lo hubiera hecho sin importarme las consecuencias, pero había alguien que dependía enteramente de mí. Así que me encogí en el asiento, metí las manos en los bolsillos de mi parka y lamí con cuidado la pequeña brecha que tenía en el labio inferior. Me escocía horrores.

—¿A dónde, señor?

—A casa, Marley.

El coche arrancó, silencioso, y miré por los cristales tintados la deprimente silueta del viejo edificio de la comisaría. Eric aún seguiría allí.

—Esta vez te has excedido, jovencito —dijo mi tío empezando el sermón—. He tenido que sobornar con tres mil dólares a esa maldita sanguijuela a cambio de que no te expedientaran y de que retirasen todos los cargos contra ti. Por supuesto, me los pagarás junto a todo lo que ya me debes.

Apreté los puños en el interior del abrigo, pero no protesté. Tres mil dólares me supondrían unas cuantas sesiones extras.

—No sé en qué demonios estabas pensando, niño estúpido. ¿De verdad creíste que te iban a dejar entrar? Me has avergonzado en público, y eso es algo que no voy a tolerar bajo ningún concepto. Has puesto en peligro demasiadas cosas esta noche. Si no supiera que a tu mente enferma le gustan esas cosas, yo mismo te daría una paliza.

Fue sencillamente sublime. Solo tuvo que atacarme psicológicamente donde más me dolía porque, como bien acababa de afirmar, el daño físico no iba a intimidarme.

En aquellos momentos hubiera dado lo que fuera por estar encadenado en los oscuros sótanos del Koi.

 

ERIC

Era mi tercer café de la mañana, porque no paraba de bostezar.

Ya llevaba varias horas de duro trabajo en la biblioteca, pero al final había conseguido reunir poco a poco toda la información que me había pedido Drew. La noche anterior, entre unas cosas y otras, me soltaron pasadas las doce, y teníamos que presentarnos en la oficina a eso de las ocho. Después de pedirle interminables disculpas a Morgan y prometerle que la invitaría un día a cenar, fui a ver a mi angelito dormido y me metí en la cama. No es que no hubiese tenido tiempo suficiente de dormir, pero lo cierto es que me costó conciliar el sueño. Seguro que si pensáis un poco adivináis el porqué.

El violento encuentro con su tío me había dejado preocupado, y me pasé largo rato dando vueltas en la cama preguntándome si Chris estaría bien. Nada más llegar a la universidad había sentido la enorme tentación de ir a buscarle, pero aquel edificio era enorme y tampoco quería fallarle de nuevo a mi jefe. Así que antepuse el deber al placer, como un buen chico responsable, y terminé mis tareas eficientemente un poco antes de lo esperado. Bueno, eso no era del todo verdad. Confieso que me puse las pilas y empecé a mirar los libros de consulta como un loco para después poder disponer de un poco de tiempo extra e ir a investigar por mi cuenta.

El café, bien cargado, consiguió despejarme maravillosamente y me sentí preparado para llevar a cabo mi meditado plan de conquista y soborno. Puede que fuese gay, pero no presumo gratis al afirmar que también se me daban estupendamente bien las mujeres. Con la mochila al hombro, como un universitario más, pregunté por el registro de estudiantes y acabé en una pequeña aunque elegante oficina del segundo piso. Tal y como había supuesto, era una mujer la encargada de mantener en orden todos los expedientes académicos. Siempre han sido más ordenadas para estas cosas.

Recordando que estaba en un sitio fino, llamé educadamente a la puerta y compuse mi mejor sonrisa de conquistador, esa que Dallas había bautizado con el curioso pero acertado nombre de mojabragas.

—Buenos días, señorita.

Ella estaba sentada en una inmaculada mesa de roble, trabajando con su ordenador. Alzó la vista y me estudió detenidamente a través de sus modernas gafas de marca, en las que vi reflejada la brillante superficie de la pantalla. Calculé que tendría unos treinta y algo, tanto mejor. A esa edad, y en mi humilde opinión, las mujeres están en el punto justo para hincarles el diente. Me devolvió la sonrisa, cómo no.

—¿Puedo ayudarte en algo?

«Sí, por favor. Estoy absolutamente desesperado. Verás, hace unos días presencié un espectáculo de sexo duro que cambió completamente mi tradicional concepto de un buen polvo, y resulta que ahora ya no concibo que los látigos y las cadenas sirvan únicamente para torturar. Lo peor es que me he obsesionado con un vicioso masoquista que sin duda es el chico más guapo y sensual del mundo, y que encarna perfectamente todas y cada una de mis fantasías eróticas. Ayer me lo tiré, claro, y desde entonces mi vida se ha reducido a encontrarlo para poder seguir follándomelo como si ya no hubiese un mañana. Lo sé, lo sé, estoy completamente trastornado. Pero me ayudará, ¿verdad, dulce, hermosa y gentil señorita?».

—Estoy buscando a alguien, solo sé su nombre y…

—Lo siento, pero no me está permitido proporcionar información sobre otros alumnos —me interrumpió amablemente sin borrar aquella sonrisa estirada.

«Joder con la vieja».

—Es muy importante, por favor. Tengo que hacer un trabajo de clase con él, pero no nos conocemos mucho y necesito localizarle. Seguro que no le gustaría cargar en su conciencia con la terrible certeza de que un pobre alumno ha tenido un suspenso…

—¿Estás intentando chantajearme, jovencito?

—Por supuesto —corroboré sentándome con desparpajo en la silla destinada a las visitas—. Aunque ya veo que es usted demasiado inteligente como para dejarse engañar. También puedo sobornarla, si lo prefiere, que se me da mejor —añadí guiñándole un ojo en plan picarón.

Era peloteo descarado, y ambos lo sabíamos. Si aquella táctica ya me fallaba, o la tía era más dura que el cemento o era yo quien estaba perdiendo facultades. Dedicarse exclusivamente a los rudos traseros masculinos también tenía sus inconvenientes.

—Permítame decirle, aunque suene atrevido, lo hermosa que está usted esta mañana.

Era la jugosa guinda del pastel. Casi dejé escapar un enorme suspiro de alivio cuando vi que se quitaba las gafas y se echaba a reír. Compuse mi mejor y más logrado gesto de inocencia, aquel que Drew afirmaba que no era posible ver en mi cara. Cuando llegase a la oficina, tendría que contárselo a Dallas con todo lujo de detalles.

—Tienes un morro que te lo pisas, casanova —me reprochó sacudiendo la cabeza con fingido pesar—. A ver, dime a quién estás buscando y veré si puedo ayudarte un poquito.

—Se llama Christopher Coldstone —contesté, suponiendo que llevase el mismo apellido que su tío.

La secretaria tecleó el nombre en la base de datos, aguardó unos cruciales segundos y asintió. Estuve a punto de saltar de alegría.

—Aquí está… ¡Ah! Pero si es el chico de la beca…

—¿Beca? —repetí extrañado. ¿También le hacía falta una beca, con toda la pasta que tenía su familia?

—Como sabrás, todos los años la universidad otorga una serie de becas a sus alumnos. Hay una beca en concreto, que es la única que cubre en su totalidad todos los gastos de la matrícula, los libros, la comida, el transporte y, si es necesario, también el alojamiento en la residencia del campus. Esta beca solo se le otorga a un solo estudiante cada año, y va en función de las notas de ingreso. Este chico sacó las mejores calificaciones de su promoción, todas las asignaturas con matrícula de honor. Y ha sido capaz de seguir manteniendo la beca durante dos años seguidos.

Vaya, vaya… Pues no andaba muy desencaminado cuando lo llamé empollón.

—Ah, no lo sabía —recordé oportunamente mi papel de alumno traumatizado—. En clase, Chris es muy discreto.

—Creo que me suena haberle visto alguna que otra vez por los pasillos. Tiene cierta fama entre las universitarias.

«¡Zorras diabólicas, alejaos de él! ¡Es mío!».

—Mire, señorita, es usted tan maravillosa que le diré la verdad. Creo que estoy perdidamente enamorado.

No se lo creyó, por supuesto, pero tomó unas cuantas notas en un post-it fluorescente y me lo dio, sonriendo halagada pero con cierto aire culpable.

—Si dices algo de esto, lo negaré —me advirtió encantadora.

Cómo me encantaba salirme siempre con la mía.

 

CHRIS

Hotel Rochais. Habitación 230. Cinco de la tarde.

Miré por última vez hacia arriba, antes de decidirme a entrar en el lujoso vestíbulo de bienvenida. No me había equivocado. El nombre del hotel se correspondía con el de aquellas elegantes letras doradas.

Me había encontrado la nota en mi escritorio nada más llegar a casa después de la universidad, así que apenas me había dado tiempo a comerme un sándwich, darme una ducha y prepararme convenientemente para la ocasión. Si le debía tres mil dólares más a mi tío, sería mejor empezar a reunirlos cuanto antes.

El hotel en cuestión tenía toda la pinta de ser carísimo, algo lógico teniendo en cuenta que mis tarifas por servicio tampoco eran moco de pavo. El suelo estaba cubierto de suave moqueta en color crema, y las paredes decoradas con pesados cortinajes de seda y cierto aire rococó. Había una impresionante araña dorada colgando del techo en mitad del recibidor, alumbrando la totalidad de la estancia. Todo muy francés. Pasé tranquilo por delante de la recepción, di educadamente las buenas tardes y no me hicieron preguntas. Un botones me abrió el ascensor, me preguntó a dónde iba y subimos al piso indicado en completo silencio. Recorrí un largo pasillo fijándome en los pequeños números de latón, hasta que di con el que andaba buscando. No estaba en mi mejor momento, porque había dormido poco y comido menos, cosa que, sin yo saberlo, fue lo mejor que me pudo ocurrir. Algo nervioso, llamé a la puerta y esperé. No tenía ni idea de lo que iban a hacerme.

Escuché un sordo rumor de pasos sobre el suelo de madera y un hombre enmascarado apareció frente a mí, observándome de arriba abajo sin el menor disimulo.

—Mmm… Nada mal, y muy jovencito, como a mí me gusta —comentó satisfecho—. Te vendaré los ojos.

Me lo esperaba, ya que intuía que no estaba solo y sabía que la mayoría de mis clientes preferían guardar celosamente su anonimato, así que no le di demasiada importancia. Aún en el pasillo, me colocó un antifaz de cuero que me sumió en la más absoluta oscuridad. Luego, tomándome del brazo, me guió al interior de la habitación, me quitó el abrigo y me sentó en el borde de la cama, dejándome solo. Traté inútilmente de captar algún sonido por encima de los agitados latidos de mi corazón. No sé cuánto tiempo estuve así, inmóvil y expectante. Intuía otras presencias pero no se acercaban, sumiéndome en un incómodo estado de pequeña ansiedad. Capté un susurro a mi derecha y sentí unos ásperos dedos acariciándome a un lado de la cara.

—Nos han dicho que eres un chico muy obediente, y eso nos excita mucho —dijo una voz, y los dedos pasaron a convertirse en abruptas garras que me arrancaron la camisa de forma salvaje.

Di un respingo involuntario, asustado por aquella violenta reacción. Alcé de manera automática las manos y me las puse por delante del pecho, formando una frágil barrera.

—Shhh… —La misma voz me tranquilizó, tomándome por las muñecas mientras llevaba mis brazos hacia arriba y me obligaba a tumbarme en la cama—. Eso es, quietecito… Sé un buen puto y nos portaremos bien.

Siempre he tenido un maldito sexto sentido para ciertas cosas, y supe enseguida que algo iba mal. Otro de ellos empezó a bajarme los pantalones. Sentí la temida opresión en el pecho y traté por todos los medios de tranquilizarme. El inhalador quedaba fuera de mi alcance, en el bolsillo interior de mi abrigo. Algo viscoso y frío me rozó los labios y me aparté al momento, presa de un asco indescriptible.

—No —les advertí.

Por nada del mundo.

Se rieron.

—¿Me estás diciendo que dejas que te destrocen a latigazos, que te amarren en posturas imposibles, que te hagan pasar por toda clase de humillaciones e incluso que te follen diez tíos a la vez, pero que no eres capaz de hacer una mamada en condiciones?

Puede que sonara ridículo, pero era verdad. El sexo oral estaba fuera de mis escasos límites. Por diversas razones, nunca me había decidido a practicarlo. Era algo sorprendente, lo sé, y mucho más teniendo en cuenta que ya había hecho cosas mucho peores. La diferencia estaba en que todas ellas habían sido con mi pleno consentimiento.

—Sujétalo fuerte.

—¡No!

Forcejeé cuanto pude, pues me aterrorizaba la sola idea de que pudieran obligarme. Dos de ellos me inmovilizaron agarrándome de brazos y piernas, y un tercero se acomodó a horcajadas sobre mi pecho y me cogió por el pelo para que no pudiera mover la cabeza.

Jadeé, muerto de miedo, y el aire entró sibilante hacia mis doloridos pulmones. Iba a ahogarme, lo presentía. No podría respirar, y entonces…

—Abre la boca, venga.

Apreté los dientes y sofoqué un histérico sollozo.

—Cualquiera diría que es toda una doncella virgen —se burlaron.

No supliqué, ni les pedí que me dejaran marchar. Tenía la suficiente experiencia como para saber de sobra que no iban a hacerlo. A veces, hasta yo mismo olvidaba que solo tenía diecinueve años.

—Si colaboras será mejor para ti.

Continué inmóvil, con los labios fuertemente sellados a pesar de que casi no podía ni respirar por la nariz. Ser asmático empeoraba mucho las cosas.

—Chris, Chris, Chris… —suspiró el que tenía sentado encima. ¿Cómo diantre sabía mi nombre?—. Una buena puta debe saber complacer a su dueño, y nos consta que lo eres. No obstante, solo queremos ayudarte a alcanzar la perfección. Cuando salgas de aquí, te garantizo que habrás aprendido a chupar una polla como Dios manda.

Hay diversas maneras de obligarte a que abras la boca, aunque nada tan efectivo como recurrir a la asfixia. Una gruesa mano me tapó la boca y me pinzó la nariz, protesté de inmediato y me debatí asustado ante la urgente falta de aire. No sé cuánto tiempo aguanté, pero llegó un momento en que las fuerzas me fallaron y tuve que aspirar ruidosamente para no desmayarme. Se me abrió nuevamente el corte del labio, y sentí el plastificado sabor de un preservativo cuando aquella cosa asquerosa se introdujo a la fuerza en mi boca y empujó hasta el fondo rozándome la garganta. Ya la tenía bien dura, el muy cabrón. Sentí una violenta arcada y unas terribles ganas de vomitar. Era lo más repugnante que había experimentado nunca. Empezó a dolerme la mandíbula por la forzada apertura, pues era demasiado gruesa y yo no estaba acostumbrado. Ni siquiera podía tragar mi propia saliva, y sentí como caía en mi pecho desnudo tras resbalarme por la barbilla. Fue horrible. El hombre exhalaba roncos gemidos que se mezclaban con el agónico ruido de mis propias arcadas. No contempló el tener delicadeza, llegando hasta el fondo y colmando mi boca hasta impedirme respirar. No veía nada, no podía moverme y empecé a acusar seriamente la falta de aire. En mitad de mi desesperación, cerré levemente la mandíbula y lo arañé con mis dientes. El hombre gritó adolorido, soltó una palabrota y me dio un puñetazo en el estómago que no ayudó en absoluto a mis sufridos pulmones.

—Estamos grabándolo todo. —Le oí decir, en mitad de mi pesadilla—. Creo que a tu tío y a tus compañeros de la universidad les resultará muy interesante. Pórtate bien, y te prometo que este vídeo no verá la luz.

—Hijo de p… —Me atraganté de nuevo, conteniendo las náuseas, y me sobrevino un aparatoso ataque de tos. Me soltaron y me arrastré como pude al borde de la cama, vomitando lo poco que tenía en el estómago. Me dieron agua, pero la escupí casi toda. Jadeaba convulsivamente en mitad de una fuerte crisis, cuando sentí que alguien me ponía el inhalador en la mano. En aquellos momentos me lo llevé inmediatamente a la boca y no me detuve a hacerme preguntas.

Me concedieron un par de minutos de tregua, quizá unos pocos más. Sentí que mis ardientes pulmones volvían a expandirse, y que casi podía respirar con normalidad. Estaba tumbado de lado, y me obligaron a ponerme bocabajo con las rodillas dobladas. Alguien empezó a penetrarme por detrás y, aunque lo hizo despacio, el miedo agarrotaba mis tensos músculos y me dolió mucho más de lo normal. Creo que, solo por fuerza de voluntad, me tragué las lágrimas. Sé que no podréis comprenderme, a menos que haya alguien que haya experimentado una situación así. No se lo deseo ni a mi peor enemigo. Era plenamente consciente de que la difusión de aquel vídeo me destrozaría la vida, y no solo por la segura expulsión de la universidad. Acabé cediendo a su chantaje y les dejé que me hicieran lo que les diera la gana.

Recibí la primera embestida y, al no estar lo suficientemente preparado, se me escapó un quejido. Alguien se acomodó frente a mí, me cogió del pelo para levantarme el tronco y sentí presionar nuevamente contra mis labios lo que tanto había estado temiendo.

—Empieza otra vez, y procura hacerlo mejor que antes. Quiero que te la tragues hasta el fondo.

Fueron las dos horas más largas de toda mi vida.

 

ERIC

Esperé impaciente, hasta que al décimo tono me saltó el contestador.

Bueno, al menos sí que tenía su auténtico número. Habían pasado dos días desde que fui al registro de estudiantes y desde entonces había estado tratando de localizar a Chris.

Volvía a ser sábado, Adam había querido quedarse a pasar el fin de semana en casa «del tío Drew», y Dallas me había llamado para ofrecerme un buen plan. Creo que se quedó preocupado, porque me preguntó si estaba enfermo cuando le dije que no me apetecía salir. No podía quitarme a Chris de la cabeza, incluso estaba afectando a mi vida diaria. Por eso, aquella noche había tomado una decisión. Quería verlo cara a cara. Aparte del teléfono, la eficiente secretaria también me había dado su dirección.

Su casa prácticamente podía definirse como un pequeño palacete. Un bonito y cuidado jardín la rodeaba, delimitado por unas altas verjas acabadas en punta que nacían desde un grueso muro de piedra que aproximadamente me llegaba por la cintura. Tenía dos pisos, el primero de los cuales albergaba un enorme garaje y estaba rodeado por ostentosas columnas blancas. Si hubiese estudiado cuando tocaba, probablemente habría podido identificar su estilo, pero no me atreví a tanto. Además, todo el mundo sabe lo que es una puñetera columna, sin necesidad de tecnicismos presuntuosos. Supuse que solamente el cuarto de Chris ya debía ser igual de grande que todo mi apartamento. Suspiré, planeando mi próximo movimiento, y me apoyé en la verja con aire pensativo.

No quería llamar a la puerta, por si salía su tío. Desconocía si el buen hombre gustaba de recibir visitas extrañas justo antes de la cena y, sobre todo, tampoco si con ello le buscaría un jaleo a Chris. También hubiese podido ser el mismo Chris quien abriese la puerta y, entonces, me lo hubiese tirado allí mismo, sobre la alfombra persa del recibidor. Nuestros gemidos habrían alertado a toda la casa.

«Piensa, Eric, piensa…».

No era lo mío, lo reconozco, pero no por falta de voluntad. Me estrujé el cerebro durante unos críticos segundos considerando otras alternativas posibles al simple allanamiento de morada.

Aquello era de locos, y loco iba a volverme yo si seguía un minuto más sin verlo.

Decidí jugarme el último cartucho, y que él decidiera. Escribí un mensaje corto y preciso y se lo mandé a su móvil, aguardando ansiosamente una respuesta. Conociéndolo, fui correcto y no le presioné en exceso, pero quería que saliera aunque solo fuese para liarnos a puñetazos. Estaba nervioso, y me latía fuerte el corazón. Parecía un ridículo crío de catorce años cagado de miedo en una cita. Ni la primera vez que me estrené con un culo me habían temblado tanto las manos.

Ay, el amor.

Eh, un momento… ¿Acaso había dicho la palabra tabú?

«Mierda…».

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