Ocho mil kilómetros •Capítulo 6•

6
Alergia

 

La primavera llegó oficialmente a Kioto y, con ella, la ciudad empezó a relucir. Como cada año, se convirtió en un cuadro de colores y aromas que difícilmente podía pasar desapercibido. Un paseo por los parques y jardines de la ciudad siempre se convertía en una experiencia inigualable y en todo un espectáculo para la vista. Dondequiera que uno mirara, podía distinguir el blanco y rosado de las flores de cerezo, el intenso rojo de los ciruelos o el verde de los cedros japoneses; esa amalgama de colores se fundía con la ocasional aparición de alguna maiko ataviada con su precioso kimono bordado.

—¿Alergia, en serio? —observaba Matsubara divertido mientras su amigo le dirigía una mirada de reproche tras el pañuelo con el que se sonaba los mocos.

Arian tenía los ojos enrojecidos al igual que la nariz, que goteaba como si fuera un grifo mal cerrado, y tenía la cara tan hinchada que parecía un bollo. Otros turistas y migrantes —como era su caso— aprovechaban esa época para pasear en cuanto tenían la ocasión y admirar los maravillosos paisajes que la ciudad otorgaba; él, sin embargo, solo tenía ganas de meterse en casa y no salir hasta que el ambiente dejara de estar cargado de polen.

—Menudo sitio para mudarte siendo alérgico, Arian.

—¡No te rías de mí! Es muy molesto, me duelen los ojos y la garganta, no paro de moquear y me siento cansado todo el tiempo, ¡esto es un rollo! En Noruega no me daba tan fuerte.

Solo hacía falta mirarlo a la cara para constatar que sus lamentos no eran exagerados. Aun así, Matsubara no podía evitar reírse, y es que el chico le parecía tremendamente gracioso con la nariz como un pimiento y los ojos llorosos.

—Está bien, no me río —prometió, y tuvo que hacer un serio esfuerzo para ser fiel a esa promesa, sobre todo al ver el curioso mohín de Arian—. ¿Qué te estás tomando?

—No sé cómo se dice en japonés —constató tras titubear un poco, y sacó una cajita de la bandolera que llevaba colgada al hombro.

Se encontraban dando una vuelta por el distrito en el que vivían sin querer alejarse demasiado, ya que Matsubara necesitaba estar temprano en casa para repasar: estaba en plena época de exámenes. Aun así, había querido pasar la tarde con él y Arian había pensado lo mismo, hasta el punto de no creer que su severa alergia sería un impedimento. O no quererlo, más bien, porque pasear por la calle a tan solo diez minutos de un parque lleno de árboles florales no era lo mejor para él.

—Ibuprofeno —supuso Matsubara al tomar entre las manos el envase que le enseñaba, el cual había llegado con él desde Noruega cuando se mudara allí—. Esto no te va a solucionar nada, necesitas un antihistamínico.

—¿Un qué?

—Una medicina especial para las alergias —explicó.

En los meses en que había durado su amistad, Arian había hecho increíbles progresos con el idioma. No perdía el acento marcado, pero ya era capaz de expresarse con desenvoltura e incluso de utilizar expresiones bastante complejas. Aunque todavía le faltaba algo de vocabulario, sobre todo en cuestiones menos comunes como era el caso. Aun así, Matsubara no podía sino admirarlo por el tremendo progreso.

—¿Por qué no vas al médico?

—No sé, Matsu. ¿Y si no sé expresarme bien? A lo mejor me manda algo que no me conviene y es peor. Además…, me dan miedo las agujas, ya lo viste.

Era cierto. Aún recordaba el momento en que él mismo le había inyectado un analgésico en la clínica de sus padres el día de su accidente, cuando se conocieron. Había negado efusivamente al ver la jeringa e incluso reculado sobre la camilla en la que estaba sentado, y solo cuando Matsubara le trató de hacer entender que era necesario, extendió el brazo con el gesto contraído y la cabeza vuelta hacia el lado contrario.

—Sabrás expresarte —lo contradijo—. Hablas bastante mejor que muchos japoneses, ¿lo sabías?

A pesar de sus palabras, Arian no pareció quedarse del todo conforme. Matsubara suspiró.

—¿Tienes ya ficha en el hospital? —Arian negó con la cabeza—. ¿Quieres hacértela en el nuestro? Cuando mi padre te trató el brazo creo que no la hizo. ¿Te sentirás más cómodo allí?

El chico sopesó durante un momento sus opciones. No tenía más remedio que darle la razón: con ibuprofeno apenas conseguiría bajar un poco la hinchazón de la cara, pero no atacaría a la fuente de la misma ni podría sentirse mejor. Los médicos y hospitales no eran plato de buen gusto para él, pero la clínica Tadaji le resultaba acogedora al no ser muy grande y tratarse más de un negocio familiar que de un gran complejo sanitario. Además, ya conocía tanto al doctor Tadaji como a su esposa después de varias visitas a Matsubara y aunque le parecían unas personas demasiado rígidas, no por ello pensaba que no fueran amables. Con él siempre se comportaban con educación, desde luego.

Acabó dando una respuesta afirmativa. Aunque Matsubara le advirtió que allí solo podrían atenderlo en medicina general y que para problemas más específicos sí debería ir al hospital de la ciudad. A Arian no le pareció mal, ya que, al fin y al cabo, esperaba no tener enfermedades más graves que una simple alergia al polen o algún catarro ocasional.

Así que su paseo terminó en el edificio de dos plantas que ya visitara aquel día de invierno. Al llegar allí, Matsubara saludó amablemente a la recepcionista, la misma chica que los recibió entonces. Sayu, se llamaba; una mujer que no llegaba a la treintena, vestida con un sencillo jersey fino de punto, falda de tubo y con la bata blanca impoluta adornada con una placa con su nombre y un gracioso broche en forma de flor. Se alegró sinceramente al ver a Arian, y es que alguien con su cabellera y sus ojos era difícil de olvidar.

—Veo que ya estás totalmente recuperado —observó la mujer mientras se levantaba y abría un armario archivador a su espalda.

Entre él y Matsubara le habían explicado la situación y, tras pasar los ágiles dedos entre algunas carpetas, sacó un impreso y se lo tendió.

—Rellena esto con tus datos. Después tendrás que hacerte un examen médico inicial y luego se te mirará esa alergia. Tendrás que esperar un poco, espero que no te importe, pero ahora mismo el médico de guardia está ocupado.

—No se preocupe, tengo tiempo —aseguró Arian mientras aceptaba la ficha en blanco y un bolígrafo.

Matsubara lo acompañó a la sala de espera. Tal y como había dicho Sayu, en esos momentos el médico de guardia se encontraba ocupado, por lo que no estaban solos. Un hombre de mediana edad, ataviado con traje y portando una maleta de cuero, parecía estar en la misma tesitura que Arian, al llevar la cara tapada con mascarilla y tener los ojos tan hinchados como dos huevos duros. Había también una pareja de ancianos que saludaron afablemente a Matsubara en cuanto lo vieron acercarse y una embarazada que trataba de calmar a un bebé lloroso en sus brazos. Todos ellos esperaban pacientemente a que llegara su turno de ser atendidos. Los dos muchachos tomaron asiento en uno de los bancos y Matsubara tendió a Arian uno de los tomos de manga que había en la mesa baja del centro para que le sirviera de apoyo al escribir.

—Matsu, tendrás que ayudarme —pidió al dar un rápido vistazo y constatar que no conocía la mayoría de las letras.

Había aprendido el alfabeto katakana y el hiragana, aunque todavía confundía algunas sílabas de este último, pero aún le costaba trabajo memorizar la gran mayoría de kanji.

—Me sabe mal, querías estudiar.

—No te preocupes por eso, estudiaré más tarde —aseguró mientras centraba su atención en cada uno de los campos a rellenar.

Dejó que fuera Arian quien intentara comprenderlos al principio y solo tradujo aquellos que el chico no lograba leer; del mismo modo, solo le prestó su ayuda para escribir cuando él se lo pedía. Prefería que fuese aprendiendo por sí mismo y el propio Arian así se lo solicitó. Claro que, aún con evidentes deficiencias en el lenguaje escrito, esas ocasiones fueron lo suficientemente frecuentes como para acabar turbando a Matsubara que, en determinado momento, llegó a darse cuenta de lo cerca que estaban el uno del otro.

Ya había notado que a Arian no le molestaba lo más mínimo el contacto físico. Tendía a invadir su espacio personal con una facilidad pasmosa, y lo hacía de una manera tan natural e inocente que Matsubara jamás se sentía incómodo. No del todo, al menos, pero cuando esa cercanía se prolongaba demasiado en el tiempo sí terminaba con los latidos acelerados y las mejillas ligeramente sonrojadas, y es que en esas ocasiones no podía evitar el sentirse tentado de abrazarlo. Por supuesto, nunca lo hacía.

No tardaron demasiado en rellenar la ficha y, tras entregársela a Sayu y que esta le pidiera a Arian su tarjeta de residente, volvieron a sentarse en la sala de espera mientras la recepcionista se dedicaba a abrir la ficha del nuevo paciente. Minutos más tarde se acercó a ellos para devolver la consabida identificación a su dueño y, de paso, servir un té a todos los pacientes que esperaban.

Casi una hora después, al fin el médico pudo atenderlo. No fue el propio doctor Tadaji, pero Matsubara le aseguró que podía confiar en él. Era un doctor muy encomiable al que su padre tenía en alta estima: sabía que lo dejaba en buenas manos. Y tras perder de vista la melena pelirroja de Arian, que desapareció por el pasillo de las consultas tras el médico, Matsubara se dirigió al mostrador de recepción para charlar un rato con Sayu.

—De verdad, siento que hayáis tenido que esperar tanto —se disculpó ella al verlo allí—; tu padre lleva tiempo buscando a alguien más para no tener las urgencias tan congestionadas, pero ya sabes cómo es. Parece que ningún candidato es de su agrado.

—No hace falta que lo digas. Deja ya de preocuparte; al fin y al cabo, lo he traído aquí sin cita.

—Aun así me sabe mal —insistió ella.

Dio por zanjado el tema, no obstante, pues ya no tenía caso seguir dándole vueltas. Era otro asunto el que sí había despertado su curiosidad desde que los observara desde su puesto en recepción.

—Oye, ¿desde cuándo os conocéis?

—¿Arian y yo? Desde el día en que lo traje con el brazo roto. —La mujer levantó las cejas, sorprendida—. No lo había visto antes en toda mi vida. Pero tuvo el accidente justo a mi lado y sentí que debía ayudarlo. Acababa de mudarse desde su país y al final nos hicimos amigos.

Tampoco iba a confiarle lo que Arian le contara acerca de sus dificultades para aceptar esa nueva vida y de su adaptación tardía al país y a sus costumbres. Supuso que Sayu preguntaba por mera cortesía, aunque en realidad su interés era algo mayor que eso.

—¿Tiene novia?

—¡Sayu! ¿Cómo puedes preguntarme eso?

—No me malinterpretes, no es curiosidad personal.

—Más te vale —replicó él, que sabía muy bien acerca del compromiso de ella.

En tres meses, Sayu se casaría. De hecho, el padre de Matsubara ya estaba barajando posibles suplentes porque la mujer ya había anunciado que no continuaría trabajando una vez contrajera matrimonio.

—¿Por qué es, entonces?

—No lo sé, es algo que he visto antes mientras lo ayudabas con el formulario. Se te ha quedado mirando fijamente en varias ocasiones.

—No sé a dónde quieres llegar. —En realidad empezaba a intuirlo y le parecía extremadamente grosero por su parte.

Llevaba trabajando con ellos muchos años, la conocía desde que estaba en el instituto y, más de una vez, había adoptado con él cierto papel de hermana mayor. Por tanto, no tenía sentido que sus insinuaciones lo molestaran si se limitaba a entenderlas como simple preocupación hacia él. Eran las implicaciones de esa preocupación las que le hacían sentir ganas de irse de allí y dejarla con la palabra en la boca.

—¿No será algún tipo de pervertido?

Matsubara rodó los ojos. En realidad, no le extrañaba lo más mínimo viniendo de una mujer que, por el mero hecho de casarse, renunciaba a su independencia sin más. Era una buena profesional, pero no parecía molestarle cambiar su carrera como administrativa y un buen sueldo anual por una vida aburrida de casada. Pero eso no hacía que dejara de doler. No porque pensara mal de Arian: al fin y al cabo, cierto era que se habían conocido hacía tan solo unos meses y que el muchacho había aparecido tan de repente en su vida que bien podía parecer que sus intenciones no fueran del todo honestas. Lo que le dolía era que si la situación se hubiese presentado al contrario, si hubiera sido él quien mirara fijamente a Arian en algún momento, la mujer habría opinado exactamente igual acerca de su persona. ¿Cómo se atrevería a pensar siquiera en liberarse de su secreto cuando la sociedad en general, al igual que Sayu en concreto, lo vería así? Pocos lo asumían como una condición sexual inevitable y muchos como una simple perversión, una elección basada en puro deseo carnal y nada más. Suspiró resignado.

—No te preocupes, no lo es —concedió.

Prefirió no entrar en discusiones sobre homosexualidad o podría acabar descubriéndose a sí mismo.

—No tiene novia pero tuvo, en Noruega. Cortaron cuando su familia se mudó aquí.

—Pobrecillo. Imagino que se sentirá solo. ¿Por eso os hicisteis amigos?

Matsubara asintió ya sin ganas de continuar la conversación. No podía negar que se había desanimado un poco, pero no quiso que se le agriara el humor, por lo que tras una breve disculpa volvió a sentarse en la sala de espera y trató de distraerse leyendo una revista de ciencia hasta que, un buen rato después, Arian regresó en compañía del médico que lo había atendido. No podía negar que tenía mejor cara.

—¡Matsu! ¿Aún sigues aquí? Haberte ido a estudiar —le reprochó.

El aludido se había levantado y volvía a estar frente al mostrador de Sayu mientras Arian sacaba su tarjeta de crédito para pagar la factura.

—Que no pasa nada, de verdad —insistió—. ¿Te han hecho pruebas de la alergia?

—Sí, y me han sacado sangre y el doctor ha estado preguntándome sobre mi historial. También me ha pinchado con anti… anti…

—Antihistamínico.

—Eso, y ahora me encuentro mucho mejor.

—Se te ve, me alegro. Ahora será mejor para ti que vayas con mascarilla cuando salgas a la calle, así no respirarás el polen. En esta época hay muchísimo en el aire.

Arian asintió y, como queriendo dejar claro que le iba a hacer caso, agitó en el aire el complemento que acababa de aconsejarle junto con una bolsa de papel que contenía suficiente tratamiento para aliviar los síntomas durante un par de semanas.

Tras formalizar el pago y firmar un par de impresos más, al fin abandonaron la clínica.

—Muchas gracias por todo, Matsu —le dijo mientras se cubría la nariz y la boca.

Arian se sentía en cierto modo ridículo, pero ya había visto a bastantes personas con una mascarilla similar a aquella, más desde que comenzara la primavera, así que ya había observado que allí era completamente normal.

—No me las des a mí. El doctor Ogura es muy bueno y se preocupa siempre por todos sus pacientes.

—Pero tú me has animado a venir —insistió Arian mientras guardaba la bolsita de papel en su bandolera.

Ambos comenzaban a caminar calle arriba, hacia la intersección en la que cada uno tomaría su camino.

—Gracias a eso ya no parezco un monstruo horrible.

Matsubara se echó a reír ante la exageración, imaginándose a un monstruo enorme con greñas rojas, hocico surcado de pecas y dos ojos saltones e inyectados en sangre. Aunque no pudo evitar que la imagen, tal vez aterradora al principio, se transformara en el simpático monstruo de una película que viera muchos años atrás, y finalmente la idea de Arian hablando con voz cavernosa y diciendo «Arian amigo» a diestro y siniestro le hizo estallar en carcajadas. No, desde luego ese chico no podía resultar aterrador en ningún sentido: era demasiado adorable. ¿Cómo Sayu había podido pensar siquiera que era algún tipo de pervertido? En todo caso, el pervertido era él, Matsubara, que demasiado a menudo soñaba con besar ese lunarcillo en su labio.

Tuvo que obligarse a sí mismo a dejar de reír ante el mohín de su amigo y el resto del camino lo hicieron prácticamente sin hablar, hasta llegar al punto en que debían separarse para dirigirse a sus respectivas viviendas.

—Ah, Arian, ¿haces algo el sábado que viene? —recordó Matsubara en ese momento.

—No, ¿quieres que quedemos?

—Sí, bueno, he quedado ya con mis amigos, ¿te apetecería venir?

—¡Claro! —La respuesta llegó enseguida, los ojos le brillaban y ocultaba una amplia sonrisa bajo la mascarilla que le cubría media cara—. ¡Me encantará, así conozco a más gente!

Sus palabras causaron cierto temor en Matsubara, que no pudo evitar sentir que tendría que compartirlo con otras personas, o incluso que podría conocer a alguien con quien se llevara mejor y acabar dejando que su amistad se enfriase. No quería eso por nada del mundo, pero tampoco podía pretender que Arian fuese solo para él.

—En ese caso te mandaré un mensaje con la dirección de donde hemos quedado. Si ves que se me olvida recuérdamelo, ¿eh?

El chico asintió y, tras comprobar la hora, constató que ya debía volver a casa. Se despidieron agitando la mano y, cuando ya se habían dado la espalda, Matsubara pudo oírlo llamándolo por su nombre. Se giró justo a tiempo de recibir un beso en la mejilla.

—En serio, gracias. ¡Estudia mucho!

Y, sin más, Arian se dio la vuelta y salió corriendo mientras volvía a colocarse la mascarilla en su sitio. Matsubara se quedó allí clavado frotándose donde el otro acababa de besarlo. Debía hacer algo con respecto a esa manía suya de ir abordando a la gente. De lo que no estuvo seguro fue de si le molestó más que se tomara esas confianzas tan poco apropiadas con él o el hecho de pensar que si lo hacía con él lo haría con todo el mundo. Porque, de algún modo, ya no quería que Arian besara a nadie más.

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