Montañas y tacones lejanos •Capítulo 8•

Después del evento fueron a cenar con Tony, Jon, Richi y los dos hermanos que lo traían loco, y algunos más de los amigos de siempre. Iván recordó las cenas que compartió con aquel grupo en la vieja casona de su pueblo, el verano que conoció a Ramiro, el verano que dio un vuelco a su vida y que ahora parecía tan lejano. Las conversaciones giraban en torno a la exposición y el trabajo de Ramiro, esa era su noche y era el centro de atención de todos. Hablaban de arte, de las diferencias entre la fotografía comercial y la artística. Iván a su lado los observaba a todos en silencio, porque era una conversación en la que no tenía mucho que aportar.

—A ver…, me da de comer y me ha permitido viajar por todo el mundo, no voy a quejarme…, pero en las revistas todo se centra en el «consumidor» y, sinceramente, el consumidor suele ser una niña de quince años que no tiene ni puta idea de arte… Ya no se arriesga en fotografía, todos quieren ir a lo seguro y las tendencias las marcan un puñado de pseudoadolescentes que cambian cada semana… —Casi había olvidado lo atractivo que era, su voz, sus ojos, su sonrisa, su elocuencia… Iván era listo de otra forma, se le daba bien estudiar y sacar buenas notas, pero Ramiro tenía una inteligencia diferente, veía cosas en el mundo que el resto no veía y conseguía reinventar la realidad a su manera… Siempre se sentía tan pequeño a su lado—. Si tiene que darte de comer, no hay libertad, y si no hay libertad, ¿es arte?… Puede que el único arte verdadero sea el de los aficionados… No, en serio, son los únicos que pueden arriesgarse de verdad… —Y entre argumento y argumento se giraba hacia él y le sonreía, e Iván no podía dejar de preguntarse cómo era posible que aquel hombre extraordinario se hubiese enamorado de él—. Yo estuve en la primera exposición de Ron Mueck[1] en Londres, en una sala minúscula; todo el mundo estaba desconcertado, discutían si eso era arte o no… Era grotesco y a la vez era imposible no quedar fascinado… No he vuelto a ver nada en arte tan trasgresor desde entonces…, pero ahora Mueck es solo Mueck, esa primera sensación al ver su obra se ha perdido, porque siempre es lo mismo… Es como el urinario de Duchamp[2]…, la trasgresión solo puede hacerse una vez, el resto es oficio… —No había conocido nunca a otra persona tan descaradamente audaz y sincera. Envidiaba esa seguridad en sí mismo, esa forma de enfrentarse a la vida sin complejos, sin miedo a la crítica o al desprecio. No quería perderlo.

Estuvieron juntos toda la cena, por un momento como si nada hubiese cambiado entre ellos, como si no fuera susceptible de cambiar. Cuando se levantaron para marcharse, Ramiro se le acercó y le susurró al oído:

—¿Nos vamos? —Y le dio un pequeño mordisco en el lóbulo de la oreja. De forma inmediata el calor se extendió por su cuerpo dejándolo sin aliento por unos segundos y se sintió el hombre más afortunado del mundo.

Pero tenían que hablar, necesitaba que hablaran. Esa conversación que quedaba latente era una espina que llevaba clavada. No pudieron hablar de camino a casa de Ramiro, pues el fotógrafo no había traído su coche y acabaron en el asiento de atrás del Mazda descapotable de Richi, observando la conversación surrealista entre el estilista rubio que no cesaba en su verborrea constante y el chico sordo que le sonreía y le repetía como podía que no lo escuchaba.

Pensó que hablarían al llegar a la casa, pero Ramiro no le dio la oportunidad. En cuanto cruzaron el umbral de la puerta lo acorraló contra la pared y empezó a besarlo.

—Joder, qué ganas te tengo… —Su voz profunda retumbó en su boca.

—Entonces… ¿va todo bien… entre tú y yo?

Ramiro se apartó en cuanto lo dijo, y enseguida se arrepintió.

—Tengo que hacer una llamada, será solo un momento… Date una ducha, tío… Apestas. —Y luego sonrió como queriendo asegurarle que no iba en serio, y lo besó una vez más antes de alejarse con su teléfono móvil.

Iván se dirigió hacia el baño, por alguna razón volvía a sentirse como la primera vez que se coló en la habitación de Ramiro aquella noche en la que besó a un hombre por primera vez en su vida. Se suponía que aquel era su hogar, pero no lo sentía suyo; desde que empezara su relación Iván siempre había estado fuera. Pero de camino a la ducha, no tardó en ver los cambios. Había empezado a reformar el piso. Lo que no había hecho durante años lo hacía ahora, fue como una pequeña puñalada de anticipación de lo que estaba por llegar. No estaba pensando en marcharse de Madrid.

Agradeció la ducha caliente después de tres días durmiendo a la intemperie. Salió del baño vestido únicamente con una toalla en la cadera, Ramiro aún hablaba por teléfono en el dormitorio y al verlo casi desnudo levantó las cejas y se mordió el labio en un gesto que traducía su deseo. Aceleró el final de su conversación mientras se acercaba a Iván y en cuanto colgó, lanzó el teléfono sobre la cama doble y comenzó a besarlo muy lentamente, con la punta de la lengua amagando apenas entre sus labios, e Iván ya no podía pensar en nada que no fuesen esos labios en su boca.

—Mmm…, hueles a mi gel… —Su voz arrastrada vibraba por todo su cuerpo—. Me encanta… —Y su lengua entonces se volvió agresiva y comenzó a lamerlo con avidez, el cuello, su rostro entero, mientras sus manos le arrancaron la toalla de un tirón para empezar a acariciarlo y recorrer su cuerpo, deteniéndose en sus glúteos, que empezó a sobar con fuerza, abriéndolos y buscando su entrada.

—¿No deberíamos hablar…? —consiguió balbucear Iván entre jadeos.

—Joder, ahora no, Iván… Quiero follarte…

Entonces lo giró bruscamente de cara a la pared, agarró sus brazos y los inmovilizó sobre su cabeza. Siguió besando, mordiendo y lamiendo su cuello, para luego bajar por su espalda hacia sus glúteos, que comenzó a devorar con ansia. Iván no lo podía aguantar, solo podía jadear rendido ante la pasión ardiente con la que él lo abordaba. Y cuando su lengua atacó su orificio, la respiración se le cortó de cuajo; su polla dura empezaba a gotear, a punto de estallar. La lengua de Ramiro rodeaba suavemente su abertura mientras sus manos se empeñaban en hacerle sitio, luego comenzó a penetrarlo, cada vez un poco más, hasta que sus dientes y su lengua parecían querer follarlo. Estaba completamente perdido en la sensación brutal y deliciosa de su boca en su ano, el cuerpo entero le temblaba de placer. Cuando pensó que no aguantaría más, Ramiro lo soltó, se bajó los pantalones con celeridad y volvió a sentirlo a su espalda, besando su cuello mientras su polla dura remplazaba el lugar que unos instantes antes ocupaba su lengua.

—¿Vas a correrte? —le preguntó—. Joder, qué ganas tengo de follarte… —Y casi de golpe su polla empezó a abrirse camino dentro de él—. Dilo…, ¿vas a correrte? —insistió mientras empezaba a embestirlo.

—Sí, joder…, voy a correrme. —Y era verdad, estaba al borde del orgasmo, pero el dolor en su esfínter lo alejaba del clímax.

—Venga, córrete… córrete mientras te estoy follando…

El ritmo de los jadeos y el ritmo de las embestidas se aceleraron, podía escuchar ahora el cuerpo de Ramiro chocando contra su espalda en cada embestida. Iván bajó su mano hasta su pene y empezó a masturbarse para alcanzar el orgasmo que luchaba por liberarse. Y ya todo eran jadeos y gruñidos de placer cuando al fin la sensación del orgasmo estalló en su pelvis para recorrer su cuerpo en oleadas deliciosas mientras el semen escapaba desparramándose por todas partes.

El sexo con Ramiro siempre tenía un componente de violencia. Era excitante, emocionante, hasta un punto que lo desbordaba. Le gustaba el juego, le gustaba tomar el control, definitivamente le gustaba tener siempre el control. Estaba cargado de erotismo. Acostarse con él era una aventura, pero a veces Iván necesitaba otra cosa… A veces, lo único que necesitaba era saber que lo amaba.

Volvieron a ducharse, aunque no juntos, lo que decepcionó un poco al escalador, por esa manía que tenía Ramiro de proteger su espacio, como si él pudiese invadirlo en exceso. Cuando Iván volvió al dormitorio, Ramiro estaba con sus boxers negros, recostado sobre el cabecero de la cama, revisando mensajes en su teléfono y fumando un canuto. Iván se sentó a un lado de la cama apoyado sobre sus piernas dobladas. Estaba agotado, pero necesitaba que hablaran. Recorrió con su mano la piel suave de sus piernas. Hubiese preferido abrazarlo y quedarse dormido entre sus brazos, pero buscaba la forma de empezar la conversación que él parecía evitar. Necesitaba saberlo.

—Entonces ¿estamos bien?

Ramiro apuró el pitillo y dejó escapar el humo lentamente, sin mirar a Iván.

—Me gustaría… Joder, Iván, no hay nada que quiera más que estar contigo… como estábamos este verano…, pero no dejo de pensar que al final no vamos a conseguirlo…

—Podría dejarlo… si quieres…

—¡No! —saltó enseguida—. Esa no es una opción, no quiero que pienses en eso… Me odiaría más de lo que te imaginas si te hiciera eso…

—Pero sabes que lo hubiera hecho…, sabes que me presenté porque tú insististe…

—¡No!, ¿vale? Soy yo quien tiene que encontrar la forma…, es solo que ha ido todo demasiado rápido…, aún no puedo… —Y en un solo impulso se levantó de la cama y se alejó—. ¡Joder!

—O sea, que solo necesitamos tiempo… Puedo esperar. Lo que haga falta…

Ramiro se giró y lo miró a los ojos con una sonrisa cargada de reproche.

—Y ¿eso es real? ¿Es real esta relación que llevamos en la que casi no nos vemos? Si no discutimos cada día sobre quién dejó los calcetines tirados o a quién le tocaba recoger los platos, ¿es una relación? Y si me acuesto con otro porque tú no estás, ¿eso cuenta?

—No tienes que contarme nada de lo que hayas hecho estos meses… No importa…

—¿En serio? Porque te juro que a mí me pone enfermo pensar que te acuestas con otro… —Ramiro se alejó hacia la ventana para deshacerse del canuto, dándole la espalda—. Vamos a acabar haciéndonos daño… Yo te haré daño…, lo sé…

Iván lo observó en silencio antes de seguir, quería abrazarlo, pero lo sentía tan lejos…

—Entonces ¿qué? Lo dejamos… ¿Se acabó? —Ramiro no contestó, siguió de espaldas evitando su mirada. ¿Era así como iba a terminar todo? Aún no quería creerlo. Esperaba una respuesta que no llegaba, o tal vez su silencio respondía por él—. ¿Quieres que me vaya? —Nada. Seguía sin haber respuesta. Iván esperó unos minutos, y al fin desistió. Se levantó de la cama y fue en busca de su ropa.

—No hagas eso. —La voz de Ramiro lo detuvo, pero luego volvió al silencio, notaba en sus hombros su respiración agitada.

—¿El qué?

—No me digas que sí a todo… —Su voz ahora sonaba oscura, densa, al borde de la tormenta—. ¡No seas como ella…, no me dejes hacer lo que me dé la gana!

—¿Como quién?

—¡Enfádate conmigo! ¡Mándame a la mierda! Es lo que me merezco…

—¿Eso es lo que quieres que haga? ¿Quieres que sea yo quien rompa contigo?

Ahora se giró hacia él, con el gesto encendido, los ojos cargados de desprecio.

—¡Joder! —gritó—. ¡No se trata de lo que yo quiera! ¿Qué es lo que quieres tú?

—¡Te quiero a ti, lo sabes!

—Sí que me he acostado con otros. ¿Creías que no lo haría? ¿Es que no me conoces? No soy de fiar…

—Te he dicho que no quiero saberlo…

—¡Pues yo sí quiero saberlo! —Ahora estaba fuera de sí—. ¿Te has acostado con otro? ¿Por eso lo llevas tan bien? ¿Por eso puedes plantarte ahí y aceptar que lo dejamos sin más?

—¡Basta, Ramiro…, no entiendo nada! ¿Por qué haces esto? ¿Por qué intentas echarme?

Entonces volvió a quedarse en silencio un momento, con la mirada perdida. Y cuando volvió a hablarle parecía estar en un lugar muy distinto.

—Mi madre ha estado llamando…

—¿Tu madre? —No sabía a qué venía este cambio de tema, pero puede que no fuese fortuito—. ¿Qué quiere?

—No lo sé…, no he hablado con ella… Algo de que mi padre ha tenido un accidente… No sé para qué me llama después de catorce años… a contarme su mierda, como si tuviese que importarme… Joder, no sé ni cómo ha conseguido mi número…

—¿Vas a llamarla? Quizás solo quiere hablar contigo…

—¡Pero yo no quiero hablar con ella…, ahora no!

—Entonces… ¿no vas a llamar?

Ramiro estaba de pie contra una pared, parecía acorralado, su mirada viajaba de un lado a otro, perdida, como si intentara escapar de algo, aunque puede que no supiera de qué.

—No lo sé… —dijo al fin, en un susurro casi inaudible—. No lo sé… —repitió. Iván hizo lo único que se le ocurrió, y lo que deseaba hacer desde que lo había vuelto a ver; se acercó a él y lo abrazó—. ¡No, para! —Ramiro se rebelaba, intentando apartarse, pero Iván volvió a intentarlo—. ¡No hagas eso! —Ramiro se resistía, apartándole las manos, pero Iván insistió, hasta que al fin cedió y quedaron los dos suspendidos en el tiempo en ese abrazo. Allí estaba, Ramiro, que siempre huía, que se había criado solo, que se había acostumbrado a levantar un muro para que nadie le hiciera daño… Ramiro, que tal vez necesitaba dejar de controlarlo todo, que puede que necesitara que alguien decidiera por él esta vez, aunque se resistiera, necesitaba que otro cogiera el mando y le dijera lo que debía hacer…—. No hagas eso… —repitió, aunque ya sin fuerza.

—¿Y si hago esto? —preguntó mientras empezaba a besarle los parpados, la frente, el lóbulo de la oreja, el cuello…

Ramiro sonrió, bajando la guardia.

—Vale…, eso sí puedes hacerlo…

Iván siguió besándolo, volvió a sus labios, lo besó envolviéndolo entre sus brazos y le susurró a los labios:

—Te quiero… —Sus manos bajaron por su espalda, recorriendo su piel con suavidad, acariciándolo con ternura. Los besos se volvieron más profundos cuando empezó a bajarle los calzoncillos de licra, rodeando y acariciando su culo con las dos manos; fue bajando la tela despacio, y el mismo Ramiro terminó de quitárselos por los pies, con sus respiraciones ya comprometidas con ese beso cargado de lujuria. Iván dejó caer también su toalla, los dos quedaron una vez más completamente desnudos, la piel aún húmeda por el vapor de la ducha; sus dos pollas expectantes, firmes, quedaban prisioneras entre sus caderas. Se acercaron a la cama, y tumbados, Iván encima de Ramiro, siguieron los besos, los dos cuerpos acoplándose con cada centímetro de piel. Cada hendidura o saliente de sus cuerpos buscaba encajar con el otro, como piezas de un puzle de niños. Iván no dejaba de besarlo, de acariciarlo con las manos, deseando que el tiempo se prolongara, que no acabase nunca. Y cuando Ramiro quiso recuperar el mando e intentó revertir los roles, Iván no se lo permitió—. No, no…, esta vez no… —Para Iván no suponía mucho esfuerzo vencerlo, era más fuerte y los dos lo sabían, si Ramiro solía tomar el control era porque Iván se lo permitía.

—Vale, tú ganas… —concedía con su voz seductora arrastrándose entre palabras—. Haz conmigo lo que quieras…

—Bien, porque quiero hacerte el amor muy despacio.

El cuerpo de Ramiro reaccionó con tensión. Iván lo sabía, evitaba la ternura, evitaba las palabras de amor, prefería el juego, la agresividad, pero esta noche no iba a dejarlo, esta noche quería dejarle saber cuánto lo amaba.

Continuó besando su cuello, bajando hacia la clavícula, jugando con su barba perfectamente recortada. Le encantaba su olor, su piel, la tensión de las venas hinchadas en su cuello, su nuez delicada, casi femenina, las pequeñas hendiduras que se formaban entre sus costillas, los músculos formados, delineando un torso firme, pálido, que afeitaba y cuidaba con diligencia. Volvió a sus labios, finos, en una boca ancha y masculina, que tenían la capacidad de sonreír con un cinismo sexy que lo dejaba sin aliento; sus ojos, de un azul cristalino enmarcados por pestañas tupidas y negras, como si se los hubiera pintado. Lo besaba sujetándole las manos para evitar que se rebelara, estaban tan acoplados que un ligero movimiento de sus caderas conseguía que sus dos pollas se rozaran, acariciándose mutuamente de una forma deliciosa. Y cuando el movimiento de caderas se hizo más rítmico, estimulando la masturbación entre los pliegues de sus pieles, Ramiro se rindió y pudo soltarle los brazos y usar sus manos para abrazarlo con más fuerza aún, como si intentaran traspasarse o convertirse solo en uno. Lo que más le gustaba de él eran sus contradicciones, su inteligencia perspicaz y esa chulería arrogante que lo hacía tan irremediablemente atractivo, en contraste con el niño herido que no se fiaba de nadie, pero que le había abierto una puerta a Iván; y por eso sabía que debía cuidar ese privilegio y no permitirle volver a cerrarla.

Y, sin soltarlo, mientras los cuerpos se acariciaban mutuamente, volvió a hablarle en la boca, mirándolo a los ojos.

—No vas a dejarme —le indicó entre jadeos— porque te amo, y tú me amas, y es solo tiempo lo que nos separa. —Ramiro no dijo nada, solo se dejaba llevar por sus ojos y jadeaba ligeramente, el cuerpo rendido a la sensación placentera de las caricias que lentamente lo acercaban a la cúspide—. Volveremos a estar juntos y seremos felices… Ya soy feliz solo con pensar en ti…, no voy a dejar que lo fastidies, ¿está claro?

—Vale, ¡joder! Fóllame de una vez…

No pudo evitar sonreír, resultaba gracioso la forma en que se resistía a dar su brazo a torcer como un niño cabezota.

—Nada de follar…

—Vale, lo que tú digas…

—Bien, lo has pillado. —Y siguió hablándole mientras al fin lo penetraba con suavidad tras las eficientes caricias; el gesto de Ramiro en tensión concentrada, en esa combinación perfecta de dolor y placer—. Quiero que me mires mientras te hago el amor…

Él seguía sin decir nada, rendido ante la voluntad de Iván. Ya solo se escuchaban sus respiraciones sincronizadas con esa danza de caricias, entre piel, manos y besos húmedos, acompañando la penetración, lenta y profunda, pero eran sus ojos, sobre todo, los que se amaban acercándose juntos al orgasmo, observándose con detenimiento mientras alcanzaban el clímax. Cuando al fin llegó y los dos estallaron en ese orgasmo compartido, las oleadas del placer sensual expandiéndose por sus cuerpos, las respiraciones suspendidas mientras compartían líquidos, los ojos siguieron sin soltarse, entrelazadas sus miradas como una promesa.

—Te quiero —repitió Iván con insistencia, casi sin aliento—. No voy a dejar de amarte… por mucho que te empeñes…

Los ojos de Ramiro se inundaron entonces, y los cerró. Las lágrimas se acumulaban y él quiso ocultarlas cubriendo sus ojos con una mano. Fue solo un instante que casi parecía avergonzarlo, porque no le gustaba mostrarse vulnerable. Iván no dejó de besarlo y repetir que lo amaba. Y al fin Ramiro se rindió y le devolvió la mirada.

—¿Qué es lo que me has hecho? ¿Es algún tipo de hechizo? Porque te juro que he intentado olvidarte… y no puedo…

—No quiero que me olvides…

—Esto va a acabar mal…

—¿Dónde está tu sentido del riesgo, artista?

El rostro de Ramiro se iluminó con su sonrisa.

Touché…

 

No fue hasta el lunes por la mañana, poco antes de que Iván tuviese que marcharse, que Ramiro finalmente respondió a las llamadas de su madre.

Fue una conversación breve, aunque tensa. Ramiro distraía su cuerpo dando pasos inútiles por la cocina, que estaba en proceso de reformarse para convertirse casi en un salón con cocina. La mirada al suelo, la mano en el bolsillo, jugando con su zapato sin propósito alguno. De la manera en que la saludó no habrías adivinado que llevaban catorce años sin hablarse, habrías pensado que era la continuación de una conversación que habían empezado tan solo hace unos días. Por las escasas frases cortas que ofreció, pudo deducir que hablaban de su padre: «Pero ¿está en casa?», «Está bien, entonces…». Sobre todo escuchó, solo en un instante miró a Iván, sentado en un taburete expectante, y levantó las cejas en un gesto cercano a la incredulidad.

Cuando terminó la llamada, se quedó abstraído un rato, mirando al espacio vacío, el rostro indescifrable, el cuerpo inmóvil, excepto por un tamborileo inconsciente de los dedos sobre la pantalla del teléfono. De golpe empezó a reírse, aunque había un deje de amargura en esa risa que prefería ser risa antes que otra cosa.

—Me ha pedido dinero… —soltó al fin, devolviendo la mirada a su novio—. ¡Hay que joderse! —dijo entonces más para sí mismo.

Iván se sumó a la incredulidad. ¿Podían unos padres ser más insensibles con el hijo al que habían dado la espalda cuando aún era un adolescente y cuando más los necesitaba? Ramiro siguió explicando que su padre había perdido los dedos de una mano y que no podía seguir trabajando, las cosas no iban bien en la casa porque el padre bebía demasiado y gastaba demasiado, y su madre jamás había trabajado para proteger el orgullo masculino de su marido. Y que su madre lo había llamado, y muy desesperada debía estar para llamarlo después de tantos años, pero no le había dicho nada al marido, que jamás se lo permitiría… y que sí, ella echaba mucho de menos al hijo, que si fuese por ella…, pero el padre no quería… y ella estaba desesperada, y ya no sabía qué hacer…

Después de dejarle descargarse un rato, y cabrearse y reírse de lo surrealista de la situación, Iván al fin aportó algo.

—A fin de mes termina el ciclo de invierno, tengo unas semanas libres antes de empezar la parte estival. Si quieres podemos ir a verlos…

—¿En serio? ¿Eso es lo que crees que debería hacer? ¿Volver a casa a ver qué tal les va y soltarles un cheque?

—He dicho si quieres. No tienes que hacerlo si no quieres, no son tu responsabilidad. Pero decidas lo que decidas… estoy contigo.

Ya no hablaron más del asunto. Les quedaba poco tiempo y mucho que planificar ahora que se habían rendido a la evidencia de que, por mucho que se empeñaran, no podían estar el uno sin el otro.

[1] Ron Mueck es un escultor australiano que crea esculturas hiperrealistas en fibra de vidrio de cuerpos humanos gigantes o minúsculos.

[2] Marcel Duchamp, considerado el padre del arte contemporáneo, marcó un hito al exponer un urinario en un museo.

6 replies on “Montañas y tacones lejanos •Capítulo 8•

  • Pascu

    Ivan aunque joven es muy maduro y ama al primer hombre de su vida , con una fuerza y una entrega, que está dispuesto a arrancarle todas las corazas , todos los miedos y hacer de un hombre duro y lleno de inseguridades el amor de su vida.

    Responder
  • Emilio

    “el consumidor suele ser una niña de quince años que no tiene ni puta idea de arte… “¡ vaya pedazo de hostia !. Intenso el capítulo, tanto en lo físico como en lo emocional. Iván sigue siendo mucho Iván.
    Gracias por compartir estos capítulos, la espera a su publicación ha sido más llevadera.

    Responder
    • Ediciones el Antro

      Esa es la idea, por un lado haceros más llevadera la espera y, por el otro, que los lectores sepan qué esperar de cada novela antes de lanzarse a comprarla (y enganchar, enganchar mucho al lector).

      Responder

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