Montañas y tacones lejanos •Capítulo 11•

Tener el coche le vino bien, le daba una libertad para moverse que no había disfrutado hasta entonces y que había convertido su vida en la estación de esquí en una prisión. Ahora en cuanto terminaban el viernes, era de los primeros en salir del centro rumbo a Madrid para pasar la parte del fin de semana que podía en la cama con Ramiro. Pero algunos viernes estaba demasiado agotado para conducir cinco horas. Ramiro empezó a venir también, con la ventaja de que podía quedarse un poco más y al fin de semana se unía algún lunes o jueves por la tarde. Cogían una habitación de hotel en Jaca o a veces cruzaban a Francia, al otro lado de los Pirineos, para encontrarse en Oloron-Sainte-Marie, con sus casas de cuento donde el tiempo parecía haberse estancado en una época pasada.

Hablaban cada noche, y a veces Ramiro jugaba a provocarlo subiendo el tono de la conversación en los momentos más inadecuados, cuando estaba en el minúsculo dormitorio con sus tres compañeros en ropa interior, o en la fila del comedor con su bandeja, o a punto de rodar el resumen del día con Yogui. «Me estaba imaginando que te bajaba los pantalones, solo un poco, ya sabes, lo suficiente para ver esa preciosa polla tuya… y lamerte como un perro hasta que te corras en mi garganta…». Ramiro tenía un pico de oro para ponerlo cachondo, y sabía lo mucho que le divertía subirle los colores cuando estaba entre sus compañeros o en clase, mandándole mensajes lascivos o fotos eróticas, y cuanto más suplicaba Iván que parase, más se divertía. Luego, cuando se veían el fin de semana, no podían quitarse las manos de encima.

Podría haber funcionado, debería haber funcionado. Habría funcionado de no ser porque Ramiro era una bomba de relojería a punto de estallar.

Comenzó apenas dos semanas después de que empezara la temporada estival, en un encuentro casual con su jefe en Jaca. Si hubiera sido otro de sus compañeros, Iván hubiese buscado la forma de evitar el encuentro fortuito. Pero el capitán ya lo sabía y había sido discreto desde que Iván le hablara de su relación, así que los presentó. Para su sorpresa, el capitán se sentó con ellos y charlaron un rato, de forma familiar y desenfadada, de nada en particular, del clima, de los entrenamientos, de los viajes a Madrid que él también hizo en su tiempo; una conversación intrascendente que a Iván le hizo sentirse bien, porque normalizaba las cosas y era agradable poder sentirse así para variar. Al menos hasta que el capitán se fue y volvió a dejarlos solos.

—A ese tío le molas —fue lo primero que dijo Ramiro.

—¿Qué? ¿Qué dices?

—Está claro que quiere algo contigo.

—No empieces, Ramiro…, solo estaba siendo amable…

—¿Amable? Una mierda. A ese tío le pones, es descarado. ¿En serio no lo has notado? No ha dejado de tocarte…

—¿Qué es lo que me ha tocado?

—Te ha tocado cinco veces…

Iván lo miro sin dar crédito.

—¿En serio has estado allí sentado contando las veces que me ha tocado el hombro mi jefe? ¿Te das cuenta de lo enfermo que pareces ahora mismo?

—No solo te ha tocado el hombro…

—Joder, para, Ramiro. Siempre piensas que los tíos van a por mí.

—Porque es verdad, pero tú no te enteras… Estar contigo es como tener un Ferrari, todo el mundo lo quiere tener…

Iván tuvo que reírse.

—Es mi jefe y está casado…

—Los casados son los peores.

—Me encanta que te sientas con derecho a ser tan celoso cuando eres tú el que se acostó con otros en cuanto tuviste ocasión. —Quizás no debería haber dicho eso, porque salió con demasiado sarcasmo, o tal vez algo de rencor, a pesar de que lo había perdonado. Pero puede que Iván también fuese un poco más celoso de lo que quería admitir.

—No lo hice —confesó Ramiro—, no me acosté con nadie… Hice un poco el gilipollas por ahí, pero… no lo habría hecho contigo después si me hubiese descuidado.

Ahora Iván lo observaba con detenimiento.

—¿Y por qué lo dijiste, por qué me has hecho creer que lo hiciste? ¿Solo para herirme?

Ramiro dudó un momento antes de contestar.

—Supongo…

Iván permaneció en silencio, mirándolo fijamente un rato.

—Estás como una puta cabra, ¿sabes?

—Joder, lo siento…

—Déjalo, ¿vale? Solo déjalo…

Pero Ramiro no lo dejó.

Unas semanas después preparaban un viaje a las islas Baleares, a la cueva des Coloms en Portocristo, una de las cuevas más complicadas y peligrosas de atravesar, para hacer prácticas de rescate subacuático.

—¿Y vas con tu capitán? —fue lo que quiso saber Ramiro.

—¿A qué viene esa pregunta? Claro que va el capitán. No empieces, Ramiro.

Porque unos días antes había encontrado al capitán hablando con Ramiro a la entrada del refugio, cuando este lo esperaba el viernes por la tarde a la salida para pasar el fin de semana juntos. Y, teniendo en cuenta la situación, cualquiera podría haber tomado aquello como una buena señal, pero para el fotógrafo había resultado ser todo lo contrario.

—No me gusta ese tío.

—¿El capitán? Es un tío legal…

—Conozco a ese tipo de tíos…, es un manipulador de cojones…

—Vale, para, ¿conoces a mi capitán mejor que yo? Solo lo has visto un par de veces…

—¿Por qué no te fías de mí? Sé de lo que hablo, me doy cuenta de ese tipo de cosas mejor que tú.

—¿Qué tipo de cosas? Estás siendo un paranoico…, a todo el mundo le cae bien el capitán.

—No me fío de la gente que le cae bien a todo el mundo…

—Yo suelo caerle bien a todo el mundo…

Iván no se lo tomó en serio, cosas de Ramiro. Al menos hasta el día antes de partir para las islas Baleares, cuando el capitán lo llamó a su despacho.

—Me ha llegado un mensaje un tanto amenazante de tu novio. —Iván quería que se lo tragara la tierra—. Parece que ha malinterpretado la naturaleza de nuestra relación. ¿Debería preocuparme?

No podía creerse…, no quería creerse que Ramiro hubiese sido capaz de hacerle algo así. Jamás en toda su vida se había sentido tan avergonzado por nada. Y cuando al fin tuvo ocasión de hablarle, estalló como no lo había hecho nunca.

—¡Dime que no es verdad…, dime que es algún tipo de broma pesada o un mal sueño! ¡Porque te juro que no puedo creerme que estés tan loco para enviarle ese mensaje a mi jefe! —Pero no esperó a escuchar la respuesta—. ¿Tienes alguna idea de lo humillante que ha sido que me leyera el mensaje del psicópata de mi novio?

—Joder, Iván, hazme caso, aléjate de ese tío…

—¡Me importa una mierda lo que te parezca! No tenías ningún derecho a hacerlo… Pero tú ¿te das cuenta de lo loco que pareces? No puedes ir amenazando a la gente, es un delito, ¿lo sabes? Has amenazado a un capitán de la Guardia Civil solo porque te da mala espina. ¿Se puede ser más gilipollas?

—Vale…, puede que la haya cagado…

—¿Puede? ¡Estás mal de la cabeza! No voy a hablar contigo, te lo juro, no me llames porque no vas a saber lo que haga los próximos tres días…

—Genial, justo cuando te vas por ahí con tu capitán…

—¡No me voy por ahí con mi capitán, gilipollas!… Sí, es un gran plan: manipularte para que te comportes como un loco y así poder follar con mi jefe, soy así de retorcido, ¿verdad? Pero ¿tú te escuchas? —Y siguió gritándole al teléfono en mitad de las montañas, porque no podía hacer otra cosa que cabrearse con Ramiro por su manía de fastidiarlo todo cada vez que conseguían arreglarlo—. ¡Puedes irte a la mierda! —siguió gritando como no lo había hecho nunca, y gritó hasta que colgó el teléfono, decidido a dejarlo en la incertidumbre mientras durase su viaje.

Había aguardado ilusionado aquella expedición. Las cuevas des Coloms eran un reto deseable para cualquier espeleólogo, y tener un acceso exclusivo para explorarlas era el tipo de desafío que podía entusiasmar a Iván. Pero todo rastro de su optimismo inicial se había esfumado. Tampoco se había animado a contarle lo ocurrido a Mariola, le daba demasiada vergüenza admitir que el idiota de su novio lo tratase como a un niño incapaz de tomar sus propias decisiones. Apiñado entre sus compañeros en la barriga del helicóptero que los llevaba a su destino, ni siquiera se atrevía a levantar la mirada para no encontrarse con los ojos de su capitán, martirizado con la película que se estaría pasando el oficial al mando sobre el loco de su novio. Hubiera preferido enfermar y verse obligado a perderse ese viaje. Y cuantas más vueltas le daba en su cabeza, más aumentaba su turbación hasta dimensiones absurdas y desproporcionadas.

Mariola se pasó el día intentando averiguar qué mosca le había picado, pero no quería hablar. Pasaron la jornada haciendo entrenamientos, preparativos y reconociendo el lugar, al caer la noche se encerró en su habitación deseando que el día acabara cuanto antes. Por la mañana entraron a la cueva temprano, con trajes de neopreno preparados para soportar el frío de los ríos subterráneos. La entrada a la gruta era estrecha, solo una boca semiabierta por la que accedieron con dificultad de uno en uno en dirección al enjambre de los intestinos de la tierra, cargados con linternas, tanques de aire y demás equipos acuáticos. El capitán, por fortuna, actuó con él como siempre, sin traicionar en ninguna mirada o comentario el conflicto que los ocupaba. Según fue avanzando por las dificultades de la caverna, arrastrándose entre rocas, ayudando a algunos de sus compañeros con menos experiencia, se fue concentrando más en el recorrido y sus dificultades, olvidándose de Ramiro y sus locuras. Bucear en la oscuridad apabullante de una cueva, entre espacios estrechos inundados de agua, podía ser una experiencia sofocante y claustrofóbica como ninguna otra, había que tener la cabeza muy serena, avanzar despacio por la garganta de piedra con la certeza de que la salida aguardaba en la otra punta; con la dificultad añadida de tener que cargar con el incómodo equipo de buceo: el tanque, la máscara, el regulador en la boca, que obstaculizaban el movimiento por lugares extremadamente estrechos. Las corrientes y su propio movimiento por las cuevas en ocasiones removían la tierra del suelo dificultando la visión en las aguas marrones, que se iluminaban solo a su paso por la luz solitaria de la linterna de sus cascos. No era difícil quedar enganchado, desorientarse, respirar con dificultad; y si no mantenías la cabeza fría podías sufrir un ataque de pánico. No todos acabaron el recorrido, más de uno desistió en cuanto probaron la experiencia sofocante de sumergirse con equipo de buceo en la negrura absoluta. Mariola estuvo a punto de dejarlo, pero Iván la animó: «Venga, lo hago contigo, ¿confías en mí?», y ella confió, y los dos realizaron juntos el recorrido. Cuando volvieron a sentarse en el exterior, seis horas después, con la piel húmeda y helada calentándose bajo los rayos de sol, el corazón ametrallando en el pecho y la respiración agitada por el esfuerzo, Iván al fin pudo volver a sonreír. No había nada como concentrarse en el recorrido de una gruta o una escalada para liberar la mente de todas sus complejidades.

Se alojaban en un cuartel militar en el que les habían cedido algunas habitaciones. Tras la aventura en la cueva, salieron a cenar todos juntos, y más tarde algunos se animaron incluso a salir a tomar algo, aunque la mayoría volvió a los dormitorios a descansar de la jornada intensiva. Entre ellos Iván, que había encontrado su teléfono infestado de mensajes de Ramiro que no quiso escuchar ni leer. Mariola, agotada, se fue directa a dormir, y cuando Iván se dirigió hacia su dormitorio, se encontró con el capitán a solas en el pasillo. Se le pasó por la cabeza huir en la dirección opuesta, pero estaban solos en aquel pasillo, era imposible que no lo viera, y salir corriendo tan solo añadiría otro motivo de humillación.

—Soldado… —lo saludó su capitán como siempre, y en su actitud adivinó que pretendía detenerse a charlar—. Buen trabajo hoy. Lo hiciste bien con la teniente.

—No fue nada…

—No, esa, esa es la actitud que nos gusta. Sé que es mucha presión para ella sentir que no puede defraudar a todas las mujeres. Es difícil estar en su lugar.

Y tras cruzar algunas frases más sobre la jornada volvieron sobre el tema que Iván hubiese preferido borrar de la memoria de todos.

—¿Has hablado con tu chico?

—No desde ayer… Siento mucho lo que ha pasado…, creo que lleva muy mal lo de que estemos separados…

—No lo justifiques. No debería controlarte de esa forma.

—No…, él no suele ser así… No sé qué cable se le ha cruzado para hacer una tontería como esa… —De golpe comprendió por qué no quería hablar con nadie de esto, y es que estaba dispuesto a perdonarlo, aun sabiendo que lo que había hecho era imperdonable.

—Mira, Iván —y por primera vez usó su nombre de pila—, no es que quiera meterme en donde no me llaman, pero… tienes un futuro muy prometedor en el cuerpo, no conozco a nadie que piense lo contrario. Tienes la preparación física y la inteligencia, pero además tienes esa serenidad para tomar decisiones correctas que se necesita de un líder. No tengo la menor duda de que llegarás muy lejos, no puedes permitir que una mala relación te distraiga de tus objetivos. Alguien que te empuja a tomar malas decisiones es alguien que no te conviene. —Y aquello sí que dolió, porque era algo que ya había intuido y se negaba a admitirse, algo que incluso el mismo Ramiro le había advertido: «No te convengo», le había repetido en más de una ocasión. Pero Iván, con su fidelidad mal entendida, seguía empeñado en creer en él. Pensó, en ese momento, que había estado a punto de rechazar la entrada al centro de montaña por Ramiro, y eso sin duda hubiera sido un error—. Venga, salgamos a tomar algo —propuso el capitán de forma desenfadada, y a Iván le pareció bien. Era una buena oportunidad de rebajar la tensión, pero, además, el capitán le caía bien, lo respetaba, y se sintió extrañamente halagado de que quisiera pasar su tiempo libre con él.

Había imaginado que se unirían al resto del equipo, pero acabaron en un bar charlando los dos solos. El capitán le estuvo hablando de sus comienzos en el equipo de montaña y de sus vivencias en el desierto con el ejército. Iván le habló de su padre, y se enfrascaron en ese eterno debate sobre cómo era antes y cómo era ahora, sobre la ética del alpinista, sobre la verdadera naturaleza de la escalada, ese tú a tú con la montaña sin trampas ni atajos que era un mantra para los que entendían la escalada como una forma de vida. Hablaron sobre las cimas que habían conquistado y las que tenían pendientes en su lista de deseos, compartiendo batallitas de sus aventuras y anécdotas que la mayoría no entenderían. Una conversación que solo podía apasionar a quien amaba este deporte de las cimas y las cumbres, el tipo de conversación que jamás tendría con Ramiro, pues para él ese mundo era tan lejano como para Iván lo era el mundo de la moda.

Varias copas después paseaban por la ciudad, e Iván quedó asombrado cuando se percató de hacia dónde los habían dirigido sus pasos.

—¿Esto es una disco gay?

Y el capitán reía.

—Pensé que te gustaría… Venga, Iván, diviértete… Eres demasiado serio para ser tan joven, a veces parece que llevaras el mundo a cuestas.

Y era así exactamente como se sentía la mayor parte del tiempo, como si el peso del mundo fuese una carga que debía resignarse a llevar a cuestas. Así que Iván se relajó, se dejó llevar, siguió bebiendo —algo que últimamente hacía cada vez más, aunque seguía insistiendo en creerse que él no bebía— y se puso a bailar con un montón de desconocidos. Y como solía decirle Ramiro, era como un imán para los tíos, que no tardaron en acercarse, unos y otros, para intentar sacar algo más que unos pasos de baile. Y no quiso pensar en lo surrealista que era que su capitán lo estuviese observando sentado a la barra, con una sonrisa y una copa en la mano. Como tampoco quiso pensar lo aún más inquietante que resultó encontrarse unas horas después en algún rincón oscuro con la lengua de su capitán abriéndose paso entre sus labios para comerle la boca. Y que le estuviera gustando. Porque el capitán era un hombre maduro y atractivo, y su cuerpo robusto y fuerte lo cubría por completo.

—Quiero follarte, Iván.

Y él también lo deseaba. Y el alcohol, el ruido y todo lo que había ocurrido durante aquel extraño día daban vueltas por su cabeza a una velocidad trepidante, e incluso llegó a creer que nada de aquello era real, que debía tratarse de un sueño absurdo.

Poco después estaban en otra habitación, las luces parecían dar vueltas por todas partes y los sonidos se mezclaban unos con otros en una melodía enmarañada y caótica. El capitán se bajó los pantalones liberando una polla enorme, gruesa y larga que amenazaba dura y firme desafiando la gravedad. Iván tuvo unos segundos de lucidez en los que intentó frenarlo.

—Espera…, deberíamos parar… Eso no está bien… —Aunque era posible que lo que decía saliera solo en un balbuceo incomprensible, pues su capitán no reaccionó a sus palabras. Lo guio con una mano para que se arrodillara en el suelo, lo agarró del pelo con fuerza para que abriera la boca y siguió dándole órdenes con su voz melodiosa y pausada.

—Venga, abre esa boca, soldado… —Iván obedeció, pero aquella verga era demasiado grande y apenas le cabía en la boca. Lo que no pareció importar al capitán, que lo sujetó con más fuerza y con ambas manos para forzar la penetración en su boca—. Vamos, cómetela toda, hasta el fondo…

Cuando sintió aquella enormidad entrando por su garganta, creyó que se ahogaba y se empujó hacia afuera con una arcada, pero el capitán no le dio tregua, y volvió a embutírsela hasta el fondo. Esta vez consiguió controlarse y el capitán empezó a embestirlo de forma más rítmica, follándole la boca sin piedad.

—Eso es, mójala bien, soldado, para que no te duela cuando te la meta… —le oyó decir entre gruñidos de placer.

Y por violento que pudiera parecer, también era increíblemente excitante, su polla también estaba inflamada y comenzaba a gotear. Las embestidas violentas de aquel hombre fornido continuaron, entrando y saliendo, pensó por un momento que su intención era correrse en su boca, porque salvo breves instantes de tregua que le daba para que recuperara el aliento, el capitán volvía una y otra vez a la carga, tirándole del pelo y ahogándolo hasta que creía que no aguantaría más.

De golpe olvidó su boca, lo giró con brusquedad para colocarlo a cuatro patas sobre el suelo pringoso, le quitó con eficacia los pantalones e Iván aceptó dócil las indicaciones. El capitán escupió y sintió la saliva derramándose por su culo, que él esparció por su raja, penetrándolo con los dedos de una mano mientras la otra empezaba a masturbarlo.

—¿Vas a correrte, soldado? —Iván estaba a punto de estallar, jadeando con fuerza; y entre la presión de los dedos invadiéndolo y penetrando con ritmo y la vehemencia con la que acariciaba su erección, no pudo evitar correrse enseguida en la mano del capitán. Entonces, este cogió el semen de su mano y se lo ofreció—. Venga, límpiame la mano…, cómetelo todo…

Y una vez más Iván obedeció y, mientras lamía como un perro, tragándose su propio semen, el capitán seguía jugando con su orificio, introduciendo sus dedos gruesos sin cuidado, y de pronto un tortazo en las nalgas que descolocó a Iván, porque había algo humillante en la vulgaridad de aquel gesto violento que no entendía. Y volvió a tirarle del pelo, y otro tortazo, esta vez con más fuerza, y lo siguiente que notó fue su glande abriéndose paso en su entrada. La mano del capitán censuró el grito de dolor de Iván tapándole la boca cuando aquella polla enorme comenzó a abrirse camino en su estrechez, presionando un poco más a cada embestida, entrando un poco más adentro, hasta que, acompañada de un gruñido intenso del capitán, entró completa en toda su extensión. Iván se mordió los labios para intentar contener otro grito de dolor mientras aquella polla enorme salía para volver a entrar, sus músculos internos se retorcían de dolor intentando adaptarse al tamaño de aquella dureza que lo embestía cada vez con más velocidad, hasta que los golpes y embestidas se volvieron frenéticos, chocando una y otra vez contra sus nalgas. Iván intentó frenarlo, porque dolía demasiado y porque alcanzó a darse cuenta de que no estaba usando condón. Pero el capitán lo sujetaba con fuerza, agarrándolo de los hombros para conseguir una penetración más profunda. De golpe lo liberó, salió del todo, pero casi no tuvo tiempo de recuperarse, pues el capitán volvió a cogerlo del pelo para metérsela de nuevo en la boca, y esta vez le bastaron unas cuantas embestidas rápidas para correrse en su garganta con un gruñido agónico seguido de una nueva orden:

—Vamos, soldado, trágatelo todo, no dejes ni una gota…

Por la mañana, cuando despertó, lo primero que hizo fue correr al váter a vomitar, seguido de las risas y burlas de sus compañeros. «Vaya juerga que te corriste ayer…», bromeaban. Era bueno que pensaran que su mal humor era solo fruto de la resaca, porque no tenía fuerzas para explicarle a nadie la punzada de culpa que se lo estaba comiendo, junto con el enjambre de dudas y sentimientos enfrentados que lo invadían aquella mañana.

Nadie se lo había follado así nunca, porque esa era la sensación que tenía; el capitán —que seguía sin tener un nombre para él y solo era un rango en una jerarquía de poder— se lo había follado. No había sido cosa de dos, aquel hombre grande y duro acostumbrado a dar órdenes había exigido lo que quería y él había obedecido manso y dócil sin cuestionarlo.

Pero lo que de verdad le comía la cabeza era que esto era exactamente lo que Ramiro le advirtió que pasaría y él se había negado a escuchar. No entendía cómo pudo saberlo con solo mirar a su capitán a la cara cuando él llevaba meses conviviendo con aquel hombre y no había sospechado nada en absoluto. ¿Qué era lo que se le había escapado y que su pareja había sabido leer en un instante? ¿Habría ocurrido igual de no haberse enfadado con Ramiro? O lo que era peor, ¿había deseado él que ocurriese? Cualquiera que fuese la respuesta, de golpe las discusiones de los días pasados cambiaban por completo de sentido después de aquella noche.

Si el viaje en helicóptero la jornada anterior se le había hecho insufrible, aquella mañana sentía vértigo y nauseas. La broma sobre su resaca seguía justificando su estado enfermizo. Lo peor fue comprobar cómo su capitán seguía igual de impecable y repeinado que cualquier otro día, con su sonrisa familiar y su gesto amable, hablando con unos y otros con esa calidez tan suya, como si nada hubiese ocurrido. Incluso se atrevió a bromear también sobre el estado lamentable de Iván, hasta el punto de que podría haber llegado a convencerse de que lo había imaginado todo de no ser por ese ligero dolor en su mandíbula, y especialmente la punzada en su esfínter que lo devolvía a aquella sala oscura.

—Sí que tienes mala cara. —Era Mariola quien le hablaba—. ¿Te encuentras bien?

—Sí, solo… estoy un poco mareado…

—¿Qué te ha pasado esta semana? Estás raro… ¿No vas a contármelo?

No, aún no quería hablar con nadie, menos con alguien que tratara con el capitán, a quien descubrió justo en ese momento clavándole la mirada con seriedad, como una advertencia. Todo se había complicado de una forma extraña, no entendía lo que estaba pasando, pero sabía que necesitaba ver a Ramiro.

—No es nada…, solo bebí demasiado… —Y puso todo su esfuerzo en sonreír con el mismo ánimo de mofa que llevaba el resto.

Tampoco quiso entretenerse con Yogui.

—Hoy no, Yogui, te juro que no puedo…

—Joder, tío, podías haberme avisado y habríamos salido juntos por ahí… No te preocupes, vete a dormir la mona, tengo bastante material de ayer…

Aunque no se fue a dormir. Tenían el fin de semana libre después de la excursión a las islas Baleares, así que se quitó el uniforme, cogió algo de ropa y se subió al Opel Corsa rumbo a Madrid.

 

Durante todo el viaje, las imágenes del polvo de la noche anterior siguieron atormentándolo. Se odiaba por haber traicionado a la persona a la que amaba, y al mismo tiempo le confundía comprobar que su cuerpo se excitaba cuando pensaba en la forma en la que el capitán lo había besado, en cómo lo agarraba del pelo obligándolo a comerle la polla, las órdenes que daba sin vacilar, la violencia con la que le había clavado esa enormidad haciéndolo gritar de dolor. Ramiro hasta ese momento conformaba toda su experiencia sexual, había perdido la virginidad con él casi a los veinte años. Tuvo algún que otro rollo por ahí cuando acababa de llegar a Madrid, pero no había pasado de encuentros rápidos e insulsos. Lo que sabía de sexo lo había aprendido con él, y era tan distinto; porque todo lo que hacía Ramiro tenía siempre la finalidad de procurarle placer. Volvía a sentirse un novato, un ingenuo inexperto que ni siquiera era capaz de decidir si aquello le había gustado o lo había odiado.

Ramiro lo esperaba en casa, le había mandado un mensaje para avisarlo. En cuanto abrió la puerta fue Ramiro quien se lanzó a disculparse.

—Lo siento, Iván…, soy un gilipollas… Perdóname… La he cagado…

—No lo sientas… —lo interrumpió, le dolía que fuese él quien pidiese perdón—. Tenías razón. —Y bastaron esas palabras para hacerle comprender. Ramiro se quedó quieto observándolo, e Iván se sintió la peor persona del mundo.

—Habéis follado… —dijo casi por constatar lo que ya estaba imaginando.

Ahora le tocaba a él disculparse.

—No sé muy bien cómo pasó… Estaba enfadado…, bebí más de la cuenta… Sé que no es excusa, y tú me lo habías advertido, joder… Lo siento…

Ramiro lo observaba en silencio, hasta que de pronto se giró y se alejó en dirección a su estudio. Lo siguiente que escuchó fue el estallido de una lámpara metálica estampándose contra el suelo, unido al gruñido casi animal de Ramiro. Iván se acercó lo suficiente para ser testigo de cómo continuaba desquitándose con sus pantallas y trípodes al grito de «¡voy a matar a ese hijo de puta», destruyendo su preciado estudio de forma descontrolada. Comenzó a hacerse una idea de la herida profunda que acababa de provocar, y temió por un instante que ya no hubiese forma de repararla como no podían repararse los cristales de las lámparas que chocaban contra el suelo.

La explosión de ira no duró mucho, y cuando vio que se calmaba, Iván le habló:

—¿Quieres hablar o…? Quizás es mejor que me vaya…

—No. Espera —lo detuvo, y se quedó unos instantes con los ojos cerrados intentando controlar su respiración agitada—. Es culpa mía —sentenció.

—¿Cómo va a ser culpa tuya? He sido un idiota, debería haberte escuchado… Yo…, joder…

—Sí, eso es verdad. ¡Cuándo vas a hacerme caso, joder! Pero no es eso…, tendría que haberte contado la verdad desde el principio…

Iván volvía a perderse mientras aquello cobraba una dimensión completamente nueva ante su gesto estupefacto.

—¿Qué verdad? —preguntó sin estar seguro de querer saberlo.

—Ya conocía a tu capitán. No lo había relacionado hasta que… nos vimos aquella vez… Tendría que habértelo contado, joder, quería, iba a hacerlo, te he estado llamando sin parar, pero no lo cogías… Quería que entendieras por qué sabía que iba a por ti…

—Espera…, ¿te acostaste con él?

—Fue hace mucho tiempo…

—Y ¿por qué no dijiste nada?

Ramiro guardó silencio un momento.

—Porque me da vergüenza contártelo a ti.

—No lo entiendo…

—Es uno de los clientes de Enzo… Me vio en uno de sus vídeos y le ofreció un montón de pasta para acostarse conmigo. —Los ojos de Iván se abrieron todo lo que daban de sí ante la revelación—. No era algo que hiciera habitualmente, fue solo algo ocasional…

—Pero lo hiciste…

—No era por el dinero…, no lo necesitaba, vivía con Tony y Al y tenía trabajo, era solo parte del juego… Me parecía excitante que me pagaran para follar con un tío con el que hubiera follado de todas formas… Sabía que no lo entenderías, por eso no quería contártelo…, solo era un juego de trasgresión, uno más, solo eso…

—Tienes razón…, no lo entiendo. —Ramiro bajó la mirada. Seguían los dos de pie entre cristales rotos y ese pequeño caos que el fotógrafo parecía haber escenificado. A Iván empezaba dolerle la cabeza, estaba agotado, del viaje y de darle vueltas a las cosas sin entender nada—. Y ¿qué tiene que ver eso conmigo?

—Tu capitán ha estado provocándome desde esa primera vez que se sentó a tomar algo con nosotros. Me preguntó cuánto le cobraríamos los dos por hacer un trío… Ha estado jugando contigo…

—¿Por qué?

—Porque quería echar un polvo…, que rememoráramos viejos tiempos… —dijo con sarcasmo—. Lo mandé a la mierda… y empezó a amenazar con contártelo… Sabía que no lo haría, así que no le hice caso, y entonces dijo que conseguiría que me dejaras… ¡Joder!, odio que siempre acabes envuelto en mi mierda…

Se negaba a creerle. Admiraba a su capitán, era todo lo que él quería ser en el futuro, no podía ser uno de los esbirros de Enzo, el examigo de Ramiro que se dedicaba a vender porno casero y que unos años atrás se había obsesionado con filmar a Iván.

—Esto no es por ti, nadie me obligó a salir con él ni a tomarme unas copas, ¿vale? No todo gira en torno a tu mierda. Debería haber mantenido la cabeza fría… Fue una estupidez, y lo siento…

—¿Te gustó que te follara con esa gran polla? —Iván se quedó sin palabras, mirándose en los ojos de Ramiro, comprendiendo que nada de esto tenía que ver con él y que solo era un objeto de manipulación en la historia de otros—. Perdona, no contestes, no tendría que haber dicho eso… —se corrigió—. ¿Podemos olvidarlo?

—¿Olvidarlo? No, venga, hablémoslo. ¿Te gustó a ti? Dime, ¿te la tragaste bien? Apuesto a que sí, eso se te da bien… ¿Cuánto te pagó para poder follarte? ¿Eh? ¿Qué iba incluido en el precio?

—Joder, para… No te lo he contado para eso.

—Y ¿para qué me lo has contado ahora? ¿Ha sido divertido? ¿Os lo habéis pasado bien manipulándome como si fuese un juguete por el que os estabais peleando?

—¿Crees que quería que pasara esto? Intenté advertírtelo… Yo ni siquiera sabía que era guardia civil, joder, creía que ese rollo de llamarme «soldado» era solo una fantasía erótica…

Por alguna razón, que mencionara esa muletilla del capitán hizo que se frenara. «Capitán». Casi era gracioso verlo de pronto, le gustaba que lo llamaran «capitán», nadie lo llamaba por su nombre. Con su pose fingida y esa capacidad de autocontrol, comenzaba a comprender el alcance de su estrategia, y se sintió tan estúpido, tan humillado por no haberlo visto antes.

—¿Qué edad tenías?

—No me acuerdo… Tu edad, más o menos…

Ya no estaba cabreado con Ramiro, tal vez no fuera culpa suya después de todo.

—Y ese rollo…, ¿eso te gustaba?

—¿De verdad quieres saberlo? —Aguardó al gesto afirmativo de Iván y siguió explicándose, aunque estaba claro que no tenía ganas de hacerlo—. Al principio sí, luego se volvió más retorcido y pasé de él. No le gustó nada que lo hiciera…, se cabreó mucho, pero a mí eso me daba igual entonces… Yo… —Ramiro dejó escapar un suspiro largo—. Lo siento… —susurró.

Se quedaron los dos en silencio, sin mirarse, tan cerca y tan lejos al mismo tiempo… Había algo retorcido y sucio en todo aquello que no lo dejaba tranquilo, pero no quería seguir pensando en eso, estaba agotado…

—¿Podemos seguir hablando mañana?… Necesito dormir un poco.

Ramiro lo miro como si quisiera decir algo más, pero se abstuvo, solo forzó una sonrisa antes de decir:

—Claro, es tarde… Será bueno dormir.

Hasta aquí la lectura gratuita de los primeros capítulos de la novela. Somos malos y sabemos que te has quedado con ganas de más, así que ya sabes… wink

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