Montañas y tacones lejanos •Capítulo 10•

Unos días más tarde volvían juntos de Valladolid en dirección a Madrid, Iván al volante mientras él repasaba en silencio todo lo ocurrido el fin de semana, con la mirada perdida en el horizonte que se abría ante la ventanilla de su Opel Corsa blanco. Ramiro odiaba el coche, desde que lo tenían solo había sido una fuente de encontronazos entre los dos. Él nunca había tenido coche, cuando necesitaba uno en Madrid lo alquilaba, pero la mayor parte del tiempo estaba viajando o prefería llamar un taxi. Fue idea suya comprar uno cuando se fueron a Cuenca, parecía lógico, pero no imaginó que pudiera ser fuente de tantos conflictos. Primero porque Iván se empeñó en pagarlo a medias, lo que condicionaba el modelo a elegir. Ramiro hubiese preferido un BMW, pero a Iván le parecía un lujo innecesario; al final accedió al Opel Corsa con la condición de que le dejara pagarlo a él. Cuando Iván se fue a Huesca Ramiro quiso que se llevara el coche, él no lo necesitaba en Madrid, pero el cabezota de su novio se negó porque el coche era de Ramiro, lo que sacaba al fotógrafo de sus casillas, pues esa no había sido la idea. Era este tipo de absurdos, precisamente, lo que siempre había detestado de las relaciones.

La visita a la casa de sus padres lo había agotado. No había albergado muchas esperanzas y aun así parecía que hubiesen hecho aquel viaje solo para constatar hasta qué punto eran capaces de defraudarlo.

No estaba preparado para la visión de sus padres catorce años después. Su madre no estaba tan mal, el pelo más canoso, las caderas más anchas; sin embargo, su padre, el alcohol y el tiempo habían cumplido con su parte, y costaba reconocer al hombre inquebrantable que en el pasado le había hecho mearse encima solo con la mirada. El pelo blanco y escaso parecía un nido de pájaros en su cabeza, la barba gris asomando indómita entre surcos de piel enrojecida, los ojos caídos y una nariz inflamada por la cirrosis. Lo encontró sentado en su viejo sillón con una manta tapándole las piernas, concentrado en algún concurso cutre de televisión. Le costó ponerse en pie cuando vio entrar a su vástago hecho ya un hombre junto a su pareja, apoyándose en un bastón, pero rechazando la ayuda de la madre para no mostrarse débil ante el hijo al que había expulsado de su vida.

—¿Qué hace este aquí? —fue la bienvenida con la que los recibió. Su voz cascada y velada por la afonía tuvo que hacer un esfuerzo para hacerse oír como antaño. Ramiro conocía la situación y prefirió no traicionar a su madre.

—Me he enterado de lo de tu accidente, pasaba a ver qué tal os va y eso… —Se fijó en el brazo de su padre, el muñón aún vendado del que asomaban solo dos dedos.

El labio inferior de su padre le temblaba por la rabia contenida, y cuando empezó a hablar escupía saliva con los ojos encendidos en odio.

—¿Te has creído que necesitamos tu ayuda? No necesito nada de ti, fuera de mi casa, malnacido… —Y los improperios comenzaron a emanar de aquella boca que ladraba como un perro rabioso—. Y ¿quién es ese? ¿Tu puta? ¿Te atreves a presentarte en mi casa, mierda de maricón?

—¡Ramiro, que es tu hijo! —intervino la madre, y por alguna razón misteriosa, que pronunciara el nombre de su padre en voz alta lo avergonzó ante Iván más que cualquiera de los insultos que salían de la boca del padre.

La discusión continuó entre los dos progenitores, dejando a Ramiro al margen. La madre, consciente de la importancia de que su hijo pudiese rescatarlos de su penosa situación económica, intentó en vano hacer entrar en razón al padre.

—Esto es cosa tuya, seguro… No necesito nada de este, ¿te enteras?

—Que al niño le va bien… —decía ella, como si hubiese sido ayer que se hubiesen despedido de él—. Solo ha venido a ayudar… ¿Por qué no te sientas y hablas con él? Es tu hijo…

El padre fue recuperando la fuerza de otros tiempos en la disputa, y en algún momento de la discusión que parecía girar en círculos sobre los mismos tópicos, el padre se puso violento, comenzó a dar bastonazos contra la mesa sin que le importara que se estrellaran vasos y platos contra el suelo. Iván intervino advirtiendo al hombre que se calmara, Ramiro hacía rato que se había quedado petrificado, incapaz de reaccionar ante la escena que no le resultaba del todo desconocida. «Tú a mí no me pones un dedo encima, ¿te enteras?», el padre, enloquecido, amenazaba a Iván, que intentaba calmarlo, y como la madre insistía en contradecir al padre, este se lanzó a atacarla también. Y la advertencia de Iván sonó entonces más autoritaria que nunca: «Señor, si no se calma tendré que arrestarlo».

—¡Qué vas a arrestarme, hijo de perra!

Y las advertencias de Iván no surtieron efecto en un hombre acostumbrado a hacerse obedecer por las buenas o por las malas. Y cuando el padre fue a agredir a la madre, Ramiro al fin reaccionó para defenderla, y el anciano con su vigor reestablecido le lanzó un puñetazo a la nariz primero, que fue seguido de un golpe en la cabeza con el bastón de madera que dejó al hijo aturdido unos segundos, aunque no tanto como para perderse el momento en el que Iván sacaba unas esposas y reducía al padre casi sin esfuerzo. No tuvo tiempo de preguntarse por qué su novio había llevado unas esposas al encuentro, pues la madre ahora gritaba y lloraba suplicando que soltara al marido.

Dos horas después el padre estaba en una celda con su bata y su bastón y a Ramiro le cosían la cabeza en un centro de salud.

El domingo por la mañana visitaron a la madre e intentaron convencerla de que presentara una denuncia contra el marido. Por algún motivo que Ramiro jamás comprendería, su madre defendió al padre.

—Se ha puesto así porque has venido, hacía mucho que no se ponía así…

—¿Es culpa mía? Es un maltratador, mamá…, no va a dejar de ser nunca así… No puedes dejar que siga tratándote así…

—Si al menos hubieras venido solo… ¿Cómo se te ocurre…?

Entonces se enfrascaron en otra discusión. Pero no quería pelear con ella; si había accedido a ir, era por su madre, no por el otro. Pero no esperaba encontrarse a una mujer tan anclada en sus prejuicios, tan empeñada en no hacer ningún cambio en su vida.

—¿Crees que no sé lo que hace tu padre? ¿Te crees que le dejo que se salga con la suya? Tu padre manda menos de lo que se cree… —le discutía ella, que se preparaba para ir a buscar al marido y traerlo de vuelta a casa. Y entonces sus explicaciones comenzaron a desviarse hacia realidades de las que hubiese preferido no saber nada—. ¿Crees que no sabía lo de la otra? Lo sabía perfectamente, y le dije a tu padre: «Tú a mí no me dejas», y por muy enchochado que estuviera tu padre, de aquí no se movió… Y cuando se le ocurrió la idea de traerse al niño porque la otra estaba en chirona, le dije que ni hablar, que yo no iba a criar al hijo de otra, que hasta ahí habíamos llegado…

—Espera…, ¿qué niño? ¿De qué hablas?

—El hijo de la putita de tu padre, ¿te crees que yo no me enteraba de sus líos…?

—¿Mi padre tiene otro hijo y no se te había ocurrido decírmelo? Pero ¿quién lo tiene?

—Yo qué sé, no es asunto mío… Si se creen que me voy a hacer cargo del bastardo, lo llevan claro… Como si no tuviésemos ya bastante con lo nuestro…

Ramiro se giró en ese instante hacia Iván, que observaba con el mismo gesto de incredulidad que debía llevar Ramiro. No quiso oír más. Su vida no tenía nada que ver con esa gente, y tal vez había sido lo mejor para él. No dijo nada más, sobre la mesa de comedor, que seguía siendo la misma sobre la que había hecho él los deberes durante toda su infancia, en la que su madre había servido las comidas de los domingos y la que decoraba con esmero para la cena de navidad, escribió un cheque por los diez mil euros que su madre le había pedido. No le sobraba ese dinero, no cuando estaba reformando su piso, había comprado un coche y pensaba en casarse algún día. Pero se lo dio igualmente, su madre le había contado que tenían muchas deudas y estaban a punto de embargarles la casa. Por mucho que pudiese odiarlos, la posibilidad de que sus padres se quedaran en la calle era una idea que lo perseguiría. Escribió el cheque para quitarse esa carga de encima, para borrar el rastro de aquella visita o por pagar la pena por haber decidido volver. Se lo entregó a la madre, tan estupefacta que no fue capaz de articular palabra.

—No vuelvas a llamarme —le dijo antes de salir de la casa, ese adosado de barrio obrero a las afueras de la ciudad que olía a ajo y moho, y en el que se acumulaban los arreglos pendientes desde que él podía recordar. Salió sabiendo que no volvería nunca más.

Habían emprendido el viaje de vuelta nada más salir de la casa, esta vez sin discutir sobre quién conducía, y Ramiro llevaba más de una hora sumido en un silencio absoluto, intentando poner un poco de orden en los remordimientos que lo inundaban.

—¿Quieres que paremos a comer algo? —La voz calmada de Iván interrumpió su ensimismamiento.

—Como quieras…

—Si prefieres, seguimos hasta casa, no queda tanto… —Le gustó oírle decir «casa» de esa forma. Él era su casa, su familia, junto con Tony, Richi, Al… De pronto sintió un afecto profundo por las personas que formaban parte de su vida, de quién era él. Tal vez sí era posible, pensó, tal vez sí se merecía esto. Se quitó el cinturón y fue en busca de un beso, de rodillas sobre el asiento del copiloto besó al hombre al que amaba mientras él sonreía intentando no perder de vista la carretera—. Espera…, mejor paramos…

Y volvía a pensar en lo ocurrido.

—Joder, has arrestado a mi padre… —dijo, encontrándolo gracioso de pronto.

—Ya, lo siento…

—No, no lo sientas. Ha sido lo mejor del fin de semana… Si no hubiese estado semiinconsciente me hubiese puesto cachondo y todo… —Volvían a recuperar el buen humor, y reírse de lo ocurrido sentaba bien—. Te quiero, tío… Vas a tener que casarte conmigo, ¿sabes?

Iván sonreía.

—Vale, vale, lo hablamos un día en el que no te hayan golpeado la cabeza…

 

Pasaron el resto de las vacaciones de Iván intentando olvidar los acontecimientos del fin de semana con sexo. Ramiro había encontrado un nuevo y emocionante juego:

—¿Dónde guardas esas esposas, agente?

—¿Te han gustado las esposas? —Iván se acercó y comenzaron a besarse, y el guardia lo llevó hasta una pared, dejándolo prisionero, lo tomó de las muñecas y le sujetó los brazos por encima de la cabeza, comiéndole la boca con furia mientras restregaba la dureza en sus pantalones contra su pelvis—. Vete al cuarto y desnúdate, ahora voy.

—A sus órdenes, agente —dijo siguiéndole el juego entre sonrisas lascivas.

Fue a la habitación, encendió solo una lamparita de la mesa de noche, se desnudó por completo y se puso cómodo en la cama. Iván no tardó en seguirle, entró al cuarto con su ajustado pantalón verde de guardia de montaña, el ancho cinturón negro de su uniforme con todos sus salientes para organizar sus herramientas de trabajo, y nada más. Ramiro casi se queda sin aliento. Tenía el porte de un superhéroe de cómic, con las piernas semiabiertas y los pulgares agarrados de su cinturón era una oda a la homoerótica. No había conocido un hombre más guapo en toda su vida, tenía esa belleza sencilla pero indiscutible, todas sus facciones eran perfectas y armónicas, con una mirada transparente que hacía inevitable confiar en él y un cuerpo perfecto. Seguramente le habría ido bien como modelo, si no fuera porque la moda y todos sus entresijos le importaban una mierda. Y esa falta absoluta de vanidad lo hacía aún más atractivo. A Iván solo le interesaba que Ramiro lo amara, y en ese momento se sintió el hombre más afortunado del mundo.

—Hostia, joder… Creo que prefiero esposarte yo a ti…

Y a Iván se le escapó esa sonrisa impecable de chico bueno que lo traicionaba aun cuando intentaba ir de poli malo.

 

Les sacaron partido a esos días juntos, sobre todo porque cada vez que Iván intentaba estropearlo hablando sobre la dichosa visita a la casa de sus padres, Ramiro se lo impedía. Sin embargo, la noche antes de que volviera a Huesca para terminar su entrenamiento, no le quedó más remedio que escucharlo.

—He averiguado dónde está tu hermano…

—No lo llames así…

—¿Cómo quieres que lo llame? —Ramiro intentó huir de la conversación y se metió en el dormitorio, encendió la ducha del baño principal y comenzó a desnudarse, con la esperanza de que él dejase el tema o el ruido de la ducha lo obligara a desistir. Pero no lo hizo—. Tiene trece años. —Lo siguió y se hizo escuchar por encima del ruido del chorro de agua—. Está en un centro de menores.

—¿Por qué me lo cuentas?

—A su madre la arrestaron por traficar, la han soltado, pero le quitaron la custodia. Tu padre no lo ha reconocido como hijo suyo.

—No es culpa mía…

—Tampoco es culpa suya…

—Y ¿qué esperas que haga?

—No lo sé… Solo digo que podrías ir a verlo…, es tu hermano…

Ramiro se quedó pensando mientras el vapor de la ducha seguía inundando el pequeño cuarto.

—¿Tiene trece años? —dijo aludiendo a la coincidencia con el año en el que él se fue de casa.

—Ya, eso no es lo peor… No lleva tu apellido, pero… se llama Ramiro.

—Estás de coña… —Y tardó un rato en encajar la puñalada que suponía que su padre hubiese intentado reemplazarlo del todo—. Lo pensaré, vale… —Entró en la ducha, pero enseguida volvió a asomar detrás de la cortina—. Y, por cierto, quiero que te lleves el coche…

—Es tu coche.

—Esa no fue la idea del coche, no lo necesito aquí y si no te lo llevas lo voy a vender, ¿vale? Úsalo para venir a verme, o ir a ver a tu madre, o bajar al pueblo a tomar un café… Solo, joder, llévate el puto coche y no me lo discutas…

Iván sonrió.

—Está bien. —Y se acercó a darle un último beso antes de dejarlo tranquilo.

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