Montañas, cuevas y tacones •Capítulo 7•

La temporada de verano se agotaba, la colección de Tony estaba prácticamente terminada, los últimos días habían estado hablando de la puesta en escena para la pasarela de Madrid en la que se presentaría. Sería a mediados de septiembre, y las últimas semanas en la capital se dedicarían a escoger localizaciones, modelos, contratar maquilladores, peluqueros, estilistas, y a confeccionar las listas de invitados VIP que eran fundamentales para cualquier pasarela. Habían pasado días definiendo el orden y los complementos que irían con cada uno de los trajes y vestidos, y en esos últimos días eran André y Mel quienes aportaban ideas para una escenificación que integrara toda la propuesta del diseñador. Ganaba fuerza la idea de hacer el desfile en una estación de tren, y ambientarla como una novela de Agatha Christie; hablaban de la iluminación, la música, la escenografía como si estuviesen montando una obra de teatro. Iván jamás había imaginado que una pasarela de moda pudiera aglutinar tantos elementos artísticos, y estaba completamente admirado de la tormenta creativa en la que llevaban sumidos los visitantes desde su llegada, era asombroso.

Aquella noche, sin embargo, el tema que se discutía era si Tony debía seguir usando la marca Alfred & Valenty o si debía presentarse solo como Tony Valenti. Hacía años que la línea Alfred & Valenty tenía vida propia. Era una empresa internacional con accionistas y socios, y aunque Al y Tony siempre habían sido los diseñadores y la cabeza creativa de la marca, durante los años de su semirretirada, la empresa había contratado a un joven diseñador para continuar el trabajo mientras ellos estaban sumidos en su drama personal. Esto le daba la libertad a Tony de poder elegir el camino que quería seguir a su regreso.

—A mí me parece que puede ser bueno empezar algo nuevo, sin ataduras —aportó Ramiro—. Alfred & Valenty ha existido durante treinta años, es una etapa, es el momento de empezar una nueva.

—Pero de alguna forma siento que lo traiciono —se lamentó Tony—. Llegamos hasta aquí juntos…, nada de esto habría existido sin Alfred.

—Pero no renuncias a él —siguió Richi—, lo que habéis conseguido permanecerá siempre… Por otro lado, la marca se sostiene por sí sola…

—A mí me parece que mantener el nombre es una buena forma de honrarlo… —aportó Moncho—. Después de todo, es algo que construisteis juntos y ya tiene vida propia…

—Pero también es una forma de quedarse atado al pasado… —insistió Ramiro.

Discutieron el tema un rato más, con la amabilidad y el respeto que requería, y fue Jon quien finalmente zanjó el asunto con su voz pausada y afable. Tomando a Tony de la mano, habló en nombre de todos.

—Solo tú puedes tomar esa decisión. De todas formas, Tony, decidas lo que decidas sabes que estaremos al cien por cien contigo.

Y la conversación los trasladó a todos a un momento emotivo compartido, rememorando al amigo perdido, que Iván tuvo la impresión de que debió ser alguien muy especial. Compartieron recuerdos, anécdotas, risas y algunas lágrimas, y aunque él no lo conocía, y apenas conocía al resto, en ningún momento se sintió fuera de lugar.

Cuando estuvieron a solas, Iván le preguntó a Ramiro por ellos.

—¿Los conocías hace mucho?

—Unos doce años, me ayudaron mucho cuando empezaba mi carrera. Alfred… era una persona muy generosa, se lo echa de menos… Pero basta de sensiblería —dijo, cortando la conversación como solía hacer y acercándose a Iván con su sonrisa más maliciosa—. Tú y yo tenemos algo pendiente…

A Iván le temblaron las piernas al oír eso, sabía muy bien a qué se refería. Faltaban un par de días para que se marcharan de Fuentequebrada y Ramiro iba a cumplir su promesa.

Mientras se besaban, el fotógrafo lo fue desvistiendo, pero no dejó que hiciera lo mismo con él. Aún de pie en la habitación y completamente desnudo, Ramiro lo llevó hasta un espejo que había en el enorme ropero de madera rústica y lo colocó de frente al alargado espejo que reflejaba su cuerpo casi por completo, él detrás, besándole el cuello, sus brazos apretándolo contra su cuerpo aún vestido. Empezó a acariciar su pene con una de sus manos mientras la otra exploraba el resto de su cuerpo sin dejarlo escapar, su lengua ahora jugando en su oreja le hacía cosquillas de una forma deliciosa. Desde allí Iván apenas podía hacer nada, intentó girarse, pero él no lo dejó. Con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás ofreciéndole su cuello, que él mordía y besaba con esmero, se dejaba hacer, cada vez más excitado.

—Abre los ojos —le ordenó su amante mientras su mano recorría el tronco de su polla de abajo arriba. Iván lo ignoró, mirarse a sí mismo en esas circunstancias no era algo con lo que se sintiera cómodo. Ramiro intensificó el masaje con su mano, su lengua en su cuello hacía cosas increíbles, estaba al borde del orgasmo y él volvió a exigir—. Abre los ojos, quiero que mires como te corres. —Iván hizo amago de mirar la escena, pero verse solo produjo una risa nerviosa.

—No puedo —susurró bajando la mirada.

—Claro que puedes, mírate, eres un bellezón, me pones muchísimo… No puedo dejar de mirarte, no quiero dejar de mirarte… —Y sus palabras calmaron su nerviosismo.

Iván concentró la vista en las manos que acariciaban su cuerpo, volvía a jadear completamente entregado a las sensaciones. Ramiro se chupó un dedo, mirándolo a los ojos a través del espejo, y lo metió por su orificio mientras su otra mano seguía masturbándolo sin tregua. Desde su interior, el dedo lo acariciaba de una forma increíble, acercándolo al clímax sin remedio. Entregado al abismo ascendente con el ritmo de sus manos que se aceleraba, observó cómo su propia desnudez se tensaba o se contraía buscando el placer, hasta que ya no pudo contenerse más y su cuerpo entero vibró, dejándose llevar en los espasmos del orgasmo mientras miraba el reflejo de su cuerpo entregado al placer. Detrás de él, Ramiro sonreía disfrutando de su capacidad para llevarlo al límite cada vez.

Después se dieron una ducha larga, Ramiro enjabonó cuidadosamente cada parte de su anatomía, también recortó un poco su vello púbico, bromeaban, reían, se comían a besos. Tenían toda la noche por delante.

De vuelta en la habitación, desnudos aún los dos, Ramiro le hizo sentarse al borde de la cama. Iván se dejó caer hacia atrás, recostado entre las sábanas, y Ramiro se arrodilló entre sus piernas y levantó una de ellas antes de separar sus nalgas con sus manos para dejar vía libre a su lengua. El primer contacto de la punta de su lengua con su orificio provocó una oleada de placer que le erizó la piel y lo llevó a gemir de forma ostentosa.

—¡Dios, joder! —exclamó.

Y la lengua siguió rodeando su piel sensible, al principio solo por el contorno, y luego penetrando ligeramente, hasta que su boca entera lo devoró, con lengua, dientes, con todo, e Iván dejó escapar un grito de placer. Y siguió gimiendo hasta que empezó a marearse por la sobreoxigenación mientras él lo preparaba con manos expertas, con un dedo primero, con paciencia, dejando que se dilatara con cuidado, luego con dos, el bote de lubricante a mano, cumpliendo su función; cuando ya eran tres dedos empezó a notar la incomodidad de la presión en su esfínter.

—Joder, estás muy estrecho —comentó su amante.

Para compensar el dolor, empezó a chupar su glande, absorbiéndolo hasta el fondo con la boca mientras los dedos seguían preparando el camino. Iván se agarraba con fuerza a las sábanas desordenadas, la cabeza echada hacia atrás en un gesto de dolor y placer.

Ramiro lo soltó y se acercó para mirarlo desde arriba, lo besó.

—¿Estás seguro?

—Por favor, hazlo.

—Si quieres que pare me lo dices.

—No pares, aunque te lo diga.

Ramiro sonrió.

—Eso me confunde, ¿sabes? —Y volvió a besarlo. Se acomodaron en el centro de la cama; Ramiro, sentado entre sus piernas abiertas, volvió a lubricar antes de empezar. Ya lo habían hablado, después de todo lo que llevaban haciendo aquellas semanas, no tenía sentido usar un preservativo. Iván notó el dolor cuando su glande entró al fin, Ramiro se detuvo allí, se acercó a él y volvió a besarlo—. Relájate —le dijo. Mientras lo besaba, lo acariciaba y lo miraba a los ojos, fue empujando su pene dentro de él, muy despacio. Dolía más de lo que había esperado, pero no le pidió que parara. Cuando llegó al fondo en una embestida, Iván gimió de dolor e intentó controlar su respiración. Ahora era Ramiro quien jadeaba ligeramente mientras empezaba a moverse dentro de él. —¡Oh, dios, Iván! ¡Es increíble!

Los movimientos de Ramiro empezaron a ser más rítmicos. Con su mano libre comenzó a hacerle una paja a Iván mientras la otra lo sujetaba con todos los músculos en tensión, ahora los dos jadeaban al unísono. A pesar de que aún le hacía daño, la sensación era muy excitante, estaba a punto de llegar al orgasmo, y así se lo anunció.

—Joder, voy a correrme.

—¿Sí? Venga, córrete para mí —dijo él entre jadeos justo antes de que Iván se dejara llevar por un orgasmo intenso.

Ramiro tardó aún un poco más, aceleró el ritmo, su rostro completamente entregado y en tensión, hasta que alcanzó el clímax, y nunca le pareció a Iván tan sexy como en aquel instante en el que se estremecía en un gesto de placer absoluto.

Los dos, sudados y saciados, quedaron tirados sobre la cama con las respiraciones jadeantes, Ramiro se giró ligeramente hacia él y empezó a pasar las yemas de sus dedos por su pecho, hasta su abdomen, apenas rozándolo. Iván cerró los ojos y se dejó llevar por la sensación relajante del cosquilleo, él siguió acariciando con la levedad de una pluma cada rincón de su torso, sus hombros, sus brazos, sus labios también. Cuando Iván se giró hacia él, soltó un gemido de dolor al notar una punzada en la parte baja del abdomen.

—¿Te he hecho daño?

—No. Pero… duele…

—Mejora con la práctica.

—Lástima que no nos quede tiempo para eso.

Ramiro se puso tenso, dejó de acariciarlo, le dio un pequeño beso en los labios y se levantó de la cama. Se dirigió hacia el baño e Iván lo perdió de vista. Sabía que él no quería hablar de eso. La última vez que surgió el tema, le dijo que no tenía sentido fingir que aquello podía tener continuidad. Ramiro estaría solo un mes más en Madrid, para la semana de la moda, luego lo esperaban trabajos en Nueva York, Milán, Londres, Tokio y algún otro país que lo mantendrían fuera de España hasta el invierno. Su vida era así, mucho más intensa e interesante que la de Iván, volaba hacia donde tuviese trabajo, y no quería ataduras. Había estado en España todo este tiempo por Tony, porque se lo debía, dijo, y estaría siempre allí donde su amigo lo necesitara. Pero una vez que terminara el desfile, regresaría a su vida errante. Habían acordado que disfrutarían de ese tiempo juntos, y luego se acabaría, ni siquiera tenía su número de teléfono, nada de mensajes, le hizo prometer, era mejor olvidarlo. Iván no podía hacerse a la idea de que en solo un par de días todo se acabaría.

 

El último día se lo tomó libre de todos sus trabajos. Era algo que no solía hacer en temporada alta, pues incluso en el que supuestamente era su día de descanso, lo normal era que acabara haciendo algún recado o alguna tarea, pero aquel día no pensaba atender a nadie. Quería pasar cada minuto de ese último día con él.

Llevaban toda la mañana en el dormitorio, Ramiro había subido una bandeja con fruta, pan, café y algo más de comer, eran cerca de las tres de la tarde y no tenían intención de salir. De pronto Ramiro le lanzó un preservativo a la cama, donde Iván estaba tumbado leyendo una revista de moda.

—¿Y esto? ¿Para qué?

—Quiero comprobar que sabes ponértelo.

—¿Por qué no iba a saber ponerme un condón?

—¿Te has puesto uno alguna vez?

Siempre conseguía avergonzarlo por su inexperiencia.

—No puede ser tan difícil.

—Venga, ábrelo.

—Es una estupidez.

—Póntelo… —Lo odiaba cuando se ponía mandón, sobre todo porque acababa obedeciendo como un alumno dócil, y eso lo hacía sentir infantil y vulnerable. Por supuesto, obedeció también esta vez. Abrió el sobre y se bajó el bañador que llevaba puesto, pero su pene no estaba en condiciones.

—No puedo ponérmelo así.

—Hazte una paja —dijo con su tono arrogante sentándose al lado opuesto de la cama, preparado para disfrutar del espectáculo.

—Házmela tú —lo desafió, y Ramiro accedió a la provocación. Se acercó y se la chupó un rato hasta conseguir endurecerla. Y entonces paró—. Joder, no pares…

—Póntelo —repitió ahora, con tono de hastío. Al fin, Iván cedió a su insistencia, y empezó a ponerse el preservativo mientras él seguía dándole instrucciones—. Tienes que desenrollarlo…, suave…, si tiras de él lo romperás…

—Puedes irte a la mierda un rato, ¿sabes? —Y ya con el preservativo puesto lo miró—. ¿Contento?

Entonces Ramiro se acercó hasta él y mirándolo directamente a los ojos le dijo muy serio:

—La próxima vez que vayas a follar con alguien te quiero con uno de esos, ¿me has entendido?

—Vaaale…

—Lo digo muy en serio, no juegues con ese tema. Promételo.

—Lo prometo. De todas formas, no tengo a nadie con quien hacerlo por aquí, lo sabes.

—Tienes que salir de este pueblo, en serio…

—Ya, bueno…, cuando mi vida deje de ser una mierda me iré muy lejos de aquí…

—No mientas, esas cuevas tiran de ti, me he dado cuenta…

—Sí, supongo que sí… —A Iván le sorprendió que se hubiese dado cuenta. Era cierto, las cuevas eran su padre, el lazo que aún lo unía con él, se sentía ligado a esas montañas de una forma que pocos comprendían. Alejarse de ellas era perder a su padre definitivamente, y una parte de él no se sentía capaz de hacerlo.

—Bueno, siempre puedes ir a buscar a don Rafael —bromeó.

—¡Oh, mierda! Acabas de asesinar mi libido. —Y los dos reían ahora. Puede que no fuera tan sorprendente que lo supiera. Aunque solo hubiesen compartido esas dos semanas, sentía que nadie lo conocía tan bien como él, ni siquiera su familia o sus amigos de toda la vida. Había sido más libre en esas dos semanas a su lado que en los últimos cinco años de su vida. Y eso era lo que más iba a echar de menos.

 

La mañana de la partida acabó por llegar, el ajetreo constante de maletas, cajas y baúles no le permitió darse tiempo para pensar en lo que estaba ocurriendo, era más fácil así, ocupado, ayudando a cargar las cajas que contenían el preciado equipaje de la temporada otoño-invierno de Alfred & Valenty. Cada uno de los visitantes le despidió con efusivos abrazos, palabras de agradecimiento y planes para que fuera a visitarlos a Madrid. Especialmente Tony, con quien sí había intercambiado direcciones de correo electrónico y números de teléfono, y con quien había hablado seriamente de la posibilidad de viajar a Madrid para ver el desfile y, tal vez, pasar allí unos días. Ganas no le faltaban, aunque para él la temporada alta no terminaba hasta finales de septiembre, y guardaba pocas esperanzas de poder librarse de sus compromisos. Y al fin solo quedaba despedirse de Ramiro, aunque ya lo habían hecho por la noche de la forma en la que de verdad querían, y habían jurado no montar escenitas delante del resto. Al tenerlo enfrente, presumiblemente por última vez, sintió una punzada de pánico. «No soy el hombre de tu vida», le había dicho la noche anterior, «solo soy el primero», «tienes que conocer a muchos más, salir a divertirte y follar mucho antes de enamorarte de verdad», y él le había dicho que sí, pero su corazón insistía en que no, que no iba a haber otro como él, que no era posible volver a sentir algo tan intenso, absorbente, brutal por segunda vez en la vida. Pero aquella mañana no se dijeron nada, solo un beso efusivo que provocó alguna broma, un breve adiós, un «cuídate», un «nos vemos» y… adiós.

Los coches arrancaron y emprendieron el viaje alejándose de la casa de forma extrañamente cotidiana, y la bulla de las ruedas sobre las hojas y ramas del camino parecía reírse de su dolor.

Cuando la carretera quedó en silencio, permaneció aún un rato allí de pie, mirando al vacío. Luego volvió hacia la casa por el camino de tierra. El lugar que se había llenado de vida hasta hacía tan solo unos minutos ahora aparecía abandonado, desvencijado. Iván se plantó al borde de la piscina, se quedó mirando su reflejo deforme en el agua, escuchando el silencio que resaltaba el viento bailando hiriente entre las hojas de los árboles frutales. Mirándose allí en el agua supo que jamás podría volver a ser el de antes, ya no podía fingir que no le importaba. Si no podía ser con él, ¿de qué servía existir? Empezó a meterse piedras en los bolsillos de forma mecánica, sin pensar mucho en lo que hacía. Cogió puñados de las piedrecitas blancas que decoraban el jardín y las metió en sus bolsillos hasta que no cabían más; luego, se dejó caer al agua, con la ropa y las botas puestas, dejó que su cuerpo se hundiera hasta el fondo sin moverse, hasta quedar pegado al suelo de la piscina. Y allí se quedó un buen rato, con los ojos cerrados, dejando que su cuerpo flotara inerte entre el agua. Cuando empezó a notar la falta de aire, hizo un esfuerzo por quedarse allí, aguantó un poco más, solo un poco más. Hasta que sus pulmones tomaron el control de su voluntad y lo obligaron a moverse, se giró y se empujó hacia la superficie, buceó hacia el bordillo y se expulsó a sí mismo fuera del agua para coger la bocanada de aire que su cuerpo demandaba. Con los brazos se sujetó al borde de la piscina, y la respiración agitada se transformó bruscamente en un llanto amargo e incontenible. Se quedó allí dejando que las lágrimas se mezclaran con el agua que lo rodeaba, descargando las oleadas de emoción que se desbordaban, sin intentar reprimirlas en absoluto, tenía que dejarlo salir ahora, luego tendría que callarlo todo y guardarlo dentro. No podría decir cuánto tiempo estuvo llorando sin moverse de aquel rincón. Cuando salió, su cuerpo temblaba por el frío, pero no le importó; sentir otra cosa, lo que fuera, ayudaba a apaciguar el dolor. Llegó a su casa igual de empapado, su hermana en la recepción se lo quedó mirando, pero él la calló antes de que preguntara, no quería hablar con nadie. Le dijo que no se encontraba bien, que no contara con él el resto del día. Luego fue a su habitación, se desvistió y se metió en la cama desnudo, y siguió llorando, como lloraba cuando era niño, hasta que llegó la noche, hasta que el cansancio lo venció y el sueño al fin concedió una tregua a su sufrimiento.

Hasta aquí la lectura gratuita de los primeros capítulos de la novela. Somos malos y sabemos que te has quedado con ganas de más, así que ya sabes… wink

¿Papel o ebook? De momento solo en papel...

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