Montañas, cuevas y tacones •Capítulo 2•

Cuando entró en la casa al día siguiente, cargado con bolsas de la compra, notó enseguida el cambio. Era sutil, tan solo algunas pinceladas por un lado u otro: unos cojines de raso, una tela sobre el sofá, lámparas con velas, jarrones con flores en cada mesilla, un tapiz oriental sobre una mesa, los sillones y algunos objetos cambiados de lugar. No eran más que un conjunto de pequeños detalles que, sin embargo, habían transformado por completo la atmósfera de la casa, haciéndola a la vez acogedora y elegante sin ser clásica. Uno de los dos salones se había convertido en una especie de estudio de dibujo, o eso le pareció por la gran cantidad de pliegos de papel que se distribuían por las mesas. La pared más amplia se había despejado para exhibir un curioso collage compuesto de fotos, recortes de revistas, dibujos o pedacitos de tela. El olor de la casa también era diferente, lo invadía ahora un incienso con un agradable aroma a naranja, y de fondo se escuchaba la música de un piano solitario —de quien más tarde aprendería era Ludovico Einaudi— que parecía querer despertar a los habitantes de la casa caminando por las teclas de puntillas.

Yeray lo ayudó con las bolsas y le ofreció limonada con un toque de hierbabuena que había recogido del jardín. Tony lo recibió con una sonrisa cálida y preguntó por la chimenea.

—La temperatura baja bastante por la noche, te pareceremos unos inútiles, pero fuimos incapaces de encender la chimenea esta noche.

Iván echó un vistazo.

—Esos troncos están un poco verdes —diagnosticó—. Os traeré un poco de leña seca de corcho, enciende más rápido y luego podéis echar alguno de esos que tardan más en encender, pero duran más. Aunque si os vuelve a dar problemas puedo pasarme y encenderla.

—Oh, no queremos molestarte, seguro que tienes mejores cosas en las que gastar tu tiempo.

—No pasa nada, no es molestia.

No era la primera vez que hacía ese tipo de recados, pero sí la primera que no le importaba hacerlo. Aunque no formaba parte de sus obligaciones, algunas de las familias que habían pasado por ahí no tenían reparos en exigir y esperar un trato servicial de su parte. Iván se resignaba a hacerlo, a regañadientes, porque sabía que era mejor que no hubiera quejas sobre él o su madre a los dueños de la casona. Sus padres siempre se habían hecho cargo del cuidado de la casa, y aquel trabajo suponía la mitad de los ingresos anuales de la familia. Los dueños vivían en Zaragoza, habían heredado la propiedad y apenas venían por el pueblo, así que Iván se hacía cargo del mantenimiento y el jardín durante el año, un trabajo que llevaba haciendo desde la muerte de su padre, y que incluía mantener contentos a los inquilinos que pagaban cifras desorbitadas por pasar sus vacaciones en aquella mansión. En esa ocasión nadie se lo había exigido, más bien había sido él quien se había ofrecido, pues necesitaba saciar su curiosidad y esperaba que hacerlo le permitiera convertirse en espía de aquella vida que hasta ahora solo había conocido como ficción.

 

Pasó los siguientes días entrando y saliendo de la casona, arreglando alguna ventana, ocupándose del jardín, enseñándoles a usar la cocina de leña o trayendo productos de granja. Tony solía estar ocupado en la zona de estudio, con su música y sus papeles, se mantenía algo reservado; en cambio Yeray era bastante accesible, y solían acabar charlando en la terraza o en la cocina con algún zumo de frutas o algún otro brebaje orgánico. Le pareció que la diferencia de edad era bastante marcada. Tony debía rondar los sesenta, con el pelo gris, entradas pronunciadas, el cuerpo grueso y la piel flácida de quien ya no puede disimular el paso del tiempo. Yeray no debía pasar mucho de la treintena, enérgico y joven, pelo negro, nariz fina y ojos grandes y curiosos. Practicaba alemán el día entero con una grabadora y un pequeño libro, preparando su inminente viaje a Alemania.

—Es imposible, no voy a enterarme de nada.

—¿Cuánto tiempo te vas?

—No lo sé, indefinido, si me va bien tal vez me quede.

—¿Te quedas a vivir en Alemania? —Aquello lo confundió—. ¿Y a Tony no le importa?

—Oh, no somos pareja —le aclaró con naturalidad, sin ofenderse por la osadía de su presunción. Y de golpe adquirió un tono dramático para continuar su explicación—. Tony se quedó viudo hace unos cinco meses, un cáncer horrible. Yo soy enfermero, estuve ayudándolo a cuidar de Alfred el último año… Supongo que luego no quiso dejarme en la calle, así que he seguido trabajando para él estos meses haciendo cualquier cosa. De todas formas, tampoco quería dejarlo solo, ha sido muy duro. Le dije que me quedaría hasta encontrar trabajo, y he conseguido un puesto en un hospital de Frankfurt, así que supongo que es hora de irse —afirmó con un suspiro lastimero—. Al menos me quedo más tranquilo sabiendo que vendrán sus amigos en julio, espero que lo de su nueva colección vaya bien, le hace falta volver a trabajar.

—¿Es artista?

Ahora Yeray le ofreció una mirada distinta, entre la sorpresa y el reproche.

—Es Tony Valenti… —Iván no reaccionó— de «Alfred & Valenty».

Intuyó que esperaba que aquel nombre le sonara de algo, pero no acertaba a comprender a qué podía hacer alusión, y el gesto de incredulidad de Yeray se acentuó.

—¡Oh, dios mío!, ¿no sabes quién es? ¿Alfred & Valenty? Los modistas. No es posible que nunca hayas oído hablar de ellos. —Y bajó la voz un poco para seguir informando—. Son superfamosos, en todo el mundo.

—¿En serio? ¿Venden ropa?

—No venden ropa, diseñan moda. —Iván no entendió la diferencia, pero no se atrevió a preguntar, porque intuía que la aclaración iría acompañada de algún nuevo reproche—. Bueno, diseñaban más bien —siguió explicando el enfermero recuperando el gesto trágico—. Entre el cáncer de Alfred y el luto, hace más de dos años que Tony no diseña una colección. Por eso le sugerí que saliera, Al y Tony tenían el estudio en casa, pensé que un cambio de aires le vendría bien, y de momento parece que empieza a funcionar —siguió más animado—. Lleva un par de días que no para, está inspirado. Ha sido una gran idea venir, la casa es increíble…

Y Yeray siguió hablando, de la casa, del jardín, del pueblo, de las montañas, pues no necesitaba mucho estímulo para arrancarse en una verborrea constante que Iván disfrutaba en secreto; no porque le gustara su nuevo amigo, lo cierto es que ninguno de los dos visitantes le resultaban atractivos, no de la forma que había imaginado que se sentiría atraído por otro hombre, y aun así no podía evitar sentirse intrigado por todo lo que hacían o decían, buscando, quizás, un espejo en el que poder descubrirse o, tal vez, solo por la curiosidad de lo que lo esperaba en aquel universo que ya no parecía tan lejano.

Con algo más de tiempo, seguramente Iván se habría abierto con el enfermero, era alguien con quien le hubiera resultado fácil resolver sus dudas. Su afabilidad extrovertida hacía cómoda la conversación con un Iván más callado y reservado. Por desgracia, Yeray solo estuvo en el pueblo algo más de una semana, y apenas hubo tiempo para que empezaran a conocerse un poco, a pesar de lo cual, al despedirse lo hicieron como si fuesen amigos de toda la vida, con abrazos efusivos y palabras cálidas. Y antes de subirse al taxi que lo llevaría a la estación de tren con destino a su nueva vida, le hizo un encargo con su habitual tono apesadumbrado:

—Échale un ojo por mí, Iván, me quedaré más tranquilo sabiendo que no estará solo del todo.

—Claro, no te preocupes.

—Estuvieron juntos treinta años… —Y volvió a suspirar como si ambos compartieran la misma preocupación—. Es mucho tiempo.

Aunque su prestada empatía no era del todo desacertada, pues Iván tenía reciente la muerte de su padre, hacía apenas dos años. A pesar del tiempo y la distancia no había cambiado en nada cuánto lo echaba en falta cada día, o cuánto lo echaba en falta su madre. También a él le costaba dejarla sola, y ese era el principal motivo por el que seguía atascado en su pueblo cuando la mayoría de sus compañeros de curso se habían trasladado a las ciudades universitarias, alejándose de la vida marginal y anodina de los pequeños pueblos de montaña.

 

Iván cumplió su promesa y siguió visitando a diario al señor Tony Valenti, que parecía completamente abstraído en su trabajo. Le resultaba mucho más difícil entablar algún tipo de conversación con el diseñador de moda, a pesar de que lo recibía siempre con una sonrisa cálida y le dedicaba unos valiosos minutos, que por lo general rondaban acerca de si necesitaba algo o había surgido algún problema en la casa. Según se acercaba la temporada vacacional el pueblo se iba llenando de turistas, e Iván empezaba a estar más ocupado con su auténtica vocación, y su segundo trabajo, como guía de montaña. No por ello dejó de cumplir su promesa y procuraba pasar, aunque fuese unos minutos, a última hora de la tarde o a primera de la mañana para asegurarse de que el señor Valenti estuviera bien y no le faltara nada urgente.

—¿Y ese atuendo tan curioso? —preguntó el diseñador la primera vez que lo vio entrar en la casa con su equipo de escalada.

—Vengo del monte… —Iván llevaba un arnés que se ceñía a su cintura con dos perneras que envolvían sus dos muslos, de la correa de la cintura colgaban una veintena de cintas de amarre, mosquetones, fisureros y otras piezas metálicas que componían un conjunto singular y muy sonoro. Se quitó las botas llenas de arcilla antes de entrar al salón desde la puerta corredera que daba a la terraza y que solía estar abierta de lado a lado.

—¿De qué es la tierra rojiza?

—De las cuevas, en algunas partes están llenas de arcilla.

El señor Valenti sintió curiosidad por su aspecto.

—¿Y qué son esas piezas con forma de abanico que cuelgan del cinturón?

—Son empotradores… para escalar.

—¿Eres escalador?

—En realidad las usamos en las cuevas, para descender por algunas grutas.

—Suena peligroso.

—Bueno, algunas zonas están abiertas al público, esas son seguras, pero hay otras zonas en las que necesitas saber lo que te haces…

—Y esas son las que te gustan, imagino. —Iván respondió con una sonrisa, confirmando sus sospechas.

—En realidad las llevo por precaución —dijo refiriéndose a los mosquetones y demás parafernalia de escalador—. Trabajo como guía en la montaña y las cuevas, a algunos turistas les da por meterse donde no deben y a veces hay que ir a rescatarlos.

Mientras conversaban, el señor Valenti ponía alfileres en torno a un maniquí sin cabeza al que había vestido con un traje negro largo. Con las gafas de pasta negra a mitad de camino y un gesto en la boca de concentración absoluta, le hablaba sin perder de vista los pequeños aguijones metálicos.

—Vaya, Iván, ¿serías un cielo y me traerías el chifón negro de la habitación de al lado?

—Claro —empezó el camino y se detuvo—, ¿qué es el chifón? —preguntó esperando algún tipo de represalia por su ignorancia.

—Es una tela muy liviana, casi transparente, de caída suave y muy sedosa cuando la tocas —explicó de forma pausada y sin un ápice de reproche—. Supongo que tienes las manos limpias, ¿verdad?

Iván se dirigió a la habitación contigua y se encontró con una enorme cantidad de rollos de tela, de los cuales casi la mitad eran negros. Como no podía fiarse del color, se guio por las características que le había señalado, fue tocando las diferentes telas, intentando verlas a trasluz, y se decidió por la que parecía encajar mejor con la descripción del señor Valenti. Regresó al estudio con cierto escepticismo, y el diseñador lo recibió con una enorme sonrisa.

—Bravo, a la primera, eres muy observador. ¿Puedes sujetar esto un momento? —El joven agarró con cuidado las telas que rodeaban el maniquí sustituyendo las manos del modista mientras este desplegaba el chifón negro sobre la mesa, marcaba y cortaba con sumo cuidado una pieza para luego colocarla sobre la otra tela negra que sujetaba Iván, probando a recogerla o soltarla por un lado u otro—. ¿Qué te parece?, ¿mejor?

—Mmmm…, no lo sé…, no sé nada de esto…

—Por eso te lo pregunto, quiero una opinión fresca, que no esté contaminada.

—Es… bonito —contestó el joven, aunque lo cierto es que no sabría diferenciar entre una u otra opción, como no sabía diferenciar entre una tela negra u otra. Para Iván la elección de la ropa se limitaba a un criterio de utilidad. Te ponías un jersey cuando hacía frío, gorro y abrigo si era necesario, las botas adecuadas para subir a la montaña, y los pantalones que menos se gastaran. Cualquier otro aspecto de su indumentaria le resultaba completamente indiferente; cuando compraba ropa en lo único que se fijaba era en que fuera cómoda, barata y resistente. No entendía que alguien pudiera pasarse horas eligiendo o probándose prendas de vestir.

—¿Me prestas uno de esos ganchos de metal?

Iván descolgó uno de sus mosquetones con habilidad y se lo pasó. El diseñador lo estudió con atención y se encontró con alguna dificultad para abrirlo.

—Tienes que desenroscar esta parte —explicó el chico.

Valenti lo abrió y empezó a jugar con la pieza metálica junto al vestido de tela delicada.

—Interesante —murmuró—. ¿Crees que podrías conseguirme algunos de estos?

—Claro, tengo muchos…, bueno, quizás los prefieras nuevos, esos están hechos un asco.

Aquella fue la primera de muchas tardes en las que Iván se quedaba a ayudar al señor Valenti, que pronto pasó a ser Tony también para él. Los incómodos silencios con los que habían empezado aquellos encuentros dieron paso a largas conversaciones sobre música, arte, literatura y ciudades lejanas que Iván solo había soñado con visitar y de las que Tony conocía muchos detalles y anécdotas. El modista preguntó con curiosidad por su afición a la escalada y las famosas cuevas que atraían a visitantes lejanos. También hablaron del mundo de la moda.

—La moda también puede ser una forma de hacer política, le estás diciendo al mundo «esta es la mujer que queremos hoy: atrevida, independiente y fuerte». Me gusta diseñar para mujeres que se visten para otras mujeres, para trabajar, para sí mismas, y no mujeres que se visten para agradar a los hombres.

No dejaba de asombrarle la habilidad del diseñador para crear prendas de vestir a partir de trozos de tela inertes.

—Creía que los diseñadores solo dibujaban y eran otros los que cosían.

—Bueno, hay que empezar por lo más básico, y eso es una aguja y un hilo. —Y, por supuesto, hablaron de cómo llegó a ser diseñador de moda—. Mi abuela era costurera, después del colegio solía quedarme en su casa a esperar a que mi madre saliera del trabajo y me sentaba con ella a coser. Me encantaba, podía pasarme horas, ella me lo enseñó todo, nunca necesité ir a ninguna escuela. Luego, en el instituto, customizaba la ropa a mis amigas, quería que cada prenda fuera única… Siempre me gustó crear mi propio estilo, en cuanto me compraban una camisa yo la rajaba, la cortaba y la cambiaba por completo…, nunca me gustó la rutina… Luego estuve años trabajando en unos grandes almacenes, cosiendo los diseños de otros. Era un trabajo muy repetitivo, pero aprendí mucho sobre el oficio. Empezar a diseñar ropa sencillamente fue lo más natural…

—¿Y cuándo se te ocurrió hacer tu propia marca…?

—Alfred era escultor; cuando lo conocí, hacía exposiciones estrambóticas, usando globos o plastilina, papel higiénico, bolsas de basura… Hacía unas instalaciones muy transgresoras. Un día surgió la idea de crear nuestra propia línea de ropa. Fue una aventura muy loca. Alfred tenía unas ideas muy extravagantes y yo me dedicaba a convertirlas en algo funcional, algo que pudieras ponerte… —y sonreía con nostalgia—, es increíble que aquello saliera bien.

Para cuando llegó el mes de julio, con sus días largos, mosquitos y tardes de sol ardiente, algo parecido a una amistad había surgido entre el diseñador y el joven escalador. Durante las tardes que compartían Iván fue testigo del proceso de creación y de cómo tomaban forma sus diseños, que pasaban de ser garabatos casi ininteligibles sobre un papel a convertirse en piezas de vestuario complejas. No había imaginado que aquel proceso pudiera ser tan sofisticado, que existiera semejante variedad de telas o estampados, y posibilidades de confección.

Entrar al estudio de Tony era lo más parecido a escapar de su vida en el pueblo. Un pueblo que para los turistas se limitaba a la zona con encanto de casas y caminos de piedra, aislada de la parte más nueva, con edificios más austeros de una época industrial en la que no importaba la estética ni estaba de moda lo rural, y el progreso se traducía en edificios simétricos de cemento y ladrillo, tristemente pintados de un blanco que ya fue blanco en el pasado y nunca más volvería a serlo, o un naranja asalmonado cursi y desaliñado. Esa era la zona en la que la gente del pueblo hacía más vida, donde estaban las viviendas que habitaban, las tiendas y los cuatro bares en los que quedaban por las tardes o por las noches.

Las zonas de ocio se distribuían por edades. Estaba el bar de Manolo al que solo iba la gente más mayor, oscuro y con olor a pis, donde el café era amargo y espeso, y la música la ponía la radio local cuando no había partidos que transmitir en la tele que colgaba en la esquina. Los preadolescentes que empezaban a quedar sin sus padres se juntaban en la heladería de Carmela, que tenía un nombre italiano que nadie usó jamás, y allí quedaban a tomar cocacolas y polos de naranja o limón, o compraban patatas y chuches. En otros tiempos jugaban a las peonzas o a la comba, ahora, sin embargo, los críos tenían tablets y teléfonos móviles y se juntaban en torno a sus aparatos electrónicos para compartir información mientras fijaban la mirada en sus pequeñas pantallas. La siguiente generación, la de Iván, solía quedar en dos lugares; estaba La Quebrada, donde podían comer bocadillos o hamburguesas y beber ron con Coca-Cola o botellines de cerveza, y al que iban cuando se sentían espléndidos. Y luego estaba El Pecaña, un bareto cutre que era poco más que un pasillo, con su nombre absurdo, que tenía su comitiva habitual de borrachines, donde las cañas eran muy baratas y se servían con una ración de patatas fritas o aceitunas. El Pecaña tenía una diana electrónica que distraía las noches de sus jóvenes, que jugaban en parejas a los dardos, con una novia, si tenían, o con algún colega si no quedaba más remedio. Y así había sido siempre, y seguiría siéndolo, cada noche igual que la anterior. Pero quedar con los amigos era lo único que se podía hacer en aquel pueblo, uno de tantos, en los que las amistades se cimentaban profundas y los futuros se veían muy cortos.

En sus tardes libres disfrutaba de la compañía del modista, que rompía con sus diatribas sobre la moda y el arte con esa monotonía acostumbrada, invitándolo a soñar con aquel mundo cosmopolita de las grandes ciudades. Por las noches, en cambio, volvía a la rutina de quedar con su pandilla de amigos, con los que se habían quedado en el pueblo y los que volvían de la universidad para pasar las vacaciones. También volvió Ana, la que había sido su novia desde el instituto. Iván había roto con ella cuando se fue a Santander para estudiar magisterio, aunque el verano anterior había acabado enrollándose con ella otra vez, dejándose llevar más por el sentimiento de culpa que la chica alimentaba que por un deseo auténtico de estar con ella. Y al parecer, ese verano ella tenía planes de volver a intentarlo.

—Para mí sigues siendo el único —le había dicho.

—Esto no tiene sentido, Ana.

—Mucha gente tiene relaciones a distancia, y supongo que en algún momento tu madre dejará que te marches, como habíamos planeado siempre.

—No sé si eso es lo que quiero ya… —Y es que él no tenía realmente una razón para ella. No había otra chica, ni otros planes de futuro. Se conocían de toda la vida, se llevaban genial, ella lo quería, y él no se atrevía a confesar que no sentía lo mismo por ella, que no podía ser el hombre que ella esperaba.

Ana era una chica preciosa, pelo negro liso, ojos trasparentes, labios finos y rosados, un rostro angelical, infantil y armónico. Era una joven dulce, buena, lista. La chica ideal a ojos de cualquiera, y todos en el pueblo los veían como la pareja perfecta: tan guapos, tan buenos, tan inteligentes. Sus madres ya se trataban de consuegras, e imaginaban los nietos tan bonitos que engendrarían sus vástagos. Así que las noches las pasaban juntos inevitablemente, con los que habían sido sus amigos comunes desde primaria, recordando viejos tiempos, compartiendo nuevas anécdotas, y él evitando a toda costa que lo dejaran a solas con ella.

Y es que en los pueblos las costumbres son sagradas, da igual si cambias el nombre a tu comercio que lo seguirán llamando como antes, y el edificio que una vez albergó la oficina de correos, lo seguirá siendo para toda la eternidad. A las fiestas se va, y si no vas será porque te estás muriendo, y la que fue novia de alguien es intocable. Cada uno tenía un rol, representaba un personaje, eras el malo, o el guapo, o el tonto, o la fácil, o la estrecha, el drogata, o la empollona, o el payaso. Se esforzaban todos en que siguieras cumpliendo con tu parte para que la representación que era su pueblo funcionara, porque si uno cambiaba y quería representar otro papel, lo descolocaba todo, y ya ninguno sabría quién era quién. Iván también cumplía con su papel, que por desgracia para él era el de ser el yerno predilecto de todas las señoras, porque lo tenía todo, era guapo, buen estudiante, deportista y un buen chico. Pero también tenía un secreto, uno que nadie deseaba descubrir, pues revelarlo los sumiría a todos en la confusión absoluta, como si hubiesen sido estafados por una realidad ficticia. Así que Iván se sentía atrapado en su personaje de chico perfecto. Que hubiese roto su relación con Ana, la chica perfecta, ya había sido una fuente de confusión en el pueblo, nadie se lo explicaba, pues aquí todos sabían y todos opinaban, la realidad era colectiva y pública. Pero no era tan grave, pues rápidamente las señoras concluyeron que era el momento ideal para cazar al yerno que todas querían, y solían inventar excusas para conseguir que Iván tuviese que pasar por su casa, justo cuando sus hijas en edad de merecer acababan de preparar un bizcocho, o se estaban cambiando y, ya que estaba por ahí, podía quedarse a tomar un café o incluso a cenar, que él siempre era bienvenido.

Iván cargaba con su papel estoico y resignado, imaginando algún futuro en el que fuera posible marcharse de su cárcel y no volver nunca más.

 

Fue también a finales de julio cuando la vieja casona se llenó de hombres de un día para otro. La quietud silenciosa de Tony entre sus dibujos, con la que solía encontrarse, había sucumbido del todo a la algarabía de seis nuevos residentes y un perro. Tardaría aún casi una semana en saber algo más de cada uno. Estaba Moncho, el único que debía rondar la edad de Tony, un hombre grande y tosco de barba abundante y canosa que se movía con lentitud y delicadeza a pesar de su aspecto rudo. Moncho era especialista en accesorios, por lo que pudo averiguar, y llevaba años trabajando para Alfred & Valenty. Resultaba fascinante verlo con sus enormes brazos y sus dedos gruesos cosiendo diminutas piezas ornamentadas con finura y delicadeza de cirujano. El resto eran mucho más jóvenes. Jon era modelo profesional, era alto y guapo de una forma indiscutible, aunque sosa, y siempre que le hablaba con su tono suave y lo miraba con sus ojos castaños conseguía que se le erizara la piel. Pero Jon estaba con Mel, periodista y cineasta vocacional, que salía constantemente a la terraza para hablar por su móvil, parecía mantener una batalla con su estado físico y una alopecia amenazante. Mel discutía con frecuencia de política con Ramiro. Este era fotógrafo de moda, debía tener veintitantos, estaba siempre impecablemente vestido con un toque hípster-bohemio que aderezaba con una perilla a ras de la piel, aspecto de haberse levantado de mal humor y una mirada intensa de ojos azules que dejaba a Iván sin palabras. También estaba Richi, que era estilista, una profesión que Iván nunca llegó a comprender del todo, pues no hacía ropa, ni maquillaba, ni tomaba las fotos, en resumen, no hacía nada concreto, y al parecer solo se dedicaba a tener ideas y dar su opinión. El estilista era un chico menudo y rubio que movía las caderas de forma descarada al caminar; le recordaba un poco a Yeray, aunque era mucho más guapo y escandaloso. Solía llevar unas gafas de sol enormes, pantalones ajustados que marcaban un culo redondeado y una cintura estrecha, que combinaba con camisas estampadas de colores atrevidos, dándole un aire personal y elegante a prendas absurdamente estrafalarias. Richi estaba con André, un coreógrafo francés algo más mayor que él con el pelo casi rapado y entradas pronunciadas, ojos saltones y sonrisa perpetua que parecía tener como único objetivo en la vida adorar a su novio. Y también estaba Rosy, la chihuahua blanca de Richi, que llevaba un collar de brillantes y un vestido de encaje, y a la que su dueño mimaba y consentía como a un bebé.

Iván podría haberse quedado el día entero observando a aquel variado grupo de amigos. La casona estaba tan revolucionada con el jaleo recién adquirido, que nadie reparaba en que él permanecía a un lado, en silencio, como un espectador. La mañana anterior a la llegada, Tony le había dado la coartada perfecta para poder estar por ahí sin dar explicaciones:

—Ahora que vienen mis amigos, seguro que vamos a necesitar tu ayuda con frecuencia, me sentiré mejor si dejas que te contrate…

—No hace falta, ya me pagan por ocuparme de la casa.

—Insisto, no quiero sentir que abusamos de tu buena voluntad.

—Además ahora tengo mucho trabajo con las guías, no sé cuándo podré pasar…

—Lo sé, está bien, tú sigue pasando por aquí cuando te venga bien, con eso es suficiente. ¿Ochocientos te parece bien? —Ochocientos euros era una cifra que Iván no se podía permitir rechazar, así que aceptó a pesar de sentir que de alguna forma lo estafaba; por otro lado, no parecía que a Tony le supusiera un gran esfuerzo.

Una de sus principales tareas consistía en llevarles pan fresco y la prensa a primera hora de la mañana, a lo que todos aguardaban con avidez, algunos más el pan, otros más la prensa del día. Al salir solía cruzarse con Merceditas, la señora que iba tres horas al día a ocuparse de la limpieza de la casona y preparar el almuerzo, y que siempre le hacía algún comentario jocoso sobre las costumbres de los nuevos inquilinos que Iván acompañaba con una sonrisa de fingida comprensión. Volvía a pasar a última hora de la tarde, cuando siempre lo esperaba alguna sencilla tarea de mantenimiento.

Principalmente le permitía estar por ahí como un mueble más de la casa, observando. Tony trabajaba en el estudio con Moncho, Richi, Jon, y a veces Ramiro. André y Mel solían afanarse en la cocina, en ocasiones también con la ayuda de Moncho. Todo eran sonrisas, armonía, bromas, complicidad, charla apacible y cosas bonitas. Lo cual llevó a Iván a ser consciente de su aspecto desaliñado y pobre. Sobre todo, una tarde que Tony volvió a pedir su ayuda en el estudio porque uno de sus maniquíes se había descalabrado un poco.

—¿Qué les ha pasado a tus manos? —gritó Richi tomando una de sus palmas entre las suyas para observarla con detenimiento. Las manos de Iván eran manos de escalador, callosas, secas, llenas de grietas y esparadrapos entre los dedos cubriendo los cortes que se hacía con frecuencia y a los que ya no prestaba atención.

—Es escalador —explicó Tony.

—¿Y los escaladores no follan? ¿A quién vas a tocar con esas manos, nene? Seguro que le provocas una abrasión. —Y el comentario, dicho sin demasiado reproche, provocó que el rostro se le encendiera. Debía estar rojo como un tomate cuando Richi le aseguró—: Tengo una crema para ti, no te muevas.

Iván no se atrevió a desobedecer la orden, más bien deseó ser invisible y que todos volvieran a ocuparse de sus asuntos sin reparar en su presencia. Richi no tardó en volver con un tubo plateado de crema del que extrajo una pomada blanca entre sus manos, que empezó a extender a su vez por las manos de Iván con un masaje lento y pausado. Primero una mano, rodeando cada dedo, abriendo sus palmas y entrelazando una mano con la otra, para luego seguir el masaje por el exterior y hasta la muñeca con ligeros círculos que hacía con sus dedos. Repitió el mismo proceso con la otra mano, e Iván tuvo que usar toda su capacidad de concentración para controlarse, porque se estaba empalmando sin remedio. Por suerte Richi paró justo antes de que quedara completamente en evidencia.

—Toma —le dijo, entregándole el tubo de crema—, quédatela, la necesitas más que yo.

Después de aquello, Iván aprovechó la primera ocasión que tuvo para desaparecer de la casa, intentando ocultar el bulto que presionaba en sus pantalones.

Ese pequeño contacto con el rubio atractivo había sido más intenso que todos los besos con su novia. Ansiaba sentirse así, necesitaba sentirse así, y al mismo tiempo le daba un miedo terrible. Solo en una ocasión creyó estar cerca de algo parecido.

Había pasado algo más de un año de aquello. Un grupo de amigos, universitarios seguramente, por su edad y por ese aspecto distendido de quien no tiene responsabilidades serias, alquiló la casona durante un fin de semana largo, de esos con puente. El otoño comenzaba y el grupo de jóvenes vino con el propósito firme de pasar cuatro días de fiesta continua. Puede que celebraran algo, o tal vez solo les sobraba el dinero y el tiempo. Llegaron con poco equipaje y exceso de altivez, unos doce, en su mayoría chicos, algunos de ellos acompañados por sus parejas, por lo que la presencia femenina era más bien escasa. No prestaron mucha atención a los árboles frutales, ni a las explicaciones sobre los secretos del manejo de la cocina o las persianas, y le encargaron una larga lista de bebidas alcohólicas con un presupuesto que duplicaba el sueldo mensual de Iván. Algo que dieron por supuesto que haría y ni siquiera agradecieron. Cuando llegó con el cargamento solo recibió un «puedes dejarlo en la cocina» arrogante y exigente. Estuvo a punto de mandarlos a la mierda, él no era el recadero de nadie, y solo hicieron amago de ayudarlo cuando una de las chicas recriminó al grupo con un «oye, echadle una mano al chico, ¿no?» que al fin movilizó a dos o tres que, con desánimo y sin dirigirle la palabra, ayudaron con alguna de las pesadas cajas de alcohol.

No había forma de que aquellos chicos ricos pudieran caerle bien. Pero había una razón por la que no desistía de pasar por la casa. El día que llegaron, uno de ellos, un chico moreno de nariz aguileña y peinado con raya, que no era especialmente guapo, se lo quedó mirando fijamente, cobijado con discreción entre el grupo de amigos. A Iván no se le escapó que lo estaba fichando de forma descarada, observándolo con detenimiento de arriba abajo. Cada vez que Iván pasaba por la casa, aquel chico le hacía un repaso, no le hablaba, pero no dejaba escapar la oportunidad de mirarle el culo y la entrepierna. Puede que no le resultara especialmente atractivo, pero era una ocasión perfecta, ese chico se marcharía en unos días y seguramente no volvería a verlo nunca más. Así que, al tercer día, se armó de valor y se pasó por la casa decidido a hacerle saber al moreno que estaba dispuesto. Iván limpiaba la piscina con una red, quitando las hojas; era más bien una excusa que se había inventado para estar por la casa, pues nadie la usaría en esa época. Después de un rato, el chico moreno asomó al jardín, como de costumbre se lo quedó mirando en la distancia. Esta vez Iván respondió a su mirada con intención, observándolo con los ojos de la misma forma, de arriba abajo, intentando hacerle saber que estaba interesado, incluso se atrevió a obsequiarle un comienzo de sonrisa. Entonces el gesto del chico cambió bruscamente y le habló por primera vez: «¿Qué miras, maricón?». Iván se quedó petrificado sin saber cómo reaccionar al insulto inesperado. Se atragantó con su deseo, notó cómo se le incendiaba el rostro al instante y el estómago se le transformó en una bola dura que lo ahogaba. Soltó la red y salió de la casa sin mirar atrás, con una sensación de pánico pisándole los talones. ¿Qué era lo que había pasado allí? ¿En qué se había equivocado?

No volvió por la casa hasta asegurarse de que se habían marchado.

 

Iván nunca se había preocupado por su aspecto, su indumentaria habitual era desaliñada, con los pantalones gastados, holgados y descoloridos. Todas sus camisetas eran parecidas, lisas sin accesorios ni ornamentos, le bastaba que fueran cómodas, de algodón y en tonos claros para evitar el calor. La única prenda en la que se gastaba dinero era en unos buenos zapatos para escalada, los llamados pies de gato, y sus botas de montaña, pero incluso en ese caso, la regla era la funcionalidad, no la estética.

—¿Cuál me queda mejor? —preguntó a su hermana Adela mientras sujetaba dos camisetas diferentes alternativamente sobre el torso.

—¿Te refieres entre la gris verdosa o la gris azulada? —bromeó ella sin dejar de dar de comer a su hija Luna en la cocina—. ¿Para quién te estás poniendo guapo? No será para Ana…

—Ana y yo hemos roto hace más de un año, ¿vale?

—Entonces, ¿hay otra a la vista? Por favor, dime que vas a follar de una vez…

—Joder, tía, no hables así delante de la niña.

—¡Todavía no habla!

—Precisamente…

—No cambies de tema… —siguió ella incisiva y disfrutando de saber cómo abochornar a su hermano pequeño—. Tío, vas a cumplir veinte años, empieza a ser un poco rarito…

—Solo intentaba no ir como un guarro —interrumpió él intentando desviar la conversación a terrenos más asépticos.

—En ese caso ve a comprarte ropa nueva. —Él la miró con gesto cansino—. Tienes una negra que te queda muy bien —accedió ella al fin.

—¿Negra? Da mucho calor.

—Me has preguntado cuál te queda bien… —protestó ella, justo antes de que Iván se alejara de la cocina—. ¿No vas a contarme nada? —insistió mientras él se alejaba.

—¡No hay nada que contar! —gritó él de vuelta desde la habitación contigua, sabiendo cuánto se estaba divirtiendo ella a su costa.

Adoraba a su hermana, aunque eran completamente opuestos; a ella le había faltado tiempo para irse de casa. Con solo diecisiete ya estaba viviendo en la ciudad, supuestamente para estudiar, aunque todos sospechaban que la universidad le servía más de excusa que como propósito en la vida. Tres años después volvió al pueblo, sin carrera, agotada, una niña en camino y el corazón destrozado.

Su sobrina, Luna, acababa de cumplir su primer año, era una niña preciosa e inquieta como su madre que, a pesar del trabajo extra que imponía a todos, era lo que suele decirse con acierto: la alegría de la casa. Ese era el otro motivo por el que Iván aún no se había marchado del pueblo, pues, aunque su hermana había declarado que su intención era quedarse, sentar cabeza, dedicarse al negocio familiar y criar a su hija, y que ya había tenido suficiente de juerga y vida caótica, su madre y su hermana se llevaban a matar. La relación entre las dos mujeres de la casa siempre había sido tensa, pero se había vuelto imposible desde la llegada de la pequeña, que parecía ser la excusa perfecta para el pulso constante entre madre y abuela, que ahora giraba en torno a cómo se debía criar a un niño. Sin su padre para moderar entre las dos leonas, las mujeres esperaban que fuese Iván el que mediara entre ellas y apaciguara los múltiples conflictos que surgían cada día.

Lo cierto era que se llevaba estupendamente con su hermana, que jamás había mostrado celos por la posición de hijo favorito que tenía Iván con su madre. Lejos de que le molestara que su madre los comparara continuamente —siempre como crítica a Adela que no era ni tan lista, ni tan responsable, ni tan educada, ni tan diligente como su hermano menor—, ella se burlaba de él y procuraba protegerlo de la presión que suponía para Iván tener que estar a la altura de las expectativas de su madre.

Aunque las adoraba por separado, cuando estaban juntas las detestaba, y aquel verano Iván se descubrió inventando cada vez más excusas para alejarse de ellas. Prefería pasar el tiempo en la montaña, aunque fuese como guía de excursionistas inexpertos, o en esa conveniente posición de observador discreto en la vieja casona.

Era una suerte que Tony se hubiera ofrecido a pagarle, de esa forma podía seguir justificando que pasara tanto tiempo por allí, no solo de cara a su madre y su hermana, también de cara a sus amigos y, por ende, de cara al resto del pueblo. Aparte del glamour que acompañaba que fuera uno de los creadores de Alfred & Valenty —marca que, al parecer, el resto del pueblo sí conocía o fingía conocer—, Tony Valenti había pasado desapercibido, y solo había llamado la atención porque aquella casa era demasiado grande para una sola persona. Sin embargo, la llegada de los nuevos inquilinos había provocado una riada de rumores que se extendieron a una velocidad trepidante en aquel pueblo que no podía permitirse desaprovechar un buen cotilleo. Animados a su vez por doña Merceditas, que pasaba diligentemente un informe de acontecimientos en la plaza del pueblo cada tarde, encantada de ser el centro de la curiosidad de sus vecinos.

La llamaban ahora «la casa de las locas», y había convertido a todos los habitantes de Fuentequebrada en humoristas. Por supuesto, Iván, aunque se había cansado de asegurarles que era gente muy amable y normal, se había convertido en la diana de la mayor parte de las bromas de sus amigos: «Cuidado, si te piden que te agaches a recogerles algo del suelo, ¡no lo hagas, Iván! ¡No lo hagas!», y las carcajadas estallaban con facilidad; «Toma», decía otro lanzándole la aceitera de la mesa, «por si pierdes aceite por el camino», a lo que Iván se limitaba responderles resignado: «Os podéis ir todos a la mierda un rato».

Poco sospechaba Iván que en otra zona del pueblo era él también el centro de otro tipo de chanzas.

—Es gay.

—No, solo es tímido…

—Definitivamente, es gay.

—Se le van los ojos cada vez que está aquí…, no sabe ni hacia dónde mirar. —Y el gorgoteo iba acompañado de risas distendidas.

—Sale mareado…

—Lo que sale es cachondo…

—Está tan mono cuando se pone rojo…

—A ese chico le hace falta un buen magreo urgentemente.

—¿No dijo algo de una novia?

¡Ex!, dijo exnovia.

—Me parece que poco ha mojado la novia con este. —Más risas.

—No seas cruel, es un buen chico.

—Bueno, Ramiro, vas a tener que desflorar a nuestro amigo… —sentenció Richi.

—¿Por qué yo?

—Eres el único que está disponible…

—¿Qué pasa con Moncho?

—No queremos asustar al chico.

—Venga, no te hagas el estrecho, como si no lo hubieras fichado ya.

—No me van los yogurines

—A mí no me engañas, cuando te pones a leer la prensa es que intentas ligar… —aseguró el estilista.

—Pero si es una monada, Ramiro… Es una mezcla entre Indiana Jones y el Capitán América…

—Piénsalo, ¿con quién más vas a follar en este pueblo?

—Ese es un buen argumento…

—Así te animas un poco, has estado de mal humor desde que llegamos…

—Eso es porque no me gustan los pueblos… En serio, no pienso meterme en ese follón…

—Alguien tiene que hacerlo…

—Lo haría yo mismo, pero Rosy es muy celosa, ¿verdad, bebé? —concluyó Richi plantando un beso en los pequeños morros blancos de su perrita.

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