Malos deseos, dulces mentiras •Capítulo 1•

Horas más tarde, mientras volvía a casa a solas, la conversación con Ramiro seguía rondando su estado de ánimo. Se había hecho a la idea de que no era suyo, ni lo sería jamás, y atesoraba el recuerdo de los momentos compartidos en algún rincón de su corazón anestesiado. Esperaba que su confesión no acabara convirtiéndose en un obstáculo para su amistad, pues si algo temía era la posibilidad de perderlo del todo.

Dejó su Audi aparcado a varias manzanas de su piso. La noche estaba apenas un poco más fresca de lo habitual, no le importaba caminar. Con su maletín de cuero gastado en la mano se sumergió en la noche urbana. El día que compró ese maletín era un objeto impersonal, idéntico al resto de maletines de mano con sus correas de cuero; su fantasía entonces fue que algún día se convirtiera en uno de esos maletines que había visto en las películas de abogados, atiborrados de papeles desordenados, y cuyo cuero se ha gastado en las esquinas de tal forma que parecen tener vida propia. Su maletín se había convertido después de treinta años en esa pieza de museo que había imaginado. En cambio, en cuanto a sí mismo, el tiempo no había cumplido las expectativas. No tenía quejas a nivel profesional, aunque su trabajo rara vez era todo lo emocionante que hubiese deseado. Su vida sentimental, sin embargo, había sido un completo fracaso.

De joven jamás le había quitado el sueño, daba por sentado que en algún momento del recorrido daría con esa persona perfecta que se hiciera un lugar en su vida. Se consideraba ese tipo de hombre, de los que echan raíces, de los que forman familias, hogares. Ahora, al acercarse el ocaso de su vida, se planteaba por primera vez que era posible que envejeciese solo.

Últimamente le había dado por rememorar sus relaciones pasadas. Ramiro siempre fue una quimera, se había enamorado como un quinceañero, pero nunca fue suyo, solo era una ilusión. Pensaba más en Sebastián. Vivieron juntos casi una década, y no dejaba de preguntarse por qué había roto con él. Sí, discutían mucho, pero eran jóvenes y tenía más en común con él de lo que había tenido con nadie más. Ahora, mirando atrás, comprendía que Sebas tenía razón, la culpa había sido suya. Había sido demasiado exigente. Sebastián era apasionado, creativo, impredecible a veces, pero divertido. Entonces Víctor era demasiado ambicioso, quería triunfar en su carrera y se tomaba todo muy en serio. El éxito profesional había llegado, pero, tras romper con Sebastián, su vida se había vuelto predecible y monótona. De alguna forma sentía que se había pasado el resto de su vida buscando un nuevo Sebastián, otro hombre que lo sacara de sus casillas, que lo desorganizara un poco y que le hiciera sentirse vivo.

Abrió la puerta de su portal, subió al ascensor, pulsó el botón del quinto piso y se dejó caer sobre la pared metálica evitando su imagen en el espejo con la luz blanquecina que resaltaba cada imperfección de su rostro. Al salir de la cabina mecánica, junto a la puerta de su casa se encontró a Miki sentado en el suelo, con sus cascos puestos, esperando pacientemente. Por una fracción de segundo estuvo tentado de volver sobre sus pasos, bajar a la calle y enviarle un mensaje al teléfono avisándole de que no iría a casa esa noche.

—¡Víctor! ¡Qué bien que has llegado! —El joven se levantó nada más verlo, como si volviera a la vida de golpe, con sus pantalones verdes y su camisa floreada, y se acercó, tan entusiasta como siempre, a darle un beso en la mejilla. Luego se estiró y comenzó a hablar—. Se me estaba quedando el culo plano.

—¿Habíamos quedado hoy?

—Dijiste que viniese cuando quisiera, que te sorprendiera…, así que vine. ¡Sorpresa! —De pronto lo recordó, efectivamente le había dicho que hiciera eso, quizás en un patético intento de sustituir a aquel joven Ramiro que solía sorprenderlo con sus visitas intempestivas. Víctor se acercó a abrir la puerta y el chico pareció percatarse de su frialdad—. Pero si no te viene bien, no pasa nada, me voy y ya está.

—No. Perdona. Es solo que estoy cansado…, me vendrá bien un poco de compañía.

Entraron en su piso, encendió las luces y el espacio se alumbró descubriendo el breve recibidor que daba paso al amplio salón, una combinación de grises y blancos sacado de algún catálogo de interiorismo, que permanecía exactamente como lo había dejado esa misma mañana al marcharse. Incluso la taza de café que apuró en el último minuto seguía congelada en el tiempo, en el punto exacto en el que la había dejado olvidada cuando partió.

—¡Brrr! Tu piso está helado… ¿Has cenado? ¿Quieres que te prepare algo?

—Tomé algo en la oficina, pero prepárate algo para ti si quieres.

Miki solía venir hambriento. No se hizo de rogar y se metió en la cocina que ya conocía a husmear, y durante un rato siguió escuchándolo trastear entre sus cacharros. Víctor se dirigió a su dormitorio y comenzó ese pequeño ritual que seguía de forma mecánica cada noche al volver a casa; dejar el maletín sobre el escritorio, sacar los objetos de su bolsillo, monedas, llaves, colocándolos en el espacio que tenía previsto para sus accesorios en su mesita de noche. Se quitó también la chaqueta gris y la corbata, y las dejó extendidas con esmero sobre el galán metálico, junto a otra chaqueta de traje del mismo corte y color. No estaba seguro de querer compañía, aunque tampoco tenía ganas de pasar la noche solo. Entró en el baño para lavarse las manos y la cara, y mientras se secaba con la pequeña toalla de mano se miró al espejo. La imagen que vio reflejada no se correspondía con la imagen que guardaba en su memoria de sí mismo. Eran solo pequeñas diferencias que iban apareciendo cada día, un párpado más caído, una pequeña mancha en la piel, una línea en la comisura de la boca, las canas en la barba, extrañas imperfecciones que aparecían en su rostro, diferencias casi imperceptibles por sí mismas, pero en conjunto era otro el que lo miraba desde el espejo, uno al que a veces le costaba reconocer. No le importaba cumplir años, pero la idea de verse viejo aún no conseguía asimilarla.

Cuando volvió al salón, Miki estaba arremolinado sobre una silla del comedor devorando un sándwich al que había echado litros de kétchup, que se chupaba de los dedos. Siempre le echaba kétchup a todo. Víctor encendió la televisión, puso las noticias y se dirigió a la cocina a servirse una copa de vino. Como de costumbre Miki había dejado un rastro de envoltorios y botes abiertos en la encimera. Estuvo tentado de recogerlo, pero sabía que si lo hacía el chico vendría rápidamente y comenzaría una pequeña pelea por disculparse el uno con el otro.

—¿Te sirvo una copa de vino? —le preguntó desde la cocina.

—No, gracias, tengo un vaso de leche.

Un vaso de leche. Víctor tuvo que reírse, resultaba tan adolescente.

Cuando regresó al salón con su copa, Miki había apurado ya su cena. Víctor se sentó en su sofá aterciopelado frente a la televisión y el chico vino tras él con una sonrisa insinuante y se arrodilló en el suelo entre sus piernas. Comenzó a deslizar sus manos por sus piernas mientras Víctor lo observaba.

—¿Qué tal tu día? —preguntó—. ¿Estás muy cansado… o no tanto? —Y tras decirlo las caricias se dirigieron a su entrepierna, y a sus manos las acompañó su boca mordisqueando primero sus muslos y luego su polla por encima de la tela del pantalón. Víctor enredó sus dedos entre sus rizos alocados y dejó que siguiera.

Miki, tan joven; ingenuo, simple y joven, cruelmente joven. Se conocieron un año atrás en Grindr, se vieron un par de veces y luego su relación tomó un camino distinto cuando Miki empezó a pedirle dinero prestado. Víctor se lo prestaba; «mañana te lo devuelvo», aseguraba él, aunque nunca lo hacía, y tampoco lo esperaba. No le molestaba. Aquel pequeño detalle en su relación le permitía poder librarse de él cuando quería y ahorrarse el esfuerzo de conquistarlo. Para ellos no existía esa negociación perpetua y agotadora en la que se convierten todas las relaciones de pareja. La suya estaba clara, solo era sexo, sin compromiso, sin complicaciones, aunque no era exclusivamente sexo. En realidad, si lo pensaba mucho no tenía claro lo que era y, en cierto modo, le daba miedo preguntar. «Tú eres mi amigo», le había dicho él en alguna ocasión. Eran amigos, amigos especiales, quizás, aunque tenía claro que no eran amigos exclusivos y que seguramente tenía otras amistades parecidas en otra parte.

Miki se esforzaba en exceso, y Víctor se descubrió con cierta pereza para un encuentro sexual.

—Lo cierto es que sí que estoy un poco cansado, Miki —lo interrumpió antes de que le desabrochara los pantalones del todo—. ¿Te parece si mejor vemos una película?

—Claro, lo que tú quieras.

Y tal vez Miki también le había puesto más empeño del deseado, pues aceptó el cambio de plan de muy buen humor y enseguida empezó a enredar:

—¿Qué peli quieres ver?… ¡Oh!, me sé una buenísima… Bueno, igual la has visto… ¿Quieres que haga palomitas?…

Era un pequeño torbellino que comenzaba una idea sin haber cerrado la anterior, volando en mil direcciones sin aterrizar nunca en ninguna parte. Al cabo de un rato acabaron viendo una película ñoña y olvidable, Miki enroscado en el sofá entre sus brazos, y quizás era eso lo que en realidad necesitaba esa noche, la ilusión momentánea de esa vida cotidiana en pareja que no tenía.

 

 

Miki se quedó a dormir, aunque no hubo sexo. No era importante, le gustaba la sensación de su cuerpo caliente, su piel tersa por la mañana y la imagen de aquel chico delgado, de ojos almendrados, femeninos, y pelo enmarañado, profundamente dormido entre sus sábanas. Víctor se había sentado a su lado en una esquina de la cama y lo observaba en silencio. Cuando dormía casi parecía un niño, la boca semiabierta, el gesto completamente relajado, las extremidades desorganizadas. Podía tener cualquier personalidad en ese momento, y se imaginaba teniendo con él una de esas discusiones apasionadas sobre literatura o arte que solía tener con Ramiro. Pero tenía que despertarlo si no quería llegar tarde a su despacho.

—Miki, Miki… —le susurró acariciando sus mejillas suavemente. El joven enseguida comenzó a estirarse como un gato, volviendo a la vida con esfuerzo.

—¿Por qué siempre te levantas tan temprano…? —se quejó.

—Tengo que ir a trabajar.

—Pero si eres tu propio jefe, ¿no puedes darte la mañana libre?

—Vamos, tengo una reunión en un par de horas. No puedo llegar tarde.

Al fin se sentó en la cama y miró la hora en el despertador luminoso de Víctor, el que había dejado de usar hace años y que en ese momento marcaba las siete treinta y cinco de la mañana.

—¿Dentro de dos horas? ¿Por qué necesitas tanto tiempo?…

Siguió quejándose, pero Víctor ya había salido de la habitación para comenzar a servir un abundante desayuno, como sabía que le gustaba a Miki, aunque él solo tomara una taza de café americano.

Mientras saboreaba su café caliente a sorbitos, encendió el televisor para escuchar las noticias, y sentándose a la mesa del comedor empezó a revisar su correo electrónico en el teléfono. Desde la otra habitación escuchaba a Miki hablar, encender la ducha… Contaba algo sobre un casting al que iba.

—¿De qué es el casting? —preguntó, aunque no se molestó en escuchar su respuesta, pues estaba contestando a un e-mail de un cliente. Treinta minutos más tarde, la ducha se había apagado, pero Miki seguía sin salir de la habitación. Víctor se acercó, y desde la puerta lo vio aún desnudo de rodillas en medio de la cama—. Miki, ¿por qué no te has vestido? Tengo que irme enseguida…

—Te estaba esperando para enseñarte mis posturas —se quejó haciendo pucheros.

—¿Tus posturas…?

—Para el casting.

Se quedó pensativo un momento, sí que había dicho algo acerca de un casting, pero no había prestado atención.

—Miki, tengo prisa…

—Solo es un minuto. —Y volvía a sus labios ese gesto infantil de protesta—. Pero si no tienes ni un minuto, no importa…

—Vale, enséñame tus posturas —concedió, soltando un suspiro como lo haría un padre. El rostro de Miki se iluminó al instante con una enorme sonrisa. «Pequeño manipulador», se dijo Víctor apoyándose en el marco de la puerta para observarlo.

Miki comenzó a moverse desnudo entre las sábanas aún revueltas, se puso a cuatro patas con el culo en pompa y giró la cabeza para sonreírle.

—Esta es la primera…, es un poco clásica —iba explicando. Luego se tumbó sobre los codos boca arriba con las piernas abiertas y mordiéndose un dedo de la mano, y continuó de esa forma encadenando una serie de posturas erotizantes. Su sueño era convertirse en estrella del porno. Víctor sabía que lo tenía difícil, aunque no se lo decía; no porque no diera la talla sexualmente, sino porque no era el tipo de hombre que esas agencias solían buscar—. Esta es mi favorita… —anunció mientras se colocaba de espaldas a Víctor, en cuclillas, las rodillas abiertas y dobladas bajo su cuerpo, de forma que sus talones abrían por completo su ano separando los glúteos, el torso estirado, los brazos doblados sobre su cabeza. Y desde allí, giró el rostro ligeramente para mirar a Víctor, que se había quedado prendado de la abertura de sus glúteos perfectamente afeitados para la ocasión—. ¿Qué te parece? —preguntó seguro de que Víctor contenía el aliento.

—Es…, joder…, muy erótico… —Se fue acercando casi sin pensarlo, tenía que tocar esa raja. Su pene dando avisos de alarma. Ya a su lado, se acercó a su cuello y le llegó el olor a lavanda de su piel limpia, aún algo húmeda de la ducha reciente. Deslizó dos dedos por la abertura de su culo, deteniéndose brevemente en el orificio estrecho de esa piel juvenil, firme y absolutamente perfecta—. Si no te cogen en ese casting es que están ciegos —le aseguró, hundiéndose un poco más en su cuello para aspirar el aroma embriagador de su juventud.

Miki desplegó una sonrisa de victoria, sus manos lo rodearon como pudieron a su espalda y se incorporó ligeramente para comenzar a restregar su raja contra el cuerpo de Víctor, que ahora sí tenía una erección indiscutible.

—Mmm…, me gusta este desayuno que me has preparado… Si quieres puedo venir esta noche, puedo repetirte mis posturas… —Víctor ya no hablaba, solo murmuraba, su mano aún prendada de ese estrecho agujero que se ofrecía insinuante—. O podría ir a tu oficina y esconderme debajo de la mesa… —y mientras hablaba se las ingenió para desabrocharle el pantalón sin mirar— y comértela cuando estés hablando con tus clientes por teléfono…

Ahora tuvo que reírse, la idea de Miki en su oficina le resultaba incongruente.

—¡Oh, joder, Miki! Para…, tengo que irme…

Pero, lejos de parar, Miki se esmeró más, apretando su entrada contra el bulto prominente de sus pantalones a medio abrochar.

—Oh, vamos, seguro que pueden esperarte unos minutos…, señor abogado importante…

Y ya estaba vendido, porque estaba muy duro y eso era algo que ya no ocurría con la frecuencia de antes. Fue él mismo quien terminó de bajarse los pantalones lo suficiente para liberar su dureza, que clamaba por entrar en ese pequeño agujero rosado. Su glande comenzó a abrirse paso, sin llegar a entrar, y la sensación de la presión sobre su polla era embriagadora, quería más, y lo alentaban los gemidos de placer de Miki, que se había estirado para enroscarse a su cuello con los brazos, dejando a Víctor una vista perfecta de su torso desnudo y sus genitales, esa polla no muy grande que también estaba levantada en todo su esplendor. Le gustaba su piel grisácea, en un tono casi enfermizo e indescifrable, le gustaba lo suave que era, pero tenía que parar.

—Espera… Miki… —consiguió decir entre jadeos, y el chico ya sabía por qué se frenaba. Se alejó de él y se lanzó sobre la cama para alcanzar el cajón en el que sabía que estaban los complementos sexuales. Rápidamente cogió un condón y el lubricante. Apenas tardó nada, y ya estaba de vuelta junto a Víctor. Aun así, el cambio fue suficiente para que el entusiasmo inicial decayera y Víctor volviera a tomar control de su voluntad—. Tengo que irme, Miki…

—¡Noooo! —se quejó una vez más como lo haría un niño al que no se le compra un juguete—. No puedes dejarme así…

Víctor volvió a acomodarse los pantalones, se acercó y lo besó en la boca.

—Lo siento, de verdad que me encantaría quedarme…

El chico ya no opuso más resistencia y no tardó en estar vestido con la ropa del día anterior y listo para salir. Se hacía tarde y cogió solo un par de los bollos que Víctor había dejado sobre la mesa del comedor, que nadie se molestó en recoger; ya no había tiempo.

—¿Me puedes prestar algo de dinero? —Y allí estaba la pregunta una vez más, era impresionante cómo conseguía que siempre sonara con naturalidad casual. Víctor cogió su billetera casi en el umbral de la puerta, sacó un billete de cincuenta y al ver el gesto escéptico de Miki añadió otro de veinte.

—Podríamos acordar una cantidad mensual. ¿No te parece? —dijo con cierta malicia al sentirse manipulado.

—¡No es así! —protestó él.

—¿No? —añadió con sarcasmo.

—Tú y yo somos amigos… ¿Crees que me quedo a pasar la noche con todo el mundo? Olvídalo, no me dejes nada —dijo y salió de la casa con gesto ofendido, consiguiendo que Víctor se sintiera como un miserable.

—Vale, lo siento. Venga, coge el dinero.

—No lo quiero. —Ya estaban junto al ascensor y su enfado no cedía. Víctor tendría que esforzarse un poco más.

—Miki, no te enfades. Perdóname…, me he pasado. Vamos, coge el dinero, me sentiré mejor si lo coges.

Ahora él le concedía el perdón con la mirada. Al fin cogió el billete de cincuenta dejando el de veinte en su mano, casi como si le hiciera un favor. No le importaba dejarle creer que tenía el control, le conmovían sus pequeñas astucias, ese ardid infantil por manipular al amante maduro. Para cuando alcanzaron el portal, el asunto estaba olvidado y Miki volvía a sonreír y hablaba una vez más de su casting. Se despidieron en la calle, sin besos, el chico sabía que a Víctor no le gustaban las muestras públicas de afecto.

—¿Quieres que venga esta noche…? Espera, esta noche no puedo, pero mañana… ¿O prefieres que te sorprenda otra vez?

—Puede ser.

Partieron en direcciones distintas, Miki hacia la boca del metro, Víctor en dirección a su coche.

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