«Las ramas muertas de Nakahel» – Capítulo 5

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Tatuaje led

Malla de inserción subcutánea compuesta por dispositivos emisores de luz controlados directamente por el módulo neural, o bien de forma remota a través de él. Reproduce imágenes en calidad alta y una amplia gama de efectos visuales. Existe un vacío legal en cuanto a su uso, aunque su detección suele conllevar la extirpación quirúrgica y las correspondientes sanciones, ya que puede causar S.R. en casos extremos.

 

—¿Estáis al tanto de lo nuevo, colegas? Se cuenta, se dice, se rumorea… ¡que Em y Erre se han dado una vuelta por Branche y han empezado a prender fuego a los clubs! Anoche convocaron un evento relámpago en un antro de la zona norte. Fue una cosa modesta, la mitad de la peña se quedó sin entrar y se largaron muy rápido. ¡A nosotros ni siquiera nos dio tiempo a llegar! Y digo yo, ¿por qué vamos a fiarnos? Siempre la misma historia: dos pavos con el pelo teñido y algo de oído musical la lían en cualquier tugurio, y los relojes marchan hacia atrás de tanto como corre el populacho para anunciar que han respirado el mismo aire que ellos. Peeero… después de asistir a esta actuación, la mayoría de nuestros fieles opinan que son los de verdad, y no un par de clones baratos. ¡Así va la encuesta! De los votos recolectados, el setenta y nueve por ciento afirman que son los auténticos Em y Erre, el diecinueve por ciento que son un fraude, y los restantes proclaman que les da igual porque el polvo se lo echaban de todas maneras. Os lo aviso, hemos descartado a miles de participantes entusiastas que ni olieron el local. ¡No votéis si no estuvisteis allí en persona, que ya nos conocemos!

El grupo al completo estaba reunido en la cueva de los mercenarios, visionando el último mensaje del servidor ilegal que había asaltado las comunicaciones del maglev, Visssco. No estaban solos; junto a ellos se encontraban los dos minadores a los que hacía referencia el presentador virtual. Sonreían con naturalidad a pesar de ser la noticia del día y, de hecho, mostraban la grabación a sus compañeros no implantados a través de un pequeño dispositivo de proyección en la pared. Era infinitamente mejor que la pantalla portátil de Leracq. El astuto Indra bromeó con la posibilidad de que se esfumara en sus bolsillos.

—¿El setenta y nueve por ciento de votos positivos? —preguntó el rannesio—. Qué decepción debe ser, ¿eh? Tantos numeritos y aún no saben identificar el producto genuino.

—O mucho me equivoco, o el porcentaje subirá conforme transcurran los días —respondió Em—. La fama es útil, si se sabe emplear. Distrae la atención del espectador y te puedes dedicar a lo que de verdad te interesa sin que te molesten.

Miroir no dejaba de lanzar ojeadas furtivas y desconcertadas a aquellos dos. Siempre había pensado que Em y Erre serían un par de tipos histriónicos y estrafalarios, como la inmensa mayoría de los minadores que se prodigaban en los servidores ilegales, y no se esperaba esa calma ni su aparente normalidad. La única extravagancia de Em era el llamativo mono que lucía, blanco y ceñido. En cuanto a Erre, solo llevaba un viejo adorno metálico con forma de dragón en la oreja derecha, de los que servían para sostener auriculares. Lo habría tachado de pasado de moda si no hubiera sido porque resultaba muy apropiado. Por lo demás, vestía botas cómodas y un top con la leyenda «Fumar mata, deberías chupar otra cosa» grabada con letras termorreactivas. Hacía honor al mensaje royendo una provisión de palitos de gelatina dulce, aunque también lo deslucía bastante con las ocasionales caladas que él y su compañero propinaban a la pipa de Leracq. Eran, en resumen, dos jóvenes típicos del cinturón exterior… con la salvedad de que casi compartían talla con Gareth. Al verlos, uno se sentía tentado de despejar sus nucas y pasar los dedos por los puertos para comprobar si eran reales. Ahora bien, el mercenario contaba con una excusa excelente para explicar su complexión. ¿Cuál era la de ellos?

El jacq ya había pillado a Diann con la boca abierta y los ojos adheridos a los pantalones blancos del rubio. Quizá la chica no notara su presencia o puede que no le importara; lo cierto era que había agarrado a su colega por el brazo y le había soltado con completa desvergüenza:

—Oye, Gareth: si hinco los dientes en uno de esos culos, ¿crees que se quedarán marcados o rebotarán como en una cama elástica?

—No lo sé. ¿Vas a pedir permiso o a mordisquear sin más? Ten cuidado, a lo mejor se lo toman a mal.

—No te cachondees. Ya sabes que jamás me había topado con un minador al que me apeteciese tirarme y, ahora, ¡dos de golpe! ¿Crees que me harían ascos porque soy un cacho de carne al que le faltan orificios?

—Tú no eres un cacho de carne, eres un filetazo de los de antes, con guarnición. Lo que pasa es que, por mucho que respete tus numerosos talentos, dudo que fueses capaz de merendártelos tú solita.

—Me las arreglaría. Y si no fuera así —había sugerido, colgándose de su antebrazo—, siempre podrías unirte a la fiesta y echarme una mano, ¿no?

Gareth sabía que Miroir los estaba escuchando. Al menos eso fue lo que dedujo, dada la dirección de su mirada y los roces en la barbilla. Por eso pensó que se estaba burlando de él cuando respondió, tras la máscara de una media sonrisa:

—Claro, claro. Si te los follas, estaré encantado de «echarte una mano». Y a lo mejor algún jacq amable quiere enseñarnos técnicas para satisfacer a dos sementales con cables. Por precaución, para que nuestros cuerpos totalmente artesanales no los decepcionen.

—Qué estupidez. Ningún flaco, por muy puto que fuese, podría darte lecciones.

A Miroir lo habían embargado emociones contradictorias. La indignación era una, por descontado, aunque había otras más complicadas de procesar, como la sorpresa ante la aparente promiscuidad de Diann y de… ¿Gareth? ¿Estaba hablando en serio? ¿Con ella… y con ellos?

Muy en el fondo, lo que sentía era envidia y frustración por verse tan distinto a esos dos minadores que se habían ganado el respeto de los jefes —y la atracción, canturreaba una vocecita impertinente— con un simple pestañeo. E incluso el de Aqivole, para lo que habían bastado un saludo formal y un puñado de barritas de gelatina. Alguien, sin embargo, no se había dejado impresionar.

Ogmi aún se mostraba decepcionado por la incorporación de los nuevos fichajes. Nada extraño para cualquiera que lo conociese, pues sus baremos eran muy sencillos de entender: no había que fiarse de quienes escapaban a su control. «Estos no son Indra o Leracq, estos son… virtuosos. ¿Y si sus escaneos han traspasado tus defensas?», le había espetado a Miroir con amargura. De nada habían servido los argumentos de este, sus alardes de cautela y habilidad ni su contraataque cruel, sugiriendo que debía haberse esforzado por acompañarlo a conocerlos en lugar de encerrarse en casa. No recordaba a un Ogmi tan decepcionado desde el día en que decidiera trabajar en Chezzelestin. «Desde ahora no te separarás de mí, diga Gareth lo que diga. Y no bajarás la guardia ni para dormir. Por favor, Roi, es muy importante».

Los controladores —y preocupados— ojos azul pálido de su amigo lo devolvieron al presente. Y también los de Em; tantos vistazos subrepticios habían pasado factura. El examen era mutuo.

—Conocer a Qivo ha sido muy interesante —estaba diciendo en ese momento, entre dos chupadas a la pipa—. ¿Qué tal si ahora nos cuentas un poco de ti, Ogmi?

—Hay poco que c-c-contar. Soy un minador con experiencia, cualificado para monitorizar conexiones directas.

—Trabajas con Miroir. En esa casa tan famosa, Chezzelestin.

—El burdel del castrado —intervino Indra, con una sonrisa perversa—. ¿No es gracioso? ¿En serio que a tu patrón le ahuecaron los bajos, Miroir? Pero tú conservarás los tuyos, ¿no? Creo recordar que su eslogan tampoco tenía desperdicio: «Mejor que una paja mental, una mamada virtual».

—Si pretendes que me quede aquí escuchando tus malditas burlas… —comenzó el aludido, a un dedo de estallar.

—Perdona, chico, solo pretendía divertir a nuestros invitados. Hay que conservar el sentido del humor. En el fondo sabes que no es más que envidia por tu actuación brillante de ayer mientras a Leracq y a mí nos la metían doblada.

—Erre y yo encontramos fascinante la pericia de los jacqes. —Em sabía dotar a su voz de un tono conciliador—. Vuestro dominio de la química cerebral, de los recuerdos y las emociones, vuestra sutileza… Por lo general, los ataques neurales son demasiado evidentes y se saldan friendo áreas del cerebro.

—Roi… Miroir no trabaja así. —Si había un método para apaciguar a Ogmi, era ensalzando las virtudes de su protegido.

—Lo sabemos, curioseamos en un foro donde sus clientes satisfechos publican sus impresiones. «Mucho más real que cualquier cosa que puedas tocar», «me quedaría allí enchufado para siempre», «nadie me va a convencer de que no estuvimos haciéndolo en una playa soleada»… Aunque nosotros nunca hemos probado los servicios de un jacq, sonaba muy convincente. Además, ya nos hizo una demostración ayer, cuando se pasó nuestro tapón por… —volvió la vista al joven moreno— el forro de sus venerables cojones.

—No teníais derecho a p-pedirnos que llevásemos uno.

—¿Habría supuesto un gran problema para ti? Tus programas de seguridad son brutales. Eres un bloque de cemento para nuestros escáneres, Ogmi.

—Yo p-podría decir lo mismo, es simple prudencia. ¿Acaso le permitiríais a nadie, y menos a un desconocido, que hurgase en vuestras mentes? Porque acabas de admitir que nunca habéis jacqeado y todo… todo el mundo lo hace.

¿Jacqear? —Em aún no estaba familiarizado con las rarezas del lenguaje de Ogmi—. Oh, bueno, pero eso es diferente. ¿Por qué íbamos a pagar por sexo si no nos hace falta?

Acompañó la frase con un guiño de lo más sugerente. Los instintos depredadores de Diann volvieron a despertar con toda su furia. Harta de que Miroir y su compañero fuesen el centro de la conversación, la guió por otros derroteros.

—Hacéis muy bien, rubio —afirmó—. No entiendo a la gente que folla con unos tristes cables, en lugar de hacerlo como es debido.

—¿Qué otra cosa podrías decir tú? —replicó Miroir—. No estás en posición de opinar. La humanidad se ha vuelto más civilizada, y…

—¿Civilizada? ¿A esto le llamas civilización? ¿A quedarse tirados en casa? ¿A caminar pegados a las paredes por miedo a que el viento se os lleve volando? Y lo gracioso, lo verdaderamente gracioso, es que los implantados os creéis mejores que nosotros.

—Erre y yo opinamos que la cirugía debería ser de libre elección —medió Em, antes de que la discusión escalara al siguiente nivel—. Ambos estados tienen sus ventajas. El intervencionismo gubernamental es una mierda.

—Para vosotros es fácil hablar. ¿Cómo criais semejantes cuerpos a base de antirrechazo? —Los párpados caídos de Indra encubrieron su suspicacia.

—¿Suerte en el reparto genético? Comemos bien, nos ejercitamos y, en cuanto a lo de… follar con cables, dama Diann, he de confesar que posee virtudes innegables. Pero no te equivocas: si tuviéramos que elegir, nos quedaríamos con las prácticas tradicionales.

El rubio sonrió y sacó la lengua, que llevaba atravesada con un adorno esférico; cuando el objeto empezó a vibrar y a girar, los demás comprendieron enseguida para qué lo usaba. Algunos estallaron en carcajadas, otros sospecharon que había empleado la maniobra para cambiar de tema.

—¡Qué genial! —La joven aprovechó para pegarse a él—. Aprended de ellos, flacos, son enchufados que saben vivir la vida. Nunca he probado uno de esos. Debe haber por ahí una persona muy afortunada que lo disfruta a tope… o varias.

—Algo de uso le doy, sí.

—¿Y tienes más sorpresitas en otras partes?

—Ya se las buscarás luego, Diann. —Un Gareth impaciente tomó las riendas de la reunión—. Si no os importa, va siendo hora de que nos ocupemos del trabajo por el que nos pagan. Leracq, comparte lo que hay y que lo veamos todos. Es un coñazo mirar cuando estáis en línea, sin saber lo que os susurráis entre vosotros.

El minador tomó control remoto del dispositivo de proyección y procedió a pasar pantalla tras pantalla de texto e imágenes. La corporación Coeursur Innovación, con un listado de sus actividades, sus subdivisiones, su directorio y todo lo sustraído de la memoria de d’Xortore desfilaron ante el grupo. Era la primera ocasión en la que revelaban el nombre del objetivo a sus nuevos socios, y Em y Erre tomaron buena nota del tipo de compañía y su magnitud. Primero exploraron por su cuenta el personal y las ocupaciones que habían desempeñado a lo largo de los ciclos; luego se centraron en los planos de la sede de Branche, en especial en el módulo separado y desconectado del Árbol que contaba con la fenomenal defensa multineural.

Según los gráficos, la construcción era tan sólida que podía aguantar un ataque armado, y la desconexión del sistema de comunicaciones global implicaba que cualquier tentativa de penetrar en sus archivos requeriría hacerlo de manera física. El problema, como Erre señaló, era que no habían marcado su ubicación en los planos. O bien estos no eran exactos y el módulo estaba encajado en algún sector del inmenso edificio, aunque con una utilidad muy distinta a la que le atribuían, o se trataba de un nivel extra subterráneo. Y para trazar la ruta de acceso más eficaz debían saber a ciencia cierta a dónde se dirigían.

Indra propuso convertir en una marioneta espía a un miembro de la plantilla, o bien introducir una desde fuera, usando las habilidades de manipulación de mentes del jacq. Otras sugerencias implicaban elaborar una lista de altos cargos, cazarlos por separado y sacarles información mediante una conexión directa, o ir sin rodeos a por el presidente de la farmacéutica. Todas las opciones cosecharon críticas sobre la enorme inversión de tiempo requerida y sus riesgos. Si la corporación detectaba los intentos de infiltración, podría acabar con las posibilidades de su pequeña banda de mercenarios. Era vital conservar el factor sorpresa.

Finalmente, Em tomó la palabra.

—La situación está así. Tenemos un escondrijo cuya ubicación hay que determinar y una hermosa lista de sistemas y programas de defensa para estudiar y verificar. Yo diría que la táctica más rápida y menos arriesgada es sacar al personal de Coeursur de sus entornos protegidos, congregarlos sin que sospechen en un terreno donde llevemos ventaja y, una vez allí, emboscarlos y extraer de sus relajados cerebros cuanto sepan. Si tenemos suerte, reuniremos en una sesión las piezas que faltan de nuestro rompecabezas.

—Sí, claro, sencillísimo —bufó el rannesio—. Por el maldito Dragón, ¿cómo se hace eso?

—Confeccionaremos la lista de trabajadores, esa es una buena sugerencia. No tiene por qué ceñirse a los altos cargos, merece la pena incluir a miembros de Seguridad, Mantenimiento y similares. A continuación elaboraremos una base de datos con sus direcciones en Branche, sus horarios, fechas estimadas en las que libran, sus edades y aficiones; delimitaremos el área urbana donde se agrupan siguiendo criterios de cantidad e idoneidad; estableceremos un punto central y elegiremos un local próximo en el que organizar un evento.

La pared iba mostrando, a medida que hablaba, los resultados de sus búsquedas. Casi todos los presentes los seguían con una expresión escéptica, Gareth en particular.

—Será el evento relámpago con más preparativos de la historia —continuó Em—. Taladraremos el local para que no se nos escape nada y verificaremos que todos los seleccionados de la lista reciban la invitación. En la puerta controlaremos a quienes vayan llegando y los abordaremos según lo jugosas que sean sus ocupaciones. Erre y yo no ayudaremos a tiempo completo, ya sabéis, pero para eso tenemos a nuestro jacq.

—No lo veo claro —dijo Gareth.

—Lo harás cuando perfilemos los detalles.

—No, lo que no me convence es tu fe en que los tíos de Coeursur vendrán a vuestra juerga. Aunque seáis la leche de populares, los ciudadanos respetables suelen preferir quedarse tirados en sus apartamentos antes que arrastrarse a un tugurio medio ilegal.

—Entonces siempre podremos probar fortuna en otro sector de Branche. Confía en nosotros, amigo, ya os dije que la fama tenía sus utilidades. Subestimas el aburrimiento de la gente joven y sus ganas de saborear algo auténtico en directo de vez en cuando.

—No es mala idea, Gareth, nada perdemos con estudiarlo. —Las aportaciones de Leracq, por escasas, siempre eran escuchadas.

—Yo tengo una pregunta —dijo Erre, quien, hasta entonces, había permanecido en silencio y fumando—. No nos habéis contado cuáles son los archivos que hay que distraerle a la corporación.

—El patrono tampoco los ha especificado, solo ha dicho que deben estar en ese búnker y que no podemos tocar nada más. Supongo que lo hará en un mensaje posterior.

—Si ese patrono sabía lo del sistema de defensa, ha de tener acceso a otros datos clasificados. ¿Por qué no os los ha enviado? ¿Ya habéis averiguado quién es?

—Mantiene su identidad en secreto y, mientras pague, seguirá siendo así. A nosotros no nos contratan para meter las narices donde no debemos. Ahora, si no os importa, repetid más despacio todo lo que habéis dicho para que se entere este cacho de carne. Vamos a trabajar… en serio.

separador-nakahel

Puede que Ogmi tuviese razón y Em y Erre fuesen un par de comediantes de cara al público, pero su destreza como minadores no se podía negar. Sus nuevos compañeros se habían esperado un dúo de estrellas arrogantes y no aquel par de jóvenes de trato fácil y encanto innegable —Diann estaba dispuesta a romper un par de lanzas a su favor— que sabían trabajar en equipo. ¿Que tendían a asestar empujoncitos sutiles para encarrilar las cosas según su criterio? ¿Que no les sobraba la modestia? Estos y otros inconvenientes, susurrados por Ogmi a Miroir en la intimidad de su espacio privado, no menoscabaron la confianza depositada en ellos, y el mismo Gareth les dejó llevar a cabo a su manera el plan que habían propuesto.

Lo cierto era que el jacq no compartía los reparos de su amigo. Las nuevas adquisiciones jamás hacían chistes con su oficio y lo trataban como a un colega muy cualificado, así que había conseguido relajarse en su presencia. Además, se sentía intrigado por ellos. Dado que aún no podían afirmar al cien por cien que fuesen los auténticos, contaba con la excusa perfecta para observarlos de cerca, aprender y saciar su curiosidad.

Por el momento no había averiguado mucho. Aparte de sus obvias peculiaridades físicas y del grado de compenetración que solo otorgaría una conexión ininterrumpida, tenían un modo curioso de expresarse, insertando en su estilo culto y anticuado alguna que otra palabra malsonante de lo más… actual. Em era el más comunicativo o, mejor dicho, el que tomaba la iniciativa al hablar. Erre no era reservado —lo había visto charlando con todos—, si bien prefería quedarse en un segundo plano y dejar que su compañero se ocupase de las conversaciones. Fue el rubio quien asignó los roles de cada uno durante la noche de la operación mientras el pelirrojo asistía al espectáculo que era Aqivole poniendo a punto las armas cortas. Miroir suponía que si el hombretón no le había endilgado ya uno de sus singulares apodos era porque no sabía pronunciar Erreerre.

Por lo demás, habían estado tan ocupados recopilando datos que apenas le había quedado tiempo para nada más. Cuando no cumplían sus compromisos con Celestin, Ogmi y él corrían al sótano comunal y ayudaban a desarrollar la lista de objetivos. Por las noches volvían a Nakahel, a pesar de los gruñidos de Gareth sobre la pérdida de horas de trabajo, y no volvían a verlos hasta la mañana. Al menos sabía que los dos minadores tampoco compartían catres con los mercenarios, pues se habían buscado su propio refugio privado en un cuchitril de la última planta.

Fueron ocho días muy intensos. El aniversario del establecimiento del Consistorio se acercaba y Em y Erre pretendían hacer coincidir esa jornada de celebración global con el evento, en orden a incrementar la asistencia. En ellos recayó la tarea de elegir el club y emprender los preparativos preliminares antes de desplazarse con la banda a estudiar el terreno. Acordaron que Indra y Leracq se quedarían en el exterior, en la unidad móvil; el primero se ocuparía de identificar a los miembros de Coeursur que hicieran acto de presencia y a sus acompañantes; el segundo se haría cargo de coordinar la seguridad y de mantener los sistemas del local bajo control. Gareth y Diann vigilarían y aislarían a los objetivos, en caso de necesidad. Miroir, por descontado, aplicaría su magia de jacq con la asistencia de Ogmi, en tanto Aqivole le servía de guardaespaldas. Los dos miembros restantes colaborarían cuando pudiesen, ya que su tarea principal sería animar desde lo alto del escenario.

La jornada festiva había amanecido oscura y gélida, pero seca. Las calles de la megalópolis, convertidas en un caos de anuncios coloristas y mensajes políticos conmemorativos, estaban más desiertas que de costumbre debido a la cantidad de ciudadanos que se habían quedado en sus casas. Habría que esperar a la noche para que se llenasen de vida.

Un furgón levi gigantesco y desvencijado aparcó en el callejón contiguo a las multisalas Lesiev, un antiguo centro comercial reconvertido en local de conciertos que estaba situado al borde del cinturón exterior. Antes de salir, sus ocupantes observaron la parte superior del conjunto arquitectónico —cuatro edificios añejos de alturas escalonadas y tejados a dos aguas— a través del parabrisas panorámico.

—¡Menudo pedazo de chatarra en el que nos habéis metido! —exclamó Indra, primer viajero en pisar el asfalto—. Eh, Erre, pensaba que unos minadores con clase conducirían unidades móviles de categoría, no esta lata que no está equipada ni con piloto automático.

—La hemos tomado prestada —respondió el pelirrojo desde el asiento del conductor, su voz alterada por el continuo mordisqueo de una barra de caramelo—. Basta para transportar el material, ¿qué más da?

—Erre no necesita un levi último modelo para alardear, tiene un excelente… destornillador sónico —bromeó Em, lo que le valió una miradita reprobadora de su compañero.

—¿Y qué narices es un destornillador sónico?

—No tengo ni idea, Indra. Supongo que se refiere a su polla. —Gareth aterrizó detrás del rannesio—. ¿Cuánto falta para que abra el Lesiev, Em?

—Tres horas, aún es pronto para colarnos. Lo que haremos será lanzar las primeras invitaciones. La mayoría pensará que somos un par de clones y no surtirán auténtico efecto hasta que aparezcamos en escena, pero nos cercioraremos de que nuestros blancos estén sobre aviso.

—Bien. Leracq, ve calibrando el equipo y escaneando la zona, lo dejaremos todo listo. Los demás, lo mismo.

—No debes decir esa palabra con pe, Gargar. Y mi equipo ya estaba listo en casa.

—Claro que sí, Qivo. Tú eres el más fiable de esta manada.

Miroir se preguntaba si Gareth se creía sus propias palabras. Aunque Aqivole no era un mal hombre, dudaba que fuese una buena idea dejar que se les uniera. No había más que escucharlo, podía echarlo todo a perder. ¿Y se suponía que iba a ser su guardaespaldas? No necesitaba un guardián, y menos uno con sus desmesuradas limitaciones.

Sus pensamientos se interrumpieron al ver a Em y Erre colocarse sus visores y conectarse a la estación de trabajo. Estaba presenciando, por primera vez, una de sus míticas convocatorias de evento relámpago. Seleccionó uno de los servidores donde actuaban y a su mente acudieron las imágenes…

… de dos pequeños avatares humanoides hilarantemente deformes, cuyas cabezas abultaban tanto como sus cuerpos, y que se tocaban con monumentales sombreros de copa que los igualaban en altura. El de Em vestía de blanco. En su diseño destacaban la cabellera rubia y los ojos disparejos —azul el izquierdo, dorado el derecho— protegidos tras unas gafas redondas de cristales amarillos. El de Erre era similar, excepto que su vestimenta era negra, anaranjados su melena, sus lentes y su ojo derecho, y verde el izquierdo. Sonreían con malicia, se clonaban a sí mismos y saltaban de una coordenada a otra en el espacio virtual, erráticos como un par de pelotas de goma, recomendando la asistencia al Lesiev para disfrutar de una buena velada musical. Tantos había, desperdigándose por diferentes rutas en la Enramada, que se hacía imposible seguirles la pista a todos.

Miroir parpadeó y se encontró que Ogmi le había colocado en las manos un filtrador portátil para que lo revisase. Se habían acabado las distracciones.

Cuando la hora de apertura se les echó encima, Indra y Leracq ocuparon sus puestos ante sus estaciones de trabajo mientras Gareth repartía auriculares y hacía uso del maquillaje prostético. En cuanto a los organizadores, cada uno pescó del fondo del vehículo un artefacto que consistía en dos barras extensibles unidas por una bisagra: eran cithers, los instrumentos musicales más populares entre los pocos que habían sobrevivido a la era de la tecnología. El jacq se emocionó ante la idea de verlos tocar en directo, en lugar de escuchar música pregrabada. Era una experiencia que siempre había querido vivir.

—Localizo a tres miembros de la plantilla de Coeursur haciendo cola en la entrada —anunció Indra—, uno de Relaciones Públicas, uno de Investigación y una de Seguridad.

—Grandioso, nuestros primeros clientes —se alegró Em—. Haremos tiempo hasta que se caldee el ambiente. Miroir, ve derecho a por la de Seguridad.

El rannesio y su pálido compañero cerraron la puerta del furgón. Los otros siete se acercaron a las multisalas Lesiev por separado, usaron tres accesos diferentes y coincidieron después en el edificio más grande del conjunto, el que contaba con equipo de proyecciones y una colección de escenarios y plataformas a diferentes alturas. Leracq, sigiloso dueño de los sistemas informáticos del club, desactivó la cerradura electrónica de un cuarto de mantenimiento próximo a la salida de emergencia. Ogmi preparó allí el filtrador, el múltiple y la unidad donde almacenarían la información extraída a los blancos.

Cuando consideraron que la temperatura del ambiente ya era la adecuada, Em y Erre subieron a extremos opuestos del escenario central, donde desplegaron sus cithers mediante el sencillo procedimiento de extender una barra en el suelo y la otra en vertical, formando un ángulo de noventa grados. Estos aparatos eran bastante versátiles, sobre todo por parejas. Según su colocación —en línea o enfrentados— generaban diferentes tipos de interfaz etéreo, ya fuesen dos pantallas planas individuales ―la elección de Em y Erre—, una sola más grande o un espacio tridimensional. Los músicos interactuaban con ellos gracias a circuitos adheridos a las yemas de los dedos, y podían programarlos para que reprodujesen sonidos y mostrasen cualquier diseño de teclas, cuerdas, orificios o figuras abstractas correspondientes a instrumentos conocidos o imaginarios. Los teclados solían ser lo más común, aunque los dos minadores eran muy famosos por utilizar una disposición de seis cuerdas en diagonal a la altura del pecho y pulsarlas desde la parte exterior de la pantalla. Nadie había empleado esa técnica hasta que empezó a lloverles una legión de imitadores.

La empleada de Coeursur observaba en éxtasis las evoluciones de Erre. Con un teclado a la izquierda, su famoso juego de seis cuerdas a la derecha y un inmenso diseño geométrico en lo alto, el minador ejecutaba diferentes melodías o efectos según la sección que activase. La superficie se iluminaba con colores cambiantes, con dibujos; pequeñas imágenes translúcidas brotaban de ella, gracias al proyector de la sala, y flotaban en el aire al paso de sus dedos agilísimos. Y la música… Miroir siempre había envidiado su talento para componer, y eran tan prolíficos y originales que parecían… visitantes de otro planeta. Sus sentidos, los corpóreos y los virtuales, se quedaron prendidos en la escena hasta que recordó para qué estaba allí. Resignado, se acercó a la mujer.

Cazarla fue fácil. Estaba apoyada contra un pilar, no prestaba atención a nada más y su nuca se ofrecía ante sus ojos, a medias descubierta. El jacq, que quería ahorrarse los escaneos inalámbricos previos para comprobar sus defensas, optó por un ataque mediante conexión directa. Se colocó junto a ella, extrajo una de sus clavijas, la introdujo a la velocidad del rayo en una toma despejada y se deslizó a través de las protecciones de su módulo neural. Antes de que la mujer completara un parpadeo, las barreras cedieron a los programas de ataque de Miroir y con ellas, su voluntad. Para no cargar con un cuerpo inerte ni levantar sospechas, el joven le impuso la orden de que lo siguiera hasta la habitación de mantenimiento y retiró el cable. Allí dio comienzo a la sesión de extracción de datos. Leracq e Indra se cercioraron de que ningún sistema de grabación recogiera sus movimientos.

Cuando concluyó, Ogmi y él borraron cualquier rastro de su presencia, llenaron el lapso que había perdido con imágenes del concierto, la devolvieron al mismo pilar y la liberaron. Para la empleada de la farmacéutica todo se redujo, precisamente, a la duración de un parpadeo. El único salto registrado por su conciencia fue esa ínfima fracción de tiempo en la que el mundo se había tornado gris oscuro.

El siguiente objetivo era un miembro del Departamento de Investigación que venía acompañado de un amigo; Diann distrajo al molesto satélite en la barra mientras Miroir repetía satisfactoriamente el procedimiento. El tercer intento se desarrolló con idéntica fluidez. El joven se relajó.

Se relajó en exceso. El cuarto blanco era un alto ejecutivo y se hacía seguir a cierta distancia por un escolta. Por desgracia, Indra no recalcó este detalle o Miroir no lo tuvo en cuenta, y su cable voló a la nuca a la que iba destinado justo ante los ojos asombrados del guardaespaldas, que sacó su arma y lo encañonó.

Se hallaba fuera de su alcance y no podría neutralizarlo. Estaban rodeados de gente y provocarían un tumulto. La pistola de electrochoque le causaría un dolor atroz y se desmayaría… Esas escenas, y muchas más, destellaron en el cuarto oscuro de sus pensamientos ante el pequeño dispositivo que apuntaba hacia él. Y justo entonces, la rapada cabeza de Aqivole se elevó sobre la de su atacante, una montaña tras una colina. Miroir casi no fue capaz de seguir el movimiento de sus manos al bajarle la pistola y apretarle el cuello hasta dejarlo inconsciente —o muerto—, y apenas reaccionó cuando se plantó a su lado, cargando el cuerpo rígido como si fuera un títere.

—¿¡Por qué no tuviste cuidado con el puñetero guardaespaldas!? —le recriminó Indra a través del auricular.

—¿Qué g-g-guardaespaldas? ¡No informaste de que tuviera uno! —se oyó decir a Ogmi, quien, en nerviosismo, no le iba a la zaga.

—¿A qué coño estáis jugando? ¿Sois un puñado de principiantes? —se les unió Diann.

—Roiroi, saca el cable o lo verán. Tú llevas al tuyo y yo al mío.

Obedeció a la voz sin inflexiones de Aqivole. Era la única que proponía algo sensato.

—Gracias, Qivo, has estado… magnífico. Gracias.

 

El escolta de aquel tipo no estaba muerto, ni siquiera magullado, circunstancia que permitió salvar con limpieza la situación de crisis. Aun así, la autoconfianza de Miroir se diluyó en buena medida. Esto quedó patente con su nueva víctima, una mujer atractiva y muy bien vestida que escuchaba desde una posición alejada, a salvo del gentío enfervorecido. Al acercarse a ella, el jacq percibió que conservaba la nuca cubierta y que estaba en línea; quizá conversando con alguien, a juzgar por su lenguaje corporal. Era estúpido y arriesgado atacarla así, y se quedó mirándola sin saber qué hacer, amedrentado por la posibilidad de volver a fastidiarla. Gareth no andaba lejos.

—¿A qué esperas? —le preguntó este desde su espalda.

—Tengo… Tendría que minar sus protecciones en modo inalámbrico, pero son muy sofisticadas y temo alertarla si cometo el más mínimo error.

—Enchúfala, igual que a los otros.

—Se cubre los puertos —explicó, exasperado por lo absurdo del consejo—. No podría acercarme sin que lo notara.

—Pues haz que los descubra. Chaval, ¿te has planteado que hay otras tácticas para aproximarse a la gente, aparte de invadirles los jodidos implantes?

El mercenario caminó hacia la mujer y dejó caer sobre ella una mirada intensa que la desjarretó, seguida de una sonrisa. Ella no tardó en cortar las comunicaciones, alzar el rostro y estudiar a aquel alto y formidable desconocido. Hombres así no se veían más que en los mundos virtuales de la Enramada. Al jacq le costó muy poco deducir que estaba flirteando con él: se tocaba los pendientes, invadía su espacio personal, le correspondía con una sonrisa continua… Su mano, cuyo dedo corazón estaba cargado de anillos, palpó los amplios hombros para comprobar si eran tan fornidos como aparentaban. Y luego esa misma mano tiró del cierre automático de su chaqueta e hizo que se abriera hasta el vientre, mostrando la estimulante colección de músculos que había debajo.

Gareth la tomó por la cintura, la volvió y se inclinó sobre sus labios. Prácticamente hubo de taladrar a Miroir con los ojos y señalarle el cuello destapado para que entendiese que era su turno de acercarse y actuar. Las tomas allí alineadas presentaban una elegante disposición en forma de ola —fruto de la cirugía más exclusiva— a juego con el resto de su carísima apariencia. «Hecho para conquistar», pensó, incomodado por aquel beso. Al instante, tiró de su clavija.

 

El club estaba lleno a rebosar y seguía acudiendo público, pero entre la muchedumbre solo quedaban dos miembros poco importantes del personal de Coeursur. Em aconsejó en un descanso que no merecía la pena abusar de su suerte por ellos.

—Había un pájaro en nuestra lista, no obstante, que no se ha presentado, y habríamos jurado que acudiría volando al evento —se lamentó en el auricular—. Es… una cuestión de orgullo herido, ya sabéis.

—Es que hay tantos imitadores vuestros, y algunos tan buenos, que la gente no se fía y no se molesta en mover el culo —aportó Indra—. Los ricachones son difíciles de atraer.

—Habrá que aumentar la dosis de alpiste. Te toca, Em —dijo Erre, de manera enigmática.

—¿A mí? También me tocó la última vez, cabrito.

—Te pasa por incrustarte ese adorno tan llamativo. Volvemos a las tablas, estad atentos.

Nadie captó el significado de sus palabras hasta que reanudaron el concierto. Erre se colocó ante su cither, activó un acompañamiento en los controles de la parte superior y deslizó los dedos provistos de circuitos sobre el teclado. Em se desentendió del suyo y tomó posición en la zona central del escenario. Quienes los conocían la emprendieron a gritos histéricos, porque sabían que iban a obtener otro tipo de espectáculo junto con la música y las figuras y escenarios tridimensionales: baile en directo. Y en eso se prodigaban mucho mucho menos.

Aunque el minador rubio no se retiró el visor, no tuvo reparos en hacer exhibición de su figura atlética enfundada en blanco. Las luces bajaron. La silueta a contraluz evolucionaba con calma, hilando movimientos a partir de una melodía que evocaba inmovilidad y apatía, en raro y delicioso contraste. Fluía igual que agua, se alzaba y se dejaba caer como una pluma en el aire, digno modelo de su propia cohorte de proyecciones flotantes. Sin previo aviso, Erre disparó el volumen y el ritmo de la música y volvió a iluminar la sala. Em se detuvo. Con un ademán seco, tiró del cierre mecánico del top que llevaba y la prenda se abrió en espiral, desnudando brazos, pecho y vientre, para luego resbalar hasta sus pies.

El joven dejó de tocar el suelo. Voló durante un instante inacabable, dio una, dos vueltas completas… y aterrizó en el otro extremo de la pista. Con la espalda en llamas.

—¡Eso ya es otra cosa! —exclamó Indra a través del auricular—. ¡El legendario tatuaje led de Em ha asomado y a la gente le quedan pocas dudas sobre la identidad de nuestros artistas! Deberíais ver la cantidad de conexiones que se han establecido.

A Miroir no le hacía falta ver nada. Varios millares de luces, procedentes de otros tantos implantes de jóvenes que lo rodeaban, relampaguearon en su cerebro antes de partir para unirse a ramas mayores en la Enramada. Resultaba complicado aislarse del abrumador estallido de comunicaciones, pero él lo hizo al momento. Quería concentrarse en las lenguas de fuego que lamían el espinazo de Em, se extendían por sus costados y prendían sus abdominales. Era un placer contemplar las evoluciones de aquel cuerpo que avanzaba a saltos por el escenario, convertido en el foco del espectáculo. A cada taconazo que daba, el gráfico de una llama incendiaba el suelo con inusitado realismo, hasta que quedó encerrado dentro de un muro amarillo y rojo que habría engañado a cualquier cámara. Giró, se cubrió el rostro en un expresivo gesto para protegerse y subió a pulso por una cadena hasta una pequeña plataforma. Pequeñas llamitas seguían brotando de su torso y alimentando la enorme hoguera, que trepaba cada vez más alto en busca de su creador involuntario. Los tendones del cuello de Em resaltaron su pretendida angustia, su melena se desparramó sobre sus hombros desnudos.

La melodía se transformó radicalmente, en sincronización con el tatuaje. Los rizos de fuego viraron al verde y al azul y se metamorfosearon en diminutas olas y remolinos de agua, en espirales alzándose desde sus caderas hasta su pecho, agitándose, desbordándose… Cuando la riada de colores fríos cayó, en cascada, sobre la pira que ya amenazaba la plataforma, las lenguas rojas sufrieron una rápida agonía púrpura antes de humear y desvanecerse. Entonces Em regresó al escenario con un salto de vértigo, en medio de una columna de salpicaduras simuladas, y subió a un estrado del lateral. Bajo sus talones se materializó el casquete esférico de un planeta cubierto por océanos en su mayor parte —todos lo reconocieron, era el suyo—; en su tatuaje, alrededor de su cintura, un pájaro dorado volaba en círculos. La sección del orbe superpuesta sobre el estrado giró sobre su eje y así lo hizo el joven, incrementando su velocidad poco a poco hasta convertirse en un borrón en el que lo único visible era la estela de oro del ave.

Miroir admiraba el avatar alado de Em y el dragón de Erre, y le gustaba diseñar sus propias versiones e incluirlas en sus sesiones de sexo neural. Ante aquella coreografía era difícil resistir el deseo que siempre había acariciado de recrear sus mundos privados en una sala de proyecciones, para que más de una mente los disfrutara. Y con esa composición musical no habría podido aspirar a un acompañamiento mejor. La tentación era tan fuerte…

—Erre —llamó, en privado, al pelirrojo—, ¿sería posible que yo contribuyese? Nunca he creado imágenes fuera de… mi trabajo.

—No veo por qué no. Voy a enlazarte con Em y con los sistemas de control de gráficos. Guíalos a tu gusto.

Poco después, el ave se encolerizó. Los ledes mostraron su revoloteo violento y sus arremetidas contra las paredes delimitadas por el mismo tórax del joven, una jaula de carne y hueso. Em cumplió su papel de recipiente dolorido e hizo ver que trataba de controlar al animal, hasta que cayó de rodillas, estiró los brazos a los lados y arqueó la espalda en una pose de agonía. Un pico curvo y dorado asomó por su vientre, seguido por un par de fieros ojos disparejos. En su huida, la hermosa bestia extendió las alas y dejó atrás una estela chispeante y una nube de plumas. Algunas manos del público se alzaron para agarrarlas, tan perfecta era la ilusión de realidad que Miroir les había proporcionado.

Puede que no fuera más que una animación sacada de un tatuaje, pero llevó a los clientes del club Lesiev a un estado próximo al éxtasis. Sobre todo porque Em no se detuvo ahí sino que siguió bailando, escoltado por aquella encarnación de su avatar cuyo tamaño aumentaba paulatinamente. Si él abría los brazos, el ave lo imitaba a su espalda; si corría, se convertía en su sombra, en la cola dorada de un pequeño cometa. Crecía y crecía y, a medida que llenaba el recinto, la luz se hacía más intensa. Llegado a un punto, la bestia ascendió hasta lo alto y deslumbró a todos los que la contemplaban, como si Sannomeil hubiera resurgido de entre su capa de nubes.

El jacq no se movía, era uno más en la masa de caras abstraídas que difundían la escena por la Enramada. Por eso no se percató de la proximidad de Gareth hasta que lo tuvo encima y su nuca entró en contacto con un montón de carne desnuda. Estuvo a un pelo de perder el equilibrio. El joven más alto lo sujetó, lo forzó a volver la vista al frente y pronunció junto a su oído:

—Eres un robot, igual que estos pasmados del público, incapaz de disfrutar nada que no esté al otro extremo de un cable. Por una vez, ¿quieres mirar de verdad? Hasta su amigo pelirrojo lo está haciendo. Míralo, Miroir, utiliza esos condenados ojos grises. No es una animación ni un puñado de estrellas que se esfuman en el aire. Es un hombre. Observa lo increíble que es.

Había algo en esa voz autoritaria, algo que empujó al jacq a obedecer sin que pudiese explicar la razón. Dejó de generar imágenes, de analizar los trucos de los otros minadores, y se concentró en la danza y en la figura cubierta de sudor. Era… sólida, real. El ave y el dragón eran hermosos, sí, pero nunca engañarían a sus dedos y siempre los vería como lo que eran, meras ilusiones. En cambio, si rozaba aquellos oblicuos que se marcaban a cada inspiración…

El aliento cálido sobre su piel le erizó el vello. ¿Cómo pretendía que prestara atención al escenario, cuando lo tenía tan pegado? Gareth percibía el mundo a través de sus cinco sentidos y no concebía lo que suponía volcar los estímulos directamente en el cerebro, ni el violento choque de emociones básicas y contradictorias que se sentían al desconectar los implantes y devolver el control al cuerpo. ¿Lo habían abrazado así antes, con tanta intimidad? ¿Tan cerca? No lo recordaba.

Y había notado que sus ojos eran grises.

—¿Qué estás haciendo, Roi? ¿Por qué has abandonado nuestro espacio privado?

El mensaje privado de Ogmi se abrió camino hasta él, acompañado de los temores y todos esos mecanismos de defensa que su amigo le había enseñado a practicar a lo largo de ciclos de aislamiento. Se revolvió.

—¡Suéltame! —exigió al mercenario—. No estoy… cómodo cuando me tocan.

—¡Colegas! —interrumpió un emocionado Indra desde la unidad móvil—. ¡Adivinad quién está entrando! ¡El pez gordo de nuestra lista! ¡El miembro más joven del Consejo de Administración de Coeursur! ¡Bien hecho, rubio! Viene con dos amigos que apestan a sicarios, no la jorobéis ahora.

Ya fuese por la orden de Miroir o por la noticia del rannesio, Gareth se apartó y comenzó a dictar el plan de ataque, aunque no dejó de lanzar miradas penetrantes al jacq y de frotarse la barbilla. Fue Diann la encargada esa vez de servir de cebo al ejecutivo. Un directo de Em y Erre era una oportunidad singular, pero una mujer perfecta, dispuesta a retirarse con él a un rincón más íntimo para saltarse las leyes de la modestia, era algo único. Dejando a sus matones junto a la puerta, entró por su propio pie en el cuarto de mantenimiento, donde Miroir ya aguardaba agazapado. El intercambio sensorial al que aspiraba se tornó un sondeo unilateral de partes mucho más prosaicas de su memoria. Y mucho más confidenciales.

La operación casi se malogró debido a la aparición de las Fuerzas Consistoriales, alertadas por el tráfico masivo de datos que se registraba en el club. Por fortuna, Leracq pudo anticipar su llegada con el tiempo suficiente para que sus colegas improvisasen. Ante la falta de tiempo para sutilezas, Gareth se encargó de reducir a un guardaespaldas y Aqivole del otro. Miroir aceleró el proceso, suprimió cualquier rastro de la incursión en su blanco y en los dos que acababan de arrastrar al cuarto y dejó que los devolviesen a la sala. En cuanto a Em y Erre, renunciaron al final grandioso de su número y se escabulleron antes de que los fautores asomaran las narices.

A pesar del colofón poco lucido, podía decirse que el evento había sido un éxito. Erre, al menos, exhibía una sonrisa satisfecha: el enlace con Miroir le había servido para averiguar cierta información muy reveladora.

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La base del sótano se llenó aquella madrugada. A excepción de Aqivole, que dormía el sueño de los justos, todos los demás se reunieron en torno a la unidad de almacenaje donde Miroir había volcado los datos sustraídos. Las peticiones de Ogmi para esperar a la mañana siguiente y que su amigo descansara un poco fueron rechazadas con cortesía.

Clasificar y dar forma a recuerdos robados era una técnica cuyos resultados variaban según quienes la practicaran. En el caso del jacq, se trataba de una monumental colección de imágenes y pensamientos traducidos a audio o texto que dependían, en gran medida, de su interpretación personal. Aun así, había mucho material nítido y legible para revisar.

—No está mal, no está nada mal —afirmó Em—. Ahora ya sabemos por qué nuestro jacq es el número uno indiscutible. Y la mayoría de los blancos aportan cosas útiles. He ahí la localización del legendario módulo búnker donde Coeursur, efectivamente, almacena sus archivos. Qué cabrones… No está en un nivel subterráneo, sino camuflado en el corazón del edificio, entre conductos de ventilación, el sistema de acondicionamiento y la estación eléctrica. Lo que no me ha quedado claro es qué guardan allí. Sus patentes y sus investigaciones en curso, por descontado, pero…

—A menos que vayamos a colarnos ahora, en plan suicida, yo voto por dormir y analizar todo esto en unas horitas. —Indra remarcó su petición con un bostezo—. Mi cerebro privilegiado necesita su descanso.

—¿Qué es esto? —preguntó Erre—. En este punto de la grabación se produce un salto entre imágenes, como si se hubieran suprimido algunas.

—Yo no he borrado nada —replicó Miroir, siempre a la defensiva.

—A lo mejor la unidad de almacenaje tiene algún sector defectuoso. Venga, tíos, en serio, me muero por planchar la oreja.

—A lo mejor. De acuerdo, continuaremos luego.

—Roi y yo nos v-volvemos a casa.

—¿En serio? —se extrañó Gareth—. ¿Dices que quieres llevarte a tu chico a descansar y, en vez de quedaros por aquí, os vais a pegar la paliza hasta vuestra barraca?

—T-tengo el levi cerca. Nuenas boches.

El minador se subió la capucha impermeable sobre su cabellera azul y precedió al jacq por las escaleras. Para sorpresa de ambos, Em y Erre los siguieron hasta la calle.

—Creía que vuestro apartamento estaba en e-este bloque.

—Lo está, lo está, pero un poco de aire fresco antes de acostarse es muy saludable —adujo el sonriente rubio. Dado que el frío helaba hasta los huesos y había empezado a lloviznar, su afirmación no sonó demasiado creíble.

—Lástima que la unidad estuviera defectuosa. Una extraña circunstancia, si tenemos en cuenta que era nueva. —Erre fue al grano—. ¿Seguro que no se borró nada por accidente, Miroir?

—Si me estás acusando de quedarme con información aposta…

—No te acuso de nada. Solo digo que quizá hayas encontrado algo en Coeursur que desees quedarte para ti. ¿Qué intereses puede albergar un jacq en una corporación farmacéutica?

—Ninguno en absoluto. ¿Y qué intereses pueden albergar un par de… de artistas para que os preocupen tanto unas imágenes corruptas?

—Oh, los tenemos, hablaremos de ellos en su momento. Nosotros lo admitimos, ¿ves? ¿Por qué no haces lo mismo, ahora que no están los demás? Seremos discretos. Entendemos que, para alguien como tú, debe ser natural intentar esconder cosas que atañan a tu… condición especial.

—Mi condición… ¿Qué quieres decir?

—Pude echar un vistazo cuando te enlazaste con nuestros sistemas durante la actuación. El tuyo es el módulo neural más jodidamente increíble que he visto en este continente.

—¿¡Qué has hecho, Roi!? —Un Ogmi enfurecido resonó en su espacio cerebral—. ¿Cómo has sido tan estúpido, tan descuidado? ¿Es que no te he enseñado nada?

—Una tecnología así no se encuentra en el mercado negro, y dudo que el sector privado esté metido en algo tan sofisticado e ilegal —continuó el pelirrojo, con despreocupación—. Y esa cautela extrema que os impulsa a vivir en una zona de ramas muertas… ¿Quién eres? ¿Un prototipo gubernamental a la fuga?

Durante unos instantes solo se escucharon los sonidos de la lluvia y el viento. Una voz dura, procedente de la esquina más cercana, se elevó sobre ellos. Era Gareth.

—Sí, a mí también me interesa saberlo. ¿Qué diablos eres tú?

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