«Las ramas muertas de Nakahel» – Capítulo 4

4

 

Servidor ilegal

Espacio que ofrece contenidos no autorizados por el nodo central gubernamental. El término no es exacto, ya que sus operadores no siempre cuentan con un servidor físico sino que, a veces, se valen de uno público o privado a través del cual actúan. Los servidores ilegales se activan de forma imprevisible para no ser interceptados, y ofrecen noticias, programas de opinión y espectáculos. También suelen ser una plataforma para anunciar eventos relámpago, actividades multitudinarias que se celebran en la Enramada o en el mundo físico. Se caracterizan porque congregan cantidades masivas de asistentes con un tiempo de difusión mínimo y pueden colapsar las infraestructuras de ambos entornos.

 

—¡Al fin un descanso! Agarra esto, Miroir, no me apetece clavármela en el culo.

El jacq estudió la funda con el arma mecánica que Gareth sostenía delante de sus narices. Sus pupilas se dilataron frente a aquel instrumento, no por anacrónico menos letal. Nunca había tenido una en las manos, y la certeza de que estaba diseñada para matar, en contraste con los PEM o las pistolas de electrochoque, conseguía incomodarlo. Ante el rostro vacío y la falta de respuesta del joven, el mercenario gritó el nombre de Aqivole y lanzó el arma por los aires. Realizó un certero aterrizaje en la manaza derecha del hombretón, quien la colocó sobre la mesa del centro y volvió al estado catatónico que había mantenido antes de la maniobra. El enorme proscrito rapado era un ser de contrastes, tan capaz de pasarse horas con la atención fija en un punto de la pared como de desplegar unos reflejos envidiables, o bien de ejecutar las tareas de armero y técnico más especializadas. Miroir se preguntó qué debía cruzar aquella gran cabeza ilegible para él, si algo lo hacía en absoluto.

—¿Ya estás por ahí, de rama en rama? —se burló Gareth, haciendo referencia a la tendencia de los implantados a quedarse en trance mientras se movían por la Enramada.

—No es cierto —protestó el jacq—. Es solo que no me gustan ese tipo de armas ni quiero tener nada que ver con ellas. Son… ilegales y sangrientas.

—Sí, claro, porque el resto de lo que hacemos aquí es de ciudadanos modelo.

—Las electrónicas no tienen nada de malo. No veo la utilidad de meterle un proyectil en el cuerpo a la gente cuando existe la posibilidad de aturdirlos.

—Las electrónicas matan igual de bien después de pasar por las manos de Qivo. Además, en las zonas de ramas muertas no sirven, por no hablar de que muchas de ellas no afectan a los de mi clase, ya lo sabes. Prefiero pasarme de precavido y no dejar nada al azar, señor jacq. ¿O es la sangre lo que te repugna? —Sus ojos brillaron al notar la aversión en los del otro—. No te hagas el moralista. ¿Acaso tú has pasado por la vida sin causar algún que otro aneurisma?

—Nunca he usado mis habilidades para acabar con nadie —siseó Miroir. A un pelo estuvo de añadir «que yo recuerde».

—Bien por ti y por tu trabajo pacífico y gratificante. Yo no puedo permitirme ser tan escrupuloso en el mío.

El joven moreno gruñó por lo bajo, autocompadeciéndose por el eterno conflicto que suponía dialogar con aquel tipo. Al menos ya se habían cerciorado de que eran quienes decían ser. Ogmi había seguido su pista y disfrutaban de buena reputación en su pequeño gremio de soldados de fortuna. En tanto todo el mundo hiciera su trabajo y la paga fuese puntual, se podría confiar en ellos.

No pudo evitar —¿no era absurdo, con su profesión?— un bufido silencioso por la falta de decoro que mostraban los dos líderes en público. Tras ducharse, Gareth se había enfundado unos pantalones ajustados hasta las rodillas —y nada más— y se había repantigado en la silla contigua a la suya, a consultar en un viejo terminal algunos datos que le habían pasado sus hombres. Su observador volvió a censurar en su fuero interno esas piezas de tecnología anticuada, cuando disponían de otras más razonables y discretas como los visores con pantalla integrada, que podían pasar por unas simples gafas. El líder masculino del grupo se negaba a emplearlas a menos que fuera indispensable, pretextando que prefería conservar su visión periférica. Se habría podido decir, siguió pensando Miroir, que se complacía en estar lo más desfasado posible.

Tampoco dejó de notar su melena húmeda sobre los hombros, suelta por primera vez, ni sus ojos avellana que refulgían en verde bajo la luz. Ni el incivilizado vello que insistía en no depilarse, ni sus…

Se maldijo con saña. De nuevo estaba mirando fijamente.

Esperaba que su compañera no se hubiese dado cuenta. Diann, también recién salida de la ducha, tomó asiento tras Gareth y se dedicó a domar su pelo en uno de esos complicados y artísticos trenzados, lanzando el ocasional vistazo a la pantalla por encima de su hombro. El mercenario se dejó hacer con toda naturalidad. Miroir ya sospechaba que el estilismo era cosa de ella —así como los rapados de Aqivole— pero no lo había presenciado hasta entonces, y la intimidad con que se tocaban no le dejaba dudas respecto al tipo de relación que mantenían. Se envaró en la silla. En el aséptico mundo del sexo neural, el contacto físico era una práctica anecdótica e improcedente. La inmensa mayoría de la población, incluso, recurría a médicos genetistas e incubadoras para tener los pocos hijos que las regulaciones sobre control de natalidad permitían. Él y Ogmi, sin ir más lejos, no se rozaban apenas; estos dos, en cambio…

La repentina conciencia de que no poseían implantes y, por lo tanto, no contaban más que con una vía para intimar, tomó al asalto su imaginación. La rigidez de su postura se incrementó.

—¿Qué te pasa, flaco? —El tono de Diann hizo que se sobresaltara—. Te has quedado pasmado. No querrás que me ocupe también de esa maraña morena tuya.

—¡No! —exclamó, con excesiva vehemencia—. No necesito algo tan enrevesado.

—Es mejor que tener greñas bailándote ante la cara en medio de una misión. Claro que a ti te da lo mismo, ¿eh? Trabajas cómodamente tumbado…

—Ya no —intervino Gareth, atajando de antemano una de esas disputas que debía considerar su derecho exclusivo—. Más te vale empezar a ponerte en forma, Miroir. Aún no sabemos cómo abordar la incursión a la farmacéutica y nunca se sabe, quizá tengas que usar algo más que la mollera. Los tíos de los cables tenéis muy poca resistencia.

—Camino cada día para llegar a Nakahel, no soy ningún pusilánime.

—Pues yo te veo igual de flaco que los demás —opinó la mujer.

—Si tú tuvieras que depender de las antirrechazo, tampoco tendrías esos abdominales —se indignó el jacq.

—Ah, ¿te has fijado en ellos? ¿Y en qué más? ¿En los de Gareth? Porque te pasas los ratos muertos comiéndotelo con los ojos.

—¡No es cierto! ¡Yo jamás…!

Cuando ya lo quemaba la mirada especulativa del mercenario, la puerta se abrió, dando paso a su amigo y a los otros dos minadores. Casi suspiró de alivio.

—Eh, colegas, ¿qué tal? —los saludó su jefe—. ¿Alguna novedad en Coeursur?

—No mucho —respondió Indra, tomando asiento a su lado—. Hemos estado comprobando si los planos de la memoria se correspondían con el edificio para determinar su fiabilidad. En el exterior son exactos, verificamos todas las entradas físicas y los conductos por donde pasa el cableado. Luego desplazamos la unidad móvil e hicimos un chequeo discreto de las comunicaciones de la compañía; poca cosa, nuestro equipo no da para más y no queremos que nos detecten. Te he dicho cien veces que hay que invertir en material y en programas de…

—Sí, ya sé —lo interrumpió Gareth, antes de que la emprendiera con los lloriqueos. La unidad móvil era un levi equipado para realizar tareas de espionaje e infiltración de sistemas informáticos. Indra aprovechaba cada pequeña oportunidad para quejarse de su insuficiencia—. ¿Movimientos inusuales?

—Nada. También hemos taladrado los canales de comunicación privados de d’Xortore. Si sospecha en lo más mínimo que han accedido a su pequeño secreto, debe ser el cabroncete más discreto del mundo, porque no ha movido un dedo. Creemos que no lo sabe. Lo confirmaremos cuando vuelva a tirarse a alguna putita del burdel…, sin ánimo de ofender, Miroir.

Por supuesto, este se ofendió. Ogmi acudió en su defensa.

—No sé qué concepto tenéis de un jacq. Son tan b-buenos minadores como nosotros y hay campos en los que nos sobrepasan. Te recuerdo que fue él quien nos brindó la única pista que hemos c-conseguido hasta ahora.

—Que te abran el acceso a una cama virtual y a un cerebro para hacerle cosquillitas es jugar con ventaja, ¿no? —ironizó Diann.

«Ábrele tú el acceso a tu entrepierna y extráele la información a base de cosquillas en la p…». Miroir no llegó a pronunciar la frase en voz alta, si bien sonó muy nítida en el espacio privado que compartían los implantados. Hasta Leracq levantó una ceja. Dado que Gareth se había acostumbrado a leer las expresiones —pues no tenía capacidad de hacer lo propio con los pensamientos—, llevó la conversación por otros derroteros.

—Nuestro amigo Ogmi tiene razón, reconozco que eso de meterse en su mente y averiguar la contraseña me sorprendió. Lo que no llegué a seguir fue tu razonamiento del logo de la compañía de levis que se reflejaba en un espejo y demás paranoias de enchufados. ¿Por qué no te colaste en su memoria, buscaste, qué se yo, una especie de fichero llamado Contraseñas y la sacaste de ahí? Y no hace falta que me lances esa ojeada condescendiente, solo soy un pobre ignorante con ganas de aprender.

—En realidad no es así de s-sencillo, Gareth. Cuando el blanco está consciente…

—¿Por qué quieres saberlo? No lo entenderías —se inmiscuyó el jacq.

—Porque me encanta oír tu voz. —Esa media sonrisa cínica que tanto lo irritaba… Los ojos grises se convirtieron en dos ranuras airadas—. Tú mismo. Si no me vas a enseñar, esperemos que los nuevos minadores sean más amables y nos desvelen tus trucos. Y por cierto, Leracq, ¿qué tal tus gestiones para contratarlos?

—Estoy en ello. No es fácil quedar con dos tipos a los que las Fuerzas Consistoriales les pisan los talones, y menos con los pocos datos que les di.

—Les soplaste toda la pasta que van a trincar, ¿no?

—Se dice que tienen otras motivaciones aparte del dinero.

—P-perdonad, no habéis compartido el dato con nosotros. ¿De quién estamos exando hablactamente?

Diann e Indra rieron por lo bajo. En cuanto a Gareth, tomó nota del característico ceño protector de Miroir y respondió, muy calmado:

—De un par que hasta dos cachos de carne como Diann y yo conocemos: Em y Erre.

—Esa erre más vibrante, sire, al estilo rannesio. —Indra ahuecó el plumaje, todo orgulloso—. Con ese nombre, siempre he pensado que debe ser paisano mío, aunque sus avatares suelen ser paliduchos. Menuda cara se os ha quedado, chicos.

No había acuerdo sobre si Em y Erre podían considerarse los mejores minadores de Salla, pero sin duda eran los más famosos. Husmeaban en las ramas más recónditas de la Enramada, sustraían secretos, destapaban pequeños escándalos —nunca nada trascendental— e iban dejando a su paso una colección de archivos con contenidos de todo tipo —útiles o recreativos—, siempre firmados con algún avatar simplificado de su extensa colección. Puesto que contaban, además, con una legión de imitadores, la tarea de identificar sus actividades genuinas entre las que les atribuían era casi imposible. Por no hablar de sus auténticos rostros; gracias a sus habilidades, cortaban de raíz cualquier plan de difundir una imagen suya. Poco se sabía de ellos fuera del Árbol.

El dúo poseía otra capacidad que los hacía destacar sobre los demás: la de congregar a las masas, ya fuese en el mundo virtual o en el material. Y en este último, el mérito era mayor. Derrotaba a la combinación formada por los implantes, que ofrecían acceso a cuanto se precisaba sin tener que mover un dedo, y las drogas antirrechazo, que estimulaban la desidia y la lasitud. Sus míticos eventos relámpago, organizados en clubs a lo largo del continente y en servidores de la Enramada, se anunciaban sobre la marcha y con la misma celeridad se abarrotaban, aunque en numerosas ocasiones los autores fuesen meros impostores.

—¿Em y Erre? —preguntó Miroir—. Estáis de broma. ¿Cómo vais a conseguirlos?

—Tenemos nuestros contactos.

—No… no creo que s-sea una buena idea. —Ogmi parecía más preocupado que asombrado—. Llamarán la atención inne… inne… innecesariamente y, por lo que sabemos, son más comediantes que profesionales. Gareth, ¿sabe nuestro patrono q-que quieres meterlos en esto?

—No han aceptado aún, ¿para qué rendir cuentas? De todas formas, insistiremos. Leracq es un estupendo cazador de cabezas. Si él dice que son buenos, yo le creo.

—Ogmi también tiene instinto para juzgar las capacidades de la gente —señaló un desafiante Miroir.

—Tú siempre tienes que decir la última palabra, ¿eh, señor jacq? —El mercenario estiró las piernas y se pasó por milésima vez el pulgar por el mentón.

—Los flacos y sus piques —opinó Diann—. A lo mejor los nuevos tienen miedo de la competencia. Maldito Dragón, Gareth, qué manía de sobarte la barbilla te ha entrado. —La mujer se inclinó para examinar la zona—. Vaya, quién lo diría, tienes una cicatriz. Y es muy vieja… ¿Cómo es que nunca la había notado?

—¿Mmm? No recuerdo cuándo me la hice. ¿Ya no te pongo caliente porque soy defectuoso?

Se puso en pie y se acarició el cuero cabelludo, tirante por el nuevo peinado. Miroir reparó en que la chica había tejido un abanico desigual de pequeñas trenzas que desembocaban en una mucho más gruesa en la base del cráneo; una estilizada y artística representación del Árbol. Bajó los ojos hasta aquella nuca lisa y se la imaginó, sin saber por qué, lacerada por un sistema robótico de cirugía. Visualizó las pequeñas incisiones, las gotas de sangre deslizándose entre sus omóplatos, como una cosecha de roja savia del Dragón ofrecida en el altar de su espalda…

Ya fuese presagio o pura fantasía, la sensación fue tan intensa que todos los minadores captaron proyecciones residuales en sus mentes. El joven se sacudió con violencia, pasó al modo hermético y corrió a la calle. No tenía ánimos para dar explicaciones.

separador-nakahel

Estaba sentado en el vagón de un maglev, acompañado de aquel rannesio zorruno cuyos ojos se iban tras los escotes y con un tapón insertado en una de sus tomas. Fuera tronaba una bestial tormenta eléctrica y Ogmi se había quedado en Nakahel, tras advertirle varias veces que no abandonara su refugio para hacer esa escapada. En resumen, una noche redonda.

La utilidad de los tapones contrastaba con la del objeto cuyo nombre usurpaban, pues facilitaban a una fuente remota conectar con quien los llevara puestos. No igualaban la eficacia de los cables, pero ningún minador con experiencia habría usado uno —abriéndole puertas a desconocidos para invadir su cerebro— sin un buen motivo. El problema era que alguien les había dejado un paquete que contenía varios de esos pequeños aparatitos en el antro donde se reunían, junto con algunos auriculares convencionales. Ese alguien, la fuente remota, se había comunicado acto seguido con Leracq en un servidor público, ofreciéndole instrucciones precisas para celebrar un encuentro. La firma pertenecía al repertorio de iconos de Em y Erre; los intentos de rastrear la procedencia del mensaje habían sido ineficaces.

Las reglas eran las siguientes: el grupo al completo tenía que usar los tapones —salvo los no equipados para ello—, hacer un recorrido de larga distancia en una de las líneas de maglev, cruzar una concurrida y vigilada área donde se celebraba un mercado al aire libre y presentarse en un conocido club de Branche, donde tendría lugar la entrevista. Y todo ello sin jugar sucio. El propósito, suponían, no debía ser otro que probar sus habilidades antes de aceptar cualquier trato. Ogmi manifestó sus reparos. Primero quiso saber de qué recursos disponían los mercenarios para salir bien parados del paseo y, cuando le demostraron que estaban preparados para esas eventualidades, se centró en los tapones. Ni él ni Miroir, dijo, llevarían esos artilugios de origen desconocido.

Aquella tarde, Ogmi había caído en otro de sus episodios de somnolencia y se había quedado en el sótano. Cuando ocurrían, el jacq se limitaba a dejarlo en paz y a cerrar la casa. Habría debido permanecer con él, pero la ocasión era demasiado importante para permitir que los otros se hicieran cargo sin ellos. Tenía que ver a los desconocidos antes de decidir si eran apropiados, para lo cual era necesario desobedecer a su amigo y someterse a la imposición del tapón.

Tras presentarse solo en el punto de encuentro, la estación de maglev más próxima, el líder estableció el plan a seguir. Para burlar los escaneos de seguridad, los miembros sin implantes contarían con maquillaje prostético para las nucas y con dispositivos portátiles programados con identidades ánima. En cuanto a los diminutos auriculares, los llevarían en el oído o, en el caso del rannesio, colgando de su oreja perforada. Con vistas a no resaltar excesivamente entre la multitud, se dividirían: Gareth iría con Leracq y Diann seguiría a Indra y Miroir a una distancia prudencial. Aqivole no los acompañaría. Los minadores hicieron una comprobación extra de sus defensas, se insertaron con reluctancia los tapones y tomaron dos vagones diferentes. El jacq contuvo la respiración mientras la mujer atravesaba las puertas correderas, esperando que el escáner detectara alguna anormalidad. No ocurrió nada. Los dispositivos funcionaban.

Así que allí estaba, apartándose la capucha empapada del abrigo y sintiéndose de lo más incómodo con una pieza obsoleta de tecnología apretándole el tímpano. ¿Quién usaba auriculares en aquellos tiempos? Por si fuera poco, su compañero lo miraba con insistencia. Intuía que pronto iniciaría una conversación incómoda.

—¿Por qué no ha venido tu amiguito de pelo azul? —preguntó, en efecto, Indra—. O mejor, ¿por qué estás tú aquí? Creía que los tapones no os iban en absoluto. ¿Será verdad lo que dice Diann, que a los jacqes os gusta tener todos los agujeros ocupados? —Como la única respuesta que obtuvo fue un intenso apuñalamiento visual, insistió—. Vale, retiro lo dicho, los colegas hemos de llevarnos bien. Y tenemos más en común entre nosotros que con los jefes. En serio, ¿por qué no ha venido Ogmi?

—No es asunto tuyo —gruñó al fin el joven.

—Me extraña, no se separa de ti ni de noche ni de día. Mira, otro de esos dichos que ya no tienen razón de ser. —Rio su propia ocurrencia y continuó—. Esas rarezas suyas al hablar… Sufre el Síndrome de Rechazo, ¿no? Será un buen minador, pero es duro cargar con un S.R., chico. Ahí está Aqivole, el mimado de Gareth y Diann. Admito que pelea decentemente y tiene su utilidad con las armas. Ahora bien, ¿te fiarías de semejante mole si se descontrolara? Bueno, los cachos de carne se apoyan entre ellos, no se podría esperar otra cosa.

Miroir se revolvió. Por mucho que compartiera esa opinión, Ogmi era su único amigo en el mundo. No podía consentir que nadie lo considerase una carga, y menos aquel rannesio de ojos astutos bajo los párpados caídos. ¿Qué se creía, atreviéndose a criticar así a sus propios compañeros?

Dado que el tapón insertado en su cuerpo no le permitía pasar a hermético, debía rechazar el continuo aluvión de firmas corporativas y anuncios del Consistorio que trataban de ejecutarse en su espacio cerebral —algo que siempre ocurría en los lugares públicos—. De repente, el logo de un famoso servidor ilegal, Visssco, destelló sobre todos los demás. Merecía la pena hacerle caso, ya que generalmente ofrecía información jugosa. Levantando sus defensas, cerró los ojos y permitió que las imágenes se desplegaran en su mente.

—¡Eeeh! ¡Colegas de cables, la lucha por drogas buenas, bonitas y baratas sigue! —Un avatar humanoide, mitad criatura marina, provisto de una cola traslúcida que envolvía su figura, nadaba en un tanque de líquido ambarino, el color de las antirrechazo. Poseía unos ojos amarillos enormes y de su boca surgían burbujas iridiscentes que, al flotar fuera de su elemento, encapsulaban diferentes archivos de vídeo. Y la temática principal era la compañía Pharmracin—. Se cuenta, se dice, se rumorea que la nueva y flamante presidente, Harpe d’Ana, ha recibido un ultimátum del consejero de Salud Pública para que renuncie a sus planes de abaratar nuestros queridos chutes. ¿Qué digo «se rumorea»? ¡Tenemos una «peli»!

La criatura híbrida se alzó hasta el borde del tanque, se colgó de una pared con sus manos membranosas y señaló una de las burbujas, que se amplió para mostrar una discusión entre un hombre y una mujer. La habían captado desde lejos, a través de una ventana abierta, y apenas duraba unos instantes. Carecía de audio, circunstancia que no amilanó al estrambótico locutor, el cual adoptó una voz aflautada e imitó a los dos personajes, pretendiendo que proferían insultos chabacanos.

—De acuerdo, tíos, eso no ha sido muy concluyente, pero ¿qué me decís de esto? —La esfera estalló y fue sustituida en primer plano por otra de la misma dama, solo que mucho más nítida. La presidente d’Ana era una mujer aún joven. Llevaba el cabello moreno recogido en una pulcra cola de tirabuzones que caían sobre su clavícula izquierda, y su despejada oreja derecha lucía varias perforaciones de las que pendían adornos plateados. Era bella, aunque distante, y no hacía gala de mucha expresividad al hablar en público—. Agarraos: es una declaración de nuestra «prota» a un periodista independiente que, por supuesto, no pasó la censura de los «queridos» políticos. ¡Y alguien fue tan amable que la mangó y nos la envió! ¡Gracias, compadre, te debemos una! Aquí tenéis… ¡en exclusiva!

—En Pharmracin, el bienestar de las personas ha sido siempre nuestra principal preocupación —proclamó el rostro de d’Ana desde el orbe que lo contenía—. Como recordará, el hermano de mi padre, y su predecesor en la presidencia de nuestra compañía, fue víctima del Síndrome de Rechazo Protésico. Desde su fallecimiento nos hemos esmerado por perfeccionar nuestro producto. Sin embargo, nuestra tarea se volverá inviable si el gobierno no modifica su política de implantes. Un paso crucial es dar vía libre a la investigación a nivel genético, para conseguir que nuestros organismos no dependan de tratamientos inmunodepresores.

»Piense que vamos contra nuestros propios intereses al proponer esta línea de actuación. Las corporaciones, juzgarán acertadamente, no se crean con objetivos altruistas sino para obtener beneficios. Bien, pues quiero decirle que el tiempo de cerrar los ojos y obedecer a ciegas al sistema ya ha pasado. El problema nos concierne a todos, a usted, a mí y a nuestros hijos, y cuando nuestra supervivencia está en juego, el dinero pasa a ser una cuestión trivial. Casos tan trágicos como el de mi tío se repiten con más y más frecuencia. Las dosis de antirrechazo requeridas para obtener los mismos resultados se incrementan gradualmente y, por consiguiente, se multiplican los nocivos efectos secundarios que…

La emisión fue bruscamente interrumpida. En su lugar brotó y se ramificó el logo del árbol sagrado, señal de que el Consistorio estaba detrás de la maniobra. La gran mayoría de los viajeros del vagón abrieron los ojos y comentaron con diversos grados de indignación la noticia, Indra incluido.

—Sí que han tardado en interceptarlos —se asombró—. Y tienen toda la razón. Yo no lo he notado aún porque no llevo los cables desde que era un mocoso, pero Leracq se mete cada vez más. ¿Y tú?

Miroir no se sentía cómodo parloteando con el minador de piel tostada. Lo cierto era que él no había experimentado cambios, y quizá por eso Celestin se mostraba más benévolo cuando le suministraba sus viales. En cualquier caso, tampoco tuvo oportunidad de meter baza, ya que un nuevo par de logos volvieron a descollar entre la publicidad legítima: un ave dorada y un escurridizo dragón de color cobre. Los más populares en el arsenal de Em y Erre.

La algazara general reveló que todo el vagón había recibido el mensaje.

—Esos dos anuncian un evento en el club donde nos han citado —susurró Indra, cerciorándose de que Diann se enterara a través de su auricular—. No es una casualidad y no creo que sean imitadores. Lo que pretenden es llenarlo de gente para ponernos las cosas difíciles, ya sabes, por si quisiéramos pasarnos de listos.

Resultó que no solo los pasajeros del maglev estaban al tanto del acontecimiento; cuadrillas de jóvenes subieron en todas las estaciones, colonizando el vehículo hasta que no quedó un hueco libre. A Miroir, que siempre rehuía las multitudes, le supuso un mal trago el trayecto en aquel vagón abarrotado. Si bien era fácil para él rechazar las esporádicas tentativas de taladrar sus defensas, el contacto físico era otra cosa. Respiró aliviado cuando volvieron a estar a merced de la tormenta, rezagados tras la marea humana que los precedía en su camino al club.

Con las aglomeraciones se incrementaban los controles. Por suerte, como todo había ocurrido deprisa, las Fuerzas Consistoriales apenas se movilizaron y los mercenarios pudieron cruzar los escáneres del mercado sin ser descubiertos. Docenas de filas de puestos se extendían de un extremo a otro del recinto al aire libre, resguardados por corredores desmontables que amplificaban el sonido de la lluvia. Los aromas que llegaban de los tenderetes de comida eran tan deliciosos —los cocineros y los químicos habían de esmerarse si querían captar clientes en una sociedad tan inapetente— que hasta su estómago cerrado brincó con expectación. A lo lejos distinguió la alta silueta de Gareth, caminando con fingida naturalidad e ignorando los manjares recién preparados. Si él y su armazón de músculos los encontraban apetecibles, sabían disimularlo muy bien.

Los láseres que servían de reclamo del club destellaron ante sus ojos y los de sus cuatro acompañantes, reunidos al fin. Era una nave inmensa. Media docena de vigilantes —seguramente armados— protegían la entrada del rebaño de hombres y mujeres que hacían cola. En cuanto comenzaron la búsqueda de accesos alternativos, una voz artificial ordenó a través de sus auriculares:

—Reja de la parte trasera. Segunda ventana a la derecha.

Todos buscaron el visto bueno del líder. Este se encaminó al lugar indicado sin decir una palabra, seguido por sus hombres… y Miroir.

—Detecto cámaras por todo el perímetro —dijo Leracq en su espacio privado—. Aunque pertenezcan al local, es muy probable que esos dos las estén controlando y no sirva de nada tratar de minarlas.

—Aun así, intentémoslo —afirmó el rannesio. A continuación se conectó a su equipo portátil y fue localizando y manipulando las grabaciones—. Que vean que no somos principiantes.

La reja era de malla y tenía la altura de un piso. Diann trepó con soltura envidiable, como si su cuerpo no obedeciera las leyes de la física y el Dragón del subsuelo no tirara de él. Leracq la siguió después de comprobar que todo estaba despejado, y luego Indra. Gareth se quedó atrás.

—Disculpe si le agarro el culo con contundencia, señor jacq. Mi única intención es ayudarlo a subir —musitó con sorna.

—¡Puedo hacerlo por mí mismo! —exclamó Miroir, aferrándose a la estructura metálica.

Aunque no estaba acostumbrado a ese tipo de ejercicio, se las arregló para alcanzar la parte superior. En el tiempo que le tomó maniobrar para colocarse a horcajadas, Gareth completó el mismo recorrido y aterrizó al otro lado. Su gesto burlón de estirar los brazos para recogerlo volvió a azuzar su amor propio. Se descolgó y se dejó caer al suelo, protagonizando el salto más elevado que recordaba. «Un flaco con buenas piernas, quién lo diría», comentó la mujer.

La segunda ventana a la derecha disponía de un amplio alféizar pero no de una piadosa verja, cable o cualquier otro medio que la hiciera más accesible. Los líderes dispararon sendos lanzadores de ganchos y se impulsaron hacia ella con los mecanismos de recogida de los cables. Tras forzar la cerradura, los dejaron caer para que sus hombres los imitaran. Miroir esperó allá abajo durante un momento que le pareció interminable y, cuando el artefacto descendió de nuevo, se encontró en las manos un producto de la tecnología que nunca había esperado emplear, salvo en su mente. Por la manera en que lo miraba, se habría dicho que aquel cabrito con el Árbol trenzado en el cráneo lo estaba probando. Un apretón de dientes y un tirón vertiginoso más tarde, el joven atravesó la ventana y fue llevado en volandas hasta la puerta de la habitación de mantenimiento por donde se habían colado. El ruido y la luz se multiplicaron por cien al cruzar el umbral.

La estancia principal era una gigantesca sala diáfana de exhibiciones tridimensionales, con un soberbio sistema de sonido y un escenario. Estaba diseñada para proyectar imágenes de todo tipo en sus pantallas planas, en una cúpula semiesférica y en medios gaseosos, e incluso generaba escenas móviles en cualquier punto de su espacio. Aunque los implantes no eran necesarios para disfrutar la experiencia, no se podía discutir que la mejoraban, ya que permitían añadir sentidos extras a los básicos de la vista y el oído. Una riada de jóvenes llevaban tapones como los suyos y lo hacían no por obligación, sino por placer. Por placer aceptaban los que les ofrecían en la entrada, dando a los artífices del espectáculo acceso libre a su cerebro, e iban de un lado a otro con expresiones alucinadas, mirándolo todo con otros ojos y alargando las manos para acariciar las figuras que se formaban y desvanecían en el aire. Un sistema sencillo —y arriesgado— para colocarse.

Miroir y los otros eran minadores expertos y sabían protegerse de ese tipo de manipulaciones. La protagonista del número principal del momento era una imagen tridimensional que rozaba el techo, una muchacha desnuda tan exquisita como una diosa naciendo de la espuma. A pesar de que no hacía concesiones a la modestia, tampoco revelaba nada, pues un larguísimo dragón de color amatista serpenteaba en torno a sus curvas, ciñendo y elevando sus pechos y deslizándose perezosamente entre sus piernas. El ser mitológico era espectacular. Cada rasgo y cada escama relucían con deslumbrante definición: los ojos de pupilas verticales, los marcados orificios nasales, las garras afiladas y casi transparentes. En una de sus lascivas ondulaciones, la cabeza fue a descansar justo en el pubis de la mujer, mientras que la cola se balanceó sobre la multitud. Algunos estiraron los brazos y aullaron al sentir su dureza y suavidad bajo las yemas de los dedos, efecto de las falsas impresiones táctiles inducidas por los tapones. Otros, que carecían del dispositivo o quizá eran más prácticos, se contentaban con observar las evoluciones de la pareja. Un gran número de mandíbulas cayeron cuando el largo apéndice dragontino dejó de dar bandazos sobre el público, se acomodó entre los muslos de su percha femenina y se introdujo, despacio, dentro de ella, arrancando algunos gemidos de sus labios virtuales; el tipo de susurro que erizaba el vello… y otras partes de la anatomía.

El jacq seguía la escena con el rostro desapasionado de un maestro. Aunque valoraba el diseño de la criatura —muy en la línea de Em y Erre, tenía que admitir—, no había nada en el resto que no pudiese reproducir y mejorar. A excepción, claro estaba, de la música. Nadie se equiparaba a ellos en creatividad musical, y los pocos indiferentes al contenido erótico y al diseño acababan rindiéndose a la melodía. Era fácil comprender la fuerza de su poder de convocatoria.

A tenor de su estado de alerta permanente, Gareth y Diann se contaban entre el puñado de insensibles a todo. El primero andaba perdido entre el gentío. La mercenaria se había plantado en la esquina más apropiada para otear el horizonte, cerca de Indra y Miroir, con la ocasional interrupción de un moscón o moscona salidos a los que debía ahuyentar.

—Menudo montón de flacos carroñeros —bufó—. Espero que esos dos frikis estén aquí porque, si no, me cabrearé de verdad.

—Tranquila, jefa, déjate ver y aparecerán —aseguró el minador de piel oscura—. Si tú no los haces salir con ese cuerpazo, nadie lo hará.

—A lo mejor no les gustan las tomas, sino las clavijas —masculló ella, sin dejar de vigilar los alrededores.

—Ya sabes lo que pasa con los frikis: que todos, todos, tienen tomas y clavijas, sin distinción, y no les importa echar mano de unas u otras.

—¿Ah, sí? Pues ahí tienes a Miroir. Ni ha levantado una ceja cuando ese bicho ha empezado a tirarse a la chica gigante.

—Eso es porque en su trabajo hace numeritos mucho peores, esto no es nada para él. Por si te interesa, Diann, a mí solo me gustan… las tomas. Y puedo demostrarte lo bien que se me dan cuando te apetezca.

El gesto insinuante que acompañó a estas palabras no dio lugar a dudas sobre sus intenciones. La mujer le dedicó media sonrisa desagradable.

—Ya te he dicho muchas veces que yo no follo con flacos, Indra. En la nuca no estoy equipada y entre las piernas… no estáis equipados vosotros. Todavía no he conocido a uno que pudiera seguirme el ritmo. Y ahora, si no te importa, deja de pensar en ponerme a cuatro patas y sigue escaneando cerebros, que es lo tuyo. No hemos venido a divertirnos.

El rannesio se alejó sin rechistar, en busca de Leracq. En el camino mandó un mensaje privado al jacq, que había sido testigo de su conversación:

—¿Te has fijado en nuestra «jefa»? A veces no sé por qué la aguanto, con esos humos y esa manía de llamarnos «flaco» a la cara, como si no nos importara. Tiene un par de polvos, pero es una hija de puta… y apuesto a que tú piensas lo mismo.

Miroir no contestó. Si eso era lo que creía, ¿por qué no se lo decía, en lugar de criticarla a sus espaldas? Detestaba a los hipócritas de tal clase.

Decidió que reduciría a lo indispensable el trato con Indra. No era de fiar.

 

Por su parte, Gareth se impacientaba. Ya había recorrido las instalaciones de cabo a rabo sin hallar ni rastro de sus objetivos, y tampoco Leracq ni sus compañeros habían tenido mejor suerte en su terreno. Quedaba por registrar la cabina de control, un cuarto cuyo muro frontal era uno de esos espejos blindados que podían convertirse en pantallas gigantes o volverse transparentes. Si realmente Em y Erre estaban detrás de todo, aquel debía ser su escondite.

Por el momento, la pared de la cabina alternaba recuadros de espejo con otros que mostraban distintos ángulos del espectáculo central. A Gareth lo tentaba la idea de dejar fuera de combate al matón que guardaba la puerta y colarse, pero Leracq le había aconsejado que esperaran hasta quedarse sin alternativas. Finalmente, la luz atravesó la lámina que servía de pared e hizo visible el interior. Dos tipos se arrellanaban ante el panel de control, unidos a él por media docena de cables. Su complexión era media, a juzgar por lo poco que la consola dejaba ver. Lo que más destacaba eran los anchos visores con forma de huso esférico, que les ocultaban la parte superior de los rostros, y las melenas alborotadas, largas hasta los hombros; el de la derecha era rubio, pelirrojo el de la izquierda. Sus monos negros con adornos dorados y cobrizos, respectivamente, se correspondían con los papeles que representaban. Aparentaban estar muy concentrados en sus tareas.

—¿Esos son Em y Erre? —preguntó Gareth.

—Quizá. No los conozco en persona —respondió Leracq, los ojos lechosos fijos en la cabina—. Podrían ser imitadores, los hay a cientos.

—Cuando me dijiste que conocías a los dos minadores imaginé que sería personalmente.

—Solo tú concebirías algo así a estas alturas. En la Enramada se establecen relaciones que duran ciclos sin necesidad de encuentros directos.

—Lo que tú digas. Y ahora, ¿qué? ¿Echamos la puerta abajo o esperamos a que los maestros se dignen saludar?

—Los maestros os saludan. —La voz artificial se comunicó de nuevo mediante los auriculares que llevaban. Era obvio que habían escuchado su conversación—. Perdón por el tiempo esperado, sire Gareth, y por el que vas a tener que esperar. Ahora nos entrevistaremos con tus compañeros mientras la hermosa dama y tú os tomáis lo que prefiráis en la barra.

—Estás de coña —afirmó, más que preguntó, el mercenario—. Voy a entrar en esa sala y vamos a hablar cara a cara, que es lo que hacen los tíos de fiar.

—Lo haremos, lo haremos… después. Primero comprobaremos la habilidad de vuestros minadores. Nosotros no nos codeamos con aficionados, espero que lo entiendas.

—Ni yo tampoco, como sabrás por haber investigado mi jodido historial. Ya llevamos horas con vuestro jueguecito, ahora me toca a mí…

—No veo el problema —intervino Indra desde su posición—. Será que no han conseguido atravesar nuestras defensas con sus tapones y se han picado. Tranquilo, sire, una charla rapidita y acabamos.

—Superior —se alegró la voz—. Hay un cuarto más discreto junto a la cabina de control, allí estaremos. —La pared de esta volvió a transformarse en un espejo—. Portaos bien.

De manera que Gareth se quedó con Diann, maldiciendo entre dientes, y observó como sus hombres desaparecían por la puerta indicada. La atención de Miroir fue absorbida por lo que aguardaba al otro lado: el largo pasillo, la habitación con la mesa rodeada de sillas en el centro… y el dúo que ocupaba las dos de la cabecera. No había nada notable ni discordante en ellos. Sus apariencias, a simple vista, se correspondían con las que les atribuían sus hordas de seguidores en el Árbol. ¿Serían aquellos los populares Em y Erre o solo unos suplantadores? ¿O puede que un par de señuelos? La respuesta, con toda certeza, estaba al otro extremo de sus mejoras neurales.

Había, sin embargo, algo anómalo en ellos. Algo que no identificaba.

—Bienvenidos, camaradas —fueron las primeras palabras del rubio, el supuesto Em, a las que siguieron varias palmadas joviales en los hombros—. Acomodaos. Supongo que, en menos de lo que se tarda en decirlo, empezaremos a taladrarnos mutuamente para ver qué averiguamos unos de otros. Pues para hacerlo más difícil, charlaremos a la antigua usanza en lugar de conectarnos. ¿Qué os parece? Yo soy Em y este es Erre. —El otro minador, cuyo pelo era tan anaranjado como el planeta Rhakso, agitó los dedos de la mano derecha—. Y vosotros sois…

—Indra, Leracq, Miroir —se adelantó el rannesio, un tanto desencantado al constatar que no eran compatriotas suyos—. Apoyo tu sugerencia. ¿Podemos quitarnos los tapones para estar en igualdad de condiciones?

—Buen intento. Los que estáis a prueba sois vosotros, chicos, así que conservaremos la ventaja. Estupendos programas de defensa, por cierto, sobre todo tú, Miroir. Eres tan opaco como un muro de piedra. —El jacq imaginó que dos juegos de implantes y dos pares de ojos, escondidos tras aquellos visores, lo escudriñaban—. Son tan buenos que hemos sacado poca cosa…, aparte de que Indra tenía en su antiguo continente una lista de antecedentes penales más larga que mi brazo. Y el señor Leracq… El señor Leracq poseía un apellido tiempo atrás, un registro de ciudadanía y crédito ilimitado.

Miroir notó, por primera vez, un auténtico sentimiento —muy cercano a la furia— en las facciones del minador casi albino. En cuanto a Indra, nadie iba a extrañarse de que fuese un criminal. Lo que no había anticipado era que ya arrastrase esa carga desde sus días en Ran. Arrugó las cejas, nervioso ante la perspectiva de que destaparan sus propios secretos, y se concentró. Y de nuevo su cerebro le envió la sensación de que las cosas no marchaban como era debido.

—Mis trapos sucios no se airean. —Indra tampoco se había tomado bien la intrusión. Alargó la mano y sujetó al minador rubio por el antebrazo—. Según el código de los mercenarios, el pasado de un colega no afecta al negocio y es asunto suyo, y de nadie más.

—De acuerdo. Pero nosotros no somos mercenarios y preferimos saber qué tipo de gente va a guardarnos las espaldas —explicó Em, liberándose con calma—. Con un par de nucas vírgenes, como las de los amigos que esperan fuera, es más sencillo saber a qué atenerse. Los poco fiables somos los de los cables. Paradójico, ¿no creéis?

—Es verdad. —Miroir casi sonreía. Al fin había visto la luz—. Ahora mismo, por ejemplo, nos llamáis camaradas y nos habláis de confianza, cuando ni siquiera estáis en esta habitación. ¿Ese era vuestro plan? ¿Calcular cuánto pasaría antes de que nos diésemos cuenta?

—¿Qué narices quieres decir? —se alteró Indra.

—Son proyecciones tridimensionales, similares a las de su espectáculo. Por eso no invitaron a Gareth a pasar, porque el truco no habría funcionado con alguien sin módulo neural.

—No me jodas, niño. —Volvió a sujetar la muñeca de su interlocutor, la cual se le antojó muy real bajo los dedos. Tenía que ser una broma—. Están aquí, nadie puede hacer una proyección tan buena.

Se arrancó el tapón y, de inmediato, su percepción se alteró. Ya no tocaba un cuerpo sólido; la silueta seguía siendo impecable, la voz aún le llegaba con nitidez…, pero su mano la atravesaba de lado a lado de la manera más pavorosa. Airado, se abalanzó sobre el supuesto Erre y repitió el movimiento, hundiéndose en una mejilla pálida y emergiendo entre una maraña de falsos cabellos cobrizos. Lanzó una feroz maldición en su lengua.

—Las imágenes son perfectas y no hay latencia. Eso significa que estáis muy cerca, y más con este clima —continuó el jacq, en referencia a las tormentas eléctricas, que mermaban la calidad de las comunicaciones. Su tapón y el de Leracq hicieron compañía al de Indra en la mesa.

—Me descubro ante su pericia, señor Miroir. —Un sombrero pasado de moda se materializó en la cabeza de Em, y la proyección, efectivamente, se lo quitó para saludar, con una sonrisa que por poco no sesgó su cara en dos mitades—. Ahora, si nos pilláis, afirmaremos que habéis pasado la prueba con resultados…

—… cojonudos. —La imagen de Erre pronunció su primera palabra. Al instante, las dos se desvanecieron.

—La madre que los parió.

Indra recalcó su opinión personal antes de salir en busca de sus jefes. Ninguno acabó muy satisfecho con la toma de contacto.

 

Tras rastrear la zona, los cuatro mercenarios y el jacq localizaron un gran furgón levi aparcado en una calle paralela. Gareth lanzó una mirada de reojo a Diann y Leracq. Cuando este asintió y la chica preparó las armas para cubrirle, en caso de necesidad, palmeó con fuerza una de las puertas laterales. Estaba empapado, le quedaba poquísima paciencia y no tenía ganas de bromas. La lámina de aleación metálica se deslizó a la parte trasera y reveló lo que parecía ser la unidad móvil de unos minadores especializados, un espacio diáfano con sofisticado equipo informático pero dispuesto sin orden ni concierto; la clase de ambiente que habría hecho cortocircuitar a Aqivole.

—Bienvenidos… de nuevo. Pasad y cerrad la puerta, llueven carámbanos de punta. Y cuidado con la cabeza, colegas, que os dais en el techo. ¿Qué coméis vosotros tres? Menudos especímenes.

—¿Sois Em y Erre o un par de gilipollas contratados para hacerse pasar por ellos? Porque, si es así, podéis iros a la mierda, y me resbala lo jodidamente importantes que seáis.

—Lo somos, lo somos. Sí que teníamos en la reserva a un par de…, bueno, de amiguetes, por si la cita no cuajaba. Gracias al Dragón, no hemos tenido que llamarlos. Estupendo, ¿no?

De nuevo los recibía un anfitrión rubio, parapetado tras un modelo análogo de visor, y ahí terminaban las coincidencias. Su voz era suave y melodiosa, y su tipo corporal, sepultado bajo una capa de ropas anchas, no tenía nada que ver con el de su avatar tridimensional. Era al menos igual de alto que Miroir, aunque ni de lejos tan delgado. Para confirmar esa impresión, su compañero pelirrojo se colocó a su lado, reclinado sobre una consola para no golpearse la coronilla. Llevaba mangas cortas y los brazos que asomaban estaban cincelados a base de ejercicio físico. Muchos imitaban a Em y Erre, cierto, pero los músculos eran un detalle novedoso. No se encontraban minadores así, y Gareth se preguntó qué nivel alcanzaba la singularidad de aquellos dos tipos.

—¿Y a qué se debió el honor? —inquirió, en tanto se bajaba la capucha impermeable.

—A tu hombre, a Miroir. No me malinterpretes, hemos husmeado en tu trayectoria y será un placer trabajar con un mercenario tan reputado, si llegamos a un acuerdo. La cuestión era descubrir si el resto daba la talla. En nuestra modesta carrera jamás nos habíamos topado con alguien capaz de penetrar nuestras proyecciones tan rápido, y encima con un tapón. Pagaría por comprobar si puede repetirlo con una conexión directa.

—No soy su hombre —gruñó el aludido—. Yo voy por libre, solo somos socios temporales.

—Es un jacq. Si queréis pagar por enchufároslo, estáis de enhorabuena —dijo el rannesio, todavía molesto por haber demostrado muchas menos habilidades que el joven—. Podéis pedirle un turno.

—Cállate, Indra. ¿Y bien? ¿Vamos a pasar a asuntos serios o estaremos de cháchara toda la noche?

—Nos dijisteis que contabais con dos miembros más —intervino el pelirrojo. Su voz era tan sugerente como la de su compañero; quizá un poco más grave, con el deje vibrante del idioma de Ran—. ¿Dónde están?

—Son nuestro armero y el monitor de Miroir, un minador de alto nivel. Ya los conoceréis —se excusó Gareth.

—¿Por qué no os acompañan? —insistió Erre, muy sosegado—. ¿Quizá porque presentan casos serios de S.R.?

—Puede que hayas hecho los deberes, fl… —Gareth se cortó a tiempo. No había justificación alguna en el mundo para llamar flacos a esos dos—. Vale, Erre. Lo que tienes que saber es que son buenos en su trabajo y os lo demostrarán. Tampoco es que vosotros juguéis limpio, con esos cacharros cubriéndoos la jeta. A mí me gusta el contacto visual con mis socios.

Ambos hombres cruzaron miradas. O eso interpretaron los demás, ya que seguían llevando los visores. El de cabellos rojos se apartó finalmente el suyo, y un par de iris verdes colisionaron con los penetrantes ojos del mercenario.

—No lo creerás, pero a nosotros también —apuntó Em, imitando a su compañero. Los suyos eran de un vivo color azul—. En señal de buena fe, aquí tenéis un primer plano de los minadores más buscados de Salla. Podéis consideraros afortunados, os aseguro que no nos prodigamos mucho.

—Joder —fue el expresivo comentario de Diann. Los dos eran afortunados poseedores de secuencias genéticas envidiables.

—Lo tomaremos como un cumplido. —El rubio soltó una risita y paseó la vista por todos los asistentes—. ¿Sabéis? Sire Gareth tiene razón, los socios se miran a los ojos.

»Intuyo que será muy interesante asociarnos con vosotros.

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