«Lander» – Capítulo 1

Aquí te dejamos con el primer capítulo de nuestro nuevo antrito: Lander, de Laurent Kosta. Si quieres saber de qué va esto, adelante. ¡Y cuéntanos tus impresiones! wink


—Una idea muy marxista, matar a Dios para rescatar al pueblo, quizás habría que matar al pueblo para rescatar a las personas.

Esa fue la primera vez que Lander le dirigió la palabra. Y la frase quedó flotando en el aire completamente fuera de lugar. No porque no fuera una respuesta ingeniosa a los argumentos socialistas que le gustaba repartir a Ángel, más por diversión que por convicción, sino porque un comedor social no parecía ser el contexto adecuado para mantener una discusión filosófica. Aunque pensándolo mejor, a Ángel se le ocurrió que tal vez fuese el único lugar del mundo en que tuviese sentido una discusión filosófica.

—Así que eres más de Kierkegaard que de Feuerbach —le soltó Ángel como queriendo ponerlo a prueba mientras le llenaba el plato con el potaje del día.

—Soy más de Tarantino: que se los follen a todos. —Y Ángel no pudo evitar sonreír mientras veía alejarse al misterioso macarra que lo traía loco desde hacía dos meses.

Ese era el tiempo que llevaba trabajando como voluntario en el comedor social de Argüelles, y a veces se preguntaba si la posibilidad de volver a encontrarse con el macarra no era la única razón por la que seguía viniendo cada tarde a ayudar en el comedor, porque había que admitirlo, a pesar de su aspecto sucio y peligroso, el tío estaba tremendo. La primera vez que lo vio, el macarra estaba echando una mano en el comedor, y Ángel lo tomó por uno más de los voluntarios, uno bastante arrogante que lo miró con desconfianza, ignorándolo por completo cuando intentó charlar con él. Tal vez por ese motivo no conseguía verlo como a un indigente más y se empeñaba en fantasear sobre las posibles razones por las que estaba en una situación tan lamentable. No es que esperase nada, estaba claro que el macarra pasaba de él, y de todas formas seguramente solo era un yonqui más que estaba tirando su vida por el retrete. Pero Ángel tenía la teoría de que si había cosas hermosas a las que mirar, la vida era más bonita, y ver a Lander aparecer entre los viejos borrachos, los yonquis y algunos de los vagabundos sin papeles que solían hacer cola en el comedor social, sin duda le alegraba el día.

Ángel era feliz de una forma sistemática y metódica, no podía evitarlo, incluso en sus malos días sonreía con facilidad y conseguía reírse de sí mismo. Durante sus horas de voluntariado le gustaba hablar con la gente, se entregaba con el mismo entusiasmo a una conversación banal sobre el tiempo como a una discusión política. Cuando la gente ignoraba su invitación a la charla, se ponía más sarcástico y denso, y así sus invitaciones a la charla con el macarra que ni siquiera lo miraba se habían convertido progresivamente en dardos de provocativas declaraciones de carga social que su interlocutor había ignorado durante semanas… hasta aquella tarde. A esas alturas no se había esperado una respuesta tan profunda, pero si algo había aprendido en los últimos meses de trabajo social era a no sorprenderse por la gente que se encontraba allí.

Llevaba cerca de seis meses como trabajador social voluntario, había colaborado en un albergue y ahora en el comedor mientras terminaba un segundo máster en Relaciones Internacionales, más para justificar que aún no tenía trabajo que por interés personal. En este tiempo había conocido a un antiguo corredor de bolsa arruinado, un excatedrático de Historia, un trompetista que había ido de gira por el mundo con Raphael y un antiguo boxeador que había sido campeón de España de peso pluma, todos ahora viviendo en la calle, pegados a una botella y comiendo de la caridad. Así que no, la respuesta del macarra no le había sorprendido, pero sí había sido inesperada y, sin ninguna duda, le había alegrado el día.

Por desgracia, el resto de la semana Lander no volvió a pasar por el comedor y no tuvo ocasión de comprobar si le seguiría hablando después de aquel primer intercambio verbal. De hecho, pasaron casi dos semanas antes de que volviera a encontrarse al macarra.

Eran las diez de la noche y había ido a dejar mantas y desayunos al albergue, pues estaba cayendo una tormenta de granizo y era una de esas noches en las que los albergues estaban abarrotados. Al salir con su coche vio la inconfundible chaqueta de color verde militar, las botas negras y el gorro de lana cubriendo la melena desordenada de Lander alejándose del albergue, con su mochila al hombro, dejándose empapar bajo la intensa lluvia de granizo. Ángel se detuvo a su lado e intentó llamarlo desde dentro del coche, pero el estruendo que generaba el granizo reventando contra las farolas, coches y carteles metálicos era ensordecedor, así que finalmente se decidió a aparcar a un lado y bajar del coche para dirigirse a él.

—¡Lander! —le gritó al tiempo que intentaba detenerlo con la mano sobre el hombro. Al fin el joven fue consciente de su presencia y se giró—. ¿No te quedas en el albergue?

—Está lleno —gritó de vuelta por encima del bullicio de la tormenta.

—Vaya. ¿Te llevo a algún sitio?

—No. Está bien.

—¡Están cayendo pedruscos del cielo, sube al coche! —le ordenó. Ángel no esperó, corrió hacia el coche para refugiarse; Lander pareció pensarlo un momento, la granizada caía cada vez con más fuerza y finalmente lo siguió hacia el vehículo. Cuando estaban los dos dentro del Peugeot de Ángel el granizo caía con tanta velocidad y fuerza que parecía como si un camión estuviese derramando una carga de piedras sin fin sobre la carrocería—. Joder, una de esas piedras podría provocarte una contusión cerebral.

—Te estoy mojando el coche, lo siento —dijo Lander murmurando con su voz grave y arrastrada que apenas se escuchaba por encima del ruido de la tormenta de granizo.

—No pasa nada.

Ángel encendió el limpiaparabrisas, pero desistió por miedo a que se rompiera, puso el coche en marcha muy despacio y empezó a conducir posando el dedo de la mano derecha sobre el cristal frontal. El macarra lo miró desconcertado ante el absurdo gesto de sujetar el cristal con un dedo, y Ángel se sintió en la necesidad de explicar:

—He oído que si pones un dedo en el cristal evitas que se resquebraje, es por la vibración o algo así.

—Creo que sería mejor idea que pusieras las dos manos en el volante.

—Tienes razón. ¿Puedes poner tú el dedo?

—¿Estás de coña?

—No. Sería una putada que se rompiera el cristal. Si no te importa… —Y Lander, con gesto escéptico, obedeció sin mucho entusiasmo y posó el dedo índice sobre el cristal—. ¿A dónde te llevo?

—Al metro, supongo.

—¿Vas a pasar allí la noche? —Lander se encogió de hombros como única respuesta.

Apenas un par de minutos más tarde el granizo parecía caer con menos fuerza.

—¿Puedo quitar ya el dedo? —preguntó Lander mirando a Ángel con un gesto muy mono que hizo que a Ángel le pasara una pequeña descarga eléctrica por el cuerpo.

—Sí, perdona. Supongo que es una estupidez, pero nunca se sabe, lo mismo funciona… —¿Estaba hablando demasiado? ¿O era Lander el que hablaba demasiado poco?—. Oye, tengo una habitación libre en mi casa, puedes quedarte esta noche, si quieres, es una noche muy mala…

—¿Tienes una habitación libre? ¿Eso qué significa?

—Pues que no la ocupa nadie, supongo.

—¿Y para qué la tienes?

—Bueno, venía con el piso. Es un piso de dos habitaciones, pero la verdad es que solo necesito una, así que la otra está libre.

—¿Para qué coges un piso con habitaciones que no necesitas?

—Tal vez algún día sí la necesite, nunca se sabe… —Esta conversación no tenía sentido, pensó Ángel—. Bueno, qué más da, el caso es que puedes pasar allí la noche si quieres.

—No, estoy bien.

—En serio, hace menos cuatro grados, está granizando y estás calado hasta los huesos, ¿no crees que estarías mejor en una habitación calentita y seca que durmiendo en el metro? —Lander lo miraba en silencio, con sus ojos almendrados, casi negros, enmarcados por pestañas oscuras que le daban a su mirada un aire dramático, el ceño ligeramente fruncido en un gesto de escepticismo perpetuo, una nariz perfecta, ligeramente redondeada en la punta, labios generosos, piel curtida, con barba incipiente y pelo oscuro que asomaba bajo un gorro de lana que chorreaba agua—. Hazlo por mí —insistió Ángel—, no puedo dejarte en la calle en una noche como esta, vas a enfermar o a congelarte… y si te pasa algo, no me lo perdonaría…

—No pienso follar contigo.

Ángel casi se sale de la carretera al oír eso.

—¿Qué? ¿Quién ha dicho nada de follar? Joder, pero… ¿qué clase de persona crees que soy?

—Solo quería dejarlo claro.

—Vale, lo has dejado claro… ¿Sabes?, no necesito recoger a gente de la calle para echar un polvo, ¿vale? Me apaño bastante bien. —Ahora estaba nervioso, ¿tanto se le notaba? Aunque, en realidad, jamás se le había pasado por la cabeza liarse con el macarra, solo era un juego, un juego que Ángel jugaba a menudo consigo mismo.

Tenía su ranking personal de chicos monos con los que intentaba charlar y entablar algún tipo de amistad, caerles bien, solo como una especie de reto personal. Como el hijo de su vecina de abajo, Dani, que jugaba en un equipo de futbol. «El futbolista» para Ángel. El fútbol nunca le había interesado, y ni siquiera se planteaba ver un partido entero, pero empezó a ver los resúmenes deportivos para poder comentar los partidos con el futbolista, y cada vez que se cruzaba con él en la escalera le bastaba decir algo como «buen partido anoche» o «vaya golazo de Ronaldo» para que el chaval se enfrascara en una animada charla futbolera durante unos minutos, que Ángel iba animando a su vez repitiendo algunos comentarios que había oído de los expertos. Mientras hablaban, el futbolista solía jugar con su mano, la metía debajo de su camiseta, acariciando sus abdominales y dejando a la vista una pequeña franja de piel que delataba su musculatura de deportista. Era un gesto que hacía de forma totalmente inconsciente y resultaba increíblemente sexy, y a Ángel le parecía maravilloso que el chaval fuera incapaz de darse cuenta de lo provocativo que era. Pero eso era todo, solo era un juego, por lo demás el chaval era un zoquete, hablar de fútbol era aburrido y, por Dios, solo tenía diecisiete años.

El macarra ni siquiera era el primero de su ranking. Ese puesto estaba ocupado desde siempre por su colega de carrera Sebas, alias «el filósofo», el responsable de que Ángel hubiese leído a Foucault y a Kierkegaard (quien, por cierto, también había sido bastante mono) con el fin de poder mantener una discusión filosófica creíble, y el culpable de que su padre lo odiara aún más por haberse convertido al socialismo. Aunque también era cierto que hacía casi un año que no veía a Sebas, y el macarra había subido al segundo puesto de su ranking la tarde que soltó aquel comentario antimarxista. Estaba claro que no era tonto y que lo había calado a la primera; Ángel de golpe dejó de verse a sí mismo como un buen samaritano para pasar a sentirse como un farsante.

Cuando al fin entraron al apartamento de Ángel, lo forzado de aquella situación se hizo aún más patente. Había parecido bastante coherente en el coche, bajo la tormenta de granizo, sugerir que fuera a su casa. Tendría que haber sido muy capullo para dejarlo tirado en el metro con el frío que hacía, puede incluso que corriera el riesgo de morir congelado, aunque también era cierto que esa no debía ser la primera noche de tormenta que Lander pasaba en la calle. Pero a pesar de todos los buenos motivos y sus buenas intenciones, al ver su piso nuevo, con su perfecta decoración cosmopolita de Ikea, en contraste con el atuendo callejero del macarra, con su saco al hombro y chorreando agua como una esponja, ya no estaba tan seguro.

—Voy a estropearte el suelo —dijo su invitado sin animarse a cruzar el umbral de la puerta.

—No te preocupes, no es madera de verdad. Deberías quitarte la ropa mojada. —Al ver la mirada incómoda de Lander, Ángel se apresuró en corregirse—. No en la puerta, por supuesto, la habitación está allí —siguió explicando al tiempo que le indicaba el camino hacia la habitación libre, que estaba a pocos metros de la puerta de entrada. Lander lo siguió dejando un rastro de agua, tenía los labios de un ligero tono morado, los dedos y la nariz rojos, debía estar congelado—. Hay un baño en la habitación, puedes darte una ducha caliente si quieres, y tengo una secadora, puedo secarte la ropa mojada… si quieres—. Pensó en decirle que podía lavarle la ropa en la lavadora, o tal vez fuera mejor meterla toda en una bolsa de basura y conseguir ropa nueva, pero estaba yendo demasiado lejos, lo sabía, así que se calló a tiempo, pues el silencio del macarra resultaba algo intimidante.

—¿Sueles invitar a desconocidos a dormir en tu casa?

—Bueno, alguna vez, aunque con otro propósito —dijo casi para sí mismo—, pero tú y yo ya nos conocemos, ¿verdad?

—No sé ni cómo te llamas.

—Perdona, pensé que… Soy Ángel —se presentó estrechándole la mano de forma casi teatral—. No tendrás miedo de que pueda hacerte algo, ¿verdad? —Eso lo dijo con una carga extra de sarcasmo, pues Ángel no era especialmente alto, el macarra le sacaba más de una cabeza y tenía aspecto de ser bastante más fuerte que él.

—Vale, me daré una ducha. Gracias.

Antes de que entrara en la habitación, Ángel se las ingenió para conseguir una bolsa de plástico de la cocina abierta que daba al salón y llegar a tiempo de ofrecérsela antes de que accediera al cuarto de invitados.

—Si pones aquí la ropa mojada te la seco en un momento, si te parece bien.

El macarra, con movimientos pausados y meditados, dejó su saco en el suelo, se quitó el anorak empapado y lo metió en la bolsa, y acto seguido se quitó de un solo movimiento la sudadera y las varias capas de camisetas que llevaba debajo quedándose con el torso cubierto solo por unas medallitas plateadas que le colgaban del cuello.

—No tienes que quitártela aquí —se apresuró a decir Ángel, ¿lo había malinterpretado?—, puedes dármela después de la ducha, cuando te hayas cambiado.

—Ah —murmuró—, bueno, de todas formas no vas a hacerme nada, ¿verdad? —Y dicho esto, Lander, ya sin botas, se quitó también los pantalones y los calcetines y los metió en la bolsa de plástico con el resto de la ropa mojada. Y allí se quedó en calzoncillos en mitad de su salón mientras le ofrecía la bolsa de plástico con la ropa mojada. Fue solo un instante, antes de esfumarse tras la puerta de la habitación de invitados, pero lo suficiente para que Ángel pudiera admirar aquel cuerpo perfecto, ni demasiado delgado, ni demasiado fornido, esbelto y de musculatura perfectamente marcada, de piel morena con algo de vello negro revoloteando entre sus pectorales prominentes. Una imagen perfecta del cuerpo masculino.

Lander desapareció en la habitación, y Ángel se sintió avergonzado de golpe por haberse quedado mirándolo embobado. Intentó distraerse ocupándose con las tareas de la casa. Llevó la ropa hacia la secadora, pero finalmente decidió meterla en la lavadora, incluido el anorak, ¿por qué no? Luego cambió también su ropa mojada por un chándal de felpa blanco, pasó la fregona por la entrada y se entretuvo recogiendo la cocina, que tampoco estaba tan desordenada, haciendo tiempo para el ciclo de la lavadora. Desde la habitación de invitados llegaba el sonido de la ducha, y no pudo evitar imaginarse aquel cuerpo, que se había quedado grabado en su retina, bajo el chorro del agua. Y es que aquel instante en el que Lander se había desnudado delante de él había sido el momento más erótico que había vivido en los últimos meses, lo cual decía bastante poco de su lamentable vida sexual.

La ducha se apagó. Por suerte Lander ya no salió de la habitación. Imaginó que se habría ido a dormir, eran más de las once de la noche, lo que le permitió a Ángel terminar de hacer la colada y dejar la ropa casi seca colgada en el tendedero antes de meterse en la cama nublado por fantasías eróticas.

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