La otra versión del Trío •Capítulo 4•

IV

 

Pese al absorbente problema que presidía sus pensamientos —problemas, más bien: dos, y ambos con un llamativo par de ojos azules— Nathan procuró ocupar la mente en algo mucho más productivo. Aprendió mucho de su primer trabajo profesional delante de las cámaras, tanto a nivel técnico como humano. Era su primera toma de contacto seria con el mundo al que había deseado dedicarse desde que era un crío y, en cierto sentido, la experiencia entre bastidores le impactó con mucha más dureza que una serie de golpes concatenados en el dojang.

Las jornadas de trabajo eran largas y agotadoras, y todo estaba programado al minuto para ajustarse al presupuesto. Los ensayos de las coreografías de lucha, que tomaban más tiempo que el rodaje en sí, se le hicieron especialmente tediosos; su rival en el gimnasio y por el afecto de la chica de la historia, un tipo moreno que lo sobrepasaba en varios kilos y que tenía una sonrisa la mar de empalagosa, no paraba de hacer sugerencias y de agotar la paciencia del entrenador, y Nathan sospechó que las horas que empleaba con el taekwondo no superaban, en absoluto, a las que se pasaba haciendo posturitas delante del espejo. Para colmo, se empeñaba en mostrarse amigable y en que tomaran unas cervezas a la salida. Compañía no deseada; una de las cosas que más lo sacaban de quicio.

Sí que hizo buenas migas con Mena, la cantante, una joven menuda y dulce de larga cabellera negra, que se transformaba en una fiera con una guitarra en la mano. Cuando la productora los vio juntos, los estudió desde varios ángulos y decidió que Nathan funcionaría mejor como pareja de su estrella que el chico de la sonrisa meliflua, porque poseía mucha presencia. Las escenas del irlandés aumentaron. El conflicto se presentó cuando el coprotagonista lo acusó de que le había robado el papel, empleando argucias que implicaban prácticas sexuales de naturaleza más o menos aberrante. Nathan se alegró de que ya hubieran completado el rodaje en el gimnasio. No dudaba que aquel tipo le habría largado alguna que otra patada intencionada a la cara.

Aprendió una valiosa lección: los mundos del cine y la televisión no iban a brindarle grandes oportunidades para hacer amigos. Más le valdría acostumbrarse.

A raíz del incidente, también comenzó a experimentar cierta inquietud por otro pequeño detalle. Una noche después del rodaje, mientras cruzaba el pasillo intercambiando frases amables con su pareja en la ficción, se dieron de bruces con una cara conocida que doblaba la esquina. Kei.

—¡Si es el señor Blackwood! —exclamó la chica, alzándose de puntillas para besar al recién llegado en la mejilla—. No esperaba encontrarte aquí. ¿Vienes a ver a Margaret? Creo que ha salido corriendo, su sobrina acaba de tener un crío.

—Tendré que acordarme de felicitarla, entonces. ¿Qué tal el vídeo?

—Cansadísimo al principio, mucho mejor ahora. Mañana le daremos carpetazo, y yo cruzo los dedos. ¡Me muero por un poco de descanso! —Un zumbido procedente de su bolso distrajo su atención. Al sacar el teléfono móvil, una sonrisa le iluminó la cara—. ¡Oh! Detesto marcharme así, pero es mi chico. Nathan, ¡hasta mañana! Kei, ya te pillaré en el estudio.

—Claro que sí.

—Genial. ¡Buenas noches!

Tras verla desaparecer pasillo abajo, parloteando por los codos, los dos jóvenes se miraron.

Los nervios hincaron la dentadura en el estómago del irlandés. No había contactado con ninguno de los dos desde su última derrota y, aunque le había sorprendido que lo dejaran tranquilo, agradecía la calma que le estaba permitiendo concentrarse en el trabajo. Claro que ya solo le quedaba un día. Un día, y tendría que saldar sus deudas.

—¿Cómo va todo, Nathan? —Kei sonrió—. Intuyo que bien. Mena está satisfecha.

—Supongo que sí. La cosa se ha prolongado algo más porque la productora me dio escenas extras. ¿Tenéis idea de por qué?

Esa voz tirante que sonaba irónica y acusadora… El pequeño detalle, la sospecha que había decidido ignorar sobre el cambio de parecer de quienes lo contrataron, lo asaltó al fijar los ojos en su no tan inesperada visita. Al notar la mirada sombría, el rostro de Kei recobró la seriedad.

—Nathan, sé que te va a ser difícil creerme, pero te doy mi palabra de que es la primera noticia al respecto que recibo. Y Niko tampoco ha tenido nada que ver; me prometió que no se inmiscuiría.

—Ya, y tú le crees, ¿no? Porque es muy obediente, ¿verdad?

—Es obediente cuando tiene que serlo, sí.

—Esa no es la impresión que me dio la otra noche.

Clavó la vista en los ojos azules y dio un paso al frente, arrinconándolo contra la pared. La imagen de sus muñecas atadas a la cama, la última que recibiera de él, se había grabado a tanta profundidad en su memoria que le había sido imposible dejar de fantasear con ella. Muy a su pesar, la visión lo incitaba cada mañana a masturbarse en la ducha; el sonido húmedo de su puño bombeando la erección, rápido y brutal como habían sido las embestidas de Niko contra su trasero, bastaba para llevarlo al límite en muy poco tiempo.

El joven percibió su excitación, por supuesto. Y su irritación.

—También soy obediente cuando tengo que serlo —murmuró, devolviéndole la mirada con serenidad.

Nathan no estaba acostumbrado al juego de la sumisión. Si Kei hubiera bajado los ojos y mostrado una actitud diferente, quizá se habría sentido tentado a tomarse una pequeña venganza por todos esos episodios de frustración. La calma le transmitió sinceridad, y le recordó que estaba en un sitio público y había barreras que no debía traspasar. Se apartó, confuso.

—¿Has venido a advertirme que tengo una apuesta que pagar? —preguntó, esta vez sin ironía.

—Niko está de viaje. Volverá la semana que viene, y se ha empeñado en celebrar mi cumpleaños.

—¿Tu cumpleaños? Qué casualidad, el mío es…

Se interrumpió, avergonzado de dar una información que nadie había pedido. Pero su compañero lo instó a completar la frase, mostrando genuino interés.

—¿Cuándo?

—Pasado mañana.

—Tú, el día veinte, y yo, el veintinueve. Sí que es una casualidad. Virgo, ¿eh? —comentó, con una sonrisita.

—¡No te burles! Y no puedo creerme que te tragues esas estupideces.

—No lo hago, no lo hago. El problema es que Niko es muy aficionado a esos temas, con la excusa de que la cultura popular le es útil para su trabajo. Es inevitable contagiarse, por mucho que uno se quiera resistir.

—Es… es una idiotez. ¿Qué tipo de pervertido enfermo mira al cielo, observa un grupito de estrellas y ve en ellas a una virgen? Un triste y salido pervertido enfermo, te lo digo yo. Y seguro que hasta tenía decidido qué estrella correspondía a su orificio de entrada favorito y se hacía pajas a su salud. —Kei rio de buena gana, animando al irlandés a continuar—. Al más puro estilo del perro de Pavlov: al final, era ver una estrella titilando, y el tío se corría.

Nathan poseía una voz muy expresiva y una gracia natural inspiradora, y las risas se convirtieron en carcajadas. Los dos tomaron conciencia de que estaban compartiendo el momento más cotidiano y relajado desde que se habían conocido. Era agradable… y extraño.

—Deja de reírte de mí —ordenó, todavía de broma—. Eh, tú también debes ser virgo, ahora que lo pienso.

—No, soy libra. Finales de mes, ya sabes. —Se produjo un silencio, y Kei dedicó a su compañero una sonrisa llena de admiración y afecto—. Nos gustaría que vinieras a la fiesta. No soy amigo de celebraciones, así que será algo sencillo, en casa, el sábado de la semana que viene. Puedes traerte a quien quieras; de hecho, podemos celebrar una fiesta doble.

—No —se apresuró a rechazar Nathan—, no es… necesario. Yo tampoco soy amigo de celebraciones.

—Pero vendrás, ¿sí?

Y de nuevo aquella expresión tan cautivadora. El irlandés se encontró asintiendo de manera automática y aceptando el ofrecimiento de que lo llevara a casa. A la puerta, Kei lo besó con suavidad, esta vez sin titubeos, y él lo tomó por la barbilla y separó los labios. Si se hubiera demorado más tiempo…

Si se hubiera demorado más tiempo, lo habría bajado de la moto y lo habría subido al apartamento a rastras.

Nathan había conocido a O’Halloran poco después de llegar de Irlanda, en la sala de recreativos de la calle donde vivía su hermana. También era irlandés, y se cayeron bien desde el principio, a pesar de los tres años de edad de diferencia. Por aquel entonces el chico rubio ya era bastante maduro, y los dos compartían la añoranza por una isla en la que probablemente no volverían a vivir, la afición a los videojuegos —sus preferencias se inclinaron pronto por los bares y los clubs nocturnos— y el taekwondo, para el que Nathan demostró poseer grandes aptitudes aun habiéndose iniciado tarde. O’Halloran, que era propenso a enredarse en líos y en broncas, halló en su compañero más joven un apoyo incondicional que nunca lo dejaba en la estacada. La total indiferencia a meterse en unas bragas o unos gayumbos de que hacía gala al ligar le parecía un tanto chocante, pero ¿quién era él para juzgar si bateaba para los dos equipos, después de todas las veces que había repartido y encajado golpes por su causa? Tanto mejor si acababa la noche con un tío, así quedaban más nenas para él. Además, qué diablos, estaba casi seguro de que era de los que soplaban en la nuca y no al contrario. En el marco de su moral retrógrada y simplista, aquello bastaba para hacerle respirar tranquilo con respecto a su virilidad.

Puesto que le había sacado las castañas del fuego en más de una ocasión, Nathan fue capaz de tragarse su orgullo y aceptar quedarse en su piso cuando su cuñado le dejó caer, sin sutilezas, que ya era hora de que se buscara la vida y dejara libre su habitación. O’Halloran le garantizó que sería un favor mutuo. Tenía una novia muy absorbente que le programaba el tiempo libre y le decoraba la casa igual que un templo hindú; la excusa del invitado era un recurso desesperado para que la chica no se instalara con él y le arrebatara su último reducto de libertad.

Con todo eso, era normal que celebraran juntos la conclusión de su primer trabajo como actor, y entre cerveza y cerveza, O’Halloran le tomó el pelo, le preguntó cuándo podría ver el vídeo musical y amenazó con ridiculizarle ante su Sa Bum Nim, su maestro, si lo pillaba cometiendo muchas pifias. Lo cierto era que Nathan tenía poco tiempo para acudir al dojang y su amigo echaba de menos su compañía, y aunque le deseaba buena suerte, se temía que terminarían distanciándose si lograba tener éxito. Ya que no había nada que pudiera hacer al respecto, aquella noche bebió como una esponja y dejó que fuera el artista quien pagara.

Sí que le quedó cordura para rechazar su parte del dinero del alquiler del mes. Sabía que Nathan se había quedado sin trabajo, y el problema de la profesión a la que aspiraba era la carencia de estabilidad. No obstante, el rubio no quiso ni oír hablar de ello y le deslizó los billetes en el bolsillo del pantalón, obteniendo un débil y alcoholizado «no se te ocurra meterme mano, cabrito» a cambio.

Aún no se había atrevido a contarle que tendría que mudarse. A decir verdad, le había contado muy pocas cosas personales, aprovechando que el chaval tampoco era de los que se preocupaban por la vida y milagros de los demás. Desde luego, lo que menos le interesaba eran los pormenores de sus relaciones con otros tíos. ¿Cómo le diría que se iba a vivir con otros dos porque… porque…? Sopesó la posibilidad de invitarlo a la fiesta para que los conociera, y luego la descartó. No, era muy embarazoso. Además, ¿quién sabía? Todavía estaban a tiempo de rectificar y retirar su invitación forzosa; todavía podían decirle que todo había sido una broma, que no estaba obligado a cumplir su apuesta; todavía…

Tendría que esperar. Acudiría a la fiesta por su cuenta, se sentiría fuera de lugar, rodeado de un montón de tipos con dinero que lo mirarían por encima del hombro, y no haría ni el más mínimo esfuerzo por integrarse. Una preparación perfecta si quería labrarse una carrera ante las cámaras.

Al día siguiente fue su cumpleaños. O’Halloran era vigilante de seguridad y tenía turno de noche, con lo que pasó la velada solo en el apartamento. Recibió mensajes de felicitación y las típicas invitaciones de índole sexual que no aceptó. No tenía ganas de salir, y cuando alguien la emprendió con una serie de insistentes llamadas a la puerta acudió bufando, imaginando que algún colega pelmazo no había aceptado un no por respuesta. No se esperaba al mensajero, ni la bolsa con el globo en forma de trébol atado al asa que depositó en sus manos; dentro había una botella de whisky, de la misma marca que Niko había traído consigo el día que se conocieron, y una nota.

«Esto es para que no te olvides. Nosotros tampoco nos olvidamos. Feliz vigésimo cumpleaños, irlandés».

Se quedó mirando el brillante trébol verde y plateado que flotaba ante sus ojos. Sumergiendo la mano en los rubios cabellos, se derrumbó en el sofá y dejó caer la cabeza hacia atrás.

Tan… jodidamente apropiado…

—Nuestro invitado más importante ha llegado al fin. Puedo respirar tranquilo.

Era la noche señalada. Había localizado la casa, había subido la escalinata frontal y de nuevo estaba ante la puerta. Y por más que lo intentaba, no lograba encontrarle un sentido a la escena, porque había una pieza que no podía hacer encajar: él mismo. Todo era tan irreal, tan ajeno, que tenía la impresión de estar en otro planeta.

Al menos, Niko sí que era corpóreo, con la sonrisita pícara en el atractivo rostro, la camisa de seda gris y esos pantalones que marcaban su trasero con estilo inmejorable. Nathan también se había puesto sus mejores galas, aunque nada que se aproximara a la escandalosa exclusividad de su anfitrión.

—Tendré que sacar la fusta para apartar a las fieras en celo de ti —continuó Niko, cerrando la puerta y acercándose al recién llegado, con una mirada muy sugerente—. Te comería entero, empezando por…

Asiéndolo por la nuca, le deslizó la lengua entre los labios. Nathan, que ya había ratificado lo bien que besaba, lo dejó hacer, pero cuando juzgó que el contacto se estaba prolongando más de la cuenta, le tomó la muñeca y se la apartó con rudeza. La dolorosa presión que aplicaba confirmó al joven que, de resistirse, podría dislocársela.

—¿De verdad tienes una fusta? —inquirió, sin una pizca de humor en su mirada oscura.

—¿Tú qué crees?

Esa es una buena pregunta, pensó el irlandés al devolverle la mano a Niko. «Cortesía por cortesía», habían manifestado una vez. Demostración de dominio por demostración de dominio, algo de lo que no eran conscientes en aquel momento, ocupados como estaban en devorarse con los ojos.

Sí que era obvio para otra persona que observaba desde la esquina.

—Hola, Nathan. —Kei sonrió y se acercó—. ¿Has venido solo?

—Sí, no… no quería traer a nadie. —Encantadoramente sincero, pensó el otro para sí—. Eh… feliz cumpleaños. No sabía qué regalarte —extrajo de la bolsa que llevaba la botella que le habían enviado—, así que vengo cargando con esto.

—Gracias, no era necesario que te presentaras con nada, aparte de tu persona. —Le dio otro beso, tan dulce como lujurioso había sido el de su compañero—. Espero que tengas hambre, Niko ha exagerado un poquito con el catering. Y eso que me aseguró que sería una fiesta sencilla.

Cruzaron al salón. Ya en el vestíbulo se oía el ruido de la música y de muchas conversaciones diferentes. Lo que no se esperaba Nathan eran las cuarenta o cincuenta personas que se distribuían por la sala, la terraza y el comedor adyacente, al que se accedía a través de unas puertas correderas abiertas de par en par. Respiró aliviado al comprobar que no formaban una partida al cien por cien de snobs, como había supuesto: había un par de grupos de bohemios cuyo atuendo no llegaba a costar el producto interior bruto de un país en vías de desarrollo, aunque intuía que debía ser una pose, más que otra cosa. Algunas, y algunos, eran muy atractivos. Un par de muchachas que charlaban con un hombre de más edad tenían pinta de modelos de lencería. Más allá, un chico negro con una impresionante melena de rastas hasta la cintura y una colección de piercings en las orejas y en una ceja bromeaba con un típico ejemplar de rubio sajón. Muchos rostros se volvieron hacia él y le lanzaron miradas curiosas, admirativas y, suponía, desdeñosas.

Sin lugar a dudas estaba fuera de lugar. Se sobrepuso, no obstante, a su impulso de volver por donde había venido o de autoexiliarse en la terraza y empaparse durante horas del humo de los pocos que salían a fumar. Ya se había desenvuelto en muchas ocasiones delante de desconocidos —y tanto que lo había hecho— y quería dedicarse a actuar, ¿no era cierto? Pues actuaría. Actuaría como si estar en aquella fiesta no le hiciera sentirse enfermo.

—¿Quieres que te sirva de escolta y te presente a algunos amigos o prefieres que te deje a tu aire? —le susurró su homenajeado anfitrión al oído. Al instante sonó el timbre de la puerta—. Perdona, volveré en un minuto.

—Por lo pronto, tendrás que repostar combustible —sugirió Niko, tirando de él hasta la improvisada barra de bar—. ¿Te gusta la ginebra? Se me dan muy bien las mezclas.

Ya lo creo que se te dan bien, pensó el irlandés, al verlo interrumpir sus actividades de barman y volverse para besar a otra joven negra que acababa de llegar… de manera bastante íntima. Empezaba a sospechar que era su saludo estándar, aunque a la recién llegada no le había hundido la lengua hasta la campanilla. Con disimulo, desvió la vista hasta Kei, que no daba muestras de alterarse por la familiaridad. Probablemente porque él también le ha estado comiendo la boca en la entrada, siguió cavilando. Claro, estúpido, a estas alturas deberías imaginar que dos tíos que te proponen una relación abierta de trío no van a encarnar el paradigma victoriano del decoro. Tampoco lo parecía, cuando te la chupaban por turnos…

Cuando Niko le puso la copa en la mano, la vació casi de un trago. El joven moreno alzó las cejas. Tenía el comentario sarcástico en la punta de la lengua, pero un figurín que llevaba un traje hecho a medida lo interrumpió.

—¡Eh, Bradley, ponme una copa, ya que estás ahí! ¿Tan mal van los negocios que no te has podido permitir un par de camareros?

—Esta es una pequeña celebración con amistades de confianza, Martin. Si no puedes pasarte una noche sin que te limpien los morros después de comer, vuélvete a tu palacete a pellizcarle el trasero a tus pobres empleadas —se burló el aludido—. Y no te atrevas a hablarme de trabajo, te lo advierto. Ya les pasé tu kilométrica lista de demandas a los de Medios y lo dejarán todo listo a lo largo de la semana que viene.

—Venga, tu padre me prometió que tú te ocuparías en persona. Yo solo quería que hablaras el asunto con el director de la cadena, a mí no quiere ni responderme al teléfono.

—Porque eres un capullo sin remedio. Qué narices, te he dicho que no me líes con tu maldita campaña, esta noche no…

Kei se llevó a Nathan a rastras hasta la mesa del buffet.

—Lo siento, es un amigo de nuestros padres, se ha colado en la reunión y Niko no puede decirle que se largue —se sintió obligado a explicar—. Su padre es muy permisivo con todo, salvo con el trabajo. No son raros los fines de semana que se pasa ultimando una campaña de publicidad.

—No es asunto mío, aunque… yo creía que era un niño de papá al que habían enchufado en el negocio de la familia.

—En absoluto. Su hermano mayor, que es el director general, lo hizo comenzar desde abajo en el Departamento de Cuentas, hasta que descubrió el talento que tiene para desarrollar conceptos que lleguen al público. Ahora es el director creativo, y continúa echándoles un ojo a los de Cuentas, con lo que no es infrecuente que le toque lidiar con algunos clientes importantes… que lo mortifican siguiéndolo a casa en un día como hoy. ¿Te apetece algo de comer? Sírvete, creo que yo atacaré la ensalada.

Era difícil decidirse, cuando las exquisiteces se contaban por metros. El impresionado Nathan, pugnando aún por digerir la información de que el chulo bronceado y vividor era un profesional muy esforzado, paseó la vista a lo largo de la mesa, sin saber a qué prestar su atención. Hasta que sus ojos se detuvieron en la sobria tarta que ocupaba el centro del mueble. En concreto, en el mensaje escrito con crema:

«Feliz cumpleaños, Kei y Nat».

Se congeló, sin saber cómo reaccionar. Su compañero lo notó al instante.

—No te lo tomes a mal, Nathan. Niko es un entusiasta de las celebraciones, y no soportaba la idea de dejarte fuera de esta. Después de todo, tú…

—Necesito un pitillo.

El rubio dejó a Kei con la palabra en la boca, se apoderó de un vaso sin molestarse en olfatear el contenido, salió a la terraza y se refugió en una esquina. Ni el alcohol ni el cigarrillo iban a proporcionarle disfrute alguno, apenas eran un sedante para la irritación que sentía. ¿No había sido claro respecto al asunto de la fiesta doble? Y además, ¿se dedicaba la gente a poner en una tarta, para que lo vieran sus amiguitos, el nombre del tío al que iban a largar después de un polvo? Él creía que no. Ahí se esfumaba su pequeña esperanza de continuar con su vida libre, simple y anodina.

A un nivel más profundo, el gesto lo conmovió, aunque el nivel de profundidad aumentó bajo capas de indignación añadidas a toda prisa, porque no quería reconocerlo.

Al menos, pensó, a nadie parece importarle que yo sea el «Nat» de la maldita tarta, o quizá no lo sepan. Menos mal, no aguantaría que me felicitaran un montón de desconocidos que…

—Me preguntaba quién sería la segunda estrella de la fiesta. Feliz cumpleaños, Nathan, si no he oído mal a Kei. ¿Así que Nathaniel? Un hermoso nombre bíblico.

A tomar por… El irlandés se giró. Un hombre moreno, en el cual ya había reparado al echar un vistazo por la sala, se le había acercado con pasos silenciosos. Lo cierto era que el tipo no estaba mal, por más que las sienes plateadas y las arruguitas en torno a los ojos revelaban que era mayor de lo que sugerían su cuerpo en forma y su piel inmaculada. Tenía unos ojos castaños oscurísimos, rodeados de largas pestañas, que lo miraban justo a su nivel, y una hilera de dientes blancos y perfectos. Un ricachón disfrazado con ropas de civil, que frecuenta el gimnasio y al que le van jóvenes, catalogó Nathan. Pues a mí no me van los puretas, amigo.

—Una línea para entrarle a alguien muy en boga allá por el siglo diecinueve.

—¿No es maravilloso escuchar una primera frase y confirmar que la persona que la pronuncia no solo es atractiva, sino que también tiene bien amueblado el cerebro? —Levantó la copa de brandy que sostenía en su mano izquierda y se la llevó a los labios, sin perder la sonrisa—. Aparte de una buena dosis de ego, por supuesto. Das por sentado que quiero entrarte, cuando quizá lo único que pretendo es ser amable y pedirte un cigarrillo.

El joven le tendió el paquete y le ofreció fuego sin decir nada. El hombre dio una primera calada intensa y exhaló con satisfacción, con la típica expresión del que ha estado privado de humo y nicotina durante mucho tiempo.

—Intentar dejarlo es una refinada tortura. Gracias, Nathan. Por cierto, me llamo Adrian y creo que el diecinueve era un buen siglo, pero yo no lo cambiaría por este. Siento curiosidad… Conozco a Niko desde hace mucho tiempo, y me preguntaba qué tipo de persona es capaz de reunir tantos méritos para que su nombre figure en el mismo postre que su adorado Kei.

—Pregúntale a él.

—Ya lo hice, y obtuve resultados nulos. Confiaba en tener mejor suerte dirigiéndome directamente al interesado. ¿A qué te dedicas?

—Soy actor —respondió sin pensar. El tipo aquel lo miró con un pequeño brillo burlón en los ojos.

—No me digas… Y yo soy productor. Qué notable circunstancia.

El tal Adrian había esperado una reacción más interesada, desde luego, y no aquella pequeña dilatación en las ventanas de la nariz del rubio poco hablador. No se arredró.

—Tu cara no me es familiar, ¿estás empezando? ¿Has hecho ya algún trabajo profesional, o aguardas tu gran oportunidad? —Silencio—. Vamos; si eres un actor genuino, deberías actuar un poco y fingir que estás tomando parte en la conversación.

—Ya lo hago —observó al cabo de unos instantes. Su voz poseía el tipo de suavidad capaz de hacer que chirríen los dientes—. Es evidente que soy actor. Aquí estoy, escuchándote con paciencia, en lugar de mandarte a la mierda, que es lo que me gustaría.

Adrian reaccionó con incredulidad. Era la primera vez en su vida que alguien que pretendía ser del mundillo le hablaba así, después de enterarse de su profesión. Se preguntó si el chico suponía que le estaba tomando el pelo, si era una pose para impresionarlo, o si en realidad poseía un temperamento horrible y se escudaba en la amistad de sus anfitriones para salirse con la suya. No, no era una pose, veía la ira en sus ojos. Entonces… ¿cómo encajaba alguien así con el carácter fuerte de Niko y la aparente dulzura de su amorcito medio asiático?

Estalló en carcajadas.

—Hay que reconocer que los tienes bien puestos, Nathaniel —concedió, cuando se calmaron sus risas—, pero la primera lección que se aprende en el mundo del cine es la de hacerle la pelota al tipo que pone el dinero, ¿lo sabías? Desde luego que lo sabías, eres un chico listo. Te lo recuerdo porque no todos mis colegas tienen mi buen carácter… ni son tan buenos en la cama.

Apuró el cigarrillo y arrojó la colilla en un cenicero de pie que semejaba un pequeño jardín zen.

—Sobre todo —continuó—, lo segundo.

 

Desde el salón, Niko seguía la escena que el par protagonizaba en la terraza. Echó el guante a Kei cuando se puso a tiro y lo interrogó.

—¿Qué diablos hace Nathan ahí fuera con Adrian Schneider?

—Reparó en el mensaje que escribiste en la tarta y no se lo tomó muy bien —contestó, con un ligero tono de reproche—. En cuanto a Schneider, tu amigo es un depredador natural. ¿Qué te esperabas? A la fuerza tenía que atraerle una cara nueva.

—Pues se va a llevar un maldito chasco. Y Nathan se va a cabrear…

—… Aún más.

—… Aún más. ¿Por qué no has salido a rescatarlo? —se alarmó Niko, ante la aparente pasividad de su compañero.

—Este es el ambiente en el que se supone que va a moverse a partir de ahora. ¿No debería familiarizarse con él, para ver si quiere soportarlo?

—No tiene elección. Ha perdido la apuesta.

Salió con paso decidido. Kei no movió un músculo; al cabo de un momento, lo siguió.

 

—Hola, chicos, espero interrumpir —bromeó un receloso Niko al unirse a sus dos invitados.

—Niko, ¿cómo es que no me has presentado a tu nuevo amigo? Y un actor, además. Entra mucho más en mi terreno que en el tuyo.

—Oh, no tienes ni idea de lo equivocado que estás. Completamente equivocado. —Los ojos azules destilaban advertencia.

—¿Por qué? Siempre es bueno conocer sangre nueva. Lo que quisiera saber es qué le has hecho al pobre muchacho. No parece muy contento.

—Hola, Adrian —intervino Kei.

—¡Kei! Creo que ni siquiera nos hemos saludado esta noche. Felicidades: debes ser la persona que menos aparenta los treinta del mundo. Tengo entendido que firmaste un contrato con una productora independiente. Tu primera película, ¿no es cierto? ¿Qué tal sienta?

—Bien, gracias. —Miró a Nathan de soslayo—. Y yo he escuchado que tú…

El irlandés se alejó sin decir una palabra. Su actitud debía ser muy expresiva, puesto que nadie intentó convencerlo de que se quedara y se uniera a la conversación.

 

Se sentía tan perdido que hizo algo nada propio de él: husmear por la casa. Cualquier excusa era válida para perder de vista a la gente que poblaba el salón. Tras encontrar la moderna cocina y un aseo, fue a parar a una habitación de gruesos muros, con una pared tapizada de estanterías con discos compactos, equipo electrónico, un par de portátiles y un sistema de sonido tan engañosamente simple que debía ser carísimo. Y, sobre todo, con un soberbio piano de cola Steinway que relucía en el centro como una gigantesca joya de azabache. Tenía que ser de Kei y, aunque Nathan no era un entendido musical, sospechaba que el instrumento era demasiado bueno para pertenecer a un simple aficionado. Y todo ese equipo…

Se acercó a las estanterías. Exponían música de muchos géneros, con un claro predominio de piezas clásicas y bandas sonoras. Un par de compactos al lado de una selección de Sibelius llamaron su atención; no reconoció los programas de televisión de la portada, pero sí el nombre que los firmaba:

«Música compuesta por Kei Blackwood».

Se llevó la mano a la nuca y la dejó allí, sujetando la incipiente y dolorosa tensión de sus músculos. Comprendió que no tenía ni la más remota idea del lugar donde se estaba metiendo, ni de las personas con las que tendría que convivir, ni de la razón por la que lo hacía.

Esto último no era del todo cierto. Algo comenzó a palpitar entre sus piernas, a medida que la confusión se transformaba en una singular furia expectante.

 

—¿Has visto a Nathan? —susurró Niko cuando despedían a los invitados.

—No.

—No lo entiendo. Le perdí la pista después de que abandonara la terraza. No se habrá marchado…

Kei no respondió. En lugar de eso, dirigió la vista a las escaleras que conducían al primer piso. Su compañero se apresuró todo lo que pudo en cerrar la puerta tras los rezagados sin parecer descortés, y luego subió los escalones de dos en dos. El otro lo alcanzó y se encaminó derecho al dormitorio que habían usado durante su encuentro previo.

A pesar de que apenas lo iluminaba la luz débil que entraba desde el pasillo, Nathan estaba allí, tirado en la cama, con los pantalones por toda vestimenta. En el suelo descansaba una botella medio vacía, y sus mejillas rojas delataban que él se había encargado de hacer desaparecer el resto. Giró el rostro hacia la entrada cuando se encendieron los focos, momentáneamente deslumbrado; al ver quiénes eran, se incorporó. Sus ojos, un tanto vidriosos, los miraban bajo el ceño fruncido sin una pizca de amabilidad.

Kei se reclinó contra la pared y dejó caer sus zapatos y calcetines al suelo, junto con las prendas que Nathan había abandonado con anterioridad. Niko lo imitó, cerró la puerta y se acercó en silencio.

Si al bebido irlandés le hubiera funcionado el cerebro a plena capacidad, se habría sorprendido de la ausencia de comentarios y sonrisas burlonas. A esas alturas, lo único que le importaba era que el joven de piel bronceada y largos cabellos negros estaba al alcance de su mano. Asiéndolo por el antebrazo, tiró hasta hacerlo caer de espaldas sobre el colchón, se colocó a horcajadas, atrapó sus caderas con las rodillas y batalló para desabrocharle los botones de la camisa. Sus dedos torpes e impacientes no acertaron a pasar el primero a través del ojal. Los desgarró, exasperado, esparciéndolos sobre la colcha, y enterró la cara en el cuello desnudo; algunas hebras suaves se colaron entre sus labios. Siguió bajando por el pecho hasta atrapar un pezón con los dientes y propinarle lo que pretendía ser un suave bocado. El ligero dolor hizo que Niko gimiera, y el sonido espoleó aún más a Nathan. Pellizcó el otro pezón y arrastró la lengua hasta él, succionando con fuerza. Era la primera vez que tenía acceso a ellos y quería sentir cómo se endurecían, cómo se sacudía el cuerpo que estaba debajo del suyo. Mordió de nuevo y su víctima se revolvió; entonces dejó que goteara la saliva sobre la carne enrojecida y la extendió a lametazos, su mano derecha resbalando a lo largo de los marcados músculos abdominales y colándose bajo la cintura de los pantalones. La prenda no le permitía maniobrar con comodidad, y debió contentarse con palpar la zona de la bragueta y constatar que empezaba a adquirir volumen. No tanto como habría deseado.

Niko no llevaba cinturón, por lo que se concentró en abrir los botones. Juró por lo bajo. ¿Cuántas de aquellas malditas cosas tendría que vencer para arrancarle la ropa? Cuando notó las manos morenas tratando de ayudarle en la tarea las apartó con furia. Desabrochó todos los que pudo y propinó un tirón que arrastró los elegantes boxers ajustados a un tiempo. Apareció ante sus ojos el miembro abultado que recordaba, bajo aquel triángulo oscuro; lo rodeó y se deslizó arriba y abajo varias veces, finalizando con un intenso roce del pulgar en su abertura, para asegurarse de que tenía toda su atención. Sintió el órgano vibrar y gruñó, complacido.

Claro que no era aquella la zona de su cuerpo que más interés le despertaba en esos momentos.

Se soltó los vaqueros y bajó la cremallera, desvelando su nube de vello rojizo sobre un mástil a media asta. No llevaba ropa interior. Una idea debió asaltarlo de repente, pues se detuvo, se sacó un papel arrugado del bolsillo trasero y se lo lanzó a Niko. Perplejo ante la interrupción tan poco erótica del humor del momento, el joven lo desplegó y lo miró: resultados negativos para varias ETS. Lo apartó y buscó los ojos de Nathan, que terminaba de desnudarse.

—Estoy limpio —dijo este inclinándose sobre él, con una voz ronca que acusaba los efectos del alcohol—, así que te voy a joder a pelo. Y mejor que Kei te haya dado lo tuyo estos días, no pienso pararme a dilatarte. Lo único que quiero es meterte…

Se arrodilló entre sus piernas y las empujó a los lados, alcanzando a vislumbrar una tímida panorámica de su perineo y la separación de sus nalgas. Intentó concentrarse en ese punto, ya que pensar en cualquier otra cosa que no fuera abrirse camino entre ellas lo cabreaba; por desgracia, su aparato no se prestaba a colaborar. Maldita mierda de whisky… Se masturbó con furia, casi dolorosamente, hasta alcanzar una rigidez aceptable, y enfiló contra su objetivo.

—¿No prefieres… joderme a mí primero?

Esas palabras quedas a su oído… Unas manos firmes rodearon su cintura y se detuvieron sobre su erección. Kei. Era inexplicable que se hubiera olvidado de él, de no ser por su pobre experiencia en lidiar con más de uno en el catre y por su borrachera. Pero no estaba tan bebido como para ignorar la piel desnuda contra su espalda, el bulto apretando sobre su cintura y la voz suave: Kei, el caballero de refinado vocabulario, acababa de pedirle que lo jodiera, y le estaba haciendo una paja mientras daba tiempo a su boca a bajar a la fiesta y recibir unas cuantas estocadas bruscas. Un segundo antes de que el rubio lo agarrara por el pelo y lo apartara —no era una mamada lo que estaba buscando—, el joven se dio la vuelta, se colocó a cuatro patas sobre Niko y se restregó la polla de Nathan entre las nalgas.

Ya había fantaseado muchas veces con ese culo que lo obsesionaba desde la primera ocasión que lo tuviera en las manos. Era firme y elástico, y no pudo resistirse a hincar los dedos en la carne y separar los montículos para exponer la abertura. Deseaba hacer tantas cosas… Tomarse su tiempo, lamerlo de arriba abajo, pasar la lengua a través de ese músculo apretado y penetrar hasta sentirlo estremecerse.

Estaba demasiado borracho y demasiado alterado.

Entró de golpe. Nunca antes lo había hecho así, sin condón ni lubricante, y no esperaba aquella resistencia y fricción. Se obligó a empujar con mucha más fuerza, y le sujetó las caderas con tanta saña que le dejó marcas. De no ser por la insensibilidad que le proporcionaba el alcohol, también habría gritado de dolor… No, un momento; Kei no gritaba, ni se quejaba, tan solo jadeaba muy fuerte, con los brazos y piernas anclados en el colchón para poder resistir las embestidas. Porque eso fue lo que hizo Nathan cuando se adentró hasta la parte blanda y cálida: embestir como un animal, con violencia, observando cómo el color de la piel viraba del crema al rojo.

Quiero que grites… Quiero escuchar lo que sientes cuando te estoy follando…

Debajo de ellos, Niko sufría una punzante insatisfacción en su entrepierna. Estaba molesto; cavilaba sobre la razón por la que Kei se había inmiscuido en su primera experiencia en posición de cabeza con otro hombre. Y, a un paso de sacar conclusiones, reparó en el rostro encarnado de su compañero, que se sacudía a cada arremetida, tan tenso que los labios se le habían teñido de blanco. Le estaba haciendo daño. Nathan había perdido el control —¿había llegado a tenerlo en algún momento?— y se dejaba llevar por los instintos. Antes de que pudiera intervenir, Kei se abatió sobre él y le sumergió la lengua en la boca. No te muevas, déjalo, parecía decir. Niko saboreó el beso, se estiró hasta localizar el miembro que se cimbreaba sobre él y lo frotó de la manera que le gustaba, proyectando las caderas hacia arriba para disfrutar el contacto.

Al componente más joven de la reunión le tomó un buen rato ponerse a tono, pero eso no fue problema para Kei, que siempre tardaba en correrse. Cuando empezó a disfrutar a lo grande el duro asalto, el roce de las manos…, cuando sus paredes internas se contrajeron e hicieron que el chico rubio emitiera un grito sordo y eyaculara, aún no estaba listo. Niko aumentó el ritmo y le mordió el labio, y Nathan, derrumbado sobre su espalda, no se detuvo; continuó empujando hasta que la presión y un gemido suave le anunciaron que Kei también había llegado al clímax. La sacó con torpeza y se dejó caer junto a ellos, exhausto, en calma… La frustración se le había escapado de dentro junto con su semen. Con el pecho subiendo y bajando cada vez más reposadamente, se adormeció.

Una lengua lamiendo sus labios y un masaje húmedo y suave a lo largo de su miembro lo trajeron de vuelta al mundo de los sentidos. Prefería dormir, ¿por qué no lo dejaban en paz? Aunque… era tan placentero… Abrió los ojos, no más de una rendija, y distinguió la silueta borrosa de Niko, inclinándose hacia su cuello.

—Despierta, bello durmiente, despierta… Yo también quiero que me hundas esa maravilla hasta el fondo. Eso sí, tendrás que ser más amable conmigo.

Un nuevo lametazo en el lóbulo de la oreja, un ligero pellizco en la tetilla.

—Fóllame, Nathan. ¿No decías que me ibas a joder a pelo? Pues métemela. Fóllame.

Aquellas palabras, y la presión de un par de glúteos firmes sobre su polla, obraron el milagro de espabilarlo. Fijó la vista en Niko. Este, encaramado sobre su vientre, deslizó la hendidura de su trasero a lo largo de su erección, hasta que el extremo rosado llegó a su abertura, hizo un ligero tope y se aventuró a través de ella un par de centímetros.

—Ah…

Clavó los ojos oscuros en el miembro que apuntaba hacia él, coronado de líquido preseminal. Le rodeó la cintura con los brazos e introdujo la punta de un dedo junto con su glande, haciendo que gimiera más fuerte. Había estado jugueteando allá abajo, pues cedía con relativa docilidad y resbalaba bajo una buena dosis de lubricante. Se propinó varias sacudidas, manteniendo la cabeza apretada contra su esfínter, y empujó.

—Oooh, joder…, más despacio, es… tan grande…

Un Nathan extrañamente sosegado obedeció y aminoró la marcha, dándole tiempo a Niko para que se adaptara. Cuando ya no pudo adentrarse más, le sujetó los muslos, alzó las caderas y empujó. Al instante, el rostro de Kei descendió sobre la apreciable herramienta del joven bronceado.

—¡Ah! —exclamó este, inclinándose hacia delante, la boca abierta en una o perfecta y el cabello negro ocultándole las facciones—. Si-sigue, Nathan, por favor…

Con semejante paisaje desplegado ante la vista, ¿cómo habría podido dejar de cumplir la nueva orden, por adormilado que estuviese? Alzó otra vez las caderas y provocó una nueva sacudida en su pareja, que apoyó los brazos en el colchón. Y otra vez, y otra… Las estocadas eran cortas y profundas. Él mismo acabó jadeando en silencio, recreándose, alternativamente, con la expresión de Niko y con su polla hundida en la boca de Kei. Su mano derecha fue en busca de la entrepierna de este último, le acarició los rasurados testículos y el tronco y se dispuso a bombear. La carne se endureció bajo sus dedos, recordándole la noche en la que se la había chupado. Deseó volver a sentirla así.

Dejó bien claras sus intenciones acariciándole la barbilla para que abandonara lo que estaba haciendo y tirando para que se acercara. Él se colocó de rodillas, con las piernas abiertas sobre su cara, y adelantó la ingle. Nathan la guió entre sus labios y la chupó con fruición sin dejar de frotarla, y su cuerpo sincronizó con naturalidad la cadencia de su boca y su pelvis mientras arremetía contra Niko. Sus dedos húmedos de saliva resbalaron sobre el liso perineo de Kei hasta alcanzar su entrada, que se abrió a ellos tras un leve titubeo. Al cabo, rozaron su zona sensible. Notó la contracción, y el ansia de su polla por adentrarse aún más en su garganta.

En lo alto, los dos jóvenes morenos volvieron a comerse a besos. A Niko apenas le quedaba concentración para manejar la lengua, y Nathan escuchó sus gemidos roncos resonando con más y más fuerza dentro de Kei.

—Mmmm… Ugh… Ya casi… Dios… No pares, Nathan, ya casi… ¡Aaaah…!

Afianzó los pies sobre el colchón y se la clavó tan profunda como fue capaz, y así permaneció, sacudiéndose con un tímido movimiento circular. Después de experimentar una calidez húmeda en el pecho, aguardó a que el otro joven culminara por su lado. La segunda descarga cálida la recibió contra el paladar; de nuevo se sorprendió de lo bien que sabía. Podría haber estado lamiendo aquello durante días y días.

Él también se corrió, sepultado en el estrecho túnel de Niko. Estaba tan agotado por el alcohol que la sensación de éxtasis pasó desapercibida entre oleadas de inconsciencia. No pudo distinguir quién lo besaba primero, quién continuaba, quién le enjugaba la piel y le acomodaba la cabeza en la almohada… El brazo se le movió por su cuenta para abrazar la cintura que se había puesto a tiro. Era más fina, así que supuso que sería la de Kei. Se acurrucó contra él y susurró:

—Hmmm… Kei…, lo…

Se quedó dormido antes de poder pronunciar «siento».

 

La luz que filtraban las cortinas lo hizo parpadear. También contribuyó a ello, qué duda cabía, el aroma de las tostadas y los huevos revueltos, y la retozona mano de Niko, acariciando su costado.

—Buenas… tardes, grandísimo vago —se burló, deteniéndose en su ingle—. Por un día, y sin que sirva de precedente, te despierto con un desayuno en la cama. ¿Has dormido bien?

Nathan se frotó los ojos y se estiró sobre la espalda. Al otro lado, Kei lo contemplaba con una pequeña sonrisa, apoyando la mejilla en el antebrazo. Atrapado entre dos frentes de mirada azul, se sentía confuso… y hambriento. Reparó en la bandeja cargada de comida sobre la mesita. Los bramidos de su estómago lo forzaron a incorporarse.

—Hum… Por el estado de tu entrepierna, creo que primero deberías hacer una visita al baño. Está ahí mismo…, semental.

Era muy cierto. Saltó, se paró para localizar su ropa interior, recordó que no se la había traído y pescó, en cambio, sus pantalones.

Más tarde, mientras se servía una tercera taza de té y una segunda ración de huevos, y escuchaba los comentarios de Niko con el espíritu aplacado por la generosa ofrenda alimenticia, el recuerdo de la noche anterior se alzó para acosarlo con fastidiosa intensidad. No estaba tan bebido como para olvidar. Pensó en la fiesta, en su ánimo de la jornada, en la que sería su situación a partir de entonces en aquella casa. Rememoró lo que habían hecho juntos unas horas antes. Turbado, miró a Kei por el rabillo del ojo; desde luego, si el joven guardaba algún resentimiento, lo disimulaba con una naturalidad mejor de la que él podría alcanzar en toda una carrera interpretativa.

—Ya que es domingo, podríamos aprovechar para ayudarte a traer tus cosas —sugirió Niko tras retirar la bandeja. Así pues, el plan seguía en pie—. Te hemos despejado la habitación libre, ahora te la enseñaremos. Kei también tiene su propio cuarto, y yo el mío, y cuando queremos… jugar en grupo usamos este, por diversos motivos que pronto entenderás.

—¿Jugar en grupo? —repitió Nathan, sintiendo de repente que la boca se le volvía pastosa.

—En realidad, esa es una de las poquísimas reglas que tenemos, ¿recuerdas? Ya te explicamos una, que nunca éramos pasivos fuera de la pareja. Bien, aunque la pareja se ha ampliado en un miembro, la norma sigue vigente. Y ya me imagino lo que estás pensando: que el diablo se te lleve si tienes intención de romperla. Fuera, o dentro, ya que estamos.

—Me lees como a un libro abierto —masculló el irlandés.

—No pongas esa cara. Anoche, Kei y yo nos estrenamos contigo. Para que veas hasta qué punto has llegado a gustarnos, Nathan.

El joven no respondió. Se sentía orgulloso, por descontado, pero el placer no lograba borrar el resto de sus temores.

—¿Y qué hay de las otras reglas? Supongo que cuanto antes me las aprenda, mejor, ¿no?

—Únicamente hay otra. Si bien podemos acostarnos con otras personas, los demás tienen que saberlo siempre de antemano. Es una cuestión de sinceridad, ni más, ni menos, y creemos que esa es una de tus principales virtudes.

—Nunca he sido un mentiroso, ni he huido de mis compromisos.

—No es solo eso. Los otros dos siempre tendrán derecho de veto sobre la elección de parejas del tercero. Y si rompes esta norma, ya sea intencionadamente, por olvido, por imposibilidad para comunicarte o por otra causa… tendrás que pagar la penitencia que te impongamos. Cualquiera que sea.

—Un momento. ¿Estás sugiriendo que, si me entra un calentón en un bar y quiero que una nena me la coma en los servicios, tengo que telefonearos primero a los dos?

—No sugiero, afirmo. —En la voz de Niko no se percibía ni la sombra de una burla.

—Y si la fastidiara, ¿tendría que venir arrastrándome y aceptar cualquier locura que me forzarais a hacer? —Frunció el ceño—. Cómo no, debería haberlo supuesto… ¿Tendría que tragar que me pusieras a cuatro patas y…?

—Nathan, tienes que entender algo. —Kei se decidió a intervenir en la conversación—. No son imposiciones para darnos en lo que más nos duela, sino para disuadirnos de hacer peligrar lo que tenemos. Te aseguro que funcionan, y aunque los dos nos hemos llevado alguna que otra penitencia a lo largo de los años, el recuerdo nos ha servido para mantener la sinceridad entre nosotros. No seremos tan arbitrarios como para vetar a alguien por mero capricho, y, desde luego…, no sé de qué tipo habrán sido tus relaciones en el pasado —el irlandés tragó saliva— pero intuimos dónde están tus límites y nunca te haríamos algo que no pudieras soportar.

—Además, los tres tenemos los mismos derechos. Algún día me moriré por acostarme con alguien que detestarás, y tendré que fastidiarme y venir a buscar consuelo en vuestros brazos. —Se echó sobre él y sonrió—. No te preocupes, Nat. Merecerá la pena.

Su lengua se coló entre sus labios, suave como la seda. Luego se apartó, con un pequeño beso bajo el mentón, y se levantó.

—¡Lo olvidaba! Esta es una copia de la llave de casa, y esta es de la Honda —dijo, sacando los objetos de un cajón y lanzándoselos—. Para que la uses cuando quieras.

—Debes estar de coña —replicó, boquiabierto.

—Claro que no. Es cómoda para moverse por la ciudad y te hará falta un medio de transporte.

—No pienso aceptarla. Aparte de que es una estupidez…, yo no tengo licencia.

—Ya nos ocuparemos de eso. Vamos, no es más que un derecho de la comunidad. Considéralo un regalo de cumpleaños. Y ahora, con todo el dolor de mi corazón, tengo que ausentarme un rato, porque le prometí a ese capullo de Martin que haría un par de llamadas a los chicos de Medios. Y por cierto, Nathan, aún se nota el sabor. Deja de fumar.

Salió de la habitación, dejando la puerta abierta. El nuevo y más joven habitante de la casa se quedó inmóvil durante unos instantes, sin saber muy bien qué pensar.

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