La noche •Capítulo 14•

Cuando Yarik abandonó el reservado de madrugada, la discoteca ya estaba prácticamente vacía, con la única excepción de algunos rezagados que todavía se resistían a dar por finalizada la juerga. A él también le había costado mucho terminar con su propia fiesta privada. Cada vez que se decía a sí mismo que ya era suficiente y que debía dejar a Álex en paz, el recuerdo del beso de Evan y la tentación de regresar a casa con él retornaban con una fuerza inconmensurable. Y, en cada ocasión, acababa por ahogarlos en vodka y entre las nalgas del español. Completamente borracho, salió tambaleándose y tropezando con sus propios pies y avanzó zigzagueante hacia su oficina, donde se desmayó sobre un sillón.

Joseph observó aquella escena sin sorpresa ni emoción. No era la primera vez que presenciaba algo parecido. El ruso tenía la mala costumbre de beber más de la cuenta. En especial, cuando entraba en el repugnante reservado para dar rienda suelta a sus asquerosas perversiones junto al depravado de su jefe. Lo cierto era que los dos le parecían despreciables. Tampoco le había pasado inadvertido el hecho de que la tarima de Álex llevaba horas desocupada, y una horrible certeza cruzó por su mente. Se recordó que no era asunto suyo, pero esa vez no funcionó. En cierto modo, se sentía responsable del gogó por no haberle advertido del peligro que corría después de la experiencia tan íntima que habían compartido en el servicio de caballeros. Y, para cuando quiso darse cuenta, sus piernas ya habían cobrado vida propia y estaban recorriendo todo el camino que lo separaba de la macabra habitación. Subió las escaleras, cruzó por la zona de descanso y se quedó parado junto a la entrada del reservado, preguntándose si debía entrar.

Al mismo tiempo, Álex cruzó el umbral y los dos hombres se quedaron frente a frente, observándose en silencio. El gogó llevaba puestos los mismos mini shorts plateados, pero una buena parte de la purpurina ya se había despegado de su cuerpo. Tenía los ojos muy rojos y aún se distinguían los rastros de humedad en sus mejillas. Su rostro angelical se había deformado por una profunda mueca de dolor, la cual se acentuaba cada vez que daba un nuevo paso. Joseph sintió un deseo irrefrenable de salir disparado hacia la oficina de aquel ser despreciable para estrangularlo con sus propias manos mientras este dormía la mona. En lugar de eso, se acercó al chico y le pasó un brazo por debajo de los hombros para ayudarlo a caminar.

—Necesito ir al vestuario, tengo allí mi ropa —murmuró Álex con voz ronca y cansada.

Joseph asintió, pero no dijo nada. Un horrible nudo se había formado en su garganta, impidiéndole emitir sonido alguno, por lo que se limitó a acompañarlo en silencio. Esperó a que el gogó terminase de vestirse y después lo ayudó a llegar hasta su coche, que estaba estacionado en el aparcamiento principal. A Joseph le hubiese gustado ser capaz de decirle algo, cualquier cosa que le brindase un poco de consuelo, pero nunca se le habían dado demasiado bien las palabras. Quizá se debiese a la sociedad represiva en la que había crecido, o puede que tuviese más que ver con su personalidad introvertida. En realidad, no importaba mucho porque el sentimiento de inutilidad que lo embargaba seguiría siendo el mismo en cualquiera de los dos casos.

—Gracias. —Álex forzó una sonrisa agotada.

El nigeriano negó con la cabeza, sin creerse merecedor de ningún gesto de simpatía por su parte. Quería explicarle que había tenido la oportunidad de avisarlo en el cuarto de baño y no lo hizo por puro egoísmo, que era culpa suya que ahora estuviese en aquel estado tan deplorable, pero eso tampoco se lo dijo porque no soportaba la idea de que aquel ángel de cabello dorado lo odiase.

—¿Puedes conducir? —preguntó en su lugar.

—Sí, tranquilo, estoy bien.

Joseph le dedicó una expresión de escepticismo. ¿Cómo demonios iba a encontrarse bien después de semejante experiencia? Ninguna persona normal sería capaz de pasar por una agresión sexual con la indiferencia que Álex mostraba. Estaba convencido de que fingía, pero ¿por qué razón? ¿Para no preocuparlo o porque en realidad no confiaba en él? Y, en caso de que no lo hiciese, ¿podía culparlo? No, no podía. Se dijo que el chico hacía lo correcto al no fiarse. Después de todo, no era más que otro monstruo entre monstruos. Agachó la cabeza y clavó su mirada triste en el suelo.

—De verdad, Joseph, estoy perfectamente. Solo necesito una buena ducha caliente y unas cuantas horas de sueño —insistió Álex, dándole una amistosa palmada en el hombro.

El africano levantó la vista, sorprendido, para encontrarse con ese bello rostro, cuya expresión podía calificarse de cualquier cosa menos de inocente. Se notaba que estaba agotado y dolorido, pero aun así había un brillo de fiereza en sus ojos y a la vez una extraña serenidad que Joseph nunca había detectado en ninguno de los anteriores juguetes de sus jefes. No comprendía sus reacciones, se salían por completo de lo normal. E, inevitablemente, esto provocó que despertase en él una inmensa curiosidad hacia a aquel crío, que amenazaba con crecer hasta ocuparlo todo en su mente y no permitirle pensar en nada más.

—Ellos todavía no lo saben, pero no soy una víctima —declaró Álex, deslizando pausadamente su mano por el musculoso bíceps de Joseph.

—¿Qué quieres decir? —preguntó, extrañado.

—Pues que no pueden manipularme tan fácilmente como creen. Haré lo que sea necesario para sobrevivir.

Joseph se quedó incluso más atónito y desconcertado de lo que ya estaba porque él se había repetido aquella misma frase cientos de veces. Era su lema de vida y lo que le permitía mantener a raya los remordimientos casi siempre. Trató de hablar, pero las palabras volvieron a atascarse en su garganta y, frustrado, maldijo sus nulas habilidades para comunicarse cuando más lo necesitaba. Había muchas cosas que quería decirle y preguntarle a Álex, pero lo único que pudo hacer fue acariciarle la mejilla con el dorso de la mano para tratar de infundirle algún consuelo. El español la cubrió con la suya y, durante unos segundos, los dos hombres se quedaron allí de pie, observándose en silencio y transmitiéndose muchas cosas sin necesidad de palabras, hasta que Álex rompió el contacto y dijo en un tono que pretendía ser burlón, pero que sonó cansado:

—Ahora mismo te besaría, pero prefiero lavarme los dientes y desinfectarme bien la boca antes. Nos vemos esta noche.

Luego, subió a su coche y se fue, dejando al nigeriano boquiabierto y paralizado en medio del aparcamiento, preguntándose si de verdad había subestimado tanto como parecía a aquel mocoso blanco. Deseaba con todo su ser que así fuera porque, en ese caso, el chico quizá tuviese una pequeña oportunidad. Lo deseaba, pero no lo creía, y esa certeza lo mortificaba. ¿Cómo tener esperanza cuando toda su vida era una prueba fehaciente de lo inútil que esta resultaba?

 

Nunca olvidaría los últimos días que pasó con Jacob, en su aldea natal, antes de emprender aquel nefasto viaje hacia Europa. El desbordante optimismo de su amigo había terminado por contagiarlo a él también. Por primera vez, los dos podían hablar esperanzados de un futuro en común. Recordaba aquella última tarde, resguardados en el anonimato de su habitación, puertas cerradas, cortinas corridas, sus cuerpos desnudos entrelazados, bocas y manos buscándose con urgencia.

«Muy pronto, no tendremos que volver a despedirnos nunca más. Cuando lleguemos a España, los dos trabajaremos y ahorraremos todo lo que podamos para comprar una casa juntos», le había prometido Jacob antes de besarlo. En aquella ocasión, Joseph también deseaba creerlo con todas sus fuerzas, y casi lo hizo hasta que su amigo desapareció para siempre en el mar, dejándole únicamente sueños rotos. No, él había aprendido por las malas a no confiar en imposibles. Era mejor de ese modo.

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