La melodía del corazón •Capítulo 3•

3

ROMEO

 

Esa mañana sí estaba en mi casa, aunque no estaba solo en la cama. Un italiano moreno, de metro ochenta y espalda tatuada dormía a mi lado. Qué débil era. A mi favor diré que lo había dejado, o al menos lo intenté. El problema era que Fabio no estaba de acuerdo con que tuviésemos que terminar y se dedicó a seducirme con esmero, utilizando todos mis puntos débiles que tan bien conocía. No tuve más remedio que dejarme seducir.

Miré el reloj de la mesilla: las ocho y media. Al menos no habíamos trasnochado mucho y podía llegar a la librería para abrir. Me levanté sin despertarlo y preparé algo para desayunar; café y tostadas con aceite y tomate, con una pizca de sal y pimienta negra. Lo llevé en una bandeja hasta la cama y desperté a mi bello durmiente con besos por la espalda y la nuca, suavemente. Podía ser un capullo, pero lo compensaba con algo de mimos. Ya le dejaría en otro momento.

Fabio se desperezó y me dio los buenos días con una sonrisa y un beso.

—Gracias por el desayuno, cuando quieres eres un verdadero Romeo.

—Solo por el nombre.

Shakespeare era el escritor favorito de mi madre y también el mío, pero su obra predilecta siempre fue Romeo y Julieta, era una romántica; por el contrario, a mí me conquistó Hamlet. Alguien debería haberla detenido cuando decidió llamarme Romeo, pero mi padre la quería tanto que no pudo negarle nada, nunca, en toda su vida juntos, que acabó demasiado rápido.

Desayunamos en la cama escuchando el trino de los pájaros. Qué idílico. ¿Así sería siempre si tuviéramos una relación formal? Claro que no, la «luna de miel» duraba los primeros años, como mucho, y luego todo se iba a pique inexorablemente. Como el Titanic. En realidad el hundimiento fue lo mejor que les pasó a Rose y Jack, hizo su amor eterno; en la vida real no habrían durado ni tres meses tras desembarcar, hasta que Rose empezase a saber lo que era pasar hambre y frío. El amor idílico terminaba y entonces ¿qué quedaba? Ojalá hubiera podido preguntárselo a mis padres y descubrir el secreto de su feliz relación.

—Tendremos que retomar la conversación de ayer en algún momento —dejé caer entre sorbos de café.

Fabio me miró con una sonrisa pecaminosa.

—El sexo de después fue impresionante, lo hablaremos otra vez cuando quieras.

—No me lo pongas difícil —dije suavemente.

—No lo pongas difícil tú.

Dejó la bandeja en el suelo y se tumbó sobre mí para besarme, aplastándome contra el colchón.

—Nos gustamos y lo pasamos bien juntos —dijo contra mis labios—, ¿por qué quieres dejar de pasarlo bien conmigo? ¿Hay otro?

—No, el único motivo es que tú quieres más que yo.

Me mordió el labio de abajo y tiró de él hasta hacerme jadear.

—Yo solo quiero esto.

—Mentiroso.

—Shhhhhh.

Me silenció con su lengua invadiendo mi boca y sus manos recorriendo mi pecho y mis muslos, todo mi cuerpo. Me costó un infierno detenerlo antes de perder el control.

—Tengo que ir a trabajar, lo siento.

Salí rápido de la cama y él se dejó caer en el colchón soltando un suspiro frustrado.

—Sigue durmiendo si quieres y márchate después.

Le di un último beso rápido y metió la cabeza bajo la almohada. Bajé la persiana para que pudiera descansar y cogí algo de ropa para vestirme en el baño: pantalones vaqueros y camiseta negra sin adornos. Después de una ducha rápida, salí por la puerta con el pelo mojado goteando sobre los hombros. Le mandé un mensaje a Lucía para avisarla de que estaba en camino y podía abrir yo. Luego mandé un mensaje en el grupo de amigos, mi segunda familia, para tomarnos unas cervezas esa tarde después del trabajo; los tres aceptaron encantados. Y por último le escribí a Fabio, que seguía en mi cama, para decirle que nos veríamos otro día, que ya tenía planes. Necesitaba despejarme.

 

Lucía solo llegó media hora más tarde que yo, mientras estaba atendiendo al primer cliente del día, interesado en saber si tenía el libro en el que aparecía un pájaro en la portada. Claro, señor, le traeré ese ejemplar único que le estaba esperando. Al final conseguí averiguar el libro que buscaba. Hablar con algunos clientes era desesperante. Lucía se apoyó en el mostrador soltando la risa que había estado conteniendo hasta que el cliente desapareció.

—Al menos debemos alegrarnos de que haya gente que regala libros, aunque no lea.

—Eso es cierto.

Aunque lo dijo riéndose sin parar y al final me contagió la risa.

—Últimamente estás quedando mucho con Fabio —comentó, ya más seria.

—¿Cómo lo sabes?

—Tu cara de haber follado es evidente, te lo noto a kilómetros.

—Joder, espero que solo sea porque me conoces muy bien.

—No estoy segura… —me miró fijamente, examinándome—. Desprendes como un aura de recién follado.

—¡Cállate!

La empujé por el hombro y ella me devolvió el empujón entre risas. Dejamos de hacer el tonto cuando otro cliente entró en la librería; lo saludamos y se fue directo hacia una estantería, parecía manejarse bien solo. Bajamos el tono de voz.

—Así que ¿qué? ¿Vais en serio?

—Ese es el problema, que él quiere, pero yo no. Intenté dejarlo y acabamos en la cama, lo sé, no me mires así. Ahora dice que no quiere nada más, pero sé que miente.

—Algún día tendrás que volver a arriesgarte con eso del amor.

—Tal vez si vuelvo a enamorarme, pero no antes, no voy a forzarlo.

—Forzarlo, dices —se burló—. Si huyes de las relaciones como si fueran la peste.

—Soy una persona independiente, no necesito a nadie para ser feliz, no voy a meterme en una relación con cualquiera para no estar solo, estoy muy bien solo —recité mi discurso de carrerilla—. Además, ¡mira quién habla! —la señalé, resoplando. Ni que ella fuera una experta en relaciones románticas.

El cliente se acercó al mostrador con un libro en la mano, sabía perfectamente lo que estaba buscando y lo había encontrado rápido. Le cobré y le regalé unos marcapáginas y una sonrisa de trabajo.

—¡Ay, Romeo! —exclamó mi prima, palmeándome la espalda—. El día que te enamores no luches demasiado, salta y disfruta de la caída libre.

—¿Y de la hostia si no se abre el paracaídas también hay que disfrutar? —pregunté cínicamente.

—No, pero a eso sobrevivimos todos, hasta que encontramos a alguien con quien volar.

—Estás insoportable hoy, deja de leer libros románticos y vete a quitar el polvo de las estanterías.

—Gruñón.

Me revolvió el pelo y se marchó dando saltitos mientras le gruñía de verdad. A mí también me encantaban los libros de romance, pero la realidad era muy diferente, en la vida real el amor solía ser decepcionante. No quería enamorarme y doña consejos tampoco era la más indicada para darlos, llevaba incluso más tiempo que yo soltera y feliz de estarlo. Yo también estaba feliz de estarlo.

El resto de la mañana me dejó tranquilo y luego comimos juntos en un restaurante muy cerca de la librería, donde todos los miércoles hacían su especialidad: lasaña casera y tarta de manzana para morirse de gusto. La invité yo, por su ayuda con mi resaca del otro día. Por la tarde estuvimos más ocupados atendiendo a clientes, y a las ocho, cuando por fin cerramos, ella se quedó haciendo la caja y yo me fui a La Latina, donde mis amigos me esperaban.

Había invitado a Lucía, por supuesto, pero por más que insistí no quiso acompañarme. A veces le gustaba más estar sola que con otras personas, y ya tenía bien aprendido que debía dejarla a su aire, ella estaba bien así.

 

Mis amigos me esperaban ocupando ya una mesa en la terraza de un bar. Berta estaba sentada con una pierna colgando del reposabrazos mientras se encendía un cigarro (solo fumaba cuando bebía alcohol). Su piel tenía un envidiable moreno natural, el cabello cobrizo estaba más corto que hacía solo unos días, las puntas le rozaban los hombros, y sus grandes ojos, dorados bajo la luz del sol, me sonrieron junto con sus labios cuando me vio acercarme. Alzó una mano para saludarme, agitando el cigarro, y los otros dos se dieron la vuelta en sus asientos. Diego, con una camiseta ajustada que marcaba sus trabajados músculos (sus camisetas siempre parecían a punto de reventar), el pelo rubio oscuro rapado y los ojos azules, que tan bien conocía, cubiertos tras unas gafas de sol. Y Zareb, a quien consideraba mi medio hermano (habíamos compartido casi toda la vida, desde el colegio juntos); un tiarrón de metro noventa, negro como el ónice, imponente, con el pelo afro corto; los ojos color miel eran el espejo de su alma: dulce y hermosa; y siempre mostraba una sonrisa amigable pese a su carácter más introvertido.

Le di un beso a Zareb en la frente, choqué el puño con Diego y con Berta, y me senté en la silla libre que me habían reservado, entre mis dos hombretones. Berta expulsó el humo del cigarro y pilló al camarero por banda para pedir otra ronda de jarras de sangría. Nos pusimos al día rápido y, para evitar hablar de Fabio, los distraje con otros dolores de cabeza.

—Adivinad a qué se dedica mi nuevo vecino —comenté tras dar un largo trago a la sangría fresquita.

—¡Espía! —dijo Berta.

—¿Cómo se supone que sabría que es espía? Sería como un agente secreto, fingiría no serlo —contestó Diego.

Ella se encogió de hombros y dio otro trago a su jarra, no tenía mucho aguante con el alcohol, le subía muy rápido.

—Algo más factible, chicos.

—Policía —aventuró Zareb—, siempre te han gustado por el uniforme y las esposas.

—Ojalá. —Mi mente imaginó al chico rubio de pelo largo vestido de policía y fue una imagen más que agradable—. Pero no —añadí.

Solo quedaba Diego, los tres lo miramos esperando que dijera algo.

—Si no es algo que te guste, será algo que te moleste —dijo pensativo—. Músico, guitarrista…

—¡Bingo! Aunque es pianista, no guitarrista.

Los tres hicieron una mueca de disgusto, comprendiéndome perfectamente. A nadie le gusta tener un vecino músico, era la peor opción junto con padres primerizos de niños llorones y escandalosos.

Aunque, también era cierto que me sentía un poco mal por haber pagado con él mi resaca y mi mal humor. Me sentía culpable, parecía tan inocente con esos ojos tan grandes y sorprendidos, y tan verdes, y yo tenía una mañana horrible. No solía comportarme de forma tan despreciable. Debía odiarme o temerme, qué vergüenza. Lo compartí con mis amigos porque nos lo contábamos todo, lo bueno y lo malo.

—Ahora cada vez que salgo de casa echo un vistazo por la mirilla para asegurarme de que no hay nadie en el rellano y bajo rápido por las escaleras —confesé.

—Vale que los músicos no molan como vecinos, pero fuiste un capullo —confirmó Berta.

—Lo sé, y desde entonces lo llevo dentro, me siento fatal.

—Deberías hablar con él, pedirle perdón —dijo Zareb.

—E invitarle a una cerveza como símbolo de paz —añadió Diego.

—Tampoco nos pasemos, que no he atropellado a su perro.

—¿También tiene perro? —preguntó Berta.

—No, solo era un decir —contesté entre risas.

—Al menos pídele perdón, no seas capullo, es lo mínimo —zanjó Diego.

Me rendí alzando las manos y asentí con la cabeza. Ya sabía que tenía que hacerlo, pero el empujoncito no venía mal, tal vez era un poco cabezota y orgulloso. Solo un poco. Y me avergonzaba mucho de mi comportamiento con el nuevo.

—No voy a rehuirle y cuando me lo encuentre se lo diré.

Después cambiamos de tema; nos centramos un rato en los líos amorosos de Berta, pedimos otra ronda de sangría, Diego ligó con una chica de la mesa de al lado e intercambiaron números de teléfono, y cuando anocheció decidimos ir a cenar a algún lado.

Berta se colgó del cuello de Diego y yo me abracé a la cintura de Zareb, que me rodeó los hombros con un brazo. Él era quien mejor aguantaba el alcohol, tal vez por lo grande que era. Berta tenía antojo de comida china, de repente se obsesionó con ello, y recorrimos las calles en busca del primer restaurante que viésemos. Cenamos rollitos de primavera, pollo al limón y tallarines hasta reventar, y se nos bajó un poco la borrachera con el estómago lleno, así que de postre tomamos helado y unos chupitos. Brindamos y de un trago para dentro.

Los cuatro nos conocimos en el instituto, coincidimos en la misma clase. Solo Zareb y yo nos conocíamos de antes. Un día, a principio de curso, escuché que alguien le soltaba un comentario racista en el descanso entre clases. Qué original. Y como sabía que Zareb no iba a defenderse porque era más bueno que todos juntos, lo hice yo. Cogí lo primero que tenía a mano, que resultó ser un libro que estaba leyendo una chica sentada en las escaleras, se lo quité de un tirón y lo lancé a la cabeza del imbécil. No tenía muy buena puntería, se estrelló contra su espalda. El idiota se giró gritando que quién había sido y le saqué el dedo del medio en respuesta. Vino encabritado a plantarme cara, con su grupito de amigos detrás, pero otro chico se metió entre medias para separarnos y entonces sonó el timbre para entrar a la siguiente clase antes de que pudiéramos llegar a las manos. Salvado por la campana. «Gracias», le dije al rubio que había intervenido. Zareb se acercó con el libro en las manos y también le dio las gracias. «De nada, odio a esos idiotas», contestó él. Nos presentamos y un golpecito en mi hombro nos interrumpió. Una chica se asomó a mi lado con el ceño fruncido, fulminándome con la mirada, y señaló el libro que sujetaba Zareb. «El arma arrojadiza es mía —se la devolví con una disculpa y una media sonrisa—. Más te vale que no se haya doblado ninguna página. Por cierto, me llamo Berta». Luego nos sentamos cerca en la siguiente clase y poco a poco nos hicimos amigos hasta ser inseparables.

—Romeo siempre fue el más malote de los cuatro —balbuceó Berta después de otro chupito.

Cómo no, estábamos rememorándolo.

—No soy malote, tengo carácter y a veces poca paciencia, que es diferente —balbuceé yo también.

—Sí, que se lo digan al vecinito nuevo —dijo Diego, metiendo cizaña.

—Que no, joder, soy un tío de puta madre y se lo demostraré, le invitaré a esas cervezas.

—Claro que sí, Romeo, no les hagas caso —dijo Zareb, apoyando la cabeza en mi hombro, empezaba a verse afectado también—. Eres el mejor.

—¡Gracias!

Diego y Berta se miraron y empezaron a descojonarse a carcajada limpia. Nos trajeron la cuenta sin haberla pedido, insistiendo sutilmente en que nos marchásemos y dejásemos la mesa libre, y cada uno pagó lo suyo. Berta quería seguir con la fiesta, pero los demás nos rajamos, así que nos fuimos a casa. Estaba agotado, había sido una semana muy ajetreada, necesitaba un finde tranquilo y sin resaca.

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