La melodía del corazón •Capítulo 1•

Aquí podrás leer de forma gratuita los primeros capítulos de La melodía del corazón, de Tamara Moral; una cercana historia de amor entre dos chicos cuya relación va evolucionando a la vez que se van descubriendo a sí mismos y aceptando lo que verdaderamente quieren y necesitan. Ahora bien, te advertimos dos cosas:

  1. Esta novela es para mayores de edad por su contenido sexual.
  2. Es una historia adictiva que no podrás dejar de leer.

Aclarado esto, ¡bienvenid@ a este antro!


Llámame «amor» y volveré a bautizarme:
desde hoy nunca más seré Romeo.

Romeo y Julieta, WILLIAM SHAKESPEARE

I

ROMEO

 

Me dejé caer sobre unas cajas de libros en la trastienda de la librería. Tenía una resaca horrible, me palpitaba en las sienes como la música de anoche retumbando en los altavoces. Sabía que no tendría que haber venido. ¿Para qué? Ya estaba Lucía para encargarse de los clientes, sobria y sonriente, no como yo. El problema era que no había despertado en mi casa, sino con Fabio. Otra vez. Con su erección apoyada contra mi espalda. Por suerte, la alarma de mi teléfono no fue capaz de despertarlo, así que me había levantado con cuidado, me había vestido rápido y había venido directo a la librería porque me quedaba más cerca que mi casa y necesitaba desplomarme en algún sitio cuanto antes. Una buena idea que ahora no me lo parecía tanto.

Lucía me informó de la horrible cara que tenía en cuanto me vio entrar por la puerta, y le contesté con un gruñido. Me encerré en el baño privado para meter la cabeza bajo el grifo de agua fría y al momento me sentí un poco mejor. Solo un poco. Por eso me escondí en la trastienda, que estaba impregnada de un olor a libro que siempre me era reconfortante.

Solía ser más responsable, al menos lo justo como para no salir entre semana; pero en el verano, con el buen tiempo, era más difícil resistirse a proposiciones indecentes, y Fabio siempre tenía alguna para mí. A pesar de todo, de forma contradictoria, también estaba intentando distanciarme de él porque no quería meterme en ninguna relación seria. Ya llevábamos demasiado tiempo tonteando, incluso me había hecho esas grandes preguntas que yo no quería oír: «¿Qué somos?, ¿hacia dónde va esta relación?», y en ese momento supe que teníamos que dejarlo. Aunque de saberlo a hacerlo… Fabio me gustaba mucho, pero no tanto. No tanto como para olvidar el daño que me habían hecho y volver a creer en el amor. No tanto como para cambiar mi vida de absoluta libertad por la correa de una relación. No obstante, de nuevo, la carne es débil. Y mientras buscaba la forma de dejarlo sin hacerle daño volvía a caer en sus redes. Cómo resistirse a la labia de un italiano de piel dorada, acento encantador y medio cuerpo tatuado; yo no lo sabía.

Ojalá pudiéramos prescindir de los sentimientos, como apagar un interruptor; todo sería más fácil.

Un carraspeo suave llamó mi atención, aunque lo que me hizo abrir los ojos y espabilarme fue el intenso olor a café que lo acompañaba. Lucía entró en la trastienda sujetando una humeante taza y me miró de arriba abajo chasqueando la lengua.

—¡Mi salvadora!

Le tendí las manos para que me diera la taza y, en cuanto la tuve, le di un trago gimiendo de gusto.

—Qué sería de ti sin mí, primito.

—Absolutamente nada, no sería más que un despojo humano.

Se sentó a mi lado riéndose entre dientes y me peinó el pelo revuelto con los dedos. Debía parecer un nido la mata de mechones ondulados y oscuros, rebeldes por naturaleza; solo se rendían ante un peine cuando les apetecía y me permitían fingir un aspecto más decente.

Lucía era mi única prima, pero nos queríamos como hermanos, ya que ambos éramos hijos únicos. También era una de mis mejores amigas y la dueña de la mitad de la librería. La otra mitad era mía. Ella decía que era nuestra hija. Por suerte estaba a salvo gracias a que Lucía era responsable de verdad, la persona más sensata que conocía, y no solía cometer locuras ni dejarse enredar por chicos guapos. A veces era incluso un poco maternal conmigo pese a que solo tenía dos años más que yo; acababa de cumplir veintiocho hacía unos meses y estaba llevando muy bien dejar la veintena atrás.

—No estoy muy segura de haber podido evitar eso —dijo, terminando con mi pelo. Yo estaba perdido en el café.

—¿Eh?

—Lo del despojo humano.

Sonreí contra la taza y la miré de soslayo. Tenía la misma melena que yo: negra, ondulada y muy abundante, aunque la suya caía en cascada por su espalda hasta la cintura; la mía solo coronaba mi cabeza. Ojalá hubiese heredado sus ojos azules. Las luces artificiales no les hacían justicia, bajo la luz del sol se parecían a un océano caribeño, ese azul intenso, limpio y translúcido. Mis ojos solo eran negros, oscuros como boca de lobo incluso a la luz del sol.

Me apoyé en su hombro al terminar el café en tiempo récord y suspiré.

—¿Por qué no te vas a casa? Yo me encargo de todo.

Sí, ya sabía que ella podría encargarse de todo sin mí.

—Duermo un poco y esta tarde me ocupo yo —prometí.

—¿Llamo a un taxi?

—Después de tu café milagroso me encuentro mejor, iré caminando.

Escuchamos la campanilla de la puerta que indicaba que alguien había entrado en la librería y Lucía se levantó.

—No te preocupes si esta tarde sigues hecho una mierda, puedes descansar todo el día, así mañana me lo tomo libre yo.

Nuestra hija, bautizada «Librería Montesco» en honor a mi estrambótico nombre, sin duda solo estaba a salvo gracias a su atenta madre.

No teníamos ningún horario establecido, casi siempre nos ocupábamos los dos; algunas veces ella sola, que solía estar siempre, y otras —pocas— veces yo solo, cuando ella no podía o me avisaba de que se cogía algún día libre suelto. Siempre estábamos en contacto, a todas horas, así que no teníamos ningún problema de descoordinación.

Nos esforzábamos mucho por sacar la librería adelante. Aunque desde el principio sabíamos que sería difícil y mucha gente nos lo repitió hasta el hartazgo, no pudieron vencer mi tenaz ilusión que incluso arrastró a Lucía conmigo. No vivíamos mal, sin grandes lujos, pero éramos felices y pagábamos todas las facturas.

Solo a veces se hacía un poco difícil mantener el ánimo, sobre todo en las semanas de verano en que Madrid parecía estar medio muerta. Había momentos de bajón, tal vez provocados un poco por la deshidratación y la insolación del sofocante calor, en que pensaba que si cerrásemos sin avisar, nadie se daría cuenta. Si no me dedicase a la literatura por amor al arte —literalmente— ya me habría rendido. Teníamos nuestros compradores fieles y visitas ocasionales y organizábamos eventos cuando podíamos…, pero era difícil prosperar. Parecía que solo existían dos opuestos: las personas adictas a la lectura —entre las que me incluía, por supuesto— y las personas que no habían leído un libro en su vida. También estaban las que leían cuatro o cinco libros al año, pero no tenían mucho peso, así que casi no contaban. Me gustaría descubrir una fórmula mágica con la que poder demostrarles a los no-lectores lo maravilloso que era lo que se estaban perdiendo, poder hacer que supieran lo que se siente al leer un libro y amarlo como si estuvieras viviéndolo. Estaba seguro de que podría convertirlos, pero esa fórmula mágica no existía. Para verse imbuido de esa especie de sueño lúcido, había que abrir el libro y leer palabra por palabra, página a página, y trabajar la imaginación. Entonces, las letras adquirían sentido y las escenas cobraban vida en tu mente y empatizabas con los personajes hasta ponerte en su piel y casi ser ellos. Eso sí era mágico.

Lucía regresó dentro para atender al cliente y fui hasta el despacho para dejar la taza en el lavavajillas antes de irme. Teníamos una diminuta zona de cocina dentro del despacho, en una esquina, con una encimera ocupada por una cafetera y un microondas, en el que preparábamos el té. Encima colgaba una estantería llena de tazas, el bote del azúcar, cajas de diferentes tés, cafés y canela en polvo; y debajo estaba el lavavajillas. Ambos éramos adictos al café y yo además también al té. Al lado de la zona de cocina había un sofá rojo, grande y muy cómodo; lo miré con deseo y me planteé quedarme allí a dormir, pero el ruido de los clientes no me dejaría descansar. El resto del despacho era sencillo, de paredes moradas, con archivadores y estanterías para libros personales y con una mesa de escritorio robusta y grande para que pudiéramos trabajar juntos cada uno en su ordenador portátil. Algunos cuadros con temática de libros decoraban las paredes.

Me marché por la puerta trasera y caminé la media hora que me separaba de casa. Odiaba coger el metro si podía ir andando, aunque no fueron agradables ni los rayos abrasadores del sol sobre mi cabeza resacosa ni el calor asfixiante de julio en Madrid.

Llegué a casa con un humor de perros, me quité la ropa dejándola tirada por el pasillo, bajé la persiana de la habitación al tope, hasta que no entró ni un rayo de sol, y me tiré sobre la cama soltando un gruñido; una suave palpitación empezaba a formarse en las sienes dando paso a lo que pronto sería un agudo dolor de cabeza por culpa de la resaca. ¿Me estaba haciendo mayor? ¿A mis veintiséis años ya no tenía edad para estar bailando y bebiendo hasta las cinco de la mañana?

El sueño me envolvió con rapidez y caí en un lugar plácido, mullido, como entre nubes de algodón, con una melodía suave que aumentó lentamente, in crescendo…, hasta despertarme. ¡Joder! Metí la cabeza bajo la almohada y maldije contra el colchón, una melodía de piano traspasaba las paredes de papel.

Genial, refunfuñé, había visto un camión de mudanzas hacía dos días frente al edificio y decenas de cajas y muebles entrando y saliendo del piso de al lado. Nunca había tenido problemas con mi vecino, era un hombre de unos cincuenta años que vivía solo y pasaba más tiempo trabajando fuera de casa que dentro, habría jurado que solo la pisaba para dormir. Y como la buena suerte no podía durar eternamente ahora me tocaba un jodido pianista al otro lado de la pared.

La melodía perforó mis sensibles oídos, martilleando el cerebro hecho papilla por la resaca, y no pude soportarlo. ¡Las once de la mañana no eran horas para ponerse a tocar! Me levanté de la cama, recorrí el pasillo a zancadas pisando mi propia ropa, abrí la puerta y solo tuve que estirar un brazo para llamar a la suya, golpeando furiosamente con el puño. Luego recordé el timbre y llamé también con insistencia.

Se asomó a la puerta un chico joven, rubio, con el pelo largo suelto sobre los hombros, y una cara de niño bueno, de no haber roto un plato en su vida, que no podía con ella, con esos ojos verdes y grandes abiertos por la sorpresa. Sí que debía sorprender encontrarse a un tío en calzoncillos con cara de cabreo aporreando la puerta de tu casa.

—¿Puedes dejar de hacer ruido con el pianito de los cojones? ¡No son horas, joder! —gruñí.

—Pe-perdona, estaba ensayando —murmuró, con una voz suave y dulce, empalagosa como él mismo.

—Pues hazlo más tarde o, mejor: nunca.

Y le cerré la puerta de mi casa en las narices, así de cerca estábamos. Escuché mi móvil vibrar contra el suelo, lo había dejado tirado dentro del bolsillo del pantalón. Lo recogí y comprobé que era un mensaje de Fabio. «Qué vacía está la cama sin ti, mi Romeo». Lo apagué y regresé a la cama, ya lidiaría con él cuando tuviese la cabeza despejada.

Silencio, por fin.

Solo esperaba que el niñato pianista no fuera un estudiante y que, al menos, para cuando no tuviese más remedio que escucharlo, tocase bien, por favor.

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