En la sangre •Capítulo 6•

Un lugar al que pertenecer

 

Lo sabían. Claro que lo sabían. Ptolomeo debía habérselo dicho. Pero nadie decía nada. Nadie. De hecho, eso fue lo que los delató. Ni siquiera Mael hablaba para meterse con él. Dafnis había intentado ser cordial, pero había fallado estrepitosamente y Hierón estaba concentrado en sus ejercicios. Más concentrado que nunca.

Debía de ser la primera vez desde que había llegado que el sótano estaba en completo silencio.

Akron contempló el estrigilo sin verlo realmente. Se golpeó el muslo con la herramienta, demasiado abstraído en sus propios pensamientos. Estaba cansado, no había dormido bien y… no le importaba. En realidad, habría preferido no dormir en absoluto. Pero tenía que hacerlo, ¿no? Dormir, comer y sonreír.

—Buenos días, muchachos —dijo Ptolomeo tras bajar las escaleras.

—Oh, no. ¿Tan pronto? —protestó Hierón.

—Ni siquiera hemos comido, pensaba que la casa de baños no abría las puertas hasta más tarde —comentó Mael.

—La casa de baños de Tito Pulvio no cierra nunca, deberías saberlo, Ganímedes.

—No me toques las narices con lo de Ganímedes, ¿vale? —Mael llevaba bastante mal que lo llamaran por su nombre artístico fuera de lugar.

—De todas formas, no han preguntado por ti, quieren a Jacinto —replicó el esclavo.

Akron no reaccionó al escuchar su nombre, continuó con su ritual de higiene como si la conversación no fuera con él.

—Iré yo —se ofreció Dafnis rompiendo el silencio.

—Irías tú si te llamaras Jacinto, pero cuando preguntan por Jacinto supongo que están pidiendo a Akron. Oye —le explicó—, intenté quitárselo de la cabeza. Le dije que el chico había estado enfermo y que todavía no se había recuperado, pero le dio igual. Dijo que lo quería a él. Y luego pensé que si alguien pregunta por él eso es bueno, ¿no?

—Pues dile que vuelva mañana —dijo el joven del cabello plateado con bastante desesperación.

—Ptolomeo, dile lo mismo, que está enfermo —insistió Hierón—. Si no puede esperar a mañana podemos ir cualquiera de nosotros.

—La verdad es que tiene un aspecto penoso —comentó Mael con aire distraído—. Está lleno de marcas y de cardenales. No debería salir hasta que hayan desaparecido. Da mala imagen a la casa.

Akron bajó la cabeza y se contempló las manos, los brazos, las piernas… Había pequeños círculos negros en todo su cuerpo, marcas de los dedos que lo agarraban. También tenía alguna de dientes en el hombro y la espalda.

«No ha pasado nada», se dijo de nuevo. Limpió el estrigilo y se puso en pie.

—Vamos, Ptolomeo —dijo, sin alzar la voz.

Dafnis salió a su encuentro y se interpuso en su camino.

—Akron, no. Lo solucionaremos. Quédate aquí y descansa, ¿vale? Nosotros nos ocupamos. —Miró de reojo a Hierón, que asintió con la cabeza y dio un codazo a Mael. El galo gruñó al joven, pero asintió.

—Podemos cubrirte hoy —dijo—. Haz caso al enano y descansa.

—Ninguno de vosotros es Jacinto —respondió Akron—. No os preocupéis, ¿vale? —añadió con una sonrisa tímida—. Estoy bien. No… no pasó nada.

Y, sin embargo, los pies le pesaban cuando subió esa escalera y dejó atrás al pequeño grupo de jóvenes preocupados por él. Los mosaicos del suelo ya no se movían y no encontró nada divertido aplastar sus rostros con los pies descalzos.

—¿Puedo tener a alguien de apoyo? —preguntó a Ptolomeo—. Alguno de los chicos de servicio. Me gustaría estar dentro de la piscina cuando llegue el cliente, Mael tiene razón: estoy cubierto de marcas. Dentro del agua se verán menos.

—Es una gran idea —acordó el esclavo doméstico—. Akron. —Ptolomeo se giró y lo contempló con cierta conmiseración—. ¿Serás capaz de hacerlo? Ayer no querías ni que me acercara. ¿Podrás…?

—Podré —atajó el joven—. Podré —repitió—. También recuerdo la lección, tengo que hacer que cada vez cuente. ¿No? De eso se trata. De que el cliente quiera repetir. Lo haré bien —aseguró, pero no lo dijo para convencer a Ptolomeo, no, el esclavo se limitó a mover la cabeza y seguir su camino. Tenía que convencerse a sí mismo.

¿Podría hacerlo? Quería creer que sí, pero también quería gritar y salir corriendo.

—Todavía está en el frigidarium —explicó el secretario cruzando la puerta que daba directamente al tepidarium, la habitación en la que los bañistas se aclimataban a la diferencia de temperaturas—. Puedes ocupar aquella piscina. Métete dentro ya. Pediré a alguna de las chicas que acaben de prepararlo todo.

—Gracias —respondió, y se despojó de la ropa.

Se pasó los dedos entre el cuello y el aro de metal. Le dolía. A las ya familiares llagas que se negaban a cicatrizar, tenía que añadir la colección de cardenales que se habían formado tras el incidente del día anterior. Por suerte, el propio aro se ocupaba de disimular la mayoría. Se metió dentro de la bañera notando la ya familiar sensación del agua caliente al trepar por su piel y se sentó en el banco de cerámica destinado al cliente.

No tenía mucho tiempo, debía mentalizarse para lo que tenía que hacer.

—Todo quedará atrás con mi nombre y mi collar —se dijo. Akron desaparecería, sí. Así que no importaba lo que sucediera con él, lo que hiciera o lo que dejara de hacer. Solo tenía que aguantar. Un día, otro y los que hiciera falta. Akron era un esclavo. No tenía orgullo, no tenía un nombre que proteger. Akron era sacrificable—. Todo quedará atrás con mi nombre y mi collar.

Lo había dicho muchas veces, tantas que ya no podía recordarlo. Y cada mañana cuando despertaba, escondía a Séptimo en un rincón oscuro, para que no viera, para que no sintiera. Él era Akron, y nadie más. Y Akron era un catamita en una casa de baños. Uno bueno. Uno que podía hacer las delicias del más exigente.

Solo tenía que creérselo. Solo tenía que serlo, de verdad. Esconder más hondo si cabe su alma.

«Entierra tu alma en un sitio oscuro donde no llegue nadie. Donde nadie la encuentre».

 

 

Aunque todavía no era mediodía, para variar, el cielo se había cubierto de nubes de un gris ceniciento que amenazaban tormenta. Era un día oscuro y los tímidos rayos apenas iluminaban ese rincón de los baños. El inicio de un repiqueteo armónico lo alertó de que la lluvia ya había empezado.

—Mis disculpas —dijo una muchacha. Akron alzó la cabeza, estaba sumido en sus pensamientos y no se había percatado de su llegada. Era una chica joven, de sonrisa agradable. Apenas la tenía vista, pero hasta cierto punto era normal, Pulvio tenía prohibido todo contacto con las mujeres de la villa—. Ptolomeo me manda a ayudarte a preparar el baño —dijo mientras colocaba las toallas en el taburete—. ¿Enciendo algo de incienso? —preguntó.

—Sí —dijo Akron—, incienso sí, pero no enciendas muchas velas. Con poca luz ya está bien.

—¿No es un poco oscuro? —comentó.

—Es mejor así —dijo Akron. Los cardenales y las marcas serían menos visibles en la penumbra.

—Tu cliente espera en el tepidarium; cuando lo creas conveniente, iré a buscarlo.

—Termina con eso y ve a buscarlo —dijo Akron sin ni siquiera mirar a la muchacha.

Esta esbozó una sonrisa torcida.

—Sí, domine —replicó con sorna.

Akron parpadeó confuso y alzó la cabeza.

—Lo siento —musitó—, estaba pensando en otra cosa. No pretendía sonar así.

—Pues para no haberlo pensado, ha sonado muy convincente.

—Te aseguro que no hay ningún domine aquí. —La amargura que teñía sus palabras impregnó su boca y se tradujo en una violenta arcada.

Hundió la cabeza bajo el agua. Sería tan fácil quedarse allí… Sencillamente, no salir. Pero no podía rendirse, tenía que aguantar, solo eso, aunque aguantar no fuera fácil. Permaneció un rato bajo la superficie; cuando salió, tomó el aire que le faltaba, se peinó hacia atrás con las manos y parpadeó un par de veces antes de abrir los ojos y mirar de nuevo a su alrededor.

La chica ya no estaba, pero no estaba solo.

Su corazón se aceleró como el de un pájaro enjaulado. Una inexplicable sensación de alivio lo embargó y le provocó un molesto hormigueo que quizá en otro momento y en otra persona se habría traducido en llanto, pero Akron apenas sonrió.

—Hola —dijo con sencillez.

Seth no tuvo sus reparos y sonrió abiertamente.

—El tipo ese bajito me dio tantas excusas que pensé que seguían sin dejarme verte —explicó desde la entrada.

Estaba completamente desnudo y el agua perfilaba senderos sobre su anatomía. Cada músculo de su cuerpo dibujaba un valle por donde las gotas podían correr libremente trazando el relieve de un abrupto paisaje. A diferencia de los romanos que iban a la casa de baños, Seth no estaba depilado y dichas gotas se enredaban entre el vello y quedaban atrapadas como lágrimas de rocío.

—No sabía cuánto tiempo tendría que esperar ahí dentro —dijo mientras bajaba los escalones de la piscina uno a uno, completamente ajeno al escrutinio al que lo sometía el joven—. Creía que vendrías a buscarme tú.

—Suele ser así —admitió—. Pero tenía frío.

—Allí dentro no hace frío —replicó el bárbaro—. Esta vez he hecho todo tal y como me dijiste y he empezado por la piscina de agua fría. Por cierto, ¿tiene algún motivo más que torturarme? —bromeó mientras la distancia entre ellos se reducía—. No me extraña que te pusieras hecho una furia, está congelada, parece una mala bro…

Seth no pudo seguir hablando, esta vez fue Akron el que se colgó de su cuello y lo besó. Y no lo hizo con suavidad, lo hizo con un hambre voraz que sorprendió al bárbaro, que tardó un poco en responder a sus gestos, pero cuando lo hizo, los besos se convirtieron en fuego y agua que abrasaban y encendían al mismo tiempo, y calmaban su necesidad de sentir.

Porque no se trataba de amor, ni siquiera de pasión desbordada. Se trataba de sentir y de que te sintieran, de saber que a la otra persona le importaba que estuvieras vivo y que aquello iba más allá de un simple intercambio de fluidos, de saciar una necesidad.

Y eso encontró en los besos de Seth y en sus caricias, en el sabor de su saliva, en el olor especiado, casi animal, que impregnaba su piel y su cabello. Sabía de dónde venía ese olor, claro que lo sabía. Pero no le importaba, había decidido que no le importaba.

—Pensaba que me tenías miedo —susurró Seth sin dejar de atraparlo entre sus brazos.

—No necesitas cuernos para ser un monstruo, ni tener garras para hacerme daño —respondió él. No quería pensar en eso, ahora no. Tragó saliva e intentó bajar el nudo que apretaba su garganta—. No te tengo miedo —dijo—, no más del que le tengo a ellos.

A Pulvio, a los otros clientes, a cualquiera que pagara unas monedas para hacer lo que quisiera con él. Era cierto que Seth había sido el único que había amenazado su vida directamente, pero también había sido el único que había considerado necesario disculparse con él y no con su amo.

—No te tengo miedo —repitió mirándolo a los ojos, justo antes de cerrarlos y dejarse arrastrar por la vorágine de un nuevo beso.

—No es que vaya a protestar, pero… ¿a qué se debe este cambio de actitud? —preguntó Seth.

—¿Qué importa? —respondió Akron mientras besaba su cuello en el camino hacia el lóbulo de la oreja.

—No me importa —rio el bárbaro—. Claro que no me importa, pero… —Seth lo cogió por los hombros y lo obligó a separarse. Cuando lo miró ya no sonreía—. Me preocupa, Akron. Me preocupas. Anteayer no conseguí hacerte reaccionar en toda la noche. Lo único que se me ocurrió para hacerte feliz fue dejar que durmieras. Pero ahora te me tiras al cuello y… apenas ha pasado un día y tú has cambiado mucho.

¿Ya está? ¿Se había acabado? ¿Tan difícil era para Seth dejarse llevar? ¿Ni siquiera así podía conseguir que un cliente estuviera satisfecho? Akron agachó la cabeza y apretó las mandíbulas. El nudo de su garganta cada vez comprimía más y más, respirar se había convertido en algo difícil y la sensación de ahogo se intensificaba.

—Está bien —aceptó separándose del bárbaro. Se acercó al borde de la piscina y cogió una de las esponjas de mar—. ¿Cómo puedo complacerte?

—¡Déjate de tonterías! —exclamó Seth, le arrebató la esponja y la estrelló contra la pared en un gesto airado.

El organismo marino resbaló por la superficie del mosaico y cayó al suelo con un movimiento lacónico, casi como si aún estuviera vivo. A pesar de la tensión, la rabia del semblante del galo se desvaneció tras un instante; Akron podía ver preocupación en él, preocupación sincera. Seth alzó la mano y el chico hizo ademán de retroceder, pero el bárbaro se limitó apoyarla contra su mejilla en un gesto comedido que lo sorprendió por su delicadeza. Cuando lo acarició con el pulgar, no pudo reprimir una mueca de dolor al notar la suave presión sobre el cardenal. El golpe de Pulvio… No lo recordaba.

—¿Qué ha pasado? —preguntó con suavidad.

No podía contarlo. No todo.

—Después de lo de ayer… —Akron bajó la cabeza, pero Seth le sujetó la barbilla y lo obligó a alzar la mirada. El muchacho tomó aire para restaurar su templanza y prosiguió la explicación con todo el aplomo que pudo reunir—. Livio protestó a Pulvio por mi servicio. Pulvio me castigó y de una forma muy eficiente me hizo ver que estar aquí era un regalo y que tenía que poner todo de mi parte para satisfacer a los clientes.

—¿Te castigó? —preguntó.

—Sí, me castigó —atajó Akron de malos modos—. ¿Quieres dejarlo estar, por favor? Solo dime qué es lo que tengo que hacer para que estés satisfecho. Dime qué quieres de mí y…

Seth lo besó. Lo besó con menor intensidad de la que había empleado él, un beso suave y dulce. Parecía mentira cómo alguien con su apariencia —y que podía convertirse en un sátiro, de eso no se olvidaba— podía ser tan gentil.

—Puedo ser el cliente más fácil o el más exigente —respondió con calma—, porque lo que quiero es que tú estés satisfecho. Y sabes que conmigo no puedes fingir.

Akron lo miró sin comprender del todo lo que estaba diciendo. Negó con la cabeza, pero no pudo borrar una sonrisa estúpida.

—No te entiendo —reconoció—. Pero ¿sabes qué? No me importa. ¿Quieres que esté satisfecho? Entonces deja de hablar y… —Tragó saliva. No era tan fácil decirlo en voz alta.

Seth soltó una carcajada seca ante su repentino rubor, lo besó y le susurró al oído.

—¿Me estás pidiendo que te folle?

Akron no pudo evitar reír a su vez. Se mordió el labio inferior y negó con la cabeza.

—No, lo que quiero es que cumplas tu palabra y me hagas suplicarte que me folles. O que lo intentes, más bien —lo retó con suficiencia. Y, aunque no dejaba de ser cierto, una parte de él no podía más que alegrarse de aquella promesa. En ese momento, a pesar de todo lo que sintiera y lo que su entrepierna quisiera indicar, quería mantener el sexo todo lo lejos que pudiera permitirse.

Seth pareció encontrar muy divertidas sus palabras; y su risa, clara y limpia, resonó por todo el caldarium.

—Es una promesa —dijo.

—Puede, pero no voy a ponértelo fácil —replicó.

—Eso lo hace todavía más divertido. Ven —dijo, y tiró de él haciéndolo girar hasta que la espalda del joven esclavo chocó contra el pecho del bárbaro.

Akron jadeó sorprendido y un poco asustado al notar la amenazadora presencia del miembro endurecido rozando sus glúteos.

—No —murmuró, y cerró los puños.

—Shhh. —Seth lo calmó con suavidad y le acarició los hombros—. Relájate, no tengas miedo.

—No tengo miedo —se apresuró a aclarar—, es solo que…

—Nada de eso hasta que me lo supliques, tranquilo. —Una mano áspera acarició el cabello de su nuca, los dedos buscaban su piel bajo el collar, y un beso cálido provocó una serie de ráfagas que recorrieron su columna vertebral y se transmitieron a todo su cuerpo erizando la piel—. Relájate, ¿vale? —le pidió.

Akron no dijo nada, solo asintió y cerró los ojos. La proximidad del bárbaro le transmitía una extraña sensación de excitación y calma, como si nada más importara. Nada. Allá fuera no había mundo, no había nadie. Ni siquiera él existía. Solo arcilla, barro moldeable en las manos de un experto. Sentía sus manos trazando surcos en su piel, dibujando formas con los dedos y los labios.

Jadeó y echó la cabeza hacia atrás cuando una de esas manos se afianzó alrededor de su miembro, solo una pequeña presión, tan ligera que cada palpitación del órgano parecía una búsqueda desesperada de acentuarla. Cuando los dedos comenzaron a moverse Akron creyó que se volvería loco. Cada movimiento arrastraba su cordura y propagaba una corriente que llegaba hasta la punta de sus dedos. Entreabrió los ojos y buscó desesperado los labios de Seth, recuperar el aliento, perderlo, qué importaba. Solo quería que siguiera, sentirle dentro, sentirle suyo. Ahogó un gemido en el interior de su boca cuando el mundo estalló en colores a su alrededor y su semilla se perdió en el agua de la piscina.

—¿Estás bien? —le preguntó Seth cuando abrió los ojos de nuevo. Todavía los sentía cegados por las sensaciones, y cientos de hormigas de colores entorpecían su visión, pero sonrió.

—Tenías razón —dijo, con la voz entrecortada—. Tenías razón.

Quizá decir que había tocado el cielo era presuntuoso, pero… lo había rozado, de eso estaba seguro.

 

 

Akron llevaba un rato estirado en el suelo de la habitación, completamente desnudo. Estaba bocabajo y jugaba a crear ondas en la superficie del agua. Dibujos que hacía con los dedos y que rompían el reflejo del galo que, sentado a su lado con las piernas a remojo, se secaba el cabello con una toalla.

—¿Una semana? —preguntó con aire distraído.

—Así es —contestó el bárbaro—. No creo que sea más de una semana, dos a lo sumo. De cualquier forma, estaré aquí antes de la próxima fiesta. ¿Por qué esa cara? No es tanto tiempo.

—¿Por qué yo? —preguntó Akron sin dejar de juguetear con el agua. Ni siquiera miró al bárbaro cuando formuló la pregunta—. ¿Es por mi sangre?

Seth dejó lo que estaba haciendo y lo miró. Su semblante se había endurecido. Akron le devolvió la mirada sin comprender, ¿había dicho algo malo?

—¿A qué viene esa pregunta? —preguntó a su vez con sequedad—. ¿Acaso te he dado la impresión de buscar tu sangre?

—¿Qué? —Akron frunció el ceño—. No, no es eso, es solo que… Me preguntaba por qué yo, por qué no Mael o Dafnis o…

—¿Preferirías que los hubiera escogido a ellos? —Seth parecía realmente molesto.

—¡No! —Akron se incorporó, alarmado—. No he dicho eso. Solo te he preguntado por qué yo. Solo quería saber qué te había gustado de mí porque… —Porque iba a tener que complacer a muchos clientes y ni siquiera sabía por dónde empezar. Eso habría querido decirle, pero, en vez de eso, se encontró con el verde de sus ojos y se vio a sí mismo, débil y patético—. No importa. Olvida lo que te he dicho.

Akron negó con la cabeza y se levantó para buscar una toalla. Seth se levantó tras él y le arrebató la toalla de las manos.

—¿Qué sucede? —le preguntó.

—Dame la toalla —pidió Akron, e hizo ademán de cogerla, pero el bárbaro la movió y él se quedó haciendo un gesto en el aire—. No tengo ganas de jugar.

—Ni yo quiero hacerlo, solo quiero que me respondas. —Seth suavizó su gesto y su tono de voz—. ¿Qué es lo que sucede, Akron? Hace un momento estábamos bien, ¿no? ¿Qué ha cambiado?

Akron tragó saliva.

—Tú te vas —le recordó— y yo me quedo. Yo me quedo, Seth. Me quedo sin clientes —dijo, marcando cada palabra—. Perdona que sea tan egoísta, pero ahora mismo estoy asustado. Pensé que contigo aquí tendría una oportunidad para… Es igual —negó de nuevo. Volvió a coger la toalla y esta vez nadie intentó quitársela—. Es una tontería.

Era una gran tontería, pero en algún momento se había permitido pensar que podía funcionar. Un buen cliente, uno que pagara bien y de forma regular, le daría el respiro que necesitaba para aprender, poco a poco. Podría incluso tener el derecho a equivocarse alguna vez. Pero su destino seguía siendo tan funesto como cuando había entrado en la piscina. No todos los clientes eran como Seth. No, ninguno lo era.

Seth se colocó a su espalda y lo rodeó con sus brazos. Akron cerró los ojos y dejó que su calor actuara como un bálsamo sobre su torturada alma. Le gustaba el contacto áspero de su barba en la mejilla y el calor especiado que emanaba de su piel.

—Volveré en cuanto pueda —susurró sin despegar los labios de su cabello.

—Estoy bien —dijo, pero en secreto rezó para que no abandonara el contacto todavía—. Estaré bien.

—No es malo pedir ayuda —le recordó.

—Es… es una buena idea —admitió—. Le pediré a Dafnis que me enseñe…

—No —negó Seth—. A Dafnis no, pídele ayuda a Mael.

—¿A Mael? —Akron se giró extrañado—. ¿A Mael? —repitió sin creérselo—. ¡Mael me odia!

—Claro que Mael te odia, es normal —dijo Seth como si se limitara a repetir una obviedad—. Pídele ayuda a Dafnis, pero casi nada de lo que te enseñe te valdrá a ti. Debes pedírsela a Mael. Mael te odia porque te ve como a un rival.

—Eso es una tontería, soy tan rival suyo como Dafnis o Hierón —replicó Akron.

—¿De verdad? ¿Si entrara un chico nuevo de piel oscura, fuerte y musculoso, sería tu rival? —Seth suspiró al ver que Akron no entendía lo que le estaba diciendo—. Los clientes que buscan a Hierón no buscan lo mismo que buscarían en ti. Y los que buscan a Dafnis buscan… a alguien joven e indefenso, casi infantil. Eres demasiado alto para eso —bromeó, pero había razón en sus palabras y Akron empezaba a entenderlo—. Cuando Mael te vio, supo enseguida que tú ibas a ser su rival porque captáis la atención del mismo tipo de hombres. A no ser que uno prefiera a los pelirrojos y otro los ojos claros, para la mayoría de ellos sois intercambiables. Jugáis al mismo juego, así que el mejor gana.

—¿Entonces… ya he perdido? —jadeó. Le faltaba el aire—. No importa lo que haga… ¿ya he perdido?

—No te lo tomes así, Akron —lo tranquilizó Seth—. Esta casa hierve de actividad, y aumenta cada día que pasa. Pulvio no te habría traído si no creyera que necesitaba otro chico.

Akron bufó y se cubrió el rostro con las manos.

—No puedo creer que de verdad esté preocupado por gustar a los hombres —exclamó, exasperado consigo mismo y con las circunstancias. Habría preferido mantenerse al margen. «Y aguantar, pero nadie dijo que aguantar fuera fácil».

Seth se rio ante su reacción.

—¿Qué hay de malo en gustar a los hombres? —preguntó.

—¿Qué hay de malo? —Akron puso los ojos en blanco—. Para ti es fácil. No habría nada de malo si yo no fuera un maldito catamita.

—¿Qué importa eso? —Y la confusión en el rostro de Seth parecía sincera, y quizá lo fuera.

No había nada malo en ser catamita si eras un esclavo, no te hacía ni mejor ni peor esclavo serlo. Pero sí si eras ciudadano romano. Pero Seth no era romano, no de verdad. A lo mejor de donde él venía eso no importaba.

—Oye, tengo que irme —dijo mientras se ataba la toalla a la cintura—. Tengo que llegar al puerto antes de que se ponga el sol y ya me he demorado demasiado y…

No pudo seguir hablando. Mientras caminaba sobre el suelo resbaladizo, perdió el equilibrio y probablemente todo habría quedado en un simple baile de pies si no fuera porque Akron vio clara su oportunidad y empujó al bárbaro, que cayó en la piscina levantando una ola tras de sí.

Akron empezó a reír a carcajadas ante la expresión de sorpresa del galo. Sus risas resonaban en las paredes embaldosadas y crecían con la acústica haciendo su propio coro. No podía parar de reír. Quería hacerlo, pero no podía. Se dobló sobre sí mismo para sujetarse la barriga sin poder detenerse.

Seth salió del agua y se dirigió directamente hacia él. Akron se arrinconó contra la pared, pero poco pudo hacer cuando lo cogió por la cintura y lo arrojó al agua. Tuvo que dejar de reír para no ahogarse y, cuando pudo sacar la cabeza, tosió varias veces para sacar todo el líquido que había tragado.

—Te la debía —se justificó Akron—. Y aquí el agua no está fría así que te la sigo debiendo.

—Y ahora vuelvo a estar desnudo, caliente y en el agua —dijo Seth mientras se acercaba con su eterna sonrisa en el rostro.

—Vas a perder el barco —le recordó el esclavo, pero no se alejó. Había algo hipnótico en la forma de moverse del bárbaro, en la forma de mirarlo. Akron acudió a esa llamada silenciosa y rodeó con sus brazos el cuello de su amante.

—No se marcharán sin mí —replicó Seth justo antes de besarlo.

 

 

Seth alargaba el brazo para coger una de las botas cuando escuchó a su espalda el sonido amortiguado de unos pies descalzos.

—¿Me has estado vigilando todo el rato? —preguntó sin girarse para ver a quién pertenecían los pasos. Después de todo, ya lo sabía—. Me pareció distinguir una sombra entre las cortinas del caldarium.

—No me culpes —dijo Mael—. No hay más clientes en la villa, pero vosotros habéis hecho bastante ruido. Curiosidad, nada más —dijo, restándole importancia. Cogió el cinturón de Seth e hizo ademán de colocárselo. Seth sonrió, se levantó y lo dejó hacer.

—¿Qué pasó ayer? —preguntó.

—¿Ayer? —Mael no lo miró mientras abrochaba la hebilla—. Fue un día bastante tranquilo. Los días tras las fiestas suelen serlo.

—Sabes lo que quiero decir —replicó—, qué pasó con Akron. Me dijo que Pulvio lo había castigado, pero no quiso entrar en detalles. Busqué señales de golpes, pero solo vi el de la mejilla. Aunque tenía el cuerpo lleno de marcas.

—¿Qué más da lo que le pasara? —La ira quebró la voz del catamita aunque intentara disfrazarla de indiferencia—. Somos esclavos, si el domine lo considera necesario nos castiga y ya está. Mañana será otro día e intentaremos hacerlo mejor para que no vuelva a castigarnos. Así funcionan las cosas aquí. Además, ya lo oíste reír, no es que esté muy afectado.

Seth no contestó, pero cogió las muñequeras de las manos del esclavo y empezó a atárselas el mismo. No necesitaba ayuda, sabía vestirse solo. Aunque atarse las correas no era tarea fácil. Mael le cogió la mano y la giró, Seth lo dejó hacer y el joven tiró de los hilos de cuero ajustando la presión de la prenda.

—No sé exactamente qué sucedió —dijo respondiendo a la pregunta que había formulado el bárbaro—. Poco después de que te marcharas, Pulvio se lo llevó. Regresaron bien entrada la noche. Si quieres saber más, tendrás que preguntarle a él directamente, pero puede que eso signifique un nuevo castigo. A Pulvio no le gusta que se aireen esas cosas, nosotros somos perfectos, así que no necesitamos castigos.

Seth asintió con la cabeza.

—Akron está asustado —dijo.

—Y eso es lo más inteligente que ha hecho desde que llegó a esta villa —replicó Mael.

—Necesita ayuda.

—Necesita la mediación de los dioses.

—Necesita tu ayuda. —Seth remarcó la palabra y buscó la mirada del esclavo.

Mael podía parecer tan orgulloso como el que más, pero no solía alzar la mirada más allá del pecho. Nunca lo había mirado a los ojos por iniciativa propia. En esa conversación había sido igual. Por mucha amargura o ira que tiñera sus palabras, el joven no había apartado la mirada de la hebilla del cinturón, de las correas de las muñequeras, siempre centrado en su labor. Sin olvidar jamás que trataba con un ciudadano siendo un esclavo.

—¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué él?

¿Por qué? Akron le había hecho la misma pregunta y en ese momento se había enfadado porque había insinuado que lo único que quería era su sangre. O eso le había parecido entender a él. ¿Pero se había enfadado porque no era así o porque había sido descubierto?

—Akron esconde algo —dijo en un murmullo—. No sé qué es, pero creo que podría ser la clave de algo importante. Algo que mi hermano y yo llevamos mucho tiempo buscando.

—¿A qué te refieres? —Mael parecía confuso y no podía culparlo.

—¿Cómo se llama? ¿De dónde viene? ¿Por qué acabó aquí? Tú también te has dado cuenta, ¿verdad? No pertenece a este lugar. Tiene algo diferente y necesito saber por qué es diferente.

—¿Eso es importante?

Seth asintió y tragó saliva.

—Eso es la clave de todo.

Mael parecía turbado por su confesión, pero al mismo tiempo parecía aliviado.

—Entonces… ¿lo estás utilizando?

—Claro, os utilizo a todos —replicó—. Nadie va a un burdel buscando amor.

El galo tensó las mandíbulas y apretó los puños en un gesto contenido.

—Lo sé —dijo, masticando las palabras—. Pero me pregunto si lo sabe Akron, como has dicho: no pertenece a este lugar.

—Pues ayúdalo a que pertenezca —dijo Seth—. Ayúdalo a encontrar su sitio.

Hasta aquí la lectura gratuita de los primeros capítulos de la novela. Somos malos y sabemos que te has quedado con ganas de más, así que ya sabes… wink

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