El alquimista eterno (parte VII) •Fantasía a cuatro manos•

Philippe

 

París, 24 de enero de 1912

 

La familia Hérault y la familia Pausant tienen el placer de invitarle al enlace de sus hijos René & Claire, que se celebrará el día 8 de marzo, a las 11.00 h., en la Iglesia de Saint-Augustin.

Rogamos confirme su asistencia.

 

La invitación estaba escrita con impecable caligrafía en tinta dorada sobre un papel satinado y grueso con ribetes decorados con arabescos también de oro. Las familias no pensaban reparar en gastos para la ocasión y se habían ocupado de que la pequeña nota transmitiera esa intención de forma evidente.

Philippe leyó el escueto mensaje una vez y otra hasta que dejó que se escurriera entre sus dedos. Con cuidado, se reclinó de nuevo y dejó que su cabeza reposara contra la almohada. Sentía el cráneo lleno de pequeñas cuentas de cristal, canicas esféricas que chocaban contra el hueso al menor movimiento, y dolía, claro que sí. Pero ¿qué no lo hacía a esas alturas?

La tos hizo ademán de aparecer; se llevó una mano a la boca, se encogió sobre sí mismo y se preparó para un espasmo que agitaría todas las canicas y sacudiría las cuencas de sus ojos. Por suerte, no fue necesario. Se giró un poco y su mirada se posó sobre las docenas de flores que inundaban su pequeña habitación. Algunas empezaban a marchitarse. Flores para un moribundo. ¿Les devolverían el dinero si seguía con vida cuando se hubieran podrido? Se suponía que tenían que decorar una tumba, no un dormitorio. Philippe se imaginó a Madeimoselle Dupois, la vecina que coqueteaba con su padre, protestando al florista y exigiéndole que le devolvieran el dinero porque o las flores duraban poco o el chico duraba demasiado.

Philippe torció la boca en una sonrisa que poco tenía de feliz. Nadie se esperaba que siguiera vivo tras la última crisis. No, nadie. Y él era el primer sorprendido. Pero así había sido. Tras dos días en la sala de moribundos, la fiebre remitió. Parecía mentira pero su cuerpo aún encontraba fuerzas para luchar cuando él había perdido toda la esperanza.

Se movió en la cama y su mano se topó contra algo: un papel. Sus dedos acariciaron la superficie de la invitación, como intentando leer a través del relieve dorado.

«Debería decir que no, aunque no creo que sea necesario», pensó. «No la ha enviado René, seguramente fue idea de su madre». Porque claro, Madame Hérault debía de ser la única persona en el mundo que no estaba al corriente de su «enfermedad». No, la tuberculosis no. La otra. Parecía mentira: una era contagiosa y podía ocasionar una muerte lenta y dolorosa; sin embargo, no era ese mal el que le mantenía alejado del mundo condenado a ser poco más que un paria lo que le quedaba de vida.

«¿Quién es Claire?», se le ocurrió de repente centrándose en el nombre de la joven que iba a ser la esposa de su viejo amigo. «No, amigo no, ya no». No había vuelto a ver a René desde… ¿desde aquella vez? No, lo había visto un par de veces hablando con su padre antes de ingresar en el sanatorio. No habían hablado, eso no, de eso estaba seguro, así que no debía extrañarse de que la muchacha fuera una completa desconocida para él; al fin y al cabo, René también lo era.

«Espero que sean muy felices», suspiró. Lo deseaba de verdad, claro que sí. Deseaba que todos fueran felices. Era tan… patético. Y, sin embargo, así era él. Patético, débil y frágil. El paliducho enfermo, el chico torpe, el… «Como vuelvas a decir una de esas majaderías tuyas sobre tu escaso intelecto o tu falta de talento, te golpearé, te lo advierto». No pudo menos que sonreír al recordar esa advertencia. Pero justo después de la sonrisa llegó la dolorosa ausencia. Philippe escondió su rostro en la almohada para silenciar su llanto y esconder sus lágrimas. «¡Estoy cansado de consolar niños llorones!».

Él también asistiría a la boda, claro. Después de todo, aunque hubiera un mar por medio más frío y profundo que el océano Atlántico, era su hermano. Después de un año muy largo, Didier volvería a París.

«Queda más de un mes, no te preocupes, tú no vivirás tanto. Él no tendrá que verte así. No te preocupes», se consoló, aunque una parte de él se moría de ganas de verlo de nuevo, de abrazarle, de hacerle saber lo mucho que lo había echado de menos.

—Toc, toc —dijo una voz desde el umbral de la habitación haciendo ademán de llamar con los nudillos aunque, en realidad, ya había abierto la puerta—. Oh, bien, estás aquí. Ya creía que mi querido Charles había intentado engañarme de nuevo.

Monsieur Servais —murmuró Philippe, e intentó incorporarse para recibir al recién llegado, pero las canicas de su cráneo chocaron unas con otras y decidió dejar la tentativa en eso, en intento. Servais vestía una elegante túnica azul celeste, un poco pasada de moda pero no importaba, todo él parecía atemporal.

—No, no, no te levantes —comentó Clauzade. Cogió uno de los cojines de la butaca vecina y se lo mostró con un gesto interrogante. Philippe asintió y se incorporó ligeramente, lo justo para que el otro pudiera colocar el almohadón bajo su cabeza—. Así mejor. Me gusta ver esos lindos ojos nublados mientras te hablo. —Por un rato observó la butaca y pareció que iba a sentarse pero debió cambiar de opinión y comenzó a caminar por la habitación. Se entretuvo a observar las flores, cogió una de las tarjetas y la lanzó al suelo con un gesto de desdén—. Cada día odio más las flores —gruñó—. No hay nada que te haga ser más consciente del paso del tiempo que las flores marchitas en un jarrón. Me alegra que cumplieras tu promesa —dijo con aire distraído.

—¿Mi promesa? —Philippe frunció el ceño sin entender.

—La promesa que me hiciste hace unos días, cuando vine a verte. —Clauzade no dejaba de caminar, en esa ocasión parecía centrado en uno de los cuadros que decoraban la pared—. Menudo desastre —comentó señalándolo. Pero el gesto de burla murió en el aire—. Es uno de los cuadros de los que me hablaste, ¿verdad? Podías haberme avisado antes —masculló para sí.

—Sí, es uno de mis cuadros. ¿Viniste a verme hace unos días? —repitió centrando la conversación—. ¿Y te hice una promesa?

Philippe intentó recordar pero era confuso. Recordaba haber hablado con Clauzade unos días antes, cuando le había encontrado tocando el piano. Después de eso… había tenido la crisis y… recordaba cosas confusas, muy confusas. Enfermeras, su padre, el médico, sangre, más enfermeras, láudano, más sangre, frío, calor, enfermeras, sangre, láudano y… sí, quizá recordaba a alguien con una melena rubia que le abrazaba y le pedía que viviera un día más.

—Oh. —Clauzade esbozó una mueca extraña y forzó una amplia sonrisa cargada de intenciones—. Pues tendré que recordarte tu promesa: me prometiste que tendrías sexo salvaje conmigo.

—Estoy bastante seguro de que no te prometí eso —replicó Philippe, y quiso negar con la cabeza pero las canicas de su cráneo chocaron tras sus ojos y se arrepintió del gesto.

—¿Seguro que no? —se extrañó Clauzade y enarcó una ceja, en un gesto pensativo—. Juraría que sí lo prometiste. ¿Quizá fuera sexo tierno y romántico? No soy mucho de eso, pero por ti haría una excepción.

—¿De verdad viniste a verme? —preguntó Philippe ignorando premeditadamente la cuestión de su extraño visitante.

—Te dije que lo haría —recordó este y Philippe no pudo menos que asentir—. Ya has cumplido tu promesa, Philippe, y aunque reconozco que intenté sonsacarte otra, esa era la que me importaba: sigues vivo.

—¿Te prometí que seguiría vivo? —se extrañó—. ¿Por qué?

—Porque necesitaba que estuvieras vivo para darte esto —dijo Clauzade, y le mostró una pequeña piedrecita de color rojo oscuro. Philippe la cogió con dos dedos, estaba aplanada por los lados, como una moneda, pero más gruesa. En una de sus caras tenía algo que parecía un sello con la marca de… ¿un pájaro?

—¿Qué es esto? —preguntó sin comprender.

—Tiempo —respondió Clauzade con una misteriosa sonrisa—. Tienes que tragártela.

—¡Qué! —Philippe le miró extrañado—. Es… es una piedra. No voy a tragarme esto.

—Más que piedra es barro —explicó Servais agitando la cabeza, parecía molesto por su negativa y, sin embargo, se mostraba renuente a darle más explicaciones—. Es una medicina antigua que saqué de un libro. Oye, no te va a matar, ¿vale? Tampoco te va a curar pero hará que estés mejor durante un tiempo. Puede que un mes o así. No es mucho —admitió—, pero te ayudará a que el viaje sea más fácil.

—¿Qué viaje? —preguntó.

Cada vez comprendía menos lo que estaba pasando. Ese personaje era extraño, siempre era extraño y, de alguna forma, eso era lo que lo hacía tan atrayente. Eso y su forma franca de enfrentar la vida, de tratarle sin rodeos, casi con respeto. Sabía que debía odiarle, por lo que era, por lo que había hecho a Didier, por lo que casi le había hecho a él. Todo su ser le decía que no debía acercarse a alguien así. Clauzade era una hoguera que tanto podía iluminar y dar calor como abrasarlo todo y dejarlo reducido a cenizas. Y Philippe era… Philippe solo era una polilla, una polilla encandilada por una llama.

«Pero esta polilla ya está muerta, nada puede matarme», se recordó. Miró la gruesa píldora que tenía en la mano y el rostro del que se la ofrecía. «Estoy loco», se reprendió cuando la introdujo en la boca y, haciendo acopio de fuerzas, consiguió que pasara por su garganta.

Clauzade le acercó un vaso de agua que Philippe engulló con grandes tragos para ayudar a que la piedra hiciera su camino. Le costó varios intentos y la horrible sensación de dejarse el esófago lleno de heridas, pero al final llegó al estómago.

—¿Ya está? —dijo con la voz ahogada por el esfuerzo.

—Ya está —corroboró Clauzade con una amplia sonrisa; cogió su rostro con ambas manos y le plantó un sonoro beso en la frente—. Con eso deberías tener un mes de calma, más o menos, tiempo de sobra. Deberías confirmar tu asistencia a la boda.

—¿Tiempo de sobra para qué? ¿Cómo sabes lo de la boda?

—Me lo ha dicho un pajarito —respondió Servais encogiéndose de hombros—. Oye, yo he cumplido mi promesa y he venido a visitarte dos veces. La próxima vez te toca a ti. Ven a visitarme, ¿vale? Cuando vuelvas, ven a visitarme. Me alegrará verte.

—No entiendo lo que dices —murmuró Philippe—. No voy a ir a ningún sitio, Clauzade, a no ser que te refieras al cementerio y, cuando vaya, no creo que vuelva.

—¿Cómo puedes ser tan pesimista? —protestó con un gesto exagerado.

—No sé, a lo mejor es que soy un agorero, pero pensaba que morirse es lo habitual cuando tienes tuberculosis —replicó con sorna.

—Pesimista —gruñó de nuevo Clauzade.

—Sí, vale, lo que tú digas —suspiró él.

—Cuando vengas a visitarme —repitió—, puedes traerte a Didier. Sé que está enfadado conmigo y…

—Tiene motivos —le interrumpió.

—Sí —aceptó Servais—. No lo niego. Pero la historia es un poco más complicada de lo que crees. No por ello es mejor, no voy a engañarte, pero sí que es diferente a lo que cree Didier que pasó. Cuando vengáis los dos, puede que os la cuente. Además, te presentaré a alguien que lo explicará todo mucho mejor que yo.

—Clauzade, no voy a… —Philippe se detuvo y sonrió—. Sabes que no puedo prometerte eso, ¿verdad? Sé que lo sabes. Didier está en América y…

—Vendrá para la boda de su hermano —le recordó.

—Aunque estuviera aquí —prosiguió con voz cansada—, no significa nada. Yo… —Tomó aire. Quizá fuera casualidad o quizá la misteriosa medicina de Clauzade pero era cierto, por primera vez en mucho tiempo y sin láudano por medio, respirar no era doloroso—. Cuando nos despedimos quedamos en escribirnos. Didier cumplió su palabra, pero yo no pude hacerlo. No quería mentirle pero tampoco podía contarle nada así que opté por… callar. No respondí a ninguna carta y ahora hace casi ocho meses que recibí la última. Supongo que se ha cansado de seguir intentándolo o ha decidido pasar página. Cualquiera de las dos cosas me parece bien. Es como tiene que ser.

—¡Oh, qué historia más triste! —exclamó Clauzade con fingida afectación—. Eres un pesimista. Un pequeño gran pesimista.

—Lo que tú digas —bufó Philippe reclinándose de nuevo en la cama. Normalmente se lo habría tomado con más humor, pero la invitación de René le había afectado más de lo que quería admitir.

—Recuérdalo —dijo Clauzade mientras caminaba hacia la puerta—, la próxima vez te toca a ti venirme a visitar.

—Entonces, ¿esto es un adiós? —preguntó, y sintió una punzada de tristeza al pensar en ello.

—No —negó Servais agitando la mano—, es un hasta luego. Nos vemos, pequeño Puck. Cuídate mucho.

Y quizá fuera coincidencia o quizá no, pero dos semanas más tarde su salud se mantenía lo suficientemente estable como para aguantar el largo viaje en tren hacia Barcelona en pos de una nueva cura milagrosa.

El doctor Fontanelle se opuso a ello, por supuesto, alegó que no era la primera vez que su padre intentaba algo así y que todas habían resultado igual de decepcionantes. Philippe no podía evitar darle la razón; sin embargo, por primera vez desde que se descubrió su enfermedad, se permitió albergar una mínima esperanza. ¿Por qué? No lo sabía, pero tampoco ganaba nada siendo un pesimista.

FIN

Si te has quedado con ganas de leer más cosas de Bry, pásate por su perfil de WATTPAD.

One reply on “El alquimista eterno (parte VII) •Fantasía a cuatro manos•

  • Saguian

    Después de leer ” Fantasía a cuatro manos” sentí que faltaban muchas cosas que decir en esta historia y llegó “El alquimista eterno” que me ha encantado, pero aún faltan muchas cosas por decir en esta historia y estoy deseando conocerlas con permiso de Bry

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