Fast Food •Capítulo 4•

El primer día en el Mega

 

El resto de la semana fue una angustia creciente. Cuatro larguísimos días a la espera de una llamada que no llegaba y con la sospecha de que los del Mega se lo habían pensado y ya no lo iban a contratar.

No fue hasta el viernes a última hora que Kei recibió las ansiadas noticias.

Los últimos minutos de su entrevista con Andou fueron para concretar los detalles del contrato, tomar nota de su talla para el uniforme y de sus datos completos para darlo de alta en la empresa y en el seguro. El hombre terminó por indicarle que lo llamarían para informarlo de sus horarios y ahí quedó la cosa, todos contentos. Había supuesto que se darían algo más de prisa a la hora de cuadrar sus turnos, pero, en lugar de eso, dieron por hecho que no tendría planes ni obligaciones a las que atender y que dejaría todo el sábado disponible para el momento en que se dignaran a solicitar su presencia en el restaurante. Dicho así, parecía de chiste. Pero fue eso, exactamente, lo que hizo Kei.

Rechazó la sugerencia de sus compañeros de informática de salir a divertirse, prohibió a su madre que lo llamara para no ocupar la línea y durmió con el móvil encendido y bien pegado a la oreja, por si acaso.

Al final todo eso pasó e hizo bien en no planear nada porque le tocó estar allí toda la tarde. De cinco a nueve.

Cuando se presentó ante la puerta, a las cinco menos veinte, estaba tan nervioso que le temblaban las piernas. ¡Su primer trabajo! Eso ya era un hecho importante, pero lo que más nervioso lo ponía, lo que le hacía sentir que en cualquier momento se iba a convertir en gelatina y acabaría desparramado por el suelo, era el pensar que esa misma tarde podría presentarse al amor de su vida, decirle su nombre, que estaba colado por él y prometerle que sería suyo para siempre. El corazón le latía tan fuerte que tenía ganas de vomitar.

Tomó aire, lo mantuvo en los pulmones tanto como le fue posible y lo soltó de golpe con los ojos cerrados.

¡Allévoy! —murmuró para sí, antes de poner un pie en el local.

No estaba muy lleno. A esas horas solo pasaban por allí los pocos transeúntes a los que les apetecía un café o un helado o trabajadores de la zona que, por su horario, no podían permitirse almorzar a horas más normales.

Lo primero que hizo fue, por supuesto, buscar a su rubio. Al no verlo, trató de superar el pinchazo de decepción: aún quedaba mucha tarde por delante y bien podría aparecer en cualquier momento. Igual sí que estaba allí, en algún sitio donde no pudiera verlo.

Caminó inseguro hasta el mostrador y tras localizar a una empleada desocupada, se acercó a ella.

—Ehm, hola —dijo, para llamar su atención. La chica, que estaba de espaldas, se giró de inmediato y le dedicó una sonrisa amable—. Esto…, empiezo a trabajar hoy aquí. ¿Dónde tengo que ir?

La expresión de la empleada cambió tanto en cuestión de un segundo, que Kei llegó a pensar que en realidad era un mutante en plena transformación. Lo que había sido una gran sonrisa de bienvenida, trocó en una expresión de hastío.

—Ah, sí —dijo desapasionada, y se acercó al área donde, a fuerza de visitas al establecimiento, Kei había aprendido que se almacenaban las hamburguesas ya hechas. Desde ahí se podía ver parte de la cocina—. ¡Encargada, el nuevo!

Se oyó una voz proveniente de la parte trasera y, no mucho más tarde, Kei vio aproximarse a una mujer de unos veintitantos, con uniforme de gerencia y el pelo recogido en un apretado moño, sin gorra.

—Hola, tú eres Tsunami, ¿no? —le preguntó. Esta, al menos, sí parecía amable y no un cambiaformas mutante.

—Sí, eh, encantado.

—¡Bienvenido! Pasa, pasa.

La distribución que Kei ya conocía del lugar era sencilla de recordar. Las puertas, de doble hoja, quedaban a la derecha de la fachada, junto a la enorme ventana que ocupaba todo el frontal y desde la que se veían las escaleras, que estaban en el extremo izquierdo.

No había asientos a excepción de la repisa con banquetas que ocupaba casi toda la pared de la derecha. A la izquierda, oculto bajo la escalera, había un cubo de basura. Y al fondo, a unos diez metros, el mostrador. Lo que había tras él era todo un misterio.

Por eso, cuando la encargada abrió una puertecilla de doble batiente para invitarlo a pasar, Kei lo hizo con la curiosidad plasmada en las pupilas. A partir de ahí todo era nuevo y solo los empleados del Mega conocían su aspecto. Eso lo hizo sentir, en cierto modo, especial: estaba recorriendo un lugar reservado a unos pocos, un espacio privado al que solo se podía acceder por cumplir ciertos requisitos y tras haber superado un proceso de selección.

La siguió por la zona de paso. Ya en el interior del mostrador, lo primero que vio fue un refrigerador sin puerta en cuyos estantes había bebidas, postres y ensaladas. Junto al mismo, una máquina de helados y batidos. Luego, en la pared perpendicular, estaba la estación de patatas, con dos grandes lámparas de calor que en ese momento no servían de mucho, ya que no había nada bajo ellas. Y, a continuación, las freidoras.

Frente a la estación de patatas estaba la zona de las cajas. No se fijó demasiado e incluso le dio algo de apuro, ya que además de la antipática de antes, había dos muchachas más en ese momento y sentía como si estuviera curioseando donde no debía.

Después pasaron por el área de la cocina. La encargada caminaba sin detenerse, por lo que tampoco pudo prestar mucha atención a los detalles. Consiguió constatar que, a su derecha, había más freidoras, un congelador alto de dos puertas y una superficie de trabajo. A la izquierda se extendía el resto de la cocina, en la que no logró fijarse muy bien. Solo alcanzó a ver una mesa alargada con boles llenos de condimentos y, a ambos lados, grandes bandejas de plástico llenas de bolsas de pan. No había ningún empleado en ese punto y, de hecho, antes de llegar al fondo, la encargada dio instrucciones a las chicas de fuera de que atendieran la cocina en su ausencia.

Había allí unas escaleras, estrechas y empinadas, que bajaban en paralelo a la cocina y giraban noventa grados a la mitad del descenso. Kei siguió por ellas a la encargada. Al llegar abajo, atravesaron una sala poco iluminada con un lavavajillas industrial, una pila de fregar, un sumidero de agua y la puerta de una cámara frigorífica. Continuaron por un pasillo más estrecho, giraron a la izquierda junto a un buen montón de taquillas empotradas en la pared y, al fin, accedieron a una sala pequeña con tres mesas, sillas, una papelera como las de arriba, una máquina de agua, un televisor y algunas comodidades más.

No eran para tanto en realidad, pero esa primera vez a Kei aquellas instalaciones le parecieron enormes y confusas.

—Adelante —ofreció la mujer, que por el camino se había presentado como Sachiko. Por supuesto, Kei pensaba llamarla «encargada», como hacían los demás—. ¿Te apetece un café?

—No, gracias —rechazó. No le gustaba el café y ya estaba bastante nervioso, una dosis de cafeína no sería lo más apropiado.

Sachiko comprobó la hora; todavía quedaba un rato para las cinco. Un poco pensativa, se rebuscó en el bolsillo y sacó un manojo de llaves. Eligió una entre ellas y le pidió que esperara un momento antes de volver a salir.

Kei escuchó el ruido, justo al otro lado de la pared, de una taquilla al abrirse y después cerrarse y, de inmediato, la encargada regresó con una bolsa de papel con el logo de la cadena impreso.

—A ver, pruébatelo, aunque creo que te estará un poco holgado —explicó—. Los de tu talla llegarán en un par de semanas.

Kei cogió la bolsa y miró su contenido. Dentro, doblado con pulcritud, había un uniforme igual que los que llevaban los demás empleados. Pantalones, cinturón y corbata negros, camisa amarilla, gorra negra con la «M» de «Mega» bordada y zapatos de seguridad.

—Ahí tienes el vestuario, si ves que te queda muy grande creo que tengo por ahí guardado un pantalón para chica que te podría servir mejor.

Kei asintió, dio las gracias y entró donde le acababa de indicar la mujer.

El vestuario era estrecho y alargado, con un lavabo, un plato de ducha con mampara, algunas perchas colgadas de la pared y una puerta al fondo, con el servicio. En las perchas había varias cosas: uniformes, bolsas con calzado… ¿Algo de aquello sería de Surette? Aguzó el oído un segundo para comprobar que Sachiko seguía sola afuera y, sin reparo ninguno, comprobó el par de camisas amarillas. En la chapa identificativa de una de ellas se leía un apellido japonés, mientras que la otra camisa no tenía chapa ni ningún otro tipo de distintivo personal. Suspiró un poco y trató de no sucumbir a la impaciencia mientras empezaba a desnudarse.

Al cerrarse los pantalones y ajustarse el cinturón se observó un momento al espejo.

—Dios mío…

Se mordió el labio. Su reflejo le devolvía a un muchacho con una camisa amplia en exceso que, aun remetida por los pantalones, hacía unas horribles bolsas alrededor de la cintura. Los pantalones no eran mejores: le quedaban demasiado bajos de tiro, formaban unos pliegues de lo más antiestético en la entrepierna y le arrastraban. Estaba ridículo. Y no es que Kei tuviera mucho sentido del ridículo, la verdad, pero solo pensar en aparecer de esa guisa frente a Surette le hacía tener sudores fríos. ¿Cómo iba a conquistarlo si parecía un payaso? Al menos los zapatos sí le quedaban bien, claro que eso no era un gran consuelo.

Salió del vestuario con las mejillas rojas y un pellizco cogido de cada lado de sus pantalones.

—Um, creo que me sobra demasiado.

Sachiko, que trajinaba con la televisión en esos momentos, se giró para verlo. No pudo reprimir una carcajada suave.

—Eso parece. Es que eres muy pequeñito, Tsunami.

Kei intentó no molestarse. No necesitaba que nadie le restregara que era más bajito de la cuenta, gracias. No se lo solía tomar bien, pero prefirió dejarlo pasar en esa ocasión; no quería tener problemas en su primer día.

—Ten, mira a ver si este te está mejor.

Tal y como le había dicho, le dio otro pantalón diferente que, al menos en la mano, parecía de talla más adecuada. Se veía usado, pero estaba limpio, incluso olía a suavizante. Kei suspiró un poco desganado y volvió al vestuario para probárselo. No le importaba si era de mujer siempre y cuando no lo hiciera parecer tan ridículo como el enorme que se acababa de quitar, pero sus esperanzas se vieron frustradas al comprobar que, por desgracia, aquella alternativa no era viable porque no conseguía abrochárselo. Si él era pequeño, ¿qué tamaño tendría la anterior propietaria? Visto lo visto, no tenía más remedio que quedarse con el grande, que volvió a ponerse de inmediato.

—No me entran —anunció, de nuevo fuera, mientras le devolvía a Sachiko los pantalones de mujer—. Me tendré que quedar con estos.

—De todas formas, ¿estás incómodo? —continuó ella—. ¿Se te caen o algo?

—No, caérseme no. Es solo que, bueno…, parezco…

—En un par de semanas llegarán los de tu talla, quédate con ese de momento, ¿vale? Y solo tengo uno, los demás ya sí que te estarían enormes, lo siento.

Kei se encogió de hombros.

—¿Qué se le va a hacer? Pero dámelos en cuanto lleguen, por favor.

—Sí, sí, claro —aseguró la encargada y, con una sonrisa, se volvió de nuevo hacia la televisión, que tenía el reproductor de VHS incorporado—. Oye, yo tengo que volver a subir. Tienes que ver esto antes de empezar, es el entrenamiento de salón y de frente. Cuando termine, sube y me buscas, ¿vale?

Kei asintió y en cuanto se rebobinó la cinta, Sachiko le dio al botón de reproducir y salió de allí.

Eran casi las cinco y media cuando al fin la cinta terminó. Kei no recordaba haber visto mayor tostón en toda su vida: se trataba de una serie de vídeos en los que unos actores muy malos interpretaban el papel de trabajadores del Mega y, a través de diferentes escenas, enseñaban lo básico que necesitaría para empezar. Nociones imprescindibles de prevención de riesgos laborales, limpieza y trato al cliente. Todo estaba muy bien explicado y cada ejemplo era repetido un par de veces, pero la información había llegado tan de golpe que Kei se sintió saturado y, mientras ascendía por las escaleras, tenía la sensación de no haber aprendido nada.

Eso no lo amedrentó. Supuso, como en muchas otras cosas, que la práctica haría al maestro, así que se prometió dar lo mejor de sí mismo allá arriba. Y a ver si podía cogerle el truco antes de que llegara su rubio; ya que estaba ridículo con ese uniforme, qué menos que no mostrarse ante él, además, como un torpe sin remedio.

Sin embargo, no tuvo mucho a lo que cogerle el truco porque lo primero que hizo Sachiko en cuanto Kei puso un pie en la zona de las cajas (o «frente», tal y como acababa de aprender que se llamaba esa zona), fue ponerlo a cargo de la misma sosa de antes para que le enseñara el puesto de salones.

Así llamaban a la zona destinada a los clientes, a todo lo que quedaba del lado exterior del mostrador. Y Kei se preguntó de inmediato qué demonios tendría que aprender; se trataba de limpiar las mesas y el suelo. No creía necesitar que nadie le dijera cómo.

Acertó a medias. Efectivamente, no hacía falta que aquella chica, con la misma actitud desapasionada, le explicara cómo pasar un trapo y barrer. Pero sí tuvo que explicarle dónde se guardaban los útiles de limpieza, de qué forma se desinfectaban los trapos, cómo evitar la contaminación cruzada o la frecuencia con la que tenía que repasar los baños, estuviesen sucios o no, así como la forma correcta de separar la basura según materiales o cómo cambiar las bolsas sin que tocaran el suelo.

Solo fueron necesarios cinco minutos. La muchacha le soltó el discurso de la misma forma en que Kei lo había visto en el vídeo y lo dejó a solas, en la planta alta del restaurante y con cara de perdido.

Durante las horas siguientes se limitó a dar vueltas por el restaurante. En varias ocasiones buscó a la encargada para preguntarle qué hacer, pues no había apenas trabajo. No iban clientes que ensuciaran las instalaciones y, por tanto, Kei no tenía nada que limpiar. Se encontró a sí mismo repasando con el trapo mesas impolutas y barriendo suelos sin una mota de polvo, y cuando ya se creía a punto de morir de aburrimiento, Sachiko lo avisó de su tiempo de descanso.

Disponía de veinte minutos libres y no tenía hambre, así que se limitó a servirse un helado (su primera experiencia con la máquina fue un completo desastre: el dosificador estaba muy duro, aquello salía muy rápido y cuando consiguió detenerlo, la crema ya rebasaba por todas partes) y bajó de nuevo a la sala de empleados.

Una vez allí y ya que no tenía ningún vídeo aburrido al que prestar atención, se entretuvo en revisar la estancia con más detalle. Además del aparato de televisión y vídeo y la máquina de agua, había una cafetera de goteo y un calentador de agua amén de una torre de vasos de café apilados, de los mismos que se usaban para los clientes.

Sobre el cubo de basura, que estaba entre las dos puertas de vestuarios, había un tablón de anuncios cerrado con llave. En él se exponían los horarios de los empleados, un cuadro con las vacaciones y algunos comunicados acerca de productos nuevos, promociones o planes de prevención de riesgos. A Kei le dio un vuelco el corazón; por supuesto, en cuanto vio que en la tabla de horarios figuraba el nombre de todos sus compañeros, se levantó de un salto y se acercó a mirarla. En cuanto localizara a Surette podría saber cuándo lo vería y eso sería una ventaja: se pondría guapo para él.

Helado en mano, sus ojos comenzaron a vagar por la lista de nombres. Casi cuarenta en total, todos japoneses menos cuatro: Jae-Hwa, Robin, Michael y Fer.

Volvió a mirar. Eran dos folios impresos en horizontal; tal vez se lo había saltado. Recorrió una vez más los nombres, uno por uno esta vez. Nada. Hizo un tercer barrido buscando todos aquellos nombres que empezaran por S. Nada, de nuevo. Si la idea de averiguar sus horarios le había disparado el corazón, ahora se le había parado. Detenido. Muerto. Kei se quedó lívido y la piel de su rostro perdió algo de color.

Entonces cayó en la cuenta de que no lo había visto en toda la semana. Mientras esperaba la llamada y sin separarse del teléfono móvil, se había pasado por allí en tres ocasiones diferentes, y en ninguna de ellas vio a su rubio ni su fantástica sonrisa.

Un miedo sordo se le instaló en el pecho. ¿Y si ya no trabajaba allí? La prueba la tenía delante, en esa lista no figuraba ningún Surette ni tampoco en la de las vacaciones. Se fijó en otra, una titulada «entrenamiento» donde, por lo que dedujo, se exponían días y horas en los que varios empleados tenían que aprender un área. Tampoco figuraba ahí.

Se le cayó el alma a los pies. ¿Qué iba a hacer ahora? Si había empezado a trabajar allí era por él. Si se había quedado en Tokio en lugar de volver a Osaka con sus padres era por él. Y si él ya no estaba en el Mega, ¿de qué servía? Tokio era una ciudad enorme, las probabilidades de encontrárselo en otro sitio eran ínfimas y ni siquiera Kei, optimista hasta lo absurdo, lo creía posible. ¿Qué iba a hacer ahora?

—¿Todo bien, Tsunami?

La voz de la encargada lo sacó de sus pensamientos. Acababa de asomarse desde la puerta para avisarlo de que su tiempo de descanso se terminaba y, al verlo con ese aspecto abatido, no pudo sino interesarse por él.

—¿Eh? Sí, claro. Solo… No sé, creo que esto no es lo que esperaba —se excusó Kei. No era falso, de todas formas, porque no imaginaba que su cometido fuera a ser el de dar vueltas con una escoba en una mano y un trapo en la otra.

—Aburrido, ¿no? —Kei asintió—. Ahora sí que no te vas a aburrir, ya verás. ¿Vamos?

Asintió y después de tirar a la basura su vaso de helado, que ni siquiera se había terminado, volvió a colocarse la gorra y la siguió por el pasillo.

Decidió entonces hacer un último intento y preguntar. Quizá sí seguía allí pero, por alguna razón, no figuraba en el cuadrante junto a los demás empleados.

—Um, encargada… —Sachiko lo miró con curiosidad—. Conozco de vista a un chico que trabaja aquí, Surette.

—¿Surette? No, no me suena.

—¿Nada? Es de fuera, francés, creo. Pelo rubio y corto, ojos claros…

—Hmm…, no tenemos a ningún francés. El único rubio que tenemos es Michael, pero no creo que sea el mismo: es canadiense. ¿Seguro que trabaja aquí?

—Sí, seguro. La semana pasada estaba.

—Pues es raro porque nadie se ha dado de baja ni nada.

Eso le dio que pensar. Si nadie se había dado de baja significaba que aún debía trabajar allí, ¿no? Aunque todo apuntara a lo contrario, tal vez había algo que se le escapaba. A lo mejor se estaba preocupando para nada y su enamorado aparecía por allí cuando menos se lo esperara.

El pensamiento le devolvió los ánimos y el optimismo que ya empezaba a perder y le inyectó una buena dosis de energía que, por otro lado, fue más que necesaria para enfrentarse al aluvión de clientes que, salidos de la nada, llenaron el restaurante hasta los topes durante el resto de su turno.

Y se mantuvo alerta lo que quedó del fin de semana, se centró en conocer a todos sus compañeros, volvió a preguntar por Surette y se esforzó al máximo en su tarea de limpiador para que nadie pudiera acusarlo de no dar lo mejor de sí mismo.

Pero el domingo, al salir de allí a las nueve de la noche aún sin noticias ni rastro del rubio, empezó a perder de nuevo la esperanza.

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