«Noches de luna roja» – Gabriel

Aquí podrás leer de forma gratuita los primeros capítulos de «Noches de luna roja», de Sofía Olguín; una novela juvenil ambientada en un Buenos Aires en el que ángeles y demonios viven mezclados entre la gente. Ahora bien, te advertimos dos cositas:

  1. Esta novela es para mayores de 16 años.
  2. Es una historia adictiva que no podrás dejar de leer.

Aclarado esto, ¡bienvenid@ a este antro!


GABRIEL

 

Siempre sentí fascinación por la magia y el esoterismo. Aunque, si tengo que decir la verdad, en realidad no creía en ninguna de esas cosas. No creía en magias, en dioses, en tablas ouija, en fantasmas ni en nada que no pudiese ser comprobado o entendido por la razón humana. Claro, la razón nunca podrá abarcar todo, pero mi escepticismo era parte de esa fascinación. ¿Por qué si nada es real, la gente seguía poniendo su fe en los santos de las iglesias, en las velas, en las palabras mágicas…?

Andá al quiosco de diarios de la esquina. Comprá la revista que se te antoje. Fijate en los anuncios de brujos y chamanes que ofrecen sus servicios. Ataduras. Hacé que vuelva tu pareja. Problemas de dinero. Depresión…

Interesante, ¿no?

Me llamo Gabriel…, aunque Gabriel no es mi nombre real. En esta historia, lo único falso que vas a leer son los nombres propios de las personas. Los barrios, líneas de colectivo, de subte, los lugares, edificios…, esos sí que son muy, muy reales. Tal vez los conozcas.

En aquel entonces tenía dieciocho años y, hay que admitirlo, era un poquito friki. Me gustaba ser así. La mochila que llevaba a la facultad estaba llena de prendedores de dibujos animados y en mis ratos libres leía cómics o me bajaba series de Internet. Antes tenía un grupo de amigos, chicos y chicas con quienes iba a los llamados «eventos de animé». En estos eventos pasaban proyecciones, vendían DVD, juegos de Play Station y cositas como llaveros, prendedores y cuadernos. A veces vendían ropa; ropa friki, claro. Y aunque me habría gustado vestirme así, no lo hacía. Había trabajado como repartidor en una heladería, pero llegado el invierno, se habían quedado con un solo repartidor: con el que tenía moto. Yo hacía los repartos en bicicleta y siempre tardaba más. Me dijeron que iban a llamarme cuando comenzara de nuevo el verano (era responsable y no llegaba nunca tarde) y lo hicieron. Pero ya no pude trabajar de nuevo para ellos…

Ese grupo de amigos que mencioné antes se disolvió. O mejor dicho, yo me disolví. Ellos se seguían viendo, pero yo ya no iba a las reuniones. El motivo: los piojos. Y no, no me refiero a la banda de rock argentina, sino al insecto, al parásito. Tenían piojos, qué asco. Yo llevaba el pelo un poquito largo (hasta los hombros)… y bueno, imaginate. Además, ya no me sentía a gusto con ellos por otros motivos que no vienen a cuento.

El hecho de que yo fuera bisexual es un elemento significativo en esta historia. Me atraían los chicos y las chicas, pero no vayas a pensar que era un descarriado o algo así. La gente ha cargado la palabra «bisexual» de una gran carga peyorativa. Lo mismo ocurre con la palabra «homosexual»… De hecho, era muy centrado. Nunca había estado de novio con nadie, aunque me había metido mano con un par de chicos y chicas. Pero sí, era virgen. Y si lo seguía siendo a los dieciocho años era porque yo mismo lo había elegido así. Oportunidades no faltaron. Mi última tranza había sido un chico (un gótico, superfriki, que trabajaba en un cyber), pero con él no hice más que besarme y un poco de manoseo.

Otra cosa importante: yo no sabía el significado de la palabra familia. Tenía padre y madre, pero a veces me sentía como un huérfano. Ellos me querían, a su manera. Supongo. En algunas ocasiones pensaba, vos estarás de acuerdo o no, que hay gente que no sirve para criar hijos. Hay gente que sabe cantar, otra que sabe cocinar, hay gente que sabe enseñar, pintar, construir casas. ¿Por qué criar hijos bien sería una excepción? Como dijo Michael Levine: tener un hijo no te vuelve padre, de la misma manera en que tener un piano no te vuelve pianista. Pero al menos hay lugares donde te enseñan a tocar el piano. En cambio, no hay escuelas para padres. A lo que quiero llegar es a que: mis padres no supieron criarme, solo fueron dueños de un piano. Y, teniendo en cuenta esto, deberían haber llorado lágrimas de agradecimiento porque no salí drogadicto, o ladrón o alguna de esas cosas. Bueno, me gustaban los hombres.

Mi papá le llevaba dieciséis años a mi mamá. Ella tenía cincuenta y seis, y él… hacé la cuenta. Sí, eran mayores. El motivo: estuvieron toda la vida perdiendo el tiempo. Mi papá tenía problemas con el alcohol. Durante la crisis del 2001, perdió su negocio y tuvo que vender el auto. De él no sabía casi nada. Cuando yo era chico, él trabajaba jornada completa en el Jockey Club, de contador, y no pasábamos nada de tiempo juntos. Tenía libres solo los domingos y esos días los ocupaba emborrachándose.

Mi mamá zafaba. De ella sabía más (dónde había nacido, el nombre de su primer novio, qué hacía antes de que yo naciera) y a veces pensaba que me habría gustado no saber nada…

Mi mamá era uruguaya. Nació en el campo y a los diecisiete años se escapó y se vino a Argentina. Trabajó cuidando ancianos y también se prostituyó un poco. De joven era muy linda. No era alta, pero sí atractiva. Yo salí a ella. Por suerte yo era alto, pero tenía sus ojos verdes y su pelo castaño.

Ella seguía cuidando viejos: trabajaba con cama, lo cual quiere decir que no vivía en casa. ¿El motivo? La plata. Ganaba casi tres mil pesos argentinos por mes. Se lo gastaba en ropa, zapatos y carteras (como hizo toda su vida: vivía en pensiones y se vestía como Susana Giménez), pagaba mi Internet, a veces la cuota de la casa, me tiraba unos pesos a mí y chau sueldo. Mi papá sabía que mi mamá malgastaba el dinero y eso le daba bronca. Por eso nunca le daba un centavo. Él, por su parte, había luchado toda su vida para cumplir sus sueños y había llegado a la vejez apenas con una casa que todavía no había acabado de pagar…

Ellos nunca se llevaron bien. Cuando yo nací, mi papá llevó a mi mamá al departamento donde vivía con su madre. Mi abuela se llamaba María y le hizo la vida imposible a mi vieja hasta tal punto que tuvieron que internarla en un psiquiátrico. Mi mamá tenía problemas mentales; había tenido una infancia dura y eso fue algo que jamás pudo superar. Yo no estaba de acuerdo con eso que suelen decir: en la vida todo se paga. Tal vez era porque aún era muy joven, pero no me vas a negar que hay gente que sale indemne de todas. Mi abuela no fue una de ellas. Vivió sus últimos días en una silla de ruedas y fue mi mamá quien tuvo que cuidarla y cambiarle los pañales. Una humillación. Para mi abuela, porque era demasiado orgullosa; y para mi vieja porque supongo que no le resultaría una tarea agradable. Mi tía, hermana de mi papá, era tan mala persona como mi abuela. Ojo, mi abuela me malcriaba, pero yo era demasiado chico para comprender las cosas.

En ese entonces vivíamos en un departamento de Buenos Aires, en el barrio de Villa Urquiza. Dicho departamento estaba a nombre de mi tía, la mala persona. Cuando mi abuela murió (yo tenía seis años), mi tía nos echó. Así de simple. Ahora vivíamos en Villa Ballester, Provincia de Buenos Aires, en una casa grande, cómoda y vieja que mi papá había empezado a pagar y que tenía en alquiler. Creo que le dolió más tener que echar a la familia que vivía ahí que el hecho de que su propia hermana lo echara del departamento que habían comprado juntos…

Acá comienza la historia. Pero no comienza en la casa grande y vieja. Ni por la noche. No llovía ni había tormenta. Era un día despejado, precioso. Y todo empezó en un salón de clases.

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