Noches de luna roja •Capítulo 5•

Me quedé parado, mirándolo. Él estaba quieto, lo único que se movía era el humo del cigarrillo. Parpadeé. Era él, no había ninguna duda. ¿Me había seguido hasta Urquiza? ¿Me había seguido desde el centro hasta mi casa? Lo que más me extrañó fue que llevaba la misma ropa del viernes. Hasta parecía tener la colita del pelo, chiquitísima, atada con la misma goma de color rojo. En ese momento vi algo de lo que no me había percatado antes, tenía un tatuaje. Por encima de la musculosa se notaban los dibujos hechos en tinta negra. Plumas. El hombre tenía tatuadas dos enormes alas negras.

Comenzó a moverse y yo aguanté la respiración. Fue levantando el brazo derecho, y yo supe que lo hacía para llevarse el cigarrillo a la boca. Entonces, casi en cámara lenta, lo vi mientras se giraba. Primero movió la pierna derecha. Los rayos del sol revolotearon por la puerta de entrada, haciendo que las partículas que flotaban en el aire brillaran haciendo guiños. Giró el torso. Había algo raro en su imagen, pero yo no podía saber qué. Estaba alucinado. En un instante, quedó frente a mí. Lo único que nos separaba era la puerta de entrada del edificio. No había duda. Era el vendedor. Sus extraños ojos se veían ahora más claros, atravesados por la claridad del sol. La luz iluminaba sus rasgos y pude apreciar que era más esbelto de lo que recordaba.

Me miraba sin ninguna expresión particular. Debió haberle causado risa mi cara de espanto. Si fue así, en ese momento no lo demostró. Me inspeccionó con la vista, desde el otro lado de la puerta, hasta que llegó a mis ojos y parpadeó. Su boca se fue curvando hacia arriba en una sonrisa. Sentí que el estómago me daba una sacudida. Y entonces se rio. Pero no parecía estarse burlando, nada que ver. Su rostro lucía amable, risueño. Creo que eso me tranquilizó. Y de nuevo, si no hubieran sido casi las cuatro de la tarde de un domingo soleado, habría dado la media vuelta, como Luis Miguel, y me habría subido de nuevo al ascensor.

El llavero bailó en mi mano y las llaves tintinearon al chocar entre sí. Temblando, busqué la más larga y abrí la puerta. Cuando salí, la luz solar me cegó por un instante.

—Hola —saludo él, sin dejar de sonreír. Yo lo miré. Tenerlo tan cerca hacía que me diera cuenta de lo alto que era—. ¿Te gusta tu nuevo celular?

En mi mente se dispararon una multitud de respuestas. Y preguntas.

—¿Fuiste vos… el que me mandó ese mensaje?

Después de todo, nadie me mandaba mensajes ni tampoco me llamaba. Él frunció el ceño. Chupó la punta de su cigarrillo y lo tiró al suelo, ya acabado.

—¿Qué mensaje? —replicó, serio.

—Hace rato —expliqué—, en la estación de Ballester, me llegó un mensaje. Decía «auxilio» y el remitente era un montón de letras y números.

Se le abrieron los ojos como platos y yo me alarmé. Por la calle pasó una señora mayor con un perro pequinés.

—Mostrámelo —exigió él.

Sí, me lo estaba exigiendo. Y si yo no hubiese detectado el miedo en su voz probablemente hubiera pedido más explicaciones. No me gustaba que nadie metiese la nariz en mis cosas, y menos que me revisaran el celular. Saqué el teléfono del bolsillo y tecleé en busca de la bandeja de entrada. Allí estaba, el misterioso mensaje. Auxilio. Él me arrebató el teléfono de las manos y miró la pantalla con atención. Mordiéndose el labio, me lo devolvió.

—Tenemos bolonqui —susurró, apoyando la espalda sobre la pared de la entrada.

¿Bolonqui? ¿Tenemos?

—¿Qué? —exclamé yo—. ¡Explicame! ¿Quién sos? ¿De quién es este mensaje?

Él se llevó la mano al bolsillo trasero del vaquero y sacó la caja de cigarrillos. Pude notar que estaba alterado, las manos le temblaban un poco.

—Seth —dijo estirando la derecha. Yo la estreché, nervioso—. Un placer.

—Gabriel. —Me habría gustado agregar que para mí también era un placer, pero no podía estar del todo seguro.

—Me tenés que devolver el celular —exclamó de repente. Entrecerró los ojos y me miró. Yo no entendía nada.

—¿Qué? ¿De qué me hablás? —De verdad tenía miedo. Me sentía como en una de esas pesadillas de las que no podés despertarte, cuando intentás escapar de un asesino que sabés que te va a matar.

—Ese celular —susurró. Su voz era grave, ronca por el tabaco. Quise preguntarle su edad, pero me quedé callado— es una ouija.

Tardé un par de segundos en procesar la información. A nuestro lado pasaba otra vez la vieja del perrito. Mientras mi cerebro trabajaba, el pequinés se detuvo en un árbol a orinar y luego siguió su camino. La anciana llevaba una rama en la mano y caminaba encorvada, como si sobre su espalda llevara todas las penas de su vida.

Ouija. Todo el mundo conoce esa palabra, aunque jamás haya visto el objeto que lleva tal nombre. En sí, es un juego. Una tabla con números y letras con la que supuestamente se puede hablar con los muertos. Yo jamás había visto una, pero conocía bastante bien sus características y su funcionamiento. Mi mente comenzó a trabajar todavía más rápido. Números. Letras. Hablar. Muertos. Celular. No tenía que ser Einstein para darme cuenta de lo que ese hombre, Seth, quería decir.

—Una ouija —murmuré en voz baja.

Seguramente estarás pensando: «¿Y le creíste?». La respuesta es sí, le creí. Y si lo hice fue porque quería hacerlo, porque era la única explicación que me permitía esclarecer la naturaleza de ese mensaje de texto y de los gritos que había oído la noche pasada, en la calle. Pero yo seguía teniendo más preguntas en la boca. Se me amontonaban, querían salir todas juntas, al mismo tiempo; yo no sabía por cuál decidirme.

—¿Quién sos? —le pregunté a Seth. Y estaba claro que quería más datos que su nombre. De dónde había salido, por qué me seguía, por qué me había vendido ese celular, cuántos años tenía, qué quería de mí.

Él suspiró.

—Soy un demonio —respondió, como escupiendo las palabras. Yo me quedé mudo, más de lo que ya estaba. Si estaba soñando, no quería despertar. Era un sueño bastante divertido. A veces, tener miedo resulta divertido. Adrenalina, expectación, ansiedad. Estaba sintiendo todo eso al mismo tiempo, parado frente a un desconocido en la puerta de entrada del edificio donde trabajaba mi vieja—. Ese celular es mío. Cuando te lo vendí, pasó a ser tuyo. Quería divertirme un rato, asustarte… y ahora resulta que hay bolonqui

Bueno, si quería asustarme estaba más que claro que lo había logrado. Yo estaba asustado, pero a la vez, emocionado. Deseaba saber más.

—Me lo vas a tener que devolver —exclamó, sacando del bolsillo trasero un billete de cinco pesos—. Tomá. Tengo que resolver lo que sea que esté pasando. —Me extendió el billete, pero yo no lo tomé. Él sacudió la mano, apremiante. Entonces lo miré directo a los ojos y le sonreí, desafiante. Estoy seguro de que yo estaba colorado a causa del calor, de que los ojos me brillaban y que debía de lucir asustado. Pero también estaba decidido.

—No —dije. Puse la mano sobre el bolsillo donde tenía el celular, como si Seth pudiese saltar sobre mí y arrebatármelo. Abrió los ojos. Ahora él parecía el asustado.

—Devolvémelo —insistió, alargando la mano izquierda, con la palma hacia arriba. Yo bajé los ojos hacia su mano y luego volví a mirarlo de frente. Ensanché la sonrisa.

—No. —Entonces me di cuenta de algo, de que en verdad había hecho un pacto con el diablo. ¡Y el diablo quería romper ese pacto! De repente me imaginé en una mansión gigantesca, en una entrega de premios literarios, en un crucero rumbo al Caribe. Y Seth pareció enterarse, porque me sacó de mis ensoñaciones diciendo, entre dientes:

—No pensés pelotudeces. Yo no puedo concederte deseos. De eso se encargan otros demonios. Yo soy solamente…, yo me encargo de ver que las almas de los muertos de Buenos Aires vayan a donde tengan que ir, ¡ahora devolveme el celular!

Lo pensé bien. Si se lo devolvía, tendría que comprarme uno nuevo, ¿cómo le explicaría a mi mamá todo eso? Vieja, un demonio me vendió un teléfono a cinco pesos, pero se arrepintió y se lo tuve que devolver. Jaja.

—¿Qué pasa si te lo devuelvo?

—Te borro la memoria y chau.

Creo que eso fue lo que hizo que me negara rotundamente. ¡No quería que me borrara la memoria! Por fin me enteraba de que los demonios existían de verdad, de que llevaban ouijas para comunicarse con los muertos, ¿por qué querría olvidarme de cosas tan extraordinarias?

—¿No te puedo ayudar a… solucionar lo que esté pasando? —quise saber.

Él se agarró la cabeza, bufó y se mordió los labios. Estaba perdiendo la paciencia. De repente me sentí como deben de sentirse las chicas cuando son rechazadas. O los chicos. Supongo que todos experimentamos sentimientos comunes cuando nos rechazan. Me sentí triste y Seth pareció darse cuenta.

Entonces hice lo único que se me ocurrió hacer en ese momento; bajé el único escalón de la entrada y me puse a caminar. El aire estaba tibio, como está siempre las tardes de verano. Desde allí veía la plaza del barrio y escuchaba los gritos de los chicos que jugaban en las hamacas y en los areneros. También oía las voces de los chicos que jugaban al fútbol. Yo era malísimo en el fútbol, pero jugaba muy bien al vóley. El mercado al que tenía que ir estaba a la vuelta del edificio. Era uno de esos mercaditos chinos de barrio. ¿En qué barrio de Buenos Aires no hay un mercado chino? La mayoría de los mercaditos chicos pertenecen a inmigrantes orientales.

Caminé, con la cabeza gacha, y cuando llegué a la esquina miré hacia la derecha. Seth no estaba. Había desaparecido.

Entré en el mercado. Los chinos, dos hombres jóvenes, charlaban entre ellos en voz alta y señalaban algo en la pantalla de la cámara de seguridad. En ese local había tres cajas, pero nunca estaban las tres abiertas. Las cajeras eran chicas bolivianas o peruanas, como la mayoría de los empleados. Miré la lista que había hecho mi mamá; dos yogures con fruta, aceite, sal fina, edulcorante y un paquetito de aceitunas. Agarré un canasto, me metí entre las góndolas y lo fui llenando a medida que encontraba cada cosa. Cuando llegué a la caja, no me alcanzó la plata. Tuve que poner de la mía y me dije que ya le cobraría la diferencia a mi vieja. Cuando volví a salir, busqué con la mirada a Seth, el demonio. No lo vi por ningún lado y eso me tranquilizó. Llegué al edificio, subí y le di a mi vieja la bolsa de la compra.

Seguimos charlando hasta que comenzó la tradicional e infaltable pelea. Por pavadas.

—Bueno, ¡andate y no vengás más!

Sentí ganas de llorar, pero me las aguanté. Me estaba echando.

Salí del departamento y subí al ascensor. Quise apretar el botón de la planta baja, pero cuando estuve a punto de hacerlo, algo me agarró de la remera y me arrastró hasta el fondo del ascensor. Lo vi a través del espejo. Era él, Seth, el demonio. En silencio, deslizó una mano por mi cuello y vi que me amenazaba con un cuchillo. No necesitó decir nada, la amenaza estaba más que clara. Sorprendentemente, no sentí miedo. En ese momento, lo único que pensé fue que estaba bien que todo se terminara ahí. Ya no sufriría más la enfermedad de mi mamá, las borracheras de mi viejo, la soledad a la que me obligaban mi retraimiento y mi homosexualidad… Sentí el calor que desprendía el cuerpo de Seth, su olor a cigarrillo y pensé que si me mataba, mis padres se arrepentirían de no haber dormido juntos, de pelearse frente a mí cuando yo era chico y de todas esas veces en que el uno me hablaba mal del otro. Cuando algo se acaba inesperadamente, nos saltan todos los «y si».

¿Y si no me hubiese comprado la Sprite aquel día?

¿Y si Seth me hubiera matado?

¿Y si yo le hubiese entregado el celular en ese momento?

¿Y si…?

Cuando vi el filo del cuchillo, rompí a llorar. Él no se había esperado esa reacción. Comencé a llorar, fuerte y profundo, sin forcejear, sin querer soltarme, sin resistirme y sin suplicar por mi vida. Sin decir nada. Me quedé sollozando, acurrucado junto a él. Mis brazos cayeron a mis costados, inertes, sin fuerza. Sentí el tacto áspero de la tela de sus vaqueros.

Lentamente, Seth me soltó. Vi el cuchillo desaparecer en el aire como si fuera de humo y no me pareció tan extraño, tan loco. Lo oí suspirar de resignación. Mi llanto comenzaba a apagarse. Me sobresalté. Seth estaba revisándome los bolsillos por encima de la ropa. Sus toques eran lentos, delicados, como si no quisiera asustarme.

—No me vas a devolver el celular —susurró. No era una pregunta, era una afirmación. Ah, el celular… Ya casi me había olvidado de él. No dije nada, estaba intentando recobrar la respiración, la tranquilidad y la dignidad—. Lo estuve pensando. Y creo que sí me podrías ayudar.

Yo me sostuve el pecho y con la mano libre me agarré de la puerta de enrejado del ascensor. Todavía estábamos detenidos en el quinto piso. Sentí mucho calor, algo parecido a la sensación que precede a una baja repentina de la presión sanguínea. Él alargó la mano. Yo ahogué un gemido. Suavemente, Seth fue bordeando mi barbilla, donde una gota de sudor colgaba como de la punta de una estalactita. Sonrió, divertido, contemplando con ojos brillantes su dedo mojado.

—Estás muerto de miedo —declaró. Y era verdad, ¿para qué negarlo?

Intenté tragar saliva, pero me di cuenta de que tenía la boca seca. Seth se puso serio. Se acercó y me preguntó si me sentía bien.

—Sí —dije, y mi voz salió como en una exhalación. Él frunció el ceño, preocupado. Me agarró del mentón con fuerza y yo intenté soltarme, en medio de un forcejeo penoso.

—No te voy a hacer nada, pendejo —soltó, de mal humor. Sí, claro, quise decir yo. Y también quise recordarle el cuchillo, pero me quedé callado—. Estás muy pálido…

Me miré en el espejo del ascensor. Mis mejillas ya no estaban sonrosadas. Mis ojos, en cambio, se habían enrojecido a causa del llanto.

—Estoy bien. —Analicé sus palabras. Me había dicho que yo podía ayudarlo—. ¿Qué te hizo cambiar de opinión? —le pregunté, todavía un poco tembloroso. Él se cruzó de brazos y meneó la cabeza, fingiendo pensar.

—Me podrías ser útil. Contar con la ayuda de un humano puede ser beneficioso a veces.

Yo me puse a la defensiva.

—¿Útil en qué sentido? —repliqué, receloso. No me gustaba la palabra «útil». Seth se encogió de hombros como si hubiese dicho algo obvio.

—Dos cabezas siempre piensan más que una.

Dicho eso, sonrió y se esfumó en el aire.

Yo me quedé ahí en el ascensor, aturdido. Oía el tumultuoso retumbar de mi corazón y sentía que las gotitas de transpiración me bajaban por la espalda, haciéndome cosquillas. Me toqué el bolsillo de los vaqueros. El celular estaba ahí, intacto. No había nuevos mensajes ni tampoco llamadas perdidas. Suspiré. Quería estar en casa, acostado en mi cama y con la nariz metida en un libro. O durmiendo.

Sí, mejor.

Durmiendo, desconectado de todo.

Hasta aquí la lectura gratuita de los primeros capítulos de Noches de luna roja. Somos malos y sabemos que te has quedado con ganas de conocer todos los secretos que esconde Seth, así que ya sabes: pásate por nuestra tienda. wink

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