«Las ramas muertas de Nakahel» – Capítulo 2

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Árbol, El

Nombre con el que se conoce al sistema de comunicación continental debido a las similitudes entre su estructura y la de este organismo vivo: el tronco se corresponde con el nodo central gubernamental, origen necesario de todos los nodos secundarios y de las interconexiones entre ellos, la denominada Enramada.

A imagen de lo que sucede en la naturaleza, hay situaciones que escapan a la legalidad o, continuando con el símil, al arquetipo de árbol concebido por cualquier ciudadano. Junto con algunas ramas desgajadas del tronco, hallamos sistemas parásitos, como el muérdago, que depredan sus recursos, o epifitos, como la orquídea, que los aprovechan sin aportar nada a cambio. Asimismo encontramos individuos —criminales de la comunicación— que, a la manera de taladradores y minadores, se abren camino dentro de ramas y hojas, con toda la destrucción que tal proceso puede acarrear.

 

Lo normal no era moverse con semejante rapidez, sobre todo con un cuerpo tan grande. Tampoco lo era fallar tantas veces seguidas con un arma de pulsos. Tal vez sí, en una zona de ramas muertas, aunque habría podido jurar que la última se había activado.

El rubio trajeado consideró instintivamente este par de datos durante el brevísimo lapso que le tomó al intruso llegar hasta él, asirle la muñeca y hundirle el estómago de un puñetazo. El guardaespaldas de la entrada lo apuntó con su pistola de electrochoque, si bien no alcanzó a disparar: Miroir extrajo uno de sus conectores y lo insertó sin mirar, a la velocidad del rayo, en la base del cráneo de aquel tipo. El brazo de este se puso rígido, su cuello se dobló en una postura dolorosa, sus globos oculares se le salieron de las órbitas. Acto seguido se derrumbó en el viejo entarimado, sufrió un par de convulsiones y quedó inmóvil.

Todo sucedió tan deprisa que el joven del mono oscuro aún sujetaba a su víctima mientras el jacq se arrodillaba junto a la suya y desconectaba el cable que los mantenía unidos, sin apartar la vista del desconocido y el ricachón. Dos pares de ojos se cruzaron y se estudiaron.

—No te habrás atrevido a matarlos —le espetó Miroir. La manera en que recogió la pistola caída y se enderezó despacio mostró a las claras su desconfianza—. Si están muertos, nos vas a meter en un maldito lío.

—De nada, ha sido un placer salvarte el culo —respondió el otro con sorna, antes de soltar a su blanco—. Literalmente. Vigila hacia dónde apuntas ese chisme, si no te importa, porque puedo tomármelo a mal.

—No necesitaba que me salvaras nada, me las habría arreglado solo.

—Fijo que sí, con ese truco del cable. Asombrosos reflejos, flaco, que funcionan muy bien con uno. El problema es que eran tres, y armados.

—Habría esperado el momento oportuno.

—Ya. Habrías podido hacer mucho una vez en su levi, con un inhibidor neural encajado en tus agujeros, o bien atado como un embutido después de que te aporreasen la cabeza. Relajarte y disfrutar, diría yo.

Miroir se tensó. Estaba por ver si disponían de inhibidores —dispositivos para inutilizar los módulos neurales— que no fuese capaz de burlar, pero tenía que admitir que la situación se le habría presentado complicada. Con todo, no iba a mostrar inseguridad delante de un extraño.

—Te estaba ofreciendo una pila de dinero por un polvo —continuó el otro—. ¿Por qué no aceptaste? Se supone que eres un put…

—No es asunto tuyo. —Conservando las distancias, el jacq trató de distinguir si su cliente respiraba.

—Están vivos los dos, sácate las bragas del culo. Y baja esa pistola. Te he ayudado, ¿no? Si hubiese querido cargarme a alguien habría usado algo más que los puños.

Miroir se fijó en sus mitones con nudillos rígidos, en la funda sobre su cadera y en el arma mecánica de proyectiles que dejaba entrever, de la clase que únicamente un criminal se atrevería a emplear. De la clase que mataba. Él también vivía fuera de la legalidad y no iba a asustarse por eso, pero la certeza de que era alguien muy peligroso lo impulsó a examinarlo con más detenimiento, empezando por su singular altura. Si a eso le sumaba sus músculos, evidentes incluso bajo el tejido blindado del mono, por fuerza debía llamar la atención en un mundo donde la inmensa mayoría de la gente lucía un tipo similar de complexión menuda, efecto de las drogas antirrechazo. No era un hombre ordinario. Afloró el eterno temor del joven a encontrarse con un fautor —un militar o agente de las Fuerzas Consistoriales, el órgano de seguridad del gobierno—, sobre todo al recordar que acababa de ignorar un disparo.

—¿Cómo has esquivado el PEM? —inquirió—. Se accionó, estoy seguro.

—Tampoco es asunto tuyo, flaco —lo imitó el desconocido, rascándose la barba rubia con el pulgar.

—Sí lo es. —En lugar de relajarlos, afianzó los dedos en torno a la pistola—. Vas a tener que explicar quién eres y qué has venido a hacer a Nakahel. Y mejor que tengas una buena excusa, porque aquí no son bienvenidos los forasteros.

—Desagradecido, prepotente y borde. Y con tus clientes eres igual, por lo visto. ¿Especialista en mano dura y disciplina? ¿Les van las corrientes eléctricas en los bajos o en la cama te vuelves dulce y mansito? Ah, no, espera, dices que no te quitas la ropa ni haces porquerías. Eres un jacq muy decente…

—¡Cállate!

Un insólito fuego gris prendió los ojos pálidos de Miroir. Detestaba recordar lo que era, que desgraciados de la calaña de ese arrogante a sus pies compartieran su mente y se creyesen con derecho a tocarlo, que el tipo lleno de músculos hubiera sido testigo de tal humillación. Maldijo de nuevo la falta de cobertura. Si se hubiesen encontrado en Branche, habría podido minar su cerebro y borrar cualquier imagen del encuentro. «¿Y por qué no ahora?», pensó mientras calculaba de manera automática la distancia entre ambos y planeaba la mejor táctica para colocarse al alcance de su nuca y emplear el conector. Era mucho más arriesgado, pero si jugaba bien sus fichas…

La puerta de la estancia golpeó la pared. Los viejos listones de madera enmarcaron una silueta fina, empapada por la lluvia, cuya mirada ansiosa se paseó por doquier y se relajó al posarse en el jacq.

—¡Roi! ¡Al fin t-te encuentro! —gritó.

—Ogmi, cuidado con…

Miroir —o Roi, como lo llamó el recién llegado— bajó la guardia un instante minúsculo, que fue cuanto precisó el joven de las trenzas para saltar hasta él y hacerle volar el arma de un manotazo. El personaje de la entrada abrió mucho los ojos, lo encañonó con su propia pistola aturdidora, avanzó… y tropezó con el guardaespaldas inconsciente en el suelo. A punto estuvo de apretar el gatillo por accidente. El desconocido no mostró intención alguna de contraatacar, sino que se contentó con evaluarlo: un patoso escuálido de edad indefinida, cabello corto de un azul desvaído, ojos a juego y mejillas hundidas, vestido con un conjunto de lona impermeable que formaba un charco a sus pies. Un individuo de lo más anodino, en suma, al cual nadie echaría un segundo vistazo por la calle.

—Quiero dejar claros un par de asuntos —afirmó—. El primero, que no me apasiona que me planten una pipa en la cara cuando vengo a proponer un negocio, y el segundo… No sé el tuyo, pero los míos se van a espabilar en cualquier momento. ¿Nos ocupamos ahora o repetimos el baile?

Se refería a los tres durmientes. Miroir frunció los desconfiados ojos, lo rodeó y se agachó junto al escolta despatarrado en el descansillo. Después de comprobar que tenía pulso, lo tomó por las solapas del abrigo y tiró hacia donde yacía su jefe.

—No estás mal de fuerza para ser un flaco —comentó el forastero, sin mover un dedo para ayudarlo—. De algo te servirá ser tan alto. ¿Qué pretendes hacer con ellos?

El moreno persistió en un silencio desdeñoso. Cuando hubo concluido de alinear a los tres hombres en el suelo, alzó el rostro hacia su compañero y se sorprendió al descubrirlo con la mandíbula floja, derrochando arrobo sobre el bocazas de los grandes músculos. Aquello sí que era curioso, porque Ogmi mostraba aún menos interés en el sexo que su querido patrón, Celestin.

Curioso y molesto.

—Deberás quitarte de en medio una temporada —prosiguió el otro—. Este encantador cliente tuyo tiene pinta de ser vengativo y querrá hacértelo pagar. A menos que les frías los sesos, claro. Tenéis vuestros métodos, ¿no? He conocido a algunos desgraciados convertidos en vegetales después de que se enchufaran a un minador.

—No, no podemos hacer eso —declaró el hombre de pelo azul—. Los branchiens forreteados heridos o d-desaparecidos levantan muchas sospechas, así que Roi se…

—¿Tienes el múltiple, Ogmi?

Un Miroir ceñudo lo cortó en seco. Ogmi le tendió un aparato estrecho y alargado, con varios puertos y conectores. El moreno extrajo tres de los cables retráctiles y los introdujo en las nucas de aquellos tipos. A continuación se conectó él mismo y, por último, indicó a su compañero que lo imitara. Al enlazar sus implantes, accedieron a un espacio privado en el cerebro del jacq que podían usar, entre otras cosas, como sala de chat.

—¿Dónde has estado toda la noche, Ogmi? Te esperé, luego llegó este… estos desgraciados y…

—¡Lo siento! ¡Lo siento, Roi, lo siento, sufrí otro ataque y me quedé dormido! ¿Qué ha pasado?

—Quería una sesión en su casa. Quería que yo…

—¡Malnacido!

—Después llegó el entrometido hinchado y se cargó a dos, sin armas, y resistió un disparo de PEM. Es peligroso, Ogmi, no le cuentes nada. De hecho, sabe demasiado, no podemos dejar que se marche sin más.

—Te ha ayudado y dice que tiene que proponerte un negocio. Qué menos que escucharlo.

—Tú eres el que siempre dice que no confíe en nadie.

—Ya, pero… Deberías ocuparte de estos. ¿Podrás con todos a un tiempo?

—Sí.

El entrometido hinchado observó el entramado de cables que el otro par había tendido y supuso que se comunicaban a través de ellos para dejarlo fuera de la conversación. No le agradó el detalle.

—¿Qué está haciendo? —preguntó, al ver que los ojos azules volvían a atravesarlo.

—R-reescribe y borra recuerdos. Cuando termine, olvidarán que han estado aquí y solo tendremos que abandonarlos bien lejos y simular un accidente o algo por el estilo. No es muy elaborado, pero es lo mejor que podemos hacer sin tiempo, cobertura ni equipamiento.

—¿Y si vuelven?

—Supongo que Roi introducirá una impronta disuasoria. —Ante la expresión confusa del forastero, Ogmi trató de explicarse—. Ejemplicemos: si su último encuentro hubiera sido decepcionante por un buen motivo, este bastardazo no querría volver a contactar con él.

—¿Qué quieres decir? ¿Que si tu amiguito manipula su memoria y le hace creer, digamos, que no se corrió y se marchó con un buen dolor de huevos, el tío pasará de él para siempre?

—Uh… Sí, es… una p-posibilidad entre muchas —respondió con claro embarazo.

—Aunque también podría ocurrir que se mandara revisar el coco y averiguase que alguien anduvo toqueteando. Los expertos tienen medios para rastrear las manipulaciones.

—No, imposible —negó, lleno de satisfacción—. Roi es el mejor.

—Vendes bien al flaco larguirucho. Bueno, ¿y ya está? Después de que este cabrito casi le ocupe todos los puertos, ¿eso es su castigo? Como mínimo, yo lo caparía.

—Nosotros no podemos permitirnos llamar la atención. Si queremos c-continuar con nuestras vidas, hemos de ser discretos. Tú sabes —añadió, mirando de soslayo su arma mecánica— lo que significa estar fuera del sistema.

—Ogmi, te dije que no le contaras nada. ¿Qué bicho te ha picado?

Proyectando de nuevo sus pensamientos, Miroir hizo callar al que era su amigo y monitor. Durante el siguiente periodo de silencio, el joven de las trenzas caviló acerca de sus acompañantes. El jacq extrañamente alto llevaba prendida la etiqueta de capullo descastado, y el otro, ¿podía ser más extravagante? Tartamudeaba cuando hablaba, su voz temblorosa alternaba frases graves con balbuceos y, de tanto en tanto, intercalaba palabras que debía inventarse sobre la marcha. Tenía toda la pinta de sufrir el dichoso Síndrome de Rechazo. Comenzaba a preguntarse qué narices hacía con ellos, aunque había que reconocer que el chaval aparentaba ser competente. Por lo que sabía, minar tres cerebros a la vez era una maldita hazaña.

Al cabo de un rato, Miroir desconectó a sus involuntarios clientes y encaró al otro joven mientras Ogmi limpiaba el equipo. Ahora sí veía sus ojos, y su mente, acostumbrada a almacenar datos útiles, registró que eran castaños. Datos útiles… Intentó desechar este, diciéndose que poco importaba si eran castaños, amarillos o a cuadros.

—Habla —exigió. Al notar sus reservas, añadió—: Ogmi siempre trabaja conmigo.

—Tú mismo. ¿No nos libramos primero de tu admirador?

—Tardarán en despertar y nos ocuparemos nosotros, no te incluyas. ¿Qué has venido a buscar aquí?

—Ya veo que no me vas a ofrecer una copa ni un aperitivo… En fin, el asunto es el siguiente: tenemos un encarguito a la vista para el que vamos a necesitar un minador fuera de serie.

—¿«Tenemos»?

—Mis chicos y yo, no voy por libre. Y por lo poco que ha soltado nuestro patrono, la cosa es de demasiada envergadura como para ir haciéndose el héroe solitario.

—¿Quién es vuestro patrono?

—No tengo ni puta idea. ¿Me vas a dejar terminar? Es un negocio de mucha mucha pasta, y eso debería bastarte.

—Yo no trabajo para desconocidos ni para bastardos, por mucho que me paguen. Creo que eso te ha quedado claro.

—Tú… Ogmi es tu nombre, ¿no? Échale un ojo a esto y explícale a tu colega las cifras que manejamos.

Tras decir esto, le lanzó una diminuta memoria externa. El otro la cazó a duras penas y estudió el pequeño objeto transparente. Podía insertarlo en un adaptador y probarlo directamente en uno de sus puertos o bien usar un reproductor, mucho más seguro aunque menos eficaz, sobre todo en una zona de ramas muertas. Al final extrajo un dispositivo plano del tamaño de la palma de su mano, lo encendió e introdujo la memoria. Unos cuantos golpecitos con el índice más tarde, la pantalla se encendió y mostró una serie de nombres y direcciones en la Enramada junto con una columna de cifras astronómicas. Sin pronunciar palabra, tendió el aparato a Miroir; para fastidio de este, su rostro traicionó su asombro.

—Esto… podría ser una falsificación —graznó—. No tenemos modo de comprobarlo sin cobertura.

—Mis chicos ya lo han hecho. Son direcciones de verdad, depósitos de verdad y el dinero es de verdad también. Cuando completemos el trabajo y nos pasen los códigos de descarga, tu parte será transferida a la cuenta ánima que, sin duda, debes tener en algún rincón. Si quieres, mañana podréis ir a la ciudad y examinarlo del derecho y del revés.

—Por esa cantidad, ¿de qué se trata? ¿De matar al Consistorio en pleno? —comentó con sarcasmo. El Consistorio era el órgano gubernamental del continente.

—No tendrás que mancharte tus bonitas manos. Se trata de colarse en la sede de cierta corporación, tomar prestados algunos archivos y retirarse silbando, sin dejar pistas sobre lo que hemos ido a buscar. Dispondremos de más información cuando completemos el grupo, y eso depende de ti.

—Espera un momento… ¿Qué pinto yo en esto? ¿Para qué quieren un jacq? Ogmi es un minador con mucha más experiencia en sistemas artificiales, lo mío son los cerebros.

—Si de todas formas vas a incluir a tu compinche, podrá echarte un cable. Respecto a los cerebros, se supone que nuestro objetivo usa un… —se detuvo para recordar y torció la boca— sistema de defensa mixto multineural permanente. Joder.

—Multineural… Eso quiere decir que cuentan con varios operadores humanos continuamente conectados aparte de los programas de seguridad. Y yo tendría que enfrentarme a ellos solo.

—Sí, esto te sorprenderá, pero sé contar hasta uno. Oye, voy a hablar claro: no tenía la más mínima idea de quién eras ni de por qué debía confiar en ti. Lo que he hecho ha sido seguir las amables indicaciones de mi patrono, quien mencionó expresamente que contactara con el jacq Miroir. Ese eres tú, ¿no? Pues acepta tu buena suerte y no preguntes. Si no das la talla, ya me encargaré yo de hacértelo saber.

Las cejas del muchacho se abatieron sobre sus ojos grises. Era tentador, por supuesto que sí. Aunque Celestin no se contaba entre los más tacaños, su porcentaje por sesión no era tan alto, y jamás aceptaba proposiciones como la del puerco que roncaba a sus pies, por bien pagadas que estuviesen. Pero la cantidad que había leído en la pantalla… El pasaje para salir de aquella isla oscura y asfixiante quedaría mucho más cerca. El cielo estaría al alcance de su mano.

El riesgo, sin embargo, era muy grande. ¿Qué sabían de ese tipo? Nada en absoluto. Por lo que a él respectaba, podía ser un fautor de las Fuerzas o un criminal que pretendiera guiarlos hacia un callejón sin salida. No habían sobrevivido tanto tiempo gracias a la confianza.

—No, no vamos a aceptar —decidió, para asombro de los otros dos— a menos que tu patrono se entreviste conmigo. Además, he de revisar esa memoria con más detenimiento. Y quiero un enlace directo para averiguar si eres de fiar.

—Eso está fuera de la cuestión, los contactos se hacen a distancia. ¿En serio crees que alguien que ofrece todo ese dinero no tiene medios para conservar el anonimato? Así no funcionan las cosas en este tipo de trabajos, flaco; cobras, te callas y ya está. Y en cuanto a pincharme un cable en la sesera, olvídalo, no va a pasar.

—Entonces no nos interesa el trato. Ogmi, ayúdame a librarme de estos. Deben tener algún vehículo por los alrededores, quizá lo estacionaran al otro lado del puente.

El joven de las trenzas se pasó la lengua por los dientes y permaneció en silencio unos instantes, enfrascado en la proverbial cuenta hasta diez. Era lo más prudente si no quería empezar a gritarle a aquel pelandusco virtual lo que pensaba de él, empeorando de ese modo una relación de negocios ya de por sí difícil.

—Vinieron en un levi —dijo al fin—. Yo sé dónde está, el mío no anda lejos.

Sin esperar réplica, se cargó uno de los cuerpos sobre el hombro y maniobró para hacer lo mismo con un segundo. Ogmi abrió la boca con admiración, aunque la volvió a cerrar muy pronto bajo la mirada acusadora de Miroir, que le hizo señas para transportar al restante entre los dos.

La luz mezquina de la linterna, la tormenta y el paso inseguro del hombre más bajo los forzaron a seguir de lejos al forastero. Al llegar al vehículo, este ya había colocado su carga en el asiento trasero. Se limitaron a arrojar la suya encima, pasaron al frente y condujeron en dirección a Branche, disfrutando el tratamiento antilluvia del parabrisas y la magnífica suspensión, que mantenía la cabina casi tan estable en un camino convencional como en las carreteras electromagnéticas para las que el levi había sido concebido. En comparación con esa máquina, la de ellos era una centrifugadora traqueteante. Los ciudadanos ricos sabían vivir.

Abandonaron el vehículo cerca de la ciudad, donde nada lo relacionaría con Nakahel. Ogmi saboteó el motor, manipuló su navegador —igual que Miroir había hecho con sus ocupantes— y lo dispuso todo para que despertaran con una tremenda incertidumbre y un buen dolor de cabeza. El jacq apretó los labios al colocar a su cliente en el asiento, reprimiendo el impulso de sobrecargarle los circuitos o, al menos, romperle la nariz de un puñetazo. El otro tipo tenía razón respecto a eso. ¿Ahí acabaría su castigo? Por carecer de apellido, por no aparecer en el Registro de Ciudadanía, ¿no conservaba el derecho a vengarse? A veces se sentía harto de todo. De ser un fugitivo, de esconderse, de Chezzelestin, de la oscuridad.

El otro tipo… Miroir se giró y lo vio allí, apoyado sobre su levi, con la puerta abierta en muda invitación a subir. Y la megalópolis se alzaba a sus espaldas, poniendo a su disposición el acceso a la Enramada. No iba a desaprovecharlo. Aunque el forastero estuviese en modo hermético y parapetado tras unas buenas defensas, él era más diestro.

Activó una de las identidades ánima de Ogmi para iniciar sesión, se deslizó sigilosamente más allá del nodo central gubernativo, origen de todas las conexiones, y avanzó, rama tras rama, para llegar a su localización actual y ejecutar un escaneo de la zona con su programa de detección. En condiciones normales, se habría formado un mapa mental en el que aparecerían situados todos los terminales en su radio de alcance, incluidas las personas —a las que los implantes convertían en terminales humanos—. Pero el joven de las trenzas… Ese, en concreto, no se manifestaba. Perplejo, sacrificó un poco de sutileza para realizar un rastreo más agresivo. Sabía la ubicación exacta, no era un tiro a ciegas, ¿por qué no podía contactar con él? Sus últimos recursos, pues, eran equipo electrónico —con el que no contaba— o el cable, y para ello tendría que emprender un ataque físico, idea que encontraba cada vez menos atractiva. Se pasó los dedos por la nuca. Aquella columna de músculos poseía un sistema de defensa increíble. Y poco discreto.

—Ogmi, ¿has visto eso?

—Sí, sé a lo que te refieres, no aparece al escanearlo.

—Es peligroso. Ignoro si es un mercenario o un fautor, pero es muy peligroso.

—Larguémonos antes de que se despierten. Si no queréis caminar bajo la lluvia hasta que se os desgasten las botas, entrad en el levi. —La voz del aludido interrumpió la charla silenciosa—. El paseo es gratis, sin compromiso. Y os cedo el honor de conducir.

Dicho esto, se arrellanó en la parte trasera. Dado que Ogmi aceptó la invitación, Miroir no tuvo más remedio que sentarse junto a él, a pesar de que no lo seducía la perspectiva de darle la espalda a aquel hombre. Nadie habló durante el viaje de vuelta, y cuando se detuvieron junto al familiar puente de piedra, le faltó tiempo para salir a toda prisa. El forastero aún no se dio por vencido.

—Tomad —ofreció al minador de pelo azul la memoria externa—, analizadla y veréis que no hay trampas. Oíd, es muy tarde para volver a la civilización. ¿Os sobra un catre donde pasar la noche?

—No. Vámonos, Ogmi.

El jacq no quiso pararse a escuchar. Su amigo, en cambio, se guardó el pequeño dispositivo y murmuró antes de seguirlo:

—No somos desgraciadecidos, p-palabra, comprende que cuesta confiar en alguien de quien no se sabe nada. Nuestra comunidad es muy cerrada y, la verdad…, a veces pienso que ser un p-puñado de p-proscritos es lo único que nos mantiene unidos —se lamentó. Luego añadió por lo bajo—: En la planta alta del edificio donde peleasteis podrías quedarte.

—¡Ogmi!

El invitado forzoso se quedó a solas bajo la lluvia. Ya sabía que en aquella vieja casucha quedaba algún que otro mueble más o menos precario, pero había confiado en conseguir algo mejor. «Un furcio capullo y un minador tartamudo y estrambótico», pensó. «Cojonudo».

separador-nakahel

Miroir abrió los ojos al escuchar una puerta cerrándose y el crujido de los escalones de madera. Los postigos dejaban entrar un poco de luz, lo que significaba que la tormenta se había alejado y algunos claros fugaces se abrían en la eterna masa de nubes. Saltó de la cama y se asomó por la ventana; salpicaduras de gris ceniza rompían la monotonía del tono pizarra. Sus propios iris de color perla se perdieron en el trozo de cielo oscuro enmarcado por los edificios vecinos, hasta que Ogmi irrumpió en la habitación. Dada la ligereza de su paso, debía tener un buen día, sin sus típicos ataques de sueño ni de inmovilidad.

—¡Roi! Ah, ¿ya estás despierto? ¡Vengo de Chezzelestin! No podía dormir y me he colado para usar el equipo bueno y rastrear los archivos contenidos en la memoria…

—¿Por qué has hecho eso? —El moreno resopló, se sentó y buscó sus pantalones.

—¡Es todo legítimo! Son depósitos transferibles a nombre de identidades con ciudadanía. Con los códigos de descarga apropiados dispondríamos del dinero sin tener que s-superar los controles de verificación. ¿Sabes cuánto tiempo nos llevaría jacqear toda esa cantidad?

—Ya has conocido al individuo que nos recluta, no pude ni fijar su posición. Yo no me enchufo más cable del que puedo retraer —añadió, usando un viejo dicho de su jefe, aunque no tenía ganas de bromas. Su orgullo había salido muy mal parado.

—Tú siempre dices que quieres abandonar este agujero en penumbra.

—No a costa de que nos cojan. No sé, Ogmi, primero ese cliente me sigue hasta aquí y ahora esto. Puede que sí fuera buena idea mudarnos a otra zona de ramas muertas, empezar de cero.

—M-me gustan Nakahel y esta casa —susurró el minador, tras tomar asiento a cierta distancia—, y Celestin no es mal patrón, te deja en paz. En este negocio, al menos, no tendrías que hacer lo de… siempre, ya sabes. D-dale una oportunidad.

El jacq suspiró. Así era su amigo, siempre rehuyendo el contacto, siempre censurando su trabajo. Alargó la mano hasta su abrigo, sacó una dosis de antirrechazo y presionó el tubo blanco sobre la base de su nuca. Un chorro de líquido a presión penetró bajo la piel y le produjo esa sensación de escozor matutino que lo había acompañado desde que tuviera memoria. Luego le ofreció una a Ogmi y se levantó.

—Voy a comer algo y a dar un paseo. Parece que hay luz.

Bajó la escalera, pasó por la vieja cocina en desuso y tomó un envase de gelatina energética. Lo hizo más por costumbre que por auténtica necesidad, pues la droga inhibía el apetito junto con el desarrollo de la masa muscular. La puerta junto a la despensa conducía al sótano, donde su compañero guardaba sus aparatos y solía dormir, en lugar de compartir el dormitorio. Miroir no comprendía todo ese conjunto de excentricidades, pero las aceptaba. Había salido adelante gracias a él y era la única persona en quien confiaba.

Fuera lo esperaba la claridad mezquina de la mañana, ahogada entre los edificios apiñados. El joven recorrió el laberinto de callejuelas empedradas donde habían elegido su refugio. Un poco más arriba se abrían y dejaban espacio a la que había sido la plaza del pueblo y, desde allí, seguían subiendo hasta el camino de acceso, antes de llegar al puente. Las casas eran altas y estrechas, con fachadas irregulares decoradas con pintura descascarillada, entramado de madera y ventanas asimétricas. Los listones, dispuestos en líneas paralelas o cruzadas, conservaban restos de sus colores originales. Los tejados a dos aguas, todos con buhardillas, se proyectaban sobre las calles, y Miroir experimentaba una ligera sensación de sofoco al atravesar aquella especie de túneles del pasado. Aun así, se entretenía descubriendo las tallas variopintas que remataban las columnas de muchas esquinas y caminando bajo los esqueletos de los letreros metálicos, reclamo, en su día, de tabernas y comercios.

A diferencia de la noche anterior, algunos lugareños se cruzaban en su camino, se saludaban con una inclinación de cabeza y seguían con sus asuntos. Esos eran sus camaradas de destino, aquellos que, como él, eran proscritos del sistema y debían esconderse para no acabar sufriendo reprogramaciones cerebrales, encierros o ejecuciones. Conscientes de la dificultad que entrañaba convivir en un entorno donde su identidad era comprobada continuamente, muchos elegían retirarse a áreas de ramas muertas, a pueblos abandonados en la costa. Su condición los unía, como ya había mencionado Ogmi, y despertaba en ellos cierto espíritu de solidaridad, aunque no los convertía en amigos. Raras veces se llamaban por sus nombres.

La parte baja desembocaba en el mar. Era un día suficientemente despejado y las brumas dejaban vislumbrar la silueta de Mont Nakahel, bastión a modo de ciudadela escalonada que desafiaba las aguas. En la cúspide reinaba lo que había sido el templo de la última corriente espiritual establecida, rematado por la escultura de un dragón. Este ser mitológico representaba la sabiduría y la fuerza y, tras ciclos y ciclos de olvido, aún se mantenía en el acervo popular en forma de maldiciones e invocaciones. A Miroir siempre lo había atraído la idea de ir a contemplarlo de cerca. Tiempo atrás, un dique circundaba la isla, manteniendo seco y accesible el sendero que la comunicaba con la población. La furia de las olas había destruido en su mayor parte la obra de ingeniería, aislando Nakahel para siempre. Con sus bordes escarpados y el muro sin fisuras que la rodeaba, acercarse era una aventura muy arriesgada que ya había arrojado a la costa varios cadáveres. Ogmi no quería ni oír hablar de ello.

La favorita del jacq, sin embargo, era la zona situada al antiguo levante, más allá del río que servía de límite natural a la expansión del pueblo. Subiendo un trecho desde allí y atravesando una explanada se alcanzaba un paso con rocas enormes en ambas orillas, al otro lado del cual se hallaba la entrada del bosque. Los árboles crecían tan próximos que sus copas casi se tocaban. Costaba creer que una persona pudiese caminar entre ellos y disfrutar del paisaje, pero todo era cuestión de localizar las sendas, y Miroir las conocía muy bien. Era su lugar secreto, les pertenecía a ellos. Era lo que hacía soportable su vida allí.

—Para ser un minador, te desenvuelves muy bien entre matojos. Imaginaba que tu gremio pegaba el flaco culo a una silla cuando no lo estabais usando para otras cosas.

El moreno se volvió de golpe. ¡Él! De toda la gente, tenía que ser ese cachas insufrible quien lo abordara. Y lo había seguido en completo sigilo, demostrándole que podría haberlo atacado cuando hubiese querido. La nuca le cosquilleó de una manera irritante.

—¿Qué haces aquí? —voceó sobre el ruido de la corriente—. Te dijimos que te fueras, que no trabajaríamos con un tipo al que no…

—Puntualicemos, me lo dijiste tú. Tu amigo fue más amable, me invitó a dormir y hasta me trajo algo para desayunar, aunque mi estómago todavía aúlla. También me fastidia llevar la misma ropa de ayer y que no sea porque haya mojado, pero sobreviviré. Por cierto, ya habéis comprobado que mi oferta es de lo más legal. ¿Cuándo empezamos?

Se hizo el silencio. Por más que confiara en Ogmi, Miroir no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer.

—Después del enlace directo, cuando compruebe quién eres —sentenció, extrayendo su conector—. Lo tomas o lo dejas.

El otro joven lo miró, las cejas de color bronce bien altas sobre la frente. Luego vadeó el río usando las piedras y se detuvo enfrente de él, a la distancia de un cable. El jacq tembló. A punto estuvo de sacar la aturdidora del bolsillo, intimidado por su proximidad.

—¿Quieres metérmelo? Bien, adelante, inténtalo.

Se bajó el cuello del mono, se apartó el pelo y se giró despacio. Miroir dejó que la vista le resbalara sobre las trenzas perfectas alineadas sobre su cuero cabelludo, sobre la mano que sostenía los cabos atados, sobre su nuca…

Jadeó. Aquel cuello ancho aparecía liso e inmaculado, sin implantes de ninguna clase. Nada. Su dedo se movió por su cuenta, sin que pudiera evitarlo, y se posó en la superficie donde deberían alinearse los puertos. Solo había carne firme, cálida, y un latido uniforme golpeando contra su piel.

Retiró el dedo como si le quemara. Él, que jamás rozaba a nadie aposta, ¿acababa de hacerlo por iniciativa propia? Pero era tan insólito… La implantación era obligatoria al nacer. La ley no hacía concesiones y las infracciones se castigaban con las penas más severas, la menor de las cuales pasaba por someterse a cirugía. Toparse con alguien que hubiese burlado al sistema durante tanto tiempo, y más con semejante apariencia… Ahora entendía el cuerpo perfecto, libre de las drogas antirrechazo, y el hecho de que no pudiese rastrearlo.

Un hombre así no estaba reclutado por el gobierno. Era un proscrito, igual que él.

—Debe ser muy complicado para alguien de tu condición eludir los escáneres y las verificaciones de identidad a diario —murmuró.

—Supongo que ya habías intentado colarte en mi cabeza. —Un par de chicos subieron por la otra orilla del río—. Mejor que busquemos un sitio más privado, como la arboleda. Ahí es a donde te dirigías, ¿no?

—El bosque… —A pesar de su curiosidad, el jacq aún se resistía a exponer su rincón secreto a la vista de extraños—. No nos gusta que entre gente de fuera.

—Y a mí no me gusta que cada vez que abras la boca sea para darme en las narices. Venga ya, no querrás que todo el mundo se entere de nuestros negocios. ¿O es que tienes miedo de quedarte a solas conmigo?

Había algo de verdad en esas palabras. En Nakahel se encontraba a salvo entre afines; incluso en la ciudad, donde tenía que mirar constantemente por encima del hombro, contaba con el respaldo de sus habilidades. Con aquel hombre más alto, más fuerte, cuya mente quedaba fuera de su alcance, le resultaba imposible sacudirse el sentimiento de temor primario. Con todo, oír el desafío de sus labios también despertaba su obstinación y su rebeldía. Arrugó los ojos y caminó a zancadas hasta la senda que penetraba en el bosquecillo, seguido de su sonriente acompañante.

En ningún otro lugar había visto tantos árboles juntos, ni tan exuberantes. Estaban cubiertos de plantas trepadoras que se abrazaban a sus troncos, y las ramas y hojas formaban túneles naturales. Sus colores habrían podido considerarse un tanto enfermizos, pero no tenía con qué compararlos. El colorido de tiempos pretéritos solo había sobrevivido en invernaderos, ecosistemas artificiales y en archivos esparcidos por la Enramada. Una neblina densa desdibujaba los contornos en la distancia. Habría sido sencillo salirse del sendero y vagar sin rumbo un buen rato antes de volver a situarse.

—Qué sitio tan impresionante —admitió el forastero mientras caminaban—. Auténtico. En las ciudades apenas conservan tristes hileras de árboles que parecen sacados de moldes, a mis chicos les va a encantar echar una ojeada.

—¿Es que planeas traer a otros aquí?

—Podría ser un buen escondite cuando emprendamos el trabajo, los fautores no se dignan a venir a las costas. En fin, antes arreglaremos una reunión en suelo neutral para transmitirle al patrono que aceptas. Mañana quedaremos con mi equipo en algún antro discreto de los que hay cerca de tu querido burdel.

—No he dicho que vaya a aceptar —se empecinó el joven moreno—. Aún no conozco a ese misterioso jefe del que me has hablado.

—¿Y qué más te da mientras pague? Sé cómo pensáis los implantados. Os acostumbráis a tirar de los cables y a moveros por las ciudades, y cuando perdéis la cobertura os sentís peor que un trozo de carne sintética. Como tú no te arriesgas ni a alojarte en el cinturón exterior de Branche, supongo que estarás metido en algo muy jodido —el jacq lo fulminó con la vista— y seguro que te mueres por escapar de esta ruina donde no puedes enchufarte a gusto. Pues aquí tienes tu oportunidad. Sabes que necesitas el dinero, deja de pensar en pequeño y juega con los mayores. Y en cuanto a la confianza…, acabas de ver que estoy igual de jodido que tú. Los dos tenemos lo mismo que perder.

Absorbido por la conversación, Miroir no reparó en que había seguido inconscientemente la ruta habitual de la mayoría de sus paseos. El corredor de ramas se abrió a un claro circular, cubierto de hierba, donde la luz brillaba más intensa. Ofrecía una imagen extraordinaria, aunque no era eso lo primero que atraía la atención.

En el centro del claro crecía un árbol. Su tronco plateado —la envoltura enferma de una corteza antaño parda— era achaparrado y muy grueso, y se ramificaba de una manera tan compacta y exuberante que no se distinguía dónde terminaba una rama y empezaba otra. De cada una de ellas brotaban ramitas secundarias y de estas, otras más, hasta que en la densa trama final apenas quedaba hueco para las hojas, largas, planas y estrechas. Las raíces seguían un patrón similar, enmarañándose sobre la tierra y formando una masa tupida y abultada antes de hundirse bajo ella. Notas de color salpicaban el plateado y el verde grisáceo; sobre las yemas y las hojas ondeaban plantas aéreas con flores de un pálido tono lila, y algunas matas de muérdago, con sus características bayas anaranjadas, se adherían a donde podían.

Una roca descansaba a los pies, cubierta de grabados de ondas, círculos con rayos y otras figuras curvilíneas entrelazadas. Estaban desdibujados bajo una capa de musgo, pero en la parte superior aún se percibían manchas oscuras incrustadas en los relieves. La imaginación se disparaba al suponer qué las había causado.

—La madre que… ¿Qué es eso? —preguntó el forastero, señalando al frente.

—Aun careciendo de módulo neural, tendrías que saberlo: es el árbol sagrado del antiguo Culto al Dragón y el símbolo del sistema de comunicación global.

—Sí, hasta ahí llego yo solito, veo el logo cien veces al día en cada terminal de conexión. Y, si me fijo bien, cada árbol tiene un arbolillo aún más enano en la esquina, haciendo de logo del logo. Lo que no sabía era que el dichoso dibujo estuviese copiado del natural, ni lo que significaba. Es… Vaya…

Aunque contrariado por el discurso que acababa de oír —no por cierto menos irritante—, aquel claro era su pequeño paraíso en Nakahel, y por eso Miroir experimentó cierta vanidad al notar admiración en la voz de su cínico acompañante.

—Tiempo atrás creían que un enorme dragón de piedra, metales y gemas habitaba el interior del planeta —relató—. La cabeza tocaba una cara, la cola la otra, y una vez en cada ciclo se revolvía y hacía temblar los continentes. La criatura representaba la fuerza insalvable, pero también la sabiduría. Su corazón latía justo en el centro, bombeando la sangre roja que otorgaba el conocimiento. Mediante los ríos de venas y capilares alcanzaba cada punto de su piel, cada diente, garra y escama. Y había lugares bendecidos donde esa savia se filtraba hasta la superficie a través de estas plantas, semejantes a las entrañas del Dragón. Hay un templo y una escultura, haciéndose pedazos en lo alto de la isla, que lo recuerdan.

»Un día alguien se apropió de la idea para usarla como emblema, y lo curioso es que ya casi nadie sabe de dónde surgió. El árbol es una metáfora del sistema, donde el tronco, el nodo central, alberga al corazón que sustenta la Enramada por la que todos nos movemos.

—No todos —sentenció el otro con suavidad—. Bonito cuento, aunque incompleto. ¿Qué somos los que no llevamos cables? ¿Pajarracos que se posan y se comen las semillas? ¿Y qué es este pueblo?

—Ramas muertas —el jacq bajó la vista hacia una ramita que yacía entre la hierba desde mucho tiempo atrás— que antes eran parte de él y perdieron su vínculo.

—Ya. ¿Y tus antepasados adoptivos, o lo que fueran, se dedicaban a hacer muchos sacrificios a su brutal señor escamoso? Con las pintas de esa piedra, no me extrañaría nada. Está cubierta de sangre vieja.

—No es sangre. Cuando llegaba el buen tiempo, se recolectaba la savia porque se creía que expandía el entendimiento. Las primeras gotas se vertían en el altar, dando a entender que pertenecían a la tierra de la que habían salido. —Recogió la ramita y se la mostró. Los bordes aún estaban teñidos de carmesí—. No era un ritual de muerte, sino de vida.

—De vida, lo pillo, mis disculpas a ti y al resto de los fieles. Oye, la moraleja de la historia es que debes ser un chico muy listo y que aceptarás el trato, ¿verdad?

—Ni siquiera me has dicho tu nombre —titubeó, a medias asqueado por la ironía y seducido por el halago. Nadie acudía a él precisamente por su inteligencia.

—Ah, ¿no? Qué fallo. Me llamo Gareth, pero puedes llamarme sire —bromeó, usando el tratamiento honorífico que en el pasado recibían los varones—. Bienvenido al grupo, flaco.

—Y yo no me llamo flaco, sino Miroir. Deja de repetirlo, es tu cuerpo el que está… hinchado. —Gareth rio entre dientes—. No está de más mostrar un poco de respeto, ya que eres tú quien ha venido en busca de mis habilidades.

—¿Y qué sé yo de tus habilidades? El patrono quiere lo mejor, yo soy el mejor en lo mío y, por algún motivo que él sabrá, cree que tú lo eres en lo tuyo. Veremos si tiene razón. Eh, no pongas esa cara, flac… Miroir, te van a salir arrugas. —Se adelantó unos pasos y alzó el rostro—. Hay que reconocer que para algo sí servían los rituales y las ofrendas de esos tipos, este debe ser el lugar con más luz que he visto. Mira, se ha abierto un hueco en las nubes.

El joven moreno se le acercó. Era irritante, cierto, pero no podía evitar contemplarlo desde una nueva perspectiva. Sin implantes, sin la posibilidad de desplazarse por la Enramada, ¿qué tipo de vida tendría? Sería como estar sordo, mudo y ciego… o, al menos, siempre en penumbra. Nunca sería capaz de vivir una mañana luminosa en su mente, debería conformarse con la claridad natural que recogían esas pupilas vueltas al cielo. Se fijó en sus ojos con más detenimiento; ya no parecían castaños, sino del color de las hojas del árbol.

En las alturas, la bóveda nubosa se había resquebrajado y enmarcaba una vista excepcional y efímera: el disco de Sannomeil y el orbe naranja de su planeta más próximo, Rhakso, suspendido sobre la circunferencia dorada.

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