«Lander» – Capítulo 8

Ángel hubiera estado encantado de quedarse el día entero con Lander, ocultos los dos, jugando a ser delincuentes, aunque había mantenido la apariencia de normalidad por insistencia de Lander. Por eso cuando, aquella noche, pasadas las diez, Ángel no había vuelto, Lander empezó a preocuparse. No debía llamarlo, lo sabía, pero estaba seguro de que algo no iba bien. Desde que lo conocía Ángel siempre le mandaba un mensaje si llegaba diez minutos tarde, o por cualquier otro cambio de planes, incluso cuando Lander no esperaba que lo hiciera o no le contestaba, era un niño bien enseñado. Sabía que no utilizaría el teléfono ahora, pero no se retrasaría dos horas sin hacérselo saber de alguna manera. Al fin se decidió a llamar, solo para escuchar su voz. Ángel sabría que era él, aunque no dijera nada, y al menos sabría que todo iba bien. Pero no fue la voz de Ángel la que respondió al teléfono. Y en un segundo la sangre se le bajó a los pies de golpe y las manos empezaron a temblarle, porque reconoció aquella voz.

—Gorka.

—Vaya, Lander, has tardado en llamar, tu amiguito empieza a hacerse pis encima.

—Gorka, ¿qué coño haces? Joder, déjalo en paz.

—Así que al final parece que te van los maricones. Pues si te gusta este, más vale que vengas a buscarlo, porque me estoy hartando de sus lloriqueos y estoy a punto de reventarle la cabeza.

—Iré a donde tú digas, no le hagas nada.

—Así me gusta. Te mando mi ubicación, y más vale que vengas solo o no nos verás más a ninguno de los dos. —Colgó y unos segundos más tarde llegó una dirección en la explanada del Escenario de Puerta del Ángel, no lejos del comedor social de Argüelles que es donde Ángel había pasado la tarde.

Lander tuvo un momento de pánico intentando evaluar sus posibilidades. No tenía coche, no podía ir en transporte público; aparte de que tardaría un siglo en llegar, sabía que la policía lo seguiría en cuanto saliera del piso. Eso le venía bien, esperaba que lo siguieran, pero tenía que llegar hasta donde estaba Ángel, y si lo detenían antes todo podía complicarse. Podría hablar con la policía y explicarle la situación, después de todo era a Gorka a quien buscaban, pero no se fiaba, la policía ya la había cagado una vez, y si volvían a cagarla, su hermano cumpliría su amenaza, de eso estaba seguro. Lo principal era sacar a Ángel de esta, y mientras seguía dando vueltas al asunto, cogió su navaja, la única arma que tenía, no era gran cosa, su hermano estaría con su pistola, y bajó a buscar un taxi. Sabía que no era una gran idea, pero no se le ocurría otra, si la policía intentaba detenerlos podría amenazar al taxista para que siguiera hasta donde estaba Ángel.

Al llegar a la calle, no le costó localizar a los dos policías que lo vigilaban de paisano, con un poco de suerte lo seguirían hasta su destino. Cruzó la calle deprisa, intentando localizar un taxi, no podía dejar que lo detuvieran antes. Bajó una calle más en dirección a un taxi que vio de camino. Al girarse comprobó que el coche que lo vigilaba se ponía en marcha lentamente, bien, no parecía que pensaran detenerlo aún. Ya una vez en el taxi intentó llamar otra vez, pero su hermano no respondió al teléfono, así que le envió un mensaje: «Estoy de camino, veinte o treinta minutos». No estaba precisamente cerca, pensó en enviar otro: «No hagas nada hasta que llegue», escribió, pero cambió de opinión antes de enviarlo, y lo borró. Pasó todo el recorrido comprobando que el coche de la policía los seguía. Tendría que despistarlos en el último momento, llegar antes que ellos, conseguir que Gorka soltara a Ángel. Si su hermano veía a la policía antes de tiempo, puede que disparara o que no lo dejara marchar. Sabía lo que su hermano quería, lo buscaba a él, pero si tenía a Ángel, después de matarlo a él, mataría a Ángel también.

Tardaron algo más de veinte minutos en llegar a la enorme explanada de cemento a las afueras de la ciudad, un espacio que solía albergar ferias o carpas para circo y que contaba con un auditorio para conciertos. Ahora sin embargo era solo un desierto de cemento que se extendía sin propósito, austero e inhóspito, apenas iluminado por alguna farola. Lander pagó al taxista antes de que se detuviera, aprovechó una curva oculta tras un bloque de cemento para bajarse rápidamente sin que el vehículo hubiese llegado a detenerse del todo y le pidió al taxista que continuara el camino rápidamente. Esperaba despistar a sus vigilantes lo suficiente para ganar algo de ventaja. ¿Y qué iba a hacer con la ventaja?, se preguntó entonces mientras corría siguiendo la señal de su teléfono, que le indicaba el punto exacto donde esperaba encontrar a Gorka con Ángel. ¿Qué pensaba hacer él con solo una navaja? Su hermano era más fuerte, y definitivamente más violento que él, se había entrenado para esto, él solo sabía darle patadas a un balón. No tenía un plan, no tenía con qué defenderse, no tenía estrategia, y aun así corría en dirección al peligro, a su muerte tal vez, porque solo una cosa tenía clara, que Ángel no se merecía estar en medio de todo esto, que no podía ser la causa de otra muerte absurda, y si al final él debía acabar muerto —y puede que ese hubiera sido siempre su destino—, sabía que tenía que sacarlo de allí.

La señal del teléfono lo llevó hasta el auditorio abierto, entró por la grada que bajaba escalonada hacia la oscuridad, y nadie lo seguía. Gorka debía estar allí, pero no conseguía ver nada. Mandó un mensaje por el teléfono, «estoy aquí, no te veo», le llegó un mensaje enseguida, «sigue andando». Lander empezó a bajar por la grada, el sonido de la carretera ya casi no se oía, caminaba entre sombras, la luna apenas alcanzaba a manchar la piedra gris de las gradas; lo que notaba con más presencia era su propia respiración agitada, el vaho blanco que expulsaba con cada bocanada de aire; se dio cuenta de que estaba temblando, no sabía si de frío o de miedo. Miraba a su alrededor, no veía ni escuchaba a nadie más, ni rastro de Gorka, ni de los policías. Esto iba a acabar mal, pensó.

—Así que al final te van los rabos. —Se escuchó la voz de su hermano retumbando en el espacio vacío de las gradas. Lander se detuvo un momento y miró a su alrededor, no vio nada, la voz de su hermano volvió a rebotar en la piedra, era imposible adivinar dónde se originaba—. Y yo que me cargué al estúpido del Ibar porque te había tomado por maricón… —Lander se encogió entre las gradas, no es que tuvieran realmente la capacidad de ocultarlo, pero allí de pie en medio de tanto espacio se sentía expuesto, estaba expuesto, era un blanco perfecto—. Nos ha salido delicado el Lander, así eras de cobarde de pequeño. Joder, tenía que sacarte siempre de alguna bronca para que no te dieran de hostias. —Al fin consiguió verlo, oculto entre sombras sobre el escenario, alcanzó a distinguir el arma que colgaba sin tensión de su mano. Lander se acercó despacio. Había cambiado poco en los últimos dos años, estaba más delgado quizás, aunque no por ello desmejoraba su aspecto de matón, de espaldas anchas, pelo negro corto, con entradas pronunciadas, con la barba algo crecida y ojos negros de mirada oscura e intensa. Siempre le había tenido miedo, desde que podía recordar su hermano había aprovechado cada ocasión que tenía para humillarlo, para demostrarle su fuerza y hacerlo sentir débil e inútil—. Así que al final el Ibar tenía razón y eras maricón. Serás gilipollas. —Ahora se veían el uno al otro, su hermano dejó escapar una risa sorda, forzada, mientras Lander subía al escenario por las escaleras laterales. A su lado al fin vio a Ángel, hecho un ovillo en el suelo, con los ojos hinchados y el miedo clavado en la piel—. Dame el teléfono —ordenó. Lander obedeció. En cuanto su hermano tuvo el pequeño aparato en la mano lo arrojó con fuerza al suelo y lo aplastó de un pisotón asegurándose de que quedara fuera de juego. Lander no protestó, su mente solo tenía un objetivo.

—Deja que se vaya, Gorka, él no tiene nada que ver con todo esto.

—¿Has venido a defender a tu novia? —Y empezó a reírse—. ¿En serio? ¿Te estás follando a este tío?

—No digas gilipolleces, solo me estaba escondiendo en su piso. Ya estoy aquí, eso es lo que querías, ¿verdad? Deja que se vaya.

—De aquí no se va nadie hasta que esto se arregle, ¿te enteras? ¿Sabes la mierda que me estoy comiendo por tu culpa…?

—No te pedí que lo mataras, no te pedí que le hicieras nada…

—Y una mierda, estabas cabreado porque tu amigo te había metido mano, hostia, estabas cabreado y querías que le hiciera daño, ¿y ahora quieres que cargue yo con el muerto? ¡Qué te jodan, Lander!

—¿Qué es lo que quieres que haga? ¿Quieres que confiese que fui yo?

—No estaría mal. No pienso ir a la cárcel por tu culpa. Fue un accidente, ¿te enteras? Si no hubieras abierto la puta boca nadie se habría enterado, joder, que soy tu hermano…

—¿Y qué esperabas? ¿Que fuera a su entierro y me sentara con su hermana y sus padres sin decir una puta palabra? ¡Joder, lo mataste, Gorka, mataste a Ibar, cabronazo! —Ahora estaba gritando, llevaba demasiado tiempo conteniendo la ira—. Y ahora estás apuntando a mi amigo con una pistola, ¿vas a matarlo también? ¿Vas a matarme a mí? Adelante, eso es lo que quieres, ¿a qué esperas? La policía me ha seguido, ¿sabes?, así que venga, ponte a disparar, para que se enteren… Estás mal de la cabeza, Gorka, ¿me oyes? Estás mal…

Pero antes de que terminara la frase, su hermano se arrojó sobre él y lo golpeó con fuerza en la sien con la culata de la pistola. Lander cayó estrepitosamente al suelo, la frente empezó a sangrarle. Gorka se abalanzó sobre él antes de que pudiera levantarse y comenzó a darle patadas en el estómago mientras le gritaba.

—¡Te voy a partir la cara, mariconazo de mierda!

Lander, encogido aún sobre el suelo, intentaba protegerse con los brazos mientras su hermano volvía a golpearle la cara o el cuerpo cada vez que trataba de incorporarse, sin dejar de insultarlo y amenazarlo. Detrás de él Ángel volvía a llorar impotente ante la paliza que Gorka le estaba dando a Lander.

Entonces se escuchó un amago de sirena, como una advertencia. Gorka se detuvo en seco y miró a su alrededor.

—¡Serás cabrón! —le dijo a su hermano mientras lo liberaba al fin, para comprobar de dónde venía la amenaza.

—Te lo dije, imbécil, me están siguiendo. —Lander hablaba, pero no perdía de vista a su hermano esperando un momento que le permitiera escapar de allí. Gorka empezó a moverse de un lado a otro, con la pistola en la mano, nervioso, apuntando a uno o a otro, y volviendo a buscar a los policías que acechaban.

—Venga, echad a andar —ordenó, indicando en dirección a la zona de camerinos, que ahora permanecía cerrada con una cadena.

Gorka empezó a dar patadas a la puerta intentando abrirla, pero el candado no cedía. Lander no desaprovechó el breve momento de distracción de su hermano, corrió en dirección a Ángel, lo agarró de la camisa y empezó a tirar de él con velocidad en dirección opuesta. Gorka se giró hacia ellos y les ordenó que volvieran, pero Lander no se detuvo, escucharon un disparo, Ángel gritó, y Lander siguió, prácticamente lo arrastró por las escaleras laterales, tirando de él hasta que quedaron ocultos tras el bloque negro de los laterales del escenario y la oscuridad de la noche. Su hermano aún le gritaba —«¡Lander! ¡Cabrón!»—, pero ya no podía alcanzarlos. Se escucharon otra vez las sirenas, y luego disparos. Lander echó a correr una vez más sin soltar a Ángel, alejándose del peligro sin dirección alguna. Pasaron junto a una rampa que bajaba hacia los servicios públicos y se dirigieron hacia allí; tal y como imaginaba estaban abiertos, entraron y al fin dejaron de correr. En silencio aún, Lander le indicó a Ángel que se colocara detrás de la puerta de entrada, en la zona menos visible. Lander se quedó de pie en el lado opuesto, vigilando la entrada con la navaja en la mano, los sentidos alertas y la respiración agitada.

—¿Tienes el número de ese agente? —le preguntó en susurros.

—Lo tengo en el teléfono, pero tu hermano me lo ha quitado.

—¡Mierda!

Los dos aguardaron en silencio, se miraban el uno al otro, pero no era momento para decirse nada, estaban pendientes de lo que ocurría fuera. Sin embargo, entre la distancia y la oscuridad no les llegaba ninguna pista de lo que pudiera estar pasando.

Esperaron lo que parecía una eternidad. Lander tenía la cara roja de la sangre que seguía manando de la herida de la frente, la nariz y algún otro punto de la cara, pero no hacía nada al respecto, aparte de limpiarse ligeramente con la manga de su camisa para evitar que la sangre le entrara en los ojos. No supieron cuánto tiempo estuvieron así, en tensión, sin atreverse a romper el silencio. Al fin, Lander cruzó la estrecha habitación y se sentó junto a Ángel, quien también se dejó arrastrar hasta quedar sentado a su lado, los dos ahora con la espalda apoyada en la pared, las rodillas dobladas, esperando, no sabían bien a qué.

—¿Estás bien? —preguntó al fin Ángel en voz baja—. Esa herida está sangrando mucho.

—Está bien, no te preocupes. —Y volvieron a quedar los dos en silencio.

—¿De qué iba todo eso sobre Ibar? —Lander siguió callado, sin mirar a Ángel—. ¿Ibar era gay? —Pero Lander solo miraba al vacío—. Háblame, Lander. ¿Es por eso por lo que os enfadasteis?

—Sí, joder, supongo… —contestó al fin Lander—. Joder, yo no sabía nada, ni siquiera me lo había imaginado. Y el tío va y me lo suelta un día, como si fuera una gran cosa, un gran momento de amigos, ¿sabes? Como si yo tuviera que alegrarme o algo…

—Y te enfadaste con él.

—No. Me fui a casa, no le dije nada, solo quería pensar. Joder, habíamos sido amigos desde los doce años, era muy raro. Pero entonces él apareció en casa, esa misma noche, y empezó a hablarme otra vez, en mi habitación, a solas, como si hubiese resuelto algún misterio indescifrable, y se empeñó en decir que yo sentía lo mismo que él, y que tenía que darme cuenta, y no sé qué mierdas más dijo, porque yo ya no lo escuchaba, estaba mareado y no me enteraba de nada, y el tío seguía diciendo que teníamos mucha suerte, joder, no… no estaba preparado para que me soltara todo eso, y entonces me… —Y volvió a callar.

—¿Entonces qué…?

—… Entonces me besó. Y yo me volví loco, le pegué y empecé a insultarlo. Le dije que se largara, que no quería verlo más. No sé por qué acabé contándoselo a mi hermano…, no lo sé…, quizás solo porque estaba allí, quería que alguien me dijera que era todo mentira, yo qué sé…, y luego todo se fue a la mierda.

El silencio volvió a apoderarse del espacio durante unos minutos, cada uno sumido en sus propias cavilaciones, hacía mucho frío, sus cuerpos juntos apenas se daban algo de calor. Ángel lo observaba mientras Lander parecía seguir perdido en la oscuridad del lugar.

—¿Y crees que, tal vez, sentías lo mismo por él?

Lander cerró los ojos, escondió la cabeza entre sus manos; se escuchaba su respiración agitada y con una voz apenas audible se atrevió a confesar:

—No lo sé.

Ángel se acercó a él y apoyó la frente sobre su hombro.

—Joder, menuda comida de tarro. —Ya no dijo más, alcanzó a ver un par de lágrimas que se mezclaron entre la sangre que resbalaba por su cara, lo dejó llorar por su amigo mientras aguardaban en silencio.

Debió pasar otra eternidad antes de que se atrevieran a salir. No se oía nada, lo que no parecía una buena señal. Esperaban que a estas alturas el lugar estuviera lleno de policías, pero solo se encontraron silencio y oscuridad. Tal vez se lo hubieran llevado, aunque sabían que Lander estaba allí también, era raro que no lo hubiesen buscado. Caminaron en la negrura de la noche de vuelta al escenario del que habían huido hacía no mucho. A lo lejos Lander vio la luz parpadeante del coche policía que aún estaba encendido.

—¡Qué cojones…! —empezó a decir justo cuando Ángel dejó escapar un grito antes de taparse la boca. Lander se giró y descubrió también los cuerpos de los dos policías de paisano tirados en el suelo a pocos metros de donde estaban—. ¡Mierda! —Apenas tuvo tiempo de girarse hacia las gradas en busca de la imagen de su hermano que, ahora lo sabía, los aguardaba como un depredador, cuando le llegó el estruendo de la detonación de la bala. Esta vez no hubo grito, el rostro de Ángel quedó suspendido en un gesto entre el horror y la sorpresa justo antes de caer de rodillas al suelo. Lander corrió a su lado, a tiempo para sujetarlo. Ángel se había llevado las manos al costado, su respiración era entrecortada y miraba a Lander desconcertado; empezó a temblar cuando vio la sangre en sus manos.

La voz de Gorka llegó entonces desde algún punto perdido entre las sombras de las gradas.

—Que seas maricón lo puedo entender, que seas un traidor, no tanto, pero que te hayas liado con ese tío. ¿Pero tú lo has visto? ¿Qué haces con ese facha de mierda? —Gorka se burlaba y se reía.

—¿Sabes? Franco se murió hace medio siglo —le gritó Lander de vuelta a la noche—, pero parece que los que más lo echáis de menos sois vosotros, los que seguís buscando una razón para odiar. A nadie le importa ya esa mierda. ¿No te has enterado? A nadie le importa tu puta guerra. Ahora los malos sois vosotros.

—Mira lo que he tenido que hacer por tu culpa. —La voz de su hermano rebotaba en el cemento formando un eco—. Si hubieras mantenido la puta boca cerrada…; pero no, tú vas haciendo una cosa y luego todo lo contrario, eres igual que el aita, quieres estar en los dos lados, ¿verdad? ¡Cobarde de mierda! —Su hermano se iba acercando por la grada mientras hablaba, ahora podía verlo—. ¿Y ahora qué hago contigo? ¿Eh? Le prometí al ama que intentaría arreglar las cosas contigo —y empezó a reírse—, así que venga, vamos a arreglar esto como hombres. ¿Qué te parece? ¿Crees que puedes hacer eso? Que no se diga que no lo intenté. —Lander escuchaba en silencio junto al escenario—. Mira, voy a dejar la pistola, ¿qué te parece? —dijo al tiempo que dejaba el arma sobre una de las butacas plásticas—. Sin armas, de hombre a hombre. —Y empezó a desternillarse. Lander se puso en pie, y empezó a acercarse a su hermano con el corazón cabalgándole con violencia en el pecho y la navaja preparada en el bolsillo de atrás—. Tiene gracia, ¿no te parece? Lo de «de hombre a hombre». ¿Crees que puedes pelear, Lander, o vas a echarte a llorar como una nena?

Gorka, casi a su lado ya, seguía burlándose de él, se sabía más fuerte, aunque hacía mucho que Lander no era un niño, e incluso era más alto que él. Aun así, Lander jamás había sido capaz de pegar a su hermano con todas sus fuerzas, por mucha rabia que sintiera, cada vez que se peleaban siempre se frenaba antes de hacerle daño. Ahora no le cabía duda, su hermano iba a matarlo, estaba tan convencido de que podía con él que se acercaba arrogante con las manos en alto y una sonrisa burlona en la cara. Supo que solo tendría una oportunidad para sorprenderlo, después lo machacaría sin problema, no importaba si era o no más fuerte. Gorka era violento, no le importaban las consecuencias, no se detendría por nada y, ahora lo sabía, no se arrepentiría.

—¡Todo esto es culpa tuya! —dijo Gorka con la mirada cargada de odio justo antes de embestirlo. En un movimiento rápido, Lander sacó la navaja y le rajó la tripa a su hermano, quien se detuvo y lo miró con un gesto de confusión—. ¡Serás cabrón! —dijo incrédulo.

Lander no habló, no escuchó, debía acabar con él o no llegaría a tiempo para salvar a Ángel. Se lanzó hacia su hermano con todas sus fuerzas y le clavó el cuchillo en el cuello. Gorka empezó a sangrar enseguida, ya no decía nada, a su gesto de estupefacción lo acompañaban ahora pequeños espasmos, empezó a brotarle sangre de la boca mientras retrocedía unos pasos sin dejar de mirar a su hermano, el horror dibujado en los ojos, y se dejó caer sobre una de las butacas de plástico de la grada. Lander se acercó a Gorka y registró sus bolsillos en busca del teléfono de Ángel intentando no pensar en el hecho de que su hermano y su amigo estaban muriendo a su lado.

Encontró el teléfono, buscó el número del agente y le envió su localización tal y como había indicado este que hiciera en caso de peligro; después llamó, se identificó, explicó brevemente lo que pasaba y pidió que enviaran una ambulancia. Y ya solo quedaba esperar. Se sentó junto Ángel, que tenía aún los ojos abiertos, pero los labios completamente blancos. Intentaba decirle algo, pero le costaba respirar.

—Tranquilo, ya está, no digas nada. —Lander lo tranquilizaba, intentando detener la hemorragia en el costado. Gorka estaba sentado frente a ellos con los ojos abiertos, su camisa completamente manchada de rojo. Ya no se movía.

—La pistola —consiguió decir al fin Ángel—, ponla en su mano.

—¿Qué?

—Pónsela en la mano —repitió, y lo empujó con el brazo para indicarle que lo hiciera ya.

Lander se levantó y siguió las instrucciones sin cuestionarlas. Buscó la pistola, se acercó a Gorka, que estaba inmóvil con los ojos abiertos y el puñal aún clavado en la garganta, no se atrevió a tocarlo, dejó caer la pistola a los pies de su hermano y volvió para sentarse junto a Ángel a esperar.

Pasaron unos cinco minutos más antes de que pudieran escuchar las sirenas a lo lejos. Todo empezaba a resultar confuso para Lander: sirenas, luces, la policía apuntando con sus armas. Lo hicieron tumbarse boca abajo sobre el suelo, brazos y piernas abiertos, la ambulancia que al fin llegó, Ángel en una camilla, jeringuillas, tubos, respiradores, y luego desapareció entre el bramido de la sirena de la ambulancia. La policía haciendo preguntas, le pusieron esposas, más camillas llevándose el cuerpo de su hermano, los cuerpos de los policías, más sirenas, más policías, más preguntas. Al fin lo subieron a un coche con las esposas apretándole los brazos a su espalda, al fin se fueron de allí en mitad de la noche, pero la pesadilla no acababa.

Hasta aquí la lectura gratuita de los primeros capítulos de la novela. Somos malos y sabemos que te has quedado con ganas de más, así que ya sabes… wink

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18 replies on “«Lander» – Capítulo 8

  • Alejandro Sebastian

    Excelente muy atrapante quiero saber como sigue por favor sigue subiendo el resto de la novela para poder Seguir leyendo por Internet de mi parte ya comparti el enlace con mis amigos gays
    Quiero Seguir leyendo el resto me atrapó de principio a fin
    Gracias
    Alejandro desde Argentina

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    • admin

      Hola, Alejandro. Nos alegra mucho que la historia te esté gustando tanto. Sin embargo, no podemos seguir subiendo capítulos. Somos una editorial y nuestro medio de vida es la venta de los libros que editamos. Pero pronto saldrá el ebook, a un precio de 3,95 euros y, lógicamente, sin gastos de envío de ningún tipo. :)

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  • Emilio

    Feliz Navidad para todos los miembros del antro.
    ¿Para cuándo un libro nuevo?.El don encadenado estaría muy bien ¿no os parece, se lo pedimos a los Reyes Magos?.

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    • admin

      Hola, Emilio. Gracias por acordarte de nosotros y Feliz Navidad para ti también. Ay, El Don… A nosotros nos encanta la historia, la verdad. Creo que estos reyes no la van a traer, pero quién sabe qué deparará el futuro…

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    • Ediciones el Antro

      Hola, Ana. Estamos presentes en varios países de América Latina. Sin embargo, eso depende de la distribuidora y de momento Venezuela no es uno de ellos, lo siento. Si lo compras en papel, tiene unos gastos de envío que son inevitables, pero en digital (pdf, epub y kindle) es de descarga inmediata tras la compra e incluye los tres tipos de archivo para que puedas leerlo en el dispositivo que prefieras. Gracias por el interés. Un saludo. ^^

      Responder
  • Manuel

    Hola hola! Soy de Venezuela y de verdad que estos 8 capítulos han sido llenos de romanticismo y exaltado por el suspenso donde quede.. Ahora quiero terminar de leerlo.

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    • Ediciones el Antro

      Hola, Manuel. Gracias por tu comentario. En principio la única forma de comprarlo en Venezuela es el envío desde España. El libro en papel conlleva unos gastos de envío que son inevitables. El libro digital (pdf, epub y kindle) es de descarga inmediata tras la compra e incluye los tres tipos de archivo para que puedas leerlo en el dispositivo que prefieras. Un saludo.

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