El Don encadenado •Capítulo 6•

BROTAN LAS PRIMERAS SEMILLAS

 

—¡El heredero! ¡El heredero del Maede Killien! ¡Que la luna resplandezca en honor a nuestra Casa!

Muchas exclamaciones de júbilo como esta se escucharon en Elore’il cuando, apenas caídas las primeras hojas, se supo que la Maediam estaba encinta. Perdida la esperanza de engendrar descendencia con ella, su esposo recibió la noticia con la satisfacción del deber cumplido, e incluso convirtió en cinco los tres días de festejos que tradicionalmente marcaban la llegada del otoño. Eso acarreaba largas apariciones públicas junto a Killien, disfrazados con las máscaras de una pareja dichosa, pero Corail cumplió su papel con exquisita profesionalidad, sin abandonar jamás la sonrisa. Corrían rumores de que, ya desde el vientre, el bebé mostraba los melindres de los auténticos nobles y se empeñaba en dar a su madre un embarazo difícil. La dama no hacía esfuerzos por desmentirlos; le servían de perfecta excusa para retirarse pronto a descansar a sus aposentos privados, con la única compañía de un par de doncellas.

Aprovechando la visita de todas las embarazadas al Templo de la Luna —una tradición argailiana para rogar a la diosa un nacimiento sin complicaciones—, Corail despistó a su escolta y se entrevistó con Caradhar en el refugio de la Zanja. Vestía el atuendo ritual, consistente en varias capas de tejido fino, casi como tela de araña, superpuestas bajo una túnica corta bordada. Sus cabellos entretejidos con cintas de plata brillaban a la luz del fuego de la chimenea. Estaba muy hermosa. Dado que no había ningún otro lugar disponible, el joven elfo escondió su incomodidad y se sentó junto a ella.

—Felicidades, Corail —dijo, sin saber muy bien qué añadir.

—Gracias, querido mío. Una estrella afortunada ha brillado sobre mí, después de todo.

—Sí. Aunque me habías dicho que no podías tener más hijos.

—La generosidad de los dioses. —Rio con suavidad y colocó una mano sobre el costado de su hijo—. Espero que esto no te pondrá celoso. Por muchos hijos que tuviese, mis sentimientos hacia mi precioso Caradhar siempre serían los mismos.

—¿Para qué me has llamado? —Aún le costaba aceptar las alusiones a su parentesco—. Podríamos haber hablado en Elore’il.

—Prefiero hacerlo aquí, donde no hay espías y se me permite llamarte hijo con tranquilidad. Además, es preferible tratar en privado el tema que deseaba comentarte. He sabido que te las has arreglado para colarte en el ala de los laboratorios. ¿Casualidad, interés natural o… algo más?

No aludió a la forma en que lo había conseguido, aunque Caradhar supuso que también lo sabía. Apretó los labios.

—Tu promesa de recibir formación alquímica como en Llia’res no se ha cumplido, así que lo intento a mi manera. Quiero hacer algo de utilidad y, por qué no, averiguar más sobre el poder del Maede. Es obvio que sale de allí.

—Te pones en peligro a pesar de que te pedí que no lo hicieras. Investigas sobre mi marido sin mencionármelo. ¿Es que no confías en mí?

—Tengo una cuenta pendiente con él por lo de Nestro y eso no es asunto tuyo. De hecho, supuse que no te apetecería correr riesgos ahora que tu posición está asegurada. Tu sangre se va a sentar en el sitial de la Casa, el Maede ya no es un obstáculo en tu camino. ¿Qué más quieres?

—¿Que no es un obstáculo? ¿Que la cuenta pendiente no me afecta? —El tono de voz de Corail se volvió más suave y más cortante a un tiempo. El elfo observó el reflejo del fuego en sus ojos. Era como curiosear por la ventana de una casa en la que se estuviesen alzando las primeras llamas de un incendio devorador—. Algunas noches, mientras Killien se encierra en sus aposentos para entretenerse con sus amantes, la humillación me roba el aliento de tal manera que he de hacer esfuerzos para respirar. Soy noble y su esposa, y yo jamás he traicionado mis votos acudiendo a otros brazos. Aunque ¿sabes qué es más degradante aún? Las ocasiones en las que fuerza mi puerta para justificar sus esfuerzos en fabricar un heredero. Doy gracias a que desde el anuncio de mi embarazo no ha vuelto a tocarme con esas manos contaminadas por otros cuerpos, pero eso no consuela mi soledad. Soledad impuesta por él, por el monstruo que me obliga a apartar a quienes amo para que no los castigue igual que hizo con Nestro. Créeme, si hay alguien que desea ver caer a Killien, esa soy yo.

—Es solo… —Es solo sexo. Ahogó la frase en su garganta, convencido de que Corail no la entendería. Él tampoco asimilaba toda esa furia—. Ignoro qué hacer, ni siquiera puedo acercarme a él. Sigue sin llamarme y hay guardias que no me quitan la vista de encima en todo el día.

—No es tu cometido acercarte ni arriesgarte. ¿Acaso has olvidado su poder? No te preocupes, tendremos ayuda muy pronto. Dado que perdimos a Nestro, he decidido contar con otro aliado, alguien a quien reconocerás cuando te muestre el escudo de Llia’res. Habrás de ser muy prudente, hijo mío. —Lo abrazó sin encontrar resistencia. El contacto fue íntimo, el más íntimo y duradero que él le había permitido hasta entonces—. Bien, es mejor regresar a Elore’il antes de que nos echen en falta.

Al abandonar la estancia, Caradhar descubrió la silueta de la doncella muda de su madre espiándolo desde el arco de la puerta. No tuvo oportunidad de dirigirse a ella, pues la voz severa de la Maediam le ordenó que acudiese a ayudarla. La silueta se esfumó como si nunca hubiera estado allí.

Una persistente lluvia de otoño a lo largo de toda la caminata enfrió el calor del abrazo. Mientras los pies lo guiaban hacia la Casa, la mente lo hacía en la dirección indicada por Corail; no con el ardor desplegado por esta, sino a su manera metódica y calmada, la que era propia de él. Porque era justo que Killien desapareciese. Él había dado la orden que empujara a su mano a acabar con Nestro, una muerte innecesaria. Que no sintiera congoja no quería decir que el crimen del Maede mereciese escapar sin castigo. No era una cuestión de sentimientos, sino de justicia.

Al final decidió que, si no le era dado acceder a él, al menos siempre podría acercarse a la siguiente persona más poderosa que conocía en la Casa.

Cuando, más tarde, Darial abrió la puerta de sus habitaciones, se encontró cara a cara con un Caradhar empapado, los cabellos adheridos al rostro, las ropas goteando sobre la esterilla de la entrada. Sin pronunciar palabra, el joven se despojó del jubón y la camisa, que pasaron a formar parte del charco a su alrededor. A Darial no le importó el estropicio. De hecho, sonrió desde la punta de una oreja hasta la otra, casi relamiéndose: era la primera vez que su bonito juguete acudía a él por iniciativa propia. Su índice huesudo acarició las mejillas del elfo y las comisuras de aquellos ojos de fuego que, sin embargo, siempre eran tan fríos.

—¿Me extrañabas, Adhar? —preguntó, con voz meliflua.

—¿Y tú, Darial? ¿Me extrañabas a mí?

—Yo siempre te extraño. Si pudiera, te encadenaría al cabecero de mi cama, a mi disposición permanente. —Se inclinó hacia su oído, soltando los cordones de sus calzas—. Igual que solía hacer años atrás, ¿recuerdas? A veces echo de menos los viejos tiempos, pero ¿qué sentido tiene anhelar el pasado? Ahora estás aquí. Mi precioso niño.

Un enérgico tirón dejó al descubierto la ingle del dotado y su miembro en reposo. Según su costumbre, Darial lo esquivó, se deslizó más allá del perineo hasta su lugar favorito entre las nalgas y lo invadió sin miramientos. Caradhar se mordió la cara interna del labio para no emitir ningún sonido.

—Tan deliciosamente estrecho como siempre. No veo la hora de volver a entrar con algo mejor que mis manos. Quítate el resto de la ropa y sube a la cama.

Rebuscó en sus cajones y sacó unas tiras finas de cuero. Demasiado habituado a ellas, el joven no mostró reacción alguna ni aun cuando el alquimista le ató las muñecas y las fijó al dosel. Lo único que le hizo tragar saliva fue la posición. Aborrecía que Darial lo forzara a cabalgarlo; aborrecía verse expuesto en una postura tan obvia, tener que mover él mismo las caderas para complacerlo.

—Por Therendas, he aquí un cuerpo hermoso, si es que alguna vez vi uno. —El alquimista prosiguió con sus cumplidos, acariciando los músculos que el ejercicio había marcado en su vientre—. Demasiado hermoso, ¿no crees? ¿Para qué tanto entrenamiento? Menudo y flexible, así es como me gustas.

Se tumbó y lo penetró sin preparación, con esa brutalidad que era su firma personal. También acostumbrado a ello, Caradhar apenas se estremeció. Prefería el dolor mil veces a tener que soportar aquella pose odiada mientras un par de ojos amarillos refulgían con esa expresión de perverso goce debajo de él.

—¿Por qué estoy aquí?

Hacía rato que el desvelado Caradhar daba vueltas a su situación mientras contemplaba la luz a través de una lámpara de cristales coloreados. La pregunta le surgió sin preámbulos al notar el rebullir de Darial junto a él. En cualquier otro momento habría recibido una réplica mordaz, acorde a su brusquedad, pero el alquimista gozaba de un humor excelente. Tras observar la impoluta espalda desnuda que tenía ante él, rodeó su correspondiente cintura con los brazos y respondió:

—Para complacerme.

—Quiero decir por qué estoy en Casa Elore’il.

—¿No es obvio? Porque tienes el Don y la Maediam Corail te trajo de Casa Llia’res para ofrecerte a su marido. Nadie rechaza un regalo así, en especial cuando lo convierte en afortunado titular del servicio de cinco dotados. Y, si bien uno es bastante maduro y dos son unos críos, ninguna otra Casa puede vanagloriarse de poseer más que la nuestra, aparte del Palacio de las Cuarenta y Nueve Lunas. Eres una adquisición muy valiosa.

—¿Valiosa para qué? He completado mi entrenamiento, me he preparado para ser incluso más útil que ellos. A pesar de ello, el Maede no me llama nunca a su lado. ¿De qué le sirvo?

—No me digas que estás ansioso por correr junto a alguien con la habilidad de forzarte, si le apetece, a abrirte el cuello con un cuchillo romo. —Darial rio su propio chiste macabro—. Adhar, Adhar, pequeño ingenuo. Podrás ser muy valioso, pero también eres un regalo envenenado. Tú no has nacido en esta Casa, perteneces a Llia’res; por mucho que hayas jurado fidelidad a Elore’il, el Maede no puede saber a ciencia cierta dónde está tu lealtad, y él desconfía por principio de todos aquellos que no lo temen…, perdón, lo veneran más que a nadie. Habrás notado su antagonismo con la Maediam. ¿Por qué crees que te ordenó matar a ese maestro de armas con su poder, su voz de mando? Porque sabía que le era fiel a ella ante todo. Magnífica lección para ambos, ¿verdad? Gracias a las tres deidades, la crisis se ha suavizado con su próxima paternidad. ¿Quién sabe? Quizá dentro de algún tiempo, con un heredero correteando por ahí, la tirantez desaparezca, tu fortuna cambie y le seas más caro a tu vanim. En todo caso, no seré yo quien se lamente por el estado de las cosas, dado que ahora soy el único que disfruta de tu compañía.

—Pero tú también pertenecías a Llia’res. ¿Cómo has ganado tu posición actual?

—No te atrevas a rebajar mi rango, yo nací en Elore’il. Las dos Casas han sido aliadas durante años y, como sabes, no es infrecuente que los alquimistas completen su aprendizaje bajo diferentes maestros. Aunque no fue elección mía, no tuve más alternativa que marcharme. Bueno, ya ves que también se cosechan ganancias en las adversidades: mi estancia allí la disfruté mucho. Tan solo sentí dejar una cosa atrás al partir al siguiente laboratorio y la he recuperado. —Sujetó la barbilla de Caradhar—. Y ahora, antes de soltarte, ¿qué tal si ocupas tu cabecita en algo más importante que escuchar aburridas historias?

Durante los días que siguieron, Darial se comportó con Caradhar igual que un amo exigente y nunca le permitió que regresase a su habitación antes del alba. Dar comienzo a las jornadas a su hora habitual era una tarea extenuante. Tras una noche dura en particular, su cama le pareció tan tentadora que no pudo resistir el impulso de echar una cabezada, así que se lanzó sobre ella sin siquiera desvestirse. Cuando estaba a punto de caer dormido, una voz desconocida susurró, muy cerca de su oído:

—Es extraño verte en el catre sin compañía.

Caradhar abrió los ojos y echó mano a la daga que siempre guardaba tras el cabecero, solo para descubrir que había desaparecido. A un lado se alzaba una figura vestida de negro, las facciones a medias ocultas por una capucha. Jugueteaba con su arma, luciendo una sonrisa en la única parte visible de su rostro.

—¿Buscas esto? Lo he tomado prestado. No voy a arriesgarme a que me destripes, sobre todo porque mi pellejo no se cierra con la misma facilidad que el tuyo. —Caradhar escrutó los alrededores en un intento de localizar su espada. El encapuchado resopló—. Relájate, chico. Si hubiese querido clavarte al colchón, ya tendrías las muñecas y los tobillos atravesados, y me habría sobrado tiempo para anudarte un lazo al cuello.

—¿Quién eres?

—No soy un enemigo. —Rebuscó dentro de sus ropas negras y mostró una insignia de bronce, el emblema de la Casa Llia’res. Caradhar se relajó; así pues, ese habría de ser el aliado que su madre mencionara—. Te observo. Bueno, y a ese alquimista también, qué remedio. Dado que siempre tiene las patas sobre ti, es complicado no reparar en él. Sus aficiones son repugnantes, ¿sabes? Claro que sabes, eres el que está debajo. O encima.

—¿Cómo te has colado en mi habitación? ¿Y en los aposentos de Darial? Te estás burlando de mí. Esto está lleno de guardias.

—Soy bueno, ¿eh? —Colocó la daga sobre una mesa, fuera del alcance de su dueño—. Ya he servido bien a la Maediam en un par de ocasiones, sé hacer mi trabajo.

—¿Eres un asesino?

—No, ¡qué asco! ¿Te crees que soy carne de Zanja? No hagas tantas preguntas, lo único que has de saber es que estoy aquí para cubrirte las espaldas. O esa era la idea, me temo que he llegado tarde: ya hay alguien que se ocupa de ello… todo el rato.

—¿Tienes que espiarme en la cama? —Comenzó a perder la paciencia. Aunque no era pudoroso, le disgustaba que alguien más conociese sus actividades con Darial.

—En la cama, en el baño, en un escritorio lleno de documentos oficiales… Donde sea. —Al sonreír de nuevo, el desconocido mostró dos perfectas hileras de dientes con caninos afilados—. Puedo moverme por toda la Casa con más libertad que tú, si se me antoja. Como una sombra.

—Eres Darshi’nai.

Caradhar comprendió. Los Darshi’nai, los Sombra, eran una organización de la que todos habían oído hablar y pocos conocían más allá de los tópicos. Pertenecían a un estrato social muy controvertido; no eran criminales en el sentido estricto de la palabra —se decía que había nobles entre ellos—, pero la naturaleza de sus actividades los forzaba a vivir al margen de la ley y la comunidad, ocupando unas instalaciones no recogidas en el trazado urbanístico de Argailias. Toda Casa que se preciara siempre contrataba a sus propios agentes, dado que eran los mejores espías y asesinos, y los más entregados. Se exigía de ellos una devoción absoluta a la hermandad y a la jerarquía, y luego a su contratante: Darshi’nai servía a todos… sin pertenecer a ninguno. En caso de ser hechos prisioneros, solo podían esperar una ejecución sumaria y discreta, ya fuese a manos de sus captores o de sus aliados. Un Sombra fracasado no era digno de tal nombre. Ni de estar vivo.

La revelación lo hizo objeto de un estudio exhaustivo por parte de Caradhar. Era más alto que él; joven, a juzgar por su voz y complexión esbelta. La capucha dejaba entrever, quizá, un atisbo de cabello moreno. Por lo que respectaba a su lenguaje, no era el propio de la clase alta. El resto de su persona resultaba un misterio.

—¿Eres de verdad Darshi’nai? ¿Te ha contratado la Maediam? ¿Cómo te llamas?

—Cuanto menos averigües de mí, mejor. —El espía se llevó un dedo enguantado a los labios.

—¿Tú estás al tanto de mis movimientos en todo momento y yo no puedo saber ni tu nombre? ¿Te bajarás la capucha, siquiera?

—¿Para qué? Me reconocerás enseguida, yo seré el tipo de negro que te susurra desde las esquinas. No puedo arriesgarme a estar mucho tiempo plantado en el mismo sitio, así que pasemos a cosas serias. ¿Entiendo que estás tratando de meter las narices en el laboratorio?

—Puede. Con las defensas que hay allí, la única manera es que te autoricen el acceso.

—Ya veo. ¿Y qué es lo que quieres conseguir?

—Por ahora no es asunto tuyo ni de nadie más.

—Me sería muy útil conocer tus planes para echarte una mano con ellos, ¿no crees? Nada, nada; ya que no es asunto mío, supongo que no te interesará que yo complete tu labor de curioseo echando un vistazo a los aposentos del Maede.

—¿Puedes hacer eso? —Cierta animación empapó la voz de Caradhar—. ¿Y cómo sabes que no cuenta con sus propios Sombra que lo protejan?

—No lo sé, la confidencialidad es sagrada. Pronto lo averiguaré o me rajarán en el empeño. Entretanto, tú sigue trabajándote a Darial para lo que sea que lo valga. No es que envidie tus métodos con ese cabrón degenerado, pero son efectivos. Por vuestras conversaciones he pillado que vuestra amistad viene de atrás, ¿eh? —Su boca se torció en una mueca cruel—. Tranquilo: cuando ya no nos sea útil, podrás contratarme para caparlo. Te lo dejaré a precio de saldo.

—No quiero que vuelvas a espiarme mientras estemos… Con quién me acueste o cómo lo haga son asuntos míos. A menos que seas otro degenerado que se divierte mirando.

—¿Divertirme? Podrías hacerlo mejor. Esta madrugada, mientras ese alquimista te estaba dando lo tuyo, tu cara reflejaba el mismo nivel de animación que tu entrepierna. —El movimiento de lanzarle un objeto a Caradhar interrumpió la réplica cortante de este. Tras atraparlo al vuelo, descubrió que era la insignia de Llia’res—. Líbrate de eso. Mejor si no les hacemos suponer que extrañas tu antigua Casa.

Dicho esto, el desconocido se detuvo a escuchar ante la puerta antes de deslizarse fuera del cuarto. Caradhar no resistió la tentación de echar un vistazo, aunque ya no había nada que ver. Todo estaba en calma en el corredor desierto.

El Gran Laboratorio de Elore’il resultaba tan imponente como el de Therendanar o incluso más, pues los elfos concedían al espacio, el orden y la luz una importancia que se echaba en falta en los lugares de trabajo humanos. Desde la entrada ya alcanzaba a vislumbrarse el interior de una sala compartimentada donde alquimistas y aprendices se afanaban entre mesas, gradillas, estantes cubiertos con decenas de instrumentos y una telaraña de lámparas encapsuladas en vidrio. No alcanzó a avanzar mucho más, ya que un sofocado Darial lo tomó por el antebrazo y lo condujo a una habitación lateral que servía de biblioteca. Lejos de frustrarse por la captura, Caradhar atesoró lo poco que había visto: nunca habría contado con llegar tan lejos en una primera visita. En cuanto a Darial, su preocupación por las formalidades era mínima en aquellos momentos. Estaba irritado.

—¿Dónde has estado estos tres días? —exigió saber, sin soltarlo.

—Ocupado. —Caradhar mentía. Era cierto que llevaba ese tiempo sin presentarse, pero el alejamiento había obedecido a una simple maniobra para espolear el interés del alquimista.

—Te dejé bien claro que no puedes desaparecer de mi vista sin avisarme. —Sus dedos se hundieron con crueldad en la carne—. ¿Sabes lo ocupados que estamos? No pretendas que ande persiguiéndote por la maldita Casa.

—Ahora estoy aquí. He venido expresamente a buscarte. Pensé que te gustaría.

Darial estaba dividido entre el enojo y, sí, la satisfacción por las nuevas iniciativas del muchacho. Un tanto aplacado, disminuyó la presión.

—No serás perdonado con tanta facilidad. Quizá empieces a compensarme (y solo quizá) si eres muy obediente, te encierras en mis aposentos y esperas desnudo en la cama a que regrese.

—¿No vas a enseñarme el laboratorio?

—Crees que tu voz suave me engatusará, ¿eh? No deberías haber venido aquí. Esto no es Llia’res, la Casa donde te criaste, y en los laboratorios nadie te conoce. Careces de libertad para entrar y salir a placer. De hecho, nos meteremos en algo peor que un lío si no te vas ahora mismo; exponer secretos alquímicos es considerado traición, y ya imaginas cómo se paga. —Al notar su gesto de desencanto, añadió—: Déjame mover algunas palancas y algunos engranajes, ¿de acuerdo? Hablaremos más adelante. Venga, márchate.

Caradhar obedeció, no sin antes echar un último vistazo por encima del hombro. Darial permaneció atento a las puertas por las que había salido mucho más tiempo del esencial. Cuando al fin reaccionó, regresó con premura a la gran sala. Quería despachar los asuntos de la jornada a toda velocidad. Quería volver a su dormitorio, encerrarse con él.

Su juguete se había convertido en su adicción.

—Adhar, ¿a dónde estás mirando?

La escueta frase sobresaltó a Caradhar y lo trajo de vuelta del reino de la introspección. Encima de él, Darial le clavaba los ojos con el ceño surcado por dos arrugas profundas. Por supuesto, el joven no podía confesarle que estaba escudriñando las esquinas de la estancia para localizar un tipo de sombra más sólido o una pista que delatara la presencia del Darshi’nai. Optó por permanecer en silencio. Exasperado, Darial se levantó, llenó su copa de vino y la vació de un solo trago. Dos veces.

El muchacho no se movió de la cama. Tampoco habría podido hacerlo, ya que su brazo izquierdo estaba ligado al cabecero de madera con una larga tira de cuero. Ese era el juego del día. Aunque el cuero mordía su carne, no se quejaba nunca; se limitaba a quedarse debajo de él y ceder a sus deseos con muda sumisión. Al principio, el alquimista había desdeñado tal actitud con una sonrisita de suficiencia; ya estaba acostumbrado y, mientras obtuviese su placer, el resto poco importaba. Sin embargo, el contacto con esa nueva versión de Caradhar lo había vuelto ambicioso. Poseer un cuerpo sin voluntad no era suficiente: quería despertar sentimientos, saber que algo se retorcía en las entrañas del dotado con la misma intensidad que lo hacía en las suyas; cualquier cosa, excepto aquellos fríos ojos sin expresión. Y esa noche, por añadidura, se distraía con facilidad, como si su atención estuviese en otra parte. Como si se burlara.

Sintió que una burbuja de ira crecía en su interior. Se precipitó a grandes zancadas sobre él, lo inmovilizó con su cuerpo y le clavó los dedos, convertidos en garras, en la piel del cuello. Aun así, no logró sacarle una palabra. Aquello fue más de lo que Darial pudo soportar.

—¿Te duele? ¿Quieres que pare? ¡Pues suplícame! ¡Mírame, por una vez, y di algo! Sé que te he hecho daño muchas veces. Antes no tenías elección, pero ahora es distinto. Si tanto te asqueo, ¿por qué vienes a mí por voluntad propia? Por fuerza… por fuerza has de sentir algo. —Su tono se tornaba desesperado—. Dime que me odias y pararé.

Unos instantes de insufrible silencio más tarde, Darial liberó su presa y le propinó un golpe con los nudillos que reventó su labio inferior. Con el reflejo adquirido tras años de práctica, Caradhar evitó que la herida se le cerrase y dejó manar la sangre sobre su barbilla.

Era muy difícil para un dotado interrumpir a voluntad el proceso de curación de su cuerpo. La mayoría de ellos jamás lo intentaban a menos que se les requiriese entregar una buena cantidad de sangre, y solían ayudarse de algún tipo de instrumental. Para Caradhar, las cosas habían sido diferentes ya desde la infancia. Su experiencia con Darial le había enseñado que, desde el retorcido punto de vista de este, no tenía ningún sentido infligir un castigo corporal y que las huellas desapareciesen al momento. El espectáculo de las marcas sobre la piel era parte de su morboso ritual de excitación; privarle de ello solo conducía a nuevos castigos y a una mayor cantidad de dolor al que ni él ni ningún otro dotado eran insensibles. El mecanismo de supervivencia se había convertido en un reflejo condicionado y seguía ahí años más tarde.

Algunos golpes apremiantes interrumpieron la escena. Cuando los gritos para ahuyentar al intruso ya bullían en la garganta de Darial, la puerta se abrió sin esperar más invitación y permitió el paso a una elfa. Diáfana seda azul ceñía su cuerpo pequeño y delgado, lleno de aristas. Cabellos oscuros, labios finos resaltados con carmín… No le faltaba belleza, aunque había dejado de ser joven hacía mucho tiempo y la desagradable mueca de desprecio con la que contemplaba a Darial y a Caradhar intensificaba unas diminutas arrugas de expresión. En respuesta inmediata a su llegada, el alquimista saltó de la cama, buscó una túnica con la que cubrirse y corrió a mostrarle sus respetos, disipado por completo el acaloramiento del vino. Ella lo ignoró; se mostraba más interesada en Caradhar, cuya figura analizó con una mueca difícil de interpretar. El dotado no se molestó en aparentar modestia. Al examinarla a su vez vio que llevaba un colgante con un sello muy familiar, una criatura mitológica compuesta por partes de animales diferentes.

—Así que esta es la razón de que hayas sido tan evasivo durante las últimas semanas —dijo la elfa a modo de saludo—. De hecho, tu razón te mantiene tan ocupado que ha hecho que tu rendimiento decrezca de manera considerable.

—Su señoría…

Ella lo acalló sujetándole la barbilla con una mano cargada de anillos. Las largas uñas incrustadas de gemas se le clavaron en la carne.

—Darial, a pesar de tu pésima reputación, sabes que siempre te he estimado más allá de lo prudente. Pensaba que el sentimiento era mutuo. Mi cargo de responsabilidad demanda resultados, lo que me hace demandar a mi vez un asistente devoto y leal que me ayude a conseguirlos. Si yo no estoy satisfecha, el Maede no lo estará tampoco, ¿comprendes? Hasta ahora no le he dicho una palabra, pero me pregunto qué pensaría si supiera lo que te dedicas a hacer con uno de sus preciosos dotados. —La tentativa de réplica de Darial fue sofocada con una bofetada. Uno de los aparatosos anillos le rasgó la mejilla, dejando un surco ensangrentado—. Será mejor que dejes de complacerte con tu chiquillo y empieces a complacerme a mí. Si sabes lo que te conviene.

No añadió nada más antes de marcharse. Demasiado confuso para hablar, Darial cerró la puerta tras ella y alcanzó la cama con pasos vacilantes. Al rozarse la cara pareció manifestar cierta sorpresa cuando halló sus dedos teñidos de rojo; entonces Caradhar se estiró cuanto daban de sí las ligaduras, humedeció el índice en la sangre de su propia herida y lo deslizó sobre la mejilla del alquimista. El corte se cerró al instante.

Para el dotado, cerrar una herida era un acto reflejo. Para Darial, que nunca antes había experimentado la acción curativa del Don en su propio cuerpo, la calidez sobre la piel y la mirada serena del joven fueron embriagadoras, una muestra de lo que tanto anhelaba: sentimientos. Dominado por un vacío repentino en la boca del estómago, empujó sobre el colchón a Caradhar y lo besó, saboreando la sangre que aún cubría sus labios. Para él había una única forma de llenar ese vacío. Sus movimientos al penetrarlo fueron ansiosos, aunque más gentiles que en otras ocasiones, como si pretendiese disfrutar la rendición de su carne mientras se abría camino. Culminó demasiado pronto, igual que todos aquellos años de encuentros furtivos, pero esa vez quiso esmerarse en retribuir al joven y enterró la cabeza entre sus muslos. La primera reacción de Caradhar ante aquella primicia —Darial reclamaba el sexo oral, nunca lo ofrecía— fue tensar cada pequeño músculo de pura sorpresa. Al convencerse de que el gesto, si bien muy inexperto, no era otro de sus pequeños tormentos, acabó abandonándose poco a poco.

Entrada la noche preguntó:

—¿Era el… la Gran Alquimista?

—Sí.

—Nadie me dijo que fuese una elfa.

Darial rio entre dientes, depositando besos aquí y allá sobre la piel al alcance de su boca.

—¿No lo sabías? El Maede, maestro del control sobre sus súbditos, no solo usa el poder de las pociones. Esa bruja se cree muy especial porque de tanto en tanto su amo y señor tiene a bien prestarle un hueco en su colchón. Siendo justos, ella custodia la llave del gran poder de Elore’il, y es lógico que el Maede busque favorecerla… y someterla. Nadie, ni aun la Maediam, disfruta de tantos privilegios.

—Así que ella elabora las fórmulas.

—Es la única con esa prerrogativa.

—¿Y si algo le ocurriera?

Darial meditó la cuestión.

—Entonces uno de sus asistentes habría de tomar su puesto y rezar para evitar la crisis. Hasta un jovencito intuiría las fatales consecuencias de paralizar la producción de nuestras fórmulas.

Un largo silencio cayó entre ambos.

—¿Qué harás ahora? ¿Dejarás de verme? —El sutil cambio de tema de Caradhar no era tal—. Te lo ha ordenado.

—¿Eso te gustaría? —Los dedos de Darial se hundieron en el rojo cabello—. ¿Crees que voy a renunciar a ti con tanta facilidad? No. Es posible que tenga que humillarme un poco y seguirle el juego a esa arpía durante algún tiempo, pero ya pensaré en algo.

Caradhar cerró los ojos; pronto, su respiración se volvió lenta y regular. Darial, en cambio, permaneció despierto toda la noche, su mente bullendo con ideas y sentimientos.

De vuelta a su habitación, el dotado descubrió que su cama había sido tomada al asalto por una familiar figura de negro. La desvergüenza de aquel Sombra iba en aumento.

—Hola, Adhar. ¿Puedo llamarte Adhar? He oído que tus amigos íntimos suelen llamarte así. —Aunque el interpelado frunció el ceño, no replicó—. Como ves, estoy de vuelta y traigo la cabeza sobre los hombros. Eso quiere decir que no me han pillado, ¿eh? Tras una sesuda planificación, he conseguido husmear en los aposentos del Maede. Nada de alabanzas, el pájaro es un tanto despreocupado en lo que a seguridad se refiere. Digamos que se confía en sus habilidades personales.

—¿Qué has averiguado?

—Para empezar, las habitaciones son inaccesibles desde la calle. Habría que tener alas u ocho patas para colarse por ahí. A la entrada, la guardia personal hace turnos para vigilar hasta cuando no está el Maede. Las puertas son muy sólidas y (esto es bueno para nosotros) amortiguan el sonido. Dentro hay una antecámara que lleva al dormitorio en sí a través de un corredor estrecho. El cabrón astuto tiene poco mobiliario que permita ocultarse, aparte, eso sí, de un camastro brutalmente grande que es aficionado a llenar cada noche. A los pies hay otra camita más pequeña donde el desgraciado obliga a pernoctar a la pareja de mellizos dotados que le sirven. ¡Las cosas que habrán visto y oído esos críos! No creo ni que se moleste en hacerlos salir mientras se está tirando a los pendones de turno. Dado que uno de los mellizos es una niña, habría que preguntarse, más bien, si no la invita a unirse a ellos. —Caradhar se revolvió, incómodo por las revelaciones—. No me digas que estoy hiriendo tu sensibilidad. En resumen, el tipo se ha cubierto las espaldas contra un ataque a distancia. Las habitaciones están diseñadas sin recovecos, sin grandes espacios. Además, cuando sale siempre lleva escolta y conserva a sus dotados a mano.

—Si eres capaz de colarte en su dormitorio, ¿qué te impide atacarlo de cerca?

El Sombra le lanzó una mirada compasiva antes de explicar, con el tono paternalista que habría dedicado a un niño poco espabilado:

—Chico, nadie puede atacarlo cuerpo a cuerpo. Tú has probado su poder, no concibo que te lo plantees siquiera. Joder, soy bueno, pero si fuera tan sencillo… Estar en el primer círculo de los nobles es igual que vivir rodeado de carroñeros esperando que des un traspié para ocupar tu lugar. En este juego, un elfo de su posición no dura ni dos días a menos que sepa cuidar de sí mismo. Y él sabe.

—¿Me facilitarías a mí el acceso a sus aposentos?

—O eres idiota o no me estás escuchando. A ver, ¿qué crees que podrías hacer?

—¿Taparse los oídos no funciona? —Aún se resistía a admitir su aparente resistencia.

—Eh, qué excelente idea, nunca se le había ocurrido a nadie. Aclaro que es sarcasmo, por si te has golpeado la coronilla contra el cabecero de tu amante y estás hoy un poco lento. No, no funciona, y mejor que dejes de improvisar planes chapuceros. No voy a allanarte el camino hacia el suicidio.

—No planeo suicidarme. Es solo que, llegado el caso, he de saber cuáles son mis opciones.

—Espera, ¿se trata de algún truco de laboratorio? ¿Andas rumiando algo después de tu charlita con el alquimista? La charlita y todo lo demás, claro. Estuviste divertidísimo fisgoneándolo todo para ver si me pillabas. Por poco me meo en los pantalones de la risa.

—¿Dónde estabas escondido? —Caradhar se ahorró esperar una respuesta que no llegaría—. Muy bien. No te perdiste detalle, así que olvida el tema.

—Sé lo que vi, no lo que te pasa por las mientes. Eres muy sutil manipulando a ese puerco. Si tu intención es la que creo y tienes éxito… Vaya, entonces no sé quién me encoge más las pelotas, si el Maede o tú. —Dejó de hablar de súbito y aguzó el oído—. Viene gente, me largo.

Al pasar junto a Caradhar, el Sombra aferró su barbilla y luego la muñeca izquierda, allí donde el golpe y las ligaduras de cuero debieran haber dejado señales; ambos estaban intactos. Aunque sus dedos enguantados se demoraron más tiempo del preciso sobre la piel, el dotado no protestó; se esforzó, en cambio, en distinguir más rasgos de aquel rostro ensombrecido por el uniforme de su oficio.

—Si algún día tengo oportunidad de atarte, no me sentiré culpable por dejarte marcas —comentó, en tono jocoso, el Darshi’nai.

—No la tendrás. Ni tú, ni nadie.

Caradhar retiró la mano. Había tal frialdad y decisión en el gesto que su espía particular, desvanecidas las ganas de continuar la broma, se esfumó.

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