El Caminante •Capítulo 3•

No es para mí

 

«El poder de las palabras es más fuerte que la piedra donde se escriben».

Mael se llevó el índice a la boca. Ignoró el sabor de la tierra y la sangre y humedeció el dedo. No era fácil. Llevaba días sin beber más que el cazo de agua sucia que le daban por la mañana. Tenía los labios resecos y agrietados, sabía que si abría mucho la boca se romperían de nuevo y volverían a sangrar. Casi lo deseó porque, aunque era molesto, el sabor cálido y salado lo reconfortaba.

Llevó el dedo húmedo a las tablas de la carreta que lo transportaban y trazó las runas que mil veces había trazado. Tal y como su tía le había enseñado, como su madre había hecho mil veces antes que él. Las había trazado con sangre y las había trazado con lágrimas, pero ahora todo se había secado y solo quedaba saliva, saliva pegajosa y escasa. Y cuando fallara la saliva encontraría la forma y aun así las escribiría, escribiría las palabras para que el pueblo alegre no fuera a buscarlo.

¿Por qué haces eso? —preguntó Imonix con la voz adormilada.

Porque lo he prometido.

Mael miró a su alrededor, los otros críos debían tener su edad, más o menos, aunque había alguno muy pequeño. Imonix mismo no debía tener más de seis años. La mayoría ya dormían o fingían hacerlo. Alguien lloraba, pero era normal. Cuando caía la noche la distancia se hacía más grande, los miedos más profundos y las ausencias más notables.

Alzó los ojos al cielo y repitió en voz baja los nombres de las estrellas. Así no pensaba, no tenía que recordar lo que había sucedido ni preocuparse del futuro oscuro que se abría ante él. Solo eran nombres, cientos de nombres que lo acompañaban mientras llegaba el necesario y temido sueño.

—No veo nada que pueda interesarme —dijo una voz, sacándolo de su ensoñación. Era tarde, la noche se cernía sobre el campamento del tratante.

—No tengas tanta prisa —replicó otra voz, una que conocía muy bien y que lo había acompañado en el largo viaje desde su tierra natal—, espera a que te enseñe a las mujeres. Hay auténticas bellezas de cabellos dorados.

El tratante alzaba una mano con una antorcha empapada en aceite, iluminaba el contenido de los carros para que su invitado, un hombre ataviado con ricos ropajes, pudiera observar los cuerpos de los esclavos que había en su interior.

—Ya que estoy aquí les echaré un vistazo, pero no venía buscando eso —dijo el rico desconocido—. Mujeres bellas las puedes encontrar cualquier día en el mercado, lo que yo quiero es algo diferente. Lo que yo busco es eso que marca la diferencia entre algo bonito que estaría bien tener y algo único que necesitas poseer. La belleza no es el único factor, amigo, aunque es importante. Lo que busco es… es algo intangible que no puede describirse. Silo, tus esclavos solo son campesinos; por muy atractivos que sean, dudo que tengan lo que estoy buscando.

—Echa un vistazo de todas formas —lo instó Silo—. Ya estás aquí, ¿qué puedes perder? Las mujeres están en aquella carreta de allí, por un módico precio te dejo que las pruebes, si quieres.

—¿Qué hay en esas otras carretas? —Mael pudo ver como el desconocido señalaba la zona en la que se encontraba él.

—Los niños, ¿quieres ver alguno? —dijo el tratante—. A los más pequeños los hemos dejado con las mujeres, los mayores con los hombres, pero ahí hay un grupo de mozos de entre cinco y doce años. ¿Te interesan? Si lo prefieres, puedo ordenar que te separen algunos mozalbetes del grupo de hombres para que los inspecciones de cerca.

—¿Son muchos críos?

—¿Quiénes? ¿Los de la carreta? No, no son demasiados. No llegan a la docena.

—Entonces empezaré por allí, será fácil descartar que me sirvan.

Mael se apresuró a levantarse y se apartó de la puerta de reja cuando uno de los hombres de Silo la abrió. Una mano pequeña se agarró a su brazo y se refugió tras su cuerpo.

Shh, Imonix, tranquilo —dijo con voz suave al pequeño de cabellos claros, y estrechó su mano con un apretón efímero. Pero… ¿en verdad podía estar tranquilo? Ese hombre era un comprador, uno especial si no acudía a la subasta pública—. Es un hombre rico —aventuró mientras obedecían las órdenes que les gritaba el tratante entre gestos y tirones de la cadena—, no pasarías hambre ni frío.

«Cortaría sus cabezas y las colgaría de los árboles para que los cuervos de Esus se alimentaran de sus ojos».

Los muchachos fueron dispuestos en fila india, separados unos de otros casi un metro y obligados a mirar al frente para que el comprador pudiera inspeccionarlos a voluntad. Apenas dedicaba más de un minuto a cada uno, a veces, ni una sola mirada; un simple gesto y el chico era llevado a empellones de nuevo a la carreta.

Cuando llegó su turno, Imonix se agarró a su brazo y no quiso separarse.

No hagas esto, es peor —le suplicó Mael—. No pasará nada, de verdad.

—¿Qué idioma hablan? —preguntó el comprador al tratante.

—Algún dialecto galo —respondió este encogiéndose de hombros, no parecía que le importara mucho.

—¿Son hermanos? —comentó al ver que Imonix no quería separarse de Mael.

—No, ni hablar —negó Silo—. El menor solo lleva aquí una semana, pero el otro cuida de él. —Hizo un gesto y uno de los guardias tiró del pelo del pequeño de cabello claro obligándolo a soltarse con un chillido—. Es muy pequeño, pero se ve que crecerá bien. Toda una promesa de futuro.

El guardia sujetó a Imonix para que el desconocido pudiera inspeccionarlo. Mael tragó saliva y cruzó los dedos elevando una plegaria a Epona.

—¿Hablan nuestra lengua? —preguntó, sujetando la barbilla del pequeño para mirarlo a los ojos—. No voy a hacerte daño, niño —dijo.

—No se esfuerce —dijo el tratante—. No hablan ni una palabra en un idioma civilizado.

—¿Seguro? Puede que este no, pero estoy casi seguro de que ese de allí entiende todo lo que decimos, ¿no es así, muchacho?

Mael dio un respingo al ver que las miradas de comprador y tratante convergían en él. Su corazón empezó a latir como un caballo desbocado. Apretó las mandíbulas e ignoró ambos pares de ojos. No abrió la boca.

—¿Seguro que entiende? —dudó Silo—. Este viene de la Galia Transalpina, en la región de los arvernos. ¿Seguro que entiende? —insistió.

—¿En aquella zona es común que la gente tenga el cabello rojo? —preguntó el desconocido ignorándolo por completo y continuando con su examen. Mael aguantó la respiración, luchando por no temblar demasiado. No les daría el placer de verlo asustado. No, él no.

—Que yo sepa no. ¿Tiene el cabello rojo?

—En un tono más oscuro que el de los pueblos del Rin, pero sí, fíjate cómo refleja la luz de la antorcha. Un poco de agua de manzanilla lo aclarará y será más evidente —dijo casi para sí—. Podría tener algo de lo que busco, los pelirrojos siempre son codiciados y al chico no le falta atractivo, desde luego que no… ¡Que se lo lleven y lo aseen bien! —ordenó.

Uno de los hombres lo agarró por el brazo y tiró de él, dispuesto a cumplir las órdenes recibidas, pero Silo se interpuso en su camino.

—Con todo el respeto, Braulio, aunque ahora no lo aparente el chico es un salvaje. Ha dado problemas desde que me lo vendieron. Orquestó una pequeña rebelión que terminó con varios heridos. No se lo vendería ni a mi suegro. Como has dicho, el chaval es guapo, contaba con venderlo en alguna caupona a un precio decente.

—Avisaré de ello a los compradores —aceptó Braulio—, pero aun así creo que sacaré un buen precio por él. Algunos se lo toman como un reto, les gusta domarlos. Ahora bien, si prefieres que te lo compre ahora… no tengo problemas en pagarte… ¿un denario? Creo que incluso es más de lo que te pagarían en la caupona. Pero si confías en mi criterio, creo que podríamos sacar mucho más en mi subasta.

—Eso me han dicho —admitió Silo—, solo quería que fueras consciente de lo que te estás llevando. El mocoso es un crío engreído, no conseguirás que baje la mirada.

—Eso será problema de su nuevo amo —replicó el otro tratante—. Haced lo que os he dicho, lleváoslo, aseadlo, lavadle el pelo con agua de manzanilla y… dadle algo de comer, a ver si conseguimos esconder sus costillas. Tenemos dos semanas para convertir a ese salvaje en un pequeño príncipe.

Seguramente, esas dos semanas habrían sido mucho más tranquilas si Mael no hubiera intentado escaparse desde el primer día. Por supuesto, su intentona había sido más un arrebato que una posibilidad real, pero ahora tenía el tobillo encadenado a una argolla de la pared y las jornadas se consumían en un pequeño sótano apenas iluminado.

—¡Da gracias de que yo no sea tu amo! —Braulio lo agarró por el pelo y lo obligó a echar la cabeza hacia atrás. Mael se llevó las manos intentando aminorar la presión sobre su cuero cabelludo y rechinó los dientes en una mueca de desagrado—. Te habría azotado hasta que no quedara carne sobre tus costillas. Pero no, no dejaré marcas en mi mercancía —dijo, apartándolo con un gesto de desdén—. Ya eres mayorcito para saber que no hay salida. Nadie vendrá a buscarte y no puedes huir a ningún sitio. Aprende a comportarte; tu vida será más fácil. Lávalo bien —ordenó a la esclava que tenía al lado—. Quiero que su cabello brille como el fuego.

—Sí, domine —respondió la muchacha sin alzar la vista del suelo.

—Esta noche es la subasta y, si no consigo venderte, me ocuparé de cobrarme con tu sangre cada denario que me ha costado tu manutención.

La amenaza del tratante resonaba en su cabeza después de que este cerrara la puerta con un golpe seco que hizo retumbar las paredes de la pequeña habitación.

—Tienes que ser más amable —le dijo la muchacha en cuanto su amo desapareció. La joven apenas era mayor que él, se acuclilló a su lado y aplicó un paño húmedo contra su frente. Mael hizo ademán de apartarse de malos modos, pero al ver los ojos de ella, azules y vidriosos, se dio cuenta de que la muchacha no era el enemigo.

—No quiero ser amable —murmuró él en un perfecto latín del que su tía se habría sentido orgullosa. Hizo acopio de voluntad para contener el llanto y dejó que la esclava continuara con su labor y le limpiara la cara.

—Eres muy guapo —prosiguió ella—. Y… pelirrojo. Sé que parece una tontería, pero eso es importante para ellos. Podrías acabar en una casa buena. Una casa buena de verdad, tal vez un noble. No tendrías que preocuparte por nada nunca más. Tendrías comida, ropa, no pasarías frío en invierno. Puede que incluso te dejaran tener tu propia familia. No es una mala vida.

Mael asintió con la cabeza reconociendo sus propias palabras en ellas. ¿Acaso no las había usado unos días atrás para tranquilizar a Imonix? Y ahora solo podía rezar a Epona por el pequeño, deseando que de verdad hubiera tenido ese destino. ¿Por qué entonces se negaba a ver lo que parecía evidente? ¿Por qué seguía siendo necesario encadenarlo a la pared? Sus ojos se posaron en la argolla que abrazaba su tobillo, en las dolorosas marcas que dibujaban círculos rojos y morados alrededor de su pie.

«Eres especial, mi pequeño. Estás tocado por el sol. Grandes cosas te aguardan. Es tu destino». La voz de su tía acudió en su ayuda al recordarle por qué luchaba.

—Esa vida no es para mí —replicó con desdén.

—¿Y qué vida es para ti? —dijo ella.

Mael tragó saliva y apretó las mandíbulas. No volvería a llorar. No delante de nadie. Se guardaría todas las lágrimas para él. ¿Qué vida era la suya? No lo sabía. Pero no iba a rendirse. No iba a hacerlo. Grandes cosas… Era su destino, tía Eraide se lo había dicho.

—La vida de un esclavo nunca es fácil —prosiguió la joven mientras continuaba lavando sus brazos—. La vida de casi nadie lo es. Podrías vivir mejor que muchos hombres libres, ¿sabes? A las subastas del domine no acuden ciudadanos comunes.

—No es mi vida —insistió—. No es para mí.

La chica lo miró y negó con la cabeza.

—¿Sabes lo que es una caupona? —Mael negó con la cabeza. Había escuchado la palabra varias veces y sabía que era algo malo. ¿El qué exactamente? No estaba seguro—. Me lo imaginaba. Eres un pequeño bárbaro ignorante y presumido.

Parecía un reproche, pero no había desdén en su voz, solo tristeza. Una enorme tristeza que preñaba las palabras y los gestos. Sus ojos brillaron más aún, vidriosos por unas lágrimas que no comprendía. ¿Por qué iba alguien a llorar por él?

—Roma es un monstruo —dijo la muchacha, y se secó la lágrima de su mejilla con un gesto descuidado—. Es un monstruo enorme que se alimenta de sueños y esperanzas. No tiene sentido que albergues ninguna, no puedes huir. Nadie vendrá a salvarte. Y, aunque pudieras escapar, allí fuera estarás solo y te engullirá sin piedad. Iré a buscarte una túnica limpia —dijo con una sonrisa triste—. Y… sonríe. Si sonríes todo es más fácil.

Mael apretó aún más las mandíbulas e hizo rechinar los dientes. ¿Sonreír? Sonreiría cuando los matara a todos. Cuando escuchara el gotear de la sangre al colgar sus cabezas de un árbol, cuando viera a los cuervos comerse sus ojos. Entonces sonreiría.

Alzó la vista al pequeño agujero que lo comunicaba con el exterior. El sol se estaba poniendo. Y casi sin pensar, se llevó un dedo a la boca y, tras humedecerlo, empezó a dibujar en el suelo las mismas runas que dibujaba cada noche.

«No puedes huir. Nadie vendrá a salvarte». Las palabras de la joven esclava reverberaron en su cabeza y dejó de escribir.

Ella le había dicho que lo llevaría a un lugar donde podría matar a todos los romanos que quisiera. Matarlos a todos. ¿Por qué la alejaba cada noche cuando Ella le había prometido lo que más deseaba?

«¿Acaso no ves que te engañará? Sé que sufres, pero no puedes dejar que tu dolor te destruya».

Era una promesa, una que había hecho hacía muchos años, una que había cumplido cada noche. Y en ese momento, por primera vez, Mael fue consciente de que no iba a poder mantenerla. Sin embargo, una vez más, sus dedos trazaron las runas que mantenían alejado al pueblo alegre.

Llegaría el día en que no podría mantener su promesa, pero todavía podía hacerlo.

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