La savia de los dioses •Capítulo 3•

LOS JUEGOS DE TRES

 

—Contemplad la bendita planicie consagrada a las tres deidades. Sois afortunados, ya que pocos extranjeros, incluyendo a nuestros parientes Silvanos, han llegado a pisar estas tierras. Vuestro hábil dotado necesitará reponerse después del esfuerzo, así que os conducirán a un alojamiento digno. Volveremos a reunirnos al anochecer para participar en la última comida del día y fascinar a los jóvenes con las exóticas historias que contaréis de vuestras ciudades. Simplemente os pido que no os excedáis en esa fascinación, no queremos que nuestros guerreros más prometedores abandonen sus deberes para viajar al sur. A las muchachas estáis más que autorizados a fascinarlas, eso sí os lo digo: si ellas se dejan, no seré yo quien se queje por acoger en la comunidad a algún recién nacido con sangre de Dervarn. Ahora he de visitar nuestro santuario; en las presentes circunstancias, me inquieta haber pasado tanto tiempo alejado de él. No, no me acompañaréis, ya se presentará una oportunidad más propicia después de reponeros y de recibir el visto bueno de la Tríada. Comprended que, aunque nuestra confianza en vosotros es grande, solo los dignos pueden acceder al mayor tesoro que custodiamos. Id, comed, relajaos y entreteneos. Ah, os he asignado unos guardianes para escoltaros durante vuestra estancia aquí. Y, por cierto, ¿dónde diantres se han metido? Entrenando, de seguro. Esos tercos muchachos… Acercaos allá donde se ve el corro de mirones y preguntad por Dranaris. Y decidle que me va a oír. Bien, nos reencontraremos más tarde ante un buen cuenco de estofado y una jarra de licor. ¡Las tres deidades os guarden!

Tras la parrafada de Kaledias, tan compacta que ninguno alcanzó a meter baza, el guía y sus curiosos guardaespaldas desaparecieron por algún punto de la arboleda.

—¿Y esta es la diplomacia del norte? —ironizó Vira para romper el hielo—. ¿Dejarnos tirados en medio de una cordillera con la orden de buscar nosotros mismos a nuestros niñeros? Y preñando a alguna moza por el camino, si se tercia. Pues menuda cuadrilla de sementales mujeriegos ha ido a convocar.

—Aquí el único que no sabría ni por dónde apuntarle a una chica eres tú —masculló Caradhar, aún apoyado en el hombro de Sül.

—Lo sabría y sería un maestro, salvo que no es una senda por la que planee pasearme, muchas gracias. Vaya, debes sentirte mucho mejor si ya empiezas a buscar guerra.

—Me las arreglo. ¿Qué es eso del visto bueno de la Tríada?

—Algo relacionado con las tres deidades, supongo. En fin, nos adaptaremos a sus costumbres, qué remedio. Empezaremos por localizar a ese tal Dranaris, el gentil vigilante que con tanta gracia nos deja tirados para hacer lo que quiera que esté haciendo.

—O también podemos ignorarlo y recorrer esto sin nadie que nos eche el aliento al cuello —sugirió Sül.

—Eres muy optimista si crees que vamos a pasar desapercibidos. No, mejor seguir las indicaciones de Kaledias. Por otro lado, allí se está congregando un buen gentío y quiero saber por qué. Vamos.

Tan avergonzado estaba Navhares que, lejos de intervenir en el diálogo, se limitó a hacerse pequeño y a seguir a los otros en su recorrido a través de aquella curiosa pradera entre árboles y montañas. Desde su posición pudo comprobar que Vira estaba en lo cierto, pues su grupo era el blanco de las miradas de cuantos se encontraban en el camino. Y no se trataba únicamente de que eran extranjeros; según comprobó, allá las marcas del talento eran bastante más inusuales que en Dervarn, sobre todo la bendición doble del Silvano. Sin embargo, parecía existir el acuerdo tácito de no dirigirse a ellos y contentarse con observarlos a distancia. Cuando alcanzaron la muchedumbre, los asistentes abrieron un pequeño corredor para dejarles paso, lo que les permitió asistir en primera fila al espectáculo que allí se desarrollaba.

Al borde del claro había tres árboles altos, esbeltos y poco frondosos. Desde lejos quizá llegaban a confundirse con la masa forestal que los rodeaba, pero al distinguir las bases de sus troncos, sumergidas en un estanque de líquido color corinto, era fácil comprender que disfrutaran de una veneración singular. Le recordaron, en cierta manera más tosca e inquietante, al Altar de la Luna en Argailias o a la poza que había visto de pasada al descansar en Dervarn. Su visión se nubló durante unos latidos, enfocada en algo que no estaba ahí: en una luna violácea reflejada entre tres troncos; en una masa de hojas, ramas y lianas danzando a su alrededor; en el muro de tierra y roca que abrazaba la escena, provocando una tempestad de oscuras gotas de agua.

Mas lo que de verdad cautivó la curiosidad de Navhares fue la exhibición en el amplio círculo ante los árboles. Combatientes con la inconfundible indumentaria de los tres guardaespaldas de Kaledias calentaban los músculos y ensayaban movimientos de lucha. A diferencia de los anteriores, adornaban sus rostros con pintura, portaban armas de madera y no llevaban jubón; un ligero rubor calentó las mejillas del joven al contemplar todos esos cuerpos semidesnudos, a todas aquellas elfas con una simple banda de cuero a la altura del pecho. Las franjas decoradas que ya llamaran su atención en el primer encuentro lucían aquí en todo su esplendor. Según distinguió, eran tatuajes geométricos, cada uno con su propio estilo, que recorrían el lado derecho de sus torsos y espaldas y se hundían en los pantalones, con lo que no había forma de comprobar si continuaban a lo largo de sus piernas. Las orejas del mismo lado llenas de adornos, las cortas cabelleras, el exótico calzado con refuerzos… Habría supuesto que tal era la casta guerrera de Dallankor de no ser por la pareja de guardias pertrechados con arcos, lanzas y armaduras de cuero que había visto en la entrada. No, estos luchadores debían poseer un estatus especial. Un examen más detenido le reveló que se agrupaban en tríos, sin distinción de sexos, aunque el número de miembros femeninos era inferior al de sus contrapartidas masculinas. Y no era tan extraño, si lo meditaba: aquellas guerreras eran más altas y fornidas que Sül, cuyas habilidades en combate eran bien probadas. Ni en Dervarn ni, desde luego, en Argailias se había llegado a topar con algo similar. Los grupos de tres compartían el mismo tipo de tatuajes y perforaciones en las orejas y se coordinaban sin palabras, casi instintivamente. La fluidez de sus movimientos era asombrosa; en ninguna de las exhibiciones de Argailias había presenciado Navhares algo semejante. En determinado momento, los participantes se detuvieron y alinearon a lo largo del perímetro. Dos de los tríos salieron al centro, marcado con una reducida circunferencia; saludaron a los árboles, extrajeron sus bastones y varas y adoptaron posiciones ofensivas.

Las pupilas del argailiano se perdieron en una rapidísima sucesión de ataques y esquivas, técnicas que no alcanzaba a comprender aun con su formación marcial básica y que eran demasiado complejas para pasar por reacciones improvisadas sobre la marcha. Habría deducido que se trataba de coreografías de no ser por su familiaridad con los recursos de Vira en combate. ¿Estarían usando aquellos Silvanos talentos telepáticos? Antes de darse cuenta, la contienda se saldó con tres elfos lanzados fuera de la circunferencia —lo que suponía la descalificación automática— y un cuarto arrojado a la hierba y sujeto por las varas de los dos restantes. Un clamor grave se elevó del público para homenajear a los vencedores.

Tras un par de enfrentamientos más, Navhares se sorprendió al comprobar que uno de los siguientes grupos competidores, y solo uno, contaba con dos únicos miembros. Ignoraba a qué se debía el agravio comparativo, pero como ninguno de los presentes mostró signo alguno de desconcierto, la desigual liza dio comienzo sin incidencias. Uno de los guerreros estiró su vara larga y se colocó en posición avanzada mientras su compañero, más bajo, se defendía con bastones disparejos y permanecía de pie al límite del área disponible. Hasta Navhares sabía que quedarse al borde no era buena idea, pues incitaba a cualquier atacante a intentar eliminarlo sacándolo fuera. De hecho fue justo lo que decidieron hacer dos de los rivales al tiempo que el tercero, pertrechado con un par de garrotes, cargaba contra el elfo más alto del dúo.

A espaldas de este, su camarada mantenía el tipo a base de afianzar los pies en el suelo y desviar los golpes con sus armas de diferente longitud. La táctica del trío era sencilla: acabar con uno a toda velocidad para luego concentrar toda su potencia en el más fuerte. Por desgracia para ellos, al contrincante de los garrotes no le iban muy bien las cosas, ya que eran demasiado cortos para burlar el área de alcance de una vara. El alto elfo apenas tuvo que distraerlo durante unos cuantos movimientos antes de dirigir el arma a sus piernas para hacerlo trastabillar; y, ya fuese suerte o pericia —Navhares no estaba seguro—, consiguió propulsarlo contra uno de sus compañeros. Al estar de espaldas, este no pudo apartarse a tiempo y fue arrollado por él. El defensor de los bastones disparejos, en cambio, lo vio venir con la suficiente antelación para agacharse y servirle de trampolín en su trayectoria hacia el desastre. La maniobra se saldó con un eliminado en el trío.

El elfo de los garrotes recobró el equilibrio antes de encajar otro golpe. En cuanto a su aliado, se vio arrastrado poco a poco hasta el centro del círculo por un antagonista que, cumplido su plan de enviar a alguien fuera del perímetro, prefería buscarse una ubicación menos expuesta. Los siguientes intercambios fueron más conservadores y meditados, si bien se hizo patente que, con igualdad numérica, los que habían partido en desventaja tenían todas las de ganar. El luchador alto era, a ojos vistas, el más fuerte de todos, en tanto que su camarada esquivaba con tal destreza que ninguna de las armas contrarias lo había rozado. Llegado a un punto, se dedicó a desviar los ataques de ambos para facilitar que la vara de su aliado detectara huecos en la defensa y conectase algunos golpes. Si Navhares había albergado dudas sobre su comunicación telepática, estas se disiparon al presenciar su siguiente maniobra. Aprovechando que permanecían en el centro, el más bajo hincó la rodilla en tierra mientras su compañero hacía lo propio con el extremo de su vara; acto seguido, este se impulsó usándola de eje y barrió el espacio a su alrededor con el tornado más espectacular que el argailiano contemplara en su vida. El impacto de la patada fue tal, y tan súbita la ejecución, que uno de los rivales salió despedido fuera del círculo. Su aliado consiguió librarse a costa de perder uno de los garrotes, aunque sus gestos dejaban bien claro su estado de ánimo: había perdido la partida y lo sabía. Aguantó a duras penas las siguientes acometidas, fue despojado de su segunda arma, trastabilló y, por último, cayó de espaldas con la vara apuntándole al cuello y los bastones al pecho y vientre. El clamor de la concurrencia se prolongó un poco más esa vez.

Tan absorto estaba Navhares que no notó el susurro de Caradhar a Vira ni la sonrisa complacida del Silvano. De hecho se sobresaltó cuando este anunció en voz alta y clara, dirigiéndose a los vencedores:

—Mis felicitaciones. Buscamos a Dranaris. ¿Seríais tan amables de indicarnos su paradero?

El elfo más corpulento del dúo se frotó la pintura del párpado antes de caminar hacia ellos, seguido por su compañero. Al tenerlo tan cerca, ninguno de los extranjeros dejó de admirarse ante la presencia de aquel bravío que igualaba la prodigiosa altura de Vira, y cuyos adornos y desnudez le conferían una cualidad salvaje de la que carecían los civilizados sureños. Las miradas se les perdían en el intrincado diseño de bestias entrelazadas que ondulaba sobre los músculos de su vientre y tórax. Su pelo corto era moreno, pero un mechón corinto se proyectaba desde su sien hasta la nuca y hacía juego con sus iris. Aun con el borrón de pintura que le cubría medio rostro seguía siendo un bello ejemplar de elfo. Hasta Navhares, poco versado en temas mundanos, pudo apreciar lo mucho que a Vira le agradaba lo que veía.

—Ya sabes que soy yo —afirmó el norteño de manera tajante y sin formalismos—. ¿Siempre trabas conversación lanzando agudezas, Vira de Dervarn? Yo también sé quién eres.

—Afortunado de ti, Kaledias ha debido ponerte en antecedentes. Nosotros no hemos disfrutado esa suerte. —Se fijó en el otro elfo más bajo. Si bien toda su cabellera brillaba con la marca del talento, los rasgos más llamativos de su rostro eran los ojos anaranjados y las cuencas pintadas de negro, a diferencia del resto de los luchadores, que preferían el corinto—. ¿Y tu compañero es…?

—Az… Keraltas —se presentó el aludido—. Saludos. No todos los días tiene uno la oportunidad de echar el ojo a tipos finos del sur.

—¿Tipos finos? Ejem, te refieres a mis amigos argailianos, supongo.

—No, me refiero a todos.

—La cuestión —prosiguió Vira antes de iniciar un debate sobre finura y rudeza— es que habéis sido designados para hacernos compañía. Muy exótico, eso de recibir a los visitantes en un torneo de lucha.

—No es un torneo, sino la elección de los Nudhakavie que se celebra cada nueve años. Y nosotros no queríamos la responsabilidad de ser vuestros acompañantes. Lo haremos, pero no renunciaremos a nuestro derecho a tomar parte en aquello para lo que nos hemos entrenado toda nuestra vida.

La abrupta sinceridad de Dranaris hizo sonreír a Vira.

—No es nuestra intención interrumpir nada. Nos las arreglaremos muy bien solos, de hecho.

—Inadmisible, Dallankor no es lugar para extranjeros sin supervisión. Es la voluntad de Kaledias y obedeceremos.

—En ese caso, indicadnos dónde está nuestro alojamiento, si sois tan amables. A Caradhar le vendría muy bien descansar un poco.

El norteño lanzó una mirada ansiosa al círculo de luchadores; daba la impresión de que le suponía un gran sacrificio privarse de asistir al resto del evento. No obstante, se colocó la vara a la espalda y echó a andar hasta el borde más alejado de la pradera.

—Ya que hemos de pasar tiempo juntos, bien podríamos empezar a conocernos un poco más —propuso Vira, ampliando sus zancadas para ir a la par que su guardián—. ¿Qué es esa historia de los Nudhakavie y vuestros derechos amenazados?

Dado que Dranaris permanecía en silencio, su camarada tomó la iniciativa.

—¿No conocéis a la Tríada en vuestro terruño? Nosotros adoramos a los tres grandes por igual: la diosa de la Luna, el dios de la Tierra[1], la deidad del Bosque. Los árboles sagrados, bañados por la savia que fluye del santuario, les han pertenecido desde siempre.

Vira visualizó los tres altísimos troncos sumergidos en el estanque que, de manera incomprensible, manaba desde el corazón de las montañas, y tradujo al momento la fórmula de bienvenida de Kaledias: Dravde seva nudhia. Que la Tríada derrame su savia.

—Aquí no hay… clero, supongo que lo llamáis. Los que tenemos la devoción de servirlos, talento de tejedores y soltura al movernos con un arma en las manos, somos seleccionados para ser sus defensores y para proteger al Durmiente —prosiguió el elfo de los curiosos ojos anaranjados—. Entrenamos duro; nada de las blanduras típicas de los figurines del sur que, por saber balancear un pincho sin que les salga disparado, ya se creen guerreros.

—Habla por ti, amigo —murmuró Sül entre dientes.

—Es un sacrificio que realizamos con placer. ¿Qué puede haber más noble? Combatimos en las grandes ocasiones, como los solsticios y los cambios de estación. Y cada nueve años, quienes ostentan el primer puesto entre los defensores, los Nudhakavie, han de demostrar que siguen mereciendo el título o cedérselo a nuevos campeones.

—¿Y cuál es el premio por ser los primeros? ¿Un solo en el coro de alabanzas?

—¿Acaso te estás pitorreando de nuestras tradiciones, sureño?

—Los dioses me libren, no, es mera curiosidad. En otro orden de cosas, no he podido dejar de notar que todos los grupos cuentan con tres miembros mientras que vosotros sois…, bueno, un dúo. ¿Dónde está vuestro tercer socio?

—Ahí está la casa donde os hospedaréis. —La voz de Dranaris se hizo oír, al fin, con un tono helado como la nieve de las cimas circundantes—. Dado que tan bien os las arregláis, regresaré al círculo.

Al contemplar las anchas espaldas alejándose de vuelta al cielo abierto, los visitantes se percataron de que habían llegado al bosque e identificaron las primeras construcciones sobre sus cabezas. Eran similares a las de Dervarn, con tendencia a la funcionalidad y a la robustez más que al refinamiento: las paredes eran más gruesas, las escaleras y plataformas estaban menos elaboradas… La arquitectura carecía, en general, de elementos superfluos y colores llamativos. Entre los troncos se distinguía una vivienda a poca altura, de fácil acceso. El guardián que les quedaba encabezó la marcha hacia el interior y ofreció a Caradhar un asiento y algo de comer y beber, demostrando así que no había olvidado todos sus modales.

—Creo que Dranaris tiene razón, Vira de Dervarn: tú eres de los que tocan las narices de la gente allá donde van, ¿eh?

—¿Y qué culpa tengo yo si tu amigo es tan susceptible? ¿Acaso he preguntado algo descabellado?

Na, sí que formábamos una terna como mandan las deidades. Claro que eso era antes.

—¿Una terna? ¿Un grupo de tres?

—Sí. Éramos él, Makëla y yo mismo. Los favoritos para ganar este periodo, y no me estoy echando flores sin motivo.

—Y ella, Makëla, murió. —La intervención de Caradhar tomó a todos por sorpresa.

—Hace cinco años. A Dranaris no le gusta nada que se lo recuerden. En fin, ni es asunto vuestro ni es cosa mía contároslo.

—Lo lamento de veras. ¿Y no os habéis planteado aceptar un nuevo miembro? Por buenos que seáis (y lo sois, lo admito), no podéis competir con las mejores ternas. Una ausencia a ese nivel supone una diferencia abismal.

—Hemos ganado dos de cada tres veces, al menos, durante los últimos años, y ahora vamos a rendir al límite. Además, es absurdo pretender reemplazar a Makëla. Dranaris no quiere ni oír hablar de ello y yo tampoco. La fidelidad va antes que nada.

—Di que sí. —Vira se sirvió un vaso de picante licor de bayas y le tendió otro a su anfitrión. Su tono era untuoso—. Y va antes que ganar, en este caso. Aunque no tiene importancia, ya que también se puede honrar a los dioses desde la posición intermedia del escalafón.

—Aquí hay alguien que se cree un experto. Al principio me caíste regular. Ahora directamente te patearía, sureño. —El fastidiado guerrero se dejó caer en el suelo de listones de madera.

—¿Por señalar la verdad?

—No es solo por eso. ¿Por qué piensas que Kaledias nos encomendó haceros de niñeros? Porque no da un higo por nosotros. Porque no formamos una terna digna y, por buenos que seamos, jamás nos verá victoriosos. Y ahí está el gran problema: que si nos dejásemos la piel y, contra todas las apuestas, quedásemos los primeros, sería un desaire a las tres deidades y ni siquiera lo mereceríamos. Pero Dranaris no va a aceptarlo sin rendirse, ni hablar. Prometió a Makëla que ganarían.

—¿Por eso pone tanto empeño? ¿Por no faltar a una promesa de la que no puede ser dispensado?

—Entre otras cosas. La recompensa del cristal tampoco es algo despreciable que digamos y… ¡Esperad! ¡Dejad de tirarme de la lengua, ya he hablado más de lo prudente! Estáis instalados, ¿no? Entonces me largo antes de que mi camarada se pregunte dónde cuernos ando metido.

Vira sospechó que las habilidades empáticas de Caradhar habían tenido algo que ver con aquel derroche de sinceridad. El dichoso pelirrojo y su dichosa falta de vergüenza, pensó.

—¿Qué hay de malo en charlar un rato? —preguntó, conciliador, para no ahuyentar al único habitante de Dallankor que no guardaba las distancias—. Para nosotros todo es nuevo, mientras que vosotros ya estáis al corriente de nuestra vida y milagros. Presumo que Kaledias se ocupó de ello antes de que llegásemos.

—No presumas tanto. Sé que Caradhar es el dotado de sangre mezclada que nació en la ciudad corrupta; ya era famoso aquí porque entre los nuestros no nacen niños con el Don. En cuanto a su hijo —Navhares arrugó el entrecejo—, es notorio por ser el único vidente de esta generación. Por lo que os atañe a ti y al guardaespaldas, no tengo muy claro cuáles son vuestros méritos. Tú ni siquiera eres tejedor, ¿no?

Acostumbrado a escuchar esa frase, Sül no se inmutó. Fue Caradhar quien respondió por él.

—No le hace falta. Es un magnífico luchador con su propio estilo.

—¿Y tú, Vira de Dervarn? La doble marca no es común por aquí. ¿Cuál es tu talento?

—Bueno… Aunque prefiero ser discreto hasta que llega el momento de usarlo, te confesaré que soy conjurador e ilusionista.

—¿Dos talentos? —El elfo parecía asombrado. Y un tanto celoso—. Malditos… fulanos de Dervarn y vuestra afinidad con la savia.

—Eh, eh, me he especializado en combate, no vayas a creer que soy capaz de prodigios a gran escala.

—Su lengua sí es prodigiosa a gran escala, no para jamás —fue la aportación de Sül—. Y se da maña para despertar en todos un uniforme deseo de destriparlo.

—Je, eso sí que me lo creo. Para lo demás necesitaría pruebas. En fin, nos veremos durante la cena. A menos que os haga falta algo más.

—Estaremos bien, Keraltas.

—En realidad, nadie me llama así. Hacía años que no escuchaba mi nombre. Si vais a quedaros aquí un tiempo, llamadme Azor.

—¿Azor? ¿No es así como los humanos llaman a un tipo de ave de presa? ¿Y por qué usas un mote humano en esta planicie aislada del resto del mundo?

—Sí que le das poco descanso al pico, sureño. Ya hablaremos.

 

Las horas restantes hasta la cena bastaron para que Caradhar recuperase toda la energía perdida y para que Vira se diese una vuelta por el territorio de los elfos locales. El área de viviendas se extendía a considerable profundidad en el bosque, aunque él no llegó al perímetro exterior porque los guardias seguían sus movimientos con recelo. Lo que sí constató fue que el alojamiento asignado estaba casi al borde del claro, lo que los colocaba en una posición fácil de vigilar. No distinguió la biblioteca ni el herbolario, edificios imprescindibles en una población silvana. Supuso que se hallarían en un área apartada, pero como tampoco quería abusar de su limitada libertad, decidió posponer el vagabundeo. Al anochecer, sus acompañantes de la mañana pasaron a recogerlos para conducirlos a la sala de reuniones de Kaledias. Azor fue quien soportó el peso de la escasa conversación, ya que Dranaris no llegó a intervenir; se limitó a adelantarse al grupo en silencio, como si no formara parte de él y fuese una simple coincidencia que caminasen juntos. Ambos guerreros repetían equipos y pintura facial, salvo que habían añadido un par de jubones a su indumentaria. Desde su posición al final de la fila, Navhares no pudo dejar de notar el patente interés de Vira ni las miradas que lanzaba al huraño defensor de la Tríada.

En la mesa de Kaledias, entre platos condimentados con hierbas exóticas y la clase de licores picantes que debían ser característicos de la región, los cuatro visitantes conocieron al principal sanador, a algunos de los maestros y a los actuales Nudhakavie, un trío de dos hermanas y un hermano muy pagados de sí mismos que no ocultaban su condescendencia hacia la terna incompleta de Dranaris. Luego se produjo un intercambio de preguntas entre ellos y la otra parte que perdieron por aplastante mayoría. ¿Había magia en Argailias? ¿Cómo era el dios de Dervarn? ¿Hasta qué extremo llegaba su poder? ¿Era cierto que todos los Darshi’nai eran asesinos despiadados? Los norteños no eran sibilinos como los argailianos y carecían de la prudencia de Dervarn; más francos y abruptos, se ahorraban los rodeos a la hora de interrogarlos. Su carácter recordaba al de los humanos y provocaba cierta perplejidad en Navhares y los demás, pues ¿no había contado Kaledias en persona que habían limitado su contacto con ellos?

En cuanto satisficieron una fracción de la curiosidad local, el guía tuvo a bien escuchar sus propias dudas.

—He de disculparme por la ausencia de nuestro hacedor de portales, aún en recuperación tras el esfuerzo de esta mañana, y de mi hijo, a quien deseaba presentaros —admitió antes que nada—. Custodia el santuario. Ah, no tiene importancia, pronto se presentará la ocasión.

—Respecto a eso, ¿qué novedades hay? —inquirió Vira—. ¿La apertura del sarcófago sigue avanzando? Sería interesante poder ir a echar un vistazo, porque así Savran se haría una idea de…

—Sí, sí, sí. —El aludido desechó la petición con un vaivén de la mano—. Después os complaceremos, cuando los dioses nos envíen una señal de que ha llegado el momento. Además, tenemos a nuestros estudiosos revisando los manuscritos antiguos, según sugirió vuestro guía, a la caza de algún párrafo perdido que arroje luz sobre todo esto. La apertura avanza, a fe mía que avanza. La buena noticia es que el premio de este año para los Nudhakavie ya se ha liberado, y lo digo por los ávidos presentes.

—¿Premio?

—Nuestros ancestros descubrieron que el talento natural de los tejedores podía potenciarse ingiriendo un fragmento del cristal del sarcófago. Pensaréis que es blasfemo atreverse a desprender siquiera una esquirla, pero si el Durmiente encerrado en él lo permite no seremos nosotros quienes despreciemos tal regalo. Eso sí, lo aprovechamos con mesura, espaciando su disfrute cada nueve años y concediéndoselo en exclusiva a los más dignos. Ya veis, ser los primeros no supone únicamente honrar a los dioses, sino también aumentar las propias habilidades. ¡Una cosa ayuda a la otra! Yo comprendo su tesón para lograrlo, no en vano fui defensor antes de convertirme en guía. Y ya que sacamos el tema, ¿qué tal os tratan Dranaris y Azor? ¿Son buenos compañeros? No dudéis en avisarme en caso contrario. Atender a invitados tan ilustres es un gran orgullo, y no permitiré que sus otras actividades interfieran en ello. Suspenderé su participación en los combates si es necesario.

Los visitantes observaron de reojo a sus dos esquivos niñeros. Aunque Dranaris mantenía la barbilla alta y la mirada fija, el nerviosismo de su camarada era más evidente. En aquel instante, con sus iris anaranjados oscilando en medio de las cuencas pintadas de negro, se asemejaba más que nunca al animal con el cual compartía el nombre.

—Son excelentes, Kaledias, y su compañía es inspiradora a la par que instructiva. —Vira usó su tono más convincente—. Por nada del mundo quisiéramos que descuidasen aquello a lo que llevan años consagrados, y esperamos acompañarlos y aprender cuanto podamos de tan magnífica tradición. Contamos con vuestro beneplácito, espero.

El parpadeo de Azor se volvió más frenético de lo normal. Incluso Dranaris se mostró perplejo. El líder de la comunidad, por su parte, frunció los labios en una mueca de suficiencia.

—Los guerreros acuden a la llamada de un buen combate, supongo. Sea, pues. Y tutéame, muchacho. Por cierto, ¿sería mucho pedir que Caradhar se prestara a que nuestros sanadores lo examinasen? ¡No sucede a menudo que un dotado se pasee por Dallankor!

Tras conseguir el beneplácito de este, la noche se saldó con unas cuantas jarras de alcohol que ayudaron a soportar el frío durante el camino de vuelta; a pesar de la verde planicie, del bosque y de la inusitada benignidad del clima, una simple ojeada al cielo bastaba para recordarles que estaban rodeados de cumbres nevadas.

—¿Por qué fuiste tan diplomático con esos guerreros, Vira? —preguntó Navhares, ya en la intimidad de su alojamiento—. Es evidente que no les agrada nuestra compañía.

—¿Y que nos endosen otros vigilantes más suspicaces y perder la oportunidad de conseguir asientos de primera fila en los combates? No, gracias, estos nos convienen. Estarán distraídos y nos distraerán a nosotros.

—A ti, en todo caso. —Sül pateó la silla del Silvano—. ¿Piensas que no hemos notado cómo miras a ese enorme norteño decorado? Te recuerdo que estaba con una elfa; planta la mano en un sitio comprometido de su anatomía y te la cortará. Y la mano también.

—Mi querido Sül, ¿estás celoso? Una simple palabra y no volveré a fijarme en ningún otro. De todas maneras, no me afecta tu pesimismo. No sería el primero al que convierto.

—Cuídate de meternos en líos o me meteré yo en tu cabeza —lo amenazó Caradhar—. ¿Vamos arriba, Sül? No tardes, Navhares.

El joven argailiano se sentía dividido entre la ilusión por compartir techo con su padre y los escasos deseos de presenciar otra de sus escenas íntimas. Para demorar la hora de acostarse observó a Vira, inmerso en una copa de licor y en la contemplación de los picos recortados sobre la oscuridad del cielo, y murmuró:

—Han dejado un cuenco con ese líquido rojo junto a mi cabecero. ¿Qué significa?

—¿Savia? Ah, si la bebes debe ser un estimulante para tus sueños premonitorios.

—¿Beberla? ¿Eso es seguro?

—Y un honor. En todo caso, no tienes por qué hacerlo. Eres un vidente con poca experiencia y dudo que sea recomendable forzar tu talento.

—Y de nuevo me estás llamando crío.

—Me remito a los acontecimientos de esta mañana.

—¡Ya me he disculpado ante Caradhar y no volveré a cometer ese fallo! ¡De haber podido soportar yo su dolor, lo habría hecho una, cien y mil veces!

—Chiquillo, ¿a quién habrás salido con ese carácter? Si algo así fuera verosímil, diría que a tu padrastro, Sül.

—¡No es mi…!

La ira de Navhares no hizo más que escalar cuando comprendió que se estaba mofando de él. Con un taconazo brusco que mandó un cuenco de fruta a rodar por el suelo, abandonó la mesa y subió a la planta de dormitorios haciendo temblar la escalera a pisotones. Vira aún sonrió un buen rato. Sí que era un crío, por más que tuviera esposa, dos hijos y dotes de vidente, y los críos resultaban fastidiosos. Ahora bien, este poseía una chispa de genio que aumentaba el placer de torturarlo.

Un ligerísimo ruido atrajo su atención hacia el exterior, a la oscuridad que envolvía los árboles. Por un momento creyó distinguir la silueta de Dranaris en actitud de observar la puerta, aunque sin decidirse a acercarse. Para facilitarle la elección, se asomó a la ventana y tomó aire para invitarlo a entrar. La silueta se esfumó.

La idea de seguirlo le rondó los pensamientos un buen rato. Tras aceptar que no era prudente acosar a un guerrero norteño en su territorio en medio de la fría noche, se encogió de hombros, trepó al alféizar y se impulsó hasta la ventana de su propio dormitorio, que quedaba justo encima. Antes de deslizarse en la cama lanzó una última ojeada al cuarto donde su joven protegido dormía profundamente. Sobre la mesita lateral descansaba un cuenco lleno de líquido oscuro, la savia de la que le había hablado. Arqueó la comisura del labio; era interesante comprobar que seguía sus indicaciones a pesar de todo. Duermes igual que un bebé recién acostado en su cuna —meditó—. Me pregunto qué sueños estarán cruzando esa cabeza tuya.

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[1] En la lengua élfica, la tierra es identificada con lo masculino, mientras que el bosque carece de género.

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