«Ícaro» Capítulo 9

9

 

Domingo, 20 de julio de 1924

Le había costado decir sus primeras palabras. No es que no supiese cómo deslizarlas por su lengua, entre sus dientes de leche, no. Simplemente, Alec no había sentido la necesidad de comunicarse con los adultos que le rodeaban. Prefería hacerlo con los animales, con las plantas. Y con estos no se necesitaban las palabras.

Una tarde su abuelo le había alejado de la cerca. Antes, él se había acercado con paso titubeante al sonido de cascos de caballo y, apretando la mejilla contra los tablones de madera, había visto como las patas de los animales golpeaban al galope la apelmazada tierra oscura del camino. A los jinetes con sus casacas azul marino de botones dorados. Y mientras era alejado de aquellos hermosos animales, había protestado, pataleado. Podía, llevado por la frustración de verse privado de tan maravilloso espectáculo, haber llamado a su madre o a su padre, ausentes ambos, pero no lo había hecho. De entre sus sonrosados labios, solo una palabra había escapado. Un nombre que se había columpiado en la punta de su lengua como una delicada caricia: Evan. Y esa palabra había sido la primera que pronunciara para los oídos de los demás y los suyos.

Lo había sabido desde el principio. Había vivido antes en la isla. Había nadado en sus playas y visto los caballos salvajes que vivían en el norte donde la tierra escupía el agua en forma de rugiente vapor. Había tenido otro rostro, otros ojos y otra voz. Incluso otras manos y otro nombre. Había sido muy feliz y había amado. Ese amor había sido como un pájaro revoloteando constantemente dentro de él, elevándole del suelo. El rostro de quien le había dado su corazón y al que él le había entregado el suyo aparecía cada vez que cerraba los ojos. De igual modo, era consciente de que este volvería. De que pasado un tiempo, Evan, su Evan, regresaría a su lado. Aunque ahora su rostro no fuese el mismo que este había acariciado en el palacio de cristal, en la playa.

Ahora era Alec, pero también era Ícaro.

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Alec se desperezó como un gato en el ruinoso sofá ante el contacto de unos cálidos dedos que acariciaban su frente apartándole algunos mechones de cabello.

Al alba había despertado entre los brazos de Evan. Despacio, sin hacer ruido y con suaves movimientos, cubriéndose con la colcha que en algún momento de la noche había terminado en el suelo, había abandonado la habitación. Sus pasos no crearon ecos por la escalera ni mucho menos por el salón o la fresca hierba del exterior, del jardín que le recibió con un intenso aroma a tierra y corteza. No le importó ensuciarse los pies al atravesarlo y acercarse al gigantesco roble contra el que se recostó para ver como los primeros rayos de sol hacían arder el firmamento. No le preocupó que luego, al darse media vuelta y encaminarse al palacio de cristal, la colcha se manchase de barro. Cuando tomó asiento en uno de los dos sofás que descansaban al fondo de la construcción, descubrió que adheridas a ella había algunas hojas y ramitas. Encaramó sus desnudas piernas al sofá. Apoyó los pies en un raído cojín, recogió una de las pequeñas ramas y se la llevó a la boca para mordisquear su delgado y rugoso extremo. Una oleada de sabores explotó en su lengua. Era como masticar una trufa o una seta. Como devorar lentamente el otoño. Beber parte de la savia, de la resina que surcara la corteza de un misterioso y viejo árbol. Se dejó caer de espaldas y se hundió entre los trozos de tela que en otro tiempo habían cubierto los almohadones de los asientos. En el otro sofá, Galatea acicalaba a sus pequeños. No era su intención quedarse dormido allí. Acurrucarse de nuevo entre los brazos de Evan, ese era su deseo. Pero el sueño le sobrevino y aunque intentó resistirse a su abrazo, fue en vano. Y ahora despertaba con una tierna caricia.

Evan permanecía junto al sofá, ligeramente inclinado sobre él. Llevaba el cabello suelto y le enmarcaba el rostro de forma desenfadada, en ligeras ondas del color de la tierra tras una intensa lluvia. Dos finos mechones plateados brillaban a ambos lados de sus sienes. Sus enormes ojos color miel, bordeados por oscuras y rizadas pestañas, estaban fijos en él.

—¿Qué haces aquí? —Le escuchó preguntar. Antes de que los dedos se alejasen, Alec los aferró para llevárselos a los labios.

—No lo sé —musitó contra ellos después de besarlos. Los suyos se deslizaron hasta rodear del todo la muñeca.

Tiró de él, logrando que tomase asiento. No soltó su mano. No lo liberó de su agarre mientras se erguía y la colcha se deslizaba por su cuerpo. Mientras caía de sus hombros y bajaba por su espalda hasta convertirse en un montón de tela arrugada alrededor de sus caderas. Hacía frío. Sintió cómo se le erizaba la piel ante la corriente de aire que se colaba por algún punto de la construcción de cristal que le daba cobijo. Esta había sido tiempo atrás, y para ambos, una enorme y magnífica fortaleza. Ahora era una mera sombra de lo que un día fue. Aunque seguía siendo hermosa.

Evan, ante su respuesta, había ladeado el rostro y le contemplaba con suspicacia. Él, en cambio, le regaló una traviesa sonrisa.

—Supongo que quería que me echases de menos —susurró descansando la cabeza contra su pecho.

El tejido suave de la camisa contra su mejilla. Evan se había arremangado las mangas hasta los codos. Pequeños lunares color café se arremolinaban alrededor de uno de ellos creando una caprichosa forma; un manto de estrellas. Constelaciones que parecían besarse entre sí. Se unió a ese beso. Sus labios acariciaron aquellas estrellas, la piel sobre la que danzaban, en una íntima caricia.

—¿Lo hiciste? —Alzó la mirada al hablar para posarla en la suya. Esta se había convertido en una fina línea por el placer que su gesto había proporcionado—. ¿Me echaste de menos?

No llegó a tumbarse de nuevo entre los cojines. Evan lo atrapó entre sus brazos y, alzándolo, volvió a cubrirlo con la colcha para sacarlo en volandas del lugar. No dijo absolutamente nada. Solo el sonido de su respiración, de la de ambos, rompió el silencio. Hasta que llegaron a la habitación y volvió a sentir el suelo bajo sus pies. Tiró de la manta, que parecía querer abandonar de nuevo su cuerpo, sin apartar su mirada de la de quien con frenesí, casi a la carrera, le había devuelto a la calidez de aquella estancia. Y este, acercando los labios a los suyos, susurró:

—Mucho.

Luego las manos de Evan volvieron a rodear con vehemencia su cuerpo para llevarle hasta la cama donde dejó que recorriesen cada centímetro de su piel, cada lunar o cicatriz. Cuando besó la que ambos compartían, recuerdo de aquel malogrado paseo en bicicleta y que en él ahora no era más que una peculiar mancha, tal como él mismo hiciese la noche anterior, Alec emitió un profundo gemido que brotó de sus entreabiertos labios. Todo su ser se agitó bajo el intenso placer que golpeaba sus miembros con cada caricia. Caricias que culminaron en una unión perfecta con quien se las regalaba y que hizo que de pronto y tras sus párpados cerrados, pareciese habitar el sol.

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Habían pasado prácticamente todo el sábado metidos en su habitación, en la cama. Y su idea era hacer otro tanto hoy. De pronto la estancia se había vuelto un templo sagrado para ambos. Un lugar donde enredarse en la mirada del otro, en la caricia del otro.

Evan descansó la espalda en el cabecero de la cama y a tientas buscó sobre la mesilla a su izquierda, entre la lámpara, sus lentes y un montón de telegramas, su pitillera. El chasquido metálico al accionar el cierre para coger uno de los cigarrillos perfectamente liados que había en su interior, se unió al de las sábanas que apenas cubrían el cuerpo de Alec a su lado y que se deslizaron al incorporarse este. Antes de que pudiese llevarse el tabaco a la boca, Alec se lo arrebató e, inclinándose sobre él, se hizo con la cajetilla de cerillas que descansaba junto a la lámpara. Sus sonrosados y carnosos labios sostenían el cigarrillo mientras su mirada seguía fija en la suya. Un chisporroteo de luz en mitad de la penumbra que reinaba en el dormitorio antes de que el aroma del tabaco se arremolinase frente a ellos.

Alec le dio dos largas caladas antes de colocarlo en los labios de Evan con delicadeza sin dejar de contemplarle. Tenía el cabello alborotado y un brillo perlado en la mirada. La noche había caído lenta, inexorablemente sobre ellos con la suavidad de un manto de terciopelo. Escuchó maullar a Galatea. Su maullido llegó a través de la ventana abierta, por encima de la brisa que traía consigo el aroma del cercano mar. El ulular de un búho se unió a aquella perfecta melodía. Estiró uno de los brazos hasta abarcar con él los hombros de Alec. Lo acercó aún más a su cuerpo y este se acurrucó contra su costado. Una de las manos del muchacho se deslizó sobre su pecho, explorándolo por un instante antes de descansar la cabeza en él. Enterró los dedos en su enmarañado cabello, peinándolo, disfrutando de su suavidad. Este resplandecía en mitad de la negrura que los rodeaba, entre las sombras, como pálidas serpientes. Jugueteó con uno de los indómitos bucles mientras el cigarrillo se extinguía dejando tras de sí espirales de niebla.

—¿Quién es Alec? —Su voz se unió algo ronca a aquellas espirales y, como ellas, besó el techo.

El cuerpo a su lado se movió, por un momento se apretó más contra el suyo, contra su costado, antes de que como él, Alec descansase la espalda en el cabecero. Su mirada fija en la ventana, en los finos cortinajes que eran mecidos por el viento.

—Alec es el nieto de un humilde ebanista que en un viaje al continente conoció a una encantadora mujer de la que se enamoró perdidamente. Es el nieto que le dio su única hija y siempre supo que había vivido antes en esta isla. Que había tenido otros abuelos igual de cariñosos que los que ahora tenía. Una madre que no había muerto en el parto como ahora sí había sucedido. Una madre que le contaba historias antes de irse a la cama. Alec siempre ha sabido demasiadas cosas que no debía saber.

Percibió cómo temblaba. Volvió a rodear aquellos menudos hombros con su brazo, a tirar de él para poder depositar un beso en su sien. Luego le acarició las largas pestañas antes de que, una vez más, el muchacho le arrebatase el cigarrillo.

Alec tiró de la sábana hasta soltarla del colchón y se cubrió con ella. Sus pies se desplazaron por el suelo de madera sin hacer ruido. Solo el leve frufrú de la tela que le cubría acarició sus oídos mientras le veía llegar hasta la ventana. Un poco de ceniza cayó sobre el alféizar cuando, apartando las cortinas, tomó asiento; uno de los pies sobre la madera. La luz de las estrellas rutiló sobre sus hombros cuando soltó la sábana dejando al descubierto gran parte de su anatomía. Y desde la cama, Evan continuó observándole ensimismado. Era como uno de aquellos dioses que coronaban la proa de los muchos barcos que se agolpaban en el puerto de la ciudad. Aquellos navíos que se negaban a cambiar las hermosas velas, el abrazo del viento, por la sombra sin rastro de romanticismo del vapor. Era igual de hermoso, de misterioso. Eso era algo que se había traído de su anterior vida. Había sido fascinante cuando habitaba el cuerpo de Ícaro y ahora, en aquel otro, seguía siéndolo.

Abandonó la enorme cama, ahora tan vacía sin la presencia de Alec en ella, para ir a su lado. Descansando una mano en el marco de la ventana, se inclinó sobre él para apartar los mechones de cabello que insistían en cubrir su rostro y, alejando el tabaco de sus labios, lo besó. La saliva de Alec se deslizó como almíbar sobre su lengua cuando exploró con intensidad el interior de su boca en busca de su igual. Lo que quedaba de cigarrillo creó una rojiza y arqueada línea en el aire cuando lo lanzó al jardín por la ventana y, aferrando el rostro que tenía bajo el suyo, hizo que su dueño se pusiese de pie para estrecharle entre sus brazos.

—No vuelvas a dejarme atrás.

Los dedos de Alec se clavaron en sus brazos al escuchar su súplica, como si quisiese atraparle para siempre entre ellos. Y él no pudo más que sonreír agradecido y reconfortado ante tal respuesta.

Hasta aquí la lectura gratuita de los primeros capítulos de la novela. Somos malos y sabemos que te has quedado con ganas de más, así que ya sabes… wink

Ícaro (formato papel)

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