«Ícaro» Capítulo 8

8

 

Sábado, 19 de julio de 1924

Sintió que le apartaban el cabello del rostro con suavidad y que, con la misma delicadeza, le arrebataban la botella. Alguien pronunció su nombre instándole a regresar. A abrir los ojos y dejar atrás las pesadillas, los recuerdos. Pero en la oscuridad en la que ahora nadaba no había dolor. No había la imagen de un cuerpo que hubiese besado, adorado, completamente destrozado.

Evan abrió los ojos lentamente y el dolor regresó. Pero era un dolor más físico. Como si le clavasen agujas tras las órbitas de los ojos. Se sentía torpe e idiota. Aunque intentó que no se le notase cuando cruzó su mirada con la de Alec, que permanecía frente a su rostro, de rodillas. Esperó que de un momento a otro comenzase a reprocharle su comportamiento, pero no lo hizo. El muchacho se puso de pie sin intentar siquiera obligarle a erguirse, a sentarse. Lo vio alejarse un par de pasos, los justos para depositar la botella sobre el aparador. Su figura quedó bañada por la luz del sol que parecía reverenciar su peculiar belleza al igual que lo hacía él. Cuando regresó a su lado, volvió a arrodillarse frente a su rostro por el que deslizó una mano en una tierna caricia, antes de tumbarse en silencio. Del mismo modo, dándole la espalda, pegándose aún más a su cuerpo, tomó una de las suyas. Tirando de ella, hizo que le abrazase. Que rodease su cintura.

—Te pedí que volvieses.

—Estoy aquí —musitó Alec a la vez que apretaba su mano.

—Te demoraste.

Cerró los ojos cuando un fogonazo de dolor le atravesó la frente y, agachando la cabeza, la apoyó contra su espalda. Luego dejó que el sueño volviese a mecerlo como la más atenta de las nodrizas.

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En algún momento del día, fue conducido hasta el cuarto de baño. Escuchó desde la poltrona romana que había en una esquina de la estancia, con la cabeza reposando contra la pared cubierta por un papel en color café con cenefas de flores en un intenso tono dorado, como llenaban la bañera. Pronto el vapor inundó la estancia junto al olor del jabón. Aquello despertó sus sentidos aún algo aletargados, pero no lo suficiente para evitar ser prácticamente desnudado de cintura para arriba por las habilidosas manos de un silencioso Alec que apenas se detenía a buscar sus ojos entre botón y botón. Cuando una de ellas se deslizó por su vientre hasta la cinturilla de los pantalones, como un resorte, la suya salió disparada dispuesta a detener su avance.

—Déjalo. —Sus dedos se enroscaron alrededor de la muñeca del chico y sintió bajo las yemas el tacto asedado de la pulsera de hilo—. Puedo solo.

Los extraños y bellos ojos de Alec buscaron, por primera vez desde que le llevara hasta allí, los suyos. Estos eran un pozo de aguas tranquilas. Las largas y rizadas pestañas de un tono marfileño se agitaron con un leve aleteo. Se fijó en las ropas que el muchacho llevaba. En la camisa celeste con puños bordados a mano con puntadas muy finas y elegantes con hilo beis. En los tirantes que sujetaban los pantalones negros algo gastados a la altura de las rodillas. Sintió el impulso de liberarlo. De soltar su muñeca para, aferrándolo de los tirantes, acercarlo más a él. Para volver a sentir hormigueando en su nariz ese aroma a lugar sagrado que siempre desprendía. No lo hizo.

—Puedo solo —insistió, más por escuchar su propia voz, por romper el silencio, que porque creyese que no había sido escuchado.

Sus dedos se alejaron de aquella menuda muñeca, de aquellos huesos de pájaro. Y debía admitir que lo hicieron con bastante desgana.

Alec retrocedió un par de pasos y, poniendo los brazos en jarras entre contrariado y burlón, le dijo:

—Te has vuelto demasiado tímido. ¿Dónde ha ido a parar el descaro del que hacías alarde siempre? —Las comisuras de sus labios se rizaron como los pétalos húmedos de una flor adquiriendo una tersura tentadora.

Su descaro no se había ido a ningún lado. Había estado con otros hombres y también con alguna mujer tras la partida de Ícaro. Y aunque aquellos encuentros no habían ido nunca más allá de un instante fugaz de placer, sus manos habían explorado el cuerpo de sus amantes con una intensidad que nada tenía que ver con la de alguien apocado, reservado. Pero ahora era diferente. Aunque solo se tratase de ayudarle a asearse, su cuerpo se tensaba como una cuerda ante tal idea. Y no por desagrado ni mucho menos. El deseo que despertaba en él saber que era Ícaro quien lo haría aunque fuese con otro rostro, en otro cuerpo, se mezclaba con la confusión que toda aquella situación le seguía provocando. Además de que Alec continuaba siendo demasiado joven. Sus ojos habían presenciado pocos inviernos aún.

¿O acaso las almas reencarnadas maduraban a un ritmo diferente y la de su único amor era tan vieja como la suya propia o incluso más? Podría jurar que a veces parecía ser así. Sobre todo cuando le miraba como alguien que ha sufrido demasiado para ser tan joven.

Desvió la vista de Alec y la puso en la bañera de la que se elevaba una cortina de vapor. Sentía la mirada del chico sobre él como si intentase averiguar a qué venía su repentina incomodidad.

—Métete en la bañera. —Le escuchó decir—. Cuando lo hayas hecho, aprovecharé para recortar tu barba y saldré inmediatamente después para que puedas terminar de asearte.

Volvió a buscar su mirada y Alec se la sostuvo por un breve instante antes de darle la espalda, otorgándole algo de intimidad para que acabase de desvestirse. Estuvo a punto de estallar en carcajadas al pensar en lo que le dirían algunos de sus viejos amantes al verlo comportarse como un colegial.

El agua caliente lamió su piel con una suave caricia que rápidamente le reconfortó. Se aferró al borde de la bañera y descansó la cabeza en él. La espuma que le cubría hasta el pecho se agitó un instante al estirar las piernas. La imagen del acantilado, de las olas chocando contra la oscura piedra, llevándose la sangre que como cientos de estrechos ríos brotaban de la cabeza de Ícaro, regresó al cerrar los ojos. Los clavó en el techo y se concentró en el aroma a cardamomo que desprendía el agua, en la tibieza que le acogía.

Alec trasteaba en uno de los cajones del mueble de madera cercano a la bañera. Sus ojos, una fina línea, siguieron fijos en este cuando dio con lo que buscaba: la navaja de barbero con empuñadura de nácar, el jabón en polvo y la gruesa brocha de pelo de caballo y mango de caoba.

Se movía con total naturalidad, como si la situación le resultase de lo más familiar. Se acercó con todo aquello entre las manos y tomó asiento sin cruzar la mirada con él, en el borde de la tina, lo más cerca posible de su rostro.

—Sujeta esto —le pidió tendiéndole la cajetilla de metal.

Ya en sus manos, la destapó y un ligero olor a menta se elevó del polvo blanquecino que la llenaba casi hasta la mitad.

—No tienes por qué hacer esto.

El chico le miró por vez primera desde que se había metido en la bañera al escucharle y, sin responder, tras remangarse las mangas, hundió las manos en el agua ahuecándolas antes. Sus nudillos le rozaron el vientre haciendo que se le erizase la piel. Fue una breve e involuntaria caricia que le hizo estremecerse. Alec vertió el agua sobre su rostro, poniendo especial atención en humedecer su barba. Luego impregnó de jabón en polvo la brocha y, con desenvoltura, lo aplicó por la mandíbula cubriéndola bien. Se limpió las manos en la pequeña toalla de lino que reposaba sobre su pierna derecha y, tras tomar la navaja, pasó a deslizar la afilada hoja con extremo cuidado por los lugares que necesitaban ser recortados. El acero brillaba cada vez que lo alejaba de su rostro para quitar el exceso de jabón con la toalla.

—Respóndeme a una cosa —comenzó a decir, guardando silencio un instante mientras se pasaba una mano por el cabello que le caía en ligeras ondas hasta casi los hombros. Alec dejó de arreglar su barba y le observó a la espera de que continuase—, ¿cómo es que sabías que volvería a este lugar?

No respondió tan rápido como él hubiese deseado. Al principio se limitó a seguir observándole en silencio. Hasta que volvió a deslizar la navaja por su rostro. Cuando consideró que era suficiente, que su barba tenía el aspecto adecuado y aún sosteniendo la hoja cubierta de espuma espesa y nívea, le dio su respuesta.

—Simplemente sabía que así sería. —Agachó el rostro y su cabello se deslizó como una fantasmal cortina que le cubrió el semblante por completo—. Te sentía y, cuando en la noche cerraba mis ojos, sabía que tú también me sentías. Te llamaba en silencio y sabía que acabarías escuchándome. —La voz se le quebró otorgándole si cabía una belleza aún más cristalina de la que ya poseía—. Un día supe que habías vuelto a mí. Sabía que estabas en el faro y fui en tu busca.

Evan no podía apartar la mirada de aquella persona, de aquel joven que sentado a su lado, en el borde de la bañera donde el agua comenzaba a enfriarse, parecía a punto de echarse a llorar. En sus palabras, en cada una de ellas, reconoció una vez más a Ícaro. Sus manos emergieron del agua para apartar aquel fino y sedoso cabello. No se había equivocado al creer que sería igual que nata recién batida. Suave. Hermosamente suave. Como hebras de algodón. Se irguió un poco para poder verle a los ojos, ya que Alec, a pesar de sentir sus dedos en el rostro, sobre las mejillas, continuó sin alzar la mirada. Y allí estaban, dos brillantes gemas que le observaron enturbiadas por las lágrimas. Las recogió con la yema de los dedos cuando se desbordaron y se precipitaron por las mejillas. Quería beberse su tristeza, hacerla desaparecer.

—Por favor. —Le escuchó suplicar.

El significado real, lo que aquellas palabras querían decir en verdad, llegó a él como una ráfaga de aire caliente que azotó su alma. Fue como si hubiesen echado abajo la puerta que mantenía a raya el sentimiento que le acometía cada vez que tenía cerca a aquel chico. Aquel deseo irrefrenable de estrujarlo entre sus brazos, besarlo y adueñarse de cada centímetro de su cuerpo, de su alma. Porque esa alma era la de Ícaro.

Se aferró del borde de la bañera con más fuerza y, sosteniendo a Alec de la nuca, se alzó un poco más para atrapar su boca. Sus labios presionaron aquellos otros con devoción, con un deseo rugiente. Le arrebató la navaja y la lanzó a la otra punta del cuarto de baño. Escuchó como el mango de nácar golpeaba el suelo de blancas losetas. Lo escuchó astillarse, quebrarse. Los fragmentos repiquetearon al dispersarse en todas direcciones. Brillaron ante sus ojos como una constelación de estrellas danzarinas antes de que, con el mismo ímpetu, lo tomase de los tirantes y lo arrastrase al interior de la bañera.

El agua se desbordó. Cayó al suelo por el que avanzó con rapidez mojando todo a su paso. El olor a cardamomo volvió a ascender hasta su nariz con un intenso cosquilleo que pronto desapareció bajo el aroma que desprendía la piel de Alec. Le besó los labios, la frente. Besó su cabello y sus muñecas. Sus labios presionaron la húmeda tela, los puños bordados, hasta sentir la piel, los huesos contra ellos. De un par de tirones se los desabrochó. Volvió a besar, disfrutando de la tibieza que palpitaba bajo sus labios. Del cuerpo frágil pero a la vez, y de un modo casi mágico, infinitamente fuerte al que pertenecían. Su lengua se coló entre sus dientes para acariciar la piel. Fue como introducirse una baya en la boca. El sabor a bosque explotó en su paladar. Era como beber la savia más pura. Sabía a madera y ámbar. A incienso y atardeceres. A musgo. A lluvia de otoño.

Sintió cómo los dedos de Alec se hundían en su cabello. Cómo se deslizaban por su cuello hasta uno de sus hombros, antes de continuar el camino hasta el centro de su espalda. Lo empujó aún más contra la tina al apoyarse en él.

—Estás aquí —murmuró mientras volvía a besar su rostro.

Sí, lo estaba. Ícaro estaba con él. Lo sentía. Todo su cuerpo y su alma lo reconocían, aunque ahora fuesen otros ojos los que le devolvían la mirada. Aunque no fuese el brillo del acero el que refulgía en ellos sino el reflejo cristalino de unas aguas que evocaban los lagos donde habitaban las ninfas de los cuentos que solían leer cuando apenas eran unos niños. Se hundió en ellas y esta vez fue Alec quien buscó sus labios. Aquel beso le caldeó las entrañas, le estremeció como ningún otro lo había hecho. Alec le mojó el rostro. Deslizó una de sus manos por él como lo haría alguien privado de la vista. Despacio, memorizando cada uno de sus rasgos. La forma recta de la nariz, la línea de los pómulos, la forma de los labios, de los ojos…

—No llores —le pidió tras acariciar sus pestañas. Después de llevarse los dedos a la boca y atrapar las lágrimas que habían quedado prendidas de ellos con la punta de la lengua. Él ni siquiera se había dado cuenta de que lo hacía, de que había comenzado a llorar.

Se puso de pie y, alzándolo, salió de la bañera. Del cuarto de baño al que con pasos lentos fue dejando atrás. Sostenía al muchacho entre sus brazos y este le rodeaba el cuello con los suyos. Sus miradas prendidas la una en la otra mientras avanzaba por el pasillo en dirección al dormitorio. La huella húmeda de sus pasos marcada en la madera del suelo. Y a esta se unía el reguero de gruesas gotas que tras deslizarse de su cabello, de su cuerpo, iban a parar a él.

Dejó a Alec sobre su cama. Sobre la oscura colcha y los mullidos cojines de seda. Este le observó en silencio. El agua le escurría del cabello que yacía apelmazado sobre sus mejillas, de la ropa que todavía le cubría y que se le pegaba revelando la forma perfecta de sus poco desarrollados músculos. Estos no habían sido expuestos a duros trabajos ni a un ejercicio físico constante. Su belleza residía, como lo había hecho en su otra vida, en su fragilidad. En la vulnerabilidad que te transmitía. Aunque, en el fondo, no fuese más que un espejismo.

Hacía mucho tiempo, había estado en la principal fábrica de cristal de la ciudad. Había bajado a los talleres donde se trabaja el vidrio. A los grandes hornos de fundición que exhalaban un calor casi insoportable. Se había paseado entre los artesanos que soplaban las piezas hasta darles la forma deseada. Había contemplado como se transformaban en hermosas lámparas o jarrones. En copas y vasos de delicados contornos y maravillosos colores. Se había enamorado de una pieza: una pequeña botella de perfume. Una de las más elaboradas. Se había necesitado fundir y soplar diferentes tipos de cristal que luego se unirían formando una pequeña obra de arte. No debía medir más de unos siete centímetros y era el encargo de un perfumista de los barrios altos para guardar su más reciente obra. Recordaba haber buscado el estudio de aquel hombre y comprado el perfume solo por el placer de conservar una de aquellas botellitas. Ni siquiera se molestó en olerla. Solo le interesaba el diseño magistral que conservaba aquella brisa de mágicos aromas que tanta fama le daría a su creador tiempo después. Únicamente en la soledad de su apartamento, había decidido destapar el frasco. Y el perfume que guardaba en su interior resultó ser igual de maravilloso.

El joven que le observaba desde su cama con las manos descansando sobre la colcha era como aquel perfume. Como el pequeño frasco que lo contenía. Era delicado como el cristal, pero capaz de renacer siendo igual o aún más hermoso y especial. Era mágico con aquel cabello que parecía haber sido bendecido con la luz de la luna y las estrellas. Con aquellos ojos tan cautivadores y extraños. Con aquella forma tan especial de moverse y de deslizar las palabras por su lengua. Tan fascinante como lo había sido Ícaro.

¿Cómo no iba a serlo si compartían la misma alma?

Lo sabía con tanta certeza ahora, con tanta seguridad, que sus manos se enredaron en los botones de la camisa de Alec nada más llegar a su lado. Este se quedó inmóvil, con la vista alzada hacia él mientras le bajaba los tirantes y le desabrochaba la camisa que dejó caer al suelo. Solo entonces se levantó y volvió a rodearle el cuello con los brazos. El sabor del invierno estalló en su boca cuando lo besó. Dejó que la lengua del chico acariciase sus labios, le dejó un hueco cuando deseó aventurarse en el interior de su boca y la atrapó con la suya. El cuerpo entre sus brazos se agitó conmovido por el deseo que la intensidad del beso hacía más vívido.

Le arrebató los pantalones de un par de tirones, aferrándole de la cintura y tirando de ellos a la vez que lo alzaba. El chico le rodeó la cintura con las piernas desnudas. Las gotas de agua se deslizaban por su piel mezclándose con las que hacían otro tanto por la de Alec, cuando este se pegó más a él con un movimiento ondulante que le hizo exhalar un ronco gemido contra su oído.

Evan lo tumbó en la cama y clavó las rodillas a ambos lados de su cintura. Una de sus manos descansó junto al hombro del muchacho mientras la otra le apartaba el cabello del rostro. Dejó que los húmedos y pálidos mechones se deslizasen entre sus dedos antes de acariciar los labios que Alec entreabrió mostrando una fila de perlados dientes, la lengua que fue al encuentro de sus dedos. Agachó el rostro hasta poder besarlo y luego lo hundió en su cuello para succionar la piel. Para beberse las gotas de agua que lo surcaban. Siguió el sendero que dibujaban desde el pecho hasta el ombligo. Alec se agitaba de placer bajo él. Sintió sus manos en la cabeza, enredadas en su cabello, tirando de él. Por el rabillo del ojo vio como aferraban la colcha estrujándola con fuerza cuando su boca ascendió hasta los sonrosados pezones que besó y lamió con ternura. Y al alzar la mirada en busca de la de este, al tomar aquellas manos entre las suyas para llevarlas sobre su cabeza, la vio: una pequeña mancha en el brazo derecho justo por encima del codo. Una mancha de color caramelo con la forma exacta de una cicatriz que Ícaro tenía. Alec siguió su mirada al ver que se quedaba inmóvil.

—Fuimos unos idiotas aquella tarde. Podíamos habernos matado —musitó, y pillándole desprevenido como estaba, tan abstraído contemplando aquella marca con forma de estrella, sumergido en los recuerdos que de pronto le habían asaltado, logró soltarse de su agarre y, empujándole por los hombros, le obligó a cambiar las tornas, a tumbarse de espaldas. Retuvo sus manos por encima de la cabeza. Apretó las rodillas contra sus costados impidiéndole moverse—. Por suerte, no fue así.

Acercó el rostro, los labios, a su brazo derecho donde él lucía una cicatriz muy parecida a su mancha y la besó. Los dedos de Alec serpentearon por sus brazos, por sus costados a la vez que la presión de sus rodillas cedía. Rodeándole la cintura con una pierna y empujándole con el hombro, Evan logró volver a posicionarlo bajo su cuerpo. Alec le miró fijamente y él le devolvió la mirada acalorado por los violentos movimientos, por el deseo que, como lava, se gestaba en su vientre. Se acercó lentamente a sus labios para saborearlos con igual lentitud. Disfrutando de su suavidad, del calor que desprendían. Una de sus manos recorrió el firme abdomen, la forma perfecta del ombligo antes de continuar su descenso para perderse en el albar vello que crecía entre las piernas, en su sexo que acogió entre los dedos con ternura. Y del mismo modo, acorralando el deseo de hacerlo suyo de una vez, posponiéndolo para disfrutar de su cercanía por más tiempo, por verlo agitarse entre sus brazos un poco más, comenzó a acariciarlo.

Alec gimoteó algo en una lengua arcaica. Una que habían hablado los primeros habitantes de la isla, milenios atrás. Una lengua que muy pocos hablaban ya. Una lengua que era tan desconocida para él como las de los navegantes de piel oscura que llegaban en grandes navíos desde tierras lejanas al puerto en el continente. Una que perfectamente podían haber hablado los dioses de ser verdad aquella vieja leyenda que decía que la isla había sido el lugar elegido por estos para vivir hasta que la presencia del hombre en ella los había obligado a alzarse a las alturas desde las que observaban a sus hijos, a los mortales, día tras día. Él había escuchado antes aquella lengua oscura y misteriosa. Ícaro solía dejarla escapar de sus labios.

Sonrió y besó los párpados de Alec, que había cerrado los ojos, y este los abrió al sentir sus besos. Su mirada rebosaba de éxtasis, de un placer que parecía a punto de devorarle. Se colocó mejor entre sus piernas y sosteniendo una de ellas a la altura del tobillo, tras depositar un beso en él, la colocó en su hombro. Sus dedos se aventuraron con mucha suavidad en el interior del chico, entre sus tersas nalgas, antes de que lo hiciese su sexo. Comenzó a moverse despacio, adentrándose un poco más con cada embestida mientras profundos jadeos acariciaban sus oídos. Con cada acometida, el cuerpo de Alec se deslizaba un poco más sobre la cama, arrugando la ya empapada colcha. Evan sentía cómo el calor en su vientre se expandía por todo su cuerpo, cómo le abrazaba con cada gemido que escapaba de los entreabiertos labios de la persona bajo él. Alec se irguió para poder aferrarle del cuello, para rodearle los hombros con un brazo y besarlo con ardor; devorándole los labios con frenesí mientras su cuerpo se mecía intentando seguir los movimientos que Evan ejecutaba, con los que se hundía una vez y otra en su interior, pero incapaz de lograrlo porque el placer se había desbordado dejándole aturdido, con los ojos entrecerrados y los dedos clavados en sus hombros. Y el placer también se desbordó en él. Evan sintió cómo su cuerpo se tensaba, cómo de su garganta brotaba un ronco y profundo gemido y se vio invadido por un destello de luz; como el reflejo del sol en un cristal que lo cegó por un momento antes de desplomarse sobre el cuerpo de Alec, que le abrazó con tanta fuerza que pensó que escucharía quebrarse los huesos. Aunque él también lo abrazaba del mismo modo. Apretándolo, posesivo, contra su cuerpo aún tembloroso. Hundió la cabeza, el rostro, en su cuello mientras su respiración se normalizaba.

—Te he echado tanto de menos —le susurró Alec al oído. Unas palabras que perfectamente podían haber sido suyas.

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